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domingo, 11 de junio de 2017

El legado griálico que inspiró las Cruzadas

Existe una especie de lema literario que aconseja cubrir de misterio lo que interese al lector…, y dejar muy claro lo que sea intrascendente. Algo parecido afirmaba el emperador romano Juliano: «Lo que en los mitos se nos presenta como más inverosímil, es precisamente aquello que nos abre el camino a la verdad». Efectivamente, cuanto más paradójico y extraordinario es un enigma, tanto más parece advertirnos para no confiar en la palabra desnuda, sino a especular en torno a la verdad oculta. Sólo así encontraremos lo que realmente interesa. La cuestión resulta tan sencilla como en el cuento de las puertas, en el que cuando se le dice al protagonista que puede abrirlas todas menos una, en el acto se ha provocado que la prohibida se convierta en la única que desea abrir, porque ya no dejará de imaginar lo que esconde. Es posible que la utilización de recursos como éste no sea intencionada, pero al estudioso le lleva a suponer que el creador de la historia del Grial conocía muy a fondo la mente humana y sabía cómo excitarla.
Esto es lo que consiguen los escritos y leyendas sobre el Santo Cáliz, porque alimentan el deseo de conquistar una meta a todas luces inconquistable. Pero el atractivo de esta empresa no reside tanto en la obtención del Grial como en su búsqueda en sí, una búsqueda mística que sólo podrán emprender los que se hayan preparado a conciencia. Se convertirán en héroes de la Cristiandad, pero en ningún momento dejarán de actuar como hombres mortales a los que asaltan las dudas frente a un peligro, que luego superarán dando muestras de un valor excepcional. Acaso éste puede nacer de una fuente de apariencia sencilla, de la que a la postre brotará un maleficio. Entonces deberán actuar con la mayor rapidez, sin contar con más ayuda que sus propios medios.La leyenda del Grial ha de verse como una aventura universal: la búsqueda de lo mejor de cada persona. Cuando los caballeros emprenden su búsqueda, lo que anhelan es conquistar un imposible. Siguen adelante, incansables, porque lo esencial es no rendirse ante las debilidades del propio cuerpo, los obstáculos que puedan surgir y los enemigos que se opongan, aunque éstos adquieran una dimensión sobrenatural. Siempre se debe mantener vivo el espíritu, porque el interés que despierta el Grial ofrece diferentes aspectos esenciales. Los primeros provienen de un cúmulo de elementos esotéricos y, sobre todo, religiosos y místicos. Tomando como punto de partida viejas tradiciones, muchas de ellas de origen celta y germánico, se tuvo la habilidad suficiente para construir unos poemas y unas novelas que enraizaron con el naciente espíritu caballeresco de la época para convertirse en un mito, en una vocación aceptable para los hijos de la nobleza y de la incipiente burguesía.
Otro motivo de interés, acaso el más eficaz, fue la utilización del misterio. Este recurso narrativo ya había sido empleado por los griegos y por los celtas; sin embargo, los escritores del Grial, la mayoría de ellos trovadores, luego conocedores de los gustos de la nobleza, tuvieron la habilidad de crear la novela de aventuras o, en esencia, la novela universal. Si en la Odisea de Homero nos encontramos con un Ulises que pretende llegar a Ítaca, su patria, donde le espera su esposa Penélope y su hijo Telémaco, pero se ve sometido a una búsqueda forzosa, al ser obligado a detenerse en varias islas a cuál más peligrosa, en los relatos del Grial lo que se persigue es algo más excelso: el Sagrado Cáliz que contuvo la sangre de Cristo en la cruz. Un objeto extraordinario y comparable al mismo Dios, porque de él proviene. A la hora de adentrarnos en el análisis del enigma del Grial hay que tener muy en cuenta las leyendas caballerescas; pero dejando a un lado lo superficial. Conviene buscar los mitos, los cantos de gestas y las epopeyas que han poblado la historia. Cuando los especialistas se vuelven demasiado analíticos, pretenden rebuscar en el subconsciente de los creadores y acaban extraviándose y perdiendo de vista lo esencial. Esta técnica puede funcionar en ciertas situaciones; sin embargo, nos parece excesiva a la hora de valorar unos poemas y unas novelas que fueron escritos en una época muy concreta bajo unos condicionantes conocidos y que, sobre todo, buscaban entretener por el sendero de la emoción. Es cierto que pocos, por no decir ninguno, de estos creadores dispusieron de una libertad absoluta. Dependían de un mecenas, que era un príncipe o un noble, es decir, el amo del lugar en un mundo feudal, donde se desconocía la democracia. La escritura literaria siempre había llevado mucho tiempo, durante el cual se necesitaba comer, dormir, mantener el fuego encendido y estar protegido de las enfermedades. Estas necesidades se incrementaban si el autor tenía una familia que sostener. Por todo esto precisaba contar con un protector, el cual se «cobraba» su mecenazgo manteniendo un férreo control sobre lo que se escribía, y luego exigía ser mencionado en la primera página del manuscrito. Otra cuestión muy importante es que esta obra no se vendía, porque si se consideraba muy interesante, pasaba a los amanuenses, que copiaban los ejemplares que iban a ser regalados. Claro que existía otra forma de difusión, acaso más efectiva, que era la de los trovadores: al conocer la obra de memoria se cuidaban de divulgarla allí por donde pasaban. Si eran honrados, citaban al autor, y de no serlo, se las apropiaban con las consiguientes deformaciones de la historia original.
Hagamos una pausa para fijarnos en la sociedad de finales del siglo XII. En aquellos lejanos tiempos la vida discurría a la velocidad de los caballos, es decir, las evoluciones sociales tardaban siglos en producirse y en desarrollarse, o surgían de inmediato, por medio de las invasiones, como las protagonizadas por los bárbaros en el siglo V. Sin embargo, lo normal era que los cambios tardaran mucho tiempo en manifestarse. La sociedad europea había salido del siglo X exhausta, debido a que los santones y demás profetas del apocalipsis la estuvieron atormentando con la amenaza del inminente fin del mundo. La mayoría de los caminos se llenaron de procesiones de penitentes, que se flagelaban para redimir sus pecados. Cuando se comprobó la futilidad de esta histeria colectiva orquestada por la Iglesia, todos debieron afanarse en recuperar las tierras de cultivo que habían sido abandonadas. Sin embargo, advirtieron que cerca latía otra amenaza: el islam y sus fanáticos creyentes, que habían conquistado buena parte de la península Ibérica, habían hecho suya Tierra Santa y controlaban todo el Mediterráneo oriental, después de haber arrinconado al otrora poderoso Imperio Bizantino. Además, la marea islámica se había extendido por todo el norte de África.
La Iglesia organizó la Santa Cruzada, que consiguió recuperar Jerusalén en el año 1099; no obstante, se había vuelto a perder antes de haber transcurrido un siglo. Esta vez definitivamente. Luego era evidente que el enemigo resultaba muy peligroso, tanto que los reyes de la Cristiandad financiaron, junto al papa, nuevas cruzadas. Al mismo tiempo se crearon las Órdenes de Caballería, entre las que destacaron los Templarios y los Hospitalarios. Toda una serie de esfuerzos, que no dejaban de probar que se carecía de un sentido colectivo, acaso porque se necesitaba creer profundamente en lo que se estaba haciendo y, sobre todo, en la responsabilidad que se asumía. Por todo esto, la aparición de los poemas y romances del Grial consiguieron saciar la sed de mitos, al ofrecer uno con el que toda la Cristiandad se pudo identificar.

