lunes, 5 de noviembre de 2018

El legado de la Primera Guerra Mundial


El próximo día 11 se cumplirá el centenario de la finalización de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento más importante de su época, no solo por lo que sucedió durante el conflicto, sino por el impacto posterior que tuvo. Sus repercusiones globales se prolongaron hasta 1945, y, según muchos, hasta la disolución de la Unión Soviética surgida tras la revolución de 1917 y la posterior guerra civil rusa. La Gran Guerra de 1914–1918, como se la conoció entonces, marcó el inicio de una era de grandes catástrofes que jalonaron el siglo XX hasta la finalización de la «guerra fría» en 1991.
Pero para los combatientes y sus familias, la guerra no terminó aquel lejano 11 de noviembre de 1918. Las tropas que combatieron en el último tramo del conflicto en el Frente Occidental apenas contaban dieciocho años, tenían la edad del siglo, joven todavía. En 2003 aún vivían treinta y siete veteranos del Ejército Expedicionario británico, y en 2007 falleció el último superviviente francés de la batalla de Verdún. La guerra marcó de forma indeleble a todos los que combatieron en ella. Con el paso de los años —sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial— los efectos del conflicto europeo desencadenado en el caluroso verano de 1914, quedaron relegados a un segundo plano. Conceptos como «Imperio austrohúngaro» o «la Rusia de los zares» parecían excesivamente lejanos en el tiempo, más propios del siglo XIX que del XX. A medida que han ido disipándose las ondas expansivas, su impacto ha desaparecido. La historia de su legado no es solo la de los estragos que causaron los combates en las trincheras y sus repercusiones políticas en las sociedades occidentales de los años inmediatamente posteriores, sino también la de los procesos que contribuyeron a cerrar las heridas y a aliviar el dolor. Cuando empezó la guerra en 1914, los ejércitos se lanzaron a la contienda con conceptos tácticos que apenas habían cambiado desde la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Grandes batallones de infantería, la caballería como arma de asalto y la artillería desempeñando un papel muy parecido al que había tenido en las guerras napoleónicas. En apenas un año, todos estos conceptos quedaron obsoletos: surgió la aviación militar, la guerra submarina y la guerra química hizo su aparición en los campos de batalla aterrorizando a los combatientes.
A finales de la década de 1920, Europa todavía se estaba rehaciendo de los estragos de la guerra, y estaba produciéndose una recuperación tardía pero tangible, incluso en Alemania, excesivamente castigada por las cláusulas revanchistas impuestas en el Tratado de Versalles por las potencias vencedoras, especialmente por Francia. Fue este espíritu de revanchismo el que provocó una respuesta nacionalista en la humillada Alemania que explotó Adolf Hitler, desencadenando un nuevo conflicto armado cuyas terribles consecuencias perduraron más allá de 1945.
Se ha venido diciendo que las causas que provocaran la Segunda Guerra Mundial, hay que buscarlas en las consecuencias directas de la de 1914–1918 y, sobre todo, en los tratados de paz que se firmaron entre 1919–1920. Pero también tuvo mucho que ver la fallida recuperación económica de la década 1919–1929 que desembocó en el crack bursátil de Wall Street y en la subsiguiente Gran Depresión que, iniciada en Estados Unidos, se traslado a Europa y al resto del mundo y ensombreció la década 1929–1939.
La Conferencia de Paz de París se inauguró en enero de 1919 y en ella se esperaba que el presidente de EEUU tuviese un papel relevante por ser este país la nueva potencia emergente surgida tras el conflicto. No sería así. Las negociaciones dieron lugar a cinco tratados de paz firmados con las potencias derrotadas: uno con Alemania, el de Versalles, el 28 de junio de 1919; otro con Austria, el de Saint-Germain-en-Laye, el 10 de septiembre; otro con Bélgica, el de Neully, el 27 de noviembre; otro con Hungría, el del Trianon, el 4 de junio de 1920; y otro con Turquía, el de Sèvres, el 10 de agosto de 1920. Las dificultades de las conferencias de paz no se debieron solo a la incoherencia administrativa, sino que fueron también reflejo de discrepancias políticas más profundas. Así pues, los Aliados europeos fueron reacios a considerar vinculantes el acuerdo político del armisticio y los Catorce Puntos de Wilson, mucho más conciliadores con Alemania, de modo que los vencedores se presentaron en París sin unanimidad de criterios sobre los términos que deberían figurar en los tratados. Además, el caos que asolaba buena parte de Europa desde la Revolución bolchevique de 1917, hacía que la pacificación fuera intrínsecamente deseable, pero inabordable con garantías de éxito.
Gran Bretaña puso especial cuidado en mantener su estatus de potencia hegemónica obtenido en el Congreso de Viena de 1815 tras la derrota de Napoleón. Y mostró tanta reticencia a que Alemania pudiese rearmarse, como al hecho de que, aprovechando el resultado de su derrota, Francia y Estados Unidos, pudiesen arrebatarle ese estatus. Los otros dos grandes vencedores en 1815, Austria y Prusia (Alemania) ahora eran los grandes derrotados, y la situación en Rusia era una preocupante incógnita. Las sesiones de Versalles fueron muy farragosas y los representantes de las grandes potencias no llegaron a ninguna conclusión. En febrero de 1919, Wilson y Lloyd George se marcharon para efectuar dilatadas visitas a sus respectivos países y Clemenceau quedó temporalmente imposibilitado a causa de un fallido atentado terrorista. La verdadera tragedia que marcaría los años de entreguerras fue que las condiciones del tratado que se impusieron a Alemania, sobre todo, fueron impracticables o injustas. Por su parte, los territoritos del antiguo Imperio austrohúngaro fueron desmembrados creando nuevos estados que no se correspondían con las realidades étnicas y culturales de los pueblos que los componían: Checoslovaquia, Yugoslavia… Las potencias vencedoras no tardaron en dividirse en dos grupos: Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, por un lado, e Italia, Rusia y Japón, por otro. Esto provocó que las discrepancias se exacerbaran en torno a los términos del tratado. Asimismo, las tres grandes potencias también llegaron al límite de su capacidad de entendimiento y cooperación. Surgió así un modelo de desunión que contrastaba nítidamente con la cohesión que había mostrado la coalición antialemana durante la guerra, y estas divergencias serían aprovechadas por Hitler.
El legado que dejó la guerra en Rusia fue el régimen bolchevique, lo que provocó la intervención militar de los Aliados. Ésta comenzó como una continuación de la lucha contra el káiser, pero la opinión pública ya no se mostró tan receptiva y dispuesta al esfuerzo militar como en 1914. Alemania tuvo que retirarse de los territorios rusos. Los aliados decidieron permanecer en ellos porque ahora temían una alianza entre Alemania y Rusia, aunque el gobierno revolucionario de Berlín rechazó las insinuaciones de Moscú, mostrando su mejor cara hacia Washington a fin de conseguir alimentos y un apoyo diplomático que suavizara las duras condiciones de reparaciones e indemnizaciones que pretendía introducir Francia en el tratado de paz. El ejército japonés quería asegurarse el control de la parte oriental de Siberia, y Lloyd George hacía grandes esfuerzos para que Gran Bretaña no se viese arrastrada a una nueva guerra, esta vez en el Extremo Oriente. De todos modos, los británicos esperaban debilitar a Rusia lo suficiente como para que no fuese un rival en la zona, arrebatándole sus provincias periféricas en Europa del Este, el Báltico y el Cáucaso. Por último, Clemenceau, el mandatario aliado que más decididamente se oponía a los bolcheviques, envió una expedición militar a Odesa con la esperanza de salvar las inversiones francesas en Ucrania y sustituir a Alemania como potencia protectora del país. En ese momento el resultado de la guerra civil rusa todavía era incierto, pues los avances del ejército Rojo en invierno, se veían contrarrestados por los de los Blancos en verano. Por todo esto, los Aliados intentaron soslayar a los bolcheviques y, después, apostaron abiertamente por los Blancos.
A pesar de su decisiva contribución en la derrota de Alemania, sobre todo en la primera fase de la guerra en agosto de 1914, Rusia fue marginada y apartada de las negociaciones de paz, con lo cual se perdió una excelente ocasión de construir un escenario de paz duradera. La opinión pública de los principales países aliados se oponía a la firma de cualquier acuerdo con los bolcheviques porque el recuerdo del brutal asesinato del zar y su familia seguía vivo en el recuerdo. Además, los bolcheviques habían firmado un tratado de paz con los alemanes en Brest-Litovsk, retirándose de la guerra y abandonando a los Aliados a su suerte.
Ciertamente, la disposición de Lenin a hablar con los aliados era puramente táctica, quería ganar tiempo mientras derrotaba a los Blancos en la guerra civil. El líder bolchevique se oponía a un alto el fuego permanente y tenía la intención de extender la Revolución a Europa del Este una vez hubiesen sido derrotados los Blancos. Hasta mediados de la década de 1920, los bolcheviques consideraron su estrategia principal para lograr la «revolución mundial» establecer partidos comunistas en los países occidentales y fomentar los anhelos independentistas en sus colonias. A lo largo de 1919, el Ejército Rojo creció hasta los tres millones de hombres. En Folkestone las tropas británicas se amotinaron para no ser enviadas a Rusia, y cuando los marinos franceses de la flota del mar Negro también se amotinaron, Clemenceau se vio obligado a ordenar su regreso a Odesa. Los reclutas que se habían mostrado dispuestos a combatir a los alemanes en Francia y Bélgica, no querían ser enviados a Rusia. De todos modos, los gobiernos occidentales estaban exhaustos tras cuatro años de esfuerzo bélico y no podían afrontar una larga campaña militar en Rusia con garantías de éxito.
Las decisiones de la conferencia también dificultaron la cooperación entre las potencias occidentales y Tokio. Sin embargo, Japón obtuvo más beneficios de su entrada en la guerra que Estados Unidos. Consiguió un superávit de su balanza de pagos y se convirtió en un acreedor internacional neto. Había ocupado las islas que poseía Alemania en el Pacífico y la base de Tsingtao (Qingdao) en la provincia de Shandong, y mientras los europeos estaban distraídos en la conferencia de paz, los nipones reforzaron su posición en China. Al comienzo de las conversaciones de paz, se concedió a Japón la misma representación que a las grandes potencias. Pero luego no fue incluido en el Consejo de los Cuatro y su influencia quedó reducida a los acuerdos sobre Asia y el Pacífico. Sin embargo, la principal disputa con Tokio en la Conferencia de París tuvo que ver con Shandong. Los japoneses pretendían que los derechos de Alemania en la península de Shandong les fueran transferidos a ellos, sin condiciones. Los chinos, por su parte, deseaban recuperar inmediatamente la soberanía sobre este territorio peninsular. Para mantener a los japoneses en la conferencia y en la Sociedad de Naciones, el presidente Wilson, después de largas meditaciones y consultas, accedió a llegar a un compromiso por el cual les concedía a los nipones lo que querían. La prensa estadounidense denunció el acuerdo, lo que finalmente supuso que el Senado se negara a ratificar el Tratado de Versalles y que Estados Unidos se mantuviera fuera de la Sociedad de Naciones, a pesar de haber sido uno de sus impulsores. En cualquier caso, Japón logró reforzar su posición en China y el resto de Asia oriental. La hegemonía japonesa en la región se mantuvo hasta la conclusión de la Segunda Guerra Mundial.
Como los japoneses, los italianos acabaron la guerra ocupando una posición de fuerza en su región, pues el poderío militar austrohúngaro desapareció y fue sustituido en su frontera por una nueva Austria que apenas contaba con siete millones de habitantes. Esto hizo que los italianos ya no necesitasen a británicos y franceses para preservar su seguridad frente a Austria, como los habían necesitado frente al poderoso Imperio austrohúngaro. Entretanto, el ayuntamiento de la ciudad de Fiume, en la costa de la península de Istría, celebró un referendo solicitando su anexión a Italia. Los tratados no habían asignado Fiume a Italia, pero los italianos hicieron valer la política de hechos consumados e incluyeron en sus reclamaciones los territorios de Trentino, Istría y Dalmacia, anexionándose unos territorios en los que vivían 230.000 austriacos de lengua alemana, y un número similar de eslovenos y croatas. Apoyando sus exigencias en una incoherente combinación de derecho de autodeterminación, necesidades de seguridad y derechos concedidos por el Tratado de Londres, los italianos se desmarcaron de las líneas maestras de los acuerdos de paz, olvidando la decisiva aportación militar de franceses y británicos para frenar a los austriacos. La derrota del ejército italiano en Caporetto (frente del río Isonzo) fue una de las más estrepitosas de toda la guerra. Más de 270.000 italianos fueron capturados por los austriacos, y otros 300.000 que lograron huir del desastre tuvieron que ser reequipados porque en su huida había abandonando todo su armamento y equipamiento militar.
El criterio fundamental esgrimido por los forjadores de la paz fue encontrar el equilibrio entre coerción y conciliación. Lo que se ha venido en llamar «palo y zanahoria». Wilson y Lloyd George intentaron que la situación surgida tras la guerra se tradujera en una paz duradera. Pero las exigencias, sobre todo, de Francia y Bélgica en lo tocante a reparaciones de guerra y compensaciones económicas hicieron que el Tratado de Versalles adoleciese de consideraciones progresistas y humanitarias. No sólo se castigaba a Alemania, se condenaba al pueblo alemán a la indigencia y a la vergüenza por la derrota, con lo que la caja de Pandora no tardaría en abrirse de nuevo. Desde la perspectiva que nos ofrece el siglo transcurrido desde la finalización de la contienda, podemos decir que la derrota de las tesis conciliadoras de Wilson en las negociaciones de paz fue el principal motivo de los defectos congénitos del Tratado de Versalles, y los alemanes, por su parte, sostendrían que habían sido traicionados en él los Catorce Puntos de Wilson.
Es exacto decir que Wilson hizo muchas concesiones respecto a su programa de paz, aunque es cuestionable si esto debilitó o no el tratado en sí mismo. El acuerdo político inicial que acompañó al armisticio del 11 de noviembre había constituido un enorme éxito personal para el mandatario, pero alcanzada la paz, el presidente quedó en una posición muy vulnerable para cumplirlo, sobre todo en su propio país. No olvidemos que a Wilson se le reprochaba haber incumplido la promesa electoral hecha en 1916 en el sentido de mantener a Estados Unidos fuera del conflicto europeo. En materia económica Wilson preveía un rápido abandono de los controles gubernamentales sobre el comercio internacional y una reconstrucción europea basada en el libre comercio y en la empresa privada. Wilson deseaba mantener la distancia con los gobiernos europeos que, según él, no representaban adecuadamente a sus ciudadanos y creía, erróneamente, que podría obligarlos a someterse a su voluntad mediante la presión económica y controlando la opinión pública. Como demostraron los hechos, se equivocó diametralmente.


