domingo, 14 de octubre de 2018

Apogeo y decadencia de los asirios


Mientras se iniciaba en Babilonia la decadencia de la monarquía instaurada por Hammurabi, en la parte septentrional de Mesopotamia se afirmaba el poderío militar de los temibles asirios durante el gobierno del rey Samsiadad I. Sin embargo, habrían de transcurrir aún muchos siglos antes de que los asirios pudiesen establecer su hegemonía en la región debido a sus continuas guerras con los casitas y después con los mitannios. Pero hacia el siglo XIII a.C., coincidiendo con el reinado del faraón Ramsés II, los asirios ya eran una potencia militar a tener en cuenta que iba a tomar el relevo de los hititas e iban a derrotar a los mitannios en tiempos del gran rey Asurubalit, la conquista de Babilonia por Adadnarani y la fundación de Nemrod por Salmanasar I. A finales del II milenio a.C. el poderío de los asirios resurgió después de un largo periodo de enfrentamientos con Babilonia, del que no siempre salieron victoriosos. Primero establecieron su hegemonía dentro de sus confines geográficos librándose de cualquier dependencia respecto de otros pueblos e iniciando después exitosas expediciones militares más allá de Mesopotamia. Aún hoy asombra el relato de las hazañas llevadas a cabo por los reyes asirios que aparecen registrados en sus anales. Éstos nos cuentan cómo destruyeron el reino de Israel en 722 a.C., o que ni siquiera los egipcios pudieron resistir en 671 a.C. la embestida de los ejércitos de Asarhadón, o cómo Sargón logró edificar en sólo seis años una espléndida capital, donde antes había un desierto; nos hablan de la orden que impartió Asurbanipal de llevar a Nínive, con destino a su biblioteca, todos los textos que pudieran recogerse dentro y fuera de las extensas fronteras de su imperio.
La «Cautividad de Nínive» es la denominación de los hechos narrados en la Biblia, según los cuales, los israelitas fueron deportados a Nínive tras la conquista de su país por los asirios bajo Tiglatpileser III y Salmanasar V. Los posteriores reyes asirios Sargón II y su sucesor, Senaquerib, dieron fin al exilio, que duró unos veintidós años a partir del 722 a.C. Supuestamente, durante este cautiverio, las diez tribus de Israel desaparecieron al mezclarse con los asirios y otros pueblos semitas y, además, muchos se entregaron a la idolatría y mantuvieron su nueva religión cuando regresaron a su tierra. Este episodio no afectó al reino de Judá, aunque Jerusalén fue asediada. Más tarde, sin embargo, la capital sería conquistada por el rey Nabucodonosor y comenzaría el «Cautiverio de Babilonia» que recoge la Biblia.
No obstante, apenas unos años después de la muerte del gran rey Sargón II, sucedió lo que nadie esperaba: los medos, un pueblo seminómada que procedía de más allá de los montes Zagros, atacó y destruyó Nínive en el 612 a.C. a partir de entonces de los asirios sólo quedaría el recuerdo, aunque buena parte de su legado cultural fue asimilado por Babilonia.
La fabulosa ciudad de Nínive estaba en la orilla oriental del Tigris, y el primer asentamiento se remonta alrededor del año 6000 a.C., y hacia el inicio del II milenio la ciudad ya era un importante centro de culto de Isthar, diosa de la fertilidad. El gran rey Senaquerib —que reinó entre los años 704 y 681 a.C. — transformó Nínive en una ciudad magnífica, con nuevas calles, plazas y un sistema de canales dentro del recinto amurallado, y construyó un palacio enorme y espléndido. Después de que Nínive cayera ante los medos y los babilonios en el año 612 a. C., la ciudad fue destruida y nunca recuperó su esplendor de antaño.
León alado asirio


¿Se construirá el tercer templo judío en Jerusalén?


En caso de erigirse un nuevo templo judío en Jerusalén, sería el cuarto y no el tercero como suele decirse. El primer templo fue construido entre los años 962-965 a.C. en tiempos del rey Salomón. En el –922, cuatro años después de la muerte del monarca y de la escisión del reino, el templo fue saqueado por el faraón Scheschonk que se llevó el Arca de la Alianza custodiada en el sanctasanctórum. El Arca jamás fue recuperada.
En el año –722 los asirios toman Samaria sellando el fin del reino de Israel. El año –609 se libra la batalla de Megiddo en la que el rey Josías de Judá es derrotado y muerto por las tropas del faraón Necao. En el año –594 el rey Sedecías firmó un tratado de alianza con Egipto contra Babilonia y en el –587 las tropas babilónicas del rey Nabucodonosor tomaron Jerusalén tras dos años de asedio y destruyeron el primer Templo, el de Salomón. Este hecho marca el fin del reino de Judá y la deportación de los judíos supervivientes a Babilonia.
Ciro el Grande de Persia conquista Babilonia derrotando al rey Nabónido y decreta un edicto en –538 autorizando a los judíos a regresar a Jerusalén. Hacia el –520 Zorobabel es nombrado gobernador y ordena la construcción del segundo Templo, mucho más modesto que el de Salomón. El Templo es consagrado en –515. La dominación persa se extendió entre los años –538 y –336, cuando Alejandro de Macedonia hizo su aparición en la región. La época denominada helenística se prolongará hasta la intervención de Pompeyo el Grande en –63.
A la muerte de Alejandro (–323) los diadocos (generales) se reparten el imperio y Palestina caerá sucesivamente bajo la influencia de los seléucidas de Siria y los ptolomeos de Egipto. En –169 Antíoco de Siria saquea el Templo y un año después (–168) Apolonio lo destruye parcialmente y arrasa Jerusalén prohibiendo el culto judío y realizando sacrificios paganos en el Templo. En –167 Judas Macabeo inicia la rebelión contra los grecosirios de Antíoco IV Epifanes. En –165 Lisias devuelve Jerusalén a Judas Macabeo, menos la ciudadela. Nueva consagración del Templo.
A la muerte del Macabeo se sucede un periodo convulso marcado por las guerras civiles que culminará con la intervención romana en –63. De esa época destaca Herodes el Grande que reinará entre los años –37 y –4 y ordenará la construcción del tercer Templo, aunque se suele identificar con el segundo y su reinado, hasta la destrucción del Templo y la caída de Jerusalén en 70 se conoce como «época del segundo Templo».
Entre los años 133-135 tuvo lugar la revuelta de Simón bar Kochba, el «Hijo de la Estrella» el último mesías de Israel, así fue reconocido (ungido) al menos por el rabino Akiva. Simón fue derrotado y muerto por las tropas de Adriano y Akiva fue quemado vivo con los rollos de la Ley sujetados alrededor del cuerpo. Después el emperador ordenó la diáspora o dispersión de los judíos por el Imperio y Judea pasó a denominarse Palestina para borrar la memoria de los judíos en la región.
En el año 363, poco antes de iniciar su campaña contra los partos, el emperador pagano Juliano propuso a los líderes religiosos judíos iniciar una cuestación para sufragar las obras de reconstrucción del Templo. La fuerte oposición de los cristianos y la muerte prematura del joven augusto impidieron culminar su proyecto.
En 614 Jerusalén fue destruida por los persas del rey Cosroes II y en 637 la ciudad santa fue conquistada por los árabes poniendo fin a la dominación romana. En 1099 Jerusalén fue ocupada por los cruzados y en 1184 Saladino la recuperó para los musulmanes. Los mongoles la destruyeron nuevamente en el siglo XIII. Después la ciudad perteneció al imperio otomano hasta 1917.

