Powered By Blogger
Mostrando entradas con la etiqueta Cristianismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristianismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de enero de 2019

Constantino y el culto al Sol Invicto


Es del todo cierto que Constantino fue tolerante con el cristianismo. Mediante el Edicto de Milán, promulgado en el año 313, prohibió la persecución de todas las formas de monoteísmo en el Imperio Romano. En la medida en que ello incluía al cristianismo, Constantino, efectivamente, se convirtió en un salvador que redimió a los cristianos tras siglos de persecuciones, la última en tiempos tan recientes como los de Diocleciano. También es cierto que concedió ciertos privilegios a la Iglesia de Roma, así como a otras instituciones religiosas. Permitió que muchos dignatarios de la Iglesia entrasen a formar parte de la administración civil y con ello preparó el camino para la consolidación de la Iglesia como poder secular. Donó el magnífico palacio de Letrán al obispo de Roma, y la Iglesia pudo utilizarlo como medio de instaurar su supremacía sobre los centros rivales de autoridad cristiana que eran Alejandría y Antioquía. Finalmente, presidió y tomó parte activamente en el Concilio de Nicea del año 325. En este concilio ecuménico, las diversas formas de entender el cristianismo se vieron obligadas a enfrentarse unas con otras y, en la medida de lo posible, limar sus diferencias. Como resultado de este histórico Concilio, Roma, la capital del Imperio, se convirtió también en el centro oficial de la ortodoxia cristiana y cualquier desviación de esta ortodoxia se transformó en herejía, en lugar de ser una simple diferencia de opinión o interpretación. En Nicea, por medio de una votación, se instauró tanto la divinidad de Cristo como la naturaleza exacta de esa divinidad, abriendo la puerta a siglos de controversias teológicas, precisamente lo que se pretendía evitar en aquel concilio presidido por el emperador.
Es de justicia reconocer que el cristianismo, tal como lo conocemos hoy, se deriva en esencia, no de la época de Jesús, sino del Concilio de Nicea. Y en la medida que ese concilio fue en gran parte obra de Constantino, el cristianismo está en deuda con él. Pero eso es muy distinto que afirmar que Constantino era cristiano, o que «cristianizó» el Imperio. De hecho, en la actualidad puede demostrarse que la mayoría de las tradiciones populares asociadas con Constantino son palpablemente erróneas. La llamada «Donación de Constantino», que la Iglesia utilizó en el siglo X para hacer prevalecer su supremacía ante el rey alemán Otón I e imponer su criterio en asuntos seculares, es hoy reconocida universalmente como una descarada falsificación que, en un contexto contemporáneo, se juzgaría como inequívocamente delictiva. Hoy en día, incluso la Iglesia está dispuesta a reconocerlo, al mismo tiempo que sigue negándose a renunciar a muchas de las ventajas y prerrogativas que obtuvo de tal engaño en la Edad Media. En cuanto a la «conversión» de Constantino —suponiendo que «conversión» sea la palabra apropiada—, no parece que fuera cristiana en absoluto, sino pagana. Al parecer, Constantino, que era bastante supersticioso, tuvo alguna clase de visión o de sueño premonitorio, quizá las dos cosas, en el recinto de un templo pagano dedicado al Apolo gálico, ya fuera en la región de los Vosgos o cerca de Autun. También es posible que viviera una segunda experiencia de la misma índole inmediatamente antes de la decisiva batalla del Puente Milvio, en la que Constantino derrotó a su rival para ejercer el principado. Según un testigo que acompañaba al ejército de Constantino en aquellos momentos, la visión fue del dios Sol, que ciertos cultos —muy populares entre las tropas romanas— adoraban bajo el nombre de Sol Invicto, es decir, «Sol Invencible». Poco antes de su visión o visiones, Constantino había sido iniciado en el culto al Sol Invicto, lo que hace que su experiencia sea perfectamente verosímil, además de ser muy conveniente para insuflar ánimos a sus soldados. Y, después de la batalla del Puente Milvio, el Senado erigió un Arco del Triunfo en los aledaños del Coliseo. Según la inscripción que hay en dicho arco, Constantino obtuvo la victoria «mediante el favor de la Deidad». Pero la deidad en cuestión no era el dios cristiano. Era el Sol Invicto, uno de los dioses solares en los ancestrales cultos paganos.
