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lunes, 9 de julio de 2018

La falsa historia del rey inglés que abdicó por amor


Eduardo VIII fue rey de Inglaterra solamente durante 326 días, desde la muerte de su padre, Jorge V, el 20 de enero de 1936, hasta su abdicación el 11 de diciembre del mismo año. El nuevo rey deseaba casarse con su amante, Wallis Simpson, con la que ya vivía. Wallis era una divorciada estadounidense que residía en Inglaterra, y que tenía, además de unas manifiestas ínfulas de convertirse en reina, un turbulento pasado y una pésima reputación en sus relaciones con los hombres, habiéndose divorciado ya dos veces. Como se daba la circunstancia de que el monarca británico es también el jefe de la Iglesia anglicana, varios dignatarios religiosos y gubernamentales no aprobaban una unión entre el rey y la señora Simpson. Pero Eduardo decidió casarse con Wallis a pesar de las abundantes objeciones. El resultado fue que después de unos doce meses como rey, abdicó. Anunció su decisión y reafirmó su amor por Wallis Simpson en un discurso radiofónico a la nación el mismo día. Cuando Wallis se enteró de la renuncia de Eduardo al trono, tuvo un ataque de ira, porque ella deseaba convertirse en reina. La pareja se exilió en Francia donde se casaron el 3 de junio de 1937 y la ambiciosa Wallis tuvo que contentarse con el título de duquesa de Windsor, pero no consiguió ser reina.
Bien, esa es la historia oficial, que resumida vendría a ser que el 10 de diciembre de 1936, Eduardo VIII renunció al trono de Inglaterra para casarse con Wallis Simpson. Sin embargo, hoy se empieza a aceptar el hecho, negado durante mucho tiempo por las autoridades y los historiadores británicos, de que un amplísimo sector de la aristocracia inglesa era abiertamente favorable a las tesis nazis por ser anticomunistas, y creían necesario un entendimiento con los alemanes, empezando por el propio rey Eduardo VIII, siendo ése el auténtico motivo por el que fue obligado a abdicar. Pero no es menos cierto que quien introdujo las bondades del nazismo en la egregia cabeza del príncipe, y futuro rey de Inglaterra, fue la señora Wallis Simpson, de marcadas tendencias filonazis, y de la que existen varias fotografías saludando efusivamente a su admirado Adolf Hitler.
Dejemos ahora a Wallis y a Eduardo, para fijarnos en otro suceso de la Segunda Guerra Mundial escasamente abordado o, por decir más, deliberadamente ocultado. Parece algo inconcebible pero, el 10 de mayo de 1941, con Francia derrotada y un mes y medio antes de iniciar la campaña contra la Unión Soviética, el lugarteniente del Führer, Rudolf Hess, voló solo a Escocia para encontrarse supuestamente con el duque de Hamilton, y negociar la paz con Gran Bretaña por separado. Hitler quería tener las manos libres para concentrar todos sus esfuerzos en la campaña de Rusia. Pero los ingleses no estaban por la labor, sabían que si los alemanes derrotaban a la Unión Soviética la posición de predominio que todavía conservaba Gran Bretaña en el mundo habría llegado a su fin. Hess fue capturado y, tras escuchar su propuesta, el primer ministro británico Winston Churchill se negó a considerarla y lo encerró en prisión. Finalizada la guerra y después de los juicios de Núremberg contra los criminales de guerra alemanes, el antiguo lugarteniente de Hitler fue encarcelado en solitario en la cárcel de Spandau.
Hess falleció en 1987 víctima de un extraño y conveniente suicidio, apenas dos años antes de producirse la caída del Muro de Berlín. Sin duda Hess podría haber contado bastantes cosas interesantes acerca de los representantes de algunas casas reales europeas afines al régimen nacionalsocialista, empezando por el que fuera rey de Inglaterra, Eduardo VIII. Estos influyentes personajes formaban parte de lo que el presidente Woodrow Wilson definió en 1918 como la diplomacia secreta cuando presentó ante el Congreso sus XIV Puntos para logar la paz en Europa en la anterior guerra.
En 1940, igual que en 1915, Winston Churchill deseaba provocar la intervención de Estados Unidos en la guerra europea, único modo de derrotar a Alemania. Y fue por eso que Rudolph Hess jamás salió de prisión y desde el principio los ingleses pusieron mucho empeño en etiquetarlo de loco. Hess había volado a Inglaterra para ofrecer la paz a Churchill y éste rechazó su propuesta porque quería la guerra.


miércoles, 9 de mayo de 2018

Terrorismo de falsa bandera en España y Europa


En estos días, además del bicentenario de Karl Marx, se conmemora el 50 aniversario del Mayo Francés de 1968, una de las mayores acciones acometidas por la CIA en Europa, y que tenía por objetivo provocar la caída del presidente Charles de Gaulle por haber seguido adelante con su programa nuclear y negarse a que la OTAN mantuviese sus bases militares en Francia. El Partido Comunista francés, y todas las formaciones de izquierda de aquel país, llevan cincuenta años proclamando que no tuvieron nada que ver con la organización de la pantomima del Mayo Francés. Sin lugar a dudas, 1968 también fue un año dramático en Estados Unidos: asesinaron a Martin Luther King y al senador Robert Kennedy que presentaba su candidatura a la presidencia de ese país. Su hermano, el presidente John F. Kennedy, había sido asesinado cinco años antes. Un magnicidio que conmocionó al mundo.
Los servicios secretos norteamericanos sembraron Europa de sangrientos atentados durante dos décadas con el propósito primordial de desestabilizar a varios gobiernos democráticamente elegidos y desembarazarse de los políticos incómodos y poco dispuestos a plegarse a los intereses de Estados Unidos. Tras el escándalo Andreotti se extendió por toda Europa una gran indignación por las actividades clandestinas de la red Gladio y el asunto se investigó en diversos países europeos además de Italia. Sin embargo, cuando Sadam Hussein invadió Kuwait el 2 de agosto de 1990, el escándalo por las actividades ilegales de la Gladio fue desplazado de las portadas de los periódicos y convenientemente silenciado.
Veintiocho años después de la confirmación de su existencia por Giulio Andreotti, la Gladio y la trama de organizaciones paramilitares secretas de la OTAN, siguen generando una gran cantidad de preguntas que han quedado sin respuesta, pero la existencia de la Gladio ha sido confirmada por varios jefes de Estado, por tres investigaciones parlamentarias (en Italia, Bélgica y Suiza), y en especial por una extraña denegación y subsiguiente confirmación de su existencia por parte de la propia OTAN en 1990. Aun así, aparte de aquellos involucrados en la red, muy pocas personas saben con certeza cómo funcionaba la misma, o cómo se definían sus objetivos. Existen suficientes evidencias y testimonios personales que sugieren vínculos con grupos terroristas de extrema derecha y de extrema izquierda activos en las décadas de los años setenta y ochenta, y que la Gladio misma fue responsable de la ejecución de la denominada estrategia de la tensión mediante el uso premeditado del terrorismo de falsa bandera para crear pánico e influir en los resultados electorales de distintos países y crear estados de opinión. Como sucedió en España en octubre de 1982, cuando la gente fue a votar bajo el síndrome de que había que afianzar la democracia amenazada por los sectores reaccionarios y el Ejército. O en marzo de 2004, cuando la gente fue a votar conmocionada por los terribles atentados de los trenes, cuya autoría sigue siendo un misterio.
Si Gladio ha desaparecido definitivamente, o simplemente ha evolucionado hacia otro tipo de organización criminal, como puede ser el terrorismo yihadista surgido prácticamente de la nada, es algo que no sabemos con certeza. Pero varios indicios sugieren que la red terrorista paramilitar nunca ha sido desmantelada, sino que ha evolucionado. Es más, los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid indican claramente que la red terrorista sigue operativa, y que actúa de forma intermitente.
En mayo de 2002, durante la campaña para los comicios generales de Holanda, fue asesinado el carismático y, según todas las encuestas, gran favorito para la victoria final, el candidato de la derecha nacionalista, Pym Fortuyn. Entre otras cosas, Fortuyn defendía la salida inmediata de Holanda de la Unión Europea, así como el cierre de fronteras a la inmigración ilegal extracomunitaria. Un ecologista de personalidad compulsiva llamado Volkert van der Graaf le asesinó días antes de las elecciones y fue condenado a veinte años de cárcel. Se utilizó un Oswald a la holandesa porque todavía no estaban de moda los lobos solitarios yihadistas.
Asimismo, el presidente polaco Lech Kaczynski fallecía en un accidente aéreo a principios de abril de 2010 cuando su avión se estrelló cerca del aeropuerto de Smolensk en Rusia. A bordo viajaban 87 personas y no hubo supervivientes. Lech Kaczynski se había distinguido por ser uno de los líderes políticos más reacios a hacer nuevas cesiones de soberanía nacional a la Unión Europea. Kaczynski era, por decirlo suavemente, un personaje incómodo en el seno de la UE.
