sábado, 26 de enero de 2019

Brujas, sanadoras y parteras


En la Edad Media y aún en el Renacimiento las mujeres que tuvieran conocimientos sobre plantas, animales y minerales eran consideradas brujas. Muchas preparaban ungüentos para curar, eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras, simplemente por estos conocimientos muchas mujeres fueron quemadas vivas, ahogadas o ahorcadas por la ignorancia de sus contemporáneos y el fanatismo de los clérigos de entonces. Recordemos, a guisa de ejemplo, las injustas muertes de las célebres Brujas de Salem o el de las de Zugarramurdi en el norte de España a principios de siglo XVII, y a las que hemos dedicado un artículo en este mismo Blog.
A medida que se fue imponiendo el cristianismo en el mundo antiguo, las arcaicas divinidades y los genios de la Naturaleza fueron reconvertidos en demonios y anatemizados por la Iglesia como malos espíritus, y condenados al fuego eterno del infierno. Un velo oscuro se fue extendiendo sobre el universo mítico, sobre la vieja tradición heredada.
Una de las diosas más antiguas de la magia en la Antigüedad clásica es Hécate. Junto a la diosa lunar Artemisa y a Perséfone, compañera de Hades por la fuerza en el inframundo, las tres diosas conforman una tríada mágica. Se considera a Hécate como la divinidad que preside la magia y los hechizos y está ligada al mundo de las sombras. Se aparece a los magos y a las brujas con una antorcha en la mano o en forma de distintos animales, yegua, perra, loba, etcétera. Le es atribuida la invención de la hechicería. Hécate como maga, preside las encrucijadas, los lugares por excelencia donde reside la magia. En ellas se levantaba su estatua, en forma de una mujer de triple cuerpo o bien tricéfala, señalando sus tres edades: juventud, madurez y ancianidad. Estas estatuas eran muy abundantes en los campos y en los cruces de caminos, y a sus pies se depositaban ofrendas.
Otra maga del mundo antiguo es Circe, que no duda en utilizar su varita mágica para convertir en cerdos a los compañeros de Ulises en la Odisea de Homero, y ahí mismo ya la llaman bruja. Al igual que le pasa a Medea con los brebajes que prepara para Jasón. Los griegos nos regalan también a las Sibilas, eran seres mitológicos que vivían en grutas cerca de corrientes de agua. La primera Sibila es Herófila, que profetizó la Guerra de Troya, y le siguieron diez más siempre llamadas por su lugar de origen.
Durante muchos años la bruja era la única que se encargaba de la salud en los pequeños asentamientos. Es decir, curaba a sus vecinos y además solía ser la comadrona que ayudaba a sus hijos a venir al mundo. Sus conocimientos se trasmitían oralmente de madres a hijas, eran grandes conocedoras de la naturaleza y de lo que ésta podía ofrecerles.
Los antiguos emperadores, reyes, papas, nobles, etcétera, tenían médicos pero la gran masa de la población seguía consultando a estas curanderas o sanadoras, a las que respetaban con una mezcla de temor y reverencia, las llamaban como a las hadas buena mujer o bella dama, pero cuando las cosas se torcían y sus conjuros y pócimas no sanaban se las llamaba despectivamente brujas y hechiceras.
Pero entonces, ¿cuándo empieza a cambiar la situación de las brujas en la sociedad? Frente a lo que se cree popularmente, no fue la Inquisición española la que más hogueras prendió, sino la francesa. Y tampoco fueron los católicos los más encarnizados perseguidores de las brujas, sino los protestantes durante la Reforma de los ss. XVI-XVII, cuando la situación de estas mujeres cambia con respecto a la nueva Iglesia reformada de los protestantes calvinistas y luteranos, sobre todo en Alemania: solo Dios es capaz de curar el cuerpo y el alma, por lo tanto todo aquel que encamine sus prácticas a perseguir este fin será encarcelado, juzgado y ajusticiado. Son muy diversas las personas ajusticiadas en nombre de Dios, niños, niñas, hombres, mujeres, judíos, moriscos, profesionales de distintos ramos, condición, etcétera, pero sobre todo mujeres acusadas de brujería por ejercer como parteras o sanadoras.
Durante siglos se ha hablado de las brujas y de sus pactos con el diablo, de su aspecto desaliñado, de los conjuros y hechizos que lanzaban para hacer daño a otros seres humanos, especialmente a los hombres. Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto? Cuenta una leyenda que la noche en que las brujas se reunían para celebrar su reunión o aquelarre, éstas se transforman en aves negras despojándose de su piel y dejándola en remojo dentro de tinajas. Mientras levantan el vuelo blasfeman contra Dios, sus ángeles y los santos. ¿Es cierta esta afirmación apócrifa? Un cuerpo físico no puede transformarse en otro ser vivo por mucho que la ciencia quiera y ni el alma ni el espíritu pueden abandonar el cuerpo porque son el cuerpo en sí mientras haya un halo de vida.
Las brujas, según el folclore popular, elaboraban pociones que bebían para convertirse en bellas jovencitas y así poder salir de su escondite a seducir y embrujar a los hombres del pueblo para servirse de sus atributos viriles y usarlos en sus conjuros. ¿Esto es cierto? En parte, es imposible transformar lo que es feo en algo hermoso, pero utilizar ciertos fluidos del hombre para hacer conjuros sí que es posible.
Según su propia leyenda negra, las brujas son las esclavas del diablo y los gatos negros son sus mascotas. El diablo entrega a cada bruja un gato negro para que en todo momento la vigile. Ellas podían recibir órdenes de su amo a través del gato ya que éstos podían hablar y comunicarse con ellas. Sin embargo, los gatos fueron venerados hasta la Edad Media. En esta época se pensaban que eran brujas convertidas y se dedicaban a cazarlos, torturarlos, quemarlos y cortarles la cabeza para utilizarla en sus conjuros. Una gran crueldad del ser humano fruto de su ignorancia. Los gatos suelen tener una relación más íntima con las mujeres que con los hombres. A los gatos siempre les ha rodeado un aura de misterio que los hace únicos, por esto son fieles compañeros de las mujeres, misteriosas también.
Fuera como fuese, la brujería siempre ha estado mal vista en las mujeres, no podían tener ningún tipo de conocimiento distinto al de las criadas, esposas y madres, siempre supeditadas a los deseos de sus compañeros masculinos: padres, esposos, hermanos e hijos.
Muchas mujeres jóvenes, cansadas de estar oprimidas y bajo las órdenes del señor feudal, del señor cura y hasta de su esposo, se reunían por las noches en el bosque para beber comer, bailar y usar sus ungüentos. Éstos son los famosos aquelarres de las brujas pasándoselo en grande. Solo necesitaban sentirse vivas, libres, sin ataduras, poder conectar con su propio espíritu y con los elementos (agua, aire, fuego y tierra). Una conexión con la Madre Naturaleza que las dotó de sabiduría. Al igual que hoy en día, en pleno siglo XXI, los jóvenes fuman y toman sustancias tóxicas y alucinógenas (drogas), en el Medievo, estas mujeres utilizaban belladona, beleño, opio, setas y otras plantas alucinógenas que se podían encontrar en el bosque o en campo abierto y manipular con facilidad. Ellas estudiaron de qué manera podían utilizarlas. Si las ingerían sufrían dolor de estómago, vómitos, diarreas y hasta la muerte por sobredosis o envenenamiento. Untarlo en la piel causaba reacciones alérgicas como erupciones, ronchas, quemazón, etc., lo que además las delataba En las únicas zonas que podían utilizar estos ungüentos sin dañarlas era en las axilas y en los genitales. Utilizaban palos de escobas para untar el ungüento y frotarlo por la vagina. A través de las mucosas llegaba con facilidad a la sangre y tenían alucinaciones. Se sentían liberadas por unas horas, ligeras, sin ataduras y la escoba era su medio de liberación. Por eso se relaciona a las brujas con las escobas, un elemento fálico después de todo, pero que cumplía una doble función como consolador para proporcionar placer sexual y, al mismo tiempo, para extender por la vulva la substancia alucinógena.