Las tropas romanas toman Jerusalén y destruyen el Templo en el año 70


sábado, 13 de octubre de 2018

¿Escribió el propio Jesús el Libro del Apocalipsis?


El Apocalipsis es el último libro de la Biblia y no ha dejado de suscitar polémicas desde su aparición. El término Apocalipsis deriva de una palabra griega que significa Revelación. El Concilio de Trento celebrado en 1545 lo catalogó entre los textos canónicos de la Iglesia católica. No obstante, otras Iglesias cristianas no vinculadas a Roma continúan rechazándolo, siguiendo así una antiquísima tradición. Orígenes (†254) lo ignora; Eusebio de Cesarea (†340), aunque sin atreverse a tomar partido abiertamente, cita extensamente en su obra las objeciones de Dionisio de Alejandría (†261) y proporciona todos sus argumentos contra el carácter apostólico del Apocalipsis. Más adelante, el Concilio de Laodicea (362), celebrado en tiempos de Juliano el Apóstata, el último emperador pagano, se niega a inscribirlo en el Canon de la Iglesia romana. Otros distinguidos padres conciliares como Juan Crisóstomo (†407) y Teodoredo no mencionan el Apocalipsis y San Jerónimo (†420), autor de la Vulgata, adopta una posición semejante a la de Eusebio de Cesarea.
Según la tradición el Apocalipsis es el relato de la visión extática que tuvo el apóstol Juan durante su exilio en la isla de Patmos en tiempos del emperador Domiciano (81-96), de ahí el término Revelación. Resulta sorprendente que una visión de semejante extensión fuese recordada con todo lujo de detalles por el autor del Apocalipsis al despertar de su sueño. El texto relata de forma bastante precisa en gran incendio de Roma registrado en el año 64, en tiempos de Nerón, y la destrucción del Templo de Jerusalén seis años después (70). El primero aparece en el capítulo 18, y la segunda en el capítulo 11. En cuanto a las «Cartas a las Siete Iglesias» (capítulos 2 y 3), éstas habían existido primitivamente, antes de la redacción del Apocalipsis, pero de forma separada. La lectura del Apocalipsis conduce a ciertas reflexiones a poco que nos fijemos en el texto que, según se supone generalmente, fue redactado en torno al año 95 en Patmos por el apóstol Juan, el discípulo amado, que sería también autor de uno de los evangelios canónicos y que, sin embargo, parece ignorarlo todo acerca del movimiento cristiano original del que él mismo habría formado parte. Tampoco menciona a los demás apóstoles designados por Jesús como guías de la Iglesia naciente. No se refiere a Pedro, como jefe del movimiento mesiánico; ignora la existencia de Pablo, su misión, su papel relevante y su muerte en Roma en el año 67. Esto tampoco es tan extraño dado que Pablo no fue uno de los setenta y dos apóstoles originales. Asimismo, Juan ignora las Epístolas de Pablo, que a finales del siglo I ya circulaban por todas las Iglesias de Asia Menor y Siria.
Si todo esto lo ignora el Apocalipsis puede ser porque fue redactado mucho antes de su publicación a finales del siglo I. Indudablemente se habla de «la ciudad donde su Señor fue crucificado» (11, 8), pero esto no es determinante ya muchos jefes mesiánicos fueron crucificados en Jerusalén. Es posible que el texto original, sin los añadidos e interpolaciones posteriores, fuese redactado en la lengua vulgar de la región, que era el arameo, mucho más utilizado como lengua vehicular que el griego y, por supuesto, que el latín. El objeto de este texto habría sido galvanizar la resistencia judía contra los ocupantes romanos, y no fueron pocos los líderes de la resistencia que acabaron sus días en la cruz de la infamia. Pero esto no aclara en qué época fue redactado el manifiesto original, y por quién. Es muy posible que el Apocalipsis fuese escrito antes del año 64, dado que fue el año del incendio de Roma, y no podía presentarse su descripción como una profecía antes, incluso, de que Juan el Bautista adoptara el papel de predicador en el vado de Betabara, en el Jordán, en el año XV del principado de Tiberio, es decir, en el 29 de nuestra Era. Repasemos el siguiente texto: «Ésta es la revelación que Dios confió a Jesucristo en relación con los inminentes sucesos que era preciso poner en conocimiento de sus servidores. El ángel enviado por el Señor se la comunicó por medio de señales a Juan, su servidor. Y Juan es testigo de que todo lo que ha visto es palabra de Dios y testimonio de Jesucristo. ¡Dichoso quien lee y dichosos los que prestan atención a este mensaje profético y cumplen lo que en él está escrito! Porque la hora final está al caer.» (Apocalipsis, Prólogo, 1, 1-3). Veamos ahora el siguiente texto: «Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para testimoniaros estas cosas relativas a las Iglesias. Yo soy la raíz y la estirpe de David, la Estrella resplandeciente de la mañana. […] El que tenga sed, que venga; el que quiera, saque agua de vida gratuitamente. […] Dice el que testifica estas revelaciones: Sí, mi regreso está próximo…» (Apocalipsis, Epílogo, 22, 16-20).
Si admitimos que el Apocalipsis fue redactado por el apóstol Juan, también llamado Juan de Éfeso —suponiendo que ambos sean la misma persona—, en torno a los años 94-96, debemos admitir la falsedad de su visión profética, ¡ya que el regreso de Jesús no tuvo lugar jamás! Y en cuanto al anuncio del incendio de Roma (citada bajo el nombre simbólico de Babilonia) y la destrucción de Jerusalén, ya se habían producido muchos años antes. A partir de estas conclusiones, podemos especular que el Juan que recibe el mensaje de Jesús, después de una visión de éste en forma de una terrorífica revelación o apocalipsis, es Juan el Bautista. Y es muy posible que este mensaje le llegase desde Egipto, donde Jesús se encontraba refugiado desde el fracaso de la rebelión del Censo del año 6 d.C., a causa de las terribles represalias de los romanos, la aniquilación de los zelotes rebeldes y la crucifixión de su líder, Judas de Gamala. Efectivamente, el regreso de Jesús está próximo, pero en el sentido absolutamente material del término, ya que pronto aparecerá en la orilla occidental del Jordán, en el año 29, para reemplazar a Juan el Bautista, que había cumplido ya su cometido.
En ángel que lleva el mensaje lo es sólo en la versión latina —redactada a principios del siglo V—, porque en el texto griego se habla de un aggelos, término que significa enviado o mensajero, pero despojado de todo carácter sobrenatural. Para designar a las entidades espirituales se utilizaban los términos daimon, diabolos, kakodaimon… La razón es muy sencilla: los griegos de la época helenística tardía ignoraban en su mitología ese tipo de espíritus que el cristianismo latino medieval acabó convirtiendo en ángeles y demonios.
En cuanto al término ekklesia (en griego: asamblea), puede traducirse perfectamente en hebreo por kahal, que tiene el mismo significado. Designa el agrupamiento, en un lugar dado, de todos los fieles de una congregación. Hay, sin embargo, otro punto inquietante en el discurso de Jesús recogido más arriba en el texto del Epílogo: se define a sí mismo como Estrella. Es el título que se daban los mesías o libertadores de Israel. El último de ellos fue Simón bar Kochba, que se hacía llamar el Hijo de la Estrella y fue ungido por el rabino Akiva en tiempos del emperador Adriano, un siglo después de la muerte de Jesús en la cruz. Este sujeto protagonizó una sangrienta revuelta entre los años 133-135 que tuvo consecuencias catastróficas para los judíos, pues el emperador ordenó su diáspora o dispersión, y la provincia de Judea pasó a llamarse Palestina para borrar su recuerdo.
Así pues, es muy probable que la Revelación o Apocalipsis original, sin los añadidos e interpolaciones posteriores, fuese obra del propio Jesús, como él mismo lo dice en el Prólogo y en el Epílogo. Pudo haber redactado el texto en torno a los años 27-28, antes de iniciar sus prédicas, y su destinatario era Juan el Bautista. Incluso es posible que la hubiese dictado personalmente y que Juan actuase como amanuense, como Lucas lo hizo con Pablo. En cualquier caso, el objetivo del texto apocalíptico era estimular, una vez más, y mediante falaces esperanzas, el deseo de independencia de los judíos sometidos a Roma desde hacía casi un siglo. Por otra parte, la suerte que estos fanáticos reservaban a las demás naciones, a las que esperaban someter con la ayuda del dios de Israel, no era nada halagüeña, ni siquiera en boca de Jesús: «Y al que venza y observe hasta el fin mis obras, le daré poder sobre las demás naciones, y las gobernará con vara de hierro, y serán quebrantadas como vasijas de barro». (Apocalipsis, Prólogo, 2, 26-27).
Cabe suponer que si algunos ejemplares del manifiesto original llamando a la guerra santa contra los romanos cayeron en manos de éstos, debidamente traducidos del arameo al griego, lengua común en la región, los gobernantes romanos tomasen medidas no sólo en Judea, sino en otras partes del Imperio como Siria y Egipto que albergaban importantes colonias judías. Pero también en Roma, porque ya en tiempos de Tiberio (14-37) y de Claudio (41-54) los judíos fueron deportados de la península Itálica y confinados en Cerdeña y otras partes, como recoge Suetonio en su Vida de los Doce Césares: «Como los judíos se sublevaban continuamente, instigados por un tal Chrestos, los expulsó de Roma…» (Op. Cit., Claudio, 25). Esto sucede en el año 52, hace unos veinte años que Jesús ha sido crucificado, pero como sus seguidores sostienen que ha resucitado, Suetonio, basándose en las habladurías de los prosélitos, imagina que sigue vivo y conspirando contra Roma. ¿Fue así?


