jueves, 9 de agosto de 2018

La maldición del rey Midas


El rey Midas fue célebre en la antigüedad por su proverbial avaricia y por acumular enormes riquezas.
Un día llegó al palacio del monarca un caminante exhausto. Midas, encantado con las fabulosas narraciones del viajero acerca de los países lejanos que había visitado, lo agasajó durante varios días. Antes de partir, el misterioso peregrino le dijo al rey que era en realidad un poderoso mago y que quería agradecerle su hospitalidad. Así que le preguntó cómo quería que le recompensara. Midas respondió sin vacilar:
—Deseo que me otorgues el don de convertir en oro todo lo que toque.
El hechicero le concedió al rey su deseo y, a partir de ese momento, no sólo se convirtieron en oro las piedras, las flores y los muebles de su palacio, sino también los alimentos, el agua y el vino, de modo que no podía comer ni beber. Pronto Midas suplicó al mago que le liberara de su deseo, pues se estaba muriendo de hambre y de sed; en vista de ello, el brujo le dijo que para conjurar el encantamiento se lavara en el río que discurría cerca de su palacio.
El soberano obedeció, y quedó inmediatamente libre de la hechicería.
Midas siguió gobernando su reino y un día recibió una invitación del hechicero para que le asistiese en calidad de juez en un concurso musical. Los finalistas fueron un pastor y un hombre rico que sobornó a Midas para que le proclamase vencedor. Mas el hechicero se enteró del apaño y castigó al rey con un par de orejas de asno.
Durante mucho tiempo, Midas logró ocultar las enormes orejas bajo su corona real; pero un día sintió la necesidad de confesar su secreto y cavó un agujero en su jardín, y, después de haberse asegurado de que no había nadie en las cercanías, metió la cabeza en el hoyo y susurró:
—¡El rey Midas tiene orejas de asno!
Acto seguido, rellenó el agujero y se marchó muy satisfecho. Algún tiempo después, brotó un alcornoque que susurraba el secreto a todo el que pasaba por allí. Cuando Midas descubrió que su desgracia era ya del dominio público, se encerró en las bodegas de su palacio, sin más compañía que sus fabulosas riquezas, y así terminó sus días.


martes, 10 de julio de 2018

El antagonismo entre Esparta y Atenas


Esparta fue una polis de carácter eminentemente militarista. Los dorios, conquistadores de la región, mantenían su dominio sobre pueblos mucho más numerosos que ellos a base de una rígida organización militar. Los ciudadanos de Esparta eran soldados durante casi toda su vida y no se dedicaban más que a la milicia. Vivían del trabajo de los pueblos sometidos. Gobernaba la ciudad una asamblea de ciudadanos notables, que cada año designaba unos magistrados (éforos).
Atenas era una polis de muy diferente índole. Entre sus ciudadanos existían grandes propietarios, comerciantes, artesanos, marineros, campesinos con pequeñas propiedades y jornaleros. Y lo más notable es que después de una época en la que solo gobernaban los más ricos (plutócratas), tras diversas vicisitudes (luchas y negociaciones) todos los ciudadanos, ricos y pobres, mientras fuesen mayores de edad, varones y libres, acabaron por tener acceso al gobierno del Estado. Una gran asamblea, a la que podían asistir todos los ciudadanos y que se celebraba al aire libre, designaba otra asamblea más reducida (de unas 500 personas, entre las más capacitadas). Esta asamblea, dividida en diversas comisiones, hacía las leyes y nombraba a los magistrados del Estado (arcontes), que gobernaban la ciudad durante un año. Esta forma de gobierno se llamaba democracia (gobierno del pueblo) y fue imitada por mucha polis o ciudades-estado. Frente al poder despótico de los faraones egipcios o de los reyes asirios, semíticos, babilonios o persas, la democracia representaba una conquista esencial de la civilización. Entre los sabios gobernantes de Atenas destacan el sabio Solón, Pisístrato, que dirigió una revolución de las clases humildes, pero que una vez en el poder se negó a abandonarlo, Clístenes, creador de la democracia, y su descendiente Pericles, que fue elegido arconte diez años seguidos y dio a Atenas días de magnificencia.

La guerra del Peloponeso y sus consecuencias

El triunfo sobre los persas benefició especialmente a Atenas, que se convirtió en la mayor potencia naval de Grecia. Esta época de apogeo político de Atenas se correspondió con un momento de gran esplendor cultural durante los años del gobierno de Pericles. De ahí que se conozca esa época (s. V a.C.) como el Siglo de Oro o el Siglo de Pericles.
Esparta, por su parte, siendo la primera potencia por tierra, fiel a su férrea organización militar. Conjurado el peligro persa, entre las dos ciudades estallaron una serie de conflictos, que se acentuaron por las diferencias existentes entre las ciudades aliadas de una y de otra y que acabaron por desembocar en la guerra llamada del Peloponeso. Esta guerra fue terrible y se prolongó 30 años. Las polis griegas se dividieron en dos bandos, unas a favor de Atenas y otras a favor de Esparta. Esta lucha fue de desgaste, porque ambos contrincantes, no pudiendo vencer al adversario en el terreno que le era propicio, el mar o la tierra, se agotaron en empresas secundarias. Al fin, Esparta consiguió hacerse con una poderosa escuadra y aniquiló a la flota ateniense.
Antecedentes: en el 550 a.C., se había fundado una liga entre las ciudades del Peloponeso (Liga del Peloponeso), dirigida por Esparta. Aprovechando el descontento general de las ciudades griegas, la Liga del Peloponeso empezó a enfrentarse a Atenas. En el año 431 a.C. se desató una serie de guerras cruentas como no las había conocido Grecia en siglos pasados. El casus belli fue que la isla de Corcira (Corfú) tenía una disputa con Corinto, ciudad aliada de Esparta, y Atenas ofreció ayuda a dicha isla. Así comenzó la guerra del Peloponeso que duró 27 años. Las ciudades griegas entraron en el conflicto aunque el peso de la guerra recayó sobre las dos grandes potencias rivales: Atenas y Esparta. Atenas mostró su superioridad por mar, mientras que Esparta demostró que por tierra era casi invencible. Los espartanos invadieron el Ática, territorio que pertenecía a Atenas. Pericles tuvo que proteger a su gente detrás de los Muros Largos, un recinto amurallado entre la ciudad y el puerto de El Pireo. Allí, hacinados y con malas condiciones higiénicas, se desencadenó una epidemia de peste a causa de la cual murieron miles de personas, entre ellas el propio Pericles. La liga del Peloponeso derrotó definitivamente a Atenas y a sus aliados en el año 404 a.C. en la batalla naval de Egospótamos y se produjo un periodo de hegemonía de Esparta que estableció gobiernos afectos en todas las ciudades griegas. Su dominación no tardó en ser aborrecida por los demás griegos y, para hacer frente a las rebeliones de las ciudades sometidas, Esparta se alió con los persas. Esto indignó tanto a los demás griegos, que la ciudad de Tebas, antigua aliada de Atenas, consiguió derrotar a los espartanos en la batalla de Leuctra en 371 a.C.
La polis de Tebas se alzó con el liderazgo en Grecia tras la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso, enfrentándose a la vencedora del conflicto, la siempre belicosa Esparta. Pero la clave de la victoria final de los tebanos no estuvo en el número de sus hoplitas ni en su excelente preparación, sino en la magistral táctica empleada por su gran estratega: Epaminondas, que revolucionó el arte de la guerra en la Antigüedad. Este genial tebano cambió para siempre la estrategia militar al dividir su ejército en fuerzas de combate distintas con diferentes objetivos. El vencedor de los espartanos en Leuctra pagó cara su victoria, pues perdió la vida a causa de las heridas recibidas en la refriega. Tras su muerte, Tebas no logró imponer su supremacía de forma absoluta y duradera a las demás polis griegas, así que en el año 338 a.C., el rey Filipo II de Macedonia, derrotó a los tebanos y a sus aliados en la decisiva batalla de Queronea, sometiendo a los griegos. Paradójicamente, Filipo y su hijo Alejandro emplearon para vencerlos muchas de las estrategias que tan exitosamente había desarrollado Epaminondas cuarenta años antes.
Atenas y Esparta estuvieron varias veces a punto de concluir una paz definitiva: por ejemplo, en 423 a.C., estipularon un armisticio válido incluso para sus aliados, pero fue roto dos días después; en 421 a.C., gracias al ateniense Nicias, se concertó un tratado de paz que debía durar cincuenta años, pero ninguna de las ciudades contendientes quiso renunciar a sus políticas expansionistas, sostenidas sobre todo por el ateniense Alcibíades: la guerra estalló nuevamente en 414 a.C.
Antes de declararse las hostilidades, Atenas había cometido el error de quedar expuesta en dos frentes: había enviado una expedición a Sicilia, contra los siracusanos, y al mismo tiempo apoyo la sublevación antipersa de Caria. En Sicilia los atenienses cosecharon una derrota desastrosa, tanto por mar como por tierra, y cuando se conoció la magnitud de este desastre en Persia, Darío II aprovechó para exigir a todas las ciudades de Asia Menor tributos iguales a los de los años anteriores, infringiendo de esta manera los acuerdos establecidos con Calia. Al mismo tiempo, Eubea, Lesbos, Quíos, Eritrea y otras ciudades de Jonia, sometidas al dominio de Atenas, aprovecharon la ocasión para rebelarse contra el yugo que les imponía la ciudad ática y pidieron ayuda a Esparta. También prometieron ayuda a los espartanos y a las ciudades rebeldes Tisafernes y Farnabazo, sátrapa de Dascilio, y dado que la alianza con los persas significaba contar el apoyo de la flota fenicia y el aporte de cuantiosas riquezas, Esparta aceptó.
Entre los años 412 y 411 a.C. se concluyeron tratados, varias veces, entre Esparta y Tisafernes, en los cuales se reconocía a Darío II la soberanía sobre toda Asia y la ciudad griega se comprometía a renunciar en el futuro a toda aspiración respecto de los territorios que pertenecían al Gran Rey o a sus predecesores. Además, los espartanos se comprometieron a no firmar una paz por separado con los atenienses sin previo consentimiento de Persia. Con la ayuda de Esparta, que en el ínterin había conquistado Mileto, Tisafernes, que fue quien se benefició a raíz de esta alianza que había puesto firme voluntad en conseguir, logró doblegar finalmente la resistencia de Amorges, venciéndolo en Iasos, y sometió a Caria. Sin embargo, no tardaron en sobrevenir disensiones entre los persas y los peloponesios, debidas a que los primeros consideraban excesivas las exigencias de los mercenarios griegos y los segundos reprochaban a Tisafernes no haber intervenido en el Egeo con la flota fenicia, concentrada en Aspendo.
Entretanto, la noticia de la derrota sufrida en Sicilia había insuflado en Atenas nuevas fuerzas a los adversarios del partido democrático, que retomaron momentáneamente el poder y reanudaron las relaciones con Alcibíades, que estaba en el destierro. Éste, fiándose de la amistad de Tisafernes, se acerco a él para convencerlo de que se marchara definitivamente de Esparta, pero el sátrapa lo hizo arrestar y conducir a Sardes. Alcibíades consiguió escapar y tomó el mando de una flota reconstruida con gran premura por parte de los atenienses, que habían apelado a sus últimos recursos, y derrotó a los espartanos, primero en Abidos y después en Cícico, entre el otoño del 411 y la primavera del 410 a.C. Estos sucesos, que impulsaron a Esparta a pedir una tregua, reforzaron al partido democrático ateniense, que recibió a Alcibíades en el 409 a.C. en loor de multitud.
Aprovechándose de que los espartanos no podían contar ya con el apoyo de Tisafernes, debido a una definitiva ruptura entre ellos, Atenas, ayudada por el rey macedonio Arquelao, construyó una escuadra cuyo mando se confió a Trasilio. Pero el oro de los persas no dejó de ser un protagonista de excepción en la guerra del Peloponeso: el sátrapa Farnabazo financió la construcción de una flota espartana y sustituyó como aliado de los lacedemonios a Tisafernes, caído en desgracia incluso con Darío II.
Mientras Alcibíades presentaba batalla a Farnabazo en el Helesponto y lo derrotaba varias veces, el comandante ateniense Trasilio llegó hasta Lidia, que fue devastada, y puso sitio a Éfeso, pero la ciudad logró resistir hasta la llegada de refuerzos y la flota ateniense fue destruida. Este revés marcó el eclipse de la buena estrella de Alcibíades, que se retiró a sus posesiones del Quersoneso, desde donde, condenado al ostracismo, buscó refugio, primero en Esparta y después junto a Farnabazo, quien ordenó que se le diera muerte en el 404 a.C.
Mientras tanto, la política del Gran Rey frente a los atenienses experimentó un vuelto: cansado de las vacilaciones de Tisafernes y espoleado por la insistencia de Parisátides, confinó al sátrapa en la provincia de Caria y puso a su hijo Ciro, predilecto de la reina, a cargo de Lidia, Frigia y Capadocia. Al asumir sus funciones, éste tenía solo dieciséis años: no obstante, fue nombrado comandante de todas las fuerzas persas que operaban en la región de Asia Menor. Sin embargo, Ciro el Joven no tuvo una actuación relevante en la continuación de la guerra: en realidad siguió desempeñando el mismo papel que su predecesor Tisafernes, o sea, la de financiador de los espartanos. A la postre, el oro persa demostró ser el arma más eficaz de la que dispusieron los enemigos de Atenas para vencer su resistencia. Infructuosos resultaron los esfuerzos de los atenienses para sufragar la construcción de otra escuadra en el año 406 a.C. A pesar de haber sido derrotados en la batalla naval de las islas Arginusas, donde murió hasta su almirante Kalicátrides, los espartanos pudieron rearmarse rápidamente merced a la ayuda de Ciro, y luego, guiados por Lisandro —nuevo almirante de la flota— lograron presentar batalla en Egospótamos, en el Quersoneso de Tracia, y derrotaron a la armada ateniense. Esta victoria (405 a.C.) puso prácticamente fin a la guerra del Peloponeso, que finalmente se resolvió en el mar. Al año siguiente Atenas no tuvo más remedio que firmar la paz bajo condiciones durísimas, e ingresar en la Liga del Peloponeso.

