viernes, 12 de mayo de 2017

Godos y vikingos

Los godos eran antepasados de los vikingos y procedían de la región de Gotlandia, al sur de la península de Escandinavia, en la actual Suecia. La primera referencia histórica a los godos la hizo el historiador romano Tácito en el año 98 en su obra Germania. En el siglo II los godos avanzaron hacia el sur del Continente en pequeños grupos, siguiendo el curso del río Vístula para luego penetrar por las llanuras danubianas hasta la orilla septentrional del mar Negro, en las tierras que hoy forman parte de Rumanía, Moldavia y Ucrania, llamando a los territorios colonizados Reidgotaland (Nueva Gotlandia). En su larga migración, que se prolongaría por espacio de varios siglos, los godos dejaron tras de sí a numerosos pueblos afines que a su vez evolucionaron de forma independiente: los esciros y los gépidos en las riberas del Vístula, los hérulos y los rúgenos en Pomerania, los burgundios en la cuenca alta del Elba y los vándalos en la desembocadura del mismo río. Los godos poseían una fuerte organización política y una estricta jerarquía militar que les permitió adquirir la capacidad bélica necesaria para penetrar en las tierras orientales del Imperio Romano liderando a otras tribus germánicas y eslavas. Así fue como los godos invadieron y ocuparon la provincia de Dacia, a pesar de haber sido derrotados en el 214 por el emperador Caracalla. Cuando los godos entraron en contacto con el Imperio se inició su proceso de romanización, y en seguida fueron reclutados por las legiones para combatir a su lado en las guerras que los romanos sostenían con los reyes sasánidas que amenazaban la frontera oriental del Imperio.
A lo largo del siglo III, coincidiendo con el inicio del declive del poderío militar del Imperio Romano, la presión de los godos y otros pueblos bárbaros se hizo más patente y hostil en el limes occidental. En el año 251, encabezados por el rey Chiva, los godos vencieron y dieron muerte al emperador Decio en la batalla de Abrito. Previamente, los godos habían atacado Filipópolis que cayó en sus manos, tras lo cual saquearon la ciudad y trataron a sus habitantes con suma crueldad. El gobernador de Tracia, Prisco (hermano de Filipo, el anterior emperador), se proclamó augusto bajo la protección de los godos en oposición a Decio, pero el desafío de Prisco resultó irrelevante porque fue asesinado poco tiempo después.
Agotados por el prolongado asedio de Filipópolis, los godos se ofrecieron a abandonar la ciudad sin cautivos ni botín de guerra. Decio, que había conseguido completar el cerco y confiaba en cortar la retirada a los godos, se negó a aceptar sus condiciones para abandonar la plaza sitiada, obligándoles a presentar batalla. Los godos lucharon con el valor de la desesperación bajo las órdenes de Chiva. La batalla tuvo lugar en la segunda semana de junio de 251 en el cenagoso terreno de la región de Ludogorie (en la zona de Bulgaria nororiental que confluye con la meseta de Dobruja y la llanura danubiana al norte) cerca del pequeño asentamiento de Abrito o Forum Terebronii (moderno Razgrad). Jordanes narra que el hijo de Decio, Herenio Etrusco, fue muerto por una flecha al inicio de la batalla, y que para animar a sus soldados Decio exclamó «Que nadie llore; la muerte de un soldado no es una gran pérdida para la República». A pesar de ello, el ejército romano se empantanó en las ciénagas y fue aniquilado por los godos. El mismo Decio perdió la vida en esta decisiva batalla.
Según una tradición literaria tardía, Decio fue traicionado por Treboniano Galo, que estaba implicado en una alianza secreta con los godos, pero esto no puede sostenerse y fue con toda probabilidad una invención posterior puesto que Galo se sintió obligado a adoptar al hijo menor de Decio, Gayo Valente Hostiliano, como coemperador, aunque el segundo hijo de Decio era demasiado joven para gobernar, y resulta improbable que las diezmadas legiones proclamaran emperador al que era responsable de la muerte de tantos compañeros de armas. Decio fue el primer emperador romano que murió combatiendo a un ejército enemigo.