Cruzado orando antes de entrar en combate

Órdenes religiosas y militares en la España de la Reconquista

Las Cruzadas ocasionaron la extensión a Europa occidental de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, Orden del Hospital (llamada también de Malta o de San Juan) y la del Temple, que con su violenta supresión como consecuencia del enfrentamiento con el rey de Francia provocó el nacimiento de nuevas órdenes militares: las de Santiago, Alcántara y Calatrava en la Corona de Castilla; y la Orden de Montesa en Aragón. Estas órdenes tendrían un papel decisivo en la reconquista y repoblación de la Meseta Sur (actuales Extremadura y Castilla–La Mancha), y el Maestrazgo aragonés y valenciano. Hubo una orden orientada a la defensa naval de Castilla, la Orden de Santa María de España u Orden de la Estrella, con base en Cartagena, pero tras varios fracasos militares fue disuelta e incorporada a la de Santiago. Órdenes redentoras de cautivos fueron los trinitarios y mercedarios, esta última nacida en Cataluña (San Pedro Nolasco, San Pedro Armengol y San Ramón Nonato).
Órdenes mendicantes
El desafío de las herejías urbanas, que denunciaban la riqueza de la Iglesia y su contradicción con la pobreza evangélica, supuso una convulsión en los siglos XI al XIII. Los albigenses fueron particularmente importantes en los territorios del Languedoc y Occitania, de interés para la Corona de Aragón (que los perdió intentando defenderlos en la batalla de Muret en 1213). En los territorios peninsulares no hubo una dimensión semejante del fenómeno. La vida monástica tradicional no se adecuaba a las exigencias de la respuesta a ese desafío, que llevó al éxito un nuevo tipo de orden religiosa: las órdenes mendicantes. Las dos principales fueron los dominicos y los franciscanos. Estas exigencias a las que respondían eran: la visualización de su presencia ejemplarizante, el combate dialéctico, con decisiva presencia en las nuevas universidades. Incluso hubo cambios en el uso de los espacios arquitectónicos: mientas que los edificios de las comunidades benedictinas estaban casi cerrados a los laicos, las órdenes mendicantes ofrecían una mayor apertura, lo que se traducía en el templo a restringirse a un espacio limitado, y un pequeño coro tras el altar para el rezo de las horas canónicas.
Los dominicos
Santo Domingo de Guzmán, castellano, fue el fundador de los dominicos, bajo el nombre de Orden de Predicadores. Preocupación personal suya fue también la extensión de la devoción mariana a través del rezo del rosario. Conventos importantes de esta orden fueron San Esteban de Salamanca, San Pablo de Valladolid o de Sevilla, y Santo Domingo de Madrid o de Valencia; también fuera de ciudades importantes, como Santa María la Real de Nieva (Segovia). En la Corona de Aragón destacó la actividad de San Raimundo de Peñafort, tercer maestro general de la Orden, que introdujo la Inquisición y apoyó a Pedro Nolasco en la fundación de los mercedarios.
Los franciscanos
La extensión de los franciscanos, cuya forma de entender la vida conventual estuvo muy presente en la sociedad y adaptada a la realidad urbana, les hizo alcanzar una gran popularidad, y una gran atracción de recursos y vocaciones, entre las que se incluyen personalidades destacadas como Raimundo Lulio, fray Antonio de Marchena (que acogió a Colón en el monasterio de La Rábida), y algunos reyes. Son importantes conventos como San Francisco de Teruel (uno de los primeros en fundarse), Santa Clara de Palencia, el de las clarisas de Pedralbes (Barcelona) y San Francisco de Palma. El propio san Francisco de Asís estuvo en España en 1217, fundando el convento de Rocaforte (Sangüesa, Navarra) en su peregrinación a Santiago. La división original entre terciarios, clarisas y frailes menores, fue aumentada con la confusión de diversos enfrentamientos, que terminaron dibujando una agrupación en capuchinos, conventuales y observantes.
Otras órdenes religiosas
Los premostratenses (mostenses o norbertinos) tuvieron su principal establecimiento en el monasterio de Santa María la Real (Aguilar de Campoo), desde 1169. Las primeras fundaciones habían sido Santa María de Retuerta (1146) y Santa María de La Vid; y posteriormente Bujedo, San Pelayo de Cerrato o Santa Cruz de Ribas, todos ellos en Castilla. Desde el siglo XIV mantuvieron una red de hospitales en el Camino de Santiago. En la Corona de Aragón hubo fundaciones en Nuestra Señora de la Alegría (Benabarre, Aragón), Bellpuig de las Avellanas (Cataluña) y Bellpuig de Artá (Mallorca).
Los cartujos se instalan desde 1163 en Scala Dei, cerca de Poblet, y algo más tarde en el Reino de Valencia (Porta Coeli y Vall de Crist), donde Bernardo Fontova elaboró un tratado espiritual de las tres vías, purgativa, iluminativa y unitiva, de gran influencia en la ascética y mística española. Otras fundaciones en la Corona de Aragón fueron Benifasar y Vallparadís. La de Aula Dei (Zaragoza) es ya del siglo XVI. También se extendieron por Castilla: Cartuja de El Paular (Sierra de Madrid, 1390), Cartuja de Miraflores (Burgos, 1441), Sevilla, Jerez, Granada (proyectada desde 1506), etcétera.
La Orden de San Jerónimo aparece en el siglo XIV a partir del retiro como ermitaños de Fernando Sánchez de Figueroa, canónigo de Toledo, y el caballero Pedro Fernández Pecha, y reúnen grupos de ermitaños del centro de Castilla promovidos por el franciscano terciario italiano Tomás Succio. Las más importantes fundaciones fueron los monasterios de Lupiana (Guadalajara), El Parral (Segovia), Guadalupe y Yuste (ambos en Cáceres). También se implantaron en Cataluña: Murtra y Valle de Hebrón (Barcelona). Guadalupe (1389), Santa Catalina de Talavera (1397) y ya en el siglo XVI, en tiempos de Felipe II, San Lorenzo de El Escorial, fueron los tres monasterios más ricos de esta elitista orden.
Seglares de vida ascética
Hubo en Valencia desde el siglo XIV una comunidad de beguinas. Esto es beaterios de seglares que hacen vida ascética en común aunque no entran propiamente en religión, es decir, en el clero regular, y pueden salir libremente de su comunidad para casarse, y a las que no afectó la supresión de Juan XXIII (antipapa), por la bula Cum inter nonnulos, centrada en las comunidades de beguinos y franciscanos espirituales de Europa septentrional. En el habla popular, el nombre de beguina pasó a ser sinónimo de beata, y aplicado a cualquier persona con inclinaciones ascéticas. Arnau de Vilanova realizó una encendida defensa de beguinos y beguinas ante los reyes Jaime II de Aragón y Federico III de Sicilia, escribiendo el tratado Raonament d'Avinyó en defensa de las prácticas de penitencia entre seglares.
El diezmo
El clero secular añadió a su base de propiedades territoriales e inmuebles un recurso económico que representaba un porcentaje altísimo del excedente productivo: el diezmo, que pasa de ser de cobro esporádico y voluntario a hacerse general en el siglo XII y formalmente obligatorio desde el IV Concilio Lateranense, aunque solo con la colaboración del rey —Alfonso X el Sabio (†1284) en Castilla y León— pudo hacerse efectivo. Se distribuía en un principio en tres Tercios: el pontifical (al obispo), el parroquial (al sacerdote), y el de fábrica (a la construcción y mantenimiento del edificio de la Iglesia). La hacienda real consiguió detraer para sí las dos terceras partes del tercio de fábrica (Tercias Reales). Las capillas de uso funerario y piadoso por parte de familias nobles, clérigos y corporaciones se multiplicaron en las iglesias, a medida que la demanda social cubría con creces las posibilidades técnicas que ofrecía la arquitectura gótica. Los templos pasaron de tenerlas solo en la cabecera a cubrir toda la extensión de sus muros articulados con capillas perimetrales. Su elevado precio aseguraba recursos que mantenían la fiebre constructiva. Si bien en un principio las capillas regularizadas se mantuvieron, la presión de clérigos y nobles poderosos consiguió desalojar las capillas ya existentes a su conveniencia (por ejemplo, primero el cardenal Gil de Albornoz y luego el valido Álvaro de Luna se apropiaron de las capillas de la girola de la catedral de Toledo). Algunas alcanzaron dimensiones verdaderamente extraordinarias (como las citadas, o la Capilla del Condestable de la Catedral de Burgos). La finalidad de esta apropiación de espacios dentro de los templos era claramente obtener prestigio social, y se intentó frenar con multitud de normas, sistemáticamente incumplidas.