Hoplita ateniense del siglo V a.C.

lunes, 9 de julio de 2018

La tumba de Sebaste en Samaria


Cuando la Iglesia estableció el dogma de la Resurrección, fue necesario precisar el momento en que Jesús abandonó la tumba. Diversos argumentos apoyaban el principio de una permanencia de tres días en el seno del sepulcro. Durante la época conocida como del cautiverio en Babilonia (siglo VI a.C.), los judíos deportados no sólo habían traído de allí los nombres de los ángeles, su alfabeto cuadrado (reflejo innegable de la antigua escritura cuneiforme mesopotámica) y muchas creencias esotéricas procedentes directamente de la vieja religión de los magos de los zigurat, sino también la creencia en la resurrección futura de los muertos, tal como Zoroastro [Zaratustra] la había definido. Y según esa tradición, el alma no abandonaba el cadáver hasta tres días después de la muerte aparente. Doctrina que también acabaría asimilando el judaísmo.
Según el Talmud de Jerusalén; «el alma permanece tres días junto al cadáver, intentando entrar de nuevo en él. Y no se aleja definitivamente hasta que el aspecto del cuerpo empieza a alterarse». Es pues, el inicio del proceso de putrefacción lo que aleja el alma de su envoltura mortal. Esto lo confirma el episodio de Lázaro. Cuando Jesús ordena que se aparte la piedra del sepulcro, Marta, la hermana mayor del difunto, le hace la siguiente observación: «Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días ahí…» (Juan, 11, 39). Por eso, para no perturbar al alma del difunto, diversos textos judaicos recomiendan no dar sepultura al cuerpo antes de que hayan transcurrido tres días desde el óbito, es decir, después de haberse producido la muerte aparente. Por otra parte, nuestros anónimos redactores de los evangelios, tenían un enorme interés en sustentar sus palabras con algún paralelismo que probara de forma conmovedora la realidad de las profecías mesiánicas. Y es natural que en el entorno de Jesús, para quien los fines de su misión eran puramente políticos y mundanos, se esforzara particularmente en ello. Así, cuando el Salmo 22 de Zacarías evoca, según ellos [los anónimos copistas griegos], la pasión de Jesús, efectúan ligeras rectificaciones en el texto hebreo tradicional para hacerle decir lo que no dice. En el texto hebreo del versículo 17 leemos esto: «He aquí que me rodean perros, una banda de malvados me cerca, como a un león, atan mis manos y mis pies…» En el texto latino de la Vulgata de san Jerónimo leemos lo siguiente: «Foderunt manus meas et pedes meos…» Y traducen «perforar» las manos y los pies, en lugar de «lacerar» al atarlos. En la Antigüedad, se utilizaban redes para capturar a los animales salvajes, y después se les inmovilizaba con gruesas sogas que laceraban y desollaban la piel de sus patas por el roce, pero no se les perforaban las patas durante su captura. ¿Qué sentido tendría dejarles cojos?
Regresemos al Salmo 16, los versículos 10 y 11 dicen lo siguiente: «Porque no abandonarás mi alma al Seol, no dejarás a tus fieles en el abismo, tú me darás a conocer el camino de la vida, la plenitud de la alegría que se goza en tu presencia, las delicias eternas de las que uno se deleita a tu diestra…» De este texto no se puede extraer nada que sea aplicable al Verbo Eterno, puesto que en el versículo se presupone que el beneficiario de los placeres anunciados todavía no los ha conocido. Por otra parte, el mismo texto latino de la Vulgata está en contradicción con el texto hebreo original, pues la versión latina dice lo siguiente: «No permitirás que tu bienamado vea la corrupción…», en lugar de «No dejarás a tus fieles en el abismo…», podemos asegurar que son palabras muy diferentes. Así pues, una vez transcurridos tres días no podía hablarse de resurrección, dado que se suponía que el alma había sido arrastrada ya muy lejos, hacia los confines del tenebroso mundo de ultratumba. El concepto del Seol judaico se asemejaba al del Hades, el inframundo grecorromano, y ambos inspiraron el Purgatorio cristiano, anterior al tenebroso Infierno de fuego y azufre, creado alrededor del año 1000 por la Iglesia, en medio de la puesta en escena de un ambiente apocalíptico bien aderezado con un inminente Fin de los Tiempos, y que no tenía otro objetivo que el de inocular el veneno del temor y la ponzoña de la ignorancia en el corazón de los hombres, para así afianzar la Iglesia su liderazgo espiritual y su poder terrenal. Por otra parte, antes de tres días podía dudarse de la muerte real; como en el episodio de la hija de Jairo (Mateo, 9, 18 y 23-25), que había muerto hacía un momento y a la que Jesús declara viva: «No está muerta, duerme…» Esto permitiría sostener un argumento idéntico en el caso de la resurrección de Jesús. Ya que si realmente tomó el narcótico que le ofrecieron, pudo ser precisamente con ese fin: el de simular una muerte aparente. De ahí que muriese tan pronto, dando pie a la antigua creencia según la cual, le bajaron aún con vida de la cruz.
El herbario mágico del vudú africano y antillano incluye drogas que permiten hacer creer en una muerte real, y que no es sino aparente. La víctima es debidamente inhumada en el cementerio del pueblo, y al cabo de veinticuatro horas es desenterrada clandestinamente. La transportan en secreto a un pueblo muy alejado, y el beneficiario de la operación posee así un auténtico esclavo, totalmente narcotizado, del que podrá abusar a su antojo.
Puede que, en previsión de una artimaña semejante, el legionario romano Longino, siguiendo unas instrucciones concretas, asestase la definitiva lanzada a Jesús: «Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero, y al otro que estaba crucificado con él. Pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua…» (Juan, 19, 32-34).
También hemos visto en un capítulo anterior, que quizás el propósito de la lanzada fuese otro bien distinto. Observaremos, de paso, que el entusiasmo y el fanatismo irracional jamás tienen medida. Así, por ejemplo, otra leyenda pretende que ese soldado, que era ciego, recuperó milagrosamente la vista por virtud del líquido que brotó de la herida del costado de Jesús crucificado. Es difícil imaginar que Roma confiase la vigilancia de los condenados a muerte a un soldado ciego, o casi ciego. De todos modos, lo señalamos una vez más, la lanzada, asestada por un soldado experto, no tenía por qué ser mortal. Los gladiadores, por ejemplo, sabían cómo herir sin matar. Para evitar estos apaños y acuerdos tácitos, a veces, no siempre, se solía aplicar un hierro candente al luchador caído, para verificar su muerte.
Otra leyenda bíblica había descrito la permanencia de tres días en el sepulcro. Era la del profeta Jonás, engullido por un gran pez, y que, tras haberse mantenido milagrosamente con vida en el estómago de dicho monstruo marino, a pesar de los espasmos y de los jugos gástricos del animal, había sido devuelto a la playa al cabo de tres días. Suponiendo que Jonás hubiese permanecido tres días en las entrañas del cetáceo, es indudable que habría muerto como consecuencia de la acción corrosiva de los jugos gástricos del animal. De modo que no es de recibo, para cualquier mente racional, aceptar esa permanencia de tres días y tres noches (Jonás, 2, 1) de dicho profeta en el estómago del gran pez, con o sin milagro.
Fue la increíble leyenda de Jonás, sobre la que se cimentó, en buena medida, el dogma de la resurrección de Jesús: «La generación malvada y adúltera pide una señal, pero no le será dada más señal que la de Jonás el profeta. Porque, como estuvo Jonás en el vientre de un gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el seno de la Tierra…» (Mateo, 12, 39—40). Los cristianos de los primeros siglos vivían en medio de un ambiente pagano que les había acostumbrado a familiarizarse con las resurrecciones de los dioses. Y ellos no podían ser menos, para tener garantías de éxito y atraer a nuevos parroquianos, tenían que hacer resucitar también a su divinidad particular y propia. Por otra parte, la profecía de Oseas se lo decía así de claro: «Nos hará revivir dentro de dos días, al tercer día nos hará resurgir, y viviremos ante él…» (Oseas, 6, 2).
Del profeta Oseas, de la tribu de Isacar, la de los grandes videntes de Israel, sabemos muy pocas cosas, excepto el nombre de su padre, Beeri, (Oseas 1, 1), y que profetizó durante los reinados de Usías, Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá, y de Jeroboam II, rey de Israel, cuyos reinados pueden situarse a lo largo del siglo VIII a.C. Las especulaciones científicas referidas al tiempo en que Oseas ejerció su ministerio varían entre veinticinco y setenta años. Oseas desarrollaba sus actividades en el reino de las diez tribus del norte, Israel, pero, en parte, sus mensajes involucraban también al reino de Judá, en el sur. Podemos suponer que el servicio de Oseas finalizó cuando el reino del norte, Israel, fue aniquilado por los asirios en el 722 a.C. (catástrofe que él mismo había anunciado); por lo tanto, su ministerio como profeta debió desarrollarse a lo largo de entre 30 y 50 años, y si esto fue así, quiere decir que Oseas fue contemporáneo de Isaías, Miqueas y Amós. En cualquier caso, resulta evidente que su profecía se refiere a los Patriarcas, a los muertos que permanecerán a la espera del Mesías, y lo que dice sobre la acción de este último debe desarrollarse en el Más Allá, por lo tanto, en el Seol. Es decir, el Mesías muerto en el mundo de los vivos, dará una vida sobrenatural a los muertos que aguardan su llegada desde hace siglos, cuando él mismo haya penetrado en el Seol, después de haber muerto, a su vez, como ellos. Eso es lo que el profeta Oseas quiere anunciar con sus palabras. Pero, en el caso del Mesías, no se trata en modo alguno de regresar a una vida humana (mortal) corriente, de nuevo en el mundo de los vivos. Eso es lo que se sobreentiende con la frase: “…nos hará resurgir, y viviremos ante él…” Algunos traductores emplean resucitar en lugar de resurgir. No es exactamente lo mismo.
Seguramente, los cristianos de la primera época (ss. I-III), y en especial los gnósticos, interpretaron la resurrección en el sentido de Oseas. Fueron los escribas del siglo IV los que imaginaron una resurrección puramente carnal y terrenal. Nos sirve como prueba para hacer tal afirmación que la tradición gnóstica del docetismo negara que Jesús hubiese poseído jamás un cuerpo humano y carnal, y pretendiera que, ya en vida, no hubiese sido sino una materialización temporal de su espíritu. Una especie de espectro descendido del Protogonos para enseñar a los hombres el camino de la Salvación, dicho de otro modo: un fantasma o aparición tal como hoy lo entendemos.
Sabemos por el emperador romano Juliano, que en el año 362, los cristianos de Asia Menor adoraban, cerca de Sebaste, en Samaria, los restos de Jesús, lo que nos lleva a deducir, por pura lógica, que la creencia en una Ascensión corporal, en carne y hueso, no había sido aún elaborada por la Iglesia. Lo que intuían era que su espíritu y su alma, asociados en una forma evanescente, habían ascendido al Protogonos, para ocupar allí su lugar a la derecha de Dios.
Esta creencia no era incompatible con la veneración que pudiera rendirse a los restos mortales de Jesús, depositados en un sepulcro. Y la discusión de Juliano y de Severo de Antioquía, ambos obispos ortodoxos, lo demuestra de forma indiscutible y en seguida lo analizaremos. No fue hasta mucho tiempo después de la profanación de la tumba por orden de Juliano, y después de la supuesta destrucción de los restos de Jesús, cuando se elaboró la leyenda de la ascensión de Jesús [y de María, su madre] a los cielos. No obstante, parece ser que la intención de Juliano no era tanto la de destruir los huesos, para acabar con el culto del Resucitado [Jesús], como la de demostrar que aquel sedicioso crucificado como enemigo de Roma, tres siglos antes, fue humano y no un dios, que murió en la cruz, que fue sepultado y que jamás resucitó. Que su cuerpo mortal se pudrió en la tumba y que sus restos estaban todavía allí para demostrarlo. Por lo tanto, el propio emperador era el último interesado en destruir los restos mortales de Jesús que se veneraban en Samaria; la prueba concluyente de que el nuevo cristianismo católico se sostenía sobre una colosal mentira.
Decimos esto porque desde su llegada a Antioquía un año antes de profanar la tumba (362), Juliano no deja de anunciar sus intenciones, como si quisiese avisar con tiempo para que los restos fuesen puestos a salvo. Y a partir de ese momento empiezan a prodigarse las leyendas de unos personajes que, a pesar de llevar trescientos años muertos, viajan hacia Occidente. Y así desembarcaban las tres Marías en Marsella, José de Arimatea lo hace en Britania como portador del Grial y una solitaria nave, sin tripulación, como el barco que transportaba a Nosferatu [el no-muerto] arriba a las costas del noroeste español con un misterioso cofre que contiene los restos de un santo varón muerto mucho tiempo antes en Jerusalén. Da la impresión de que alguien se está encargando de trasladar todas las reliquias desde Oriente a Occidente. Pero ¿para salvarlas de quién, del apóstata emperador Juliano, o de la propia Iglesia?
Estamos a mediados del siglo IV, poco antes de que la Iglesia establezca el dogma de la divinidad de Jesús, convirtiéndole en Jesucristo, que ahora resulta que ascendió a los cielos tras la resurrección y con su envoltorio mortal intacto. Desde su institucionalización, tras el Concilio de Nicea en 325, la Iglesia católica trabajará febrilmente para reconvertir al predicador Jesús de Nazaret, en un semidiós al más puro estilo pagano. Y a partir de ese momento, será la propia Iglesia la más interesada en borrar el pasado mortal de Jesús y el de su madre, María, a la que convierten en virgen y también la hacen ascender a los cielos incorrupta, sin pasar por el sepulcro. Todo esto, no lo olvidemos, cuando la buena mujer ya llevaba trescientos años muerta.
La Iglesia católica, desde sus inicios, ha basado buena parte de su culto esotérico en la veneración de los restos humanos de sus mártires y santos, incluidos los de Jesús y María, hasta que decidió divinizarlos. Sin embargo, en aquellos momentos cruciales del siglo IV, la Iglesia tenía que dar un golpe de timón y deshacerse de las incómodas reliquias de los personajes principales de las Escrituras: Jesús, en primer lugar, y a continuación María, su madre. Luego, de forma más discreta, les llegaría el turno a Santiago, Pedro y todos los demás protagonistas de los evangelios.
María Magdalena, la más que previsible esposa de Jesús, quedó fuera de esta reinvención de los evangelios, dado que no quedaba suficientemente bien establecido su papel, más allá del de pecadora arrepentida, y, en cierto modo, se solapaba con el de la otra María, la madre de Jesús. Pero esto no significa en absoluto que los restos de María Magdalena no hubiesen sido objeto de culto y veneración antes de su divinización.
Buena parte del culto católico, todavía en nuestros días, y sobre todo en países como España e Italia, se basa en la veneración de restos humanos, a los que tradicionalmente se ha denominado reliquias. Luego no tiene nada de particular que hasta producirse la divinización de Jesús y de su madre María, sus restos, y los de otros protagonistas de los evangelios, también fuesen venerados por los primitivos cristianos.


