domingo, 13 de mayo de 2018

La extraña muerte de Judas Iscariote


En los diferentes versículos de los evangelios en los que se menciona a Judas Iscariote, se le llama hijo de Simón. Este Simón tiene a veces su nombre completado con un sobrenombre; le llaman el Cananeo o el Cananita, por ser de Caná (Canaán). Pero en arameo Kana significa celo, fanatismo e intransigencia. También se le lama el Zelote. Y en griego zêlôtês significa asimismo celoso, fanático. También se le llama Iscariote, como a su hijo. Pero el término iscariote en arameo significa «criminal». Así pues, podemos suponer que Simón, el padre de Judas Iscariote, es un sicario, un peligroso miembro del integrismo religioso judío de la época, y sobre el cual Flavio Josefo nos proporciona abundante información en sus Guerras de los Judíos y en sus Antigüedades de los Judíos.
Pero ¿ese Simón es el mismo que el Simón Kepha, es decir, el Simón-Pedro de los evangelios?  Casi seguro que sí. Hay una relación evidente entre el sobrenombre de Kepha y el carácter despiadado propio del sicario o del terrorista. Porque kepha significa «punta de roca», aguja de piedra, en arameo. Es ése el término utilizado en Jeremías (4, 29): «Trepan sobre las rocas», y en Job (30, 6): «Viven en las cuevas de la tierra y en las puntas de las rocas…»
Pero hay un pasaje del evangelio de Juan que lo precisa de forma aún más concluyente: «Y dijo Jesús a los Doce: "¿Queréis iros vosotros también?" Respondióle Simón-Pedro: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Ungido, el Santo de Dios". Respondióle Jesús: "¿No he elegido yo a los Doce? ¡Y uno de vosotros es un diablo!" Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón, porque era él, uno de los Doce, quien había de entregarle…» (Juan, 6, 67-71).
En estos versículos se habla de Simón-Pedro, y cuando se precisa quién es el padre de Judas, se le presenta como tal, no se trata de ningún otro Simón. El Cananeo, el Zelote, el Iscariote, siempre es el mismo individuo. Lo que confirma, por otra parte, que no hubo doce discípulos en el núcleo central del movimiento mesiánico, sino sólo ocho, o quizás únicamente siete. Pero volvamos con Judas. Leemos lo siguiente en Mateo, y sólo en su evangelio: «Viendo entonces Judas, el que le había entregado, cómo era condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Dijeron ellos: "¿Qué nos importa? Allá tú". Y arrojando las monedas de plata en el Templo, se retiró y fue a ahorcarse…» (Mateo, 27, 3-5).
En Hechos encontramos detalles aún más curiosos: «…acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, y era contado entre nosotros, habiendo tenido parte de este ministerio. Éste, pues, adquirió un campo con el salario de su iniquidad, y habiendo caído de cabeza, reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas…» (Hechos, 1, 16-18). En primer lugar observaremos que, en Mateo (27, 7), se nos había precisado que, con las treinta monedas de plata arrojadas por Judas en el Templo, los sacerdotes habían comprado un campo a un alfarero. En los Hechos lo había comprado el propio Judas, que luego muere en lo que parece más un accidente, que un suicidio, y como consecuencia del mismo, «sus entrañas se desparraman». Pero, ¿cómo quedamos? ¿Se ahorcó o murió a causa de un accidente? Vamos a responder a esta pregunta a continuación: ni lo uno ni lo otro. Judas fue ejecutado como traidor, según un ritual judaico, muy antiguo y particular. Había traicionado a la sagrada causa mesiánica, había entregado al Ungido a los odiados romanos, les había guiado hasta su guarida secreta en el monte de los Olivos, cerca del lugar donde se encontraba la prensa de aceite que le había dado nombre: Getsemaní. Él, Judas, era el causante del fracaso final, de la derrota, él había echado al traste todos los planes de Jesús y los suyos. En Juan leemos lo siguiente y es muy esclarecedor: «Judas, el que había de traicionarle, conocía también el sitio, porque Jesús y sus discípulos a menudo se reunían allí» (Juan, 18, 2).
De modo que, cuando Jesús, a pesar de su cansancio, abandonaba por las noches Jerusalén para ir a dormir a Betania, a casa de Simón el Leproso, su suegro, el padre de Lázaro y de Marta y María (o de Marta-María, la misma con dos nombres distintos). Getsemaní era el lugar secreto de encuentro. Más tarde, cuando los espías romanos y de Herodes Antipas le estén pisando los talones, para no comprometer a la familia de su esposa, María de Betania, alias María Magdalena, Jesús pernoctará en Getsemaní, en el monte de los Olivos. Hasta el día en que Judas revelará a sus enemigos ese escondite secreto. Continuemos: «Judas, pues, habiéndose puesto en cabeza de la cohorte, y de los alguaciles enviados por los sumos sacerdotes y por los fariseos, vino allí con linternas, antorchas y armas…» (Juan, 18, 3). «La cohorte, pues, el tribuno y los alguaciles de los judíos prendieron entonces a Jesús y le ataron…» (Juan, 18, 12). Posiblemente el texto griego inicial empleaba la palabra quiliarca, y los historiadores oficiales, por prudencia, quisieron hacer de él un discreto suboficial, al mando de un pequeño destacamento, una patrulla más bien. Pero un quiliarca mandaba a mil hombres, un «millar», y por eso, para obtener una correspondencia jerárquica adecuada, fue por lo que San Jerónimo, en su Vulgata, tradujo muy acertadamente quiliarca por tribuno.
A esas seis centurias de la cohorte de veteranos, al mando de un tribuno con rango de cónsul, el Sanedrín, para demostrar palmariamente su deseo de colaborar con Roma, no podía hacer menos que añadir como refuerzo a unos doscientos milicianos del Templo. La milicia, a veces también llamada policía del Templo, tenía sus propios arsenales dentro del recinto de éste, debidamente custodiados, y con las armas engrasadas y dispuestas para el combate: arcos, flechas, espadas, escudos, lanzas. Su jurisdicción se limitaba al recinto del Templo y sus alrededores, los guardias de servicio solían ir pertrechados con una espada y una cachiporra como armamento reglamentario. Pero el hecho de mencionar (Juan, 18, 3) que ese contingente fue allí con armas escapó a la sagacidad del escriba anónimo del siglo IV. Porque esa precaución que él revela, a su pesar, demuestra claramente que la pretendida detención sin oponer resistencia de Jesús y los suyos, no fue tan pacífica como nos la han descrito. Aquel contingente armado, se había pertrechado, probablemente, con escudos y lanzas en previsión de encontrar resistencia armada en los Olivos. Un tribuno romano no se desplazaba al mando de 600 soldados (800 hombres contando también a los guardias hebreos) pata arrestar a un pacífico santón. Por lo tanto, fue para guiar a aquella tropa, compuesta por romanos y hebreos, por lo que Judas se puso al frente del contingente armado, para conducirles, al amparo de la noche, hasta un punto determinado en el monte de los Olivos: Getsemaní. Y ése fue su crimen, una traición ignominiosa a los ojos de sus hermanos y de sus antiguos compañeros: haber entregado al enemigo al Ungido, el Mesías de Israel, y no a una secta rival judía, no, Judas había consumado su traición entregando a Yeshua bar-Abba, el Hijo del Hombre a los romanos impuros, los aborrecidos ocupantes. Pero volvamos al texto de Juan: «Los judíos le buscaban durante la Fiesta [de los Tabernáculos] y decían: "¿Dónde está?" Y había entre la muchedumbre grandes murmuraciones acerca de él. Unos decían: "Es hombre de bien". Más otros decían: "No, embauca al pueblo". Sin embargo, nadie hablaba libremente de él, por temor a los judíos» (Juan, 7, 11-13). ¿Qué significa todo eso? Aparentemente, nada importante. Pero si sustituimos «judíos» por «romanos», que eran los que realmente le buscaban, todo adquiere un significado clarísimo. Y se comprende por qué Judas se pondrá a la cabeza de la cohorte para señalarles a los soldados, fuera de cualquier duda, al individuo que están buscando desde hace bastante tiempo: a Yeshua bar-Abba, el líder mesiánico que dirigió el asalto al Templo… y más conocido por Jesús Barrabás, la forma helenizada de su nombre.
Resulta evidente que los judíos, por su parte, conocían perfectamente a Jesús. Él mismo lo proclama: «Todos los días me sentaba en el Templo para enseñar, y no me prendisteis…» (Mateo, 26, 55). De esta frase, además, se desprende cierto asombro por parte de Jesús, como si preguntase ¿por qué ahora, y no antes? Sí todos le conocían, ¿qué objeto tenía contratar a Judas para identificarle? La respuesta es bien sencilla, porque los que realmente le estaban buscando eran los romanos, y ellos, en cambio, no le conocían. Al mantenerse apartados de la vida judía, no podían, en su calidad de gentiles, penetrar más allá del recinto reservado a éstos en el Templo. Los ciudadanos no judíos, por su condición de gentiles, no podían tener acceso, so pena de muerte, al recinto reservado a los judíos circuncisos, en cuyas naves, cada día, habían podido escuchar a Jesús haciendo apología de la lucha armada contra Roma y de la necesidad de restaurar el Reino de Dios, que debía consumarse en un nuevo Israel reunificado que, por otra parte, despertaba escasas emociones entre los judíos del sur. Y Jesús podía hablar libremente en el recinto del Templo porque los romanos no tenían acceso a él y, por otra parte, cualquier judío que le hubiese delatado, sabía que era hombre muerto, cosa que finalmente sucedió.