A continuación, el grueso de las tropas godas invadió los Balcanes para dirigirse a Bizancio, y otra parte del ejército se dirigió al oeste para ocupar Panonia y desde allí preparar la invasión de Italia. Tras la batalla de Abrito los godos se convirtieron en una potencia militar emergente y los emperadores Claudio II el Gótico y Aureliano los combatieron con denuedo para proteger las provincias orientales. Cuando los romanos abandonaron Dacia hacia el año 270, los godos emprendieron la inmediata ocupación del territorio, y en esa época está documentada por primera vez la división de los godos en dos familias o grupos étnicos. Los tervingios aparecen establecidos al oeste del Dniéster y los jurutungos al este. También suelen emplearse los términos visigodo y ostrogodo para referirse a los dos grandes grupos escindidos: occidental y oriental respectivamente. Más adelante estos dos grupos evolucionaron de forma autóctona. Los visigodos se convirtieron al cristianismo arriano por obra del obispo Ulfilas, que tradujo la Biblia a su lengua. A principios del siglo VI los visigodos fundaron un reino en Hispania con capital en Toledo, pero no aceptaron el catolicismo hasta que en el año 589 el rey Recaredo convocó el III Concilio de Toledo en el que, junto con varios nobles y dignatarios eclesiásticos abjuraron del arrianismo, con lo que se dio un importante paso hacia la unificación religiosa entre visigodos e hispanorromanos.
Las guerras entabladas por los emperadores romanos con los caudillos godos a lo largo de casi un siglo devastaron la región de los Balcanes y los territorios del norte de Grecia. Otras tribus se unieron a los godos, y bajo el rey Hermanarico establecieron hacia el año 350 un gran reino que se extendía desde el mar Báltico hasta el mar Negro, teniendo como súbditos a germanos, eslavos, ugrofineses e iranios. En 370 los hunos arrasaron el vasto reino jurutungo del rey Hermanarico, y los godos tervingios cruzaron el Danubio y entraron como refugiados en el Imperio. En el año 378 los godos derrotaron y dieron muerte en la batalla de Adrianópolis al emperador romano Valente. Fue, posiblemente, el mayor descalabro militar romano en Occidente desde la derrota de las legiones de Decio en Abrito en el 251. En el año 395, coincidiendo con la muerte del emperador Teodosio y con la definitiva división del Imperio en dos mitades, las fuerzas visigodas dirigidas por Alarico emprendieron una devastadora expedición a la península Itálica que culminó con el saqueo de Roma en el año 410. Honorio, emperador de Occidente, concedió a los visigodos la región de Aquitania, al sur de la Galia, desde donde los visigodos penetraron en Hispania como aliados de Roma para expulsar a los vándalos que se habían hecho fuertes al sur de la Península. A mediados del siglo V los visigodos crearon un reino transpirenaico que abarcaba desde el Loira hasta el Ebro, y a partir de la caída del Imperio de Occidente en 476, entraron en conflicto en la Galia con los francos sicambros.
Clodoveo I, rey de los francos, trataba de construir un poder político unificado extendiéndose, a imitación de los romanos, por el norte y este de la Galia. Para lograrlo, primeramente venció al patricio galorromano Siagrio en Soissons, que había establecido su reino entre el Sena y el Loira, reuniendo estos territorios bajo su cetro. Continuó la expansión hacia el norte, venciendo a los alamanes en la batalla de Tolbiac. Pero una de las claves de su éxito fue su conversión al cristianismo católico, promesa que había hecho a su esposa Clotilde si Dios le concedía la victoria en Tolbiac. De esta manera, Clodoveo se aseguraba el respaldo de la aristocracia galorromana y de las poblaciones católicas dispersas por su reino. Esto le daba ventaja frente a otros pueblos germánicos, de confesión arriana, que mantenían tensas relaciones con los romanos en sus respectivos territorios. En el año 500, Clodoveo atacó a los burgundios, anexionándose Dijon. Clodoveo, una vez conquistados los territorios del este y el norte, sintió que la única traba a su dominio total de la Galia era el reino visigodo de Tolosa, que controlaba todo el sur, y contaba con el apoyo de los ostrogodos de Italia, al haberse casado el rey visigodo Alarico II con una hija de su cuñado el rey ostrogodo Teodorico el Grande, llamada Teodegonda. Rápidamente surgieron tensiones militares entre ambos reinos, que Alarico trató de aliviar, consciente de la solidez del reino franco, reuniéndose con Clodoveo en Amboise, una isla neutral en el Loira. Allí, con la mediación de Teodorico, se pactó el establecimiento del río Loira como frontera entre ambos reinos. Para apaciguar a Clodoveo, Alarico le entregó a Siagrio, que se había refugiado en Tolosa después de su derrota en Soissons. El rey franco mandó decapitarlo. Alarico aprovechó la tregua para reforzar sus relaciones con la población nativa e integrarla en la vida del Estado. Para contentar a la población católica, sin desligarse de los arrianos, Alarico frenó la persecución contra los católicos impulsada por su padre, Eurico. Sin embargo, esta medida llegó demasiado tarde y no logró hacer olvidar los anteriores asesinatos de los obispos de Tours y Bearn.