En contra de lo que ha venido afirmando la Iglesia durante siglos, Constantino no hizo del cristianismo la religión oficial de Imperio Romano, aunque la favoreció sobre las demás. En tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV— el culto al Sol Invicto era uno más entre los que se practicaban en la cuenca mediterránea. Entre los militares tenía también mucho arraigo el culto de Mitra, y entre las élites estaban los misterios de Eleusis, los de Isis, Serapis, etcétera. Por otra parte, Constantino conservó durante toda su vida el arcaico título de Pontifex Maximus, o jefe religioso de la República. Además, su principado se asoció con el «imperio del Sol». La imagen de Constantino como ferviente converso al cristianismo es patentemente errónea. Ni siquiera fue bautizado hasta que se encontraba en el lecho de muerte.
El culto al Sol Invicto era de origen sirio. Había sido introducido en Roma solo un siglo antes de Constantino. Aunque contenía elementos del culto cananeo a Baal y Astarté, era esencialmente monoteísta. En efecto, proponía al dios Sol como la suma de todos los atributos de todos los demás dioses, y de esta manera asumía pacíficamente a sus posibles rivales sin la necesidad de combatirlos. Para Constantino, el culto al Sol Invicto era conveniente y nada más. El objetivo principal, obsesivo, del emperador era la unidad: política, religiosa y territorial. Obviamente, una religión sincrética y estatalizada que incluyera a todas las otras llevaba a ese objetivo. Y fue bajo la tutela, por así decirlo, del culto al Sol Invicto que el cristianismo pudo prosperar. De todos modos, la doctrina cristiana de la época, tal como era promulgada por Roma a la sazón, tenía mucho en común con el culto al Sol Invicto; y, por ende, pudo prosperar sin ser molestado bajo el paraguas de tolerancia del culto al Sol. Siendo esencialmente monoteísta, el culto al Sol Invicto le allanó el camino al monoteísmo cristiano. Al mismo tiempo, la Iglesia primitiva no tuvo escrúpulos en modificar sus propios principios y dogma con el objeto de aprovechar la oportunidad que se le brindaba. Mediante un edicto promulgado en 321, por ejemplo, Constantino ordenó que los tribunales permaneciesen cerrados en «el venerable día del Sol», decretando que dicho día fuera de descanso. Hasta entonces el cristianismo había considerado sagrado el sábado, el día santo de los judíos. Ahora, de acuerdo con el edicto de Constantino adoptó el domingo como día sagrado. Esto no solo le hizo armonizar con el régimen existente, sino que, además, le permitió desasociarse aún más de sus orígenes judaicos. Por otra parte, hasta el siglo IV el natalicio de Jesús se había celebrado el 6 de enero. Para el culto del Sol Invicto, no obstante, el día de mayor importancia simbólica del año era el 25 de diciembre: la festividad de Natalis Invictus, el nacimiento —o renacimiento— del Sol, momento en que los días comenzaban a alargarse de modo perceptible. También en este sentido el cristianismo se alineó con el régimen y con la religión oficial del Estado. De esta religión estatal ya instaurada usurpó también el cristianismo ciertos avíos. Así la aureola de luz que corona la cabeza del dios Sol se convirtió en el halo cristiano.