Pero hay una particularidad, importante, en el discurso de Jesús. La restitución del antiguo reino de Israel, según la doctrina de Judas de Gamala, que Jesús, su hijo, continúa, es simbólica, puesto que no hay más Rey que el propio Dios de Israel y Señor de los ejércitos. Jesús no pretende restaurar la monarquía, sino instaurar una especie de república teocrática, posiblemente gobernada por un nuevo Sanedrín, similar al Senado romano pero compuesto exclusivamente por sacerdotes y notables, que serían elegidos a su vez por otros ancianos, siempre de entre la casta sacerdotal. Luego, más que una monarquía al uso, de lo que se trataría es de instaurar una sinarquía de inspiración ultrarreligiosa. Lo que dicho con otras palabras vendría a ser sustituir una tiranía extranjera y laica, por una tiranía nacional y de marcado corte clerical. Nada más. En cualquier caso, los romanos necesitaban un confidente, un traidor que les señalase claramente quién era el tal Jesús para poder proceder a su arresto. Y esa traición de Judas, los sicarios y los zelotes no la perdonaron.  Así que el sobrino de Jesús, Judas Iscariote, tenía las horas contadas desde el mismo momento en que se presentó en la guarida de Getsemaní con los soldados romanos y la milicia hebrea.
Afirmar que Judas fue ejecutado por los bondadosos discípulos no dejará de suscitar airadas protestas. ¿Cómo es posible semejante blasfemia, suponer que esos venerables ancianos de luengas barbas blancas sean capaces de semejante perfidia? La propia tradición cristiana nos ha familiarizado con un prototipo muy concreto de «cristiano». Todo bondad, todo abnegación... Pero la realidad histórica no coincide en absoluto con ese beatífico modelo. Y si dirigimos nuestra mirada hacia el judaísmo y su vengativo Yahvé del Antiguo Testamento, tampoco quedamos muy reconfortados.
Volvamos con los Doce Apóstoles. ¿Cómo se nos ocurre comparar a los inofensivos discípulos, con los temibles sicarios descritos por Flavio Josefo? La respuesta es muy sencilla. Basta con recordar esa hipocresía pasmosa con la que se nos intenta hacer creer que fue el Espíritu Santo quien cegó a Elymas bar-Yahoshúa en Pafos, y no Saulo-Pablo y sus secuaces; que fue el Espíritu Santo el que mató a Ananías  y a su esposa Safira, en Jerusalén, y no Simón-Pedro y sus sicarios; que fue el Espíritu Santo quien paralizó a la hija de Simón, en vísperas de sus esponsales con un noble romano, y no el propio Simón; que fue el Espíritu Santo quien incendió Roma en el año 64, exactamente como se profetizaba (más bien se amenazaba y se describía el modo de hacerlo) en el Apocalipsis; y que también fue, una vez más, el Espíritu Santo quien incendió Constantinopla el año 404, la misma noche en que Juan Crisóstomo, uno de los «Venerables padres de la Iglesia» [fanáticos fundamentalistas], loco de cólera y rencor, abandonaba la ciudad con rumbo al exilio decretado por la emperatriz Eudoxia, harta de sus impertinentes jeremiadas y de su enfermiza misoginia. 
A continuación, vamos a demostrar que Judas Iscariote no se suicidó, sino que fue ejecutado. Sabemos que los miembros de los antiguos gremios o corporaciones artesanales judías, como talladores de piedra, albañiles y carpinteros, tenían sus propias sinagogas, no frecuentaban las sinagogas comunes, por así decirlo. Esto nos lleva a suponer que quizás poseían sus propias tradiciones sindicales ancestrales. Pues bien, puede que el sobrenombre de «Piedra» de Simón-Pedro no fuese tal sino «Tallador de Piedra»,  pues ciertamente, cerca de su casa en Cafarnaún había una cantera. (Marcos, 1, 29). Y ese oficio, a lo mejor sólo eventual, tampoco sería impedimento para que de vez en cuando saliese a pescar con sus hermanos para procurarse unos ingresos, o un sustento extra, depende de cómo se diese la pesca. Estas tradiciones gremiales fueron evolucionando hasta desembocar, varios siglos después en Europa, durante la Baja Edad Media, en las asociaciones gremiales de masones o albañiles, también llamados «canteros». Pero a medida que la construcción de catedrales y otros grandes edificios públicos y religiosos fue decayendo a partir del siglo XIV, entre otras cosas, por las hambrunas provocadas por las guerras que asolaron Europa: Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra; y las guerras civiles dentro de Castilla y Aragón, además, cómo no, de las terribles pandemias conocidas como la Peste Negra que diezmaron a un tercio de la población europea entre 1348 y 1375. El caso es que, esos antiguos gremios o hermandades de obreros y artesanos, auténticos embriones de los sindicatos obreros, fueron poco a poco desvirtuadas y alejadas de su propósito original, a causa del ingreso en sus filas de burgueses que al principio lo hicieron por esnobismo y que más tarde utilizaron esas hermandades o «logias», herederas de las antiguas «sinagogas gremiales» hebreas, ya convertidas en auténticas sociedades secretas para celebrar reuniones políticas, enmascarados detrás de supuestas actividades filantrópicas como el fomento del amor fraternal y el acceso a misterios esotéricos restringidos y de carácter iniciático como en el antiguo cristianismo gnóstico. Y así vamos a descubrir, en el seno de estas organizaciones herméticas, de origen judaico, un tipo de ejecución previsto para los considerados traidores que va a llevarnos de nuevo hasta Judas Iscariote.
Efectivamente, Simón-Pedro tenía su casa familiar en Cafarnaún, a la entrada del valle de Genesaret (Marcos, 1, 21 y 29). Pero más al sur, entre el lago Tiberíades y Séforis, existen aún varios kilómetros de cuevas que fueron excavadas como canteras en la Antigüedad, algunas para construir la fortaleza herodiana de Séforis en el siglo I a.C., por ejemplo. Por esa misma época, la de Jesús, los proscritos, los rebeldes, los malhechores, los sicarios o los zelotes, encontraban allí un refugio seguro contra las patrullas romanas que los hostigaban o el acoso de las tropas mercenarias que los sucesivos tetrarcas idumeos contrataron para exterminarlos. Algunos proscritos conseguían, allí ocultos, que los romanos o los herodianos se olvidasen de ellos transcurrido un cierto tiempo. Simón-Pedro, llamado la «Piedra», al habitar en esa región de canteras, quizás debía a ese hecho su sobrenombre, o quizás pudo ser conocido, incluso, como «Simón el Cantero». En muchos países de Europa, los antiguos sobrenombres que se aplicaban a las personas en función de sus oficios, acabaron derivando en apellidos. Así por, por ejemplo, Zapatero, en español, es Schumacher en alemán o Shoemaker en inglés. En cualquier caso: un artesano que fabricaba y remendaba calzado.
Los historiadores han descrito las atrocidades cometidas por los ingleses a mediados del siglo XVIII para someter Escocia e Irlanda. El duque de Cumberland, vencedor de los escoceses en la batalla de Culloden (1746) entró en la Historia con las manos tan manchadas de sangre como un carnicero o un matarife. Las sentencias de muerte que los tribunales de justicia ingleses dictaron contra los rebeldes escoceses se expresaban en estos términos: «Seréis colgados por el cuello, pero no hasta que sobrevenga la muerte, porque deberéis ser abiertos vivos. Vuestras entrañas serán arrancadas, luego quemadas ante vuestros ojos. Vuestras cabezas serán a continuación separadas de vuestros cuerpos, cortados en cuatro partes que se pondrán a disposición del Rey». El rey inglés Jorge II, por vergüenza o por miedo al qué dirán, ante el siglo que contemplaba aquella barbaridad (nada menos que el Siglo de las Luces, a cuarenta años vista de la Revolución francesa), no se atrevió a ordenar semejante ejecución por procedimientos tan atroces. Pues bien, los nobles ingleses y escoceses que se enfrentaron en Culloden en 1746, eran todos francmasones. Evidentemente los escoceses pertenecían a la francmasonería jacobita de obediencia católica y su Gran Maestre era el célebre Charles Radclyffe. Y sus adversarios ingleses pertenecían a la francmasonería inglesa de reciente implantación y de obediencia protestante, creada oficialmente en Londres en 1715, cuando la tinta del Tratado de Utrecht, que puso fin a la actividad de los piratas ingleses en el Caribe español, aún no estaba seca. El proceso que llevaría a los patriotas escoceses al cadalso en 1746 fue presidido y dirigido por francmasones (ingleses y protestantes), que juzgaban a otros francmasones (escoceses y católicos), y la descripción de la sentencia de muerte era exactamente igual a la que fue aplicada por Salomón a los asesinos de Hiram Abiff, el legendario constructor del Templo.
Veamos el relato de la ejecución ritual de los asesinos de Hiram, ordenada, según la antigua tradición masónica, por Salomón: «Al día siguiente, hacia las diez de la mañana, fueron colgados a un poste por el cuello, con los brazos y las piernas atados por detrás. Su cuerpo fue abierto en canal, desde el pecho hasta el pubis. Permanecieron en este estado durante ocho horas. Lentamente las entrañas fueron descendiendo, los insectos y las moscas se hartaron con su sangre y con el jugo de sus vísceras.
»Sus gritos y sus gemidos eran tan lamentables, que conmovieron incluso el corazón de los verdugos. De modo que les cortaron la cabeza y arrojaron sus cuerpos por encima de las murallas de Jerusalén, donde sirvieron de pasto a los cuervos y a los animales salvajes».