lunes, 8 de octubre de 2018

Antonino Pío (138-161) el emperador bueno

Antonino Pío, el sucesor designado por Adriano, tenía cincuenta y dos años cuando vistió la púrpura. Nacido en Lanuvium, en los alrededores de Roma, su familia paterna era originaria de Nimes, en la Narbonense, y pertenecía a la aristocracia provincial a la que la política integradora de los Flavios había abierto las puertas del Senado. El reinado de Antonino Pío (138-161) se caracterizó por ser una época de paz, prosperidad y estabilidad en todo el Imperio, una verdadera Pax romana, sólo trastocada por algunas incursiones de los brigantes en Britania, que obligaron a construir el Muro de Antonino, a unos 100 kilómetros al norte del Muro de Adriano, así como por algunos enfrentamientos en Mauritania. Hombre modesto y dotado de una gran humanidad, Antonino Pío mejoró las finanzas imperiales e impulsó una legislación más favorable para los esclavos.
La adopción de Antonino por parte de Adriano fue uno de los mayores aciertos de Adriano, aunque inicialmente el sucesor designado fue Lucio Vero, un patricio casi desconocido que no había desempeñado ningún cargo importante en la administración del Estado ni en el Ejército. Vero era un joven de costumbres disolutas que fue adoptado por Adriano en el año 136 cuando contaba treinta y cinco años de edad. Su elección no fue bien recibida por los senadores, pues no entendían que un hombre culto y morigerado como Adriano se hubiese decidido por este personaje para designarle su sucesor. Llegó a circular el rumor de que Vero era hijo natural de Adriano, y también que el emperador se habría encaprichado con el joven tras la muerte de su amante Antínoo. Sin embargo, a principios de 138 fallecía Vero a causa de sus excesos con la bebida, escasos meses antes que el propio Adriano que decidió entonces, apremiado por la enfermedad y sabedor de que le quedaba poco tiempo de vida, adoptar a Lucio Vero.
En 125 Antonino contrajo matrimonio con Galeria Faustina, una patricia romana de origen español. Mujer frívola y excesivamente alegre, Faustina chocaba con el carácter sosegado de Antonino. Una de sus hijas, Faustina la Menor, se convertiría en emperatriz por su matrimonio con Marco Aurelio, sucesor de Antonino Pío en 161.
El 10 de julio de 138 moría Adriano y el día 11 Antonino se hacía cargo del mayor Imperio del mundo conocido. En principio, parecía que esto iba a ser un reinado de transición igual que fue el de Nerva, nada más lejos de la realidad; duró casi 23 años, de hecho, cuando Adriano adoptó a Antonino, obligó a éste a adoptar un sucesor. Antonino tenía el corazón dividido y tomó una decisión salomónica para contentar a todos: adoptó dos hijos, un sobrino de su mujer llamado Marco Annio Severo (Marco Aurelio) y al huérfano del anterior César, Lucio Cómodo Vero (Lucio Vero); ambos fueron coemperadores durante nueve años, de 161 a 169.
La primera medida de Antonino como emperador fue deificar a Adriano a pesar de la oposición de buena parte del Senado. Las relaciones de su antecesor con la cámara no habían sido cordiales. A pesar de ello, el carácter de Antonino le valió el sobrenombre de Pío concedido por el Senado. Adriano había pacificado el Imperio y consolidado las fronteras ampliadas por Trajano, por lo que Antonino se dedicó a mantener la Pax romana a lo largo de los limes. No obstante, se reactivaron algunos conatos de rebelión en Palestina y se produjeron incursiones de los pictos en el norte de Britania. Por este motivo amplió las defensas en la isla y construyó un nuevo muro de contención.
La época del emperador Antonino Pío fue la más pacífica de la historia de Roma, el cénit de la Pax romana. Todo ello consecuencia de la magnífica labor de sus antecesores: Nerva, Trajano y Adriano y, por supuesto, gracias al bien organizado y poderoso Ejército. Por entonces contaba Roma con 30 legiones regulares, además de numerosas tropas auxiliares, superando los 300.000 soldados, repartidos en guarniciones estratégicamente situadas a lo largo del Imperio.
Consolidada la paz en las fronteras, el gobierno de Antonino Pío fue el más benigno en toda la historia del Imperio Romano, incluido el de Augusto. Básicamente continuó la política de sus antecesores, promulgando nuevas leyes que protegían a las clases más desfavorecidas. Sentía una especial sensibilidad por los esclavos: no se los podía vender para el circo o la prostitución; en caso de falta grave, no se les podía maltratar o ejecutar sin un juicio previo, y si no se respetaban estas leyes, el dueño podía ser acusado de homicidio. Las mujeres esclavas también recibieron un amparo muy especial: si durante la gestación se mantenían a sí mismas, la criatura que viniera al mundo sería una persona libre. Los subyugados dejaron de ser instrumentos convirtiéndose en personas. Otro edicto curioso fue el de la infidelidad: un hombre no podía acusar de adulterio a su mujer, si previamente él no demostraba que le había sido absolutamente fiel.
Cuando Antonino Pío subió al trono, las arcas del Estado estaban exangües y él era el hombre más rico de Roma; cuando murió en 161 estaba arruinado pero las arcas del Estado estaban repletas. Antonino empleó su fortuna personal para sufragar los gastos del Estado a lo largo de su principado.
Antonino Pío ha pasado a la historia por ser el gobernante más humanitario y benigno de la dilatada historia de Roma, debido en gran parte a la serenidad de Nerva, a la disciplina de Trajano y a la organización de Adriano. Falleció el 7 de marzo de 161 y su última contraseña fue ecuanimidad.
Un acto de piedad fraternal del nuevo emperador puso otra vez sobre la mesa la decisión suprema de Antonino Pío. Marco Aurelio, a su advenimiento, confirió a su hermano adoptivo, Lucio Vero, el título de Augusto, y lo situó —con la única excepción del pontificado supremo, considerado todavía como indivisible— en un plano de igualdad completa con él y, para realzar aún más su rango en la jerarquía del Estado, le dio su hija en matrimonio. Vero no mejoró con estas distinciones; siguió siendo lo que hasta entonces había sido: libertino, jugador, mujeriego, pródigo e indiferente a los negocios públicos; vicios todos ellos que Marco Aurelio fingió siempre no haber advertido. Afortunadamente para el Imperio, el crápula Vero sólo fue igual a Marco Aurelio en el título y no intentó disputarle el poder; éste tomó a su cargo todas las responsabilidades del gobierno, mientras su hermano se acomodaba sin dificultad a una solución de compromiso que le dejaba las manos libres para todos sus vicios. Por otra parte, este reparto de atribuciones no dejaba de presentar sus ventajas, pues el Imperio iba a verse amenazado en todas sus fronteras y la presencia de un colega junto a Marco Aurelio significaba la obligación ineluctable de prestarle socorro contra las invasiones y una garantía contra usurpaciones domésticas siempre posibles.
Marco Aurelio había nacido en Roma, en el seno de una familia establecida en Italia, pero que era oriunda de la provincia española de la Bética. A su advenimiento, Marco Aurelio contaba cuarenta años y se hallaba en plenitud de facultades físicas y mentales. A pesar de su carácter pacífico, Marco Aurelio tuvo que librar dos grandes guerras, en Oriente y en el Danubio. Tuvo que reprimir también una usurpación que puso en grave riesgo la unidad del Imperio: la de Avidio Casio. Este general, que había permanecido al frente de las tropas acantonadas en Siria y que era muy popular en Oriente, sostenido por una poderosa facción del Ejército, se hizo proclamar emperador. La mayor parte de las legiones de Oriente lo reconocieron, incluido Egipto, y la guerra civil parecía inevitable. Pero la diosa Fortuna sonrió a Aurelio y la tormenta pasó sin necesidad de desenvainar la espada; un grupo de suboficiales dio muerte al usurpador (175) y en poco tiempo todo había vuelto a la normalidad. No obstante, Marco Aurelio comprendió que su presencia en Oriente era necesaria para apagar los últimos rescoldos de la rebelión. Fue a Siria y Egipto y castigó severamente a las ciudades levantiscas de Antioquía y Alejandría, que habían prestado su apoyo a Avidio Casio. Después regresó a Roma para celebrar triunfalmente sus victorias en las campañas danubianas. La rebelión de Casio fue un serio aviso de lo que iba a ser, antes de terminar el siglo II, un dramático periodo de usurpaciones y pronunciamientos militares, prefacios, a su vez, de la anarquía que iba a caracterizar el siglo III.