sábado, 3 de noviembre de 2018

La crátera sagrada de los griegos y la Mesa Redonda


La idea del vaso sagrado en la filosofía griega ha de considerarse en forma de crátera o copa, por medio del cual se representaba la matriz de la Creación, el recipiente celestial en el que fueron combinados los elementos básicos de la Vida, con el fin de ofrecérselo a las almas recién nacidas para proporcionarles la inteligencia necesaria que lleva a la gnosis o conocimiento. Platón escribió sobre una crátera de Hefestos en la que los dioses mezclaron la luz del Sol; en su Psicogonía menciona otras dos vasijas, en una de las cuales se elaboró la esencia de la Naturaleza Universal, mientras que en la otra «se cocinaron las mentes de los seres humanos». Más adelante, Platón dejó escrito que al beber de la crátera, el alma se ve arrastrada hasta un nuevo cuerpo, embriagada y deseando saborear un trago de materia, con lo cual adquirirá peso y regresará a la Tierra.
En los misterios órficos se relacionaban estos recipientes con el vaso de Dionisio, del que surgía la inspiración, y se afirmaba que Orfeo había colocado otros recipientes similares alrededor de la Mesa Solar, que de acuerdo con la cosmogonía órfica era el centro y el principio del Universo. Según esto, cada una de las diversas esferas era, a su vez, un vaso que contenía la esencia de la Creación. Aquí tenemos un vaso concebido como recipiente cósmico y una mesa que prefigura la Mesa Redonda de las leyendas artúricas, en la que más tarde aparecerá el Santo Grial, como símbolo del poder divino.
Sin embargo, éste no es el primer antecedente de Mesa Redonda. En Castilla, las crónicas del monje Fernández Martos, que vivió en el siglo XIV, aseguraban lo siguiente: «Hubo en Toledo, la capital de los godos, un palacio cerrado, un espacio sagrado en el que nadie, ni siquiera el rey, podía penetrar. Cada nuevo rey godo añadía un cerrojo a la puerta, pero ninguno se atrevía a abrirla porque la tradición aseguraba que el que lo hiciera perdería el reino. Roderico desafió el sagrado precepto, hizo saltar los cerrojos y penetró en el palacio. Entonces los moros conquistaron la península Ibérica.
Cuando los invasores llegaron a este palacio hallaron en su interior un tesoro compuesto de joyas maravillosas, entre ellas, un espejo mágico, grande y redondo que hizo Salomón, hijo de David. Era a la vez espejo y mesa, y estaba provisto de cinco patas. El que se miraba en ese espejo podía ver reflejada en él la imagen de los siete climas del Universo.
En cuanto al tesoro, podría tratarse del que el rey godo Alarico se llevó de Roma en el año 410. Buena parte del tesoro había sido depositada en el templo romano de Júpiter Capitolino por Tito después de que sus legiones arrasaran Jerusalén y destruyesen el Templo en el año 70. Flavio Josefo, contemporáneo del emperador, nos ofrece una detallada crónica del asedio y caída de Jerusalén, así como del tesoro que los romanos se llevaron del templo cuya destrucción había profetizado Jesús.