Pero dejemos de lado los detalles de esta historia, sin fundamento histórico fiable, la que si lo tiene es la del emperador romano Valeriano quien en el año 257 se presentó en Asia Menor para recuperar Antioquía. Después de dos años de durísimas campañas, luchando contra los persas por mantener Siria bajo soberanía romana, a finales del 259 se retiró a Edesa, pero una misteriosa epidemia diezmó sus tropas y tuvo que organizar una retirada estratégica. Al parecer, Valeriano fue traicionado por su prefecto del Pretorio, Macrino, del que sospecha que era cristiano. Valeriano fue hecho prisionero por los persas y después de ser cruelmente torturado, siguiendo un ritual muy parecido al que se ha descrito antes, el rey persa Sapor ordenó que lo desollasen vivo y le arrojasen oro fundido por la garganta. Su cadáver fue horriblemente ultrajado, y con su piel los persas confeccionaron un macabro trofeo de guerra que exhibieron durante mucho tiempo en uno de sus templos principales.
La constatación de estas tres historias, tan alejadas entre sí en el tiempo, y, ajenas al tema que nos ocupa, la ejecución de Judas Iscariote, tiene como propósito ilustrar que las costumbres ancestrales de países tan alejados como Persia, Judea o Gran Bretaña pudieron producirse en la Antigüedad debido a que Occidente estaba inmerso en un auténtico proceso de globalización llamado romanización, y que a ese proceso le siguió otro aún más profundo llamado cristianización. Así las costumbres de los persas o de los judíos pudieron viajar a Bretaña a partir de su definitiva incorporación al Imperio Romano en tiempos de Claudio (41-54 d.C.) y arraigar allí, más o menos ocultas, hasta que resurgieron, diecisiete siglos más tarde de la mano de la francmasonería. Una de las consecuencias de la romanización fue la de los movimientos migratorios a través de todo el Imperio. Después de la primera Revuelta (66-73) muchos judíos, expertos en la fundición y aleación de metales, siguiendo a las legiones, se instalaron en la isla de Britania, por otra parte, muy rica en yacimientos de plata. Y entre ellos, además de expertos metalúrgicos, carpinteros, canteros y albañiles, tuvo que haber, con toda seguridad, «sicarios» y «zelotes», y otros integrantes de grupos mesiánicos que huyeron de Judea tras la derrota. El asalto al Templo dirigido por Jesús Barrabás, que situaremos en algún momento entre los años 30 y 35, había sido rechazado y los romanos creían haber resuelto el problema con la crucifixión del cabecilla de los insurrectos, Jesús, pero estaban muy equivocados. Simón-Pedro, jefe de los sicarios, y su hermano Santiago, jefe de los zelotes, siguieron adelante con el movimiento mesiánico, y cuando ellos, a su vez, fueron crucificados en Jerusalén en el año 44 por Herodes Agripa, o en el 47 por Herodes de Calcis, Saulo-Pablo, el misterioso apóstol surgido de la nada, se puso al frente del movimiento mesiánico para acabar convirtiéndolo en lo que hoy conocemos como cristianismo.
Judas Iscariote había traicionado a su propia sangre, ya que Jesús era su tío, y había traicionado a su rey, puesto que para los suyos, Jesús era el heredero legítimo llamado a ocupar el trono que usurpaba Antipas, tetrarca de Galilea. El castigo de Judas debía ser ejemplar y llevarse a cabo según el ritual ancestral establecido por Salomón mil años antes. Esta tradición implicaba que el traidor a su rey, debía ser colgado por el cuello a un poste, con los brazos y piernas atados por detrás, con lo que el cuerpo quedaba vuelto hacia abajo, era a continuación rajado por el vientre, a fin de que las entrañas se derramasen por ahí, por su propio peso, lentamente. Pues bien, si damos crédito a Mateo y a los Hechos, Judas Iscariote murió colgado y eviscerado. No son ésas unas operaciones que pueda realizar fácilmente un hombre solo. Del mismo modo que la policía sospecharía que un hombre que se hubiese suicidado disparándose cinco veces en la espalda, con toda seguridad habría sido asesinado, nos inclinamos a pensar que a Judas le ayudaron a suicidarse. Y no vacilamos en reconocer la mano de los sicarios una vez más. Porque los Hechos contradicen a Mateo en la teoría del suicidio. Un hombre que compra una parcela «el campo del alfarero» con el beneficio de una transacción, aunque ésta sea punible, no se abre las entrañas accidentalmente sin que le ayuden. Y si además se ahorca, todavía menos. Así pues, Judá bar-Simón, llamado Iscariote, hijo de Simón-Pedro, sobrino de Jesús, nieto de María, fue ejecutado por los bondadosos discípulos, lisa y llanamente.
El lector podrá preguntarse: ¿qué demuestra de modo concluyente que los apóstoles o los discípulos, o todos a la vez, tomaran parte, o incluso ejecutaran directamente, un crimen tan salvaje? Si ha quedado probado que se trató de una ejecución ritual, que formaba parte de una venganza muy precisa, si se ha demostrado que ese rito era el propio de determinadas sociedades hebreas y sectas del Próximo Oriente, quedará aún por demostrar que los apóstoles eran miembros de éstas. Hemos previsto esta objeción, y creemos estar en disposición de ofrecer una respuesta. En la Judea de los tiempos de Cristo, el oficio de carpintero, incluía también los de albañil, tallador de piedra, pulidor de mármol, etcétera. Oficios todos ellos hoy claramente separados, pero relacionados con la construcción. Todos estos oficios en Judea constituían un solo gremio o hermandad: la de los carpinteros.
Conclusión: Jesús no fue sólo carpintero, sino también cantero, dado que ambos oficios formaban parte de la misma corporación. Sin duda, no practicó demasiado esos dos oficios, pero a efectos oficiales, era carpintero-albañil-cantero. Y como en el antiguo Israel todo hombre debía poseer un oficio, eso constituye para él una justificación civil. Por otra parte, igual que en la Europa medieval, el hijo debía permanecer en el gremio del padre. No se podía cambiar de oficio libremente. Además, en aquella época, tampoco se solía hacer, primero por estar prohibido, y en segundo lugar, porque de hacerlo, el hijo desaprovechaba el legado del padre: taller, herramientas, clientela, trucos del oficio, su fama y renombre, etcétera. De modo que podemos llegar a la conclusión lógica de que además del padre adoptivo de Jesús en Egipto, José, y del presumiblemente posterior, Zebedeo, también el biológico, Judas de Gamala, poseían esa calificación profesional, aunque tampoco la hubiesen ejercido. Lo cual implica que los hermanos de Jesús también la poseían. La pesca era una actividad complementaria o de temporada para obtener ingresos o comida extra cuando el trabajo de carpintero flojeaba. Nueva conclusión, si el caudillo del movimiento mesiánico zelote, Jesús, y Simón-Pedro, el jefe de los sicarios, el ala más extremista, dentro de un movimiento extremista, eran miembros del sindicato de carpinteros-albañiles-canteros, es probable que reclutasen a muchos de sus hombres en ese ambiente. Desempleados, gente descontenta, desahuciados, etcétera. Caldo de cultivo ideal para reclutar nuevos zelotes y sicarios. Bien, no olvidemos que esas corporaciones tenían sus propias sinagogas, lo cual significa que vivían «apartados» del resto de la comunidad judía. Entre los antiguos judíos, como aún hoy en muchos países de Asia, eso constituía la casta de los «separados». Del grueso de la «muchedumbre» que en los evangelios suele acompañar a Jesús, ¿cuántos formaban parte de esa hermandad? Vale la pena releer Mateo (14, 21, y 15, 38).
Y la pertenencia a esa «hermandad» implicaba las usanzas rituales concretas para la ejecución de un traidor, cómplice del asesinato de su señor. Y por consiguiente, fueron los «discípulos» los autores del salvaje asesinato de Judas Iscariote basándose en las ancestrales ejecuciones de los asesinos de Hiram Abiff ordenadas por Salomón. Por otra parte, la violencia en la ejecución ritual de Judas, recuerda el carácter judaico de la masonería original: los famosos judeomasones cuyos ritos llamados «de venganza», pasaron después a la francmasonería escocesa. Habría existido, nos inclinamos a pensar, una transmisión real, desde los tiempos más remotos, de donde deriva el papel de los puñales y estiletes en determinados grados iniciáticos, en recuerdo de la sica o daga de los zelotes. Pero tal vez, la brutal ejecución de Judas Iscariote fue para que el «secreto» de su traición le acompañase a la sepultura, quedando así «oculto» para siempre. Recapitulemos una vez más. Vamos estudiar este posible asesinato desde otra perspectiva, totalmente nueva. Pretender que Judas Iscariote traicionó a su tío, y jefe del movimiento mesiánico zelote por treinta monedas de plata es una explicación demasiado simple. Judas era un consumado ladrón y ésa había sido siempre su auténtica ocupación, como la de la mayoría de los sicarios, según dicen los evangelios: «Como guardaba la bolsa, robaba lo que se metía dentro de ella». (Juan, 12, 6). Hubiera podido continuar así todavía durante mucho tiempo, porque el dinero que entraba en la bolsa, una auténtica caja de resistencia, era más que suficiente para cubrir sus necesidades. Pero si aceptó traicionar a Jesús, bien por su cuenta o en compañía de otros, como parte de una conjura urdida para desembarazarse del líder del grupo, fue por dos razones.