Las guerras danubianas y la sublevación de Avidio Casio, impidieron a Marco Aurelio emprender las reformas en la administración de Imperio que quería realizar, y conjurar de forma definitiva el peligro que suponían los pueblos germánicos al otro lado del limes. En líneas generales, Marco Aurelio mantuvo buenas relaciones con el Senado, siguiendo la línea política trazada por su predecesor, Antonino Pío: bajo su gobierno las relaciones entre los dos poderes siguieron siendo excelentes y guardaba la mayor consideración a las personas de los senadores conscriptos, y asistía con frecuencia a las sesiones de esta Cámara de representantes. Sin embargo, Marco Aurelio, como antes Adriano, advirtió que existían lagunas de poder y vacíos legales que entorpecían la administración senatorial, y este hecho demuestra bien a las claras la evolución fatal del principado hacia una monarquía de corte absolutista al estilo oriental; modelo que, tras las crisis del siglo III, acabaría imponiéndose bajo Diocleciano y Constantino.
Por primera vez desde el advenimiento de la dinastía de los Antoninos tenía el emperador un hijo propio al que podía nombrar como sucesor. Pero Cómodo se había revelado tempranamente como un personaje indeseable que no merecía ser investido. A pesar de sus vicios, Marco Aurelio no había considerado apartarlo de la sucesión. Por el contrario, se esforzó en cuidar de su educación para prepararlo para el ejercicio del gobierno. Fue en vano, Cómodo no mejoró, a pesar de lo cual su padre lo asoció al Imperio en 176, y cuatro años más tarde, mientras continuaba dirigiendo la campaña contra los bárbaros en Vindobona, cayó enfermó víctima de una epidemia que diezmaba a las tropas romanas y falleció pocos días después, a los cincuenta y ocho años.
Apenas muerto su padre (180), el joven Cómodo se apresuró a concluir con los bárbaros una paz deshonrosa, que anulaba el inmenso esfuerzo llevado a cabo por su antecesor, e impaciente por disfrutar del poder, regresó inmediatamente después a Roma. Entregado por completo a sus pasiones y a sus vicios, no se ocupó de los asuntos públicos y dejó el gobierno en manos de indignos favoritos, libertos a los que convirtió en prefectos del pretorio; primero Perennis, tan ávido como cruel, a quien el emperador tuvo que sacrificar en 185 a los soldados enfurecidos. Después fue un frigio de baja estofa, un antiguo mozo de cuadra, Cleardea, aún más vil y nefasto que su antecesor. El rasgo definitorio del gobierno de Cómodo fue la antítesis del que habían observado los Antoninos, basado, a excepción de Adriano, en las buenas relaciones entre el emperador y el Senado. Con Cómodo se impuso un régimen despótico apoyado en el Ejército y dirigido, sobre todo, contra la aristocracia senatorial, como en tiempos de Calígula (37-41). Esta política dio como resultado una creciente hostilidad entre el Senado y el emperador. Desde el primer año de principado estallaron conspiraciones que se estuvieron repitiendo hasta terminar aquél; en 183 fue la conjura de Claudio Pompeyano y de Lucila, la propia hermana de Cómodo; en 186-187 la de Materno, que reunió a una tropa de bandidos, penetrando hasta los alrededores de Roma y pretendiendo matar al emperador; después la de Antiscio Burro. Todas las conjuras fueron descubiertas y dieron lugar, sobre todo entre los patricios, a múltiples ejecuciones sumarias. Por último triunfó un complot. Su concubina Marcia, de acuerdo con otros conjurados, lo envenenó y, como devolviese Cómodo el veneno, le hizo estrangular por un atleta.
Cómodo desaparecía en 192 sin dejar heredero. Ninguno de sus asesinos tenía la talla suficiente para reclamar el Imperio, aunque lo tenían a su alcance. Su elección recayó —y fue lo mejor que pudieron hacer— en el prefecto de la ciudad, Helvio Pertinax, que entonces contaba sesenta y seis años. Nacido en el seno de una familia obscura, Pertinax había ascendido por sus propios medios todos los escalafones de la jerarquía militar y del cursus honorum, la carrera de los honores romana, que establecía cada una de las magistraturas que se debían escalar peldaño a peldaño, desde la cuestura hasta el consulado. Pertinax había sido centurión, prefecto de un cuerpo auxiliar, tribuno y legado de la legión; sus brillantes servicios en el curso de las guerras en tiempos de Marco Aurelio, en Oriente contra los partos, y a orillas del Danubio contra los marcomanos, le habían valido el consulado y la prefectura de la ciudad. A lo largo de su carrera militar se había distinguido como un valiente soldado y un oficial de primer orden. Sus pocos meses de principado lo revelarían como un hombre de buen corazón, emperador enérgico y prudente administrador. Cómodo había dilapidado recursos públicos y bajo su incompetencia decayó la disciplina del Ejército. Pertinax no dudó en afrontar los problemas. Apoyándose en el Senado, frente al cual había reanudado la política liberal de los Antoninos, puso en orden la administración, suprimió los gastos inútiles y se esforzó por restablecer en las tropas la antigua disciplina que había hecho famosas a las legiones romanas en todo el mundo conocido. Los guardias pretorianos, privados de los donativos imperiales que aumentaban considerablemente su paga, amenazados en las costumbres de molicie que la ciudad había imprimido en ellos, protestaron airadamente, aunque sin resultado. Entonces se conjuraron para acabar con el emperador. Un día marcharon sobre el Palatino, sorprendieron a Pertinax en sus dependencias y lo asesinaron, cuando llevaba menos de tres meses al frente del Estado.
Con el asesinato de Pertinax el Imperio entró en pública subasta y los guardias pretorianos decidieron que podían entregarlo a quien quisieran; pensando que lo más conveniente para ellos era subastarlo públicamente; se encerraron en sus cuarteles del Quirinal dispuestos a cerrar el trato con el mejor postor. No fue larga su espera. Dos aspirantes se presentaron simultáneamente: Sulpiciano, prefecto urbano y suegro de Pertinax, parentesco que, en su opinión, debía proporcionarle cierta preferencia, y Didio Juliano, descendiente del ilustre jurisconsulto Salvio Juliano, uno de los miembros más ricos de la aristocracia romana de la época. Su mutua ambición favoreció la avaricia y las exigencias de los pretorianos; de oferta en oferta, el Imperio acabó siendo adjudicado a Didio Juliano a razón de 25.000 sestercios a repartir entra cada guardia pretoriano. El nuevo emperador fue escoltado al Senado por los pretorianos, como Claudio un siglo y medio antes, y la cámara aprobó su investidura. Sin embargo, Didio Juliano aún tenía que sortear otros obstáculos. En su obsesión por hacerse con el Imperio, había ofrecido más de lo que podía pagar, y los pretorianos no tenían la menor intención de renunciar a las componendas prometidas. La plebe, que había asistido apáticamente al bochornoso apaño, también reclamó su parte del botín. La situación se tornó definitivamente insostenible para Didio Juliano cuando las guarniciones de las fronteras del Rin y el Danubio —las mejores tropas romanas— se negaron a reconocer al nuevo emperador aclamado por los pretorianos sin haberles tenido en cuenta a ellos. Al saber lo ocurrido en Roma, al escoger los pretorianos a un emperador afín a sus intereses, los demás ejércitos coligieron que también tenían derecho a escoger a su emperador y así se reabría la crisis del 68-69 cuando, tras la muerte de Nerón, el Imperio conoció hasta cuatro emperadores proclamados por las tropas acantonadas en distintas provincias.