La falsa historia del rey inglés que abdicó por amor


Eduardo VIII fue rey de Inglaterra solamente durante 326 días, desde la muerte de su padre, Jorge V, el 20 de enero de 1936, hasta su abdicación el 11 de diciembre del mismo año. El nuevo rey deseaba casarse con su amante, Wallis Simpson, con la que ya vivía. Wallis era una divorciada estadounidense que residía en Inglaterra, y que tenía, además de unas manifiestas ínfulas de convertirse en reina, un turbulento pasado y una pésima reputación en sus relaciones con los hombres, habiéndose divorciado ya dos veces. Como se daba la circunstancia de que el monarca británico es también el jefe de la Iglesia anglicana, varios dignatarios religiosos y gubernamentales no aprobaban una unión entre el rey y la señora Simpson. Pero Eduardo decidió casarse con Wallis a pesar de las abundantes objeciones. El resultado fue que después de unos doce meses como rey, abdicó. Anunció su decisión y reafirmó su amor por Wallis Simpson en un discurso radiofónico a la nación el mismo día. Cuando Wallis se enteró de la renuncia de Eduardo al trono, tuvo un ataque de ira, porque ella deseaba convertirse en reina. La pareja se exilió en Francia donde se casaron el 3 de junio de 1937 y la ambiciosa Wallis tuvo que contentarse con el título de duquesa de Windsor, pero no consiguió ser reina.
Bien, esa es la historia oficial, que resumida vendría a ser que el 10 de diciembre de 1936, Eduardo VIII renunció al trono de Inglaterra para casarse con Wallis Simpson. Sin embargo, hoy se empieza a aceptar el hecho, negado durante mucho tiempo por las autoridades y los historiadores británicos, de que un amplísimo sector de la aristocracia inglesa era abiertamente favorable a las tesis nazis por ser anticomunistas, y creían necesario un entendimiento con los alemanes, empezando por el propio rey Eduardo VIII, siendo ése el auténtico motivo por el que fue obligado a abdicar. Pero no es menos cierto que quien introdujo las bondades del nazismo en la egregia cabeza del príncipe, y futuro rey de Inglaterra, fue la señora Wallis Simpson, de marcadas tendencias filonazis, y de la que existen varias fotografías saludando efusivamente a su admirado Adolf Hitler.
Dejemos ahora a Wallis y a Eduardo, para fijarnos en otro suceso de la Segunda Guerra Mundial escasamente abordado o, por decir más, deliberadamente ocultado. Parece algo inconcebible pero, el 10 de mayo de 1941, con Francia derrotada y un mes y medio antes de iniciar la campaña contra la Unión Soviética, el lugarteniente del Führer, Rudolf Hess, voló solo a Escocia para encontrarse supuestamente con el duque de Hamilton, y negociar la paz con Gran Bretaña por separado. Hitler quería tener las manos libres para concentrar todos sus esfuerzos en la campaña de Rusia. Pero los ingleses no estaban por la labor, sabían que si los alemanes derrotaban a la Unión Soviética la posición de predominio que todavía conservaba Gran Bretaña en el mundo habría llegado a su fin. Hess fue capturado y, tras escuchar su propuesta, el primer ministro británico Winston Churchill se negó a considerarla y lo encerró en prisión. Finalizada la guerra y después de los juicios de Núremberg contra los criminales de guerra alemanes, el antiguo lugarteniente de Hitler fue encarcelado en solitario en la cárcel de Spandau.
Hess falleció en 1987 víctima de un extraño y conveniente suicidio, apenas dos años antes de producirse la caída del Muro de Berlín. Sin duda Hess podría haber contado bastantes cosas interesantes acerca de los representantes de algunas casas reales europeas afines al régimen nacionalsocialista, empezando por el que fuera rey de Inglaterra, Eduardo VIII. Estos influyentes personajes formaban parte de lo que el presidente Woodrow Wilson definió en 1918 como la diplomacia secreta cuando presentó ante el Congreso sus XIV Puntos para logar la paz en Europa en la anterior guerra.
En 1940, igual que en 1915, Winston Churchill deseaba provocar la intervención de Estados Unidos en la guerra europea, único modo de derrotar a Alemania. Y fue por eso que Rudolph Hess jamás salió de prisión y desde el principio los ingleses pusieron mucho empeño en etiquetarlo de loco. Hess había volado a Inglaterra para ofrecer la paz a Churchill y éste rechazó su propuesta porque quería la guerra.


