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jueves, 4 de febrero de 2016

El reino hispanovisigodo de Toledo (418-711 d.C.)

En 418, en virtud de un nuevo pacto, los visigodos se asentaron en la provincia romana de Aquitania, en el sur de la Galia, y fundaron un reino con capital en Tolosa (la actual Toulouse). Acto seguido, intervienen como aliados del Imperio para someter a otras tribus en Hispania y en 453 participan en la derrota de los hunos en la decisiva batalla de los Campos Cataláunicos. La cúspide del poder visigodo fue alcanzada durante el reinado de Eurico (466—484), quien completó la conquista de España, salvo la Gallaecia (en poder de los suevos hasta el 585, cuando la conquistó Leovigildo). En 507, Alarico II fue derrotado en Vouillé por los francos de Clodoveo I, perdiendo todas sus posesiones al norte de los Pirineos excepto Septimania. Esta provincia, de vital importancia para el comercio de la época, se mantuvo hasta el final en poder del Reino visigodo de Hispania. Las ciudades de Narbona y Toledo constituyeron los polos de la política visigoda. 

Los visigodos entraron en la península en 427 al mando de Teodorico I con el encargo de someter a otros pueblos germánicos a cambio de tierras. Arrinconaron a los suevos en Galicia, acabaron con los alanos y obligaron a los vándalos a trasladarse a África. Tras un periodo de dominación ostrogoda en el siglo VI, Amalarico recuperó la independencia del Reino visigodo estableciendo la capital en Narbona. Posteriormente Toledo llegaría a constituirse en la capital del Reino visigodo de España. Bajo el reinado de Atanagildo los bizantinos se instalaron en el Levante español, y no fueron expulsados definitivamente hasta el reinado de Suintila (625). Durante el reinado de Leovigildo se consolidó el Estado hispanovisigodo al que se incorporó el Reino de los suevos. Su sucesor Recaredo se convirtió al catolicismo e intentó unificar el país bajo un solo credo. Con Leovigildo se produjo la unificación territorial de la península Ibérica, permitiéndose los matrimonios mixtos entre visigodos e hispanorromanos. Con Recaredo se abandonó el arrianismo y el Reino se convirtió oficialmente al catolicismo. A pesar de ello, se inició el distanciamiento con Roma debido a que el papa apoyaba las pretensiones del emperador de Oriente sobre la Bética y otros territorios peninsulares, pues Bizancio se consideraba heredera natural del desaparecido Imperio Romano de Occidente. Con Recesvinto, se produjo la unidad legislativa bajo un único código de derecho: el «Liber Iudiciorum». A partir de entonces, se disolvieron las diferencias étnicas y religiosas entre visigodos e hispanorromanos, abandonándose varias costumbres godas de origen germánico. A finales del siglo VII el Reino visigodo entró en franca decadencia y las luchas internas por el poder entre los nobles y el clero, fueron continuas. Además, la crisis social y económica desencadenada por las guerras civiles, llevaron a los hispanovisigodos a una situación límite. El rey Wamba, sucesor de Recesvinto, combatía a los vascones en el norte de la Península cuando surgió una nueva rebelión en Septimania y, aunque consiguió sofocarla, fue depuesto en extrañas circunstancias. Las contiendas fratricidas se generalizaron durante los reinados de Égica y Witiza. Cuando el último rey, Rodrigo, alcanzó el trono, sus rivales solicitaron ayuda al caudillo norteafricano Tarik ibn Ziyad, quien, tras su victoria en la batalla de Guadalete (711), cerca de Medina Sidonia, inició la conquista de la Península y puso fin a la monarquía visigótica. A continuación, entre los años 716 y 725, los moros conquistaron Septimania, última provincia transpirenaica visigoda.

Al adueñarse del Imperio de Occidente, los invasores se distribuyeron los territorios conquistados, otorgando su propiedad y gobierno a los jefes de las tribus y a los caudillos de las huestes (condes). Así se recompensaban los servicios prestados durante las campañas militares. Y los habitantes de aquellas tierras sometidas que quedaron con vida fueron declarados «siervos de la gleba». Todo ello venía a ser una nueva forma de esclavitud. Solo había cambiado el nombre: a la esclavitud se la llamaba ahora servidumbre. No obstante, la intervención de la Iglesia suavizó considerablemente las condiciones de vida de los siervos. Los nobles visigodos eran auténticos «señores de la guerra», y dueños absolutos de las vidas y haciendas de sus siervos, por derecho de conquista. Además, los siervos estaban obligados a prestar servicios militares y constituían las mesnadas cuando su señor así lo requería. En una palabra, todo se supeditaba a la voluntad del señor feudal. La sociedad pagana había sostenido durante siglos que unos hombres nacen inferiores a otros por su condición, basándose en ello para sostener su estructura social; por el contario, el cristianismo predicaba que todos los hombres son iguales, y recordaba constantemente al señor feudal que el siervo era su hermano, y en sus fiestas, ante Cristo, los unía y los igualaba. Así se edificaron, sobre las ruinas del antiguo Imperio Romano, los reinos germánicos medievales. Estos reinos prosperaron y tuvieron muy distinta duración y trascendencia histórica. En Occidente éstos fueron los principales reinos germánicos: el de los francos y el de los borgoñones en la Galia; los de los anglos, jutos (daneses) y sajones en Britania; el de los visigodos en la península Ibérica; el de los vándalos en el norte de África; el de los ostrogodos primero, y el de los lombardos después, en Italia, y los kanatos búlgaros, a partir del siglo VI, en los Balcanes.

Los búlgaros han dejado pocos e inciertos rasgos de sus orígenes. No se trata de un pueblo eslavo, sino que está emparentado con los fineses, y más probablemente con los turcomongoles. Llegados a Europa en el siglo VI, los búlgaros subyugaron por el terror a los pueblos eslavos que hallaron en su camino y, conducidos por sus sanguinarios kanes, se extendieron por los Balcanes, dando mucho que hacer a Bizancio durante siglos. Convertidos al cristianismo en tiempos de Boris I (852–889) y asimilados a la cultura eslava, los búlgaros, amos en la época de Simeón I (893–927) de un territorio que se extendía desde la costa adriática hasta las puertas de Constantinopla, organizaron su primer gran Imperio. El primer zar —emperador— de los búlgaros fue Simeón, y los bizantinos tenían que pagarle un tributo anual, detalle que no impidió a Simeón atacar Constantinopla en dos ocasiones. No obstante, después de Simeón, el Imperio búlgaro experimentó un rápido declive. Convulsionado en su interior por el movimiento herético de los bogomilos —el bogomilismo fue una corriente religiosa cuyo origen se remonta al siglo X en la región de Tracia (actual Bulgaria, Rumelia y norte de Grecia), así como en Bosnia—, el Imperio búlgaro sufrió numerosas incursiones de húngaros y rusos y no pudo resistir la contraofensiva bizantina. Basilio II se entregó en cuerpo y alma al exterminio sistemático de los búlgaros y logró vencerlos. Durante más de un siglo y medio, los territorios búlgaros fueron una provincia de Bizancio. Sin embargo en 1204, aprovechando las tropelías de la IV Cruzada en Bizancio, Juan II se emancipó del Imperio de Oriente y se proclamó rey de los búlgaros, siendo reconocido por el papa Inocencio III.


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