La primera que Jesús probablemente había realizado una reestructuración jerárquica dentro del movimiento después de la ceremonia esotérica en el monte Tabor en la que invocó a los espíritus de Moisés y de Elías. Una entidad misteriosa había tomado posesión de él. O una profunda reflexión política y estratégica le había llevado a comprender que el movimiento no tenía la menor oportunidad de triunfar en su lucha armada contra Roma, y exploraba otras alternativas. O había envejecido prematuramente («próximo a la vejez», nos dice Ireneo), y estaba cansado de aquella continua lucha que veía que no les llevaba a ninguna parte. En cambio Judas era joven, y ni el odio a los romanos ni las esperanzas de expulsarles habían muerto en su corazón. Pero también podían moverle otras razones, que involucraban a su padre en el asunto, Simón-Pedro, el jefe de los sicarios. Cansado de ser un segundón al que los demás no tenían en cuenta, Simón-Pedro podría haber concebido la idea de provocar un cambio de dirección en el seno del movimiento mesiánico. A fin de cuentas, él era el jefe de la facción armada, los que se jugaban la piel atacando a las patrullas romanas, asaltando a los caravaneros para obtener fondos, o extorsionando a los ricos comerciantes para que los proporcionasen en contra de su voluntad. Él y sus sicarios hacían el trabajo sucio, y estaba claro, desde el episodio en el monte Tabor, que si Jesús se retiraba, o moría, la dirección no iba a detentarla él, sino Santiago, el otro hermano de Jesús, y después de Santiago estaba Juan el «discípulo amado», el hijo de Jesús. No había sitio para Simón-Pedro y, en consecuencia, tampoco lo había para su hijo Judas, el tesorero. El que administraba el dinero del grupo, ingresos que él, su padre y los sicarios proporcionaban al mismo, arriesgando la vida, pero que los burócratas, Santiago y los suyos, que no daban la cara, querían administrar a su antojo. E, indudablemente, ahí había un conflicto entre las dos facciones: la política, encabezada por Santiago, y la armada, acaudillada por Simón-Pedro. Y en medio estaba Jesús que, por una causa u otra, había decepcionado a ambas facciones, y que ya no era útil. O mejor dicho, sólo podía ser útil de una manera: con su muerte a manos de los romanos y convirtiéndose en un mártir que reactivase la causa mesiánica de la liberación de Israel, en realidad: Galilea, la provincia del Norte.
¿Por qué Simón rondaba solo después de la detención de Jesús, lo más cerca posible del palacio de justicia? ¿No tenía miedo de que los policías del Sanedrín le detuviesen? ¿Era por fidelidad a Jesús (su triple negación lo pone en duda), o más bien, por temor a que Jesús fuese liberado y regresase para pedir explicaciones a Simón-Pedro y a su hijo, Judas?
Un político inglés declaró en cierta ocasión que si la traición triunfa, deja de considerarse traición. Seguramente un pensamiento parecido rondaba la cabeza de Simón-Pedro. Si su plan triunfaba, se haría con las riendas del movimiento, pero dejaría un rastro, Judas, su propio hijo, que podía utilizar ese terrible «secreto» para chantajearle, incluso, para obligarle a renunciar, con lo cual, nada habría ganado Simón-Pedro a la postre con su plan. Cuando se conspira para cometer un asesinato de semejante magnitud, y el de Jesús lo era, hay que sopesar muy bien todas las consecuencias y, sobre todo, no dejar rastro, esa es la regla de oro. Por eso, primero Judas Iscariote, y años más tarde su padre, Simón-Pedro, artífice de la conjura, y su tío, Santiago, que tampoco hizo nada por detenerla, fueron a su vez eliminados para que un «iluminado» llamado Saulo-Pablo se convirtiese en el nuevo e indiscutible líder del movimiento mesiánico.
Volvamos nuevamente con Judas, ¿pensaría realmente en suprimir a su padre, Simón-Pedro? No es improbable. En cualquier caso, la espantosa muerte de Judas Iscariote no indignó a su padre, sino que dejó (o sugirió) que se hiciese lo que a los ojos de todos era un acto de justicia y no creemos que Judas viviese más de tres días a contar desde la ejecución de Jesús. Además, parece ser que la esposa de Judas también fue «eliminada», dado que en un antiguo manuscrito, el evangelio de Bartolomé, apócrifo copto del siglo V, se dice que la casa de Judas quedó desierta, o para ser más exactos: «Han dejado su casa desierta». Por consiguiente, no dejaron allí a nadie con vida. Cosa que no era exclusiva de los judíos, pues también Tiberio, emperador romano, no sólo ordenó la muerte de Elio Sejano, sino la de sus dos hijos menores de edad. En el evangelio de Bartolomé se nos precisa además que la esposa de Judas amamantaba a un niño de pocos meses, por lo que deducimos que el infante fue también asesinado. Como lo fue también la hija lactante de Calígula y Cesonia. La costumbre de exterminar familias enteras estaba muy arraigada en la Antigüedad, y no sólo entre los pueblos semitas del Próximo Oriente, también entre los romanos y los griegos.
Aquí abrimos un paréntesis. El evangelio de Bartolomé, en uno de sus fragmentos nos cuenta que el hijo de José de Arimatea, estaba siendo amamantado por la esposa de Judas junto con su propio hijo. El citado manuscrito especifica que José de Arimatea fue a recoger a su hijo a casa de Judas cuando se enteró de la detención de Jesús, luego cabe  suponer, que sabía de antemano lo que iba a suceder en casa de Judas y se adelantó al grupo de sicarios designados por los fanáticos discípulos para hacer justicia con la familia del traidor, y llegó a tiempo para recoger, antes de su llegada, a su propio hijo. Luego, cabe pensar, que José de Arimatea también había conspirado con los hermanos de Jesús, y con el propio padre de Judas, Simón-Pedro, para desembarazarse de Judas Iscariote, su hijo. De ahí el gran desasosiego de Simón-Pedro durante el juicio, no sólo ha traicionado a su hermano, sino a su propio hijo, Judas Iscariote. Pero hay otro detalle que ha pasado inadvertido, si José de Arimatea estaba al corriente de todos los detalles del asesinato, y conocía la identidad de sus autores, lo más inteligente que podía hacer, era tomar a su esposa y a su hijo y poner tierra de por medio. Y ¿cuál era el punto occidental más remoto del Imperio Romano entonces? Pues Britania, que aún no había sido anexionada, faltaban todavía algunos años para que desembarcasen allí las legiones de Claudio al mando de Aulo Plaucio y un joven Vespasiano. El caso fue que José de Arimatea desapareció de los evangelios sin dejar rastro inmediatamente después del «primer entierro» de Jesús, y que una curiosa leyenda popular le situaba en Britania en los años inmediatamente anteriores a la invasión romana. Dejémoslo ahí. 
Por cierto... ¿Cómo se llamaría el hijo de Judas Iscariote? Observaremos que el evangelio de Bartolomé lo presenta en masculino, por lo tanto se trataba de un varón. El árbol genealógico de su padre permite suponer que se llamaría Simón, en virtud de una especie de cadencia en los nombres familiares que la genealogía permite constatar. Veámoslo:
Ezequías-bar…, capturado y crucificado por orden de Herodes el Grande es padre de Judas-bar-Ezequías, alias Judas de Gamala, también llamado «Gabriel» o «Héroe de Dios», caudillo galileo en la revuelta del Censo del año 6 d.C. quien es el padre de Yahoshúa-bar-Judas, que es nuestro Jesús Barrabás, alias Yeshua bar-Abba en su forma aramea-galilea, que vendría a ser, el «Hijo del Padre» o el «Hijo del Hombre» cuya identidad y ascendencia, por seguridad, era preferible omitir: nieto de Judas-bar-Ezequías, e hijo de «Gabriel», el legendario Judas de Gamala, que  «visitó» y «cubrió a la virgen con su Sombra».
Simón-bar-Judas, conocido por varios nombres: Simón la Piedra, o Simón el Pedrero, Simón el Zelote, o Simón el Cananeo, también llamado Simón el Iscariote, es decir, Simón el Sicario, quien es padre de: Judas-bar-Simón, el traidor Judas Iscariote, quien es padre de Simón-bar-Judas, el niño de pecho del que se nos habla en el evangelio de Bartolomé, hermano de leche del hijo de José de Arimatea.
Las identidades de los hijos de los proscritos y perseguidos, se mantenían en secreto por su propia seguridad, cosa más que explicable a tenor de lo ya expuesto. ¿Cómo murieron la esposa de Judas y su hijito? En primer lugar, debemos recordar que estamos tratando con fanáticos religiosos, miembros de esa «cuarta secta» fundada por el rebelde Judas de Gamala y de la que nos habla Flavio Josefo. Son integristas religiosos y exaltados. Y partiendo de ese hecho podemos estar seguros de que también ahí, en la ejecución de la joven esposa de Judas Iscariote y de su hijo, aplicaron el «ritual» acostumbrado en esas circunstancias. Exactamente igual que en el caso de su esposo, el Iscariote, ya que todo eso estaba destinado a servir de ejemplo. Este ritual estaba ya definido en los Salmos (69, 26 y 109, versículos 8 al 12). Ahí se señala que «su morada quedará desierta, y caerá en ruinas». Quizá, los asesinos se llevaron a la mujer y al niño e incendiaron la casa. ¿Cómo fueron asesinados la mujer de Judas y su hijo? Una enigmática frase del mismo Jesús nos pondrá sobre la pista, al evocar discretamente ciertas costumbres de Oriente Medio: «¡Ay entonces de las embarazadas y de las que estén criando en aquellos días!...» (Lucas, 21, 23). Las palabras de Jesús parecen contener una velada amenaza, como siempre dirigida «a aquellos que no se sometan a su voluntad», y la hace extensible a sus esposas e hijos, lo que incluye a la esposa de Judas y a su hijo. Cuando tenía lugar el saqueo de las ciudades conquistadas, era costumbre general de todos los pueblos de esas regiones rajarles el vientre desde el pubis al esternón a las mujeres embarazadas, y luego partir en dos el útero. Y no hace falta remontarse a la Antigüedad para encontrar más ejemplos: fue lo que hicieron en 1915 los soldados turcos que masacraron a los armenios en el llamado «genocidio olvidado».