El culto al Sol Invicto también se engranaba de forma conveniente con el de Mitra, residuo de la antigua religión zoroástrica importada de Partia. De hecho, tan cerca estaba el mitraísmo tardío del culto al Sol Invicto que, a menudo, ambos son confundidos. Los dos destacaban la categoría del Sol. Ambos consideraban sagrado el domingo. Ambos celebraban una importantísima festividad natalicia el 25 de diciembre. Así pues, el cristianismo también pudo encontrar líneas de convergencia con el culto al dios Mitra, muy extendido entre las legiones romanas durante el Bajo Imperio. El mitraísmo también hacía hincapié en la inmortalidad del alma, en un juicio futuro y en la resurrección de los muertos. El cristianismo que se definió y conformó en los días de Constantino era, de hecho, un híbrido que contenía filamentos de pensamiento significativamente derivados del mitraísmo y del culto al Sol. En realidad, el cristianismo, tal como lo conocemos ahora, está en muchos aspectos más próximo a aquellos sistemas de creencias de los paganos que a sus propios orígenes judaicos.
Por el bien de la unidad, Constantino procuró deliberadamente que las distinciones entre el cristianismo, el mitraísmo y el culto al Sol Invicto resultasen borrosas, y optó por no ver las profundas discrepancias que había entre ellos. Así, toleró al Jesús divinizado como la manifestación terrenal del Sol Invicto. Así, edificaba una iglesia cristiana en una parte de la ciudad y, en otra, erigía estatuas a la diosa Cibeles y al Sol Invicto, este último a su propia imagen y semejanza, con sus propios rasgos. En semejantes gestos eclécticos y ecuménicos vuelve a hacerse patente el énfasis en la unidad. La fe, para Constantino, era una mera cuestión política; y cualquier fe que condujese a la unidad del Imperio era tratada con indulgencia. Por aquellos días estaba muy en boga, además, la escuela filosófica que proponía el eclecticismo como forma de conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas.
Con todo, Constantino no era un cínico sin más. Al igual que muchos gobernantes y militares de su época —incluido el propio Juliano el Apóstata—, parece que era un hombre supersticioso e imbuido de un sentido muy real de lo sagrado. Al parecer, en su relación con lo divino procuraba nadar y guardar la ropa, lo que le asemeja al proverbial ateo que, ya en su lecho de muerte, se aviene a recibir los sacramentos como salvaguardia, «por si acaso». Esto le impulsaba a tomarse muy en serio a todas las deidades cuya presencia en sus dominios aprobaba, a buscar la benevolencia de todas ellas, a conceder a cada una de ellas cierta medida de veneración sincera. Si su dios personal era el Sol Invicto, y su actitud oficial ante el cristianismo la dictaba la conveniencia y el deseo de unidad en el seno del Imperio, no por ello deja de ser cierto que Constantino tributaba al dios de los cristianos cierta deferencia singular, una deferencia decididamente insólita. Desde hacía mucho tiempo, existía la tradición de que los emperadores romanos afirmaran ser descendientes de los dioses y, basándose en ello, reclamaran la divinidad para sí mismos también. Así, Diocleciano, había afirmado ser descendiente de Júpiter; Maximiano, de Hércules. Para Constantino, sobre todo después de haber dado al cristianismo un mandato en sus dominios, era ventajoso establecer una nueva alianza divina, una nueva ratificación procedente de lo sagrado. Esto tenía tanta más importancia cuanto que, en cierto modo, él era un usurpador: había derrocado a un descendiente de Hércules y necesitaba el apoyo de algún dios rival para sus propias pretensiones de legitimidad. Al escoger un dios para que fuese su patrocinador, Constantino recurrió —al menos nominalmente— al dios de los cristianos. Es primordial señalar que no recurrió a Jesús. El dios al que Constantino reconocía era Dios Padre, el cual, en aquellos años inmediatamente anteriores al Concilio de Nicea (325), no era idéntico al Hijo. Su relación con Jesús era mucho más equívoca y sumamente reveladora.