El reinado de Darío de Persia


Darío, que pertenecía a una rama colateral de la dinastía de los aqueménidas, al enterarse de la muerte de Cambises y de la toma del poder del presunto príncipe Bardiya, acordó con otros seis nobles persas matar al usurpador. La conjura tuvo éxito y Gaumata fue asesinado el 29 de septiembre del 522 a.C., tras sólo siete meses de reinado. Se había logrado el propósito inicial de la conjura, o sea la eliminación física de Gaumata. Los siete nobles debían establecer ahora cuál de ellos era el más digno de convertirse en el nuevo soberano. El criterio que se siguió para realizar esta difícil elección consistió en fiarse al azar, acordando que sería rey aquel cuyo caballo fuese el primero en relinchar al salir el sol. Oebares, el astuto escudero de Darío, forzó sin embargo la mano del destino mediante una estratagema, haciendo que, apenas los primeros rayos del sol tiñeron el horizonte, el caballo de su señor husmeara la mano con la cual había tocado antes los órganos genitales de una yegua: el corcel relinchó y Darío fue rey. Éste, con el fin de legitimar su ascensión al trono, debió sofocar peligrosas rebeliones que estallaron en su contra en todas partes. Pero la más grave fue la de Media, donde reinaba el llamado Fraortes.
También era crítica la situación en Asiria; en Egipto, donde Darío aplicó los mismos principios que Cambises en sus buenos tiempos, la población sublevada había eliminado al sátrapa Ariandes acusado de haberse empleado con excesiva dureza. Entre fines del año 522 y comienzos del 521 a.C., en casi todo el imperio cundía la agitación; en muchas satrapías habían resurgido las esperanzas nacionalistas y el nuevo soberano no podía contar con que sus exiguas huestes medas y persas se mantuvieran fieles. No obstante, a partir de diciembre del año –522, los acontecimientos empezaron a dar un vuelco en favor de Darío con la derrota que el sátrapa Dadarshi infligió a Fradas, usurpador de Margiana. En adelante hubo una serie ininterrumpida de victorias alcanzadas por los generales de Darío, y éste mismo, sobre los rebeldes. Por último, después de haber reconquistado Babilonia, Darío avanzó en auxilio de un contingente enviado contra Fraortes y el cabecilla rebelde fue derrotado y ajusticiado, después de someterle a terribles torturas, en Ecbatana. Desde ahí, el grueso del ejército persa, conducido siempre por Darío, se dirigió al norte, y mientras una columna se encaminaba a Partia, en ayuda de Histaspes, que pudo dominar finalmente la rebelión, Darío llegó a Arbelas, al oeste del lago Urmia, tras haber logrado victorias decisivas contra los rebeldes asirios y arameos. En tanto, el sátrapa de Ecbatana sofocó con las tropas dejadas en la guarnición un nuevo levantamiento producido en Sagartia, mientras que en Parsa se derrotaba y capturaba a otro falso Bardiya: los jefes de estas dos últimas rebeliones corrieron la misma infausta suerte del usurpador Fraortes.
En septiembre del –521, cuando Darío había retomado ya en gran parte el control de la situación del imperio, un ciudadano armenio, que adoptó el nombre de Nabucodonosor IV, ayudado por algunos nobles, se hizo con el poder en Babilonia, pero su reinado fue efímero: a fines de noviembre fue hecho prisionero y ajusticiado por orden del soberano, al igual que sus cómplices. El propio Darío, en las inscripciones de Behistum, se refiere detenidamente a los tormentos que se infligieron a los falsos reyes, y esta insistencia, que contrasta con los calificativos de justo y bueno que se atribuye Darío, es un indicio de los dura y despiadada que fue la lucha por el poder, a pesar de las tentativas de las fuentes oficiales de dar escasa importancia a la amenaza de los rebeldes.
Pese a la tentativa de amoldar la realidad de los hechos en provecho propio, la imagen que Darío da de sí mismo en la inscripción de Behistum contiene elementos genuinos: este soberano comprendió que la manera acertada de gobernar un reino de límites tan extensos residía en una rigurosa reforma administrativa. A este efecto concedió alguna autonomía a las satrapías, pero las insertó en un sistema centralizado, donde los dos ejes de la vida del imperio (las finanzas y el ejército) se hallaban sujetos a su control directo. Con el fin de centralizar de la mejor manera posible el poder en la persona del soberano y en la corte de Susa, ciudad que se transformó en capital imperial, Darío se cuidó de elegir a los sátrapas entre los miembros de la familia real, o entre los dignatarios medos y persas en quienes más confiaba. Las satrapías se organizaron siguiendo el modelo del gobierno central y, a su vez, fueron divididas en unidades territoriales menores, regidas la mayoría de las veces por funcionarios nativos.
Según la reforma fiscal que efectuó Darío, el tributo impuesto a cada una de las satrapías debía pagarse en oro o plata, y se modificaba de año en año. Por tratarse de la etnia dominante, los persas estaban eximidos de pagar impuestos, pero debían suministrar tropas. El ejército, cuyo núcleo central se hallaba constituido por huestes medas y persas, permitía mantener el orden en el vasto imperio. Con el devenir del tiempo, la caballería y la infantería se convirtieron en los cuerpos más importantes, en tanto que se redujo el número de fuerzas en las unidades de carros de combate, debido a su escasa maniobrabilidad en terrenos accidentados. De los sátrapas dependía una milicia integrada por tropas nativas que, dado el caso, se unían al ejército regular. El sátrapa en cuyo territorio se encontraban las guarniciones pagaba a la soldadesca, y en general en especie, por lo menos durante el reinado de los primeros aqueménidas, salvo a los mercenarios griegos, presentes en cantidades considerables en las filas del ejército, a los que se pagaba en moneda. Rodeaba al soberano una guardia real, constituida por tropas de caballería y 10 000 arqueros, que los historiadores llamaron «los inmortales». El nombre deriva tal vez del hecho de que el número de estos hombres se mantuvo siempre inalterable: en efecto, un nuevo recluta sustituía a cada soldado muerto o licenciado.
En todos los sectores de la vida del Estado se manifestó la voluntad de unificación de Darío: entre otras cosas, éste quiso que se ampliara y reorganizara la red de caminos para unir su sede con los lugares más distantes del imperio. Una de las carreteras más importantes partía de Susa, llegaba a Sardes tras un recorrido de 2 500 kilómetros aproximadamente, y seguía después hasta Éfeso; otra unía a Susa con el valle del Indo, pasando por Behistum y Hamadán. A lo largo de estas vías de comunicación había muchas postas, con caballos de refresco a disposición de los correos y emisarios imperiales. Merced a este sistema de postas, heredado de los asirios y que los aqueménidas desarrollaron al máximo, se aseguraron comunicaciones veloces con todas las satrapías; las guarniciones y patrullas de soldados garantizaban la seguridad de los caminos, y de esta manera favorecieron también el desarrollo del comercio.
Para facilitar la recaudación de los tributos, Darío ordenó la reorganización del sistema monetario, acuñando una moneda, el famoso «dárico» de oro, que pudiera circular en todo el territorio del imperio, fijando por primera vez una relación de cambio precisa entre el oro y la plata. En tiempos de Creso, los lidios introdujeron la acuñación de monedas efectuada por el Estado, pero Darío perfeccionó este sistema y se reservó el derecho de hacerlo en oro. El dárico de oro y las otras monedas tenían grabada la figura de un arquero arrodillado. La adopción de un doble sistema de monedas de oro y plata facilitó también el comercio con el occidente griego, donde circulaban principalmente las de plata.
En cuanto se refiere a la administración de justicia, las fuentes griegas destacan especialmente el amor por la justicia y el orden y el odio por la mentira, característicos de los persas. En las diversas inscripciones que dejó, Darío reafirmó muchas veces estos principios; permitió que siguieran en vigencia los sistemas legislativos locales, sobre todo el que concernía a los asuntos de derecho privado. Los castigos más frecuentes, en particular cuando se trataba de delitos contra el Estado, eran las mutilaciones, el garrote y la proscripción.
Durante el reinado de Darío se emprendió la construcción de dos conjuntos monumentales, en Susa y Persépolis, de los cuales se conservan ruinas imponentes. Ambos constan de un palacio real y de una «apadana» o sala del trono. Mientras que en el primer edificio son evidentes las influencias arquitectónicas de Babilonia, el segundo se ajusta más bien a la concepción del templo egipcio, pues está constituido por una sala inmensa, cuyo techo está sostenido por decenas de columnas: al fondo de la sala, en la penumbra, se encuentra el trono.
En Susa, al lado de las dos construcciones principales se alzaba la ciudad, circundada de murallas y de un foso cubierto de agua. Persépolis se construyó sobre una explanada, adosada a una pared rocosa que se obtuvo, en parte, usando bloques gigantescos de piedras en escuadra, unidas por garfios de metal, según un sistema ya en uso entre los primeros aqueménidas. Este segundo complejo monumental se inició apenas terminada la construcción del de Susa (521 a.C.) y en su realización participaron en gran parte los mismos artesanos. En ambos casos se enviaron hombres, recursos y materiales desde los territorios más lejanos del imperio, como se desprende de la «carta de fundación del palacio» hallada en Susa, en la cual se relata la obra realizada tanto en la antigua capital elamita como en Persépolis.