Jörg Haider, gobernador del estado austriaco de Carintia (gobernado por Haider desde 1999 ininterrumpidamente) y jefe de la Alianza para el Futuro de Austria, defendía un programa político muy parecido al del holandés Pym Fortuyn. Haider murió en octubre de 2008 en un grave accidente automovilístico al sur de la ciudad de Klagenfurt. Iba solo al volante de su vehículo cuando se salió de la carretera, en un adelantamiento, y se estrelló contra un pilar de hormigón. Haider había sido una figura determinante en el panorama político austriaco de los últimos 20 años. Su repentina muerte conmocionó a Austria en un momento de especial incertidumbre, dos semanas después de las elecciones legislativas que se saldaron con un nuevo triunfo de los nacionalistas. Dado que en el seno de la UE no agradó lo que el electorado austriaco había decidido libremente en las urnas, Bruselas impuso a Austria una batería de sanciones diplomáticas e Israel retiró a su embajador. Cediendo a las presiones internacionales, Haider dejó a sus colaboradores a cargo del gobierno y se retiró a la región de Carintia para evitarle al país males mayores. El aviso fue demasiado claro y rotundo para ignorarlo. En 2018 el gran amenazado es el húngaro Viktor Orban, que se presenta ante su electorado como el gran defensor de la soberanía nacional frente a las continuas injerencias de la Unión Europea y del especulador financiero George Soros, que pretende ahora establecer su cuartel general en Barcelona.
Viktor Orban es el artífice de una mejora económica incuestionable en Hungría. Pero ante todo es el defensor de la nación frente a una Unión Europea que quiere inundar de refugiados el país e imponer también en Hungría una sociedad multicultural y multirracial cargada de conflictividad como la alemana, la francesa, la sueca o la británica. A diferencia de lo que sucede en otros países, entre ellos España, de los problemas con los inmigrantes y refugiados se informa puntualmente en los medios de comunicación húngaros, y se apela al miedo sin complejos ni pudor en lo que Orban presenta en su discurso político como la advertencia para que el pueblo húngaro no caiga en la trampa de ese mundialismo que se propone eliminar a las naciones liquidando sus señas de identidad, tradiciones y esencia cultural, empezando por renegar del cristianismo en favor del islam. Una política suicida
Para muchos investigadores, periodistas y escritores, estas muertes de políticos poco proclives al proyecto soberanista de la Unión Europea, demuestran que una red terrorista sigue actuando de forma contundente para influir en la política interna de los países miembros de la Unión, y todo obedece a un plan bien trazado: poner en marcha una segunda estrategia de la tensión para acelerar el proceso de consolidación de la Unión Europea como una realidad política supranacional y totalitaria. De ahí que, cuantos ponen en duda la conveniencia de dicho proyecto desaparezcan inmediatamente de la escena pública, o sean ejecutados sin contemplaciones. O, como en el caso de Puigdemont y los secesionistas catalanes, sean bien acogidos en países supuestamente tan europeístas como Bélgica y Alemania. Debilitar a los estados soberanos, incluso ayudar a su disolución, como se hizo en la antigua Yugoslavia, redunda en un mayor poder y ascendente de la Unión Europea. Por todo esto, habría que preguntarse por qué Reino Unido decidió abandonar la Unión tras el reñido referéndum de 2016 conocido como Brexit.
Sobre la organización terrorista Gladio muchas preguntas han quedado sin respuesta porque, aun en el caso de las investigaciones parlamentarias, más pronto o más tarde aparece el insalvable obstáculo del secreto de Estado. Un representante de la OTAN comentó lo siguiente a un periodista de la agencia de noticias Reuters el 15 de noviembre de 1990, poco después del escándalo destapado por Andreotti: «No esperará usted que se respondan muchas preguntas, aunque la Guerra Fría haya terminado. Suponiendo que hayan existido vínculos [de la OTAN] con organizaciones terroristas, se habrá enterrado ese tipo de información bien profundamente».
Investigaciones llevadas a cabo en Bélgica durante la década de los noventa descubrieron valiosos detalles sobre la estructura de la red Gladio. En ese país, como en otros que formaban parte de la OTAN, el primer paso fue dado con la fundación de un comité tripartito entre el país anfitrión, el Reino Unido y EEUU. En 1948 se creó un organismo general para coordinar a varios países de Europa occidental, conocido como Comité Clandestino de la Unión Occidental [Western Union Clandestine Committee]. El WUCC fue, en 1951, subordinado a la OTAN, y pasó a llamarse Comité de Planeamiento Clandestino [Clandestine Planning Committee]. Se fundó además un segundo organismo: el Comité Clandestino Aliado [Allied Clandestine Committee]. Después de que Francia abandonara la OTAN, los cuarteles generales de estos comités fueron trasladados a Bruselas. En todos los casos estas redes se organizaron de forma clandestina.
Las organizaciones paramilitares secretas funcionaban como parte de la defensa colegiada occidental frente a la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Pero la progresiva captación por parte de la Gladio de elementos de la extrema izquierda hizo que algunos se preguntasen si la auténtica función de la organización era crear la resistencia de la defensa occidental en caso de invasión soviética o, por el contrario, extender el caos en los países aliados.
Gladio fue una red de terrorismo internacional organizada por los servicios secretos de Estados Unidos y Gran Bretaña bajo el paraguas de la OTAN. Charles de Gaulle lo comprendió inmediatamente y sacó a Francia de aquel embrollo, aunque le costó lo suyo y a punto estuvo de ser asesinado en varias ocasiones por la OAS, otra de las ramificaciones de la Gladio.
Para desestabilizar al Gobierno de España, la Gladio puso en marcha el terrorismo de extrema izquierda más brutal y sanguinario: ETA, GRAPO, FRAP… todas estas organizaciones terroristas empezaron a funcionar en esa época, hacia 1968, coincidiendo con el Mayo Francés, que fue la maniobra empleada por la CIA en Francia para acabar con Charles de Gaulle.
El supuesto riesgo (muy remoto) de una invasión soviética fue la excusa para que norteamericanos y británicos ocupasen buena parte de Europa occidental. Uno de los diseñadores de la Gladio fue Richard Helms, jefe de la CIA entre 1966-1973 y estrecho colaborador del presidente Richard Nixon. Las tácticas de terrorismo utilizadas por la CIA no han cambiado mucho desde entonces, y las estaciones de tren siguen siendo uno de sus escenarios preferidos, aunque ahora se atribuyan los atentados al terrorismo islamista en lugar de a la extrema izquierda, como sucedía en las décadas de 1970 y 1980.
En Italia, por ejemplo, el terrible atentado de la estación de Bolonia de 1980, muy parecido a los de Madrid del 11 de marzo de 2004, sigue aún vivo en la memoria de los italianos. Aquel feroz ataque terrorista se cobró 85 víctimas. Investigaciones realizadas para esclarecer la autoría del atentado se vieron obstaculizadas constantemente por el servicio secreto y un sector de la Policía y del estamento judicial italianos, reacios a tirar de la manta.
Ese mismo año 1980, una bomba explotó en la Oktoberfest de Múnich, matando a 13 personas. En un primer momento las investigaciones policiales culparon a un supuesto activista de la extrema derecha de 21 años llamado Gundholf Köhler, que oportunamente falleció en el atentado. Según la policía alemana pertenecía al grupo Wehrsportgruppe Hoffmann. Los propios expertos de la policía reconocieron poco después que la bomba era demasiado compleja para haber sido fabricada por una persona de 21 años, sin experiencia previa en la fabricación de artefactos explosivos. En 1981, un año más tarde, la Policía descubrió un enorme escondite de armas cerca del pueblo de Uelzen. La explicación oficial fue que los terroristas habían ocultado las armas, las cuales estaban controladas por un tal Heinz Lembke, pero la cantidad y el tipo de armamento que se encontró puso muchos signos de interrogación sobre tan oportuna explicación. Armas automáticas, equipos de guerra química y bacteriológica, 50 cañones anticarro, 156 kg de explosivos, 230 artefactos explosivos y 258 granadas de mano. ¡Demasiado sofisticado!
Varios periodistas de investigación relacionaron a Heinz Lembke con el ejército clandestino alemán BND. Posteriormente, las investigaciones oficiales desmintieron cualquier vínculo entre Lembke y la masacre de Múnich. A Heinz Lembke se le encontró muerto, ahorcado con una soga que jamás se aclaró de dónde había salido y cómo llegó hasta él mientras se encontraba bajo custodia policial en 1981.