Regresemos a la Antigüedad. En el caso de las mujeres que estaban criando, o bien hacían lo mismo, es decir, abrirlas en canal, y al niño le aplastaban la cabeza contra una pared, o lo arrojaban bajo la rueda de un carro, o bien (si los vencedores tenían tiempo) lo machacaban en las grandes prensas de aceite y molinos de piedra tan usuales en aquellas tierras. También se dio el caso de adultos que fueron machacados en grandes morteros y molinos de su tamaño. (2Reyes, 8, 12 y 15, 16; Amos, 1, 13; Isaías, 13, 16 y 14, 21); Nahún, 3, 10; Oseas, 10, 14; 14, 1), o bien emplearon un método como el utilizado por la soldadesca de Antíoco IV Epífanes, rey de Siria, que asoló Judea hasta que finalmente fue vencido por los Macabeos; ese método consistía en colgar a los niños por el cuello con una cordón o soga que anudaban al cuello de la madre, quien a su vez era ahorcada en su propia casa, con el fin de hacerla definitivamente impura e inhabitable en consecuencia. Con lo que se daba cumplimiento a la maldición, pues la casa quedaba desierta y en ruinas al cabo de pocos años de permanecer deshabitada. «Colgaban a los niños del cuello de sus madres en todas las casas donde los encontraban…» (1Mac, 1, 61). En el Antiguo Testamento encontramos varios ejemplos de cómo se exterminaba a los pueblos conquistados dando cumplimiento a los designios de Yahvé. Tal fue el caso del rey Saúl, que perdió el favor de Dios por perdonar la vida a un rey enemigo tras vencerle en una batalla.
La pretendida parábola enseñada por Jesús a su salida de Jericó, no es tal, ya que de ella no se desprende ninguna conclusión piadosa, ninguna enseñanza moral, sino más bien todo lo contrario: es una típica arenga guerrera, previa a un combate (¿la toma del Templo?) Quizá. Jesús aplica por su cuenta la desventura de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, a quien los suyos no querían como rey, y que se vio forzado a irse a un país extranjero para recibir allí la investidura necesaria, y que luego, al regresar, pidió cuentas y castigó severamente a quienes se habían opuesto a su reinado. Es probable que la salida de Jericó de Jesús y los suyos («la muchedumbre armada») se acompañara de una ejecución sumarísima de prisioneros, y que, a continuación, sin esa «impedimenta», hubiesen marchado en buen orden hacia la Ciudad Santa. Pero eso era cosa corriente en las costumbres de aquellos tiempos, y nuestros zelotes, que cada vez nos recuerdan más a los fanáticos de Al-Qaeda o a los yihadistas del Estado Islámico, cumplieron las órdenes de su líder sin oponer objeción alguna, ejecutando a aquellos desdichados en nombre de Dios. ¡Desgraciadamente, la siniestra cantinela nos sigue resultando familiar! Pero cuando Jesús se identifica como Arquelao al resumir la aventura de éste tal y como nos relata Lucas (19, 12-19, 27), no conoce más que el comienzo de la historia, ignora todavía que por haber castigado a aquellos que no le querían como rey, Arquelao será desposeído de su trono por el emperador Augusto, y enviado al exilio en la Galia. Incapaz de compartir, al final, lo perderá todo. Por lo tanto, extraemos aquí una última conclusión: la salida de Jericó, la ejecución de los rehenes al más puro estilo yihadista, la marcha sobre Jerusalén, el ataque al Templo –pues de un asalto se trata-, todo ello es anterior al año 6 de la Era común, anterior a la caída de Arquelao, depuesto por Augusto tras la Rebelión del Censo de ese mismo año. Diez años después de la muerte de Herodes el Grande. De modo que en el año 6 de nuestra Era, Judas de Gamala aún vive; y Jesús, su primogénito y heredero, tiene bajo su mando (como los príncipes de la época) una parte de las tropas de su padre.
El episodio del asalto al Templo, tuvo lugar, con toda seguridad, mientras Arquelao se encontraba en Roma para apelar a Augusto y que éste restableciese la integridad territorial del reino heredado de su padre, Herodes el Grande. En ese lapso de tiempo, los disturbios en Judea se habían reiniciado; el país entero se vio sumido en el caos de la guerra civil. Para acabar de empeorar las cosas, dos mil antiguos mercenarios de Herodes, licenciados sin sus pagas, habían atacado a las fuerzas romanas en Judea. Entretanto, Judas de Gamala, el hijo de Ezequías, aquel guerrillero que tantos problemas había causado a Herodes, se apoderó de la plaza fortificada de Séforis en Galilea, y de su arsenal, con el que rearmó a los suyos y se proclamó Mesías o Salvador de Israel.
Por otra parte, es probable que el asalto al Templo de Jerusalén encabezado por Jesús Barrabás, tuviese como objetivo apoderarse del tesoro y del arsenal del mismo. Ambas cosas eran indispensables para poner en marcha una insurrección generalizada: el dinero y las armas. Nos encontramos entre los años 2-3 de la Era común aproximadamente, y Jesús tiene unos veinte años. El episodio del asalto al Templo, forma parte de una revuelta que se extiende por toda la provincia, y conocida como la Revuelta del Censo, que se desatará en el año 6 d.C., protagonizada por un personaje que ahora ya nos es absolutamente familiar, Judas de Gamala, también conocido como «Gabriel, el Héroe de Dios» o «Gabriel, el Ángel de Dios», que para el caso, es absolutamente lo mismo. Podemos suponer que, siguiendo el ejemplo de su padre, Judas de Gamala, al apoderarse primero del arsenal de Séforis y después del tesoro que allí se acumulaba, Jesús intentara hacer lo mismo, durante el asalto al Templo de Jerusalén, incautándose de las armas de la milicia, y, de paso, de la fabulosa fortuna en oro y joyas que albergaba en sus sótanos, y cuya existencia era conocida por todos. Jesús también pudo haber pensado en ello como botín de guerra, para sufragar los gastos de sus huestes, compuestas por vagabundos, criminales, desertores y gente descontenta y desengañada de todo, hombres desesperados que nunca tuvieron oficio o que lo perdieron, y cuyas viviendas habían sido incendiadas por los romanos en el transcurso de sus represalias. Mas sus mesnadas tenían que comer y vestirse, y su lealtad sólo se aseguraba con dinero contante y sonante. Los «milagros» vamos a dejarlos para las lecciones de catecismo y para consumo de los más cándidos. Es muy factible que el asalto al Templo lo hubiesen planificado Jesús y los suyos con bastante antelación, se nos dice en el propio evangelio que a menudo se quedaba mirando los cepillos del Templo, observando la cuantía de los donativos que los peregrinos depositaban en ellos. «Estando sentado enfrente del gazofilacio, observaba cómo la multitud iba echando monedas en el tesoro, y muchos ricos echaban muchas». (Marcos, 12, 41).
Fue durante un ataque posterior al Templo, cuando Jesús fue detenido por los romanos y encarcelado con varios sediciosos, acusados todos ellos de robos, asesinatos y otros desmanes cometidos durante la revuelta, pues es difícil que los romanos se hubiesen dejado sorprender del mismo modo en dos ocasiones consecutivas, y tan próximas en el tiempo la una de la otra. «Había uno llamado Barrabás, encarcelado con sediciosos que en una revuelta habían cometido un homicidio; y subiendo la muchedumbre, comenzó a pedir lo que solía otorgárseles. Pilatos les preguntó diciendo: "¿Queréis que os suelte al Rey de los Judíos?"» (Mateo, 15, 7-9).
Las circunstancias posteriores a la detención de Jesús indican, por otra parte, que de lo que se trataba no era de tomar medidas contra un inofensivo predicador, sino contra un peligroso caudillo rebelde. Y refuerza esta hipótesis el pasaje de Lucas que reproducimos a continuación, como prueba de que en los Olivos se produjo una violenta refriega: «Viendo los que estaban en torno a Él lo que iba a suceder, le dijeron: "¿Herimos con la espada?"» (Lucas, 22, 49).
Luego, todos iban armados. No habían hecho más que seguir la consigna que el propio Jesús les había dado: «Y les añadió: "Pues ahora el que tenga bolsa, tómela, e igualmente las alforjas, y el que no la tenga, venda su manto y compre una espada"». (Lucas, 22, 36). Primera conclusión: los que no tenían espada todavía, constituían una ínfima minoría, puesto que Jesús dijo: «y el que no la tenga [la espada]…», lo cual da entender que «si hay alguien que, por negligencia, no tiene todavía espada…». Segunda conclusión: son suficientes como para plantearse resistir a una tropa de élite como la cohorte de veteranos y a los milicianos del Templo. Estamos muy lejos de los once fieles timoratos, alrededor de un Jesús plañidero y pacífico entregado a la oración. Esta actitud belicosa de hombres armados, agrupados alrededor de su jefe, está bien ilustrada por el célebre pronunciamiento de Jesús: «No he venido a traeros la paz, sino la guerra…» (Lucas, 12, 51). Partiendo de esa premisa, ¿cómo no vamos a considerar como una interpolación posterior (del siglo IV, casi con toda seguridad) la frase «quien a hierro mata, a hierro muere…», si está en contradicción absoluta con las instrucciones dadas por Jesús a sus seguidores en el sentido de armarse, si es preciso aún a costa de vender sus ropas, y hasta sus alforjas? A menos que supongamos que era inconsecuente, o que se burlaba de sus fieles. Lo cual no se sostiene. ¿O sí?…