Busto de Antonino Pío

sábado, 6 de octubre de 2018

Marco Aurelio (161-180) el emperador filósofo


Un acto de piedad fraternal del nuevo emperador puso otra vez sobre la mesa la decisión suprema de Antonino Pío. Marco Aurelio, a su advenimiento, confirió a su hermano adoptivo, Lucio Vero, el título de Augusto, y lo situó —con la única excepción del sumo pontificado, considerado todavía como indivisible— en un plano de igualdad completa con él y, para realzar aun más su rango en la jerarquía del Estado, le dio a su hija en matrimonio. Vero no mejoró con estas distinciones; siguió siendo lo que hasta entonces había sido: libertino, jugador, mujeriego, pródigo e indiferente a los negocios públicos; vicios todos ellos que Marco Aurelio fingió siempre no haber advertido. Afortunadamente para el Imperio, el crápula Vero sólo fue igual a Marco Aurelio en el título y no intentó disputarle el poder; éste tomó a su cargo todas las responsabilidades del gobierno de Roma y su vasto Imperio, mientras su hermano se acomodaba sin dificultad a una solución de compromiso que le dejaba las manos libres para todos sus vicios. Por otra parte, este reparto de atribuciones no dejaba de presentar sus ventajas, pues el Imperio iba a verse amenazado en todas sus fronteras y la presencia de un colega junto a Marco Aurelio significaba la obligación ineluctable de prestarle socorro contra las invasiones y una garantía contra usurpaciones domésticas siempre posibles.
Marco Aurelio había nacido en Roma, en el seno de una familia establecida en Italia, pero que era oriunda de la provincia española de la Bética. A su advenimiento, Marco Aurelio contaba cuarenta años y se hallaba en plenitud de facultades físicas y mentales. A pesar de su carácter pacífico, Marco Aurelio tuvo que librar dos grandes guerras, una en Oriente y otra en el Danubio. Tuvo que reprimir también una usurpación que puso en grave riesgo la unidad del Imperio: la de Avidio Casio. Este general, que había permanecido al frente de las tropas acantonadas en Siria y que era muy popular en Oriente, sostenido por una poderosa facción del Ejército, se hizo proclamar emperador. La mayor parte de las legiones de Oriente lo reconocieron, incluido Egipto, y la guerra civil parecía inevitable. Pero la diosa Fortuna sonrió a Aurelio y la tormenta pasó sin necesidad de desenvainar la espada; un grupo de suboficiales dio muerte al usurpador (175) y en poco tiempo todo había vuelto a la normalidad. No obstante, Marco Aurelio comprendió que su presencia en Oriente era necesaria para apagar los últimos rescoldos de la rebelión. Fue a Siria y Egipto y castigó severamente a las ciudades levantiscas de Antioquía y Alejandría, que habían prestado su apoyo a Avidio Casio. Después regresó a Roma para celebrar triunfalmente sus victorias en las campañas danubianas. La rebelión de Casio fue un serio aviso de lo que iba a ser, antes de terminar el siglo II, un dramático periodo de usurpaciones y pronunciamientos militares, prefacios, a su vez, de la anarquía que iba a caracterizar el siglo III.
Las guerras danubianas y la sublevación de Avidio Casio, impidieron a Marco Aurelio emprender las reformas en la administración del Imperio que quería realizar, y conjurar de forma definitiva el peligro que suponían los pueblos germánicos al otro lado del limes. En líneas generales, Marco Aurelio mantuvo buenas relaciones con el Senado, siguiendo la línea política trazada por su predecesor, Antonino Pío: bajo su gobierno las relaciones entre los dos poderes siguieron siendo excelentes; guardaba la mayor consideración a las personas de los senadores conscriptos y asistía con frecuencia a las sesiones de la Cámara de representantes. Sin embargo, Marco Aurelio, como antes Adriano, advirtió que existían lagunas de poder y vacíos legales que entorpecían la administración senatorial, y este hecho demuestra bien a las claras la evolución fatal del principado hacia una monarquía de corte absolutista al estilo oriental; modelo que, tras las crisis del siglo III, acabaría imponiéndose bajo Diocleciano y Constantino.
Por primera vez desde el advenimiento de la dinastía de los Antoninos tenía el emperador un hijo propio al que podía nombrar su sucesor. Pero Cómodo se había revelado tempranamente como un personaje indeseable que no merecía ser investido. A pesar de sus vicios, Marco Aurelio no había considerado apartarlo de la sucesión. Por el contrario, se esforzó en cuidar de su educación para prepararlo en el ejercicio del gobierno. Fue en vano, Cómodo no mejoró, a pesar de lo cual su padre lo asoció al Imperio en 176, y cuatro años más tarde, mientras continuaba dirigiendo la campaña contra los bárbaros en Vindobona, cayó enfermo a causa de una epidemia que diezmaba las tropas romanas y falleció pocos días después, a los cincuenta y ocho años.