Constantino y el culto al Sol Invicto


Es del todo cierto que Constantino fue tolerante con el cristianismo. Mediante el Edicto de Milán, promulgado en el año 313, prohibió la persecución de todas las formas de monoteísmo en el Imperio Romano. En la medida en que ello incluía al cristianismo, Constantino, efectivamente, se convirtió en un salvador que redimió a los cristianos tras siglos de persecuciones, la última en tiempos tan recientes como los de Diocleciano. También es cierto que concedió ciertos privilegios a la Iglesia de Roma, así como a otras instituciones religiosas. Permitió que muchos dignatarios de la Iglesia entrasen a formar parte de la administración civil y con ello preparó el camino para la consolidación de la Iglesia como poder secular. Donó el magnífico palacio de Letrán al obispo de Roma, y la Iglesia pudo utilizarlo como medio de instaurar su supremacía sobre los centros rivales de autoridad cristiana que eran Alejandría y Antioquía. Finalmente, presidió y tomó parte activamente en el Concilio de Nicea del año 325. En este concilio ecuménico, las diversas formas de entender el cristianismo se vieron obligadas a enfrentarse unas con otras y, en la medida de lo posible, limar sus diferencias. Como resultado de este histórico Concilio, Roma, la capital del Imperio, se convirtió también en el centro oficial de la ortodoxia cristiana y cualquier desviación de esta ortodoxia se transformó en herejía, en lugar de ser una simple diferencia de opinión o interpretación. En Nicea, por medio de una votación, se instauró tanto la divinidad de Cristo como la naturaleza exacta de esa divinidad, abriendo la puerta a siglos de controversias teológicas, precisamente lo que se pretendía evitar en aquel concilio presidido por el emperador.
Es de justicia reconocer que el cristianismo, tal como lo conocemos hoy, se deriva en esencia, no de la época de Jesús, sino del Concilio de Nicea. Y en la medida que ese concilio fue en gran parte obra de Constantino, el cristianismo está en deuda con él. Pero eso es muy distinto que afirmar que Constantino era cristiano, o que «cristianizó» el Imperio. De hecho, en la actualidad puede demostrarse que la mayoría de las tradiciones populares asociadas con Constantino son palpablemente erróneas. La llamada «Donación de Constantino», que la Iglesia utilizó en el siglo X para hacer prevalecer su supremacía ante el rey alemán Otón I e imponer su criterio en asuntos seculares, es hoy reconocida universalmente como una descarada falsificación que, en un contexto contemporáneo, se juzgaría como inequívocamente delictiva. Hoy en día, incluso la Iglesia está dispuesta a reconocerlo, al mismo tiempo que sigue negándose a renunciar a muchas de las ventajas y prerrogativas que obtuvo de tal engaño en la Edad Media. En cuanto a la «conversión» de Constantino —suponiendo que «conversión» sea la palabra apropiada—, no parece que fuera cristiana en absoluto, sino pagana. Al parecer, Constantino, que era bastante supersticioso, tuvo alguna clase de visión o de sueño premonitorio, quizá las dos cosas, en el recinto de un templo pagano dedicado al Apolo gálico, ya fuera en la región de los Vosgos o cerca de Autun. También es posible que viviera una segunda experiencia de la misma índole inmediatamente antes de la decisiva batalla del Puente Milvio, en la que Constantino derrotó a su rival para ejercer el principado. Según un testigo que acompañaba al ejército de Constantino en aquellos momentos, la visión fue del dios Sol, que ciertos cultos —muy populares entre las tropas romanas— adoraban bajo el nombre de Sol Invicto, es decir, «Sol Invencible». Poco antes de su visión o visiones, Constantino había sido iniciado en el culto al Sol Invicto, lo que hace que su experiencia sea perfectamente verosímil, además de ser muy conveniente para insuflar ánimos a sus soldados. Y, después de la batalla del Puente Milvio, el Senado erigió un Arco del Triunfo en los aledaños del Coliseo. Según la inscripción que hay en dicho arco, Constantino obtuvo la victoria «mediante el favor de la Deidad». Pero la deidad en cuestión no era el dios cristiano. Era el Sol Invicto, uno de los dioses solares en los ancestrales cultos paganos.
En contra de lo que ha venido afirmando la Iglesia durante siglos, Constantino no hizo del cristianismo la religión oficial de Imperio Romano, aunque la favoreció sobre las demás. En tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV— el culto al Sol Invicto era uno más entre los que se practicaban en la cuenca mediterránea. Entre los militares tenía también mucho arraigo el culto de Mitra, y entre las élites estaban los misterios de Eleusis, los de Isis, Serapis, etcétera. Por otra parte, Constantino conservó durante toda su vida el arcaico título de Pontifex Maximus, o jefe religioso de la República. Además, su principado se asoció con el «imperio del Sol». La imagen de Constantino como ferviente converso al cristianismo es patentemente errónea. Ni siquiera fue bautizado hasta que se encontraba en el lecho de muerte.
El culto al Sol Invicto era de origen sirio. Había sido introducido en Roma solo un siglo antes de Constantino. Aunque contenía elementos del culto cananeo a Baal y Astarté, era esencialmente monoteísta. En efecto, proponía al dios Sol como la suma de todos los atributos de todos los demás dioses, y de esta manera asumía pacíficamente a sus posibles rivales sin la necesidad de combatirlos. Para Constantino, el culto al Sol Invicto era conveniente y nada más. El objetivo principal, obsesivo, del emperador era la unidad: política, religiosa y territorial. Obviamente, una religión sincrética y estatalizada que incluyera a todas las otras llevaba a ese objetivo. Y fue bajo la tutela, por así decirlo, del culto al Sol Invicto que el cristianismo pudo prosperar. De todos modos, la doctrina cristiana de la época, tal como era promulgada por Roma a la sazón, tenía mucho en común con el culto al Sol Invicto; y, por ende, pudo prosperar sin ser molestado bajo el paraguas de tolerancia del culto al Sol. Siendo esencialmente monoteísta, el culto al Sol Invicto le allanó el camino al monoteísmo cristiano. Al mismo tiempo, la Iglesia primitiva no tuvo escrúpulos en modificar sus propios principios y dogma con el objeto de aprovechar la oportunidad que se le brindaba. Mediante un edicto promulgado en 321, por ejemplo, Constantino ordenó que los tribunales permaneciesen cerrados en «el venerable día del Sol», decretando que dicho día fuera de descanso. Hasta entonces el cristianismo había considerado sagrado el sábado, el día santo de los judíos. Ahora, de acuerdo con el edicto de Constantino adoptó el domingo como día sagrado. Esto no solo le hizo armonizar con el régimen existente, sino que, además, le permitió desasociarse aún más de sus orígenes judaicos. Por otra parte, hasta el siglo IV el natalicio de Jesús se había celebrado el 6 de enero. Para el culto del Sol Invicto, no obstante, el día de mayor importancia simbólica del año era el 25 de diciembre: la festividad de Natalis Invictus, el nacimiento —o renacimiento— del Sol, momento en que los días comenzaban a alargarse de modo perceptible. También en este sentido el cristianismo se alineó con el régimen y con la religión oficial del Estado. De esta religión estatal ya instaurada usurpó también el cristianismo ciertos avíos. Así la aureola de luz que corona la cabeza del dios Sol se convirtió en el halo cristiano.
El culto al Sol Invicto también se engranaba de forma conveniente con el de Mitra, residuo de la antigua religión zoroástrica importada de Partia. De hecho, tan cerca estaba el mitraísmo tardío del culto al Sol Invicto que, a menudo, ambos son confundidos. Los dos destacaban la categoría del Sol. Ambos consideraban sagrado el domingo. Ambos celebraban una importantísima festividad natalicia el 25 de diciembre. Así pues, el cristianismo también pudo encontrar líneas de convergencia con el culto al dios Mitra, muy extendido entre las legiones romanas durante el Bajo Imperio. El mitraísmo también hacía hincapié en la inmortalidad del alma, en un juicio futuro y en la resurrección de los muertos. El cristianismo que se definió y conformó en los días de Constantino era, de hecho, un híbrido que contenía filamentos de pensamiento significativamente derivados del mitraísmo y del culto al Sol. En realidad, el cristianismo, tal como lo conocemos ahora, está en muchos aspectos más próximo a aquellos sistemas de creencias de los paganos que a sus propios orígenes judaicos.
Por el bien de la unidad, Constantino procuró deliberadamente que las distinciones entre el cristianismo, el mitraísmo y el culto al Sol Invicto resultasen borrosas, y optó por no ver las profundas discrepancias que había entre ellos. Así, toleró al Jesús divinizado como la manifestación terrenal del Sol Invicto. Así, edificaba una iglesia cristiana en una parte de la ciudad y, en otra, erigía estatuas a la diosa Cibeles y al Sol Invicto, este último a su propia imagen y semejanza, con sus propios rasgos. En semejantes gestos eclécticos y ecuménicos vuelve a hacerse patente el énfasis en la unidad. La fe, para Constantino, era una mera cuestión política; y cualquier fe que condujese a la unidad del Imperio era tratada con indulgencia. Por aquellos días estaba muy en boga, además, la escuela filosófica que proponía el eclecticismo como forma de conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas.
Con todo, Constantino no era un cínico sin más. Al igual que muchos gobernantes y militares de su época —incluido el propio Juliano el Apóstata—, parece que era un hombre supersticioso e imbuido de un sentido muy real de lo sagrado. Al parecer, en su relación con lo divino procuraba nadar y guardar la ropa, lo que le asemeja al proverbial ateo que, ya en su lecho de muerte, se aviene a recibir los sacramentos como salvaguardia, «por si acaso». Esto le impulsaba a tomarse muy en serio a todas las deidades cuya presencia en sus dominios aprobaba, a buscar la benevolencia de todas ellas, a conceder a cada una de ellas cierta medida de veneración sincera. Si su dios personal era el Sol Invicto, y su actitud oficial ante el cristianismo la dictaba la conveniencia y el deseo de unidad en el seno del Imperio, no por ello deja de ser cierto que Constantino tributaba al dios de los cristianos cierta deferencia singular, una deferencia decididamente insólita. Desde hacía mucho tiempo, existía la tradición de que los emperadores romanos afirmaran ser descendientes de los dioses y, basándose en ello, reclamaran la divinidad para sí mismos también. Así, Diocleciano, había afirmado ser descendiente de Júpiter; Maximiano, de Hércules. Para Constantino, sobre todo después de haber dado al cristianismo un mandato en sus dominios, era ventajoso establecer una nueva alianza divina, una nueva ratificación procedente de lo sagrado. Esto tenía tanta más importancia cuanto que, en cierto modo, él era un usurpador: había derrocado a un descendiente de Hércules y necesitaba el apoyo de algún dios rival para sus propias pretensiones de legitimidad. Al escoger un dios para que fuese su patrocinador, Constantino recurrió —al menos nominalmente— al dios de los cristianos. Es primordial señalar que no recurrió a Jesús. El dios al que Constantino reconocía era Dios Padre, el cual, en aquellos años inmediatamente anteriores al Concilio de Nicea (325), no era idéntico al Hijo. Su relación con Jesús era mucho más equívoca y sumamente reveladora.
La posición de Constantino no resultaba tan rara en un militar romano que era esencialmente pagano y tenía aspiraciones políticas. Lo que sí es significativo, es que la Iglesia diera su aprobación al papel que Constantino se atribuyó. La Iglesia de Roma estuvo muy dispuesta a mostrarse de acuerdo con el concepto que Constantino tenía de sí mismo como mesías auténtico. También estaba muy dispuesta a reconocer que el mesías no era un salvador pacífico y manso como una oveja, sino un rey legítimo y colérico, dispuesto a imponer su voluntad por la espada. Constantino era un líder político y militar que no presidía un nebuloso reino de los cielos; gobernaba un Imperio y mandaba legiones.
En cualquier caso, en tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV—, la tradición cristiana aún no se había convertido en dogma inmutable. Muchos documentos paleocristianos y evangelios apócrifos, que luego se perdieron o fueron destruidos, seguían circulando intactos. Todavía eran corrientes las interpretaciones alternativas. Y el Jesús histórico aún no había desaparecido por completo bajo el peso de acreciones posteriores. Hay que recordar que no se conserva ninguna versión completa del Nuevo Testamento que date de una época anterior al principado de Constantino. El Nuevo Testamento, tal como lo conocemos hoy, es en gran parte producto del Concilio de Nicea que presidió el propio Constantino.