Los cristianos nuevos
La existencia de una población judía se conocía desde la época romana, pero aumentó notablemente hasta constituir una comunidad de cientos de miles de individuos a mediados del siglo XIV. El antisemitismo funcionó eficazmente al aportar un chivo expiatorio de las tensiones sociales producidas por la crisis del siglo XIV. Las predicaciones antisemitas del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, actuaron como catalizador de una energía social contenida que estalló en 1391 con los asaltos a las juderías con la matanza indiscriminada de sus habitantes. Lo mismo puede decirse de las de san Vicente Ferrer, que también ejerció un papel político fundamental en el Compromiso de Caspe. Las conversiones masivas de judíos que se habían producido a finales del siglo XIV llevaron a la presencia de un numeroso colectivo de conversos o cristianos nuevos, cuya prosperidad económica y social —ya no obstaculizada por la diferencia religiosa— no dejó de observarse y plantear un hondo resentimiento en los que se sentían superiores por su condición de cristiano viejo. Estos sentimientos, muy extendidos y convenientemente manipulados por Pedro Sarmiento en Toledo en 1442, condujeron a una revuelta en la que se implicaron de forma decisiva los canónigos cristianos viejos de la Catedral, en contra de los canónigos cristianos nuevos. La redacción por parte de los ideólogos de la revuelta de un documento (el primer estatuto de limpieza de sangre), que impedía a los cristianos nuevos la entrada en el regimiento de la ciudad, el cabildo catedralicio o cualquier otro cargo público, fue imitada con entusiasmo por toda Castilla. Sus opositores llegaron hasta el papa, que les dio la razón, pero el movimiento social era imparable. La sospecha de judaísmo emboscado e incluso la imaginación de prácticas sacrílegas y aberrantes (presunto crimen del Santo Niño de la Guardia) excitaba la imaginación popular y alimentaba el denominado «problema de los conversos», que no acabó ni con la institución de la moderna Inquisición en 1478 ni con la expulsión de los judíos de España en 1492. Un caso particular fueron los judíos mallorquines, forzados a convertirse en 1435, y sometidos al control de la Inquisición en 1478, que mantuvieron una religiosidad problemática incluso después de intensificarse la represión en el siglo XVII, cuando se originó una fortísima estigmatización y segregación de su comunidad, que se sigue conociendo con el nombre de chuetas, descendientes de judíos conversos.
La profunda crisis económica y demográfica del siglo XIV, debida en buena parte a la propagación de la Peste Negra en 1348, produjo una notable presión sobre los recursos económicos del clero, dejando en evidencia la subordinación de su justificación espiritual a su función estamental de defensa de los privilegiados y su dominio social. El Cisma de Occidente —que trasladó la sede pontificia a Peñíscola, entre excomuniones cruzadas que devaluaron la eficacia de tan terrible castigo y el prestigio papal—, evidenció más aún la necesidad de lo que se demostró inevitable en el siglo siguiente: una Reforma que adaptara las instituciones eclesiásticas a la nueva realidad urbana, en la que la presencia de una minoría culta, formada en las universidades, ya no era escasa, y las monarquías absolutistas estaban en proceso de construcción. Fue a partir de entonces cuando la presencia de clérigos de origen español en la curia romana empezó a ser significativa, y en algunos casos trascendental, como los cardenales castellanos Juan de Cervantes, Juan de Torquemada y Gil de Albornoz, o el aragonés Pedro Martínez de Luna —que llegó a ser papa con el nombre de Benedicto XIII (antipapa para sus adversarios) durante el cisma de 1394–1423—, los dos últimos de la familia aragonesa Luna (durante el cuestionado pontificado de este último papa de Aviñón, el papel de los clérigos españoles —como Francisco Eiximenis— se vio lógicamente impulsado); y la poderosísima familia Borja (valenciano–aragonesa, italianizada como Borgia), que llegó en dos ocasiones al papado (Calixto III, 1455–1458, y Alejandro VI, 1492–1503). Previamente (1276–1277), el portugués Pedro Julião había sido elegido papa con el nombre de Juan XXI (y a veces se le identifica con el enigmático Petrus Hispanus). En el concilio de Basilea tuvo una destacada actividad Juan de Segovia. El papel de la Iglesia en la crisis bajomedieval, y su relación con la monarquía, la nobleza y las ciudades, convirtió al clero en unas de las más importantes instituciones españolas del Antiguo Régimen, fijando su función económica, social y política para los siglos siguientes.
Caballero templario orando

Las legiones romanas y el culto al Sol Invicto

Es del todo cierto que Constantino fue tolerante con el cristianismo. Mediante el Edicto de Milán, promulgado en el año 313, prohibió la persecución de todas las formas de monoteísmo en el Imperio Romano. En la medida en que ello incluía al cristianismo, Constantino, efectivamente, se convirtió en un salvador que redimió a los cristianos tras siglos de persecuciones, la última en tiempos tan recientes como los de Diocleciano. También es cierto que concedió ciertos privilegios a la Iglesia de Roma, así como a otras instituciones religiosas. Permitió que muchos dignatarios de la Iglesia entrasen a formar parte de la administración civil y con ello preparó el camino para la consolidación de la Iglesia como poder secular. Donó el magnífico palacio de Letrán al obispo de Roma, y la Iglesia pudo utilizarlo como medio de instaurar su supremacía sobre los centros rivales de autoridad cristiana que eran Alejandría y Antioquía. Finalmente, presidió y tomó parte activamente en el Concilio de Nicea del año 325. En este concilio ecuménico, las diversas formas de entender el cristianismo se vieron obligadas a enfrentarse unas con otras y, en la medida de lo posible, limar sus diferencias. Como resultado de este histórico Concilio, Roma, la capital del Imperio, se convirtió también en el centro oficial de la ortodoxia cristiana y cualquier desviación de esta ortodoxia se transformó en herejía, en lugar de ser una simple diferencia de opinión o interpretación. En Nicea, por medio de una votación, se instauró tanto la divinidad de Cristo como la naturaleza exacta de esa divinidad, abriendo la puerta a siglos de controversias teológicas, precisamente lo que se pretendía evitar en aquel concilio presidido por el emperador. Es de justicia reconocer que el cristianismo, tal como lo conocemos hoy, se deriva en esencia, no de la época de Jesús, sino del Concilio de Nicea. Y en la medida que ese concilio fue en gran parte obra de Constantino, el cristianismo está en deuda con él. Pero eso es muy distinto que afirmar que Constantino era cristiano, o que «cristianizó» el Imperio. De hecho, en la actualidad puede demostrarse que la mayoría de las tradiciones populares asociadas con Constantino son palpablemente erróneas. La llamada «Donación de Constantino», que la Iglesia utilizó en el siglo X para hacer prevalecer su supremacía ante el rey alemán Otón I e imponer su criterio en asuntos seculares, es hoy reconocida universalmente como una descarada falsificación que, en un contexto contemporáneo, se juzgaría como inequívocamente delictiva. Hoy en día, incluso la Iglesia está dispuesta a reconocerlo, al mismo tiempo que sigue negándose a renunciar a muchas de las ventajas y prerrogativas que obtuvo de tal engaño en la Edad Media. En cuanto a la «conversión» de Constantino —suponiendo que «conversión» sea la palabra apropiada—, no parece que fuera cristiana en absoluto, sino convencionalmente pagana. Al parecer, Constantino, que era bastante supersticioso, tuvo alguna clase de visión o de sueño premonitorio, quizá las dos cosas, en el recinto de un templo pagano dedicado al Apolo gálico, ya fuera en la región de los Vosgos o cerca de Autun. También es posible que viviera una segunda experiencia de la misma índole inmediatamente antes de la decisiva batalla del Puente Milvio, en la que Constantino derrotó a su rival para ejercer el principado. Según un testigo que acompañaba al ejército de Constantino en aquellos momentos, la visión fue del dios Sol, que ciertos cultos —muy populares entre las tropas romanas— adoraban bajo el nombre de Sol Invicto, es decir, «Sol Invencible». Poco antes de su visión o visiones, Constantino había sido iniciado en el culto al Sol Invicto, lo que hace que su experiencia sea perfectamente verosímil, además de ser muy conveniente para insuflar ánimos a sus soldados. Y, después de la batalla del Puente Milvio, el Senado erigió un Arco del Triunfo en los aledaños del Coliseo. Según la inscripción que hay en dicho arco, Constantino obtuvo la victoria «mediante el favor de la Deidad». Pero la deidad en cuestión no era el dios cristiano. Era el Sol Invicto, uno de los dioses solares en los ancestrales cultos paganos.