Apenas muerto su padre (180), el joven Cómodo se apresuró a pactar con los bárbaros una paz deshonrosa que anulaba el inmenso esfuerzo llevado a cabo por su Marco Aurelio, e impaciente por disfrutar del poder, regresó inmediatamente a Roma. Entregado por completo a sus depravaciones y a sus vicios, no se ocupó de los asuntos públicos y dejó el gobierno en manos de indignos favoritos, libertos a los que convirtió en prefectos del pretorio; primero fue Perennis, tan ávido como cruel, a quien el emperador tuvo que sacrificar en 185 a los soldados enfurecidos. Después fue un frigio de baja estofa, un antiguo mozo de cuadra, Cleardea, aún más vil y nefasto que su antecesor. El rasgo definitorio del gobierno de Cómodo fue la antítesis del que habían observado los Antoninos, basado, a excepción de Adriano, en las buenas relaciones entre el emperador y el Senado. Con Cómodo se impuso un régimen despótico apoyado en el Ejército y dirigido, sobre todo, contra la aristocracia senatorial, como en tiempos de Calígula (37-41). Esta política dio como resultado una creciente hostilidad entre el Senado y el emperador. Desde el primer año de principado estallaron conspiraciones que se estuvieron repitiendo hasta terminar aquél; en 183 fue la conjura de Claudio Pompeyano y de Lucila, la propia hermana de Cómodo; en 186-187 la de Materno, que reunió a una tropa de bandidos, penetrando hasta los alrededores de Roma y pretendiendo matar al emperador; después la de Antiscio Burro. Todas las conjuras fueron descubiertas y dieron lugar, sobre todo entre los patricios, a múltiples ejecuciones sumarias. Por último triunfó un complot. Su concubina Marcia, de acuerdo con otros conjurados, lo envenenó y, como devolviese Cómodo el veneno, le hizo estrangular por un atleta.
Cómodo desaparecía en 192 sin dejar heredero. Ninguno de sus asesinos tenía la talla suficiente para reclamar el Imperio, aunque lo tenían a su alcance. Su elección recayó —y fue lo mejor que pudieron hacer— en el prefecto de la ciudad, Helvio Pertinax, que entonces contaba sesenta y seis años. Nacido en el seno de una familia obscura, Pertinax había ascendido por sus propios medios todos los escalafones de la jerarquía militar y del cursus honorum, la carrera de los honores romana, que establecía cada una de las magistraturas que se debían escalar peldaño a peldaño, desde la cuestura hasta el consulado. Pertinax había sido centurión, prefecto de un cuerpo auxiliar, tribuno y legado de la legión; sus brillantes servicios en el curso de las guerras en tiempos de Marco Aurelio, en Oriente contra los partos, y a orillas del Danubio contra los marcomanos, le habían valido el consulado y la prefectura de la ciudad. A lo largo de su carrera militar se había distinguido como un valiente soldado y un oficial de primer orden. Sus pocos meses de principado lo revelarían como un hombre de buen corazón, emperador enérgico y prudente administrador. Cómodo había dilapidado recursos públicos y bajo su incompetencia decayó la disciplina del Ejército. Pertinax no dudó en afrontar los problemas. Apoyándose en el Senado, frente al cual había reanudado la política liberal de los Antoninos, puso en orden la administración, suprimió los gastos inútiles y se esforzó por restablecer en las tropas la antigua disciplina que había hecho famosas a las legiones romanas en todo el mundo conocido. Los guardias pretorianos, privados de los donativos imperiales que aumentaban considerablemente su paga, amenazados en las costumbres de molicie que la ciudad había imprimido en ellos, protestaron airadamente, aunque sin resultado. Entonces se conjuraron para acabar con el emperador. Un día marcharon sobre el Palatino, sorprendieron a Pertinax en sus dependencias y lo asesinaron, cuando llevaba menos de tres meses al frente del Estado.
Con el asesinato de Pertinax el Imperio entró en pública subasta y los guardias pretorianos decidieron que podían entregarlo a quien quisieran; pensando que lo más conveniente para ellos era subastarlo públicamente; se encerraron en sus cuarteles del Quirinal dispuestos a cerrar el trato con el mejor postor. No fue larga su espera. Dos aspirantes se presentaron simultáneamente: Sulpiciano, prefecto urbano y suegro de Pertinax, parentesco que, en su opinión, debía proporcionarle cierta preferencia, y Didio Juliano, descendiente del ilustre jurisconsulto Salvio Juliano, uno de los miembros más ricos de la aristocracia romana de la época. Su mutua ambición favoreció la avaricia y las exigencias de los pretorianos; de oferta en oferta, el Imperio acabó siendo adjudicado a Didio Juliano a razón de 25.000 sestercios a repartir entra cada guardia pretoriano. El nuevo emperador fue escoltado al Senado por los pretorianos, como Claudio un siglo y medio antes, y la cámara aprobó su investidura. Sin embargo, Didio Juliano aún tenía que sortear otros obstáculos. En su obsesión por hacerse con el Imperio, había ofrecido más de lo que podía pagar, y los pretorianos no tenían la menor intención de renunciar a las componendas prometidas. La plebe, que había asistido apáticamente al bochornoso apaño, también reclamó su parte del botín. La situación se tornó definitivamente insostenible para Didio Juliano cuando las guarniciones de las fronteras del Rin y el Danubio —las mejores tropas romanas— se negaron a reconocer al nuevo emperador aclamado por los pretorianos sin haberles tenido en cuenta a ellos. Al saber lo ocurrido en Roma, al escoger los pretorianos a un emperador afín a sus intereses, los demás ejércitos coligieron que también tenían derecho a escoger a su emperador y así se reabría la crisis del 68-69 cuando, tras la muerte de Nerón, el Imperio conoció hasta cuatro emperadores proclamados por las tropas acantonadas en distintas provincias.
Legionario romano (ss. I-II)