viernes, 25 de enero de 2019

Las épocas históricas de la antigua Roma


Los eruditos han dividido la larga historia de la Roma antigua en tres grandes épocas marcadas por el cambio de forma de gobierno: Monarquía, República e Imperio o Principado. Según la tradición la primera se extendió desde la legendaria fundación de la ciudad en 753 a.C. hasta el año 510 a.C. Probablemente ambas fechas sean inexactas, pero nos ayudan a situarnos en el tiempo. La segunda, partiendo de este límite coincide con la etapa republicana que concluye con la proclamación de César Augusto como emperador o «primer ciudadano»; una suerte de monarquía respetando las formas republicanas y manteniendo antiguas instituciones como el Senado.
Dentro de la era republicana las grandes guerras contra Cartago en el siglo III a.C. separan una primera etapa republicana, en cuyo decurso Roma unificó bajo su dominio toda la península Itálica, de una segunda en la cual se sentaron las bases del Imperio.
Finalmente, la época imperial (27 a.C. a 476 d.C.) experimentó un periodo convulso que coincidí casi totalmente con el siglo I; el Siglo de Oro romano o «época áurea» fue el siglo II que se caracterizó por la ascensión al principado de emperadores elegidos por adopción del más digno y no por vínculos familiares o pronunciamientos militares, y, por último, un periodo dramático, intenso, convulsionado por crisis económicas y políticas gravísimas. El Imperio se hizo más rígido, estructurándose sobre nuevas bases, buscando otras formas de Estado y luchando tenazmente por superar las divisiones internas y contener la avalancha de enemigos que, provenientes del exterior, pugnaban por destruirlo. 
Según la leyenda transmitida por los poetas y analistas, el fundador de Roma, sobre la colina del Palatino, fue Rómulo, hijo del dios Marte y de una princesa de Alba Longa que se llamaba Rea Silvia. Siempre de acuerdo con la narración, para poblar la ciudad, su fundador reclutó colonos venidos de la región vecina del Lacio y para dotarla de mujeres de apoderó de las de una tribu cercana, las Sabinas, dando así origen a una guerra de represalia que terminó con la fusión de ambos pueblos en uno solo, el de los Quirites.
Esta nueva población parece haber estado constituida por tres tribus —Titos (o Sabinos), Ramnes (o Romanos) y Luceres—, divididas después en treinta curias o comunidades que habría formado la estructura política de base. Sobre todos ellos habría reinado un rey, que, en memoria de la fusión, habría sido sucesivamente latino y sabino. El relato de la leyenda prosigue afirmando que este cambio de poder funcionó en lo que respecta a los tres primeros sucesores de Rómulo: el sabino Numa Pompilio, el latino Tulio Hostilio y el sabino Anco Marcio. En cambio, los tres reyes siguientes fueron etruscos, pertenecientes a un pueblo cuyas ciudades principales se alzaban al norte de Roma, pero que se expandía ahora hacia el sur, en Campania, y tenía, por consiguiente, mucha influencia en la Urbe.
Sin embargo, la ciudad prosperó, tanto bajo los latinos y sabinos como bajo los etruscos. Adquirió una hegemonía estable en el territorio circundante, reforzó y articuló sus instituciones, acrecentó su población, se dotó de prestigiosas realizaciones en el campo arquitectónico y urbanístico. Todos los reyes contribuyeron a ello: Numa Pompilio, sucesor de Rómulo, organizó la vida religiosa, cuyas normas le fueron dictadas por la ninfa Egeria; Tulio Hostilio sometió a la ciudad de Alba Longa, de donde según se decía era oriundo el fundador de Roma y la rival más peligrosa de ésta; Anco Marcio llevó adelante la expansión, fundó el puerto de Ostia en la desembocadura del Tíber, construyó sobre este río el primer puente (Sublicio), el primer acueducto (Aqua Marcia o acueducto Marcio) e incluso la primera prisión: la Cárcel Mamertina, también llamada el Tullianum, que se hallaba en la ladera noreste del monte Capitolino, frente a la Curia y los foros imperiales de Augusto, Vespasiano y Nerva. Entre ella y el Tabularium (archivo) había un tramo de escaleras que llevaba al Arx del Capitolio, conocido como las Scalae Gemoniae.
Con referencia al primer rey etrusco (quinto de Roma, que se llamó Tarquinio Prisco), dice el historiador Tito Livio (†17 d.C.) que fue primero en intrigar para que lo eligieran rey, apoyándose en la plebe. Es posible que así fuera. En todo caso, fue el primero de quien emanaron disposiciones concretas en auxilio de las clases más humildes y en emprender un programa urbanístico formal en la ciudad: un circo, pórticos en la plaza del mercado (Foro), templos… A él se debe también la introducción en Roma de los símbolos de poder que llegaron a ser, posteriormente, tradicionales: el cetro, la capa púrpura, los doce lictores que constituían la guardia de corps y la escolta de las autoridades. Fue sin duda un rey populista y revolucionario.
Sus innovaciones parecen de poca relevancia frente a las del sexto monarca, Servio Tulio: la ampliación de la ciudad, incluyendo las siete colinas tradicionales, la circunvalación de las murallas con que protegió la ciudad —y que desde entonces se llamaron «murallas servianas»— y sobre todo una importantísima reforma constitucional, estructura destinada a perdurar y que sustituyó a las tres tribus de Rómulo, fundamentadas en vínculos de consanguinidad, por una base territorial mediante la cual dividió a estas tribus en centurias, ordenadas siguiendo criterios de censo y riqueza y no exclusivamente de parentesco.
Por lo que toca al reinado del último monarca, comenzó con un asesinato, el de su predecesor, y terminó con un estupro, el de una dama de la nobleza, llamada Lucrecia, que fue el pretexto de la consiguiente insurrección. Este rey, llamado también Tarquinio y que se distinguió de su antecesor apodándolo el «Soberbio», fue el último en ocupar el trono de Roma. En el año 510 a.C. fue derrocado por la fuerza y nacía así la República.
Aquí acaba el relato tradicional de los orígenes de Roma. Imposible saber cuánto hay de cierto en lo que nos transmite. No obstante, pueden extraerse algunos datos fidedignos. Es cierto que en los siglos IX y VIII a.C. se formaron en el Palatino algunos centros urbanos pequeños, habitados por gentes de lengua latina, y nada impide afirmar que procedían, total o parcialmente, de Alba Longa. Su principal actividad era sin duda el pastoreo, pues la región circundante se presta bien para desarrollarla. Muy pronto, la favorable posición del asentamiento, fuera de la vista del mar pero al cual las naves tenían fácil acceso, propició su evolución: los pequeños pueblos y aldeas que formaban el Palatino se fusionaron en un único poblado englobando a todas las colinas vecinas.
Los reyes que gobernaron esas comunidades fueron a la vez conductores, administradores, jueces y sacerdotes. Elegidos por el pueblo, a partir del momento de su elección estaban en posesión del Imperium, o sea el poder de mando, y del auspicium, la posibilidad de interpretar a los dioses. En lo referente a los asuntos del culto, podían apoyarse en una congregación de sacerdotes; para resolver los administrativos y políticos contaban con un senado de un centenar de miembros formado por los jefes de los diversos clanes (o gens, como se les llamaba) que constituían el pueblo. Realmente no hacía falta mucho más para gobernar la primitiva y pequeña ciudad-estado. Por lo menos, hasta que llegaron los etruscos, atraídos por la importancia que cobraba la ciudad.
A continuación de una conquista o como resultado de una penetración pacífica, el elemento etrusco se fue imponiendo y llegó a instalar en el trono a un rey de su etnia. Es posible que durante la monarquía etrusca se humillase a los latinos y sabinos, al tiempo que se imponían en Roma las costumbres, las mercancías, las técnicas y los capitales etruscos, pero, en cambio, la ciudad adquirió la estructura y la infraestructura, materiales y políticas, que habían de permitirle desempeñar un papel de primer plano en la política italiana.
Las reformas, atribuidas a Servio Tulio, son elocuentes: los vínculos de sangre cedieron paso a una estructura basada en el poder adquisitivo, e igualmente elocuente es el programa de obras públicas que se atribuye a los reyes etruscos. El sentido general de los acontecimientos es claro: impulsada por una clase dirigente etrusca, Roma adquiría un desarrollo urbano muy superior al de las ciudades latinas y sabinas vecinas, del mismo orden. Esto incluso llevaba a exigir la primacía política y militar sobre ellas.