La odisea de Damascio, el último filósofo griego


Tras la conversión del emperador Constantino a principios del siglo IV, los cristianos habían anunciado que eliminarían el culto a los antiguos dioses de la faz de la Tierra. Se había iniciado un camino sin retorno que forzaría la realidad del mundo antiguo para que triunfase la retórica del absurdo y el culto a la muerte, en lugar de la exaltación de la vida. Las consecuencias de la cristianización del Imperio Romano fueron inmediatas. El gran historiador inglés Edward Gibbon sostenía en su obra Declive y caída del Imperio Romano que no fueron los bárbaros, sino los obispos cristianos, los que precipitaron al mundo clásico tardío hacia su definitivo ocaso y desaparición.
En esa época turbulenta de ambiente enrarecido, Damascio estudió  filosofía en Alejandría, la ciudad de Hipatia. El asesinato de la filósofa, varios años antes, sólo había sido el preludio del drama que se avecinaba. La tortura, el homicidio y la destrucción a manos de los cristianos iban a cambiar para siempre la fisonomía de la ciudad y el mundo clásico agonizaba bajo los hachazos de los facinerosos. Después del asesinato de Hipatia (415) el número de filósofos, matemáticos y físicos descendió raudamente, como era de esperar, y en los escasos textos de los cronistas alejandrinos de la época que han llegado hasta nosotros, se percibe un claro tono de depresión y pesimismo. Todos intuían que el mundo, tal y como lo habían conocido, estaba extinguiéndose. El helenismo estaba herido de muerte, y sus asesinos no fueron los bárbaros, como a menudo se ha hecho creer, sino unos fanáticos iletrados armados con palos y hachas que se hacían llamar «soldados de Cristo».
Damascio no llevaba mucho tiempo en Alejandría cuando los cristianos se hicieron con el control de la situación, y se volvieron contra los filósofos y los helenistas. En detonante fue el ataque a un joven cristiano por parte, al parecer, de varios estudiantes paganos. Aquello desató una cadena de violentas represalias cuyas víctimas fueron los no cristianos, ya fuesen paganos o judíos. Los parabolanos, ayudados por monjes cristianos, entraron en las casas de varios alejandrinos no cristianos para saquearlas. Tenían carta blanca para cometer toda clase de desmanes. Bastaba con tener la sospecha de que en una casa se seguía rindiendo culto a los antiguos dioses —a los que los cristianos calificaban de ídolos demoníacos— para irrumpir en ella y dar una paliza de muerte a sus moradores. No fueron pocas las casas demolidas hasta sus cimientos e incendiadas en el decurso de aquellos actos de vandalismo. La violencia se extendió rápidamente y los cristianos se dedicaron a reunir todas las imágenes de los antiguos dioses que había en Alejandría: de las casas de baños, de los hogares y de los templos. Las colocaron en una inmensa pira en el centro de la ciudad y les prendieron fuego. Como observó con enfermiza satisfacción el cronista cristiano Zacarías de Mitilene refiriéndose a los fanáticos «tenían autoridad para aplastar a los enemigos de Cristo».
Hubo tantos muertos y se cometieron tantos desmanes, que el emperador de Oriente envió a un funcionario para investigar lo sucedido. Sin embargo, sus pesquisas se centraron, sobre todo, en las actividades de los paganos, no en los excesos cometidos por los violentos facinerosos animados por las autoridades eclesiásticas. La investigación derivó inmediatamente en una persecución contra los no cristianos. Entonces se empezó a encarcelar y torturar a los filósofos; el hermano de Damascio fue salvajemente apaleado con garrotes y cachiporras y a punto estuvo de morir a causa de las heridas recibidas. Cuando las persecuciones se volvieron intolerables, Damascio tomó la decisión de huir y embarcó en secreto en una nave comercial que zarpó rumbo a Atenas, la cuna de la filosofía occidental.
En realidad, se trataba de un regreso. Cuatro décadas antes, Damascio se había visto obligado a abandonar Atenas por motivos similares a los que ahora le habían impulsado a marcharse de Alejandría. En ese tiempo, muchas cosas habían cambiado. Cuando abandonó la ciudad era joven, ahora regresaba convertido en un anciano de setenta años. A pesar de ello, Damascio era un hombre enérgico y mientras paseaba por las calles de Atenas vestido con su capa de filósofo, muchos ciudadanos lo reconocieron, pues era un personaje célebre y admirado todavía por muchos. Damascio no tardó en convertirse en director de la famosa Academia de Atenas, la más prestigiosa de todas las escuelas donde se enseñara filosofía en la Antigüedad y que llevaba funcionando casi mil años. Su fama no había decaído tras la incorporación de Grecia al Imperio Romano, es más, emperadores como Adriano y Juliano la habían favorecido. Pero todo aquello formaba ya parte del pasado. Un pasado glorioso pero muerto que no habría de recuperarse jamás del golpe recibido. En la Atenas del siglo V y principios del VI, la Iglesia era todopoderosa, aunque no tanto, aún, como en Constantinopla o Alejandría. Sin embargo, aunque no era tan agresiva, la presión se hacía sentir. Los filósofos e intelectuales en general que se oponían abiertamente al cristianismo pagaban la discrepancia a un alto precio. La ciudad estaba repleta de informantes y las autoridades locales les prestaban oídos. Uno de los ilustres predecesores de Damascio había exasperado tanto a las autoridades que había tenido que poner pies en polvorosa para escapar a una muerte segura.
Varios años antes, cuando el emperador Juliano —tildado de apóstata por los cristianos— anunció en Antioquía (361) que iría a Sebaste de Samaria, donde se veneraba la tumba de Jesús, para abrirla y demostrar que había muerto y que, por lo tanto, no era el hijo de Dios, los cristianos le amenazaron abiertamente. Algo inaudito hasta entonces. De hecho, el joven emperador murió durante la campaña de Persia dos años después en extrañas circunstancias. Posiblemente asesinado por un soldado cristiano.
Con Juliano desaparecía la última esperanza de salvación para el helenismo. Incluso en la propia Atenas, en un acto que difícilmente habría podido ser más simbólico y anunciador de las lúgubres intenciones que albergaban los cristianos, construyeron una basílica en medio de lo que en el pasado había sido una biblioteca. La gloriosa Atenas de Aristóteles y de Platón, estaba siendo silenciada para siempre en un mundo tétrico donde sólo había espacio para pensar en la otra vida, despreciando los placeres mundanos de la vida presente. La propuesta del cristianismo se asemejaba a una suerte de muerte en vida, en un luto perpetuo que debía acompañar a hombres y mujeres de la cuna a la tumba. Una «era de tiranía e ignorancia» como escribió un autor amigo de Damascio.
Indudablemente, Atenas había cambiado. Los festivales en honor de los antiguos dioses ya no se celebraban porque habían sido prohibidos por los emperadores cristianos. Los antiguos templos habían sido clausurados, o destruidos. Como en Alejandría, la fisonomía de la ciudad había sido desfigurada profanando y retirando la gran escultura de Palas Atenea obra de Fidias. Incluso las refinadas tradiciones filosóficas de la ciudad se habían degradado cuando su enseñanza fue encomendada a los clérigos cristianos.
Damascio, no obstante, supo insuflarle a la ciudad un último aliento vivificador y devolvió cierta gloria a la Academia llevándola de la decrepitud al éxito. Como en sus mejores tiempos, la Academia volvió a atraer a la flor y nata de los intelectuales que aún resistían el influjo de la cruz dispersados por el Imperio. De nuevo se produjeron obras que los eruditos han considerado las más excelsas de la Antigüedad tardía. Aun así, Damascio y los suyos eran conscientes de que su esfuerzo sólo era como el canto del cisne que presiente su muerte. Sabían que el tiempo apremiaba y se entregaron a una actividad fabril para dar lecciones sobre Aristóteles y Platón y escribir una serie de sutiles obras sobre filosofía metafísica; quizá pensasen que si instruían a un número suficiente de filósofos, metafísicos y matemáticos, el helenismo podría salvarse. Pero, a pesar del titánico esfuerzo, Damascio no podía olvidar la barbarie que había presenciado en Alejandría y se preguntaba cuánto tardaría en llegar a Atenas. Sus escritos mostraban un desdén supino hacia los cristianos y sus creencias, que él calificaba sin ambages de «estupideces». Había visto el poder del fanatismo cristiano en acción. Su hermano había sido víctima de aquellos facinerosos. Su maestro había sufrido el exilio y, varios años antes, Hipatia había sido despellejada viva por los «bondadosos» cristianos.
En aquel fatídico año 529, bajo la égida del emperador Justiniano, el fanatismo era de nuevo evidente y públicamente los cristianos se regodeaban en su ignorancia. Ese mismo año el ambiente en Atenas comenzó a empeorar cuando san Benito destruyó el santuario dedicado a Apolo en Montecassino y erigió en su lugar un monasterio, que sería arrasado durante la II Guerra Mundial. ¿Justicia poética? Pocos años más tarde, el mismo monarca decidió destruir el friso del hermoso templo de Isis en Filé de Egipto; un general cristiano y sus tropas destrozaron metódicamente los rostros y las manos de las bellas imágenes que aquellos mentecatos consideraron «diabólicas». Así es, fueron cristianos fanatizados de los siglos IV y V los que causaron mayores daños al acervo clásico en toda la cuenca del Mediterráneo. Mil seiscientos años antes de que llegasen a Palmira (Siria) los energúmenos del Estado islámico para destruir lo que quedaba de su antiguo esplendor, lo hicieron los monjes cristianos. También pasaron por Grecia, Asia Menor y Egipto; por Roma, Italia y las demás provincias occidentales.
A partir de Teodosio, cada emperador cristiano había ido un poco más allá a la hora de promulgar leyes represivas contra el paganismo. Aquello ya no era una mera prohibición de las demás prácticas religiosas. Había que extirpar a los antiguos dioses del corazón de los hombres y mujeres de Imperio. Había que imponer el cristianismo a sangre y fuego a cada pagano, porque cada uno de ellos era un enemigo de Cristo en potencia. Los caminos hacia la herejía también se cerraban a cal y canto, y todos los cristianos, incluidos los arrianos y nestorianos, debían abrazar la ortodoxia. Cualquier persona que no estuviese bautizada tenía que presentarse inmediatamente en la iglesia más cercana para hacerse bautizar y «abandonar por completo el error para acceder a la salvación en Cristo». Los que se negaran, se verían desposeídos de todas sus propiedades, muebles e inmuebles, perderían sus derechos civiles, quedarían en la penuria y la indigencia y, además, sufrirían castigos físicos «apropiados» que podían incluir la mutilación: manos cortadas, ojos arrancados, castración... Los historiadores modernos —con Gibbon a la cabeza— han descrito las terribles consecuencias de esa ley de manera contundente: «con el cristianismo las tinieblas descendieron sobre Occidente y se inició la Edad Oscura».
Ciertamente, la oscuridad no descendió de inmediato. Como lo describió Gibbon se trató más bien de un declive progresivo. La noche no cayó de repente; el mundo no se fundió en negro al instante, pero las consecuencias inmediatas de la ley fueron dramáticas. A pesar de todo, durante algún tiempo, Damascio y sus colegas siguieron enseñando y la Academia de Atenas siguió funcionando como si nada pasara. Pero la bestia sólo estaba dormida y no tardó en despertar con renovados bríos. Entonces comenzaron las persecuciones y las confiscaciones de bienes. Se prohibió la enseñanza a los filósofos y helenistas, no podían practicar su religión y se les privaba de la posibilidad de ganarse la vida con la enseñanza. Alrededor del año 532 la vida se tornó intolerable para ellos y decidieron marcharse. Atenas ya no era una ciudad tolerante y segura. Había que someterse a los cristianos o ponerse a salvo de su férula.
Así fue como Damascio y sus compañeros filósofos partieron hacia el exilio. El lugar de destino elegido fue Persia, donde reinaba el rey de reyes Cosroes, enemigo acérrimo del cristianísimo emperador de Oriente. Se le conocía por su amor a la literatura y se decía que era un gran estudioso de la filosofía griega. El rey de los persas había ordenado que se tradujeran libros enteros a su idioma para poder leerlos, y conocía bien las doctrinas de Platón y Aristóteles. Además, según se decía, Persia era una tierra tan justamente gobernada que no se cometían robos, asesinatos ni otros crímenes. Comparada con la intolerancia cristiana, Persia parecía una alternativa idílica.
El viaje resultó decepcionante. Lejos de ser una sociedad pastoril donde imperaba el amor fraternal y no se cometían crímenes, se encontraron con un país donde se trataba a los pobres y desheredados con suma indiferencia, incluso con brutalidad. Damascio y sus compañeros de viaje se quedaron perplejos al descubrir algunas costumbres. El adulterio estaba permitido a los hombres, pero las mujeres podían ser lapidadas por ello. La homosexualidad, que se practicaba como en cualquier lugar del mundo, era severamente castigada y los sodomitas eran empalados. Pero lo que más les impresionó a los griegos fue cómo trataban los vivos a los muertos: de acuerdo con los preceptos zoroástricos, los cadáveres no se enterraban, sino que se dejaban sobre la tierra para que los devoraran los perros, o se los depositaba en altas torres para que sirviesen de alimento a las aves del cielo. Los filósofos también quedaron decepcionados por la fingida erudición de su anfitrión, el rey Cosroes. Más que un intelectual, era un patán crédulo al que podía engañar cualquier charlatán. Damascio y sus compañeros se hallaron profundamente decepcionados y decidieron emprender el camino de regreso a su patria. Sin embargo, según un cronista de la época, Cosroes hizo cuanto pudo para retenerlos y convencerles de que se quedaran bajo su protección. Justo cuando se disponían a partir, el rey estaba ultimando un tratado de paz con el emperador Justiniano e incluyó una cláusula exigiéndole que garantizase la vida de los filósofos a su regreso.
Poco más se sabe de Damascio y sus compañeros después de abandonar Persia. No está claro si regresaron a Atenas. Han llegado hasta nosotros retazos de algunos textos posiblemente escritos a su regreso. Poco más. Después, como un lejano grito en la noche, su voz se fue desvaneciendo hasta que se impuso el silencio. Un silencio sepulcral que habría de durar mil años. Los últimos filósofos griegos, esparcidos por el mundo, murieron en el anonimato y muchos de sus escritos fueron borrados para escribir textos de los evangelios sobre los pergaminos. Palimpsestos los llaman y los exegetas les atribuyen un valor «incalculable». Pero las palabras realmente valiosas fueron raspadas y borradas hace siglos.