jueves, 27 de septiembre de 2018

Marco Cómodo (180-192), el segundo Calígula


Apenas muerto su padre, Marco Aurelio, el joven Cómodo se apresuró a concluir con los bárbaros una paz deshonrosa, que anulaba el inmenso esfuerzo llevado a cabo por su antecesor, e impaciente por disfrutar del poder, regresó inmediatamente después a Roma. Entregado por completo a sus pasiones y a sus vicios, no se ocupó de los asuntos públicos y dejó el gobierno en manos de indignos favoritos, libertos a los que convirtió en prefectos del pretorio; primero Perennis, tan ávido como cruel, a quien el emperador tuvo que sacrificar en 185 a los soldados enfurecidos. Después fue un frigio de baja estofa, un antiguo mozo de cuadra, Cleardea, aún más vil y nefasto que su antecesor. El rasgo definitorio del gobierno de Cómodo fue la antítesis del que habían observado los Antoninos, basado, a excepción de Adriano, en las buenas relaciones entre el emperador y el Senado. Con Cómodo se impuso un régimen despótico apoyado en el Ejército y dirigido, sobre todo, contra la aristocracia senatorial, como en tiempos de Calígula (37-41). Esta política dio como resultado una creciente hostilidad entre el Senado y el emperador. Desde el primer año de principado estallaron conspiraciones que se estuvieron repitiendo hasta terminar aquél; en 183 fue la conjura de Claudio Pompeyano y de Lucila, la propia hermana de Cómodo; en 186-187 la de Materno, que reunió a una tropa de bandidos, penetrando hasta los alrededores de Roma y pretendiendo matar al emperador; después la de Antiscio Burro. Todas las conjuras fueron descubiertas y dieron lugar, sobre todo entre los patricios, a múltiples ejecuciones sumarias. Por último triunfó un complot. Su concubina Marcia, de acuerdo con otros conjurados, lo envenenó y, como devolviese Cómodo el veneno, le hizo estrangular por un gladiador.
Cómodo desaparecía en 192 sin dejar heredero. Ninguno de sus asesinos tenía la talla suficiente para reclamar el Imperio, aunque lo tenían a su alcance. Su elección recayó —y fue lo mejor que pudieron hacer— en el prefecto de la ciudad, Helvio Pertinax, que entonces contaba sesenta y seis años. Nacido en el seno de una familia obscura, Pertinax había ascendido por sus propios medios todos los escalafones de la jerarquía militar y del cursus honorum, la carrera de los honores romana, que establecía cada una de las magistraturas que se debían escalar peldaño a peldaño, desde la cuestura hasta el consulado. Pertinax había sido centurión, prefecto de un cuerpo auxiliar, tribuno y legado de la legión; sus brillantes servicios en el curso de las guerras en tiempos de Marco Aurelio, en Oriente contra los partos, y a orillas del Danubio contra los marcomanos, le habían valido el consulado y la prefectura de la ciudad. A lo largo de su carrera militar se había distinguido como un valiente soldado y un oficial de primer orden. Sus pocos meses de principado lo revelarían como un hombre de buen corazón, emperador enérgico y prudente administrador. Cómodo había dilapidado recursos públicos y bajo su incompetencia decayó la disciplina del Ejército. Pertinax no dudó en afrontar los problemas. Apoyándose en el Senado, frente al cual había reanudado la política liberal de los Antoninos, puso en orden la administración, suprimió los gastos inútiles y se esforzó por restablecer en las tropas la antigua disciplina que había hecho famosas a las legiones romanas en todo el mundo conocido. Los guardias pretorianos, privados de los donativos imperiales que aumentaban considerablemente su paga, amenazados en las costumbres de molicie que la ciudad había imprimido en ellos, protestaron airadamente, aunque sin resultado. Entonces se conjuraron para acabar con el emperador. Un día marcharon sobre el Palatino, sorprendieron a Pertinax en sus dependencias y lo asesinaron, cuando llevaba menos de tres meses al frente del Estado.
Con el asesinato de Pertinax el Imperio entró en pública subasta y los guardias pretorianos decidieron que podían entregarlo a quien quisieran; pensando que lo más conveniente para ellos era subastarlo públicamente; se encerraron en sus cuarteles del Quirinal dispuestos a cerrar el trato con el mejor postor. No fue larga su espera. Dos aspirantes se presentaron simultáneamente: Sulpiciano, prefecto urbano y suegro de Pertinax, parentesco que, en su opinión, debía proporcionarle cierta preferencia, y Didio Juliano, descendiente del ilustre jurisconsulto Salvio Juliano, uno de los miembros más ricos de la aristocracia romana de la época. Su mutua ambición favoreció la avaricia y las exigencias de los pretorianos; de oferta en oferta, el Imperio acabó siendo adjudicado a Didio Juliano a razón de 25.000 sestercios a repartir entra cada guardia pretoriano. El nuevo emperador fue escoltado al Senado por los pretorianos, como Claudio un siglo y medio antes, y la cámara aprobó su investidura. Sin embargo, Didio Juliano aún tenía que sortear otros obstáculos. En su obsesión por hacerse con el Imperio, había ofrecido más de lo que podía pagar, y los pretorianos no tenían la menor intención de renunciar a las componendas prometidas. La plebe, que había asistido apáticamente al bochornoso apaño, también reclamó su parte del botín. La situación se tornó definitivamente insostenible para Didio Juliano cuando las guarniciones de las fronteras del Rin y el Danubio —las mejores tropas romanas— se negaron a reconocer al nuevo emperador aclamado por los pretorianos sin haberles tenido en cuenta a ellos. Al saber lo ocurrido en Roma, al escoger los pretorianos a un emperador afín a sus intereses, los demás ejércitos coligieron que también tenían derecho a escoger a su emperador y así se reabría la crisis del 68-69 cuando, tras la muerte de Nerón, el Imperio conoció hasta cuatro emperadores proclamados por las tropas acantonadas en distintas provincias.