En el caso de la masacre de la estación de Bolonia está probado que miembros de los servicios secretos italianos suministraron falsa información y colocaron una falsa bolsa con explosivos en un tren, lo que nos lleva a deducir que tuvo que existir una relación entre los que colocaron las bombas y los que les encubrieron. Las analogías entre la masacre de Bolonia en 1980 y la de Madrid en 2004 son innegables. Este terrorismo teledirigido que se desarrolló con especial virulencia en el decenio 1975-1985, no afectó solamente a Italia y Alemania. En Bélgica, una extraña operación se llevó a cabo en 1984 en las cercanías de Vielsalm, municipio de Valonia. Un pelotón de marines estadounidenses saltaron en paracaídas sobre Bélgica y a su encuentro salió un miembro del servicio de la inteligencia militar belga. Se ocultaron durante dos semanas antes de atacar la comisaría de Vielsalm, como parte de un ejercicio que llamaron Operación Oesling durante el cual mataron a un agente de la policía belga. Un militar estadounidense resultó herido durante la operación, perdiendo un ojo. En un principio se creyó que el ataque había sido un acto de terrorismo, pero más tarde se probó que había sido una operación militar secreta conjunta belga-estadounidense, tal como lo confirmaron las investigaciones del Senado belga en 1991. Otros ataques sucedieron a éste en los cuales, tal como en el caso de Vielsalm, las armas y la munición de guerra fueron confiscadas. Armas que llegaron subsiguientemente a manos de grupos extremistas. Una pregunta fundamental dentro de la investigación efectuada por el Senado belga sobre la red de ejércitos clandestinos fue si había tenido algo que ver con las famosas masacres de Brabante en la década de los ochenta. Éstos fueron una serie de ataques que se llevaron a cabo en los municipios del extrarradio de Bruselas durante unos dos años. Joyerías, restaurantes, bancos e incluso supermercados, se vieron atacados por bandas paramilitares compuestas por hombres despiadados y armados hasta los dientes. En todos los ataques realizados en aquella época en Bélgica, los delincuentes se llevaban pequeñas sumas de dinero, aunque actuaban como profesionales coordinados y empleaban una brutalidad inusitada. Un fenómeno que se está dando en España desde hace varios años, atribuyéndose estos robos a supuestas bandas paramilitares procedentes del este de Europa y compuestas por antiguos miembros de las Fuerzas Armadas de esos países.
El 9 de noviembre de 1985, un grupo armado penetró en un supermercado y abrió fuego indiscriminadamente. Era sábado por la tarde y el centro comercial estaba abarrotado de gente. Ocho personas perdieron la vida, algunos mientras intentaban escapar. El dinero que se llevaron los atracadores ascendió a unas 2000 libras esterlinas, un mísero botín que fue encontrado en un canal metido en una bolsa de plástico sin abrir. La investigación encargada por el Senado belga y las autoridades judiciales determinó, más allá de cualquier duda, que el móvil de aquel ataque al supermercado no fue el dinero. Sin embargo, y debido a una especie de resistencia burocrática por parte de los servicios secretos y de la inteligencia militar belga, la investigación no logró establecer ninguna relación entre los asesinatos y la organización terrorista Gladio.
Lyndon LaRouche es un reconocido filántropo norteamericano que lidera varias organizaciones políticas en los Estados Unidos y otros países. Es el fundador y editor de la revista Executive Intelligence Review (Informe de Inteligencia Ejecutiva), una agencia independiente de noticias y análisis de información mundial, elemento principal del movimiento que LaRouche lidera. El día de los atentados en Madrid, el 11 de marzo de 2004, Lyndon LaRouche emitió un comunicado descartando la idea de que los ataques terroristas hubiesen sido realizados por el grupo terrorista vasco ETA o por terroristas musulmanes, y comentó que la atrocidad de Madrid le recordaba el ataque en 1980 a la estación de tren de Bolonia y, en general, a la estrategia de la tensión a través del terrorismo desarrollada por la Gladio en Italia a comienzos de los ochenta. En los siguientes días, varios expertos entrevistados por EIR, como también comentaristas de periódicos independientes apuntaron en la misma dirección: los atentados de los trenes en Madrid fueron planificados por servicios secretos occidentales, en necesaria connivencia con miembros de la policía y fuerzas de seguridad del Estado.
Entre 1969 y 1974, Italia fue sacudida por una serie de ataques terroristas mediante bombas. El comienzo de este periodo, que más tarde fue denominado la estrategia de la tensión, está oficialmente marcado por la bomba del 12 de diciembre de 1969 que explotó dentro de la Banca Nazionale dell’Agricoltura en la Plaza Fontana de Milán, conocida como la masacre de Piazza Fontana, en la cual 16 personas fueron asesinadas y 58 heridas. El final de la estrategia de la tensión, considerado estrictamente, está marcado por la bomba en el tren Italicus, el 4 de agosto de 1974, en San Benedetto Val di Sambro, que mató a 12 personas e hirió a 105. Durante este periodo hubo al menos cuatro intentos conocidos de golpe de Estado en Italia.
Pero la mayor masacre terrorista hasta entonces, tuvo lugar seis años después, el 2 de agosto de 1980 en Bolonia, cuando una maleta que contenía unos 20 kg de explosivos detonó en la estación de trenes, matando a 85 personas e hiriendo a más de 200. La responsabilidad fue oficialmente reivindicada por un grupo terrorista de extrema derecha llamado Nuclei Armati Rivoluzionari (NAR). Pero aquí hay una severa incongruencia, puesto que el término revolución o revolucionario no forman parte ni del lenguaje ni del ideario de la extrema derecha, ni en Italia ni en ningún otro país occidental. Es algo tan chocante como que una organización de extrema izquierda se proclamase tradicionalista o nacionalista.
El atentado de Bolonia, por la época en que tuvo lugar, no pertenece estrictamente a la llamada estrategia de la tensión, no estaba relacionado con ningún plan para llevar a cabo un golpe de Estado o cambio brusco del Gobierno italiano de entonces. Sin embargo, las organizaciones terroristas involucradas eran comandos autónomos del periodo de la estrategia de la tensión que se habían reorganizado. Como en el atentado de la Piazza Fontana y otros casos, se produjo un encubrimiento sistemático de los autores de las masacres por parte de ciertos sectores dentro de las Fuerzas Armadas, la Policía y los Servicios Secretos italianos.
Varias investigaciones judiciales y parlamentarias han establecido que existe una relación entre la matanza de Piazza Fontana, las bombas del tren Italicus y la masacre de 1980 en la estación de ferrocarril de Bolonia. Destacan la investigación oficial por los atentados de Bolonia, y la más reciente por los de la Piazza Fontana iniciada por el fiscal Guido Salvini en 1992 en Milán, y los resultados del Comité Parlamentario para la Identificación de los Autores de las Masacres Terroristas que trabajó en las investigaciones entre 1994 y 2001. El juicio por el atentado en la estación de Bolonia en 1980 finalizó con la condena de Valerio Fioravanti y Francesca Mambro como autores materiales de las masacres y del inquietante Licio Gelli, perteneciente a la logia masónica P2, implicada también en el asesinato del papa Juan Pablo I en 1978 y en varias muertes que siguieron al escándalo del Banco Ambrosiano en 1982 y que dejaron un sangriento rastro de cadáveres.
La atrocidad cometida en Madrid el 11 de marzo de 2004 ha planteado la necesidad de una investigación seria sobre las actividades terroristas encubiertas llevadas a cabo por los servicios secretos norteamericanos en España. El terrorismo islamista es una marca blanca del terrorismo de Estado que la CIA y la OTAN (Gladio) han venido ejecutando en Europa en las últimas cuatro décadas. Una organización terrorista precisa de amplios recursos logísticos y de mucho dinero para su financiación. Después, para el encubrimiento de semejantes crímenes, hay que disponer del poder para hacerlo: una organización integrista del tres al cuarto, como la supuesta célula de Al-Qaeda en España, carece del poder necesario para controlar a los medios de comunicación, a las instituciones, a los jueces, a la Policía y al CNI, los Servicios Secretos españoles.
Los atentados del 11-M fueron llevados a cabo por la CIA-OTAN para hacer creíble la existencia de una amenaza terrorista del integrismo islámico más allá de las fronteras de los Estados Unidos y, de paso, para dividir a la sociedad española con vistas a abonar el terreno para una guerra civil que culminará con la secesión de algunos territorios de España, especialmente Cataluña y Vascongadas, y con la pérdida de otros que serán anexionados por Marruecos: Ceuta y Melilla y, posiblemente, las islas Canarias.