Otro factor a favor de Clodoveo fue la mejor preparación de su ejército, curtido en las campañas contra Siagrio, los alamanes y los burgundios, mientras que las tareas militares de los visigodos se habían limitado a sofocar revueltas campesinas y a arrinconar a los suevos en Galicia y el norte de Lusitania, donde habían fundado un reino independiente. En la primavera del año 507, el ejército franco cruzó el río Loira en dirección a Poitiers, bajo el mando de Clodoveo I y de su hijo mayor Teodorico. El ejército visigodo marchó por el norte para cortarles el paso con la esperanza de que los refuerzos ostrogodos llegaran a tiempo. La batalla tuvo lugar en la llanura de Vouillé, a unos 15 km de Poitiers. Clodoveo se presentó con 40 000 hombres, 10 000 de ellos buenos jinetes. El ejército visigodo contaba con un número algo superior de soldados, pero poco entrenados. Se inició una terrible lucha cuerpo a cuerpo hasta que las tropas francas mataron al rey visigodo Alarico II. Tal como pasó en la batalla de Tolbiac contra los alamanes, la muerte del rey dictó la desbandada de los visigodos, que acabaron masacrados por los francos. Sólo la intervención in extremis de sus hermanos ostrogodos permitió que los visigodos pudieran huir hacia Hispania. Los medios técnicos de ambos ejércitos eran muy similares. Como armas ofensivas, usaban espadas de tres longitudes diferentes (45, 80 ó 90 cm) y lanzas que, imitando las tácticas romanas, podían arrojarse contra el enemigo durante la carga. Ambos contaban con arcos y flechas, pero los francos disponían de sus famosas «franciscas», hachas de doble filo que se usaban tanto a pie como a modo de arma arrojadiza. En cuanto a las armas defensivas, utilizaban los escudos de madera y cuero con una pieza metálica puntiaguda en el centro, además de yelmos y corazas.
Esta victoria abrió a Clodoveo I el camino hacia el sur; conquistó Toulouse, hasta entonces capital de los visigodos, Aquitania, Gascuña y Limousin. No obstante, los visigodos conservaron en la Galia el enclave de Septimania. A más largo plazo, la derrota visigoda en Vouillé también condicionó el establecimiento definitivo de los Pirineos como frontera entre la Galia y la Hispania visigoda. Tras su derrota en la batalla de Vouillé (507) los visigodos se replegaron a España y refundaron su reino estableciendo su capital en Toledo. El reino hispanovisigodo logró unificar Hispania expulsando a los vándalos de Andalucía y anexionándose el reino suevo del noroeste, y sobrevivió hasta la invasión musulmana del año 711. Por su parte, los ostrogodos de Teodomiro se sacudieron el yugo huno tras la batalla de Nedao en 454. A petición de Zenón, emperador de Oriente, Teodorico el Grande reconquistó Italia a partir de 488. El reino ostrogodo de Italia perduró hasta 553, cuando la Península quedó bajo control del Imperio de Oriente hasta la invasión de los lombardos en el 568.