Detalle: yelmo con cimera del siglo II


Roma: la crisis del año 193 d.C., Helvio Pertinax y Didio Juliano


En 192 d.C., Marco Cómodo desaparecía sin dejar heredero. Ninguno de sus asesinos poseía la talla suficiente para reclamar el Imperio, aunque lo tenían a su alcance. Su elección recayó —y fue lo mejor que pudieron hacer— en el prefecto de la ciudad, Helvio Pertinax, que entonces contaba sesenta y seis años. Nacido en el seno de una familia obscura, Pertinax había ascendido por sus propios medios todos los escalafones de la jerarquía militar y del cursus honorum, la carrera de los honores cívicos romanos, que establecía cada una de las magistraturas que se debían escalar peldaño a peldaño, desde la cuestura hasta el consulado. Pertinax había sido centurión, prefecto de un cuerpo auxiliar, tribuno y legado de la legión; sus brillantes servicios en el decurso de las guerras en tiempos de Marco Aurelio, en Oriente contra los partos, y a orillas del Danubio contra los marcomanos, le habían valido el consulado y la prefectura de la ciudad. A lo largo de su carrera militar se había distinguido como un valiente soldado y un oficial de primer orden. Sus pocos meses de principado lo revelarían como un hombre de buen corazón, emperador enérgico y prudente administrador. Cómodo había dilapidado cuantiosos recursos públicos y bajo su desgobierno decayó la disciplina del Ejército. Pertinax no dudó en afrontar estos problemas. Apoyándose en el Senado, frente al cual había reanudado la política liberal de los Antoninos, puso en orden la administración, suprimió los gastos inútiles y se esforzó por restablecer en las tropas la antigua disciplina que había hecho famosas a las legiones romanas en todo el mundo conocido. Los guardias pretorianos, privados de los donativos imperiales que aumentaban considerablemente su paga, amenazados en las costumbres de molicie que la ciudad había imprimido en ellos, protestaron airadamente, aunque sin resultado. Entonces se conjuraron para acabar con el emperador. Un día marcharon sobre el Palatino, sorprendieron a Pertinax en sus dependencias y lo asesinaron, cuando llevaba menos de tres meses al frente del Estado.
Con el asesinato de Pertinax el Imperio entró en pública subasta y los guardias pretorianos decidieron que podían entregarlo a quien quisieran; pensando que lo más conveniente para ellos era subastarlo públicamente; se encerraron en sus cuarteles del Quirinal dispuestos a cerrar el trato con el mejor postor. No fue larga su espera. Dos aspirantes se presentaron simultáneamente: Sulpiciano, prefecto urbano y suegro de Pertinax, parentesco que, en su opinión, debía proporcionarle cierta preferencia, y Didio Juliano, descendiente del ilustre jurisconsulto Salvio Juliano, uno de los miembros más ricos de la aristocracia romana de la época. Su mutua ambición favoreció la avaricia y las exigencias de los pretorianos; de oferta en oferta, el Imperio acabó siendo adjudicado a Didio Juliano a razón de 25.000 sestercios a repartir entre cada guardia pretoriano. El nuevo emperador fue escoltado al Senado por los pretorianos, como Claudio un siglo y medio antes, y la cámara aprobó su investidura. Sin embargo, Didio Juliano aún tenía que sortear otros obstáculos. En su obsesión por hacerse con el Imperio, había ofrecido más de lo que podía pagar, y los pretorianos no tenían la menor intención de renunciar a las componendas prometidas. La plebe, que había asistido apáticamente al bochornoso apaño, también reclamó su parte del botín. La situación se tornó definitivamente insostenible para Didio Juliano cuando las guarniciones de las fronteras del Rin y del Danubio —las mejores tropas romanas— se negaron a reconocer al nuevo emperador aclamado por los pretorianos sin haberles tenido en cuenta a ellos. Al saber lo ocurrido en Roma, al escoger los pretorianos a un emperador afín a sus intereses,  los demás ejércitos coligieron que también tenían derecho a escoger a su emperador y así se reabría la crisis del 68-69 cuando, tras la muerte de Nerón, el Imperio conoció hasta cuatro emperadores proclamados por las tropas acantonadas en distintas provincias.