La posición de Constantino no resultaba tan rara en un militar romano que era esencialmente pagano y tenía aspiraciones políticas. Lo que sí es significativo, es que la Iglesia diera su aprobación al papel que Constantino se atribuyó. La Iglesia de Roma estuvo muy dispuesta a mostrarse de acuerdo con el concepto que Constantino tenía de sí mismo como mesías auténtico. También estaba muy dispuesta a reconocer que el mesías no era un salvador pacífico y manso como una oveja, sino un rey legítimo y colérico, dispuesto a imponer su voluntad por la espada. Constantino era un líder político y militar que no presidía un nebuloso reino de los cielos; gobernaba un Imperio y mandaba legiones.
En cualquier caso, en tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV—, la tradición cristiana aún no se había convertido en dogma inmutable. Muchos documentos paleocristianos y evangelios apócrifos, que luego se perdieron o fueron destruidos, seguían circulando intactos. Todavía eran corrientes las interpretaciones alternativas. Y el Jesús histórico aún no había desaparecido por completo bajo el peso de acreciones posteriores. Hay que recordar que no se conserva ninguna versión completa del Nuevo Testamento que date de una época anterior al principado de Constantino. El Nuevo Testamento, tal como lo conocemos hoy, es en gran parte producto del Concilio de Nicea que presidió el propio Constantino.


sábado, 3 de noviembre de 2018

La odisea de Damascio, el último filósofo griego


Tras la conversión del emperador Constantino a principios del siglo IV, los cristianos habían anunciado que eliminarían el culto a los antiguos dioses de la faz de la Tierra. Se había iniciado un camino sin retorno que forzaría la realidad del mundo antiguo para que triunfase la retórica del absurdo y el culto a la muerte, en lugar de la exaltación de la vida. Las consecuencias de la cristianización del Imperio Romano fueron inmediatas. El gran historiador inglés Edward Gibbon sostenía en su obra Declive y caída del Imperio Romano que no fueron los bárbaros, sino los obispos cristianos, los que precipitaron al mundo clásico tardío hacia su definitivo ocaso y desaparición.
En esa época turbulenta de ambiente enrarecido, Damascio estudió  filosofía en Alejandría, la ciudad de Hipatia. El asesinato de la filósofa, varios años antes, sólo había sido el preludio del drama que se avecinaba. La tortura, el homicidio y la destrucción a manos de los cristianos iban a cambiar para siempre la fisonomía de la ciudad y el mundo clásico agonizaba bajo los hachazos de los facinerosos. Después del asesinato de Hipatia (415) el número de filósofos, matemáticos y físicos descendió raudamente, como era de esperar, y en los escasos textos de los cronistas alejandrinos de la época que han llegado hasta nosotros, se percibe un claro tono de depresión y pesimismo. Todos intuían que el mundo, tal y como lo habían conocido, estaba extinguiéndose. El helenismo estaba herido de muerte, y sus asesinos no fueron los bárbaros, como a menudo se ha hecho creer, sino unos fanáticos iletrados armados con palos y hachas que se hacían llamar «soldados de Cristo».
Damascio no llevaba mucho tiempo en Alejandría cuando los cristianos se hicieron con el control de la situación, y se volvieron contra los filósofos y los helenistas. En detonante fue el ataque a un joven cristiano por parte, al parecer, de varios estudiantes paganos. Aquello desató una cadena de violentas represalias cuyas víctimas fueron los no cristianos, ya fuesen paganos o judíos. Los parabolanos, ayudados por monjes cristianos, entraron en las casas de varios alejandrinos no cristianos para saquearlas. Tenían carta blanca para cometer toda clase de desmanes. Bastaba con tener la sospecha de que en una casa se seguía rindiendo culto a los antiguos dioses —a los que los cristianos calificaban de ídolos demoníacos— para irrumpir en ella y dar una paliza de muerte a sus moradores. No fueron pocas las casas demolidas hasta sus cimientos e incendiadas en el decurso de aquellos actos de vandalismo. La violencia se extendió rápidamente y los cristianos se dedicaron a reunir todas las imágenes de los antiguos dioses que había en Alejandría: de las casas de baños, de los hogares y de los templos. Las colocaron en una inmensa pira en el centro de la ciudad y les prendieron fuego. Como observó con enfermiza satisfacción el cronista cristiano Zacarías de Mitilene refiriéndose a los fanáticos «tenían autoridad para aplastar a los enemigos de Cristo».