La grandiosa obra de organización que Darío llevó a cabo no agotó el emprendedor espíritu del soberano, que fue también un rey guerrero. Durante el periodo de las rebeliones se había visto obligado ya a que se diera muerte al sátrapa de Sardes, Orestes; al de Dascilio, Mitróbates, y a un emisario del mismo Darío. Entre los prisioneros de Sardes que fueron llevados a Susa, se encontraba el médico griego Democedes, que fue destinado exclusivamente al servicio de Darío, si bien el galeno no abandonó jamás la esperanza de regresar a Cratenas, su ciudad natal. Sardes, Dascilio y Jonia fueron unificadas en una sola provincia que constituyó el baluarte del Imperio Persa en Asia Menor.
Mientras Darío permanecía en la frontera oriental dirigiendo una exitosa campaña contra los masagetas, se vio obligado a encarar una difícil situación en Egipto, donde habían estallado graves conflictos entre los nativos y el sátrapa Ariandes. Darío resolvió marchar personalmente a Egipto, tanto más cuanto que también era necesaria su intervención en Judá, donde el fanatizado partido nacionalista —de inspiración religiosa— había recobrado fuerza. El soberano apeló a la hábil táctica que ya había aplicado Ciro, que consistía en favorecer la tolerancia religiosa a los pueblos subyugados, y en Egipto facilitó cien talentos de oro para la búsqueda de un nuevo animal que reemplazara al buey sagrado Apis, muerto en aquellos aciagos días. Sus excelentes dotes diplomáticas le permitieron retomar por completo el control de la situación.
Antes de regresar a Persia, a finales del año 518 a.C., Darío ordenó que se realizara una nueva obra, que consistió en la conexión fluvial entre el mar Rojo y el Mediterráneo a través de un canal que comunicó el mar Rojo con los lagos Amares, y a éstos con el Nilo.
En tanto, los límites del imperio se habían ensanchado aún más: las tropas persas habían conquistado el valle del Indo. El envío de varias expediciones de exploración propició la conquista. La más importante, en lo que concierne a los proyectos de expansión que acariciaba Darío fue la de Ariaramne, sátrapa de Capadocia, sobre las costas del mar Negro. En el año –513, después de haber preparado una gigantesca expedición, de la que formaba parte una escuadra confiada casi por completo a marinos griegos, el soberano se dispuso a pisar suelo europeo por primera vez. Para los griegos, esta actitud de querer prolongar más allá de sus fronteras naturales los límites del imperio constituía una demostración de arrogancia que merecía desencadenar la intervención de los dioses: en esta ocasión, el Imperio Persa sufrió un duro revés militar. En un primer momento, la campaña se desarrolló de un modo favorable a los persas: la ciudad de Bizancio —futura Constantinopla— hizo acto de sumisión, y los persas atravesaron el Helesponto —hoy conocido como estrecho de los Dardanelos que comunica el mar Egeo con el mar interior de Mármara—, sobre un puente de barcas que proyectó el ingeniero jónico Mandrocles, y luego el Danubio, a través de otro puente de barcas que construyeron los jonios; pero los escitas se retiraron, incendiando las tierras delante del enemigo, y la flota no pudo suministrar ayuda alguna porque las tropas expedicionarias habían tenido que alejarse de la costa a causa de la insalubridad de los pantanos. Darío tuvo que ordenar la retirada; Milcíades el Joven, señor del Quersoneso de Tracia, que había debido someterse a los persas, exhortó inútilmente a los jonios para que destruyeran el puente del Danubio: éstos no quisieron exponerse a las represalias del soberano, y Darío pudo así volver a atravesar el río, y después el Helesponto, tras dejar en Europa un contingente de tropas con el fin de consolidar las conquistas efectuadas. Los escitas no habían sido vencidos, pero Tracia Oriental y el territorio de los getas se encontraban bajo el control de los persas, que extendieron su dominio hasta las ciudades griegas de la costa por las cuales pasaba el comercio de cereales procedentes del Ponto. Grecia se encontraba ante una amenaza inminente.
En esos años, la injerencia de los persas en la vida política de las polis griegas se fue profundizando cada vez más. Darío y sus emisarios se ocupaban activamente de sembrar la discordia en el campo enemigo, favorecidos por las riquezas que podían prodigar para comprar aliados y por las rivalidades que dividían a los helenos. En el año 508 a.C. se produjo una intervención armada del rey espartano Cleomenes contra Atenas, donde el partido democrático de Clístenes llevaba las de ganar. Esta primera agresión fue rechazada, pero, frente a la amenaza de nuevos ataques, los atenienses enviaron embajadores a Sardes con el propósito de concertar una alianza con Artafernes, el sátrapa de esa ciudad. Sin embargo, al disolverse las fuerzas armadas conjuntas de la Liga del Peloponeso el peligro espartano disminuyó, y se soslayó el tratado concertado con los persas en los momentos de necesidad.
Algunos años más tarde, Artafernes intervino junto a Aristágoras, tirano de Mileto, en una tentativa de conquista de las islas Cícladas que resultó fallida. Esta empresa de expansión fracasó por los desacuerdos que se suscitaron entre los persas y los griegos de la flota, y, según lo que afirma Heródoto, Aristágoras, temiendo la cólera de Darío, incitó a las ciudades jónicas a la rebelión. Siguiendo el ejemplo de Mileto, en el 499 a.C., todas las ciudades de la costa se sublevaron contra Darío y no tardaron en ser imitadas por las islas de Samos, Lesbos y Quíos. El ejército aliado avanzó sobre Sardes, que fue incendiada, pero los últimos defensores de la ciudad, cercados en la ciudadela, siguieron resistiendo heroicamente al mando del sátrapa. Este primer triunfo alimentó las esperanzas griegas de poder conquistar la independencia por las armas: Milcíades el Joven, ya aliado reacio de Darío en la campaña contra los escitas, se puso a la cabeza de una rebelión en el Quersoneso, y, al igual que él, se sublevaron los griegos de la Propóntide y del Bósforo, los carios, licios y griegos de la isla de Chipre, pero el poderoso soberano persa no tardó en responder poniendo en macha su colosal ejército.
La primera en caer fue Chipre, en el año 496 a.C.: luego los aliados sufrieron otras derrotas, hasta que la propia Mileto, que era la instigadora de la rebelión, quedó cercada por los ejércitos enemigos. Durante el desarrollo de estos dramáticos sucesos, Atenas, cuya ayuda habían esperado en vano los rebeldes, se hallaba ocupada en resolver los conflictos que estallaron intramuros entre los que propugnaban la democracia como forma de gobierno, y los partidarios de la tiranía, y no prestó apoyo alguno a los jonios, ordenando incluso la retirada de la escuadra que había sido mandada en su ayuda; tampoco quiso intervenir en este conflicto ninguna otra ciudad importante de la Grecia continental.
Los aliados, como tentativa extrema, decidieron presentar al enemigo una batalla naval en el brazo de mar frente a Mileto, en las cercanías de la isla de Lades. No obstante, la flota fenicia de Darío resultó vencedora, incluso porque la de los griegos estuvo dividida por ásperas discordias entre los marinos de las diversas ciudades. Mileto también cayó en el año 494 a.C. Sus habitantes fueron deportados a la desembocadura del Tigris y se devastaron sus templos, trasladándose a Susa como botín de guerra las estatuas de los dioses.
Inicialmente, la represión persa fue feroz. Los ejércitos vencedores sembraron el terror, asolaron las comarcas y se impusieron a las ciudades rebeldes tributos de tal magnitud que comprometieron su economía por espacio de largo tiempo. Darío adoptó más tarde una actitud menos severa, se rebajaron los tributos y se obligó a las ciudades a formalizar tratados para solucionar las controversias existentes entre ellas.
A estas alturas era inevitable que, una vez reprimidos los desórdenes dentro de sus confines, los persas quisieran vengarse de las ciudades de Grecia que, como Atenas y Eretria, habían concedido su ayuda a los insurrectos o se habían limitado solamente a prometerla. La expedición que envió Darío a Grecia con este propósito se confió al mando del general Artafernes, sobrino del rey. Fue el inicio de las Guerras Médicas.
Darío dispuso que se lo sepultara en Nakshi-Rustam, lugar que los elamitas ya habían considerado sagrado, en una tumba excavada en la roca. El monumento consta de una cámara sepulcral, de techo a dos aguas, y en una fachada en forma de cruz, que también está cavada en la roca, en cuyo brazo horizontal se ha esculpido la representación de la entrada al palacio, con las columnas que sostenían el techo, mientras que en el vertical aparece la figura del Gran Rey, sentado en el trono, en actitud de adoración al dios Ahura-Mazda, y debajo los representantes de los pueblos que componían su vasto Imperio.

Batalla entre griegos y persas

domingo, 8 de julio de 2018

¿Quién fue Judas de Gamala?