Jesús se muestra incómodo cuando es interpelado por la mujer siriofenicia

sábado, 12 de mayo de 2018

Del imperio medo al persa


En el año 653 a.C., Ciáxares subió al trono como sucesor de Fraortes, su padre. Este joven rey, valiente, emprendedor y ambicioso, habría de trastornar con sus hazañas el orden político establecido en la región. Se dedicó a reorganizar su ejército mediante la creación de cuerpos formados por tropas escogidas, divididas en cuerpos de lanceros, arqueros y tropas de caballería. Ese mismo año se lanzó contra Nínive, a la cabeza de un poderoso ejército para vengar la muerte de su padre. Sin embargo, de acuerdo con lo que consigna Heródoto, mientras asediaba la capital asiria, las tropas escitas conducidas por el rey Madias, aliado de los asirios, lo atacaron y derrotaron. Este episodio marcó el inicio de un periodo que duró veintiocho años, en el cual los escitas dominaron en Media (653–625 a.C.). Cuando Ciáxares consiguió finalmente expulsar de su reino a los invasores, resolvió que Ecbatana fuera definitivamente la capital de los medos. Esta ciudad, según el historiador griego, había sido fundada por Deyoces. Por lo demás, Ciáxares no había abandonado sus proyectos de conquista de Asiria, y con este propósito concertó una alianza con el rey babilonio Nabopolasar, cuyo hijo, Nabucodonosor II, para cimentar esa alianza, recibió por esposa a una princesa meda. La unión de las fuerzas medas y babilonias marcó el fin de Asiria: en el 614, los medos conquistaron Assur, y en 612, los medos y babilonios destruyeron Nínive. La caída de la capital asiria produjo gran conmoción en todo el Próximo Oriente y hasta en la Biblia hallamos ecos de este episodio trascendental.
En tiempos del faraón Psamétiq I, los egipcios, conscientes de la necesidad de contener el avance de los medos y babilonios, que podían poner en peligro también su territorio, acudieron en ayuda de los asirios, pero, a su vez, fueron derrotados por las tropas de Nabucodonosor II en Karkemish. El súbito revés de sus ocasionales aliados selló la definitiva desaparición de los asirios de la Historia.
Lograda la primera victoria importante, Ciáxares quiso extender sus conquistas y sometió a los cadusos, que habitaban en las costas meridionales del mar Caspio, posteriormente a las poblaciones de Armenia, prosiguiendo después hacia el Este, a través de Capadocia, hasta las orillas del río Halys, tras el cual se extendía Lidia gobernada por el rey Ayates (617–583 a.C.). 
Heródoto hace una relación legendaria de las causas de la guerra contra los lidios y narra que hallándose un grupo de escitas en la corte de Ciáxares como instructores de sus hijos, fueron duramente ofendidos por el rey medo al no haber traído para agasajarles presa alguna de una batida de caza. Los escitas se vengaron cruelmente del escarnio dando muerte a uno de los hijos del rey y ofreciéndoselo como alimento a su padre, después de haberlo cocinado y huyeron, refugiándose junto a Ayates. Ante la negativa de éste de entregarle los fugitivos, Ciáxares le declaró la guerra. Con toda probabilidad, la versión de Heródoto es legendaria. No obstante, el conflicto tuvo lugar y se prolongó por espacio de cinco años hasta la llamada «batalla del eclipse», que se libró el 28 de mayo del año 585 a.C., y en la que no hubo vencedores ni vencidos. Entonces, mediante la intervención del rey babilonio, se estipuló un acuerdo sobre la base del cual se fijaron los confines entre Media y Lidia, delimitados por el río Halys, y se selló la paz con el matrimonio entre la hija de Ayates y el hijo de Ciáxares, Astiages. De esta manera el poder de los medos fue una realidad: con los lidios, egipcios y babilonios se dividieron el dominio de todo el Próximo Oriente. El imperio medo poseía los territorios más extensos y el ejército más aguerrido. Los babilonios sabían esto muy bien y, aunque sus relaciones con Ciáxares y su sucesor Astiages fueron amistosas, temían que tarde o temprano se llegaría a un enfrentamiento armado con sus poderosos vecinos y, por lo tanto, tuvieron la precaución de levantar fortificaciones a lo largo de la línea de demarcación nororiental.
Lamentablemente, es poco lo que se sabe acerca de la organización del imperio medo, pero podemos conjeturar que tuvo características parecidas a las del imperio asirio. De este último posiblemente se imitó la subdivisión en provincias con gobernadores que con el tiempo se transformaron en las satrapías. Asimismo, los testimonios arqueológicos de la arquitectura son muy pocos, pues consisten únicamente en algunas tumbas rupestres, las primeras de este tipo descubiertas en el altiplano, que anticipan los mismos rasgos distintivos que más tarde serían propios de las tumbas de Darío y sus sucesores. Esta escasez de datos se agrava por el hecho de que no todos los estudiosos coinciden en atribuir tales monumentos al periodo del imperio medo. En cuanto a la apariencia física de los medos y su manera de vestir, conviene referirse a los relieves del palacio de Persépolis, aunque es casi un siglo posterior a los acontecimientos que acabamos de narrar.
En todos estos relieves ostentan largas barbas y cabellos cuidadosamente rizados, visten una corta túnica, ceñida con un cinturón, sobre pantalones de piel; llevan en la cabeza un gorro cónico de fieltro, con un lazo, y en los pies, calzado de cuero. Seguramente hubo entre ellos orfebres de gran talento, que Darío llamó para la decoración del nuevo palacio de Susa. El «tesoro de Oxus», que fue hallado en los alrededores del río homónimo, en Bactriana, puede darnos una idea de la orfebrería meda. A pesar de las escasas noticias acerca del imperio medo, se puede afirmar, sin embargo, que la civilización que desarrolló este pueblo cumplió una importante función de enlace entre la cultura autóctona del altiplano, la cultura elamita, escita, asiria y la del futuro imperio aqueménida.