Palas Atenea

viernes, 2 de noviembre de 2018

La aviación militar en la Primera Guerra Mundial (1914–1918)

La aviación militar inició su andadura en la Primera Guerra Mundial para mejorar la efectividad de la artillería, ya fuera por medio de la observación directa (utilizada muy pronto por los británicos en la batalla de Aisne de septiembre de 1914), ya fuera por medio de fotografías aéreas, práctica que empezó a llevarse a cabo en la primavera de 1915. En los primeros meses de la guerra la aviación había desempeñado un notable papel en misiones de reconocimiento —un avión francés, por ejemplo, observó cómo el 1er Ejército de Von Kluck se dirigía hacia el este de París, y los aviones alemanes controlaron los movimientos de los rusos antes de enfrentase a ellos en Tannenberg—, pero este tipo de operaciones perdieron relevancia cuando los frentes se estabilizaron. La función de los aparatos aéreos como medio independiente de ataque terrestre se encontraba en su fase inicial, esencialmente porque los aviones no estaban preparados para llevar cargamentos pesados, aunque la aviación alemana lanzó bombas al inicio de la batalla de Verdún, y la británica bombardeó cinco trenes enemigos durante la de Loos, ametralló a las tropas alemanas y soltó cinco toneladas de explosivos durante la batalla del Somme. Por último, otro medio estratégico de bombardeo también se encontraba en una fase inicial, y no estaba relacionado con el avión, sino con un dirigible de la Marina de Guerra alemana, el zepelín, que no se utilizaba debido a la inactividad de la Flota de Alta Mar. Tras llevar a cabo una serie de incursiones preliminares en la costa oriental británica, estos aparatos atacaron Londres por primera vez en mayo de 1915, matando a 128 personas e hiriendo a 352 a lo largo de ese año. Aparecían invariablemente en noches de luna nueva, y aunque los británicos no tardaron en aprender cómo detectar sus movimientos interceptando los mensajes por radio, al principio no encontraban la manera de destruirlo. En 1916 los dirigibles alemanes ampliaron su radio de acción y llegaron a las Midlands y a Escocia, obligando a las autoridades locales a decretar el apagón general en numerosas ocasiones. A partir de septiembre de 1916, sin embargo, los defensores supieron calibrar el problema y empezaron a localizar las aeronaves escuchando en secreto sus mensajes de radio para luego derribarlas con la recién creada artillería antiaérea y con aviones de caza que disparaban unos proyectiles nuevos de cabeza explosiva. En 1917 los bombarderos Gotha sustituyeron a los dirigibles como principal arma aérea contra Gran Bretaña. Los zepelines sentaron un precedente para nuevas formas de ataque contra civiles y vinieron a reforzar la propaganda belicista británica y la sensación de la opinión pública de que la actitud del enemigo era absolutamente inaceptable por querer ganar la guerra por todos los medios a su alcance.
El papel fundamental que debía desempeñar la nueva arma consistía, pues, en ayudar a la artillería. En 1915 los aviones británicos disponían de radio y desarrollaron códigos especiales para comunicarse con la artillería de campo y controlar la efectividad de los disparos, pero la observación directa era una tarea de la que se encargaban principalmente los globos anclados a tierra, que estaban unidos a sus baterías por cables telefónicos. Estos globos, no obstante, constituían un blanco fácil para los cazas enemigos, y en poco tiempo se convirtieron en el centro de encarnizadas combates aéreos. Los aviones defendían a las tripulaciones de los globos y llevaban a cabo misiones de reconocimiento en las que tomaban fotografías. En general, la ventaja que ofrecían este tipo de operaciones la explotaron, sobre todo, los franceses, que en 1914 disponían de muchos más aparatos aéreos que los británicos o los rusos y contaban con la mayor industria aeronáutica del mundo. El Royal Flying Corps (RFC) fue a la zaga de franceses y alemanes durante los dos primeros años del conflicto. Sin embargo, no puede decirse que al principio hubiera una auténtica guerra aérea en el sentido estricto, pues los aviones de los bandos contendientes no llevaban ametralladoras montadas, y las bajas que se produjeron no fueron tanto por la acción del enemigo, como por accidentes, muchos de ellos a consecuencia de deslumbramientos provocados por el sol que cegaba a los pilotos que acababan estrellándose. Casi todos aquellos rudimentarios cazas llevaban un motor de propulsión situado detrás del piloto, aunque éste proporcionara menor potencia y maniobrabilidad que una hélice de tracción colocada en la parte frontal del avión. El problema consistía en que una ametralladora fija podía dañar fácilmente las palas de la hélice. En la primavera de 1915 el aviador francés Roland Garros equipó su aparato con una ametralladora que disparaba a través de la hélice, cuyas palas estaban recubiertas con una placa metálica para desviar las balas que pudieran impactar en ellas. Los alemanes derribaron y capturaron su avión para estudiarlo, y la compañía de Anthony Fokker utilizó la información obtenida para comenzar a fabricar un mecanismo de sincronización que permitió colocar una ametralladora de tiro frontal que disparaba a través de la hélice de un nuevo monoplano con un solo motor sin dañar las palas. A lo largo de varios meses, durante el invierno y la primavera de 1915–1916, el «azote de Fokker» permitió que los alemanes llevaran la delantera en el aire, aunque más por la intimidación que suponía su monopolio de la nueva tecnología que por el número de aviones derribados. Con la concentración de su aviación en el área de Verdún, los alemanes lograron ocultar parcialmente sus preparativos para la batalla, y durante las primeras semanas de acción fueron los dueños del cielo. Pero en mayo todo cambió, pues los aliados capturaron uno de los Fokker, idearon su propio sistema de sincronización e introdujeron nuevos modelos con hélices propulsoras que no necesitaban ese equipamiento y superaban a los aparatos enemigos. En las fases iniciales de la sangrienta batalla del Somme, el comandante en jefe de RFC, Hugh Trenchard, se adhirió a la propuesta de Haig de lanzar «una ofensiva implacable y constante» para expulsar a los alemanes de su espacio aéreo, aunque esto significara dejar indefensos a los aviones de observación británicos y aceptar un elevado número de bajas entre sus tripulaciones. Tras iniciar la batalla con 426 pilotos, el RFC perdió 308 entre muertos, heridos y desaparecidos; otros 268 fueron enviados de vuelta a casa, siendo sustituidos por novatos poco adiestrados cuya esperanza de vida en otoño era poco más de un mes. En septiembre, sin embargo, una nueva generación de cazas alemanes Albatros D.III volvió a equilibrar la balanza, y durante la «semana sangrienta» de abril de 1917 los «circos volantes» o grupos de caza alemanes causaron una cantidad de bajas sin precedentes al RFC en Arras y dominaron el cielo en el Chemin de Dames, impidiendo prácticamente a los franceses llevar a cabo cualquier misión de reconocimiento con fotografías aéreas o de observación desde un globo. No fue hasta mayo y junio cuando los aliados pudieron volver a tomar la delantera, gracias a la llegada de una nueva generación de aviones, como, por ejemplo, los Sopwith Pup británicos y los Spad franceses. En el cielo y en tierra, la iniciativa iba alternándose entre uno y otro bando, aunque en último término el combate aéreo siguiera siendo marginal. Su aplastante superioridad aérea no fue de mucha utilidad para los británicos aquel 1 de julio de 1916 cuando se inició la batalla del Somme en la que cosecharon uno de los mayores reveses militares de su historia. La superioridad aérea de los alemanes propició el estrepitoso fracaso de la ofensiva británica que, según habían anunciado pomposamente los generales aliados, iba a poner fin a la guerra.
La observación y la fotografía aérea contribuyeron, sin embargo, a una tendencia menos fascinante, pero más significativa, hacia una mayor efectividad de la artillería. En 1917 franceses y británicos alardeaban de disponer de más cañones pesados disparaban un número infinitamente mayor de proyectiles más seguros, y que tenían más bombas detonantes que de metralla. Los alemanes resistieron a pesar de ello y de que la precisión de los disparos de la artillería aliada había mejorado enormemente. Buen ejemplo de ello era el «tiro al mapa», esto es, la capacidad de dar en el blanco con las coordenadas de un mapa sin alertar previamente al enemigo y sin desvelar la propia posición durante las operaciones preliminares para delimitar el objetivo. Este tipo de acciones se vieron facilitadas cuando la BEF pudo preparar mapas nuevos a gran escala de todo el frente británico y se mejoró el fuego contrabatería, pues los ingleses comenzaron a utilizar técnicas novedosas, como, por ejemplo, la detección por sonidos o por destellos para ponerse a la altura de los expertos franceses a la hora de localizar los cañones enemigos. Eran unas técnicas que requerían mucha pericia y que un civil podía tardar meses, e incluso años, en dominarlas. Otra novedad fue la introducción de cortinas de fuego para despejar el camino a la infantería cuando se lanzaba al asalto de las posiciones enemigas, operación que se puso en marcha por primera vez en Loos y se generalizó en las últimas fases de la batalla del Somme. Los soldados caminaban tras una cortina de fuego que iba avanzando despacio, apenas a unos veinte metros de distancia, no tanto con la finalidad de destruir las defensas enemigas como para neutralizarlas, obligando a los alemanes a buscar refugio hasta que los atacantes hubieran caído sobre ellos e impidiendo que pudieran aprovechar el momento en el que cesaba el fuego para retornar a sus posiciones de tiro en los parapetos. En los ataques aliados llevados a cabo a finales de 1917, estas tácticas obtuvieron algunos éxitos, más por el agotamiento de las tropas alemanas, que por la efectividad de estas tácticas. En cualquier caso, la aviación militar no experimentaría grandes cambios hasta el final de la contienda el 11 de noviembre de 1918. Sería durante el próximo conflicto bélico cuando la aviación alcanzase un papel determinante en combinación con los carros de combate que protagonizaron la Blitzkrieg de 1939–1940 que sirvió de prólogo a la Segunda Guerra Mundial.