Al este del lago Genesaret, rebautizado como Tiberíades por Herodes Antipas para congraciarse con el emperador Tiberio, y también a veces pomposamente llamado «mar de Galilea», se encuentra una montaña coronada por una especie de giba, de donde proviene su nombre, dado que gamal significaba en arameo camello. En la cima de dicha giba hay un pueblo, que antaño fue una aldea muy grande, un verdadero nido de águilas, cuyo nombre es Gamala. En su juventud, Flavio Josefo fue «gobernador de Galilea y de Gamala…» (Flavio Josefo, Guerras de los Judíos, Libro II, 11). La importancia de dicha plaza fuerte viene subrayada por el hecho de que se la cite aparte. Veamos lo que dice de ella nuestro celebérrimo autor, con ocasión de la campaña de Vespasiano:
«Después de la toma de Jopata, todos los galileos que habían escapado a los brazos de los romanos se entregaron a ellos. Entonces éstos ocuparon todas las plazas, excepto Gischala y el monte Itabyrios (el Tabor). A los insumisos se añadió también Gamala, ciudad de los Tariqueos, situada en la parte alta del lago, allá donde finalizaba el reino de Agripa, y limitaba con Sogoné y Seleucia, y con la zona en la que se encuentra también el lago de Semechonitis. Tiene sesenta verstas de anchura, y llega hasta el pueblo llamado Dafne, que es bellísimo, y es donde están las fuentes de las que nace el río Jordán, bajo el templo de la Vaca de Oro [uno de los Becerros de Oro de Jeroboam; 1Reyes, 12, 29], antes de llegar al gran Jordán. Agripa, al elegir a estas plazas y concederles su fe, las había pacificado.
»Pero Gamala no se sometía, confiando en su solidez, ya que el suelo era rocoso y la ciudad se levantaba sobre un contrafuerte, como sobre un cuello y dos hombros, lo cual le daba apariencia de un camello. Pero se la denominó Gamal, ya que las gentes del país no podían llamarla por su verdadero nombre de Kamil (pronunciación galilea de Gamal), porque detestaban a dicho animal (en griego kamélos).
»Por sus flancos y de frente había precipicios sin fondo; por detrás no estaba fortificada, pero los habitantes la habían reforzado mediante un profundo foso. En cuanto a las viviendas, las habían construido extremadamente compactas en el interior de la plaza, y habían perforado pozos en el otro extremo de la ciudad.
»Por muy fuerte que fuera esa plaza, Flavio Josefo todavía la fortificó más, levantó murallas sólidas, y construyó conductos subterráneos a fin de que se pudiera circular también bajo tierra».
Pero a pesar de esta situación extraordinaria para su defensa, Gamala fue tomada por Tito, hijo de Vespasiano, el día 23 del mes de Hiperberetaios, es decir, el 10 de noviembre de año 67 de nuestra Era, tres años antes de la caída de Jerusalén. Hubo cuatro mil judíos muertos, y cinco mil se lanzaron a los precipicios. Sólo escaparon dos mujeres, las hijas de una hermana de Felipe, que era uno de los generales de Agripa II. Pero este asalto había costado la vida a once mil legionarios romanos (casi dos legiones completas) incluidos los auxiliares extranjeros.
Antes había sido tomada ya con Gaulana, Seleucia y Farega, cuando Aretas, rey de los árabes nabateos, se convirtió en rey de Coelesiria, marchó contra Judea, venció a Alejandro Janeo, y luego firmó la paz con él. Entonces, una vez aliados, Alejandro Janeo atacó y se apoderó de esas cuatro ciudades. Esto tuvo lugar aproximadamente hacia el año 80 a.C.
Así era la ciudad que dio su nombre al verdadero padre de Jesús, el caudillo judío de la Revolución del Censo, Judas el Galileo (Hechos, 5, 37), también llamado Judas el Gaulanita, o Judas de Gamala: «Después de él (Teudas) se levantó Judas el Galileo en los días del censo, y arrastró al pueblo tras de sí. Más él pereció, y todos cuantos había tenido confianza en él fueron dispersados…» (Hechos, 5, 37).
«En el año 42 del reinado de Augusto, y en el 28 de la sumisión de Egipto y de la muerte de Antonio y Cleopatra , en que acabó la dominación de los Ptolomeos sobre Egipto, nació nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en el tiempo del primer censo, cuando Quirino gobernaba sobre Siria…» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Libro I, V, 2 y Lucas, 2, 1-5).
«Judas, Gaulanita de una ciudad llamada Gamala, tomó a su lado al fariseo Sadoq y empujó al pueblo a la rebelión. Decían que el censo no servía para otra cosa que para conducir directamente a la servidumbre, e incitaban al pueblo a que defendiera su libertad…» (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos, XVIII, 4).
«Entonces un Galileo llamado Judas impulsó a sus compatriotas a la rebelión, reprochándoles que aceptaran pagar impuestos a los romanos y que soportaran a unos dueños mortales, que no eran Dios…» (Flavio Josefo, Guerras de los Judíos, II, 18).
«Había asimismo un tal Judas, hijo de Ezequías, aquel temible cabecilla de bandoleros a quien antaño Herodes no consiguiera aprehender sino tras las mayores dificultades. Ese Judas reunió alrededor de Séforis, en Galilea, una tropa de desesperados y efectuó una incursión en el palacio real. Se apoderó de todas las armas que encontraron allí, equipó con ellas a todos cuantos le rodeaban, y se levó todas las riquezas que había recogido en dicho lugar. Aterrorizaba a todo el contorno a causa de sus incursiones y sus saqueos, que tenían como meta alcanzar una elevada fortuna e incluso los honores de la realeza, ya que esperaba elevarse a dicha dignidad, aunque no mediante la práctica de la virtud, sino precisamente mediante los excesos de su injusticia…» (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos, XVII, 10).
Flavio Josefo acababa de precisar con esto que Judas de Galilea era el hijo de Ezequías, de quien se dice que era el cabecilla de un «temible grupo de bandoleros». Pues bien, en un capítulo previo, el propio Josefo nos ofrece curiosas precisiones sobre el fin de Ezequías. Hagamos un pequeño resumen cronológico: En el 46 a.C., Herodes, segundo hijo de Antípater (Antípatro el Idumeo), era gobernador de Galilea por orden de César. Tras innumerables persecuciones y combates, sus tropas consiguieron capturar a Ezequías, que por entonces causaba estragos en Siria, que en aquellos tiempos era romana. Herodes lo mandó crucificar. Inmediatamente, éste fue citado para que compareciera ante Hircano, Sumo Pontífice de Israel, quien le reprochó vehementemente la muerte de Ezequías. Herodes consiguió hacerse absolver, tanto gracias a una buena defensa como a la sombra enfurecida de Roma, a la que Hircano no se atrevía a enfrentarse. Y llegados a este punto, se plantea una cuestión: ¿cómo pudo sentirse indignado el Pontífice de Israel por el hecho de que Herodes hubiera ajusticiado a un cabecilla de bandoleros? Pues simplemente porque ese «bandolero», en realidad, era un jefe de estirpe real, un descendiente de los Macabeos-Asmoneos y porque ese rey en potencia había recibido previamente la unción, y su bandolerismo era en realidad una guerrilla organizada que venía combatiendo de forma casi ininterrumpida desde el año 166 a.C. cuando los llamados a sí mismos Consagrados a Dios los hasidim al mando de Judas Macabeo y sus hermanos libraron una terrible guerra civil contra los judíos helenizados que contaban con el apoyo del rey grecosirio Antíoco IV Epífanes que pretendía convertir Jerusalén en una ciudad griega, prohibiendo el culto a Yahvé, así como todos los ritos judíos, y consagrando el Templo al dios Zeus.
Dos años después, en el 164 a.C. la guerra civil ya se había extendido por todo el país, y los Macabeos refundaron el Reino de Judea (no de Israel) como Estado independiente. Y ése es el «Linaje Sagrado» al que Jesús Barrabás [Yeshua Bar-Abba] y los suyos pertenecían, el de los Macabeos-Asmoneos, los hasidim, que en el año 150 a.C. lograron expulsar a los grecosirios, y a los judíos helenizados de Jerusalén.
En el año 129 a.C. tras la caída del reino Seléucida de Siria, el reino de Judea adquiere plena autonomía y se hacen con las riendas del poder los Asmoneos, partidarios de favorecer al clero saduceo, en detrimento de los fariseos que habían sido los grandes protagonistas de la revuelta inicial protagonizada por los Macabeos. En el año 110 a.C. el Rey-Sacerdote Juan Hircano I, conquista Idumea, de población árabe, y Samaria, escindida por dos veces de Judea, la última en el siglo VI a.C. tras el regreso de los descendientes de los judíos (no israelitas) deportados a Babilonia en el 587 a.C. por Nabucodonosor. Israel no existía desde el 722 a.C. tras la conquista asiria.
En el 105 a.C. otro Rey-Sacerdote, Alejandro Janeo, intenta poner fin al cisma religioso que enfrenta a fariseos y saduceos, ordenando crucificar a 3.000 de los primeros y beneficiando ampliamente a los saduceos. Damos un pequeño salto en el tiempo y nos vamos al momento en que se produce la intervención romana. En el 63 a.C. el general Cneo Pompeyo derrotó al rey Mitrídates VI del Ponto y como consecuencia de ello Siria se convirtió en una provincia romana. A continuación, Pompeyo se dirigió a Judea, para asegurar el área. Una vez allí, se encontró con que el país se hallaba inmerso en una guerra civil. Aristóbulo que estaba sitiado en Jerusalén por su hermano Hircano, solicitó la intervención romana, ofreciéndole una generosa recompensa a Cneo Pompeyo, que aceptó el general romano. Luego Aristóbulo acusó a los romanos de extorsión, lo que originó que Pompeyo instalara en el trono a Hircano y desde entonces Judea y Galilea se convirtieron en protectorados de Roma. Obsérvese que hablamos de dos provincias distintas: Galilea al norte (Israel) y Judea al sur (antiguo reino de Judá) y de protectorado no de provincias anexionadas.
Damos otro pequeño salto en el tiempo y nos vamos hasta el año 47 a.C., Antípatro el Idumeo sucedió a Hircano como rey (árabe) de Judea, siendo confirmado por Julio César. Al morir Antípatro en el 44 a.C., precisamente el mismo año que Julio César, su hijo, Herodes I el Grande fue nombrado gobernador por el Senado romano y rey de Judea en el 39 a.C. En el año 31 a.C. Marco Antonio, generalísimo del Imperio oriental, le confirmó en el cargo, y finalizada la guerra civil romana que le enfrentó con Octavio, de la que el segundo resultó vencedor, y ya convertido en Augusto, confirmó a Herodes I el Grande en su trono. A lo largo de sus treinta y cinco años de reinado, Herodes vivió obsesionado con la idea de que se preparaban conjuras contra él y asesinó a varios miembros de su familia, especialmente de la rama judía, la de los Macabeos-Asmoneos con los que había emparentado por razones de Estado. Tal fue el destino que corrieron los príncipes Aristóbulo y Alejandro ahogados por su padre en el 6 a.C., o el sumo sacerdote Simón Boetos.