Con el hundimiento de sus reinos en Italia (553) y España (711), los godos desaparecieron de la historia después de haber asimilado casi totalmente la civilización romana. La etnia que durante más tiempo se resistió a su extinción fue la de los godos de Crimea, que perdieron su independencia en el año 1475 frente a los turcos otomanos, en tanto que su lengua perduró hasta el siglo XVIII. Con su establecimiento en la provincia romana de Dacia en el siglo III, se produjo un profundo cambio en la estructura económica y social de los godos. En principio se trataba de un pueblo seminómada donde todos los hombres eran libres y tenían los mismos derechos y deberes ante sus caudillos, siendo todos soldados, para luego pasar a ser una sociedad dedicada a la actividad agrícola y en menor escala ganadera. Nace así una fuerza de campesinos libres que no deben guerrear y otra casta que estaba conformada por soldados profesionales que se entregaban de lleno a la instrucción militar. En esa época surge también una aristocracia que se dedica a acumular grandes riquezas obtenidas mayoritariamente del pillaje, primero, y del comercio con el Imperio Romano, posteriormente. Este cambio social y económico de convertirse en una nación agrícola, supone que las aspiraciones militares de los godos sean la conquista de tierras fértiles donde poder asentarse y desarrollar la actividad económica mayoritaria. En todo el territorio conquistado por los godos se da este fenómeno, pero se muestra una acentuación en comarcas ocupadas por los visigodos, pues limitaban con el Imperio, por un lado, y con los ostrogodos, por el otro, mientras que estos últimos poseían la retaguardia desprotegida ante el empuje de los belicosos hunos. Cabe destacar que los godos absorbieron con facilidad innovaciones tecnológicas, como el estribo, el arco, la equitación y nuevas tácticas militares basadas principalmente en la caballería armada con arco y flecha, táctica militar característica de los persas. Con estos avances y la riqueza obtenida del comercio con los romanos, los godos se convirtieron en una gran potencia que se situó por encima de otros pueblos nórdicos y germánicos. Este desarrollo económico (y también el desarrollo militar) produjo preocupación en Roma, por lo que el emperador Aureliano se decidió a proclamar el edicto Deus et dominus natus, reconociendo así a la nación goda asentada en Dacia, en el año 270. De esta forma, los romanos reconocían a los godos como una nación amiga y vecina, a pesar de que las incursiones al otro lado del Danubio proseguían sin importar lo que se estipulara en los tratados. Con el edicto Deus et dominus natus se intentó pacificar a los godos, haciéndoles creer que eran huéspedes gratos y necesarios para el Imperio Romano.
Lengua: el idioma gótico es una lengua germánica extinta que, con la lengua de los burgundios, vándalos, hérulos y rutenos, constituía el grupo germánico oriental. Aún en nuestros días, el ruteno es una variedad o dialecto del idioma ucraniano que se habla en Galitzia y Bukovina. También existe una Iglesia ortodoxa rutena que sí acepta la autoridad del Papa. Sin embargo, el gótico es una de las lenguas germánicas más tempranamente documentada. Se han encontrado escritos de leyendas populares de la Edad Media e, incluso, algunos estudiosos encontraron evidencia de que se habló hasta el siglo XVI, cuando se extinguió con la desaparición del gótico de Crimea tras la invasión otomana. Del gótico clásico sólo se conocen algunos fragmentos que se conservan en la Biblia traducida a esa lengua por Ulfilas, que evangelizó a los godos y los convirtió al cristianismo arriano. Éstos, asentados al principio al norte del Danubio, fueron conducidos por el mencionado obispo en el año 348 al otro lado del río, cerca de Nicópolis, para que pudiesen escapar de las persecuciones anticristianas decretadas por el rey Atanarico. La obra de Ulfilas fue de gran importancia. El obispo no solo era un gran conocedor de su lengua vernácula, sino también del latín y el griego. Se vio en la necesidad de trasladar los conceptos, los hechos culturales y los objetos de la civilización grecorromana a una lengua alejada y a una civilización muy ajena a todo ello, debido a las características culturales propias del pueblo que la hablaba y carente también, si se exceptúan las inscripciones rúnicas, de cualquier tradición literaria. Por lo tanto, Ulfilas tuvo que crear un alfabeto proveniente del griego, pero con rasgos latinos y rúnicos, y solucionar a continuación los complicados problemas relacionados con la semántica. Aún con la limitación de tratarse de una lengua de una sola persona y resultado de una traducción, es la primera lengua germánica documentada. Además la lengua gótica posee ciertos trazos de conservación –ausente o en vías de desaparición en otras lenguas germánicas– que colocan a este idioma histórico bastante cerca de aquella abstracción científica que constituye el germánico común.