El célebre triplano alemán Fokker DR.I

jueves, 1 de noviembre de 2018

Fugaz encuentro de Parsifal y el rey Pescador


Bajo la superficie del poema «Parsifal» late el misterio de la Trinidad gnóstica: Hombre, Mujer y Naturaleza como la gran creación de Dios. Todos se hallan sujetos a una condición ineludible: el envejecimiento. Sin embargo, lo mismo que en la Naturaleza lo que envejece para acabar muriendo, da paso a un nuevo ciclo de vida, el hombre y la mujer cuentan con el vehículo del Amor para perpetuarse.
Cuando Parsifal halla a su esposa en el mismo lugar donde la sangre había caído sobre la nieve, su pasión adquiere una renovada fuerza. Más tarde, se reúne con Trevrizent, el cual pronuncia unas palabras de gran trascendencia:
—He lamentado vuestro inútil esfuerzo, porque la historia jamás había supuesto que el hombre pudiera conquistar el Grial. Yo os hubiera retirado la mano rápidamente; pero con vos existía otra oportunidad. No lamentaros de lo sucedido, porque recibiréis otro premio muy elevado.
Lo que pretende decir el ermitaño es que si el héroe ha fracasado en su empeño de conquistar el Grial de una manera física, no debe lamentarlo porque ha sido suyo el triunfo en un sentido espiritual: superó todas las pruebas durante largos años, hasta llegar al momento decisivo. Portaba los valores suficientes: misericordia, tolerancia y amor. Es cierto que le faltaba la pureza absoluta y perfecta, por eso el Grial no terminó de revelarle todos sus secretos; sin embargo, está muy lejos de sentir rencor, continúa siendo el mismo, luego nadie le puede arrebatar, al menos desde una valoración interna, el mérito de seguir considerándose un «héroe» en el sentido estricto de la palabra.
Por otra parte, los múltiples aspectos del Grial, tan distintos en muchas ocasiones, dejan muy claro que nos encontramos ante el enigma más famoso de toda la tradición medieval. Nunca un tema literario ha excitado tanto la imaginación de quienes pretendían saber qué se ocultaba detrás de la cortina de humo de las apariencias. Jamás, desde el Vellocino de Oro, un objeto sagrado ha sido tan buscado y, a la vez, tan temido.
Las preguntas sin respuesta y las dudas asaltan las mentes de los esforzados buscadores del Grial, porque saben que detrás de las aventuras que le dan forma a la leyenda, se esconden misterios mucho más profundos e inalcanzables. La búsqueda del Grial encierra una insondable espiritualidad y encarna muchos de los aspectos más positivos del cristianismo medieval.
Esta leyenda tiene su origen en diversas mitologías, bebe en las fuentes clásicas de la Odisea de Homero y en otras historias paganas. Los trovadores que la difundieron creían en su autenticidad; y al parecer fueron creídos por quienes escucharon sus poemas. También se les imitó, al surgir toda una serie de relatos de similares características a lo largo del siglo XV que obtuvieron una notable aceptación en todas las cortes europeas, sobre todo, tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, lo que dio nuevos bríos al ideal caballeresco.
La leyenda del Grial está trufada de elementos que desafían a la razón, apasionan al corazón y estremecen el alma. Amargo destino el de los héroes que protagonizan los distintos romances griálicos. Sus ascéticas vidas parecen más propias de los anacoretas, que de unos caballeros andantes de brillante armadura. Un viaje iniciático que les llevará a un lugar estéril, donde apenas queda un puñado de mujeres afligidas, sin hombres, a las que gobierna un rey tullido y moribundo, que pescaba en una barca y, a la vez, era capaz de adelantar al héroe, para encontrarse con él en el castillo del Grial y ser así su anfitrión…
¿Acaso no nos recuerda el episodio de Jonathan Harker en el castillo de Drácula? Si repasamos la novela de Bram Stoker, encontraremos muchas similitudes entre el castillo del Grial y la sombría morada del vampiro, convertido en una versión diabólica del bondadoso «Rey Pescador».
Francis Ford Coppola lo supo plasmar magistralmente en su versión cinematográfica: la espada clavada en la cruz de piedra que empieza a manar sangre; el coro de jóvenes; el Grial o cáliz del que bebe Drácula invocando a los poderes de las Tinieblas y renegando de Cristo… A fin de cuentas... ¡un antiguo caballero desencantado con su destino!
El banquete en el solitario salón, la pregunta que Jonathan Harker no llega a formular, el sopor al amanecer y un despertar amargo para encontrarse ante la nada… El castillo de Drácula, como el del Grial, está desierto…
El Grial terminó por reunir infinidad de significados y valores. Para Wolfram von Eschenbach era capaz de brindar longevidad a todo el que lo poseyera y, al mismo tiempo, proporcionar una plenitud espiritual satisfactoria, como la obtenida a través de una transformación iniciática.
De esta manera se fueron introduciendo elementos cabalísticos alrededor de este objeto mítico y del tesoro anhelado por tantos hombres y mujeres. Conviene tener presente que en el siglo XI la Cábala y todo el pensamiento que la rodeaba estaba muy presente en una Europa que apenas empezaba a recuperarse del fanatismo apocalíptico del año 1000. En el Toledo árabe existía una prestigiosa escuela hebrea que estudiaba la Cábala. Algunos historiadores llevan a Kyot hasta este lugar, donde tuvo conocimiento de la historia del Grial. Pero existían otras escuelas parecidas en España: en la Gerona hebrea y en  la Córdoba musulmana, y en la Europa cristiana destacaba la de Montpellier. Tampoco debe asombrarnos que se hubiera creado una en Troyes en 1070, y que estuviese dirigida por un tal Rashid, uno de los más prestigiosos cabalistas de su tiempo.
Casi todos los especialistas admiten que el estudio de la Cábala puede equipararse con una especie de judaísmo esotérico, mediante el cual se provoca una transformación dramática de la conciencia. Algo que podemos encontrar en diferentes religiones orientales. Toda persona que desea introducirse en el mundo de la Cábala, ha de sumergirse en un proceso iniciático que le irá transformando la conciencia y la percepción de la realidad. Entregado a esta metamorfosis permanente, llegará a un estado en el que logrará proyectarse fuera de su cuerpo, como en una especie de reencarnación simbólica o «resurrección» iniciática.
Durante su periplo Parsifal encuentra al «Rey Pescador», que lleva un extraño sombrero forrado con plumas de pavo real. Éste le invita amablemente a pasar la noche en el castillo del Grial, donde los corazones de todos sus ocupantes sólo conocen el dolor y la angustia. No obstante, el joven caballero es recibido con el mayor de los agasajos.
Un escudero atraviesa de pronto el umbral, llevando una lanza de cuya hoja brota sangre, que resbala a lo largo del asta hasta la mano de su portador, para perderse luego en la manga del mismo. Entonces el salón se ve inundado de gemidos y súplicas… El criado sigue portando la lanza con aspecto lúgubre, pero se va girando hacia las cuatro paredes de la gran estancia y llega hasta la entrada, por la que sale súbitamente… Al fondo se abre otra puerta tachonada de acero, de la que surgen dos doncellas de noble porte… Son unas blanquísimas vírgenes… Cada una de ellas lleva en la mano un candelabro de oro, en el que arde un cirio… Detrás de ellas, avanza una distinguida duquesa con su pareja, que porta dos pedestales de marfil. Sin querer perder más tiempo, aparecen otras ocho damas realizando las siguientes funciones: cuatro llevan grandes antorchas, y las demás sujetan, sin apenas esfuerzo, una piedra preciosa que los rayos del sol atraviesan, y que recibe el nombre de su resplandor… A su vez surgen dos princesas, que van ricamente ataviadas. Sostienen dos cuchillos afilados… cuyas hojas están hechas de una plata de blancura extraordinaria… Abren paso a la reina. Es tanto el resplandor que se desprende del rostro de ésta, que parece estar amaneciendo… En un cojín de color verde esmeralda porta la esencia de lo que se espera encontrar en el Paraíso: el Santo Grial, siempre muy superior a todo lo que pueda llegar a imaginar cualquier ser humano. Dispensadora de Goces es el nombre de la hermosa doncella a la que se ha concedido el honor de portar el Grial…
Perceval se encuentra tan aturdido por las maravillas que tiene la suerte de contemplar, que comete un fatal error de omisión al no preguntar. Poco más tarde, cuando el fastuoso ceremonial ha concluido, le llevan a un dormitorio. Continúan tratándole con grandes miramientos, lo que no evita que se sienta muy intranquilo. Por eso duerme mal.
A la mañana siguiente, descubre que el castillo se encuentra vacío. Después de cruzar el puente levadizo, halla su caballo ensillado. Antes de llegar a montarlo, la voz de un escudero invisible le grita esta maldición:
—¡El odio del Sol recaiga sobre ti! ¡Eres un gusano! ¡Ni te molestaste en abrir la boca para preguntar a tu noble y bondadoso anfitrión… Esto te habría proporcionado la inmensa gloria de salvarnos a todos!
El joven caballero prosigue su camino descorazonado y muy abatido, porque no ha entendido el significado de las palabras que acaba de escuchar. Pocas horas más tarde, se encuentra con una joven que está arrodillada junto al cadáver de un muchacho. Resulta ser Sigurne, una prima suya a la que no conocía, la cual le revela el misterio que envuelve el castillo del Grial: si él hubiese preguntado durante la ceremonia…
—Tu abuelo, el rey Alarico, al que también se conoce con el nombre de «Rey Pescador», se habría curado de todas sus heridas y, luego, habría vuelto la prosperidad a estas tierras. Pero te quedaste absurdamente callado, lo que todos lamentamos —sigue reprochándole la doncella—. No olvides que tu abuelo te entregó una espada única, que terminará por romperse. Como la seguirás necesitando, deberás ir en busca del herrero Trebuchet, que vive en las proximidades de la Fuente del Lago, muy cerca de Karmant. Sólo él podrá volver a forjarla… ¡Pero ya no conseguirás regresar a Montsalvat, el castillo del Grial!