La República primitiva

Por otra parte, una serie de guerras contra los pueblos y ciudades que la rodeaban habían convertido a Roma, a fines del periodo monárquico, en la capital de un pequeño reino que, a pesar de su reducido tamaño, no resultaba nada desdeñable: un área de hegemonía cuya gravitación, que iba en aumento, era apreciable en el ámbito local de la península Itálica.
Así estaban las cosas cuando los romanos depusieron a un rey que les resultaba excesivamente soberbio —y sobre todo extranjero—, y lo sustituyeron por una república autárquica que parecía un riesgo y cuya proclamación ponía en juego los óptimos resultados alcanzados hasta aquel momento. La república que nació con el derrocamiento de Tarquinio el Soberbio estaba destinada a tener una larga vida, casi medio milenio. El primer periodo de esta larga era transcurrió desde el nacimiento del nuevo régimen hasta que estalló el conflicto armado con Cartago a mediados del siglo III a.C., suceso que introdujo en el juego de la política mediterránea a una potencia que hasta aquel momento se había movido exclusivamente en el ámbito de la península Itálica.
Sus características son, en orden sucesivo: repliegue, consolidación, expansión. En realidad, el cambio que sufrió en las instituciones costó la pérdida de la hegemonía en el exterior y una áspera y violenta lucha social en el interior. Una vez contenidos los efectos de la primera y reabsorbida la segunda con una gradual reestructuración constitucional, la República pudo rivalizar nuevamente para conseguir la supremacía en Italia. Al fin, toda la Península, sólidamente unida bajo el dominio romano, se lanzó con todas sus fuerzas a la conquista de la primacía en Occidente.
El Senado y el Pueblo de Roma fueron los pilares de la República que nació de las ruinas del régimen monárquico, sacudido más por la caída de las posiciones etruscas en el sur que por sus errores y que provocó, además, el desmoronamiento de los regímenes filoetruscos del Lacio. Sin embargo, en esencia, el Senado contaría más que el Pueblo durante mucho tiempo. En efecto, el esquema político del Estado preveía tres poderes que se equilibraban entre sí: las asambleas del pueblo soberano, los magistrados de éstas, elegidos anualmente, y el Senado. En teoría, la soberanía estaba en manos del pueblo, que la delegaba en los magistrados, en tanto que correspondía al Senado la misión de asistir a éstos últimos con opiniones, consejos y una constante actividad de representación. Por consiguiente, en las contingencias que siguieron a su proclamación, el alma de la República estuvo constituida por el Senado. Estas contingencias fueron muy graves. Mientras el rey depuesto movilizaba a sus leales entre los etruscos para recuperar el trono, las ciudades y los pueblos sometidos a Roma aprovecharon el desconcierto causado por el cambio de régimen y trataron de desembarazarse de la tutela romana. Cartago, la mayor potencia marítima del momento en el Mediterráneo, exigía que la República respetase los pactos ya contraídos con la Monarquía. Pero en el interior aumentaba la agitación. No todo el pueblo estaba contento con el cambio de régimen: más aún, los más podres y desfavorecidos, la plebe, perdía en lugar de ganar porque había una constitución que reservaba a los patricios y a los plutócratas todas las magistraturas, el acceso al Senado y la interpretación y aplicación de la ley. La República era de facto una plutocracia, en tanto que exigía grandes sacrificios, incluidas las obligaciones militares, a todos los ciudadanos por igual.
Se hizo frente a la situación por partes. Un tratado mediante el cual Roma renunciaba a lo que aún no poseía (comercio y expansión marítima) a cambio de lo que necesitaba —manos libres para actuar en el Lacio—, sosegó a Cartago. Una serie de legendarios actos de heroísmo (desde Horacio Cocles hasta Mucio Scévola) mantuvo a raya a los etruscos aliados de Tarquinio. Quizá Roma, obligada a sustituir la propaganda heroica por los partes de guerra, sufrió una derrota pero logró impedir la restauración monárquica.
En cuanto a los latinos, aliados rebeldes, el duro revés que se les infligió en las inmediaciones del lago Regilo, situado pocos kilómetros al este de Roma, permitió que la diplomacia romana estipulara con ellos un tratado que decretaba la pérdida de la supremacía absoluta de Roma, pero les reconocía el mando supremo de la Liga Latina en caso de guerra. Era el año 493 a.C. Después de otros tres lustros de luchas y sacrificios, se restableció la situación en el exterior, pero la del interior se hallaba al borde de la disgregación. Los romanos consideraban que el que más tenía más debía dar al Estado, pero más debía, también, recibir a cambio —controversia que se mantiene dos mil quinientos años después en muchos Estados modernos—. Al crearse la República, este concepto había favorecido extraordinariamente a los más ricos y poderosos. En la asamblea más importante, la convocada por censo, las primeras dos clases —patricios y terratenientes— tenían más votos que todas las demás juntas y votaban primero: es fácil comprender cuánto valía el sufragio de los demás. Los cargos públicos solo podían ser desempeñados por los patricios; por tanto, solo ellos integraban los tribunales, interpretando una ley que nadie había consignado jamás por escrito.
En suma, la República, nominalmente democrática, era de hecho una oligarquía. Y precisamente en el año 494 a.C., mientras la crisis militar parecía resolverse, la plebe —los más desfavorecidos— decidió que la situación era insostenible y se separó del Estado, retirándose al Aventino. Manenio Agripa, encargado de los intentos de reconciliación, trató de convencer a los plebeyos para que abandonasen su exilio voluntario. Pero más que las palabras triunfaron las concesiones concretas: se crearon asambleas especiales de la plebe y se les confirió la facultad de elegir caudillos populares —tribunos de la plebe—, encargados de defender sus derechos y dotados, para cumplir esta función, de inviolabilidad física frente a todo poder estatal y del derecho al veto respecto de la actividad de cualquier magistratura.
No era todo lo que exigían los plebeyos, pero fue mucho y facilitó los instrumentos para conquistas sociales posteriores: la promulgación de una legislación escrita (en –450), el acceso de los plebeyos a cargos cada vez más altos —hasta el supremo, el consulado—, la admisión en los colegios sacerdotales, y, finalmente, la validez, a título de leyes del Estado, de las deliberaciones de las asambleas de la plebe (los plebiscitos): decisiva victoria que se logró en –287 y que apaciguó las luchas sociales en el interior de la Urbe. Surgía de esta manera, por primera vez, el peculiar carácter de la estructura política romana: cada grupo defendía tenazmente sus concesiones y privilegios, sin falsos pudores, pero estaba dispuesto a ceder, llegando a un compromiso, cuando esta defensa amenazaba o mellaba la supervivencia del Estado.
Momentáneamente, aunque al precio de dolorosas renuncias en el exterior y de ásperos choque en el interior, la República había superado la crisis provocada por el cambio de régimen. Buena parte de la hegemonía se perdió y los que antes estaban sometidos trataban ahora con los romanos en pie de igualdad. Sin embargo, se contaba con todas las bases para la reconstrucción: obra a la que se dedicaron en los siglos siguientes.
No fue una empresa fácil ni planificada previamente. Aunque entre desastres, derrotas y victorias militares, al iniciarse el decisivo siglo III a.C., toda Italia, desde el Arno hasta Reggio Calabria, se hallaba unificada bajo el poder de Roma. Los momentos más difíciles fueron tres: una guerra que se prolongó por espacio de sesenta años con los ecuos y los vosgos, que eran fieros pueblos montañeses; una devastadora invasión de los galos transalpinos que cayeron sobre las llanuras del Po, las ocuparon en gran parte, después atravesaron los Apeninos, batieron inicialmente a los romanos en las inmediaciones de Chiusi, las aplastaron tres años más tarde sobre el Allia y se plantaron súbitamente a las puertas de una Roma desguarnecida y expuesta al saqueo (387 a.C.), del que se salvó únicamente el Capitolio, acrópolis defendida heroicamente por un puñado de desesperados; finalmente, una rebelión de los aliados latinos, que sería la última de la historia, por cuanto, después de la victoria romana, la Liga Latina fue disuelta, mandando que los espolones de las naves latinas adornaran la tribuna de los oradores en Roma y que toda ciudad latina estuviese ligada a la Urbe por un tratado especial, distinto del de sus vecinos, con los cuales no hubo ya, por consiguiente, interés en coaligarse. Fueron los comienzos de la política de «divide et impera», divide para mandar, que duraría siglos y que habría de convertirse en uno de los rasgos distintivos de la política exterior romana. En cuanto a las victorias militares fueron cada vez más frecuentes.
Transcurrieron diez años de encarnizadas luchas para borrar del mapa a la ciudad de Veyes, cuya existencia constituía un obstáculo en la desembocadura del Tíber en el mar, años que dejaron a Roma tan debilitada que debió ceder ante la invasión gala, pero en suma se trataba de una conquista fundamental y dejaba a Roma el camino libre hacia el norte de la Península. Más tarde tuvieron lugar tres guerras muy sangrientas para doblegar a los samnitas , pueblo que bloqueaba la expansión de Roma hacia el sur y el este; estas guerras exasperaron a los aliados impulsándolos a una rebelión general contra la ciudad hegemónica.
Una vez derrotados los samnitas, Roma se adueñó de la Italia meridional y amenazó directamente a las ciudades de la Magna Grecia. En la lucha, incluso, se saldaron viejas cuentas pendientes con los antiguos dominadores etruscos, reducidos a la dominación romana, lo mismo que los samnitas: entonces tuvieron libre el camino hacia el norte. Se fundaron los puestos avanzados necesarios para emprender nuevas conquistas: las colonias romanas en el territorio arrebatado a los galos. Se tomó una rápida venganza por el saqueo de Roma.
Quedaban las ciudades griegas de la costa meridional. Tarento, la más importante y floreciente, fue vencida al cabo de diez años de guerra, que fueron tantos solo porque acudió en su defensa un aliado extranjero —por primera vez en la política italiana—, Pirro, rey de Epiro, con tropas adiestradas a la manera macedónica y poseedor de una arma que jamás habían visto los romanos: los elefantes. La aparición de estos animales dejó pasmados a los legionarios y causó a los romanos dos descalabros que, en términos de deterioro del adversario, fueron otras tantas victorias. Como ambos bandos estaban extenuados, no fue difícil que llegaran a un acuerdo para finalizar la guerra. Esto ocurrió a principios de 278 a.C. cuando uno de los médicos de Pirro, llamado Nicias, desertó a las filas romanas y propuso a los cónsules envenenar a su señor. Los cónsules Fabricio y Emilio enviaron al desertor de vuelta ante su rey, afirmando que aborrecían la idea de conseguir una victoria mediante la traición. Para mostrar su gratitud, Pirro envió a Cineas a Roma con todos los prisioneros romanos, entregándolos sin rescate. Parece ser que Roma otorgó entonces una tregua a Pirro, no así una paz formal, ya que el rey no consintió en abandonar Italia.
A la postre, los resultados obtenidos estaban a la altura de las fatigas que habían costado: prosiguiendo la guerra, a pesar de los reveses militares iniciales, Roma salió airosa. Demostró así otras de sus grandes cualidades: la voluntad, la capacidad de perseverar, a cualquier precio. En el año 272 a.C. la península Itálica tenía una única dueña, estaba unida y formando una comunidad cohesionada y sometida a la guía marcada por Roma. Había irrumpido una nueva potencia en el Mediterráneo. Muy pronto haría oír su voz.