A principios de 2017 una expedición británica detectó en uno de los montes submarinos a unos 250 km del archipiélago Canario hasta 2.670 toneladas de un material estratégico para el desarrollo de nuevas tecnologías como la telefonía móvil o las placas solares. Su gran valor económico despertó inmediatamente el interés de varios países que cuentan con permisos de exploración de metales en esta dorsal del Atlántico. Entre ellos se encuentran Alemania, Rusia, China, Corea del Sur e India. Francia, por su parte, anunció la llegada de una misión científica a la zona para analizar el lecho marino. Los británicos ya explotan los yacimientos petrolíferos en una joint venture con Marruecos y Portugal se aseguró su parte en el botín del telurio en 1996 cuando Aznar renunció a la soberanía sobre las islas Salvajes. En disputa entre los dos países ibéricos, el caso tenía que verse en la Sociedad de Naciones en 1936, pero los lusos aprovecharon el inicio de la guerra civil española para apropiarse del archipiélago. Por otra parte, una extraña campaña llevada a cabo en Canarias impidió a la petrolera Repsol seguir adelante con la exploración de yacimientos petrolíferos en sus aguas aduciendo motivos de preservación del medio ambiente. Marruecos y Reino Unido explotarán en exclusiva ese yacimiento ante la incomprensible desidia española. ¿Animó alguna potencia extranjera a los ecologistas canarios para que se opusiesen a las prospecciones?
Repasar la historia de los atentados terroristas cometidos en Europa en las tres últimas décadas, así como las guerras balcánicas de los años noventa, puede resultar esclarecedor y útil para establecer algunos paralelismos inquietantes. La técnica adoptada en la atrocidad de Madrid, la colocación de bombas simultáneas en trenes, no es nueva. La masacre de 1969 en Piazza Fontana fue precedida por una serie de acciones demostrativas que comenzaron en la noche del 8 al 9 de agosto, con diez bombas colocadas en diez trenes diferentes. Ocho de las cuales, de baja potencia, hicieron explosión. Esas bombas fueron colocadas por la organización neofascista llamada Ordine Nuovo, pero los investigadores fueron conducidos a la creencia de que fueron activistas de extrema izquierda [anarquistas] quienes lo hicieron. Hubo nuevas acciones demostrativas en los meses siguientes al atentado, hasta que el 12 de diciembre de ese mismo año, se produjo lo que podríamos calificar de salto cualitativo en la ejecución de aquellas acciones terroristas. Una serie de potentes bombas detonaron en la Piazza Fontana de Milán, pero también en Roma, donde tres artefactos hirieron a 13 personas. Por suerte, otra bomba colocada en el centro de Milán, en la Piazza Scala, no estalló.
Aquí nos encontraos con dos elementos que nos recuerdan claramente los atentados de Madrid: bombas y trenes. Se trata de que la acción terrorista sea brutal y que mate indiscriminadamente. En lugar de los actuales yihadistas, los supuestos terroristas de entonces eran activistas de extrema derecha o de extrema izquierda. Así, los auténticos autores de la masacre de Milán y sus encubridores guiaron a la policía y a los fiscales hacia la búsqueda de los asesinos en la extrema izquierda, eligiendo finalmente a los anarquistas como perpetradores del atentado de Piazza Fontana en agosto de 1969.
Dos conocidos anarquistas, Pietro Valpreda y Giuseppe Pinelli, fueron inmediatamente arrestados. Pinelli murió esa misma tarde al saltar desde una ventana de las dependencias policiales donde estaba siendo interrogado. La investigación oficial de su muerte concluyó que se trataba de un suicidio. Valpreda pasó varios años en prisión hasta que fueron retiradas todas las acusaciones y fue excarcelado. No obstante, varios testigos oculares, entre ellos un taxista, que aseguraron haber visto a unos individuos sospechosos poco antes de la explosión y haber declarado que podrían reconocerles, murieron en extrañas circunstancias nunca aclaradas.
Como en otros casos más recientes y cercanos, el encubrimiento de los auténticos autores de los asesinatos y actos de terrorismo fue orquestado desde el ministerio del Interior, del que dependían la policía y una oficina llamada Ufficio Affari Riservati (UAR), una especie de agencia de inteligencia interior, cuyo jefe era Federico Umberto d’Amato antiguo agente doble italiano que había iniciado su carrera durante la Segunda Guerra Mundial bajo las órdenes de James Angleton, a la sazón jefe de operaciones de la Office of Strategic Services (OSS) en Italia. En aquella época la OSS (futura CIA) estaba supervisada por la Inteligencia Militar norteamericana y el MI6 británico. Terminada la guerra, y gracias al determinante apoyo de James Angleton, D’Amato fue nombrado director ejecutivo de la Secretaría Especial de la OTAN, actuando como enlace entre esta organización y los servicios secretos de los Estados Unidos.
Guido Salvini, fiscal de Milán, había establecido que Delfo Zorzi, el terrorista inicialmente condenado, y después declarado inocente, por haber colocado la bomba de Piazza Fontana, había sido reclutado por D’Amato en 1968. Pero el fiscal Salvini descubrió mucho más. Un testigo, Carlo Diglio, decidió en 1992 colaborar en las investigaciones y reveló que había trabajado como infiltrado en el grupo de Zorzi para la inteligencia militar norteamericana encuadrada dentro de la comandancia de la OTAN en Verona. Los servicios secretos norteamericanos estaban al corriente del atentado que Diglio y los suyos preparaban para el 8 de agosto y el 12 de diciembre. El superior inmediato de Diglio, el capitán de la US Navy David Garrett, señaló más tarde que las órdenes eran que todas las acciones debían ser meras demostraciones de fuerza, sin que produjesen víctimas. Por su parte, Carlo Diglio admitió que Garrett estaba en permanente contacto con Pino Rauti en Roma, líder de la organización masónica Ordine Nuovo (ON), de la que Zorzi era uno de sus dirigentes en la región de Véneto. Según las revelaciones de Diglio, el segundo participante en la acción de Piazza Fontana, Carlo Maria Maggi, era líder de la célula de ON en el Véneto y el tercero, Giancarlo Rognoni, era también miembro de la organización ON en Milán, y se encargó de facilitar apoyo logístico.
En 1971, dos miembros de Ordine Nuovo, Franco Freda y Giovanni Ventura, fueron arrestados en relación con la investigación de los atentados de Piazza Fontana, así como con otras acciones terroristas menores. Sin embargo, cuando los dos fiscales de Milán encargados de la investigación, Gerardo D’Ambrosio y Emilio Alessandrini estaban cerca de desenmascarar a la práctica totalidad de los componentes de la red terrorista y a su cúpula directiva, la titularidad de la investigación les fue arrebatada y trasladada a la ciudad de Catanzaro, en el sur de Italia, donde Freda y Ventura fueron exculpados y declarados inocentes en la vista.
La tenacidad del antiguo fiscal de Milán, Guido Salvini, que prosiguió con las investigaciones al margen de presiones políticas, obtuvo como resultado que varios testigos asegurasen que fue Franco Freda quien compró los temporizadores usados en las bombas, y que fue Giovanni Ventura quien los instaló en los artefactos explosivos. Pero ni Freda ni Ventura pueden volver a ser juzgados por un delito del que ya fueron absueltos. En 1969 el objetivo del plan urdido por los servicios secretos norteamericanos consistía, básicamente, en desestabilizar Italia. Presentar a una derecha neofascista dispuesta a hacerse con el poder a toda costa, para que así los socialistas fuesen excluidos del Gobierno y los comunistas del influyente PCI diesen algún paso en falso que propiciase la intervención de la OTAN. Pero el primer ministro italiano, Mariano Rumor no mordió el anzuelo, bien aconsejado por el ministro de Exteriores de entonces, Aldo Moro, que se enfrentó al presidente de la República (jefe de Estado) Giuseppe Sagarat, para disuadirle de sus intenciones de declarar el estado de Emergencia. Hubo una gran crisis de Gobierno, pero en apenas tres meses, gracias a la mediación de Aldo Moro en buena parte, el presidente de la República logró reunir otro gabinete y superar la crisis.
La actuación de Aldo Moro y su partido, la Democracia Cristiana, fue decisiva para superar la crisis. Pero no era la primera vez que Moro se enfrentaba a la amenaza de un golpe de Estado. En 1964, cuando él, como primer ministro, estaba negociando el primer gobierno con participación socialista, el presidente de la República, el cristianodemócrata Antonio Segni le hizo a saber que un importante sector del partido y de la oligarquía empresarial y financiera no veían con buenos ojos la inclusión de los socialistas en el Gobierno. Segni transmitió a Moro el mensaje que le había hecho llegar el coronel Renzo Rocca, jefe de la división económica del SIFAR, el servicio secreto militar italiano. Rocca (quien después de su periodo en el SIFAR fue recolocado en la fábrica de automóviles FIAT en Turín) informó a Segni de que el establishment financiero y empresarial preveía una crisis económica catastrófica si los socialistas participaban en el Gobierno de coalición. El presidente de la República, Antonio Segni, fracasó en su intento de disuadir a Aldo Moro y en consecuencia tuvo que abandonar la presidencia el 6 de diciembre de 1964 tras sufrir un serio accidente cerebrovascular que le dejó hemipléjico.