El enigmático genio de William Blake


William Blake nació en una noche de tormenta del mes de noviembre de 1757. Era el quinto hijo de un modesto tendero de Londres, James Blake, el cual no pudo hacer mucho por alentar el talento de su hijo, salvo contemplarle con simpatía e indulgencia. Se dice que el señor Blake, de origen irlandés, era una persona propensa a fantasear despierto y a entregarse al misticismo, y que observaba con devoción los preceptos de la pujante Nueva Iglesia de Jerusalén, fundada en aquellos años por el pastor sueco Swedenborg. Este iluminado y sus fieles seguidores creían que el mundo estaba repleto de ángeles y demonios en permanente conflicto e invisibles para el ojo humano. Desde su más tierna infancia, William Blake se imbuiría de estas filosofías, prestándoles más crédito a medida que iba creciendo. En su juventud tuvo una experiencia mística: se le apareció el profeta Ezequiel y conversó con él en medio de un campo desierto. A partir de entonces, Blake afirmó que oía voces de espíritus, a veces posados en las ramas de los árboles.
Entre las estrecheces económicas de su casa y la riqueza mental que se advertía en el joven Blake, nadie se preocupó de que fuera a la escuela. A los diez años apenas sabía leer y escribir, pero dibujaba en cualquier papel que cayese en sus manos figuras inquietantes y escribía versos que, a pesar de su ingenuidad, eran de una pasmosa belleza. En esa época lo que más llamaba la atención en el joven Blake era su familiaridad con el mundo invisible de los espíritus, del cual ofrecía descripciones tan detalladas, que daba la impresión de que hubiese paseado realmente por aquellos lares ignotos. Su padre, impresionado, le liberó de la obligación de ayudarle en la tienda y le permitió inscribirse en escuelas de arte donde inició sus estudios de dibujo y pintura. Incluso en una etapa posterior, en la que el negocio familiar empezó a ir mal, el señor Blake no puso otra objeción a las aficiones de su hijo que la de orientarle hacia el oficio de grabador para que pudiera obtener ganancias inmediatas.
El joven William Blake trabajó varios años como grabador en el taller del maestro James Basire, donde siguió hasta que cumplió veinte años. En la última etapa de su aprendizaje, su patrono le empleó en dibujar las tumbas de la abadía de Westminster para obtener grabados de ellas. Este encargo, que le absorbió por completo durante mucho tiempo, situándole en una atmósfera fantástica, acentuó su inclinación hacia las formas emotivas, huyendo de las racionales.
Es notorio que William Blake William Blake vio el lado más oscuro de la modernidad con gran anticipación, y es uno de los grandes iconos de la cultura inglesa y universal. Sin embargo, la figura de Blake resulta incómoda tanto para los eruditos y los especialistas en arte más estrictos como para los críticos literarios. El pintor vivió momentos culminantes de su existencia en mundos paralelos al nuestro, pero no podemos delimitarlos o concretarlos porque los desconocemos. Sólo podemos intuirlos a través de su obra porque en ella existen algunos indicios. Por esta razón, la figura de William Blake se engrandece con un halo de misterio que sigue constituyendo un enigma infranqueable para cuantos han estudiado la figura y la obra de este asombroso pintor inglés que cultivó géneros tan dispares como la poesía y la pintura, esta última disciplina la alternó con el dibujo y el grabado.
Blake fue el único intelectual moderno capaz de atisbar los peligros del racionalismo y el materialismo. Aún en pleno siglo XVIII advierte de que el materialismo traerá la destrucción de la naturaleza y la alienación del hombre. Los llamados «Libros Proféticos» de William Blake —recientemente traducidos al español— no lo son tanto por su capacidad de anticipación de hechos o situaciones como por la claridad de su visión del alma, la naturaleza y la sociedad. El poeta y grabador hace una crítica feroz al racionalismo —es para él como perder la visión— ya que percibió como ningún otro las sombras agazapadas en el Siglo de las Luces. Y son muy pocos los creadores que han logrado ese acto supremo de dar vida a una mitología nueva, un conjunto profundo y coherente de mitos verdaderos, símbolos que despiertan en los hombres una nueva explicación del mundo.
En 1778 Blake se despidió del taller de Basire y emprendió una nueva etapa asistiendo a clases de pintura en la Academia Real. Uno de sus maestros allí fue Flaxman, famoso por sus ilustraciones de los poemas griegos y que influyó hondamente en Blake, tanto por su culto a un trazo puro y limpio, como por el empeño en situar las figuras en actitudes estatuarias cuya austeridad hace evocar la escultura egipcia.
Blake no tuvo nunca la virtud de la moderación y dedicó el mayor desprecio a los maestros tradicionales de la pintura, quizá por ello fue tomado por loco por la mayoría de sus contemporáneos. Poco o mal comprendido, su carácter místico y a veces colérico le aisló notablemente. El trabajo artístico de Blake es inseparable del literario. Sus mitos, extraídos de la Biblia, de la mitología celta y las leyendas artúricas, cobran nuevo y profundo sentido en la imaginación de Blake, puesto que ése es el sustrato de la realidad con la que él quiere conectar. El racionalismo ha reducido la imaginación a fantasía. Para el poeta, el mundo que percibimos es tan solo como una ventana que nos permite contemplar ese reino de la imaginación, hirviente de vida y habitado por dioses, ángeles y demonios. Blake dedicó toda su vida a la invocación poética de ese mundo fantástico desterrado por la modernidad materialista.
La visión neoplatónica que Blake adquirió a través de intensas lecturas de Swedenborg y Böhme le puso en contacto con la tradición hermética de Paracelso. Su mística busca una sociedad ideal. Y culpa a John Locke, por encima de todo, por su dogma de la tabula rasa que indica que venimos al mundo como un folio en blanco. Pero también se enfurece contra Francis Bacon (el filósofo) y contra Isaac Newton. En este punto hay que subrayar que, como hombre moderno e ilustrado, Blake no critica la ciencia: admira la capacidad de medición y exactitud pero le exaspera el culto a la Razón.
En 1809 Blake organizó una exposición retrospectiva de sus obras plásticas y preparó el catálogo de la misma. La iniciativa acabó en un completo fracaso. Los críticos la calificaron de «lamentable» y no faltó quien se refiriera a Blake como un «infortunado demente cuyo carácter inofensivo le salva de ser internado». El catálogo mismo era tachado de «amasijo de locura» y de «efusiones de un cerebro desequilibrado». Pero a pesar de esta fría acogida, en 1810 Blake presentó otra exposición, que corrió una suerte similar a la anterior. Seguirían ocho duros años de estrecheces económicas y de marginación, hasta que en 1818 el paisajista John Linnel se acercó a él y le procuró el encargo de ilustrar la Divina Comedia de Dante —de la cual Blake era un apasionado— y el libro bíblico de Job. El bueno de Blake se dedicó en cuerpo y alma a estos trabajos y dejó de escribir, lo que fue una enorme pérdida para el acervo literario inglés.
Para Blake, cualquier obstrucción o cortapisa al arte y el genio intuitivo era satánica. Blake, en su obra Jerusalem afirmaba: «Hay un límite de la opacidad y un límite de la contracción en cada individuo, y el límite de la opacidad se llama Satanás, y el límite de la contracción se llama Adán… Pero no hay límite de la expansión y no hay límite de la translucidez… Tu identidad está maldita eternamente ante la presencia de Dios». El término identidad está aquí empleado como resumen de lo satánico y lo adámico, y en oposición a su expansión libre en el universo. Para una persona que no había ido a la escuela, no está nada mal.
William Blake murió en Londres el 12 de agosto de 1827, a los setenta años de edad. Resulta curioso ir siguiendo en la Enciclopedia Británica el progreso de la extensión que se le ha dedicado a Blake en cada edición, testimonio del creciente respeto que la posteridad le profesa. En 1969 la biblioteca de la Universidad de Princeton organizó una gran exposición con grabados suyos. Sigue sin haber manera racional y empírica de descifrar el misterio de Blake y concretar de dónde sacó sus conceptos y sus imágenes, como tampoco de comprender exactamente adónde conducen. Acaso porque no estamos a la altura espiritual necesaria para ello.