jueves, 24 de enero de 2019

El legado de la cultura helenística


Desarrollada a lo largo del primer milenio antes de nuestra Era, la cultura griega o helenística constituye la base de la civilización europea. En lugar de las culturas teocráticas y simbólicas del Próximo Oriente cimentadas en la magia y la superchería, los antiguos griegos instituyeron el principio de la consideración racional del hombre y la naturaleza. Los griegos se distinguieron en las letras y en todas las ramas del saber. Dramaturgos y poetas, historiadores y geógrafos, matemáticos y filósofos, forman una verdadera pléyade de intelectuales. Su considerable obra ocupa los más brillantes capítulos en el estudio de cada una de las citadas materias: Historia de la Literatura, Historia del Pensamiento, Historia de las Ciencias. Autores trágicos como Esquilo, Sófocles y Eurípides; poetas como el inmortal Homero, Hesíodo y Píndaro; historiadores como Heródoto y geógrafos como Ptolomeo; filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles; científicos como Pitágoras y Arquímedes, han iluminado y continúan alumbrando el mundo con los vivos destellos de su genio.
Las grandes normas de la cultura helenística fueron, en el aspecto estético, la sublimación de la belleza como abstracción suprema del mundo sensible, y el respeto a la libertad del individuo y a la búsqueda de la verdad en la esfera del pensamiento. Gracias a estos incentivos, los progresos artísticos, científicos y filosóficos fueron enormes, hasta el punto de que la civilización occidental jamás se ha desprendido de ellos.
Por otra parte, la cultura griega fue una cultura urbana, creada por ciudadanos libres y en beneficio de todos ellos, y no solo de los reyes o de la casta sacerdotal dominante como sucedía en las culturas del Próximo Oriente.
La historia de la antigua Grecia se divide en varias etapas. La Época Clásica es el periodo de la historia de Grecia comprendido entre la revuelta de Jonia —año 499 a.C., cuando termina la Época Arcaica— y el reinado de Alejandro Magno —años 336 a.C. al 323 a.C., cuando comienza la Época Helenística—, o de un modo más genérico, los siglos V y IV antes de Cristo. Se trata de una época histórica en la que el poder de las polis o ciudades-estado griegas y las manifestaciones culturales que se desarrollaron en ellas alcanzaron su apogeo.

El fin del helenismo

A finales del siglo III a.C., la Magna Grecia —nombre dado en la Antigüedad al territorio ocupado por los griegos al sur de la península Itálica y Sicilia— cayó bajo la dominación romana tras un siglo de enfrentamientos, ya fueran contra Pirro de Epiro, o en el ámbito de las Guerras Púnicas. Pero fue a principios del siglo II a.C. cuando Roma intervino realmente en Oriente. En principio se enfrentó militarmente a los antigónidas, concretamente a Antíoco III Megas, el más importante de los soberanos helenísticos antes de Mitrídates y la célebre Cleopatra VII. La derrota de Antíoco fue decisiva en la pérdida de influencia política de los seléucidas en Asia Central, en Persia y, por último, en Mesopotamia. Antíoco III fue el último rey seléucida que todavía poseía los medios para dirigir una expedición hasta los confines de la India. Durante el reinado de su hijo, los seléucidas no consiguieron dominar la insurrección de los Macabeos o Asmoneos en Palestina, que consiguieron refundar un estado teocrático judío independiente. La irrupción de los partos aceleró la descomposición política y, a principios del siglo I a.C., los soberanos seléucidas ya solo reinaron en Siria.
Después de su victoria sobre los seléucidas, Roma promovió un lento y complejo proceso de desgaste sobre los reinos helenísticos, con la complicidad de varias ciudades griegas y del reino de Pérgamo, asegurándose tras dos siglos el completo dominio del Mediterráneo oriental.
No obstante, la penetración romana en el Oriente helenístico no se produjo sin resistencia, y los romanos precisaron no menos de tres guerras para doblegar al rey del Ponto, Mitrídates VI, en el siglo I a.C. El general Cneo Pompeyo Magno suprimió en el 63 a.C. el debilitado reino seléucida, reducido al territorio de Siria, reorganizando el Oriente según el orden romano. El mundo helenístico se convirtió desde entonces en el campo de batalla en las guerras civiles romanas donde se definieron las ambiciones de los diversos generales de la República, como sucedió en Farsalia y Filipos.
La Época Helenística finaliza con la derrota de Antonio y Cleopatra en la batalla naval de Accio en el año 31 a.C. ante la escuadra de Octaviano, futuro César Augusto. Cleopatra VII Filopátor fue la última reina del llamado Período Helenístico de Egipto y de la dinastía Ptolemaica, también llamada Lágida, fundada por Ptolomeo I Sóter, un general (diadoco) de Alejandro Magno.