Expansión de los persas

El pequeño Estado persa que se construyó durante el reinado de Aquemenes y de su hijo Teispes, pudo expandirse mientras transcurrían los veintiocho años de la dominación escita en Media y anexionar la provincia de Parsa, o sea, la actual Fars, a sus dominios, que comprendían ya la región de Anzán. A la muerte de Teispes, el reino se dividió entre sus dos hijos: Ariaramne, rey de Parsa, y Ciro I, rey de Parsumash. De Ariaramne una tablilla de oro, escrita en lengua persa antigua, que se halló en Hamadán, en la cual de proclama «Rey de Parsa, Gran Rey o Rey de Reyes», en tanto que a su hermano Ciro le quedó el título de «Gran Rey de la ciudad de Anzán». Algunos eruditos no creen que la tablilla sea auténtica y consideran que es de época posterior, tal vez rehecha en tiempos de Artajerjes II.
En el mismo periodo durante el cual reinaron Ariaramne y Ciro I, el monarca asirio Asurbanipal decidió sofocar de una vez por todas la rebelión de los levantiscos elamitas, que habían destronado a un soberano que les era fiel, avanzó con su poderoso ejército sobre Susa, que fue totalmente destruida en el 649 a.C. En el curso de esta misma campaña punitiva, el ejército asirio llegó hasta las fronteras de Parsumash, cuyo rey Ciro I fue sojuzgado y obligado a entregar como rehén a su hijo Araku.
Un cuarto de siglo más tarde, en el –612, las tropas de los medos y los babilonios, sus aliados, apoderaron de Nínive reduciéndola a cenizas, pero a los persas no les había llegado aún el momento de su completa independencia, dado que el medo Ciáxares impuso a los reinos aqueménidas su propia soberanía, si bien dejó en el trono a los dinastas locales, que le juraron obediencia en calidad de reyes vasallos. El sucesor de Ariaramne fue su hijo Arsames, de quien se conoce una segunda tablilla de oro, también encontrada en Hamadán, donde se proclama rey de Parsa. Arsames conservó su dominio hasta que fue destronado por Cambises I, sucesor de Ciro I, quien reunificó bajo su autoridad, como en tiempos de Teispes, los reinos de Anzán y Parsa.
La unión matrimonial de Cambises I con Mandana, hija de Astiages, estableció lazos más estrechos entre el reino aqueménida y el poderoso imperio medo. De este matrimonio nació Ciro II, que era, por lo tanto, nieto de Astiages. Tenemos abundantes noticias sobre su vida: se trata, sin embargo, de documentos muy alterados por el halo de leyenda que rodeó muy pronto a la figura del fundador del imperio aqueménida. Las fuentes griegas de Heródoto y Ctesias ofrecen versiones completamente distintas acerca del nacimiento y la infancia de Ciro: la información de Heródoto contiene elementos claramente legendarios y típicos de las narraciones fabulosas acerca de los orígenes de los monarcas asiáticos que fundaron las grandes dinastías.
En efecto, este autor cuenta que Astiages, después de un sueño que presagiaba que sería destronado por su nieto, ordenó a su ministro Harpago que matara al niño. Harpago, no queriendo manchar sus manos de sangre, entregó el recién nacido a un pastor para que lo abandonara en las montañas y fuera devorado por las alimañas. Mas tampoco el pastor cumplió el terrible encargo y prefirió criar a su lado al pequeño Ciro, abandonando en cambio en el bosque el cuerpecito de su propio hijo, que su esposa Spako (nombre que en medo significa «perra») había alumbrado muerto. Cuando Ciro contaba diez años, jugando con otros niños que le habían asignado el papel de rey, injurió y golpeó al hijo de un dignatario y por esta razón fue llevado a presencia de Astiages en compañía de su padre adoptivo: a raíz del altivo comportamiento del muchacho y por ciertos rasgos de su rostro el rey reconoció en él a su nieto y resolvió que viviera en la corte. En esta narración es fácil reconocer elementos que reaparecen con escasas variantes en los relatos del nacimiento de Moisés y Rómulo y Remo. La diferencia estriba en que la figura de Ciro es histórica, y las otras son legendarias. Heródoto atribuye además al medo Harpago la iniciativa de instigar al joven Ciro a la rebelión contra Astiages. En efecto, el consejero real, duramente castigado por el soberano a causa de haber desobedecido sus órdenes de asesinar a Ciro cuando era niño, habría incitado al joven a intitularse caudillo de los persas y marchar contra los medos.
Ctesias, médico griego de cierto renombre que ejerció su oficio en la corte aqueménida entre los años 404 y 397 a.C., refiere en cambio otra tradición, según la cual Ciro era hijo de un bandido persa y de una mujer de humilde origen y no tenía lazo de parentesco alguno con Astiages. Después de obtener un cargo de escasa relevancia en la corte meda, organizó una revuelta, destituyó a Astiages y contrajo matrimonio con su hija Amitis. El escritor griego Jenofonte, en su Ciropedia, hace caso omiso del relato de Heródoto, pero reconoce en Ciro al nieto de Astiages, si bien menciona a un tal Ciáxares que posiblemente habría reinado antes de que el príncipe persa tomara el poder.
Más allá de la leyenda sobre la infancia de Ciro, existe la seguridad de que el advenimiento al trono de Anzán se produjo en el año –539 y que durante algún tiempo fue vasallo de los medos. Ciro consiguió unificar bajo su gobierno a las diversas tribus que constituían la nación persa y mandó que se construyera en Parsa la nueva capital del reino, que se llamó Pasárgada. Estas empresas indican su clara voluntad de emanciparse del dominio medo, que se hizo más evidente cuando el joven rey se negó a trasladarse a Ecbatana, donde lo había convocado Astiages. Justamente por aquellos días, el soberano babilonio Nabínides, aprovechando las dificultades de los medos en sus relaciones con los persas, se lanzó a la conquista de Harrán, ciudad asiria que Ciáxares había tomado en el 610 a.C. Esta plaza, particularmente querida por Nabínides por ser su tierra de origen y sede del culto al dios Isín, del que era devoto, cayó en poder de los babilonios en el –556. Entre tanto, Ciro se había rebelado abiertamente contra los medos; tras varios años de guerra, y con la ayuda de las tropas medas que se pasaron a su bando, se apoderó de Ecbatana y depuso a Astiages en el año 550 a.C., concediendo al monarca destronado un trato benévolo.
Es probable que Ciro obtuviese su primer éxito importante en sus campañas militares, mediante las cuales anexionó a sus dominios los territorios orientales de Bactriana, Drangiana, Aracosia y Margiana, sometiendo a los pueblos seminómadas que vivían en la región comprendida entre el río Oxo y el Ixastes. Maracanda era la capital de estas comarcas, convirtiéndose muchos siglos después en la fabulosa Samarcanda medieval, transformada en una plaza fortificada para defender los límites orientales del imperio. También durante este periodo se produjo la anexión de Partia e Hircania, que antaño habían integrado los dominios de los medos y que fueron reunidas en una sola satrapía bajo el gobierno de Histaspes, hijo de Arsames, príncipe de la segunda rama de los Aqueménidas y padre del rey de Persia, Darío I (522–486 a.C.).
Mientras Ciro lograba reforzar sus fronteras orientales, en el otro extremo del imperio, Creso, rey de Lidia, quiso reconquistar los territorios que le habían sido arrebatados por Ciáxares, y con el pretexto de vengar a su hermano político Astiages atravesó el río Halys al frente de sus tropas. Cuando llegaba a Ecbatana la noticia de la invasión de los lidios, Ciro reunió su ejército, y en la primavera del año –547 inició la marcha para aproximarse al enemigo, lo que no tardó en convertirse en una verdadera campaña de conquista. En efecto, el ejército persa cruzó Asiria, ocupó Assur, su capital, y organizó la región en satrapías, instalando en Arbelas la nueva capital; inclusive Armenia, que ya era vasalla de los medos, y Siria septentrional, tomada a los babilonios, fueron ocupadas por las tropas persas, en tanto que, al acercarse Ciro, el rey de Cilicia protagonizó un espontáneo acto de sumisión y logró así salvar el trono tras el pago de un fuerte tributo.
Cuando los persas arribaron finalmente a Anatolia y se produjeron las primeras escaramuzas con los lidios, los acontecimientos se desarrollaron precipitadamente y la situación de Creso fue ésta: después de una infructuosa batalla librada en Pteria, cerca de la ribera del Halys, se retiró a su capital, Sardes, con intención de reorganizar su ejército y esperar allí el auxilio de los egipcios, los babilonios y los mercenarios espartanos que se habían convertido en sus aliados. Dado que se aproximaba el invierno, Cresó pensó que los persas aguardarían a la primavera para lanzar su ataque y que, por lo tanto, los refuerzos llegarían a tiempo. Ciro, sin embargo, muy sagazmente, persiguió al enemigo obligándole a entablar combate en la llanura anterior a Sardes. La resistencia que opuso la reputada caballería lidia fue vana; los corceles se encabritaron a la vista de los camellos y mulas que los medos situaron astutamente en primera línea. Creso no tuvo más remedio que encerrarse en la ciudad para defenderla. Después de un asedio que duró catorce días, Sardes fue tomada al asalto y Creso fue hecho prisionero.
Existen dos versiones distintas acerca del fin que tuvo el rey lidio: según lo relata Heródoto, Ciro decidió quemarlo vivo en la hoguera, pero cuando las llamas eran ya demasiado altas para salvarlo, se arrepintió de su actitud y solo una lluvia torrencial que envió el dios Apolo, apagando las llamas, permitió que Creso se salvara para convertirse, después, en el más fiel e íntimo consejero de Ciro, y hasta de su sucesor, Cambises. En cambio, en la versión que se ofrece en las crónicas del rey babilonio Nabónido, Creso fue asesinado.
Después de transformar Lidia en una satrapía, confiada al persa Tabales, se le presentó a Ciro el problema de cuál debía ser su actitud frente las colonias griegas del Asia Menor. De hecho, con posterioridad a la victoria persa, estas ciudades habían enviado sus embajadas a Ciro rogando que les permitiera mantener su independencia a cambio del pago de un sustancioso tributo. No obstante, el soberano rechazó esta propuesta y recordó a los griegos que antes de la derrota de Creso él les había pedido su alianza y que todas las ciudades, salvo Mileto, respondieron negativamente. Ante este rechazo, los jonios se dirigieron a Esparta solicitándole que interviniera declarando la guerra a los persas. Era una petición absurda, que obviamente los espartanos no tomaron en consideración, limitándose a enviar al rey aqueménida una embajada que conminaba a Ciro, estupefacto ante tamaño atrevimiento de parte de los dignatarios de un pequeño reino de ultramar, que no emprendiera acciones bélicas contra colonia o ciudad griega alguna. Según refiere Heródoto, su desdeñosa respuesta fue que jamás había temido a «hombres de esa clase, que escogen un lugar en medio de la ciudad para reunirse y confundirse unos con otros con juramentos», queriendo aludir con esto a la costumbre de los griegos de congregarse en la plaza (ágora) centro de la vida pública y comercial, y terminó anunciando desventuras a los griegos si osaban defender las ciudades jónicas de Asia.
Posiblemente en ese momento se sembraron las semillas de las futuras Guerras Médicas, pero entonces Ciro se vio obligado a retornar a Ecbatana, donde lo reclamaba la necesidad de organizar una campaña punitiva contra los babilonios y los egipcios, cuya osadía aumentaba en los confines del imperio. Se encomendó al general medo Mazares la tarea de someter a las ciudades griegas, en tanto que al lidio Pactias le correspondió la misión de transportar a Irán el fabuloso tesoro acumulado por Creso. Pactias hizo uso de las inmensas riquezas que la confianza del soberano pusiera a su disposición para hacer que los lidios se sublevaran contra el sátrapa Tabales, sitiado en la acrópolis de Sardes. Mazares debió acudir en su auxilio y aplastó la revuelta en breve tiempo, imponiendo después a los lidios el desarme completo. Pactias, fugitivo, se ocultó primero en Cumas, después en la isla de Mitilene y, por último, en Quíos, cuyos habitantes lo entregaron a los persas. Arpago, sucesor de Mazares, muerto a causa de una enfermedad, fue quien sojuzgó una a una las ciudades jónicas y también a Caria y Licia, cuyos defensores opusieron una encarnizada resistencia hasta que, asediados sin esperanza en la acrópolis de Xanto, y decididos a no rendirse, se dieron muerte entre ellos, provocando en la ciudad un colosal incendio.
En consecuencia, el primer enfrentamiento entre griegos y persas tuvo lugar en Asia Menor y se resolvió a favor de estos últimos: Ciro impuso su dominio a las ciudades jónicas y eólicas obligándolas a pagar un oneroso tributo; sin embargo, la actividad económica de estas ciudades que conocían por primera vez una dominación extranjera no fue sofocada y continuaron con sus actividades comerciales sin que los persas interfiriesen. Frente a esta actitud permisiva y conciliadora de los conquistadores, la posición inicial de rechazo de toda propuesta de alianza con los persas halló numerosos opositores dentro de las ciudades griegas, sobre todo entre los mercaderes y comerciantes, quienes veían con buenos ojos la posibilidad que se les brindaba de extender sus áreas de actuación comercial a un territorio sin límites como lo era el imperio persa. Ciro se mostró muy hábil y utilizó como palanca estas disensiones para reforzar mediante una acción de fuerza la política tendente a aumentar sus partidarios entre los griegos. Obtuvo este resultado, en gran medida, corrompiendo a muchos prohombres, poderosa herramienta disuasoria a la que no fueron insensibles ni siquiera los sacerdotes, que pronunciaron, por lo menos en dos ocasiones, vaticinios favorables a los persas. Esto sucedió por primera vez cuando el famosísimo Oráculo de Delfos aconsejó a los habitantes Cnido que se rindieron a los soldados de Arpago, y, en la segunda ocasión, el Oráculo de Mileto animó a los habitantes de Cumas para que Pactias fuera entregado al persa Mazares.