En contra de lo que ha venido afirmando la Iglesia durante siglos, Constantino no hizo del cristianismo la religión oficial de Imperio Romano, aunque la favoreció sobre las demás. En tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV— el culto al Sol Invicto era uno más entre los que se practicaban en la cuenca mediterránea. Entre los militares tenía también mucho arraigo el culto de Mitra, y entre las élites estaban los misterios de Eleusis, los de Isis, Serapis, etcétera. Por otra parte, Constantino conservó durante toda su vida el arcaico título de Pontifex Maximus, o jefe religioso de la República. Además, su principado se asoció con el «imperio del Sol». La imagen de Constantino como ferviente converso al cristianismo es patentemente errónea. Ni siquiera fue bautizado hasta que se encontraba en el lecho de muerte. El culto al Sol Invicto era de origen sirio. Había sido introducido en Roma solo un siglo antes de Constantino. Aunque contenía elementos del culto cananeo a Baal y Astarté, era esencialmente monoteísta. En efecto, proponía al dios Sol como la suma de todos los atributos de todos los demás dioses, y de esta manera asumía pacíficamente a sus posibles rivales sin la necesidad de combatirlos. Para Constantino, el culto al Sol Invicto era conveniente y nada más. El objetivo principal, obsesivo, del emperador era la unidad: política, religiosa y territorial. Obviamente, una religión sincrética y estatalizada que incluyera a todas las otras llevaba a ese objetivo. Y fue bajo la tutela, por así decirlo, del culto al Sol Invicto que el cristianismo pudo prosperar. De todos modos, la doctrina cristiana de la época, tal como era promulgada por Roma a la sazón, tenía mucho en común con el culto al Sol Invicto; y, por ende, pudo prosperar sin ser molestado bajo el paraguas de tolerancia del culto al Sol. Siendo esencialmente monoteísta, el culto al Sol Invicto le allanó el camino al monoteísmo cristiano. Al mismo tiempo, la Iglesia primitiva no tuvo escrúpulos en modificar sus propios principios y dogma con el objeto de aprovechar la oportunidad que se le brindaba. Mediante un edicto promulgado en 321, por ejemplo, Constantino ordenó que los tribunales permaneciesen cerrados en «el venerable día del Sol», decretando que dicho día fuera de descanso. Hasta entonces el cristianismo había considerado sagrado el sábado, el día santo de los judíos. Ahora, de acuerdo con el edicto de Constantino adoptó el domingo como día sagrado. Esto no solo le hizo armonizar con el régimen existente, sino que, además, le permitió desasociarse aún más de sus orígenes judaicos. Por otra parte, hasta el siglo IV el natalicio de Jesús se había celebrado el 6 de enero. Para el culto del Sol Invicto, no obstante, el día de mayor importancia simbólica del año era el 25 de diciembre: la festividad de Natalis Invictus, el nacimiento —o renacimiento— del Sol, momento en que los días comenzaban a alargarse de modo perceptible. También en este sentido el cristianismo se alineó con el régimen y con la religión oficial del Estado. De esta religión estatal ya instaurada usurpó también el cristianismo ciertos avíos. Así la aureola de luz que corona la cabeza del dios Sol se convirtió en el halo cristiano.
El culto al Sol Invicto también se engranaba de forma conveniente con el de Mitra, residuo de la antigua religión zoroástrica importada de Partia por las legiones. De hecho, tan cerca estaba el mitraísmo tardío del culto al Sol Invicto que, a menudo, ambos son confundidos. Los dos destacaban la categoría divina del Sol. Ambos consideraban sagrado el domingo. Ambos celebraban una importantísima festividad natalicia el 25 de diciembre. Así pues, el cristianismo también pudo encontrar líneas de convergencia con el culto al dios Mitra, muy extendido entre las legiones romanas durante el Bajo Imperio. El mitraísmo también hacía hincapié en la inmortalidad del alma, en un juicio futuro y en la resurrección de los muertos. El cristianismo que se definió y conformó en los días de Constantino era, de hecho, un híbrido que contenía filamentos de pensamiento significativamente derivados del mitraísmo y del culto al Sol. En realidad, el cristianismo, tal como lo conocemos ahora, está en muchos aspectos más próximo a aquellos sistemas de creencias de los paganos que a sus propios orígenes judaicos. Por el bien de la unidad, Constantino procuró deliberadamente que las distinciones entre el cristianismo, el mitraísmo y el culto al Sol Invicto resultasen borrosas, y optó por no ver las profundas discrepancias que había entre ellos. Así, toleró al Jesús divinizado como la manifestación terrenal del Sol Invicto. Así, edificaba una iglesia cristiana en una parte de la ciudad y, en otra, erigía estatuas a la diosa Cibeles y al Sol Invicto, este último a su propia imagen y semejanza, con sus propios rasgos. En semejantes gestos eclécticos y ecuménicos vuelve a hacerse patente el énfasis en la unidad. La fe, para Constantino, era una mera cuestión política; y cualquier fe que condujese a la unidad del Imperio era tratada con indulgencia. Por aquellos días estaba muy en boga, además, la escuela filosófica que proponía el eclecticismo como forma de conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas.
Con todo, Constantino no era un cínico sin más. Al igual que muchos gobernantes de su época —incluido el propio Juliano el Apóstata—, parece que era un hombre supersticioso e imbuido de un sentido muy real de lo sagrado. Al parecer, en su relación con lo divino procuraba nadar y guardar la ropa, lo que le asemeja al proverbial ateo que, ya en su lecho de muerte, se aviene a recibir los sacramentos como salvaguardia, «por si acaso». Esto le impulsaba a tomarse muy en serio a todas las deidades cuya presencia en sus dominios aprobaba, a buscar la benevolencia de todas ellas, a conceder a cada una de ellas cierta medida de veneración sincera. Si su dios personal era el Sol Invicto, y su actitud oficial ante el cristianismo la dictaba la conveniencia y el deseo de unidad en el seno del Imperio, no por ello deja de ser cierto que Constantino tributaba al dios de los cristianos cierta deferencia singular, una deferencia decididamente insólita. Desde hacía mucho tiempo, existía la tradición de que los emperadores romanos afirmaran ser descendientes de los dioses y, basándose en ello, reclamaran la divinidad para sí mismos también. Así, Diocleciano, había afirmado ser descendiente de Júpiter; Maximiano, de Hércules. Para Constantino, sobre todo después de haber dado al cristianismo un mandato en sus dominios, era ventajoso establecer una nueva alianza divina, una nueva ratificación procedente de lo sagrado. Esto tenía tanta más importancia cuanto que, en cierto modo, él era un usurpador: había derrocado a un descendiente de Hércules y necesitaba el apoyo de algún dios rival para sus propias pretensiones de legitimidad. Al escoger un dios para que fuese su patrocinador, Constantino recurrió —al menos nominalmente— al dios de los cristianos. Es primordial señalar que no recurrió a Jesús. El dios al que Constantino reconocía era Dios Padre, el cual, en aquellos años inmediatamente anteriores al Concilio de Nicea (325), no era idéntico al Hijo. Su relación con Jesús era mucho más equívoca y sumamente reveladora.