lunes, 5 de noviembre de 2018

El legado de la Primera Guerra Mundial


El próximo día 11 se cumplirá el centenario de la finalización de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento más importante de su época, no solo por lo que sucedió durante el conflicto, sino por el impacto posterior que tuvo. Sus repercusiones globales se prolongaron hasta 1945, y, según muchos, hasta la disolución de la Unión Soviética surgida tras la revolución de 1917 y la posterior guerra civil rusa. La Gran Guerra de 1914–1918, como se la conoció entonces, marcó el inicio de una era de grandes catástrofes que jalonaron el siglo XX hasta la finalización de la «guerra fría» en 1991.
Pero para los combatientes y sus familias, la guerra no terminó aquel lejano 11 de noviembre de 1918. Las tropas que combatieron en el último tramo del conflicto en el Frente Occidental apenas contaban dieciocho años, tenían la edad del siglo, joven todavía. En 2003 aún vivían treinta y siete veteranos del Ejército Expedicionario británico, y en 2007 falleció el último superviviente francés de la batalla de Verdún. La guerra marcó de forma indeleble a todos los que combatieron en ella. Con el paso de los años —sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial— los efectos del conflicto europeo desencadenado en el caluroso verano de 1914, quedaron relegados a un segundo plano. Conceptos como «Imperio austrohúngaro» o «la Rusia de los zares» parecían excesivamente lejanos en el tiempo, más propios del siglo XIX que del XX. A medida que han ido disipándose las ondas expansivas, su impacto ha desaparecido. La historia de su legado no es solo la de los estragos que causaron los combates en las trincheras y sus repercusiones políticas en las sociedades occidentales de los años inmediatamente posteriores, sino también la de los procesos que contribuyeron a cerrar las heridas y a aliviar el dolor. Cuando empezó la guerra en 1914, los ejércitos se lanzaron a la contienda con conceptos tácticos que apenas habían cambiado desde la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Grandes batallones de infantería, la caballería como arma de asalto y la artillería desempeñando un papel muy parecido al que había tenido en las guerras napoleónicas. En apenas un año, todos estos conceptos quedaron obsoletos: surgió la aviación militar, la guerra submarina y la guerra química hizo su aparición en los campos de batalla aterrorizando a los combatientes.
A finales de la década de 1920, Europa todavía se estaba rehaciendo de los estragos de la guerra, y estaba produciéndose una recuperación tardía pero tangible, incluso en Alemania, excesivamente castigada por las cláusulas revanchistas impuestas en el Tratado de Versalles por las potencias vencedoras, especialmente por Francia. Fue este espíritu de revanchismo el que provocó una respuesta nacionalista en la humillada Alemania que explotó Adolf Hitler, desencadenando un nuevo conflicto armado cuyas terribles consecuencias perduraron más allá de 1945.
Se ha venido diciendo que las causas que provocaran la Segunda Guerra Mundial, hay que buscarlas en las consecuencias directas de la de 1914–1918 y, sobre todo, en los tratados de paz que se firmaron entre 1919–1920. Pero también tuvo mucho que ver la fallida recuperación económica de la década 1919–1929 que desembocó en el crack bursátil de Wall Street y en la subsiguiente Gran Depresión que, iniciada en Estados Unidos, se traslado a Europa y al resto del mundo y ensombreció la década 1929–1939.
La Conferencia de Paz de París se inauguró en enero de 1919 y en ella se esperaba que el presidente de EEUU tuviese un papel relevante por ser este país la nueva potencia emergente surgida tras el conflicto. No sería así. Las negociaciones dieron lugar a cinco tratados de paz firmados con las potencias derrotadas: uno con Alemania, el de Versalles, el 28 de junio de 1919; otro con Austria, el de Saint-Germain-en-Laye, el 10 de septiembre; otro con Bélgica, el de Neully, el 27 de noviembre; otro con Hungría, el del Trianon, el 4 de junio de 1920; y otro con Turquía, el de Sèvres, el 10 de agosto de 1920. Las dificultades de las conferencias de paz no se debieron solo a la incoherencia administrativa, sino que fueron también reflejo de discrepancias políticas más profundas. Así pues, los Aliados europeos fueron reacios a considerar vinculantes el acuerdo político del armisticio y los Catorce Puntos de Wilson, mucho más conciliadores con Alemania, de modo que los vencedores se presentaron en París sin unanimidad de criterios sobre los términos que deberían figurar en los tratados. Además, el caos que asolaba buena parte de Europa desde la Revolución bolchevique de 1917, hacía que la pacificación fuera intrínsecamente deseable, pero inabordable con garantías de éxito.
Gran Bretaña puso especial cuidado en mantener su estatus de potencia hegemónica obtenido en el Congreso de Viena de 1815 tras la derrota de Napoleón. Y mostró tanta reticencia a que Alemania pudiese rearmarse, como al hecho de que, aprovechando el resultado de su derrota, Francia y Estados Unidos, pudiesen arrebatarle ese estatus. Los otros dos grandes vencedores en 1815, Austria y Prusia (Alemania) ahora eran los grandes derrotados, y la situación en Rusia era una preocupante incógnita. Las sesiones de Versalles fueron muy farragosas y los representantes de las grandes potencias no llegaron a ninguna conclusión. En febrero de 1919, Wilson y Lloyd George se marcharon para efectuar dilatadas visitas a sus respectivos países y Clemenceau quedó temporalmente imposibilitado a causa de un fallido atentado terrorista. La verdadera tragedia que marcaría los años de entreguerras fue que las condiciones del tratado que se impusieron a Alemania, sobre todo, fueron impracticables o injustas. Por su parte, los territoritos del antiguo Imperio austrohúngaro fueron desmembrados creando nuevos estados que no se correspondían con las realidades étnicas y culturales de los pueblos que los componían: Checoslovaquia, Yugoslavia… Las potencias vencedoras no tardaron en dividirse en dos grupos: Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, por un lado, e Italia, Rusia y Japón, por otro. Esto provocó que las discrepancias se exacerbaran en torno a los términos del tratado. Asimismo, las tres grandes potencias también llegaron al límite de su capacidad de entendimiento y cooperación. Surgió así un modelo de desunión que contrastaba nítidamente con la cohesión que había mostrado la coalición antialemana durante la guerra, y estas divergencias serían aprovechadas por Hitler.
El legado que dejó la guerra en Rusia fue el régimen bolchevique, lo que provocó la intervención militar de los Aliados. Ésta comenzó como una continuación de la lucha contra el káiser, pero la opinión pública ya no se mostró tan receptiva y dispuesta al esfuerzo militar como en 1914. Alemania tuvo que retirarse de los territorios rusos. Los aliados decidieron permanecer en ellos porque ahora temían una alianza entre Alemania y Rusia, aunque el gobierno revolucionario de Berlín rechazó las insinuaciones de Moscú, mostrando su mejor cara hacia Washington a fin de conseguir alimentos y un apoyo diplomático que suavizara las duras condiciones de reparaciones e indemnizaciones que pretendía introducir Francia en el tratado de paz. El ejército japonés quería asegurarse el control de la parte oriental de Siberia, y Lloyd George hacía grandes esfuerzos para que Gran Bretaña no se viese arrastrada a una nueva guerra, esta vez en el Extremo Oriente. De todos modos, los británicos esperaban debilitar a Rusia lo suficiente como para que no fuese un rival en la zona, arrebatándole sus provincias periféricas en Europa del Este, el Báltico y el Cáucaso. Por último, Clemenceau, el mandatario aliado que más decididamente se oponía a los bolcheviques, envió una expedición militar a Odesa con la esperanza de salvar las inversiones francesas en Ucrania y sustituir a Alemania como potencia protectora del país. En ese momento el resultado de la guerra civil rusa todavía era incierto, pues los avances del ejército Rojo en invierno, se veían contrarrestados por los de los Blancos en verano. Por todo esto, los Aliados intentaron soslayar a los bolcheviques y, después, apostaron abiertamente por los Blancos.
A pesar de su decisiva contribución en la derrota de Alemania, sobre todo en la primera fase de la guerra en agosto de 1914, Rusia fue marginada y apartada de las negociaciones de paz, con lo cual se perdió una excelente ocasión de construir un escenario de paz duradera. La opinión pública de los principales países aliados se oponía a la firma de cualquier acuerdo con los bolcheviques porque el recuerdo del brutal asesinato del zar y su familia seguía vivo en el recuerdo. Además, los bolcheviques habían firmado un tratado de paz con los alemanes en Brest-Litovsk, retirándose de la guerra y abandonando a los Aliados a su suerte.
Ciertamente, la disposición de Lenin a hablar con los aliados era puramente táctica, quería ganar tiempo mientras derrotaba a los Blancos en la guerra civil. El líder bolchevique se oponía a un alto el fuego permanente y tenía la intención de extender la Revolución a Europa del Este una vez hubiesen sido derrotados los Blancos. Hasta mediados de la década de 1920, los bolcheviques consideraron su estrategia principal para lograr la «revolución mundial» establecer partidos comunistas en los países occidentales y fomentar los anhelos independentistas en sus colonias. A lo largo de 1919, el Ejército Rojo creció hasta los tres millones de hombres. En Folkestone las tropas británicas se amotinaron para no ser enviadas a Rusia, y cuando los marinos franceses de la flota del mar Negro también se amotinaron, Clemenceau se vio obligado a ordenar su regreso a Odesa. Los reclutas que se habían mostrado dispuestos a combatir a los alemanes en Francia y Bélgica, no querían ser enviados a Rusia. De todos modos, los gobiernos occidentales estaban exhaustos tras cuatro años de esfuerzo bélico y no podían afrontar una larga campaña militar en Rusia con garantías de éxito.
Las decisiones de la conferencia también dificultaron la cooperación entre las potencias occidentales y Tokio. Sin embargo, Japón obtuvo más beneficios de su entrada en la guerra que Estados Unidos. Consiguió un superávit de su balanza de pagos y se convirtió en un acreedor internacional neto. Había ocupado las islas que poseía Alemania en el Pacífico y la base de Tsingtao (Qingdao) en la provincia de Shandong, y mientras los europeos estaban distraídos en la conferencia de paz, los nipones reforzaron su posición en China. Al comienzo de las conversaciones de paz, se concedió a Japón la misma representación que a las grandes potencias. Pero luego no fue incluido en el Consejo de los Cuatro y su influencia quedó reducida a los acuerdos sobre Asia y el Pacífico. Sin embargo, la principal disputa con Tokio en la Conferencia de París tuvo que ver con Shandong. Los japoneses pretendían que los derechos de Alemania en la península de Shandong les fueran transferidos a ellos, sin condiciones. Los chinos, por su parte, deseaban recuperar inmediatamente la soberanía sobre este territorio peninsular. Para mantener a los japoneses en la conferencia y en la Sociedad de Naciones, el presidente Wilson, después de largas meditaciones y consultas, accedió a llegar a un compromiso por el cual les concedía a los nipones lo que querían. La prensa estadounidense denunció el acuerdo, lo que finalmente supuso que el Senado se negara a ratificar el Tratado de Versalles y que Estados Unidos se mantuviera fuera de la Sociedad de Naciones, a pesar de haber sido uno de sus impulsores. En cualquier caso, Japón logró reforzar su posición en China y el resto de Asia oriental. La hegemonía japonesa en la región se mantuvo hasta la conclusión de la Segunda Guerra Mundial.
Como los japoneses, los italianos acabaron la guerra ocupando una posición de fuerza en su región, pues el poderío militar austrohúngaro desapareció y fue sustituido en su frontera por una nueva Austria que apenas contaba con siete millones de habitantes. Esto hizo que los italianos ya no necesitasen a británicos y franceses para preservar su seguridad frente a Austria, como los habían necesitado frente al poderoso Imperio austrohúngaro. Entretanto, el ayuntamiento de la ciudad de Fiume, en la costa de la península de Istría, celebró un referendo solicitando su anexión a Italia. Los tratados no habían asignado Fiume a Italia, pero los italianos hicieron valer la política de hechos consumados e incluyeron en sus reclamaciones los territorios de Trentino, Istría y Dalmacia, anexionándose unos territorios en los que vivían 230.000 austriacos de lengua alemana, y un número similar de eslovenos y croatas. Apoyando sus exigencias en una incoherente combinación de derecho de autodeterminación, necesidades de seguridad y derechos concedidos por el Tratado de Londres, los italianos se desmarcaron de las líneas maestras de los acuerdos de paz, olvidando la decisiva aportación militar de franceses y británicos para frenar a los austriacos. La derrota del ejército italiano en Caporetto (frente del río Isonzo) fue una de las más estrepitosas de toda la guerra. Más de 270.000 italianos fueron capturados por los austriacos, y otros 300.000 que lograron huir del desastre tuvieron que ser reequipados porque en su huida había abandonando todo su armamento y equipamiento militar.
El criterio fundamental esgrimido por los forjadores de la paz fue encontrar el equilibrio entre coerción y conciliación. Lo que se ha venido en llamar «palo y zanahoria». Wilson y Lloyd George intentaron que la situación surgida tras la guerra se tradujera en una paz duradera. Pero las exigencias, sobre todo, de Francia y Bélgica en lo tocante a reparaciones de guerra y compensaciones económicas hicieron que el Tratado de Versalles adoleciese de consideraciones progresistas y humanitarias. No sólo se castigaba a Alemania, se condenaba al pueblo alemán a la indigencia y a la vergüenza por la derrota, con lo que la caja de Pandora no tardaría en abrirse de nuevo. Desde la perspectiva que nos ofrece el siglo transcurrido desde la finalización de la contienda, podemos decir que la derrota de las tesis conciliadoras de Wilson en las negociaciones de paz fue el principal motivo de los defectos congénitos del Tratado de Versalles, y los alemanes, por su parte, sostendrían que habían sido traicionados en él los Catorce Puntos de Wilson.
Es exacto decir que Wilson hizo muchas concesiones respecto a su programa de paz, aunque es cuestionable si esto debilitó o no el tratado en sí mismo. El acuerdo político inicial que acompañó al armisticio del 11 de noviembre había constituido un enorme éxito personal para el mandatario, pero alcanzada la paz, el presidente quedó en una posición muy vulnerable para cumplirlo, sobre todo en su propio país. No olvidemos que a Wilson se le reprochaba haber incumplido la promesa electoral hecha en 1916 en el sentido de mantener a Estados Unidos fuera del conflicto europeo. En materia económica Wilson preveía un rápido abandono de los controles gubernamentales sobre el comercio internacional y una reconstrucción europea basada en el libre comercio y en la empresa privada. Wilson deseaba mantener la distancia con los gobiernos europeos que, según él, no representaban adecuadamente a sus ciudadanos y creía, erróneamente, que podría obligarlos a someterse a su voluntad mediante la presión económica y controlando la opinión pública. Como demostraron los hechos, se equivocó diametralmente.