Hubo tantos muertos y se cometieron tantos desmanes, que el emperador de Oriente envió a un funcionario para investigar lo sucedido. Sin embargo, sus pesquisas se centraron, sobre todo, en las actividades de los paganos, no en los excesos cometidos por los violentos facinerosos animados por las autoridades eclesiásticas. La investigación derivó inmediatamente en una persecución contra los no cristianos. Entonces se empezó a encarcelar y torturar a los filósofos; el hermano de Damascio fue salvajemente apaleado con garrotes y cachiporras y a punto estuvo de morir a causa de las heridas recibidas. Cuando las persecuciones se volvieron intolerables, Damascio tomó la decisión de huir y embarcó en secreto en una nave comercial que zarpó rumbo a Atenas, la cuna de la filosofía occidental.
En realidad, se trataba de un regreso. Cuatro décadas antes, Damascio se había visto obligado a abandonar Atenas por motivos similares a los que ahora le habían impulsado a marcharse de Alejandría. En ese tiempo, muchas cosas habían cambiado. Cuando abandonó la ciudad era joven, ahora regresaba convertido en un anciano de setenta años. A pesar de ello, Damascio era un hombre enérgico y mientras paseaba por las calles de Atenas vestido con su capa de filósofo, muchos ciudadanos lo reconocieron, pues era un personaje célebre y admirado todavía por muchos. Damascio no tardó en convertirse en director de la famosa Academia de Atenas, la más prestigiosa de todas las escuelas donde se enseñara filosofía en la Antigüedad y que llevaba funcionando casi mil años. Su fama no había decaído tras la incorporación de Grecia al Imperio Romano, es más, emperadores como Adriano y Juliano la habían favorecido. Pero todo aquello formaba ya parte del pasado. Un pasado glorioso pero muerto que no habría de recuperarse jamás del golpe recibido. En la Atenas del siglo V y principios del VI, la Iglesia era todopoderosa, aunque no tanto, aún, como en Constantinopla o Alejandría. Sin embargo, aunque no era tan agresiva, la presión se hacía sentir. Los filósofos e intelectuales en general que se oponían abiertamente al cristianismo pagaban la discrepancia a un alto precio. La ciudad estaba repleta de informantes y las autoridades locales les prestaban oídos. Uno de los ilustres predecesores de Damascio había exasperado tanto a las autoridades que había tenido que poner pies en polvorosa para escapar a una muerte segura.
Varios años antes, cuando el emperador Juliano —tildado de apóstata por los cristianos— anunció en Antioquía (361) que iría a Sebaste de Samaria, donde se veneraba la tumba de Jesús, para abrirla y demostrar que había muerto y que, por lo tanto, no era el hijo de Dios, los cristianos le amenazaron abiertamente. Algo inaudito hasta entonces. De hecho, el joven emperador murió durante la campaña de Persia dos años después en extrañas circunstancias. Posiblemente asesinado por un soldado cristiano.
Con Juliano desaparecía la última esperanza de salvación para el helenismo. Incluso en la propia Atenas, en un acto que difícilmente habría podido ser más simbólico y anunciador de las lúgubres intenciones que albergaban los cristianos, construyeron una basílica en medio de lo que en el pasado había sido una biblioteca. La gloriosa Atenas de Aristóteles y de Platón, estaba siendo silenciada para siempre en un mundo tétrico donde sólo había espacio para pensar en la otra vida, despreciando los placeres mundanos de la vida presente. La propuesta del cristianismo se asemejaba a una suerte de muerte en vida, en un luto perpetuo que debía acompañar a hombres y mujeres de la cuna a la tumba. Una «era de tiranía e ignorancia» como escribió un autor amigo de Damascio.