La posición de Constantino no resultaba tan rara en un militar romano que era esencialmente pagano y tenía aspiraciones políticas. Lo que sí es significativo, es que la Iglesia diera su aprobación al papel que Constantino se atribuyó. La Iglesia de Roma estuvo muy dispuesta a mostrarse de acuerdo con el concepto que Constantino tenía de sí mismo como mesías auténtico. También estaba muy dispuesta a reconocer que el mesías no era un salvador pacífico y manso como una oveja, sino un rey legítimo y colérico, dispuesto a imponer su voluntad por la espada. Constantino era un líder político y militar que no presidía un nebuloso reino de los cielos; gobernaba un Imperio y mandaba legiones. En cualquier caso, en tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV—, la tradición cristiana aún no se había convertido en dogma inmutable. Muchos documentos paleocristianos y evangelios apócrifos, que luego se perdieron o fueron destruidos, seguían circulando intactos. Todavía eran corrientes las interpretaciones alternativas. Y el Jesús histórico aún no había desaparecido por completo bajo el peso de acreciones posteriores. Hay que recordar que no se conserva ninguna versión completa del Nuevo Testamento que date de una época anterior al principado de Constantino. El Nuevo Testamento, tal como lo conocemos hoy, es en gran parte producto del Concilio de Nicea que presidió el propio Constantino. 
El culto al Sol Invicto y el de Mitra eran muy populares entre los legionarios

La milagrosa conversión del emperador Constantino

Para muchos historiadores modernos, algunas de las decisiones que adoptó el emperador Constantino marcaron el tránsito del mundo antiguo al medieval. Constantino gobernó el Impero Romano durante treinta años, hasta su muerte en Nicomedia (actual Izmir, Turquía) el 22 de mayo de 337. Fundador de Constantinopla en lo que era la antigua ciudad griega de Bizancio, en la Iglesia ortodoxa se le venera como santo, y la Iglesia romana le considera un gran benefactor de los cristianos, religión que legalizó promulgando un edicto de tolerancia en el año 313 (Edicto de Milán). No obstante, cuando la capital del Imperio se trasladó de Roma a Constantinopla, en Oriente, se inició una larguísima decadencia económica de Occidente que marcaría buena parte de la Edad Media. A los europeos les llevaría casi un milenio recuperar su protagonismo político e influencia económica en el mundo. Ésta no se produciría hasta la era de los grandes descubrimientos geográficos y la posterior colonización de América y otros continentes. Otra de las decisiones que determinaron la historia de Occidente en los siglos venideros, fue la refundación del cristianismo como una religión de Estado adaptada a las necesidades del Imperio, y bajo la apariencia de una nueva Iglesia institucionalizada, católica —esto es, universal— y romana. Los cristianos, en adelante, no solo deberían obediencia a Dios, sino al emperador. Paradójicamente, con el devenir de los siglos, acabaron siendo los monarcas cristianos quienes tuvieron que rendir obediencia a los papas, herederos de los antiguos césares, y someterse a su voluntad. Tras haberse desembarazado de todos sus rivales políticos, Constantino convocó el primer concilio ecuménico en la ciudad asiática de Nicea (Bitinia, hoy en Turquía) en 325, que legalizó la práctica del cristianismo en el Imperio Romano y puso fin a las persecuciones. Se considera que esto fue esencial para la expansión de esta religión por toda la cuenca mediterránea, y los historiadores, desde Lactancio y Eusebio de Cesarea, hasta nuestros días, presentan a Constantino como el primer emperador cristiano, aunque vivió como pagano y no se bautizó hasta encontrarse en su lecho de muerte. Se dice que sus colaboradores y allegados le temían tanto, que nadie se atrevió a tocar el cadáver hasta que hubieron transcurrido siete días desde el óbito.
A lo largo del siglo III el Imperio Romano había sufrido diversas crisis de variada índole —económicas, demográficas, pandémicas, políticas y militares— que a punto estuvieron de destruirlo. A principios del siglo IV, tras alcanzarse una solución de compromiso, el Imperio estaba dividido en dos mitades, una oriental y otra occidental, y gobernado por dos emperadores mayores o augustos, y dos emperadores menores o césares, que eran a su vez los sucesores reconocidos de los primeros. Diocleciano y Maximiano eran los augustos, y Constancio Cloro (padre de Constantino) y Galerio, compartían el poder como césares. El joven Constantino sirvió en la corte de Diocleciano en Nicomedia tras el nombramiento de su padre como uno de los dos césares de la tetrarquía en 293. El año 305 marcó el final de la primera tetrarquía con la renuncia de los dos augustos, Diocleciano y Maximiano. De esta forma los dos césares accedieron a la categoría de augustos y dos oficiales ilirios fueron nombrados césares. La segunda tetrarquía quedaba así formada: Constancio Cloro y Severo II, como augusto y césar respectivamente, en Occidente, y Galerio y Maximiano en la parte oriental del Imperio, también como augusto y césar cada uno. Sin embargo, Constancio Cloro cayó enfermo durante una expedición punitiva contra los pictos en Caledonia (actual Escocia), muriendo el 25 de julio de 306. Su hijo Constantino se encontraba junto a él en el momento de su muerte en Eburacum (actual ciudad de York, Inglaterra), en la Britania romana, donde su leal general Croco, de ascendencia germana, y las tropas leales a su padre le proclamaron augusto. Simultáneamente, el césar occidental, Severo II, era a su vez proclamado augusto por Galerio. Ese mismo año el Senado —según la vieja fórmula republicana— nombró césar a Majencio, hijo del anterior tetrarca Maximiano, y este último regresó también a la escena política reclamando para sí el título de augusto. Comenzó así otro largo período de conflictos y guerras civiles que se prolongó por espacio de veinte años. Severo fue traicionado por sus tropas; entre tanto, Constantino y Maximiano concertaban una alianza. Al final del año 307 había cuatro augustos: Constantino, Majencio, Maximiano y Galerio, y un solo césar: Maximiano. A pesar de la mediación de Diocleciano, que se mantuvo neutral intentando actuar como árbitro en la disputa, al final del año 310 la situación era aún más confusa con siete augustos: Constantino, Majencio, Maximiano, Galerio, Maximiano, Licinio —al que había introducido en la pugna el propio Diocleciano rompiendo su neutralidad— y Domicio Alejandro, vicario de África que se había proclamado augusto. Los vicarios eran lugartenientes designados por el emperador, que les enviaba en su representación a las provincias que no estaban regidas por un gobernador. Después de las reformas administrativas de Constantino, se dio el título de «vicario» a los gobernadores de la mayoría de las diócesis, y ejercían su autoridad en ausencia de sus titulares, los prefectos del Pretorio. En medio de este entorno convulso comenzaron a desaparecer candidatos: Domicio Alejandro fue asesinado por orden de Majencio; Maximiano se suicidó asediado por Constantino, y Galerio falleció por causas naturales.