El gran Dragón Rojo y la mujer revestida de sol de William Blake

miércoles, 31 de octubre de 2018

El falso zar que gobernó con ecuanimidad y fue asesinado por ello


En 1505, al término de su vida, Iván III, gran duque de Moscú, podía proclamar satisfecho que había culminado su obra liberando al país de la amenaza de los tártaros. Pero la tarea que legaba a sus sucesores no iba a ser sencilla. Para hacer de Moscú la «tercera Roma» y revestir su corte con pompas y símbolos imperiales, Iván III se había casado con Sofía Paleólogo, sobrina del último emperador de Bizancio. La ciudad que fuera capital del Imperio de Oriente había caído en poder de los otomanos en 1453. Por este motivo, Iván III y sus sucesores imprimieron al naciente Imperio Ruso una dimensión religiosa universal, al tiempo que los zares acumulaban todo el poder. Para establecer su hegemonía, Iván III había instaurado en Moscú una administración fuertemente centralizada al estilo bizantino, pero la gran diferencia estribaba en que los territorios que deberían gobernar los zares en adelante eran infinitamente más extensos que los del decrépito Imperio de Oriente que, prácticamente, se reducía a la ciudad de Bizancio en el momento de ser tomada por los turcos. Así pues, la ciudad de Moscú fue favorecida para que se convirtiera, no solo en capital del Estado ruso, sino en referente del cristianismo ortodoxo. Para ello, Iván III exigió a más de un millar de boyardos —nobles que poseían grandes latifundios— que se instalasen en la nueva capital.
Conviene recordar que en el siglo XVI los polacos dominaban buena parte de Rusia de forma tiránica y que los rusos se sentían oprimidos y despreciados por los arrogantes polacos. Se comprende así que este factor exógeno ayudase a la creación de un sentimiento nacionalista ruso por reacción contra lo foráneo que se ha mantenido hasta nuestros días. Por otra parte, como sucede tan a menudo en la Historia, en los siglos venideros, asentado ya el poderío de los zares, los rusos no olvidaron las pasadas humillaciones y sometieron a los polacos a no pocas vejaciones para resarcirse.
Este dilatado proceso de formación de la moderna Rusia alcanza su momento culminante en el reinado de Iván IV el Terrible (1547–1584) que vino a coincidir en el tiempo con el de Felipe II de España, y bien puede decirse que ambos monarcas fueron los más poderosos de su tiempo y los que gobernaron sobre una mayor extensión de territorio. La expansión de Rusia hacia el este y los territorios de Siberia, se ha comparado a menudo con la conquista de América por los españoles. En cualquier caso, la figura de Iván el Terrible ha sido tan ponderada en Rusia, que incluso durante el periodo de la Unión Soviética (1917–1991) se enalteció a este soberano que ensanchó las fronteras de Rusia al tiempo que atemorizaba a sus súbditos. Cientos de miles de muertos confirman el tinte sanguinario y lúgubre del reinado de este zar. Proclamándose ejecutor de la justicia divina, Iván IV no pestañeó a la hora de ordenar el asesinato de más de 60.000 personas en Nóvgorod, en el transcurso de la represión de una revuelta de boyardos que se habían levantado contra su autoridad.
Si las perturbaciones del reino fueron dramáticas, no lo fueron menos las de la corte. Todavía hoy discuten los eruditos y los historiadores especializados sobre las complejidades del carácter de Iván el Terrible. Entregado a sus pasiones, gustaba de organizar orgías salvajes que interrumpía súbitamente para entregarse a la penitencia de la manera más ostentosa y exagerada, o ejecutar a decenas de personas, a veces con sus propias manos, pues era un hombre de una fuerza física portentosa. Como a muchos personajes históricos en los últimos tiempos, a Iván IV también se le han atribuido ribetes de homosexualidad, además de violentos delirios místicos e impulsos sádicos, que alternaba con una refinada admiración por la cultura occidental y el anhelo casi enfermizo de imponerla en Rusia aunque fuese a sangre y fuego. En 1582, dos años antes de su muerte, Iván IV mató a su hijo primogénito. Siete veces se había casado este zar en busca de un heredero que continuase su obra tras su muerte, pero quiso el destino que acabase legando el trono de Rusia a un demente, Feodor, nacido de su unión con Anastasia Romanova, perteneciente a una poderosa familia de boyardos. También le sobreviviría otro hijo, Demetrio, que tenía un año de edad y era fruto del último matrimonio del zar, esta vez con María Nagoya.
Las campañas del zar Iván IV el Terrible engrandecieron el Imperio y las nuevas tierras fueron asignadas a señores feudales encargados de su defensa y explotación. Rusia empujó a los tártaros y a los mongoles hacia el corazón de Asia, en el oeste obligó a polacos y alemanes a retroceder y se acercó a los países bálticos. El caudillo cosaco Yermad se puso al servicio del zar con apenas quinientos hombres y conquistó Siberia. Aquella fue una gran adquisición para la Corona, pero también para los Stroganov, una poderosa familia de banqueros que se enriquecieron aún más con el comercio de pieles y la explotación de los abundantes recursos siberianos. Los asentamientos que se abrieron en los nuevos territorios situados al este de Rusia se convirtieron en prósperos emporios comerciales.
Iván el Terrible no solo instauró el miedo a su persona, sino la preocupación por el futuro, algo desconocido hasta entonces para los rusos. Sobre todo, muchos se preguntaban si tras la desaparición del zar, aquellos logros de los que derivaba la actual prosperidad de Rusia, tendrían continuidad, pues las bases de aquel enorme imperio todavía eran frágiles. Aún bajo la férula de Iván IV se había producido la rebelión del kanato de Crimea, y los tártaros habían logrado entrar en Moscú y prenderle fuego. Las mismas inquietudes podían barruntarse en los confines occidentales de Rusia, donde los polacos aguardaban el momento propicio para desquitarse de los reveses infligidos por sus belicosos vecinos.
Murió el zar en 1584, en medio de la inquietud de los resentidos, la zozobra de los que vertiginosamente se habían enriquecido y el anhelo del pueblo llano de retornar a su pacífica y sosegada existencia, alterada por los delirios de grandeza del zar y de la élite que se había beneficiado de las campañas militares y las prospecciones comerciales. Todo aquello solo había servido para hacerles trabajar más, y para seguir viviendo tan mal como siempre.
Como ya se ha dicho, dada la incapacidad del príncipe Feodor, y a pesar de que Demetrio solo contaba un año de edad, éste fue proclamado zar a la muerte de su padre y pasó a ejercer la regencia Boris Godunov, cuñado del difunto Iván IV. Confluían en Godunov un estilo de vida atemperado y discreto —quizá porque no era boyardo de nacimiento— y el firme deseo de proseguir la obra iniciada por el zar terrible para crear un gran Imperio, fuerte militarmente, pero también próspero y moderno. Sin duda, por sus magníficas cualidades, Boris Godunov mereció mejor suerte que la que le deparó el caprichoso destino. En la primera etapa de su gobierno, Godunov se esforzó por continuar la obra de su antecesor y preservar sus logros. Compartió el poder con un consejo de regencia en el cual figuraban representantes de la familia imperial y de la nobleza, entre los que no tardó en destacar el intrigante y deshonesto príncipe Basilio Chuiski. Para salvaguardar la situación hegemónica heredada en la zona, Boris Godunov tuvo que librar sendas guerras con los suecos y con los tártaros. En todas salió victorioso y ganó a Suecia una amplia franja de territorio de la ribera del mar Báltico. Durante su regencia, el reino de Georgia pidió integrase en el imperio zarista. Sin embargo, los boyardos aspiraban a recuperar su preponderancia, los mercaderes rusos lamentaban que no se hubiesen mantenido los monopolios comerciales en las nuevas tierras anexionadas, y que se hubiese permitido la instalación de competidores extranjeros. Los empobrecidos campesinos, por su parte, clamaban contra la creciente presión fiscal y las injusticias a que eran sometidos por los señores feudales propietarios de las tierras que ellos cultivaban.