Indudablemente, Atenas había cambiado. Los festivales en honor de los antiguos dioses ya no se celebraban porque habían sido prohibidos por los emperadores cristianos. Los antiguos templos habían sido clausurados, o destruidos. Como en Alejandría, la fisonomía de la ciudad había sido desfigurada profanando y retirando la gran escultura de Palas Atenea obra de Fidias. Incluso las refinadas tradiciones filosóficas de la ciudad se habían degradado cuando su enseñanza fue encomendada a los clérigos cristianos.
Damascio, no obstante, supo insuflarle a la ciudad un último aliento vivificador y devolvió cierta gloria a la Academia llevándola de la decrepitud al éxito. Como en sus mejores tiempos, la Academia volvió a atraer a la flor y nata de los intelectuales que aún resistían el influjo de la cruz dispersados por el Imperio. De nuevo se produjeron obras que los eruditos han considerado las más excelsas de la Antigüedad tardía. Aun así, Damascio y los suyos eran conscientes de que su esfuerzo sólo era como el canto del cisne que presiente su muerte. Sabían que el tiempo apremiaba y se entregaron a una actividad fabril para dar lecciones sobre Aristóteles y Platón y escribir una serie de sutiles obras sobre filosofía metafísica; quizá pensasen que si instruían a un número suficiente de filósofos, metafísicos y matemáticos, el helenismo podría salvarse. Pero, a pesar del titánico esfuerzo, Damascio no podía olvidar la barbarie que había presenciado en Alejandría y se preguntaba cuánto tardaría en llegar a Atenas. Sus escritos mostraban un desdén supino hacia los cristianos y sus creencias, que él calificaba sin ambages de «estupideces». Había visto el poder del fanatismo cristiano en acción. Su hermano había sido víctima de aquellos facinerosos. Su maestro había sufrido el exilio y, varios años antes, Hipatia había sido despellejada viva por los «bondadosos» cristianos.
En aquel fatídico año 529, bajo la égida del emperador Justiniano, el fanatismo era de nuevo evidente y públicamente los cristianos se regodeaban en su ignorancia. Ese mismo año el ambiente en Atenas comenzó a empeorar cuando san Benito destruyó el santuario dedicado a Apolo en Montecassino y erigió en su lugar un monasterio, que sería arrasado durante la II Guerra Mundial. ¿Justicia poética? Pocos años más tarde, el mismo monarca decidió destruir el friso del hermoso templo de Isis en Filé de Egipto; un general cristiano y sus tropas destrozaron metódicamente los rostros y las manos de las bellas imágenes que aquellos mentecatos consideraron «diabólicas». Así es, fueron cristianos fanatizados de los siglos IV y V los que causaron mayores daños al acervo clásico en toda la cuenca del Mediterráneo. Mil seiscientos años antes de que llegasen a Palmira (Siria) los energúmenos del Estado islámico para destruir lo que quedaba de su antiguo esplendor, lo hicieron los monjes cristianos. También pasaron por Grecia, Asia Menor y Egipto; por Roma, Italia y las demás provincias occidentales.