La peor amenaza para que los especuladores puedan llevar a cabo sus planes de sometimiento de un país, como era el caso de Italia en aquella época, o de España en 2018, que ve amenazada su integridad territorial por los secesionistas catalanes, es que se cree un Gobierno de coalición, en el que, aparcando sus diferencias, participen las principales fuerzas políticas, con un propósito bien definido: sacar al país de una crisis, ya sea esta política, económica o social. Desgraciadamente, esto no se está dando en España.
Como medida de presión, el presidente de la República italiana, Antonio Segni, manifestó su intención de retirarle el mandato de Gobierno al primer ministro Aldo Moro, y dárselo a un tecnócrata, Cesare Merzagora. Además, Segni recibió ayuda del vicepresidente de la comisión europea, el socialista Robert Marjolin, quién atacó públicamente el programa de gobierno de Moro en nombre de la Comunidad Económica Europea. Robert Marjolin se había reunido con Segni en París unos meses antes para diseñar la estrategia a seguir contra Moro.
Aldo Moro y sus aliados se tomaron las amenazas de Segni muy en serio, y así, el Gobierno de centro-izquierda, un proyecto que comenzó Moro en 1960 y que contaba con la ayuda de la administración Kennedy, ya nació como un caso perdido. Kennedy murió asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963 y Aldo Moro fue secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas en mayo de 1978. Ahora bien: ¿qué motivo podían tener los supuestos guerrilleros comunistas de las Brigadas Rojas para asesinar al líder de la Democracia Cristiana que siempre había abogado por el entendimiento con el Partido Comunista y con los socialistas italianos? Ninguno, salvo que dichos guerrilleros de extrema izquierda fuesen en realidad hombres de los servicios secretos, agentes de la CIA o mercenarios de la Gladio, interesados en debilitar al Gobierno italiano.
El 11 de marzo de 2004 se consumó la peor pesadilla para España. Aquellas explosiones rompieron el consenso de la transición y de la Constitución de 1978, y lo que vino después es un triste capítulo de nuestra Historia que aún no ha terminado de escribirse. Inmediatamente después de las explosiones, una parte de la sociedad y de la clase política españolas se empeñó en humanizar a ETA: "no fueron ellos, nunca se atreverían a semejante masacre, los etarras avisan antes, matan selectivamente, aunque a veces haya que lamentar daños colaterales. Lo de Hipercor fue un error de cálculo. Los etarras avisaron, la culpa fue de la Policía que no desalojó el supermercado." 
Éstas fueron algunas de las majaderías que se escucharon ese aciago 11 de marzo. Catorce años después, y sin saber quién asesinó a 193 personas en Madrid, una parte de la sociedad española ha asumido que el brutal atentado de los trenes no había sido obra de la recientemente disuelta banda terrorista ETA. En meses y años que siguieron a los atentados, cuantos desconfiaron o criticaron la sentencia del juez Gómez Bermúdez —que luego enmendó el Supremo— por haber dejado un crimen irresuelto sin arma homicida y sin autor conocido, fueron sistemáticamente machacados. Era obvio para ellos que, si no había sido ETA, la culpa era de Aznar por haber provocado a los marroquíes con su respuesta a la crisis del Perejil dos años antes, o por su apoyo a la guerra de Irak en 2003 y llevarse bien con Bush, o por sus políticas neoliberales. Allí estaban los futuros cabecillas de Podemos gritando sus manidas consignas antisistema en las sedes del PP, los mismos que hoy ayudan a la banda terrorista a presentarse en sociedad, o que apoyan a los secesionistas catalanes. Por mucho que digan ahora que el estado de Derecho ha derrotado a los terroristas, lo cierto es que ETA derrotó a España el 20 de diciembre de 1973, y revalidó su victoria el 11 de marzo de 2004, aunque los etarras no pusiesen las bombas en los trenes. El PSOE ganó unas elecciones que nunca debieron celebrarse después de los atentados y un desconocido Zapatero se convirtió en presidente. Un presidente insulso con el que ya venían hablando los etarras desde 2000 mientras firmaba el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Si no había sido ETA y la culpa era de Aznar por haberlo sugerido en el primer momento tras los atentados, nada de lo que Aznar hizo en la lucha contra ETA valía. Un periodista de medio pelo llamado Antonio Ferreras se encargó de difundir el bulo de la autoría yihadista a las pocas horas del atentado, cuando no había confirmación de la Policía ni de los servicios de inteligencia. Esa teoría se propagó como un reguero de pólvora por España y el resto del mundo exculpando a los etarras. La banda se encargaría de recordar su presencia ese mismo año 2004 con decenas de bombas sin muertos. Luego llegarían los cadáveres colaterales y los que siempre ponen encima de la mesa para subir una apuesta: los del accidente de la T4, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio; los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en Capbreton; el exconcejal socialista Isaías Carrasco, en vísperas de las elecciones de 2008 que también ganó el PSOE; los guardias civiles Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá en 2009 y, por último, Jean Serge Nerin, un gendarme francés asesinado en 2010 cerca de París. El asesino de este último está condenado a cadena perpetua en Francia. 
ETA ya estaba exculpada de los atentados en los trenes, casi desagraviada, y con el camino expedito hacia la victoria avalada por PNV, Podemos y otras fuerzas de la izquierda radical, a las que puntualmente se unen PSOE o lo que queda de Izquierda Unida. Los mismos que se empeñan en reabrir las fosas de una guerra civil terminada hace 80 años, se muestran más que dispuestos a correr un tupido velo de silencio sobre los 358 crímenes de ETA todavía sin resolver y las más de 850 víctimas de los asesinos etarras. ¡Aquí paz y después gloria!
El 24 de agosto de 2017, tras los atentados yihadistas en Cambrils y Barcelona, un corresponsal de The New York Times recordaba que la supuesta manipulación que el gobierno del PP hizo de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid le costaron las elecciones y establecía un paralelo con respecto a los atentados de Cataluña del día 17 de agosto y las tensiones entre el Gobierno español y un supuesto gobierno catalán al que otorgaba categoría de gobierno soberano, y algunos militantes antisistema catalanes insinuaron que habían sido atentados de falsa bandera acusando subrepticiamente al Gobierno español de su autoría.
Ciertamente, las bombas de 2004 en los trenes de cercanías en Madrid —sólo unos días antes de las elecciones generales— cambiaron dramáticamente el rumbo de la política española y las explosiones siguen resonando en los oídos de algunos. Bien dirigidos por la izquierda, los votantes culparon al Gobierno por unos atentados que justificaron y atribuyeron a una reacción de los terroristas por el apoyo de España a la guerra de Irak. Además, el gobierno conservador había culpado en un primer momento a los etarras y no a los yihadistas del atentado más mortífero de la historia de España. Sin embargo, era lógico que el Gobierno de España pensase en ETA antes que en neófitos yihadistas puesto que los primeros acumulaban un dilatado historial de crímenes y violencia en España. Pero la izquierda radical, PSOE incluido, y una buena parte de la prensa internacional, sobre todo anglosajona, se cebaron con el presidente Aznar y su gabinete. El tiempo ha ido poniendo a cada uno en su sitio y las incógnitas de la autoría de los atentados del 11 de marzo siguen ahí. ¿Quiénes pusieron las bombas en los trenes?

Trenes destrozados por las bombas del 11 de marzo de 2004

domingo, 6 de mayo de 2018

De los banqueros bolcheviques a la Unión Europea


El famoso anarquista Bakunin declaró que los seguidores de Karl Marx «tenían un pie en el banco y otro en el movimiento socialista». Desde luego no iba mal encaminado. Es un hecho que la Revolución bolchevique que llevó (brevemente) a Lenin al poder fue financiada por la banca internacional. Movidos por su afán de estar en todas las salsas, los especuladores financieros vieron inmediatamente la oportunidad de apoderarse del antiguo imperio ruso.
Jamás se ha aclarado quién financió el viaje en un tren blindado de Lenin desde Suiza a Moscú, atravesando un continente en guerra, con más de seis millones de dólares en metálico en el maletín para financiar a los revolucionarios profesionales contratados por Trotsky en Nueva York. La mayor parte de ese dinero lo había facilitado el banquero Max Warburg, cuyo hermano Paul fue uno de los asistentes a la legendaria reunión en la isla de Jekyll en 1911 que hicieron posible la creación de la Reserva Federal estadounidense tres años después. El tercer hermano, Félix Warburg, estaba casado con la hija de Jacob Schiff que según declaró su nieto, John Schiff, ayudó con unos 20 millones de dólares de su propio bolsillo al triunfo de la Revolución bolchevique en 1917.