Ese comportamiento de Herodes el Grande, exterminado sistemáticamente a los Macabeos-Asmoneos, herederos legítimos del trono de Judea, el Reino que ellos mismos habían refundado un siglo antes, como era de esperar, disgustó a los supervivientes que no tardaron en rebelarse contra Herodes acaudillados por Ezequías, padre de Judas de Gamala, y abuelo de Yeshua Bar-Abba, alias Jesús Barrabás todos ellos Asmoneos (sacerdotes) antiguos aliados de los Macabeos (reyes). Ni David ni Salomón pintaban nada en todo este asunto. La referencia a ellos no es más que otra cortina de humo para distraernos de lo que realmente importaba a Jesús: recuperar su Reino, por otra parte, de este mundo.
Cuando Herodes murió en el año 4 a.C., Judea fue dividida entre sus hijos que se convirtieron en tetrarcas. No obstante, repasemos un detalle referido a Arquelao, tetrarca de Judea, Samaria e Idumea, deportado a la Galia en el 6 d.C., por orden de Augusto. Arquelao fue tetrarca de Judea, Samaria e Idumea, tres países distintos: Judea, con población mayoritariamente judía y de ésa religión, capital en Jerusalén. Samaria, escindida del resto de la nación judía, por segunda vez en el siglo VI a.C., cuando recibió las oleadas de inmigrantes judíos repatriados y excautivos en Babilonia y que los demás judíos consideraron impuros. De todas formas la primera escisión, como Israel se había producido en el siglo X a.C. Idumea, de población árabe helenizada convertida al judaísmo a la fuerza por los Asmoneos en el siglo II a.C. También había acogido a muchos judíos griegos durante las guerras civiles de esa época (ss. II-I a.C.).
Galilea, patria de Judas de Gamala, uno de los generales de Aristóbulo (padre de Agripa, que nacerá en Belén), quedó bajo jurisdicción de Antipas, y cuando Augusto ordenó inventariar los bienes del rey Arquelao –sucesor de Herodes- para embargarlos, y censar a sus súbditos galileos, éstos se rebelaron contra Roma y contra Antipas. Estos duros galileos del norte son israelitas no judíos. De ahí el escaso éxito que Jesús tiene entre los judíos ortodoxos del sur. La capital de Israel (II Reino) fue Samaria, no Jerusalén. De ahí también la particular forma de practicar su judaísmo por parte de Jesús. Ahora recuérdese que en el seno de la familia de los Macabeos (reyes fariseos) y Asmoneos (sumos sacerdotes saduceos) ya existían importantes disensiones antes de la llegada de los Herodianos, los terceros en discordia, árabes idumeos helenizados y, que habían aceptado su conversión forzosa al judaísmo en el siglo II a.C. para eludir su exterminio.
Yeshua Bar-Abba [Jesús Barrabás] deberá lidiar con las tres facciones, a veces aliadas, a veces enfrentadas. De ahí que su discurso pueda parecer errático, intentando complacer a unos y a otros, para obtener su apoyo. Es una partida a tres bandas, donde para eliminar a uno los otros dos deben unir sus fuerzas. Cosa que no se da. En realidad, la ocupación romana, es un aspecto secundario. Por esa razón, entre otras, Juan el Bautista, no tiene claro que sea él [Jesús] el líder idóneo y le pregunta "¿…debemos esperar a otro?" Recuérdese también que Jesús no hace nada por liberarle de su prisión en Maqueronte, y no nos referimos a un asalto armado de la inexpugnable fortaleza, hubiesen bastado unas palabras susurradas al oído de Salomé, para que la princesa intercediese ante su tío-padrastro Antipas para liberar al santón. Pero existía un inconveniente, y este era que la relación incestuosa que denunciaba Juan era la que mantenían Jesús y Salomé. ¿Por qué era incestuosa? Intentaremos despejar el enigma más adelante. Aunque anticipamos al lector que, como ya hemos señalado, una de las claves para hacerlo está en trasladar la acción que los evangelios, canónicos y apócrifos, sitúan alrededor del año 30, al año 6 d.C. cuando se produce la destitución de Arquelao, y del sumo sacerdote Yeshua Ha-Notzri [el de otro pueblo] del que nos habla el Talmud, y que nosotros sostenemos que no es otro que el Jesús de Nazaret [o Nazareno] de los evangelios, a su vez el Yeshua «Hijo de Sié» también mencionado por los talmudistas y, en definitiva, nuestro Yeshua Bar-Abba o Jesús Barrabás, que había sustituido como sumo sacerdote a Eleazar [Lázaro] hermano de Arquelao hacia el año 2-3 d.C. por sus encendidas diatribas denunciando su concubinato con Glafira, viuda de su hermanastro Alejandro, asesinado en el 7 a.C. Un episodio casi idéntico, aunque con distintos personajes, y en distinta época, al que se nos describen los evangelios.
Alguien podrá pensar que ésta es una explicación peregrina. Vayamos a la propia historia clásica: algunos historiadores latinos, en la época del Bajo Imperio (ss. III-V), confundían, como ya hemos señalado, a los tres emperadores Flavios porque tenían prácticamente el mismo nombre, y no se daba en ellos la intención de confundir o despistar, cosa que sí sucede en los evangelios, que bajo la apariencia de Escrituras Sagradas, han ocultado el relato de una lucha dinástica entre Asmoneos y Macabeos, enfrentados entre sí y a los Herodianos por el trono de una Judea feudataria de Roma. Pero no atribuimos toda la responsabilidad a los escribas cristianos, puesto que esa ocultación se inició ya en el seno del judaísmo, que prefirió pasar página discretamente y atribuir el origen de todos sus males a los ocupantes romanos. Eso es, en nuestra opinión, lo que sucedió después de la segunda Revuelta y de iniciarse la Diáspora a partir del año 135, en tiempos del emperador Adriano.
Todo esto tiende a demostrar que Judas de Gamala y su padre Ezequías no fueron unos malhechores ordinarios como pretende Flavio Josefo, sino que existió una situación de guerra sucia constante entre las diversas facciones del judaísmo, dentro de un contexto generalizado de resistencia armada contra la dominación romana, que Ezequías fue su precursor, que más tarde este movimiento estuvo dotado de una doctrina donde se sincretizaba lo religioso con lo político, y que ese mismo ideario postulaba la emancipación de Judea del Imperio Romano y la reinstauración de la monarquía teocrática de los reyes-sacerdotes Macabeos-Asmoneos; que el precursor de ese movimiento mesiánico fue Judas de Gamala, y que tuvo en Jesús, Yeshua Bar-Abba, su hijo, a su continuador. Repasemos la enumeración cronológica de los principales hechos que se desarrollaron en Judea tras la muerte de Ezequías:
En el año 6 d.C., poco después de que Judea, a la muerte de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, pasase a ser administrada directamente por Roma, se produce el episodio del Censo, ordenado por Augusto y ejecutado por Quirino. Judas de Gamala convoca a los judíos a la rebelión, que será duramente reprimida por los romanos. Estos sucesos son relatados por Flavio Josefo en su obra Guerras Judea (Libro II, Capítulo 8); y en las Antigüedades de los Judíos (Libro XVIII). Judas de Gamala es mencionado también por Gamaliel, miembro del Sanedrín, en un discurso puesto en su boca por el autor de los Hechos de los Apóstoles (Hechos, 5, 37). Gamaliel lo utiliza como ejemplo de mesías fallido. No será el último.
Judas de Gamala dirigió un segundo asalto a la ciudad de Séforis, entonces capital de Galilea, y en esta ocasión custodiada por soldados romanos. Josefo no menciona la muerte de Judas, pero informa de que sus hijos, Santiago y Simón, fueron ejecutados por el procurador Tiberio Alejandro hacia el año 47, varios años después de la afirmación de Gamaliel. Más adelante examinaremos estos hechos en profundidad. En las Antigüedades de los Judíos, Josefo afirma también que Judas fundó, junto con el fariseo Sadoq, el movimiento de los zelotes o «Celosos de la Ley» que él consideraba la cuarta secta del judaísmo en el siglo I, junto con saduceos, fariseos y esenios. Josefo culpa a los zelotes de la Gran Revuelta Judía (66-73) y de la destrucción del Segundo Templo, el que Herodes había reconstruido sobre los cimientos del que destruyó el rey Nabucodonosor en el 587 a.C. Los zelotes predicaban que sólo Dios era el verdadero «Rey de Israel», y se negaban a pagar impuestos a los romanos.
Asimismo, en sus Antigüedades de los Judíos, Flavio Josefo, después de enumerar las distintas sectas de los judíos, nos dice lo siguiente con respecto a la cuarta, la de los zelotes fundada por Judas de Gamala: «Pero un tal Judas el Gaulanita, de la ciudad de Gamala, se acompañó de un fariseo llamado Sadoq, y se precipitó en la sedición. Pretendían que dicho Censo no traía consigo sino una servidumbre completa, y apelaban al pueblo a que reivindicara su libertad. Porque, decían, si llegaban a vencer, sería en beneficio de la fortuna adquirida, y si eran privados del bien que les quedaba, al menos obtendrían el honor y la gloria de haber mostrado grandeza de alma. Por otra parte, Dios colaboraba preferentemente en el éxito de sus proyectos si, ya que aspiraban a metas muy elevadas, no ahorraban ningún esfuerzo para alcanzarlas…
»De ahí nacieron sediciones y asesinatos políticos, tanto de conciudadanos, inmolados al furor que levantaba a unos contra los otros y a la pasión de no ceder ante sus adversarios, como a enemigos; el hambre empujaba hasta los extremismos más vergonzantes; eran tomadas y destruidas las ciudades, hasta que por fin aquella revolución entregó el Templo mismo de Dios al fuego del enemigo. Hasta tal punto el cambio de las instituciones nacionales y su perturbación influyen para llevar a la perdición a aquellos a los que alcanzan, ya que Judas de Gamala y Sadoq, al introducir y al despertar entre nosotros una cuarta secta filosófica, y al rodearse de numerosos adeptos, llenaron el país de disturbios inmediatos, y plantaron las raíces de los males que causaron allí estragos más adelante, y todo ello gracias a esa filosofía desconocida antes de ellos, y de la que quiero hablar un poco, principalmente porque el favor del que dicha secta gozó entre la juventud fue lo que causó la ruina del país…
»La cuarta secta filosófica tuvo como autor a ese Judas el Galileo. Sus sectarios concuerdan en general con la doctrina de los fariseos, pero sienten un invencible amor por la libertad, ya que juzgan que Dios es el único Rey y el único Señor. Las más extraordinarias variedades de muertes, los suplicios de sus familiares y amigos, les dejan indiferentes, con tal de no tener que designar con el nombre de dueño a ningún hombre. Como mucha gente ha sido testigo de la inquebrantable firmeza con la que sufren todos esos males, no digo más sobre ello, pues temo, no que se ponga en duda lo que he dicho respecto a ellos, sino al contrario, que mis palabras no den una idea demasiado débil del desprecio con el que aceptan y soportan el dolor. Esa locura comenzó a imperar en nuestro pueblo bajo el gobierno de Cesio Floro, quien, a causa del exceso de sus violencias, les decidió a rebelarse contra los romanos. Éstas son, pues, las sectas filosóficas que existen en el pueblo judío…» (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos, XVIII, I).