sábado, 3 de noviembre de 2018

La crátera sagrada de los griegos y la Mesa Redonda


La idea del vaso sagrado en la filosofía griega ha de considerarse en forma de crátera o copa, por medio del cual se representaba la matriz de la Creación, el recipiente celestial en el que fueron combinados los elementos básicos de la Vida, con el fin de ofrecérselo a las almas recién nacidas para proporcionarles la inteligencia necesaria que lleva a la gnosis o conocimiento. Platón escribió sobre una crátera de Hefestos en la que los dioses mezclaron la luz del Sol; en su Psicogonía menciona otras dos vasijas, en una de las cuales se elaboró la esencia de la Naturaleza Universal, mientras que en la otra «se cocinaron las mentes de los seres humanos». Más adelante, Platón dejó escrito que al beber de la crátera, el alma se ve arrastrada hasta un nuevo cuerpo, embriagada y deseando saborear un trago de materia, con lo cual adquirirá peso y regresará a la Tierra.
En los misterios órficos se relacionaban estos recipientes con el vaso de Dionisio, del que surgía la inspiración, y se afirmaba que Orfeo había colocado otros recipientes similares alrededor de la Mesa Solar, que de acuerdo con la cosmogonía órfica era el centro y el principio del Universo. Según esto, cada una de las diversas esferas era, a su vez, un vaso que contenía la esencia de la Creación. Aquí tenemos un vaso concebido como recipiente cósmico y una mesa que prefigura la Mesa Redonda de las leyendas artúricas, en la que más tarde aparecerá el Santo Grial, como símbolo del poder divino.
Sin embargo, éste no es el primer antecedente de Mesa Redonda. En Castilla, las crónicas del monje Fernández Martos, que vivió en el siglo XIV, aseguraban lo siguiente: «Hubo en Toledo, la capital de los godos, un palacio cerrado, un espacio sagrado en el que nadie, ni siquiera el rey, podía penetrar. Cada nuevo rey godo añadía un cerrojo a la puerta, pero ninguno se atrevía a abrirla porque la tradición aseguraba que el que lo hiciera perdería el reino. Roderico desafió el sagrado precepto, hizo saltar los cerrojos y penetró en el palacio. Entonces los moros conquistaron la península Ibérica.
Cuando los invasores llegaron a este palacio hallaron en su interior un tesoro compuesto de joyas maravillosas, entre ellas, un espejo mágico, grande y redondo que hizo Salomón, hijo de David. Era a la vez espejo y mesa, y estaba provisto de cinco patas. El que se miraba en ese espejo podía ver reflejada en él la imagen de los siete climas del Universo.
En cuanto al tesoro, podría tratarse del que el rey godo Alarico se llevó de Roma en el año 410. Buena parte del tesoro había sido depositada en el templo romano de Júpiter Capitolino por Tito después de que sus legiones arrasaran Jerusalén y destruyesen el Templo en el año 70. Flavio Josefo, contemporáneo del emperador, nos ofrece una detallada crónica del asedio y caída de Jerusalén, así como del tesoro que los romanos se llevaron del templo cuya destrucción había profetizado Jesús.