León Trotsky también recibió el apoyo directo del trust de banqueros y cuando fue apresado por el Ejército canadiense que le acusaba de espiar para Alemania, fue inmediatamente liberado gracias a los buenos oficios de un enigmático individuo que se hacía llamar coronel sin serlo y que no era otro que Edward Mandel House, el misterioso secretario personal del presidente Woodrow Wilson, y a quien éste llamada mi otro yo. En realidad, Edward Mandel House fue un tutor impuesto al presidente de los Estados Unidos por el trust de banqueros para controlar todos sus movimientos hasta que dejó de serles útil y le quitaron de en medio, como a Lenin. Muchos piensan que fue Mandel House quien pudo inducir el infarto cerebrovascular que sufrió Wilson el 2 de octubre de 1919 y que le provocó la hemiplejia que le dejó inmóvil hasta el día de su muerte. Lenin tuvo una muerte parecida, pocos años después de sufrir un atentado que le dejó graves secuelas, sufrió también un tromboembolismo cerebrovascular que le postró en una cama para siempre con medio cuerpo paralizado, lo que favoreció la ascensión al poder de Josef Stalin.
El programa de Woodrow Wilson para acabar con la guerra, conocido como los 14 Puntos de Wilson que el propio presidente leyó el 8 de enero de 1918 ante el Congreso de su país, haciendo pública su declaración de intenciones de acabar con la guerra, no gustaron a quienes le habían llevado en volandas hasta la Casa Blanca, especialmente el primero de esos puntos, que proponía la inmediata supresión de la llamada diplomacia secreta, término con el que Wilson no se refería a la natural discreción entre gobiernos, sino a las maniobras urdidas por políticos aficionados pero con mucho poder, que veían en la política un medio para alcanzar sus fines: obtener el poder de forma ilícita a través de la influencia ejercida sobre los políticos. Además, aquel discurso era una invitación a todas las naciones en guerra para que aceptasen un armisticio y se sentasen a dialogar con vistas a negociar la paz. No habría vencedores ni vencidos. Pero los planes de Wilson no fueron del agrado de los especuladores, que habían invertido mucho dinero en la guerra.
En febrero de 1917, al producirse la llamada Revolución de Febrero, paso previo a la generalizada de octubre, León Trotsky vivía en Nueva York donde colaboraba con un supuesto periódico ruso aunque su actividad principal se concentraba en la contratación de revolucionarios profesionales a los que aleccionaba convenientemente en su supuesta ideología antes de enviarles a Rusia para predicar la revolución. ¿Quién financió esas actividades? El banquero Max Warburg cumpliendo el encargo de otros banqueros aún más poderosos: Rockefeller y Rothschild.
En mayo de 1917, un mes después de entrar en guerra los Estados Unidos, Trotsky se reúne con Lenin y pasa a formar parte del Soviet de Petrogrado, nuevo nombre que se dio a la ciudad de San Petersburgo. De esta forma Trotsky se apartaba definitivamente de su anterior neutralidad durante el exilio, implicándose directamente con los bolcheviques en el proceso revolucionario. Gracias a su poderosa verborrea, Trotsky pronto alcanzó una enorme popularidad que le permitió llegar a formar parte del Comité Central, posición privilegiada desde la que le resultaría aún más fácil apoyar los postulados de Lenin en cuanto a la necesidad de derrocar al Gobierno provisional surgido de la Revolución de Febrero y presidido por el socialista moderado Alexander Kerensky. A partir de entonces, todos sus esfuerzos se dirigirán a recabar apoyos para el movimiento bolchevique para asestar el golpe decisivo a la incipiente democracia rusa que Kerensky, con la ayuda de los aliados, pretendía desarrollar después de la guerra. Esta ayuda que los aliados habían prometido a Kerensky estaba condicionada a la continuidad del frente oriental, es decir, a que Rusia siguiese tomando parte activa en la guerra contra Alemania y que el nuevo Gobierno no negociase la paz por separado. Entretanto, Lenin tiene que ocultarse y Trotsky asume la Jefatura del Comité Militar Revolucionario, puesto desde el cual dirigió la fase final de la Revolución de Octubre.
Durante la primera etapa de la Revolución, Trotsky se convierte en el hombre de confianza de Lenin y éste le encomienda varias misiones. La primera será la de sacar a Rusia de la guerra y firmar la paz con Alemania a cualquier precio. Trotsky será el encargado, como comisario de Asuntos Exteriores, de firmar con los alemanes el tratado de Brest-Litovsk, que supondrá para Rusia una pérdida considerable de su territorio.
Primer error por parte de Lenin y Trotsky: los banqueros no querían que Rusia se desentendiese de la guerra tan pronto. Estaban dispuestos a abastecer al paupérrimo Ejército ruso para que siguiese combatiendo a los alemanes en el frente oriental. Los banqueros temían que ahora Alemania, libre del frente oriental, desbordase a los aliados en el frente occidental y que la guerra terminase en verano de 1918. Sin embargo, si la guerra se alargaba, Alemania y los aliados, especialmente Francia y Gran Bretaña, los más solventes, tendrían que suscribir nuevos créditos (bonos de guerra) para hacer frente al gasto militar. ¿Quién facilitaba esos bonos de guerra en Europa desde hacía más de cien años? ¡Los Rothschild!
Lenin y Trotsky acabarían pagando caro su error. Inmediatamente después de firmar la paz con los alemanes, Trotsky fue nombrado Comisario de Guerra por Lenin. Desde este puesto se encargó de la creación y organización del Ejército Rojo, instrumento indispensable para imponerse en la guerra civil que se desató tras firmar la paz con Alemania y que se prolongó hasta 1920.
A las fuerzas contrarrevolucionarias, los rusos blancos de Kornilov, se unieron también los aliados en un conflicto poco conocido que también se extendió por Europa oriental, y que abrió una especie de suma y sigue a la guerra europea después del Armisticio del 11 de noviembre de 1918. La guerra terminaba en el frente occidental, pero se recrudecía en el oriental, ahora con viejos y nuevos protagonistas.
Los anarquistas acusaron a Trotsky de reprimir cualquier movimiento de izquierdas opuesto a la postura oficial del Partido Bolchevique, como por ejemplo, al movimiento libertario de Néstor Makhno en Ucrania o la rebelión de los marineros del Kronstadt en el golfo de Finlandia. Esta acusación, absolutamente cierta de los anarquistas contra los bolcheviques, se repitió en la Guerra Civil española cuando el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) partidario de llevar a cabo la revolución marxista más allá de las metas señaladas por la Internacional Comunista de Moscú, fue aniquilado por los comunistas del PCE (Partido Comunista de España) en los sucesos de mayo de 1937, una auténtica guerra civil dentro de otra guerra civil. Tanto en Rusia en 1918, como en España dos décadas más tarde, daba la impresión de que existían dos tendencias dentro de la supuesta revolución marxista: la propiamente revolucionaria y la oficial que se marcaba, en ambos casos, desde el Comité Central de Partido Comunista en Moscú, pero que no parecía tener nada de marxista ni de revolucionaria. Entonces, ¿al servicio de quién estaban esos supuestos revolucionarios que hacían la guerra a la propia Revolución?
Como en el caso de Woodrow Wilson, una oportuna apoplejía obligó a Lenin a apartarse de la política. Entonces, en oposición a Trotsky, se unieron Grígoriy Zinóviev, Liev Kámenev y Josef Stalin. Este triunvirato se hizo con la dirección del Partido Bolchevique y acusó a Trotsky, el hombre de Lenin, de suponer una amenaza para el Partido y para la Revolución, en consecuencia Trotsky fue destituido como Comisario de Guerra, luego apartado de la dirección del Partido y posteriormente expulsado del mismo. Más tarde fue deportado a Kazajistán (Asia Central) y finalmente expulsado de la URSS en 1929.
Trotsky acabó refugiándose en México, pero Stalin había dado orden de asesinarle, y Jotov, encargado de las operaciones contra Trotsky en México, se valió de dos comunistas españoles, Caridad y Ramón Mercader (madre e hijo), para llevar a cabo el plan. Aunque el palacete en el que vivía estaba fuertemente custodiado, Ramón Mercader lograría infiltrarse en su círculo de amistades ganándose la confianza de una de las secretarias de Trotsky. Con el pretexto de que leyera un escrito suyo se acercó a Trotsky y le clavó un objeto metálico punzante en la cabeza. Trotsky murió doce horas más tarde a consecuencia de las terribles heridas. Nunca quedó claro de dónde sacaba Trotsky el dinero para costearse el palacete en el que vivía y el tren de vida que llevaba en México.