Majencio fue relegado por los tres augustos restantes y finalmente vencido por Constantino en la decisiva batalla del Puente Milvio, en las afueras de Roma, el 28 de octubre de 312. Una nueva alianza entre Constantino y Licinio selló el destino de Maximiano que se suicidó tras ser vencido por éste en 313. A partir de este punto el Imperio quedaba dividido entre Licinio, en Oriente, y Constantino en Occidente. Tras los enfrentamientos iniciales, ambos firmaron la paz en Sárdica en 317. Durante este período ambos nombraron césares según su conveniencia entre los miembros de su familia y círculo de confianza. En el 324, nuevos enfrentamientos terminaron con la victoria de Constantino sobre Licinio en Adrianópolis y Crisópolis. Constantino representa el nacimiento de la monarquía absoluta, hereditaria y transmitida por derecho divino, algo hasta entonces inusual en el Imperio Romano, que siempre conservó sus estructuras republicanas. Es más, el título de «Imperator» equivalía al de Generalísimo o Comandante en Jefe de los Ejércitos, no era un título monárquico. Los primeros emperadores, desde César, fueron dictadores vitalicios por acumulación de cargos. César y Augusto se convirtieron en dictadores tras ser reconocidos por el Senado como únicos cónsules. Tradicionalmente, el consulado había estaba compartido por dos cónsules elegidos por el Senado. En cualquier caso, la formula monárquica absolutista, sancionada por la Iglesia, e inaugurada por Constantino el Grande, tendría su continuidad tras la desaparición del Imperio, a lo largo de toda la Edad Media y, en muchos casos, hasta el siglo XX. Así, los monarcas medievales lo eran «Por la Gracia de Dios» y los títulos káiser y zar eran transcripciones derivadas de la palabra césar. Asimismo, durante el Medievo hubo varios intentos de restaurar el viejo Imperio Romano bajo la apariencia del Sacro Imperio.
Durante el reinado de Constantino se introdujeron importantes cambios que afectaron a todos los ámbitos de la sociedad del Bajo Imperio. Reformó la corte, las leyes y la estructura del Ejército. Las legendarias legiones romanas desaparecieron y fueron substituidas por cuerpos de infantería pesada muchos más reducidos y unidades de caballería, principalmente. Pero, seguramente, Constantino sea más conocido por ser el primer emperador romano que permitió el libre culto a los cristianos. Su conversión al cristianismo, de acuerdo con las fuentes oficiales cristianas, fue el resultado inmediato de un presagio antes de su victoria en la batalla del Puente Milvio (312). Tras esta visión extática, Constantino adoptó un nuevo estandarte para marchar a la batalla al que llamaría «Lábaro». La visión de Constantino se produjo en dos partes: en primer lugar, mientras marchaba con sus soldados vio la forma de una cruz frente al Sol (Apolo). Tras esto, tuvo un sueño en el que se le ordenaba poner un nuevo símbolo en su estandarte, ya que vio una cruz con la inscripción «In hoc signo vinces» («Con este signo vencerás»). Mandándolo pintar de inmediato en los escudos de sus soldados, venció a Majencio. En los siglos venideros las cruces figuraron en los escudos de casi todos los ejércitos cristianos. Se dice que tras estas visiones, y por el resultado de la batalla del Puente Milvio, Constantino se convirtió de inmediato al cristianismo. Pero tal vez fue así por razones políticas. Una buena parte del Ejército romano seguía el culto mitraico, de origen oriental, aunque es cierto que el cristianismo también había ganado muchos conversos entre los soldados y oficiales. Había una buena razón para ello: ambas religiones prometían una vida después de la muerte. Aspecto éste que siempre despertaba el interés de los militares, que arriesgaban la vida constantemente en el combate. Se cree que la influencia de Elena, madre de Constantino, que era una devota cristiana, fue decisiva para su conversión. No obstante, Constantino, siguiendo una extendida costumbre de la época, no fue bautizado hasta estar cerca de la muerte (337), y fue un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia, que no católico, quien le bautizó. Posiblemente, la elección del obispo de Nicomedia fuese un guiño político hacia los arrianos. El arrianismo había sido condenado por la nueva Iglesia católica surgida tras el Concilio de Nicea (325), pero eran muchos los soldados y oficiales, de origen germánico sobre todo, que profesaban esta doctrina cristiana. Eusebio, además, era amigo de la hermana de Constantino, lo que probablemente facilitó el indulto y su vuelta desde el exilio para bautizar al agonizante emperador.
Poco después de la batalla del Puente Milvio (312), Constantino entregó al papa Silvestre I un suntuoso palacio que había pertenecido a Diocleciano, perseguidor de los cristianos, con el encargo de construir una gran basílica dedicada al culto cristiano. El nuevo edificio se construyó sobre los antiguos cuarteles de la Guardia Pretoriana, y actualmente se la conoce como Basílica de San Juan de Letrán. En 324 el emperador hizo construir otra magnífica basílica en la colina Vaticana, en el mismo lugar donde, según la tradición cristiana, martirizaron a san Pedro: ésta fue la Basílica de San Pedro. El Edicto de Milán despenalizó la práctica del cristianismo y se devolvieron las propiedades confiscadas a la Iglesia. Tras el edicto de tolerancia se abrieron nuevas vías de expansión para los cristianos, incluyendo el derecho a competir con los paganos en el tradicional «Cursus Honorum» para acceder a las altas magistraturas del Estado, y también ganaron una mayor aceptación e influencia dentro de la sociedad civil en general. También se permitió la construcción de nuevas iglesias y los obispos y demás clérigos cristianos alcanzaron una importancia decisiva. Tanto fue así que, envalentonados por las nuevas prerrogativas concedidas por el emperador, los obispos nicenos (católicos) adoptaron unas posturas agresivas hacia otros grupos cristianos a los que consideraban heréticos —especialmente los arrianos, con gran presencia en el Ejército— y empezaron a mostrar un carácter abiertamente revanchista hacia los paganos que prefirieron seguir fieles a los antiguos dioses, y no aceptaron bautizarse. Aunque el cristianismo no se convertiría en «única» religión del Imperio hasta que Teodosio así lo dispuso con la promulgación del Edicto de Tesalónica en el año 380, Constantino dio un gran poder económico a los cristianos: les concedió numerosos privilegios y exenciones fiscales, e hizo importantes donaciones a la Iglesia procedentes de las propiedades confiscadas a sus enemigos políticos, muchos de ellos paganos. Asimismo, apoyó la reconversión de muchos templos paganos en iglesias, y dio preferencia a los cristianos en los puestos preeminentes de la administración del Estado. Como resultado de todo esto, las controversias que habían existido entre los cristianos desde mediados del siglo II, eran ahora aventadas en público, y frecuentemente de una manera violenta. Constantino consideraba que su deber como emperador designado por Dios, era acabar con los desórdenes religiosos, y convocó el Concilio de Nicea (325) para, según él, terminar con los cismas doctrinales que dividían a la Iglesia, especialmente el arrianismo.