Este texto de Josefo da pie a varias observaciones. En primer lugar, es erróneo decir que la secta fundada por Judas de Gamala empezó a imponerse bajo Cesio Floro, ya que éste fue procurador de Judea entre los años 64-66 y Judas de Gamala incitó a la Rebelión del Censo en el año 6 d.C., es decir, sesenta años antes. Hay que entender que dicho movimiento independentista hebreo, al que Josefo denomina secta, se desarrolló de forma considerable entre la juventud judía y fue el desencadenante último de la primera Revuelta (66-73). Pero es evidente que animó todas las sediciones intermedias, desde el año 6 hasta el 66, en cuya primera mitad de dicho periodo se desarrolló la labor mesiánica de Jesús, el primer Cristo, y en cuya segunda mitad tuvo un destacadísimo papel Saulo-Pablo, el segundo Cristo, como llamaba Jesús a su hermano gemelo Tomás en algunos textos apócrifos. Entiéndase Cristo como sinónimo de Salvador o Mesías, pero en el sentido mesiánico del término hebreo original: «Gabriel, Héroe de Dios». Un caudillo guerrero en cualquier caso como acertadamente nos describe la propia iconografía cristiana a Gabriel: un arcángel revestido con armadura y empuñando la espada. Además, en la tradición bíblica, Gabriel es a veces considerado como el «Ángel de la Muerte», un «Mensajero de Dios» o como jefe de las huestes celestiales, y en esa jerarquía militar, que nada tiene de piadosa, Yahvé, el Dios veterotestamentario hebreo, es el «Comandante en Jefe» de esos ejércitos de ángeles, en realidad, soldados espectrales, dispuestos para el combate, a los que Jesús parece invocar desde la cruz en sus últimos momentos de vida.
Nada hay de piadoso en la prédica mesiánica, germen del cristianismo. Tampoco encontraremos la compasión por ningún lado y nos lo confirma la insensibilidad que demuestran los fanatizados miembros del movimiento mesiánico ante los sufrimientos de sus propios mártires, podemos observar que tampoco los evangelios hacen mención alguna del dolor psíquico de María, su madre, al contemplar a su hijo clavado en la cruz del escarnio. Ella está allí, sin más, con algunas otras mujeres. De hecho, hay que admitir que ese integrismo religioso de carácter mesiánico no era ninguna novedad en Israel. Así, por ejemplo, en el II Libro de los Reyes vemos como Ismael, hijo de Netanías, y de estirpe real, da muerte, sin inmutarse, a Godolías y a los judíos amigos de los caldeos: «Pero en el séptimo mes llegó Ismael, hijo de Netanías, hijo de Elisama, de estirpe real, acompañado de diez hombres. Hirieron mortalmente a Godolías, así como a los judíos y a los caldeos que se encontraban con él en Misfá. Entonces todo el pueblo, grandes y pequeños, con los jefes del ejército, se levantaron y se fueron a Egipto, porque tenían miedo de los caldeos…» (2Reyes, 25, 26).
Pueden encontrarse más detalles sobre las atroces actividades del tal Ismael «de estirpe real», en Jeremías (41, 1-18). Pero el celo de ese hombre, vengador del honor de Israel, aparece de forma harto sospechosa en el capítulo precedente: «Pero Yojanán, hijo de Caréaj, y todos los jefes de las bandas armadas, que se habían dispersado por la región, se presentaron a Godolías en Misfá y le dijeron: "¿No sabes que Baalís, rey de los hijos de Ammón, ha enviado a Ismael, hijo de Netanías, para quitarte la vida?" Pero Godolías, hijo de Ajicam, no le creyó». (Jeremías, 40, 13-14).
A Godolías le proponen que tome la iniciativa y ordene matar a Ismael, pero Godolías se niega, declarando que no existe razón alguna para que Ismael desee matarle, él no le causado ningún daño. Simplemente ignoraba, o había olvidado el papel de Baalís, rey de los amonitas. De manera que, en realidad, nuestro vengador bíblico no era sino un asesino a sueldo, un sicario.
Además aquí apareen nuevamente dos elementos fonéticos cananeos característicos y muy reveladores: Baal-Is o Baal-Isa, que si los invertimos nos dan como resultado Isbaal o Isa-Baal. Ahora recordamos al lector que Isbaal [Isa], hijo de Saúl [Sié] era uno de los héroes preferidos de Jesús y que a éste en el Talmud se le llama despectivamente Isbaal. El Jesús o Yeshua [Isa] hijo de Sié [Saúl]. Luego quien lo escribió conocía bien a Jesús, y de nada le sirve negar su existencia histórica, al tiempo que deja constancia escrita de ella, nada menos que en el Talmud.
Ahora, si descomponemos nuevamente el nombre, vemos que uno de los vocablos Isa coincide con el nombre con el que se conoce a Jesús en el islam, y que es precisamente, Isa. Si volvemos a recomponer el nombre como Isa-Baal, vemos que el segundo vocablo alude a Baal, el antiguo dios cananeo, transformado después en El-Eloï [Él Es El que Es], el dios del norte (Israel) al que invoca Jesús en la cruz, no al Yahvé judío del sur. El vocablo El de la primera parte del nombre completo El-Eloï [Él Es El que Es] es el origen de Alá nombre genérico por el que musulmanes se refieren a Dios. Luego si Alá es el Dios de Isa, colegimos que El-Eloï también lo era. Así, pues, podemos interpretar que uno de los significados, literales, que ofenderían por igual a un judío y a un musulmán, sería Isa-Baal o Hijo de Dios. Pero no hay blasfemia por ninguna parte si, al contrario de lo que sostiene el cristianismo, no nos referimos a Jesús-Isa como el Hijo Unigénito de Dios, sino como Hombre, y como todos los hombres, hijo de Dios, en buena ley. Y si volvemos a combinar los vocablos nos aparecen los nombres de las dos principales divinidades de la Antigüedad, comunes a todas las culturas mediterráneas pero, con distintos nombres: Isis (Luna) Baal (Sol), luego Isbaal también es el nombre sincrético que reúne en uno sólo los dos nombres de Dios, que sería al mismo tiempo Isis-Isthar-Astarté-Venus y Ra-Baal-Helios-Apolo. Por tanto Atón, el dios solar egipcio del breve culto monoteísta se puede transformar en Atón-Isis, que con el tiempo derivó en Adonis, la deidad solar-lunar, masculina y femenina al mismo tiempo, en la que se inspiró Jesús en Fenicia para establecer la liturgia del nuevo culto mesiánico. Dios siempre ha estado ahí, sólo que con distintos nombres, lo que sucede con casi todos los personajes de los evangelios que seguimos repasando.
Si consultamos 2Reyes (9, 1-37), comprobaremos que Eliseo, para hacer ejecutar a Joram, rey de Israel, y a Ocozías, rey de Judá, así como a la reina Jezabel, madre de Joram, hará ungir antes por un hijo de profeta al joven Yehú [o Yeshú], hijo de Josafat, hijo de Nimsi. Luego, parece evidente que existía una tradición oculta que exigía que todo asesinato o ejecución, se legitimase siendo perpetrada u ordenada por un hombre de linaje real, investido por la sacrosanta unción de un profeta inspirado por Dios. Teniendo en cuenta esta larga tradición con más de mil años de antigüedad cuando tuvo lugar la Rebelión del Censo, los partidarios de Judas de Gamala y sus sucesores creían ejecutar a sus adversarios dentro de la legalidad y de su probado derecho a hacerlo. Basándonos en ese dato, comprendemos mejor (aunque no la compartamos) la orden que dio Jesús, al salir de Jericó y dirigirse hacia Jerusalén, referente a la matanza de los rehenes y de los prisioneros: «"Y en cuanto a aquellos enemigos míos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia". Y después de decir esto, Jesús se colocó en cabeza de los suyos y continuó la subida hacia Jerusalén…» (Lucas, 19, 27-28).
Así pues, Gamala, foco de la resistencia galilea contra los romanos, era la verdadera patria de Jesús Barrabás, hijo de Judas de Gamala, también conocido como Judas el Galileo, y nieto de Ezequías. Y la montaña árida y salvaje que, a causa de su silueta, dio nombre a la ciudad que se agazapa sobre ella como un ave rapaz escrutando la llanura, es, por muy paradójico que parezca, la montaña donde Jesús pronunció su famoso «sermón».
Y, efectivamente, si estudiamos con atención todos los pasajes de los evangelios en los que se habla de una montaña (descartemos aquellos que traten de las montañas, en plural) nos veremos obligados a constatar que, cada vez, o bien el texto precisa la naturaleza de dicha montaña, o bien habla de «la montaña», sin más. Así, por ejemplo, cuando dice «la montaña santa», se refiere a Sión, sobre la cual se asienta la ciudad de Jerusalén y el antiguo Templo. Si se refiere al monte de los Olivos, lo cita como «la montaña de los Olivos». Cuando se trata del Tabor o del monte de la Tentación, habla de una «alta montaña». Pero a veces dice «la montaña», y nada más. Y hay algunos versículos en los que se puede adivinar que se trata de una elevación en las orillas del lago Genesaret. Y otros que no dejan lugar a ningún equívoco, y en esos casos la montaña en cuestión es Gamala. Pero, cómo puede entenderse, si no, que los discípulos supiesen cuál era el lugar exacto de la cita, cuando Jesús les decía, por medio de un «ángel» o mensajero: «Id a decir a sus discípulos y a Pedro, que os precederá a Galilea…» (Marcos, 16, 7). O bien «Id luego y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos y que os precede a Galilea; allí le veréis…» (Mateo, 28, 7). Es evidente que sin más señas que esa elíptica indicación, los discípulos sabían cuál era el lugar de la cita: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado…» (Mateo, 28, 16). En cambio, él había dicho simplemente esto: «Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán…» (Mateo, 28, 10).
¡No eran necesarias más indicaciones! Todos sabían a dónde ir.

Toma de Jerusalén por los romanos en el año 70