Ramón Mercader había nacido en Barcelona en 1914 y fue uno de los fundadores de Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). Durante la guerra civil formó parte de los servicios secretos soviéticos en España y posteriormente se infiltró en los círculos de simpatizantes trotskistas en París. Artistas fracasados y gente adinerada que disfrutaba escandalizando a sus familiares y amigos haciéndose pasar por bolcheviques por mero esnobismo.
Mercader se trasladó a México en 1939 con el nombre falso de Frank Jackson y dispuesto a cumplir el encargo de la temida NKVD estalinista de asesinar a León Trotsky. Cumplió una condena de 20 años en prisión por este crimen. Pero hasta 1953 no se averiguó la verdadera identidad de Frank Johnson. Ramón Mercader abandonó la cárcel en 1960 y fijó su residencia en la URSS, más tarde viajó a Checoslovaquia y por último a Cuba, donde le aguardaba su madre, quien también había sido agente de la NKVD. Mercader fue condecorado en secreto como Héroe de la Unión Soviética y falleció en La Habana en 1978.

Los Rothschild fueron los grandes impulsores del trust internacional de banqueros en el último cuarto del siglo XVIII, en vísperas de la Revolución francesa y de la emancipación de las colonias norteamericanas de Gran Bretaña. Puesto que España y Rusia contaban con abundantes reservas de oro, los Rothschild no lograron introducir su modelo bancario (basado en el ficticio papel-moneda) en esos países, ni que sus gobiernos suscribiesen créditos con ellos. En el resto de Europa, algunas de las prebendas obtenidas por la banca Rothschild a cambio de los préstamos a los estados se referían a concesiones de explotación de recursos naturales, facilidades en todo tipo de industrias manufactureras, etcétera. Pero lo que ansiaban los banqueros era el control de la moneda nacional en esos países. Para ello consiguieron que las principales potencias europeas, como pago a los préstamos, les concediesen el control de sus bancos centrales. Así nacieron los bancos centrales de Alemania y Francia, siguiendo el patrón del Banco de Inglaterra.
Cada vez un mayor número de políticos se percataba de que las grandes familias de banqueros, en vez de competir entre sí, más bien constituían alianzas para llevar a cabo un plan de acción común. Pero estos sindicatos de banqueros no se constituyeron mediante fusiones bancarias al uso, sino por medio de lazos mucho más fuertes: los del matrimonio. Así, con las uniones de sangre e interviniendo especulativamente en las economías de los países donde operaban, comenzó el asalto de las familias de banqueros al poder político.
Veamos algunos ejemplos: Paul Warburg se casó con Nina Loeb; Félix Warburg con Fiedra Schiff y la hija de Nelson Aldrich, agente de la banca Morgan, se unió a John D. Rockefeller. Una vez conseguido el poder en Europa, los especuladores pusieron sus ojos en Estados Unidos, pieza fundamental para obtener la anhelada influencia política a escala mundial. Su plan era fomentar la creación de un banco central estadounidense que ellos controlarían totalmente, al igual que estaban haciendo con los bancos centrales europeos. Siguiendo instrucciones precisas de Paul Warburg y los demás banqueros del trust, el senador Nelson Aldrich se dedicó a fomentar la idea de que era necesaria una urgente reforma del sistema bancario en Estados Unidos. Dicha reforma acabó cristalizando con el establecimiento del Banco de la Reserva Federal de Nueva York en 1914.
El historiador W. Cleon Skousen describe en su libro El Capitalista Desnudo cómo se produjo el desarrollo de las dinastías financieras de los J.P. Morgan y los Rockefeller en Estados Unidos, y cómo consiguieron crear el sistema de la Reserva Federal y usarlo en su propio provecho. Se pregunta el autor en su libro: «¿Quién controla la Reserva Federal? ¿Cuáles son las metas de la Reserva Federal y de los demás bancos centrales? ¿Cuáles son las metas de las familias de banqueros internacionales que controlan a los bancos centrales?» Inquietantes preguntas, desde luego, pero mucho más lo son las respuestas. En cuanto a ¿quién controla la Reserva Federal? Skousen prefiere explicar primero quién no la controla: el Gobierno de los Estados Unidos. Más adelante Skousen se refiere así al primer presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Benjamín Strong: «Strong debía su carrera a los favores de la Banca Morgan […] en 1914 fue designado presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, nombrado conjuntamente por J.P. Morgan y por Kuhn & Loeb y Compañía. Dos años más tarde Strong conoció a lord Montagu Norman, y entonces acordaron colaborar para establecer un sistema financiero internacional».
Lord Montagu Norman era entonces el presidente del Banco de Inglaterra, y el mentor de John P. Morgan, quien le veneraba por haber sido el promotor de su carrera como banquero. Pero lo inquietante eran las nuevas prácticas que deseaban imponer en la Reserva Federal y en los demás bancos centrales. Los banqueros internacionales querían usar el poder financiero de Estados Unidos y Gran Bretaña para forzar a los demás países importantes a operar a través de bancos centrales liberalizados y emancipados de cualquier control por parte de sus respectivos gobiernos. Exactamente lo que consiguieron antes de desencadenarse la terrible crisis financiera de 2008: la desregularización bancaria. Esto es que los bancos comerciales, los de inversión y las compañías de seguros pudiesen actuar de forma colegiada y sin estar sometidas a ningún control por parte del Gobierno. Un sistema colegiado con capacidad y autonomía para resolver todas las cuestiones financieras internacionales mediante mutuos convenios, sin ningún control gubernamental.
El profesor Quigley describe así las principales metas del trust internacional de banqueros: «…nada menos que crear un sistema mundial de control financiero en manos privadas capaz de dominar al propio sistema político de cada país y la economía mundial, entendido como un todo. Este sistema debía controlarse con los bancos centrales de todo el mundo actuando mediante convenios secretos fijados en reuniones periódicas a puerta cerrada». Más o menos, lo que ya se ha conseguido. En manos de hombres de la talla de lord Montagu Norman, del Banco de Inglaterra, Benjamín Strong de la Reserva Federal de Nueva York, Charles Rist del Banco de Francia y Hjalmar Schacht del Reichsbank alemán, cada banco central buscaba dominar al Gobierno de su país mediante su capacidad para controlar los préstamos al Tesoro Público, manipular el cambio de divisas extranjeras, influir en la actividad económica del país, y actuar sobre los políticos dispuestos a colaborar por medio de recompensas en el mundo de los negocios. Schacht fue también banquero de Hitler, aunque más tarde fue apartado del gobierno y quizás por esto logró salir bien parado de los juicios de Núremberg y salvar la vida.
Estaba previsto que, cuando un Gobierno democráticamente elegido se mostrase poco dispuesto a colaborar con el trust de banqueros, éstos podían desencadenar una crisis económica y financiera que provocase la caída de dicho Gobierno. Recordemos que el presidente Zapatero fue prácticamente obligado a aceptar el rescate bancario de España, lo que se consumaría en 2011 con la victoria electoral de Mariano Rajoy. 
También se pregunta Skousen sobre las metas últimas del poderoso cártel de banqueros que se ha adueñado de la economía mundial. Lo cual es muy preocupante en países que se tienen por democráticos y soberanos, y donde sus ciudadanos creen ser quienes eligen libremente a sus representantes por sufragio universal. Porque si esto es cómo aseguran Skousen y otros, ¿para qué sirve votar? Skousen dedica buena parte de su libro a describir con todo lujo de detalles y de manera precisa cómo las élites financieras prepararon el terreno y llevaron al poder a Lenin y Stalin en Rusia, a Hitler en Alemania, y a Mao Zedong en China. Tal vez los dos primeros casos quedan algo lejanos en el tiempo, pero el caso de China es obvio y de plena actualidad. De lo contrario, de no contar con ese apoyo financiero internacional, ¿cómo se entiende que una dictadura comunista, donde no se respetan los derechos humanos y sigue vigente la pena de muerte, sea el paradigma de este Nuevo Orden Mundial de inspiración estrictamente capitalista?

A principios del siglo XX alcanzó un notable éxito una obra titulada Los protocolos de los sabios de Sión que denunciaba la existencia de una supuesta conspiración sionista internacional para derrocar a las monarquías europeas, erradicar el cristianismo e instaurar una sinarquía después de una gran guerra en la que serían eliminados todos los que se opusiesen a ella. El modelo griego de sinarquía se ajustaba perfectamente con el patrón del antiguo Sanedrín hebreo y la gran guerra europea llegó en 1914. Cuando terminó, cuatro años y medio después, casi todas las monarquías habían desaparecido de Europa, o lo que era lo mismo: de la Cristiandad. Esto hizo que muchos se replanteasen la verosimilitud de cuanto se vaticinaba en los Protocolos que fueron publicados por primera vez en 1903, en la Rusia zarista. El texto sería la transcripción de las actas de unas supuestas reuniones en las que estos sabios detallaban los planes de una conspiración judía para hacerse con el gobierno del mundo. Esos planes incluirían hacerse con el control de la banca internacional y alentar los movimientos revolucionarios, especialmente en todos los países europeos regidos por monarquías. Los reyes debían ser ajusticiados, como había sucedido en Francia tras el triunfo de la Revolución en 1789, y más recientemente en Rusia en 1918. Asimismo, la Iglesia católica debía ser abolida.