Los historiadores señalan, no obstante, que su principal preocupación era la unidad del Imperio, recientemente restituida, y que se podía ver nuevamente resquebrajada debido a estas divergencias religiosas. Muchos consideran que Constantino «creó» la Iglesia católica confiriéndole su impronta personal, y convencido de que ésta perduraría mucho tiempo después de su muerte. Los papas lucharon por la unidad de la Iglesia con tanto ahínco y determinación, como Constantino lo hizo por mantener la integridad territorial del Imperio Romano, en el que ya habían empezado a manifestarse los primeros síntomas de la enfermedad que habría de ponerle fin un siglo y medio después. En Nicea, el emperador impuso el dogma de la Santísima Trinidad presionado por los obispos reunidos en el concilio partidarios del mismo. Uno de los principales motivos de discordia entre los cristianos, aunque no el único. Por otra parte, los defensores de la Iglesia católica sostenían que las bases del dogma ya se daban en la Iglesia primitiva, unos 200 años antes de celebrarse el concilio. Así como la definición de «católico», término que proviene del griego καθολικός (katholikós) y que significa «universal». Varias creencias que serían luego consideradas dogmas de fe en la Iglesia romana, se forjaron durante las discusiones teológicas habidas en el Concilio de Nicea. Y, aunque la intervención del emperador haciendo valer su posición fue determinante, el análisis de las cartas escritas por Constantino, evidencia en ellas una acusada carencia de formación teológica, por lo que algunos estudiosos descartan la posibilidad de que el emperador pudiese haber influido en la posterior doctrina de la Iglesia debido, justamente, a su profundo desconocimiento de la materia sobre la que se debatía. Además, muchos historiadores se preguntan por qué el papa Silvestre I no asistió a dicho concilio ecuménico, siendo él el más adecuado para presidirlo. Por esto algunos especialistas sostienen que el motivo de su ausencia fue que Constantino estableció en Nicea una nueva religión sincretizada, mezclando elementos paganos y cristianos, y rompiendo definitivamente con las fuentes judías de las cuales procedía el cristianismo original. El resultado final de esta fusión de elementos paganos y judeocristianos habría sido, según esta teoría, la Iglesia católica romana que ha perdurado, con escasísimos cambios, hasta nuestros días. Constantino inauguró el Concilio de Nicea vestido pomposamente, como un auténtico rey–sacerdote, algo totalmente ajeno a los sobrios usos y costumbres romanos, y más propio de los reyes orientales. El emperador abrió el concilio con un solemne discurso pronunciado en griego, y ataviado con unos pesados y vistosos ropones talares adornados con lujosos brocados hechos en oro y plata. Una imagen que se corresponde más con la de un papa medieval, que con la de un clásico emperador romano. Entre los títulos que solían ostentar los emperadores —aunque no todos— estaba el de «Pontifex Maximus» o sumo pontífice, un vestigio honorífico de la época republicana a la que los césares jamás concedieron demasiada importancia. Pero en Nicea, durante el concilio, Constantino ejerció de sumo pontífice a todos los efectos, tal vez, por primera y única vez en la dilatada historia del Imperio Romano. Varios años después, el emperador Graciano el Joven (muerto en 383) influenciado por Ambrosio, obispo de Milán, prohibió definitivamente los antiguos cultos paganos en todo el Imperio. Acto seguido, renunció al título de «Pontifex Maximus» por considerarlo incompatible con la fe cristiana, apagó el fuego sagrado del templo de Vesta, y retiró el altar de la Victoria del Senado, a pesar de las protestas de los últimos miembros paganos del Senado. Como represalia, Graciano confiscó sus propiedades; prohibió las donaciones materiales a las Vestales; y abolió otros privilegios que poseían los sacerdotes y sacerdotisas paganos. En apenas dos generaciones, los cristianos pasaron de ser perseguidos, a convertirse en implacables perseguidores de los paganos. El edicto de tolerancia, convirtió a los cristianos en intolerantes que persiguieron a los paganos con la misma saña con la que éstos les habían perseguido a ellos.
Habían existido otros concilios antes que el de Nicea, pero éste fue el primero con carácter ecuménico universal y contó con la participación de alrededor de 300 obispos, lo que supuso una minoritaria participación si tenemos en cuenta que a lo largo del Imperio había alrededor de 1.000 obispos. La importancia de aquel histórico concilio residió en la confección del llamado credo niceno (redactado en griego, no en latín) que, esencialmente, permanece inmutable en su contenido casi 1.700 años después de su celebración. Por otra parte, la comunión entre el Estado y la Iglesia surgida del Concilio, favoreció enormemente la expansión del nuevo cristianismo católico a través del Imperio con una fuerza inusitada. En parte, esta espectacular expansión del catolicismo se debió a razones políticas, pues, al trasladar la capital del Imperio a Oriente, muchas familias senatoriales romanas vieron en el nuevo clero católico que se estaba pergeñando, la posibilidad de recuperar en Roma una influencia política que habían perdido con el traslado de la capitalidad del Imperio. Así se fraguó el nacimiento de una nueva clase política: el alto clero católico —al que se adhirieron muchos patricios romanos— y que desempeñaría un destacadísimo papel en la política europea medieval. En sus últimos años de vida, Constantino también ejerció como predicador, dando sus propios sermones en el palacio imperial ante la corte y los invitados extranjeros. Sus reconvenciones pregonaban el principio de armonía y coexistencia entre paganos y católicos, aunque gradualmente se volvieron más intransigentes hacia los primeros y, también, hacia los cristianos que no aceptaron la ortodoxia católica o nicena. Paralelamente, Constantino fue eliminando a los funcionarios paganos de los principales puestos de la Administración, sobre todo en Oriente, lo que favoreció un considerable incremento del poder y la influencia del clero católico, en detrimento de los paganos y las restantes confesiones cristianas. En el año 314, inmediatamente después de su legalización, la Iglesia atacó sin cuartel a los paganos. Envalentonados por la actitud del emperador, muchos templos paganos fueron destruidos por las turbas cristianas y sus sacerdotes brutalmente asesinados. Entre los años 314 y 326 miles de paganos fueron asesinados y se promulgaron una serie de disposiciones que favorecieron al cristianismo católico–niceno —exclusivamente— frente a las demás confesiones cristianas. Asimismo, los cultos paganos tales como la aruspicina, el arte de adivinar por medio de las entrañas de las víctimas, y los sacrificios privados de animales, fueron rigurosamente prohibidos. La magia también fue perseguida por los cristianos. Los romanos toleraban ciertas artes consideradas «mágicas» por los cristianos, como las prácticas abortivas, por ejemplo. Sin embargo, la magia con carácter pernicioso —magia negra— también estaba proscrita por los romanos. De facto, una de las primeras acusaciones a las que tuvieron que hacer frente los primitivos cristianos fue la de practicar la magia negra en sus cementerios. Recuérdese que las catacumbas de Roma eran antiguos cementerios judíos situados extramuros donde, posteriormente, los primitivos cristianos celebraban sus rituales litúrgicos.
En la Antigüedad resultaba difícil establecer la frontera entre «magia» y «ciencia». Entre los célebres magos egipcios había desde astrónomos a físicos, al igual que entre los magos partos, babilónicos o caldeos, que solían dominar varias disciplinas «científicas» según los conocimientos de la época. Las propias Escrituras nos hablan favorablemente de unos «magos» de Oriente que acudieron a Belén para adorar al Cristo. Otra de las razones que favorecieron la espectacular ascensión de la nueva Iglesia católica surgida al amparo del emperador, fueron las generosas donaciones y exenciones fiscales concedidas al clero católico. Después, tras la promulgación del Edicto de Tesalónica por orden del emperador Teodosio en el 380, en Dídima, no tardaron en hacer su aparición los peores presagios para los paganos: en Asia Menor fue saqueado e incendiado el oráculo del dios Apolo y torturados hasta la muerte sus sacerdotes. También fueron desahuciados todos los sacerdotes paganos del monte Athos, y destruidos sus templos y santuarios. En vísperas de la inauguración oficial de Constantinopla (330), el propio Constantino mandó saquear todos los templos paganos de Grecia y trasladar sus más preciados tesoros a la nueva capital imperial. Muchos de los bellísimos templos de la época clásica fueron destruidos por la férula de los cristianos, no por la ira de los bárbaros, como a menudo se nos ha hecho creer. Aquella actitud partidista hacia los cristianos por parte de Constantino, tuvo efectos negativos para los que vivían Más Allá de las fronteras orientales de Imperio. Los reyes sasánidas que gobernaban el Imperio Parto, enemigo secular de Roma, y que hasta entonces habían dispensado refugio a los cristianos cuando eran perseguidos, empezaron a verlos como quintacolumnistas cuando la actitud del emperador romano comenzó a favorecerles. Por este motivo, los cristianos fueron perseguidos también en Partia. Sin embargo, estos cristianos orientales eran considerados herejes por los nicenos, y su recibimiento en tierras del Imperio no fue precisamente caluroso. Entretanto, Constantino retiró su estatua de los templos paganos, la reparación de estos edificios fue prohibida y los fondos procedentes de donativos desviados a las arcas de la Iglesia. Se suprimieron todas las formas de culto y adoración paganos que los cristianos consideraron «ofensivos» por considerarlos obscenos e idolátricos. No obstante, en la espectacular reinauguración de Constantinopla celebrada en la primavera del 330, se efectuó una ceremonia híbrida —mitad pagana y mitad cristiana— en el ágora o plaza del mercado, y se puso una cruz sobre el carro solar del dios Apolo.