Soldados asirios (siglo VII a.C.)

viernes, 11 de mayo de 2018

Lenguas empleadas en las diferentes etapas del antiguo Egipto


La economía de Egipto se basaba primordialmente en la agricultura. La vida dependía de los cultivos de las tierras inundadas por el río Nilo. Tenían un sistema de diques, estanques y canales de riego que se extendían por todas las tierras de cultivo. En las riberas del Nilo los campesinos egipcios cultivaban muchas clases de cereales. El grano cosechado se guardaba en graneros y luego se usaba para elaborar pan y cerveza. Las cosechas principales eran de trigo, cebada y lino. La agricultura estaba centrada en el ciclo del Nilo. Había tres estaciones: Akhet, Peret, y Shemu. Akhet, la estación de la inundación, duraba de junio a septiembre. Después de la inundación quedaba una capa de limo en los bancos, enriqueciendo la tierra para la cosecha siguiente. En Peret, la estación de la siembra entre octubre y febrero, los granjeros esperaban hasta que se drenaba el agua, y araban y sembraban el rico suelo. Acabada la labor, irrigaban usando diques y canales. Seguía Shemu, la estación de la cosecha de marzo a mayo, cuando se recolectaba con hoces de madera. En los huertos se cultivaban guisantes (arveja), lentejas, cebolla, puerros, pepinos y lechugas, además de uvas, dátiles, higos y granadas. Entre los animales que criaban por su carne, se encuentran los cerdos, ovejas, cabras, gansos y patos.
Los egipcios cultivaban más alimentos de los que necesitaban, y hacían intercambio de sus productos. Algunas de las materias que ellos importaban de territorios extranjeros eran el incienso, la plata y madera de cedro. Gran parte del los productos del comercio egipcio se transportaba en barcos, por el Nilo y el Mediterráneo. Durante la mayor parte de su existencia, unos tres milenios, el antiguo Egipto fue el país más rico del mundo.
Las transacciones comerciales de los antiguos egipcios no se limitaban al intercambio de productos agrícolas o de materias primas, sino que también hay constancia de expediciones para nutrir de bienes ornamentales y joyas el tesoro real de los faraones, y de actividades de venta de esclavos, e incluso de los propios cargos administrativos o de servicio en los templos. En el antiguo Egipto existía la figura de los shutiu, una especie de agentes comerciales que efectuaban actividades de compraventa al servicio de las grandes instituciones faraónicas (templos, palacio real, grandes explotaciones de la corona, etcétera). También podían vender esclavos a particulares, o podían realizar transacciones comerciales al margen de las instituciones en provecho propio. Las casi 200 tablillas de arcilla y las numerosas inscripciones descubiertas por los arqueólogos en la antigua ciudad de Balat demuestran que esta localidad, situada en pleno Sáhara egipcio, fue utilizada como base de operaciones y punto de abastecimiento a las expediciones comerciales enviadas por los faraones hacia el corazón de África a finales del III milenio a.C. Desde este enclave en el oasis de Dajla partirían expediciones compuestas por unos 400 hombres, cuyo objetivo era buscar un pigmento que una vez obtenido se enviaba mediante caravanas al valle del Nilo. La ruta estaba marcada desde épocas antiquísimas como prueba la presencia de depósitos de jarras situados a intervalos de 30 kilómetros en el desierto, que llegan hasta Gil el-Kebir en el extremo sudoccidental de Egipto. Se desconoce hasta dónde llegaba la ruta, aunque los especialistas aceptan como hipótesis más probable que llegase hasta la zona del lago Chad.

Egipcio antiguo (3000–2000 a.C.)

Es la lengua del Imperio Antiguo y del primer Período Intermedio. Los textos de las pirámides son el cuerpo mayor de la literatura de esta fase, escritos en las paredes de las tumbas de la aristocracia, que a partir de este periodo también muestran escrituras autobiográficas. Una de las características que lo distinguen es la triple mezcla de ideogramas, fonogramas y de determinativos para indicar el plural. No tiene grandes diferencias con la etapa siguiente.

Egipcio clásico (2000–1300 a.C.)

Esta etapa, llamada también media, se conoce por una variedad de textos en escrituras jeroglífica y hierática, datadas en el Imperio Medio. Incluyen los textos funerarios inscritos en los ataúdes tales como los Textos de los Sarcófagos; textos que explican cómo conducirse en la otra vida, y que ejemplifican el punto de vista filosófico egipcio (véase el «Papiro de Ipuur»); cuentos que detallan las aventuras de ciertos individuos, por ejemplo la «Historia de Sinuhé»; textos médicos y científicos tales como el «Papiro Edwin Smith» y el «Papiro de Ebers»; y textos poéticos que elogian a un dios o a un faraón, tales como el «Himno al Nilo». El idioma vernáculo comenzó a diferenciarse de la lengua escrita tal como evidencian algunos textos hieráticos del Imperio Medio, pero el egipcio clásico continuó siendo usado en los escritos formales hasta el último periodo dinástico.

Egipcio tardío (1300–700 a.C.)

Aparecen documentos de esta etapa en la segunda parte del Imperio Nuevo. Forman un amplio conjunto de textos de literatura religiosa y secular, abarcando ejemplos famosos tales como la Historia de Unamón (Wenamun) y las Instrucciones del Ani. Era la lengua de la administración Ramésida. No es totalmente distinto del egipcio medio, ya que aparecen muchos clasicismos en los documentos históricos y literarios de esta época, sin embargo, la diferencia entre el clásico y el tardío es mayor que entre aquél y el antiguo. También representa mejor la lengua hablada desde el Imperio Nuevo. La ortografía jeroglífica consiguió una gran expansión de su inventario gráfico entre el periodo Tardío y el Ptolemaico.

Egipcio demótico (siglo VII–siglo IV a.C.)

La lengua demótica es cronológicamente la última, se comenzó a usar alrededor del 660 a.C. y se convirtió en la escritura dominante cerca del 600 a.C., usándose con fines económicos y literarios. En contraste con el hierático, que solía escribirse en papiros, el demótico se grababa además en piedra y madera. En los textos escritos en etapas anteriores, probablemente representó el idioma hablado de la época. Pero al ser utilizada profusamente solo con propósitos literarios y religiosos, la lengua escrita divergió cada vez más de la forma hablada, dando a los últimos textos demóticos un carácter artificial, similar al uso del egipcio medio clásico durante el periodo Ptolemaico. A inicios del siglo IV a.C. comenzó a ser reemplazado por el idioma griego en los textos oficiales: el último uso que se conoce es del año 452 d.C., sobre los muros del templo de Isis en File. Comparte mucho con la lengua copta posterior.

Griego (305–30 a.C.)

Fue el idioma de la corte tras la conquista de Alejandro, el dialecto koiné o «lengua común» era una variante del ático utilizada en el mundo helenístico, y que en Egipto convivió con el copto.