Los conciliábulos en los que supuestamente tuvieron lugar las reuniones que inspiraron los Protocolos, se habrían llevado a cabo durante el Primer Congreso Sionista de Basilea (Suiza), celebrado entre el 20 y el 31 de agosto de 1897 y que estuvo presidido por Theodor Herzl. Los textos de los Protocolos serían las actas levantadas a la conclusión de las sesiones de dicho Congreso Sionista. No obstante, si bien los Protocolos han sido leídos y citados por muchos intelectuales que han denunciado al sionismo como un movimiento beligerante que fomenta el odio hacia los cristianos, y especialmente hacia los católicos, su verdadera autoría resulta confusa. La teoría más aceptada entre los propios sionistas y algunos estudiosos, sostiene que fue obra de los servicios secretos zaristas, que buscaban desacreditar a la izquierda bolchevique acusándolos de colaborar con una supuesta conspiración judía para derrocar al zar. Lo cierto es que Marx, Trotsky y Kerensky, por ejemplo, eran de ascendencia judía. Y que la inmensa mayoría de banqueros internacionales a principios del siglo XX, también lo eran. Durante los primeros quince años desde su publicación, los Protocolos tuvieron escasa influencia. Sin embargo, a partir de 1918, tras la revolución bolchevique y el brutal fusilamiento del zar y de toda su familia, se vendieron millones de ejemplares en más de veinte idiomas y su difusión se fue incrementando a medida que se iba cumpliendo trágicamente el calendario de los dramáticos acontecimientos descritos en los Protocolos: la derrota rusa en la guerra contra el Japón en 1905 y la consiguiente intentona revolucionaria; la Primera Guerra Mundial que estallaba en 1914; la Revolución rusa de 1917. Todos estos acontecimientos venían sugeridos en los Protocolos como parte de una serie de acciones que los judíos deberían promocionar en Europa para hacerse finalmente con el poder mundial e imponer el perverso sistema de gobierno monolítico descrito más arriba.
Después de 1918 los Protocolos fueron un éxito imparable, pues venían a confirmar de forma palmaria las sospechas de millones de personas que se negaban a creer que los profundos cambios políticos y sociales de finales del siglo XIX y principios del XX se hubiesen producido de forma aleatoria. Sin más. Ciertamente la Okhrana (la antigua Policía Secreta rusa) los utilizó extensamente para tratar de convencer al pueblo y al propio zar de que los afanes para la democratización de Rusia eran en realidad una conspiración revolucionaria alentada por los judíos. La revolución de 1905 confirmó los peores temores de todos los que utilizaron los Protocolos para prevenir al zar y aconsejarle que Rusia no entrase en guerra en 1914, porque aquél sería el principio del fin de la monarquía. Los revolucionarios ya habían utilizado la derrota militar de 1905 frente a los japoneses para intentar derrocarle.
Existe un antecedente de los Protocolos, que tal vez pudo inspirarlo, en la novela de Hermann Goedesche, Biarritz, escrita en 1868. En el capítulo El cementerio judío de Praga y el Consejo de Representantes de las Doce Tribus de Israel, Goedesche describió una reunión nocturna entre los miembros de una misteriosa cábala rabínica, que describía cómo a medianoche, el diablo se aparecía ante los que se habían reunido en nombre de las Doce Tribus de Israel para planificar una «conspiración judía». Al margen del valor literario o esotérico de la obra en su conjunto, lo cierto es que el capítulo al que aquí hacemos mención guarda unas inquietantes similitudes con las actuales instituciones supranacionales de la Unión Europea, y que la bandera de la misma está formada por doce estrellas que representan a las Doce Tribus de Israel, y no a doce países europeos como se ha pretendido hacer creer. Además, si es así ¿por qué no se ha ido incrementando el número de estrellas a medida que nuevos países ingresaban en la UE? En la bandera de los Estados Unidos cada estrella representa a un estado, pero el número de estrellas se fue incrementando al tiempo que nuevos estados se iban incorporando a la Unión.
El texto de la obra que nos ocupa está dividido en 24 «protocolos» y algunos de los temas referidos en el texto advierten sobre el peligro de la instauración de una sinarquía sionista a escala mundial que estaría compuesta por un Consejo de Ancianos al estilo del antiguo Sanedrín de los judíos. Estos ancianos son los sabios a los que se hace mención en los Protocolos.
Los Protocolos gozaron de gran popularidad en los años veinte y treinta. Se tradujeron a casi todos los idiomas de Europa y se vendían ampliamente en los países árabes, Estados Unidos e Inglaterra. Pero fue en Alemania, después de la Primera Guerra Mundial, donde obtuvieron su mayor éxito. Allí se utilizaron para explicar todos los desastres que asolaron al país: la derrota en la guerra, la abolición de la monarquía y la proclamación de la república con la consiguiente intentona revolucionaria para imponer el comunismo. Una situación muy parecida a la que se dio en España con el golpe de Estado de 1931 que acabó con la monarquía, y el de 1934 contra la República recientemente creada para imponer un régimen socialista soviético como el de la URSS. Con todo, el mito de los Protocolos traspasó las fronteras del tiempo, en buena parte porque, al margen de la autenticidad de la obra y de su autoría, sus siniestras profecías se iban cumpliendo con una exactitud diabólica.
Pero fue a partir de 1921 cuando los Protocolos alcanzaron su mayor difusión gracias a que el industrial norteamericano Henry Ford quedó tan impresionado por el contenido de los mismos que, además de subvencionar varias ediciones, creó una revista (The Dearborn Independent) dedicada exclusivamente a denunciar la existencia de un «conspiración sionista internacional». Luego reunió el resultado de sus investigaciones en una extensa obra en cuatro volúmenes titulada El judío internacional, con el que pretendió demostrar a través de diversos ejemplos la veracidad de los Protocolos. Estos libros no tuvieron mucho éxito en Estados Unidos, donde fueron boicoteados por la comunidad judía, pero su lectura se popularizó inmediatamente en Europa durante la época de entreguerras.
Acerca de los Protocolos en sí, en una entrevista publicada el 17 de febrero de 1921 en la revista New York World, Ford dijo: «La única declaración que voy a hacer respecto a los Protocolos es que tienen 18 años y que encajan con todo lo que está ocurriendo hasta el momento». Tanto la extensa obra de Henry Ford como Los protocolos de los sabios de Sión se volvieron elementos indispensables entre los que estaban convencidos de que algunos sucesos trágicos de la reciente historia de la humanidad eran el resultado de decisiones concretas que emanaban de confabulaciones urdidas por personajes muy poderosos e influyentes, ya fuesen éstos judíos o no. Aunque predominó la idea de culpar de todos estos acontecimientos a los judíos.
El origen judío de la élite de la banca internacional, precursora del actual sistema económico globalizado basado en el mercantilismo, es un hecho incuestionable y, en muchos países, los Protocolos representan una evidencia real de la conspiración sionista. Conspiración que, por otra parte, los propios sionistas no se han cansado de negar al tiempo que soslayan la confirmación palmaria de esa conspiración: la fundación del Estado de Israel en 1948, tal como la había propugnado Theodor Herzl en el Primer Congreso Sionista de Basilea (Suiza) celebrado en 1897. Sin embargo, los sionistas siguen acusando de antisemitismo a cuantos se atreven a poner en tela de juicio la legitimidad del Estado de Israel, argumentando, entre otras cosas, que unos individuos nacidos en Europa oriental, no podían tener más derechos sobre la tierra de Palestina que los árabes que habían nacido allí.
Los modernos sionistas han recurrido torticeramente a la Biblia y extraído de ella el absurdo argumento de que los judíos son el Pueblo Elegido de Dios, por lo que, según esta perorata, a Israel le pertenece no sólo Palestina, sino toda la tierra de Oriente Medio. No es de extrañar que, visto lo visto, la inmensa mayoría de países árabes y musulmanes perciban la existencia del Estado hebreo como una amenaza para su propia seguridad. Pero lo más asombroso de los Protocolos, al margen de quién los escribiese y con qué propósito, es la exactitud con la que pronostican varios de los sucesos más trascendentales de la historia de la humanidad acontecidos en la primera mitad del siglo XX, y otros que se vienen produciendo en nuestros días.