Constantino fue bien conocido por su falta de piedad hacia sus enemigos políticos. Ejecutó a Licinio, su cuñado, por estrangulamiento en 325, a pesar de que había prometido públicamente no hacerlo si accedía a rendirse. Un año después, Constantino ejecutó también a su hijo mayor, Crispo, y unos meses después a su segunda esposa, Faustina. Crispo era el único hijo que tuvo con su primera esposa, Minervina, pero circularon rumores sobre una presunta relación incestuosa entre Crispo y su madrastra, lo que pudo ser la causa de la ira de Constantino, que vivió el resto de sus días atormentado por haber ordenado matar a su hijo. Algunas leyes de Constantino, por recomendación de los obispos católicos, mejoraron considerablemente muchos aspectos de aquella época violenta. Por ejemplo: se estableció la pena de muerte para todos aquellos recaudadores de impuestos que abusaran recaudando más de lo autorizado; no se permitía mantener a los prisioneros en completa oscuridad, sino que era obligatorio que pudieran ver la luz del día; a un hombre condenado se le podía llevar a morir a la arena, pero no podía ser marcado en la cara, sino en los pies; los padres que prostituían a sus hijas, o hijos, eran quemados vivos introduciéndoles plomo fundido por la boca. Además, los combates de gladiadores fueron eliminados en el 325, aunque esta prohibición tuvo poco efecto. Se limitaron los derechos de los propietarios de los esclavos: podían azotar a un esclavo de su propiedad, pero no podían mutilarle o matarle. La terrible pena de muerte por crucifixión fue abolida por razones de piedad cristiana, aunque el castigo fue sustituido por la horca. Constantino continuó con la Reforma introducida por Diocleciano que separaba el poder civil del militar. Como resultado, generales y gobernadores poseían menos poder que durante la época de la anarquía militar. Criterios tanto económicos como de seguridad llevaron a la modificación de la política de defensa del Imperio durante la primera mitad del siglo IV. Constantino convirtió el viejo sistema de fronteras fortificadas en un sistema de defensa en profundidad con la formación de una gran red de acuartelamientos en el interior de la Galia principalmente. Los motines y levantamientos de tropas, provocados a menudo por el descontento derivado de las largas separaciones familiares, se redujeron considerablemente. Por otra parte, los soldados destacados en los puestos avanzados ponían mayor interés en la defensa de los territorios asignados al ser conscientes de que la seguridad de sus familias estaba en juego. Constantino disolvió la vieja Guardia Pretoriana, y en su lugar estableció los «Scholae Palatinae» (escolares); reclutó cuerpos de caballería de élite, principalmente de origen germánico, y redujo de 5.000 a 1.000 el número de infantes de la legión tradicional, la principal unidad de combate del Ejército romano. Este cambio en la política militar, ahora predominantemente defensiva, perduró hasta la desaparición del Imperio de Occidente (476) y, quizá, fuese otra de sus causas: el Ejército romano se fue reduciendo y debilitando paulatinamente. En el siglo V, tanto los emperadores occidentales como los de Oriente, prefirieron subcontratar a mercenarios germanos, o sobornar a los invasores que amenazaban las fronteras, en lugar de financiar el reclutamiento y adiestramiento de tropas regulares. El servicio militar obligatorio para los ciudadanos romanos fue abolido. Pero, a la larga, los tributos exigidos por los caudillos bárbaros para no invadir los territorios del Imperio fueron más onerosos que lo hubiese sido el mantenimiento de las tropas imperiales. La cada vez más poderosa e influyente jerarquía eclesiástica entendía que era más útil y perentorio emplear los recursos del Estado en la construcción de iglesias y monasterios, y en la celebración de interminables sínodos, que en mantener ejércitos bien armados y adiestrados para defender las fronteras del Imperio. La Iglesia creía, o hizo creer a los débiles emperadores del siglo V, que a través de su conversión al catolicismo, los reyes germanos se convertirían en fieles súbditos del Imperio sin necesidad de someterles por la fuerza de las armas. Los cristianos siempre antepusieron los intereses de la Iglesia a los del Imperio. En consecuencia, éste estaba abocado a su extinción. La falta de recursos en la que se vio sumida Roma al trasladarse la metrópoli a Constantinopla, en Oriente, donde estaban las provincias más ricas, influyó también en su decadencia política y en la posterior irrupción de los pueblos invasores.  
Constantino al frente de sus tropas en la batalla del Puente Milvio (312)

Una plaga de ratones derrotó al rey Senaquerib de Asiria

Senaquerib fue rey de Asiria entre los años 705 a.C., tras suceder a su padre Sargón II, hasta el 681 a.C., y también reinó sobre Babilonia desde el año 689 a.C. Su reinado estuvo marcado por las continuas campañas militares que dirigió en Mesopotamia, guerreando contra Elam, Urartu y Egipto. Senaquerib también combatió al rey Ezequías de Judá, asedió Jerusalén y arrasó Babilonia tras varias revueltas contra su dominio, la última de las cuales provocó la muerte de su hijo y heredero, Asurnadin, lo que acarrearía un conflicto sucesorio, a resultas del cual Senaquerib murió asesinado por dos de sus hijos en una revuelta palaciega. Fue sucedido y vengado por su hijo menor y nuevo heredero designado, Asarhadón. A pesar de su intensa actividad bélica, sus mayores esfuerzos los dedicó a la arquitectura y las obras públicas. Reconstruyó con colosales proporciones la antigua ciudad sagrada de Nínive, convirtiéndola en la gran capital de Asiria, y dotándola de templos, palacios, jardines y murallas como los de Babilonia. Construyó, además, el colosal acueducto de Jerwán, para abastecerla de agua. 
En cuanto al asedio de Jerusalén, aunque Senaquerib había enviado cartas amenazadoras advirtiendo al rey Ezequías que no había desistido en su determinación de tomar la capital de Judá, la Biblia dice que «los asirios ni siquiera lanzaron allí una flecha, ni contra ella alzaron cerco con propósito de sitiar». Cuenta también la Biblia que según una profecía de Isaías «no disparará contra ella [Jerusalén] una sola flecha», pero el hecho es que, tras derrotar a los egipcios, Senaquerib se volvió contra Judá con el grueso de sus tropas, tomando varias ciudades amuralladas y poniendo sitio a Jerusalén. Según el relato bíblico, Yahvé envió contra los invasores al Ángel Exterminador, que en una noche derribó a ciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios: «Se levantaron por la mañana, y he aquí que todos eran cadáveres». Tal desastre obligó a Senaquerib a regresar a su país, pero los judíos quedaron estigmatizados durante siglos como los portadores de terribles plagas mortales, y cuando la Peste Negra se abatió sobre Europa en 1348, las autoridades eclesiásticas, perfectamente conocedoras del episodio bíblico descrito por el profeta Isaías, no tardaron en culpar a los judíos de la pandemia y de la terrible mortandad que estaba causando estragos en toda la Cristiandad.
Los anales de Senaquerib no mencionan nada respecto a este desastre. No obstante, la relación de la campaña registrada en el Prisma de Senaquerib, conservado en el Instituto de Estudios Orientales de la Universidad de Chicago, prueba que, si bien Senaquerib no llegó a tomar Jerusalén, el reino de Judá fue nuevamente sometido al dominio asirio. Pero en vista del tono jactancioso que domina habitualmente los textos bíblicos atribuidos a los profetas hebreos, debemos colegir que algún tipo de desastre diezmó a los sitiadores asirios. Algunos historiadores intentaron explicar el desastre refiriéndose a un relato de Heródoto (siglo V a.C.) en el que cuenta que «sobre el campamento asirio cayó durante la noche un tropel de ratones campestres que royeron sus aljabas, sus arcos y, asimismo, los brazales de sus escudos», lo que los incapacitó para tomar la ciudad amurallada de Jerusalén. Este relato obviamente no coincide con el registro bíblico, ni tampoco encaja con las inscripciones asirias. No obstante, los relatos de Heródoto reflejan el hecho de que las fuerzas de Senaquerib sufrieron una súbita calamidad durante la campaña militar que les obligó a levantar el asedio de Jerusalén. 
El rey Senaquerib presidiendo una parada militar