La odisea de Damascio, el último filósofo griego


Tras la conversión del emperador Constantino a principios del siglo IV, los cristianos habían anunciado que eliminarían el culto a los antiguos dioses de la faz de la Tierra. Se había iniciado un camino sin retorno que forzaría la realidad del mundo antiguo para que triunfase la retórica del absurdo y el culto a la muerte, en lugar de la exaltación de la vida. Las consecuencias de la cristianización del Imperio Romano fueron inmediatas. El gran historiador inglés Edward Gibbon sostenía en su obra Declive y caída del Imperio Romano que no fueron los bárbaros, sino los obispos cristianos, los que precipitaron al mundo clásico tardío hacia su definitivo ocaso y desaparición.
En esa época turbulenta de ambiente enrarecido, Damascio estudió  filosofía en Alejandría, la ciudad de Hipatia. El asesinato de la filósofa, varios años antes, sólo había sido el preludio del drama que se avecinaba. La tortura, el homicidio y la destrucción a manos de los cristianos iban a cambiar para siempre la fisonomía de la ciudad y el mundo clásico agonizaba bajo los hachazos de los facinerosos. Después del asesinato de Hipatia (415) el número de filósofos, matemáticos y físicos descendió raudamente, como era de esperar, y en los escasos textos de los cronistas alejandrinos de la época que han llegado hasta nosotros, se percibe un claro tono de depresión y pesimismo. Todos intuían que el mundo, tal y como lo habían conocido, estaba extinguiéndose. El helenismo estaba herido de muerte, y sus asesinos no fueron los bárbaros, como a menudo se ha hecho creer, sino unos fanáticos iletrados armados con palos y hachas que se hacían llamar «soldados de Cristo».
Damascio no llevaba mucho tiempo en Alejandría cuando los cristianos se hicieron con el control de la situación, y se volvieron contra los filósofos y los helenistas. En detonante fue el ataque a un joven cristiano por parte, al parecer, de varios estudiantes paganos. Aquello desató una cadena de violentas represalias cuyas víctimas fueron los no cristianos, ya fuesen paganos o judíos. Los parabolanos, ayudados por monjes cristianos, entraron en las casas de varios alejandrinos no cristianos para saquearlas. Tenían carta blanca para cometer toda clase de desmanes. Bastaba con tener la sospecha de que en una casa se seguía rindiendo culto a los antiguos dioses —a los que los cristianos calificaban de ídolos demoníacos— para irrumpir en ella y dar una paliza de muerte a sus moradores. No fueron pocas las casas demolidas hasta sus cimientos e incendiadas en el decurso de aquellos actos de vandalismo. La violencia se extendió rápidamente y los cristianos se dedicaron a reunir todas las imágenes de los antiguos dioses que había en Alejandría: de las casas de baños, de los hogares y de los templos. Las colocaron en una inmensa pira en el centro de la ciudad y les prendieron fuego. Como observó con enfermiza satisfacción el cronista cristiano Zacarías de Mitilene refiriéndose a los fanáticos «tenían autoridad para aplastar a los enemigos de Cristo».
Hubo tantos muertos y se cometieron tantos desmanes, que el emperador de Oriente envió a un funcionario para investigar lo sucedido. Sin embargo, sus pesquisas se centraron, sobre todo, en las actividades de los paganos, no en los excesos cometidos por los violentos facinerosos animados por las autoridades eclesiásticas. La investigación derivó inmediatamente en una persecución contra los no cristianos. Entonces se empezó a encarcelar y torturar a los filósofos; el hermano de Damascio fue salvajemente apaleado con garrotes y cachiporras y a punto estuvo de morir a causa de las heridas recibidas. Cuando las persecuciones se volvieron intolerables, Damascio tomó la decisión de huir y embarcó en secreto en una nave comercial que zarpó rumbo a Atenas, la cuna de la filosofía occidental.
En realidad, se trataba de un regreso. Cuatro décadas antes, Damascio se había visto obligado a abandonar Atenas por motivos similares a los que ahora le habían impulsado a marcharse de Alejandría. En ese tiempo, muchas cosas habían cambiado. Cuando abandonó la ciudad era joven, ahora regresaba convertido en un anciano de setenta años. A pesar de ello, Damascio era un hombre enérgico y mientras paseaba por las calles de Atenas vestido con su capa de filósofo, muchos ciudadanos lo reconocieron, pues era un personaje célebre y admirado todavía por muchos. Damascio no tardó en convertirse en director de la famosa Academia de Atenas, la más prestigiosa de todas las escuelas donde se enseñara filosofía en la Antigüedad y que llevaba funcionando casi mil años. Su fama no había decaído tras la incorporación de Grecia al Imperio Romano, es más, emperadores como Adriano y Juliano la habían favorecido. Pero todo aquello formaba ya parte del pasado. Un pasado glorioso pero muerto que no habría de recuperarse jamás del golpe recibido. En la Atenas del siglo V y principios del VI, la Iglesia era todopoderosa, aunque no tanto, aún, como en Constantinopla o Alejandría. Sin embargo, aunque no era tan agresiva, la presión se hacía sentir. Los filósofos e intelectuales en general que se oponían abiertamente al cristianismo pagaban la discrepancia a un alto precio. La ciudad estaba repleta de informantes y las autoridades locales les prestaban oídos. Uno de los ilustres predecesores de Damascio había exasperado tanto a las autoridades que había tenido que poner pies en polvorosa para escapar a una muerte segura.
Varios años antes, cuando el emperador Juliano —tildado de apóstata por los cristianos— anunció en Antioquía (361) que iría a Sebaste de Samaria, donde se veneraba la tumba de Jesús, para abrirla y demostrar que había muerto y que, por lo tanto, no era el hijo de Dios, los cristianos le amenazaron abiertamente. Algo inaudito hasta entonces. De hecho, el joven emperador murió durante la campaña de Persia dos años después en extrañas circunstancias. Posiblemente asesinado por un soldado cristiano.
Con Juliano desaparecía la última esperanza de salvación para el helenismo. Incluso en la propia Atenas, en un acto que difícilmente habría podido ser más simbólico y anunciador de las lúgubres intenciones que albergaban los cristianos, construyeron una basílica en medio de lo que en el pasado había sido una biblioteca. La gloriosa Atenas de Aristóteles y de Platón, estaba siendo silenciada para siempre en un mundo tétrico donde sólo había espacio para pensar en la otra vida, despreciando los placeres mundanos de la vida presente. La propuesta del cristianismo se asemejaba a una suerte de muerte en vida, en un luto perpetuo que debía acompañar a hombres y mujeres de la cuna a la tumba. Una «era de tiranía e ignorancia» como escribió un autor amigo de Damascio.
Indudablemente, Atenas había cambiado. Los festivales en honor de los antiguos dioses ya no se celebraban porque habían sido prohibidos por los emperadores cristianos. Los antiguos templos habían sido clausurados, o destruidos. Como en Alejandría, la fisonomía de la ciudad había sido desfigurada profanando y retirando la gran escultura de Palas Atenea obra de Fidias. Incluso las refinadas tradiciones filosóficas de la ciudad se habían degradado cuando su enseñanza fue encomendada a los clérigos cristianos.
Damascio, no obstante, supo insuflarle a la ciudad un último aliento vivificador y devolvió cierta gloria a la Academia llevándola de la decrepitud al éxito. Como en sus mejores tiempos, la Academia volvió a atraer a la flor y nata de los intelectuales que aún resistían el influjo de la cruz dispersados por el Imperio. De nuevo se produjeron obras que los eruditos han considerado las más excelsas de la Antigüedad tardía. Aun así, Damascio y los suyos eran conscientes de que su esfuerzo sólo era como el canto del cisne que presiente su muerte. Sabían que el tiempo apremiaba y se entregaron a una actividad fabril para dar lecciones sobre Aristóteles y Platón y escribir una serie de sutiles obras sobre filosofía metafísica; quizá pensasen que si instruían a un número suficiente de filósofos, metafísicos y matemáticos, el helenismo podría salvarse. Pero, a pesar del titánico esfuerzo, Damascio no podía olvidar la barbarie que había presenciado en Alejandría y se preguntaba cuánto tardaría en llegar a Atenas. Sus escritos mostraban un desdén supino hacia los cristianos y sus creencias, que él calificaba sin ambages de «estupideces». Había visto el poder del fanatismo cristiano en acción. Su hermano había sido víctima de aquellos facinerosos. Su maestro había sufrido el exilio y, varios años antes, Hipatia había sido despellejada viva por los «bondadosos» cristianos.
En aquel fatídico año 529, bajo la égida del emperador Justiniano, el fanatismo era de nuevo evidente y públicamente los cristianos se regodeaban en su ignorancia. Ese mismo año el ambiente en Atenas comenzó a empeorar cuando san Benito destruyó el santuario dedicado a Apolo en Montecassino y erigió en su lugar un monasterio, que sería arrasado durante la II Guerra Mundial. ¿Justicia poética? Pocos años más tarde, el mismo monarca decidió destruir el friso del hermoso templo de Isis en Filé de Egipto; un general cristiano y sus tropas destrozaron metódicamente los rostros y las manos de las bellas imágenes que aquellos mentecatos consideraron «diabólicas». Así es, fueron cristianos fanatizados de los siglos IV y V los que causaron mayores daños al acervo clásico en toda la cuenca del Mediterráneo. Mil seiscientos años antes de que llegasen a Palmira (Siria) los energúmenos del Estado islámico para destruir lo que quedaba de su antiguo esplendor, lo hicieron los monjes cristianos. También pasaron por Grecia, Asia Menor y Egipto; por Roma, Italia y las demás provincias occidentales.
A partir de Teodosio, cada emperador cristiano había ido un poco más allá a la hora de promulgar leyes represivas contra el paganismo. Aquello ya no era una mera prohibición de las demás prácticas religiosas. Había que extirpar a los antiguos dioses del corazón de los hombres y mujeres de Imperio. Había que imponer el cristianismo a sangre y fuego a cada pagano, porque cada uno de ellos era un enemigo de Cristo en potencia. Los caminos hacia la herejía también se cerraban a cal y canto, y todos los cristianos, incluidos los arrianos y nestorianos, debían abrazar la ortodoxia. Cualquier persona que no estuviese bautizada tenía que presentarse inmediatamente en la iglesia más cercana para hacerse bautizar y «abandonar por completo el error para acceder a la salvación en Cristo». Los que se negaran, se verían desposeídos de todas sus propiedades, muebles e inmuebles, perderían sus derechos civiles, quedarían en la penuria y la indigencia y, además, sufrirían castigos físicos «apropiados» que podían incluir la mutilación: manos cortadas, ojos arrancados, castración... Los historiadores modernos —con Gibbon a la cabeza— han descrito las terribles consecuencias de esa ley de manera contundente: «con el cristianismo las tinieblas descendieron sobre Occidente y se inició la Edad Oscura».
Ciertamente, la oscuridad no descendió de inmediato. Como lo describió Gibbon se trató más bien de un declive progresivo. La noche no cayó de repente; el mundo no se fundió en negro al instante, pero las consecuencias inmediatas de la ley fueron dramáticas. A pesar de todo, durante algún tiempo, Damascio y sus colegas siguieron enseñando y la Academia de Atenas siguió funcionando como si nada pasara. Pero la bestia sólo estaba dormida y no tardó en despertar con renovados bríos. Entonces comenzaron las persecuciones y las confiscaciones de bienes. Se prohibió la enseñanza a los filósofos y helenistas, no podían practicar su religión y se les privaba de la posibilidad de ganarse la vida con la enseñanza. Alrededor del año 532 la vida se tornó intolerable para ellos y decidieron marcharse. Atenas ya no era una ciudad tolerante y segura. Había que someterse a los cristianos o ponerse a salvo de su férula.
Así fue como Damascio y sus compañeros filósofos partieron hacia el exilio. El lugar de destino elegido fue Persia, donde reinaba el rey de reyes Cosroes, enemigo acérrimo del cristianísimo emperador de Oriente. Se le conocía por su amor a la literatura y se decía que era un gran estudioso de la filosofía griega. El rey de los persas había ordenado que se tradujeran libros enteros a su idioma para poder leerlos, y conocía bien las doctrinas de Platón y Aristóteles. Además, según se decía, Persia era una tierra tan justamente gobernada que no se cometían robos, asesinatos ni otros crímenes. Comparada con la intolerancia cristiana, Persia parecía una alternativa idílica.
El viaje resultó decepcionante. Lejos de ser una sociedad pastoril donde imperaba el amor fraternal y no se cometían crímenes, se encontraron con un país donde se trataba a los pobres y desheredados con suma indiferencia, incluso con brutalidad. Damascio y sus compañeros de viaje se quedaron perplejos al descubrir algunas costumbres. El adulterio estaba permitido a los hombres, pero las mujeres podían ser lapidadas por ello. La homosexualidad, que se practicaba como en cualquier lugar del mundo, era severamente castigada y los sodomitas eran empalados. Pero lo que más les impresionó a los griegos fue cómo trataban los vivos a los muertos: de acuerdo con los preceptos zoroástricos, los cadáveres no se enterraban, sino que se dejaban sobre la tierra para que los devoraran los perros, o se los depositaba en altas torres para que sirviesen de alimento a las aves del cielo. Los filósofos también quedaron decepcionados por la fingida erudición de su anfitrión, el rey Cosroes. Más que un intelectual, era un patán crédulo al que podía engañar cualquier charlatán. Damascio y sus compañeros se hallaron profundamente decepcionados y decidieron emprender el camino de regreso a su patria. Sin embargo, según un cronista de la época, Cosroes hizo cuanto pudo para retenerlos y convencerles de que se quedaran bajo su protección. Justo cuando se disponían a partir, el rey estaba ultimando un tratado de paz con el emperador Justiniano e incluyó una cláusula exigiéndole que garantizase la vida de los filósofos a su regreso.
Poco más se sabe de Damascio y sus compañeros después de abandonar Persia. No está claro si regresaron a Atenas. Han llegado hasta nosotros retazos de algunos textos posiblemente escritos a su regreso. Poco más. Después, como un lejano grito en la noche, su voz se fue desvaneciendo hasta que se impuso el silencio. Un silencio sepulcral que habría de durar mil años. Los últimos filósofos griegos, esparcidos por el mundo, murieron en el anonimato y muchos de sus escritos fueron borrados para escribir textos de los evangelios sobre los pergaminos. Palimpsestos los llaman y los exegetas les atribuyen un valor «incalculable». Pero las palabras realmente valiosas fueron raspadas y borradas hace siglos.

Palas Atenea