Estas quejas fueron subiendo de tono a medida que una serie de calamidades se abatieron sobre Rusia bajo la regencia de Boris Godunov, y con tanto ensañamiento, que parecía una maldición divina. En 1601 se desató una hambruna de proporciones desconocidas hasta entonces. Las lluvias y el frío malograron las cosechas de aquel año y del siguiente, en forma tan desastrosa que no quedaron semillas para seguir sembrando. Cientos de miles de personas murieron de hambre en Moscú, adonde habían huido muchos intentando sustraerse a la devastación sufrida en las áreas rurales. Los cronistas de la época señalaron que muchos cadáveres tenían hierba en la boca porque habían intentado alimentarse con ella y, en muchos casos, se habían atragantado. Abundaron los casos de canibalismo, después de que las gentes, famélicas, hubieran devorado toda clase de animales; desde gatos y perros, hasta ratas de campo.
Para acabar de empeorar las cosas, en las ciudades abundaban los especuladores que se enriquecían con la desgracia y el sufrimiento ajenos. Boris Godunov mandó abrir los almacenes del Estado y repartir grano entre el pueblo hambriento, pero éste no tardó en caer en manos de acaparadores desalmados. En medio de tan fenomenal desastre muchos exaltados y fanáticos religiosos vieron un castigo de Dios. Pero ¿por qué castigaba al pueblo ruso? ¿Cuál era la naturaleza del pecado cometido?
En 1591 había muerto el príncipe demente Demetrio que vivía recluido en una casa alejada de la corte, y sin más compañía que su madre. Tenía ocho o nueve años y era epiléptico. Se dijo entonces que el niño jugaba con un afilado puñal cuando le sobrevinieron las convulsiones de un ataque, y él mismo se clavó la daga en medio de los estertores. En 1598 también murió el príncipe Feodor, éste de forma no tan extraña, y a falta de heredero superviviente, el poderoso clero ortodoxo, los nobles boyardos y el consejo de regencia determinaron que Boris Godunov fuese entronizado como nuevo zar de Rusia, precisamente, en el mismo momento en que los infortunios relatados anteriormente alcanzaban su clímax. Entonces, las sencillas gentes del pueblo, quizás alentadas por los enemigos de Godunov, pusieron en circulación el rumor de que todas aquellas desgracias eran un castigo divino porque el zar había usurpado el trono asesinando a los príncipes que legítimamente debían ocuparlo.
El ambiente no podía ser más propicio para que hiciese su aparición un oscuro personaje que surgió en Ucrania, entonces bajo dominio de los polacos. Con el apoyo de éstos, este individuo publicó un manifiesto en el que se atribuía la identidad de un tal Demetrio Ivanovich, zarévich y gran duque de Rusia, salvado por la Providencia del asesinato planeado por el vil Boris Godunov varios años antes, cuando solo era un niño. Sostenía en su alegato que había aguardado a ser mayor de edad para reclamar con la ayuda de Dios el trono de sus antepasados, declarar usurpador a Boris e invitar a sus leales súbditos a abandonar al traidor, venir a prestarle vasallaje y ayudarle a restaurar la antigua religión y las costumbres rusas tradicionales. Este último llamamiento tenía especial alcance, porque esperaba catalizar la cólera creada por las reformas de Iván el Terrible y continuadas por Boris, y proyectarlas hacia la restauración del orden anterior, idea siempre grata a la plebe cuando vive en medio de miseria y calamidades.
Dentro de este ambiente de desesperación e histeria colectiva, tiene escasa relevancia saber quién era realmente el «falso Demetrio». Nadie ha podido dar nunca una respuesta rotunda. Lo que sí quedó establecido claramente es que no era el hijo de Iván IV salvado milagrosamente del asesinato. Boris Godunov, muy atento a la peligrosidad que encerraba aquel movimiento sectario, intentó convencer a los polacos de que el presunto Demetrio era un farsante, e incluso les informó con todo lujo de detalles de que era un monje escapado de un remoto monasterio. Sin embargo, en este punto Boris pecó de ingenuo, pues a los polacos y demás instigadores de la revuelta les traía al pairo la honradez de Demetrio; lo que deseaban era el hundimiento de la monarquía zarista y de Rusia con ella.
¿Quiénes fueron los instigadores de la sublevación? Como ya se ha dicho, los polacos, y en segundo lugar, el Papado y las élites católicas radicadas en Polonia y Lituania que aspiraban a implantarse en Rusia y hacerse con el poder. También estaban los poderosos comerciantes de Moscú y las grandes ciudades, con los Romanov a la cabeza, deseosos de sacar partido de la situación provocada por los desórdenes, haciéndolo derivar hacia un nuevo sistema que les fuese más beneficioso.
La impronta católica de aquel movimiento fue aún más notoria cuando en 1604 el pretendiente Demetrio se convirtió solemnemente al credo de Roma. En abril de 1605 murió Boris Godunov a causa de una apoplejía. El jefe de las tropas, Basmanov, se pasó a Demetrio, y lo mismo hizo a príncipe Chuiski, que reconoció a Demetrio como heredero legítimo del terrible Iván IV. Inmediatamente después, los seguidores de Demetrio asesinaron al hijo de Boris Godunov y a su esposa, e hicieron prisionera a su hija Xenia, que murió en un convento de clausura en 1622, olvidada por todos.
En poco más de un año, el «falso Demetrio» había sorprendido a propios y extraños gobernando con sabiduría, justicia y ponderación, de modo que en poco tiempo se quedó sin un solo partidario. Un gobernante así de benévolo causó estupor entre los rusos, acostumbrados a tiranos crueles y desequilibrados. Demetrio hablaba elocuentemente, razonaba con sensatez y claridad, era culto, acudía regularmente a las sesiones de la Duma —el Parlamento ruso—, y se interesaba por la instrucción de las tropas, a las que gustaba mandar personalmente cuando realizaban maniobras. ¡Aquello era intolerable! Los boyardos, los clérigos, los comerciantes y demás poderes fácticos, estaban sobresaltados y cada día se mostraban más inquietos, pues un hombre honrado y sensato como estaba resultando el tal Demetrio, no era proclive a sus tejemanejes y no podían controlarlo.
Desoyendo los consejos y advertencias de los mismos que lo habían encumbrado mediante un ardid, Demetrio decidió hacer frente al hambre y la miseria reinantes en Rusia con importantes medidas. Ordenó trasladar a poblaciones enteras a tierras más fértiles y distribuyó alimentos entre los necesitados, en vez de dejar hacer a los especuladores.
La ruina le sobrevino a este monarca a causa de haber perjudicado a los mismos que le auparon al trono, pero también por su falta de recato a mostrar abiertamente su preferencia por todo lo occidental, tanto en el vestir y en las prácticas religiosas, como en las comidas, artes y espectáculos, y dentro de lo europeo, expresaba especial predilección por lo polaco, visto en Rusia con profundo aborrecimiento. El remate fue contraer matrimonio con una joven aristócrata polaca, Marina, que no disimulaba su repugnancia hacia la Iglesia ortodoxa rusa y no perdía ocasión de proclamar su ferviente catolicismo. La boda real se celebró según el ritual romano y el clero ruso fue excluido de la ceremonia nupcial.
No le costó mucho al príncipe Chuiski capitalizar el estupor y la ira que despertó en el país semejante insolencia y añadirla a una larga lista de agravios cometidos por Demetrio. Dos semanas después de la boda, estalló en Moscú un violento motín. Una muchedumbre enfurecida asaltó el Kremlin y logró capturar a Demetrio, dándole muerte de forma ignominiosa junto a sus partidarios. Sus cadáveres fueron colgados boca abajo en los muros del Kremlin. Después de profanarlos, los quemaron y sus cenizas fueron introducidas en un cañón que fue disparado en dirección por donde habían venido esas personas tan bienintencionadas.
Los boyardos se hicieron con el poder y nombraron zar al intrigante Chuiski. Pero aún hubo un segundo «falso Demetrio» que pretendió haber sobrevivido a la matanza del Kremlin. Contó de nuevo con el apoyo de los polacos, fue reconocido por Marina, su presunta esposa, y emprendió una campaña militar contra Rusia. Estuvo a punto de tomar Moscú y Chuiski tuvo muchas dificultades para hacerle retroceder. Sin embargo, algún tiempo después el rey Segismundo de Polonia marchó de nuevo contra los rusos y entró en Moscú en 1610. La hostilidad de los rusos contra los polacos llegó entonces al punto máximo. Dos años después, un levantamiento popular los expulsó de la ciudad y en 1613 fue elegido zar por aclamación Miguel Romanov, cuyo linaje gobernaría Rusia hasta 1917.
Las maniobras de los polacos en esta historia de los «falsos Demetrios» recuerda mucho a las que tuvieron lugar a lo largo de la década de 1980, y que contaron con la aquiescencia del papa Juan Pablo II —precisamente polaco— y que desembocaron en el colapso y disolución de la Unión Soviética en 1991.

El zar Iván IV el Terrible jugando al ajedrez