Si bien es cierto que los godos desaparecieron de la historia a principios del siglo VIII, sus descendientes nórdicos, los vikingos entraron en ella por la puerta grande saqueando el monasterio de Lindisfarne en Britania el 8 de junio del año 793, fecha considerada como el inicio de la Era vikinga, el periodo histórico en Escandinavia y su área de influencia en Europa, tras la Edad de Hierro germánica, situado entre los años 789 y 1100, y durante el cual los vikingos –guerreros, navegantes y comerciantes– exploraron, atacaron y saquearon la mayor parte del Continente, además de Britania e Irlanda, el sudoeste de Asia, España y el norte de África y Sicilia, así como Islandia y Norteamérica en su parte más septentrional. Durante cuatro siglos y medio el territorio entre Hispania y Tracia y desde York a Viena, se cubrió de pujantes ciudades fortificadas donde floreció el comercio. En muchos lugares se han conservado restos grandiosos. Son buenos ejemplos los acueductos de Pont du Gard en Provenza y de Segovia en España, los anfiteatros de Nimes y Arlés, el teatro y el arco del Triunfo de Orange o la sala de audiencias del palacio de Tréveris. Los emperadores romanos ostentaban entre sus muchos títulos el de «Imperator mundi». Es cierto que no dominaron todo el mundo ya conocido, pero sí una vasta extensión de éste. La tarea de dar cohesión política a más de un centenar de provincias de lo más variopinto, no fue tarea sencilla. En la época del Imperio existía en Roma un complejo aparato administrativo y burocrático que funcionaba como un engranaje casi perfecto: ágilmente y sin fricciones. Incluso en tiempos del Bajo Imperio (ss. III–V) esa inmensa estructura burocrática —creada por César y sabiamente reformada por Trajano y Diocleciano mucho más tarde— seguía funcionando con un grado de eficiencia envidiable, y que no fue superado en Europa en muchos siglos. No obstante, al igual que en cualquier régimen despótico, desempeñaba un papel muy influyente el círculo íntimo en torno al emperador: sus parientes que querían participar en el ejercicio del poder y los prefectos del Pretorio —los pretorianos constituían la guardia de corps del emperador—, que tantas veces se deshicieron mediante el asesinato de emperadores odiosos o incómodos como Calígula, Domiciano, Caracalla o Heliogábalo. Primero se sucedió el principado por vía hereditaria con la familia o «gens» Julio-claudiana (27 a.C. al 68 d.C.) y después con la Flavia (69–96 d.C.). Posteriormente el principio dinástico fue postergado por el adoptivo: cada emperador elegía a su sucesor entre los hombres más capaces de su entorno, nombrándolo hijo adoptivo. En realidad, fue lo que hizo César con Octaviano, su sobrino. A este sistema debe Roma algunos de sus mejores emperadores como Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío, el emperador que promulgó la «Pax Romana» y Marco Aurelio, el «emperador-filósofo».
Cómodo, hijo y sucesor de Marco Aurelio (†180 d.C.) cayó como antes que él Calígula, Nerón o Domiciano, en el «delirio imperial», y presa de una altivez patológica se cree Hércules reencarnado. En el año 212 d.C. Caracalla concede a todos los habitantes del Imperio la ciudadanía romana de segunda clase. Desde entonces hay en todo el Imperio unas mismas monedas, medidas, pesos y también un mismo código de leyes. Algo que ni siquiera ha logrado la Unión Europea en nuestros días. Al ir volviéndose los sucesores de Caracalla más excéntricos y alejados del pueblo, los soldados que en número de 75 legiones (900.000 hombres aprox.) guardaban los «limes» o fronteras, perdieron la disciplina. Proclamaban emperadores levantándolos sobre el pavés a la manera de los galos y germanos. Fue la época de los «emperadores-soldados». A uno de ellos, Filipo el Árabe, le toca en el año 247 organizar la celebración del milenario de la legendaria fundación de Roma (753 a.C.). La empresa imperial desborda cada vez más la capacidad de un solo hombre, pero los emperadores se muestran reacios a ceder poder al Senado por temor a ser derrocados. Con Diocleciano llega la tetrarquía y los emperadores nombraron coemperadores. Será el sistema que prevalezca a lo largo de todo el siglo IV y culminará con la definitiva división del Imperio en dos mitades. Tras su desaparición en el año 476, varios fueron los intentos de restauración del viejo Imperio Romano. Destacan el de Justiniano, emperador de Oriente en la primera mitad del siglo VI; el del rey franco Carlomagno, así como la tentativa del propio Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo X, pero ninguno llegó jamás a reunificar todos los territorios del Mediterráneo como lo lograra Roma.


Guerrero vikingo del siglo VIII

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