A partir de Teodosio, cada emperador cristiano había ido un poco más allá a la hora de promulgar leyes represivas contra el paganismo. Aquello ya no era una mera prohibición de las demás prácticas religiosas. Había que extirpar a los antiguos dioses del corazón de los hombres y mujeres de Imperio. Había que imponer el cristianismo a sangre y fuego a cada pagano, porque cada uno de ellos era un enemigo de Cristo en potencia. Los caminos hacia la herejía también se cerraban a cal y canto, y todos los cristianos, incluidos los arrianos y nestorianos, debían abrazar la ortodoxia. Cualquier persona que no estuviese bautizada tenía que presentarse inmediatamente en la iglesia más cercana para hacerse bautizar y «abandonar por completo el error para acceder a la salvación en Cristo». Los que se negaran, se verían desposeídos de todas sus propiedades, muebles e inmuebles, perderían sus derechos civiles, quedarían en la penuria y la indigencia y, además, sufrirían castigos físicos «apropiados» que podían incluir la mutilación: manos cortadas, ojos arrancados, castración... Los historiadores modernos —con Gibbon a la cabeza— han descrito las terribles consecuencias de esa ley de manera contundente: «con el cristianismo las tinieblas descendieron sobre Occidente y se inició la Edad Oscura».
Ciertamente, la oscuridad no descendió de inmediato. Como lo describió Gibbon se trató más bien de un declive progresivo. La noche no cayó de repente; el mundo no se fundió en negro al instante, pero las consecuencias inmediatas de la ley fueron dramáticas. A pesar de todo, durante algún tiempo, Damascio y sus colegas siguieron enseñando y la Academia de Atenas siguió funcionando como si nada pasara. Pero la bestia sólo estaba dormida y no tardó en despertar con renovados bríos. Entonces comenzaron las persecuciones y las confiscaciones de bienes. Se prohibió la enseñanza a los filósofos y helenistas, no podían practicar su religión y se les privaba de la posibilidad de ganarse la vida con la enseñanza. Alrededor del año 532 la vida se tornó intolerable para ellos y decidieron marcharse. Atenas ya no era una ciudad tolerante y segura. Había que someterse a los cristianos o ponerse a salvo de su férula.
Así fue como Damascio y sus compañeros filósofos partieron hacia el exilio. El lugar de destino elegido fue Persia, donde reinaba el rey de reyes Cosroes, enemigo acérrimo del cristianísimo emperador de Oriente. Se le conocía por su amor a la literatura y se decía que era un gran estudioso de la filosofía griega. El rey de los persas había ordenado que se tradujeran libros enteros a su idioma para poder leerlos, y conocía bien las doctrinas de Platón y Aristóteles. Además, según se decía, Persia era una tierra tan justamente gobernada que no se cometían robos, asesinatos ni otros crímenes. Comparada con la intolerancia cristiana, Persia parecía una alternativa idílica.
El viaje resultó decepcionante. Lejos de ser una sociedad pastoril donde imperaba el amor fraternal y no se cometían crímenes, se encontraron con un país donde se trataba a los pobres y desheredados con suma indiferencia, incluso con brutalidad. Damascio y sus compañeros de viaje se quedaron perplejos al descubrir algunas costumbres. El adulterio estaba permitido a los hombres, pero las mujeres podían ser lapidadas por ello. La homosexualidad, que se practicaba como en cualquier lugar del mundo, era severamente castigada y los sodomitas eran empalados. Pero lo que más les impresionó a los griegos fue cómo trataban los vivos a los muertos: de acuerdo con los preceptos zoroástricos, los cadáveres no se enterraban, sino que se dejaban sobre la tierra para que los devoraran los perros, o se los depositaba en altas torres para que sirviesen de alimento a las aves del cielo. Los filósofos también quedaron decepcionados por la fingida erudición de su anfitrión, el rey Cosroes. Más que un intelectual, era un patán crédulo al que podía engañar cualquier charlatán. Damascio y sus compañeros se hallaron profundamente decepcionados y decidieron emprender el camino de regreso a su patria. Sin embargo, según un cronista de la época, Cosroes hizo cuanto pudo para retenerlos y convencerles de que se quedaran bajo su protección. Justo cuando se disponían a partir, el rey estaba ultimando un tratado de paz con el emperador Justiniano e incluyó una cláusula exigiéndole que garantizase la vida de los filósofos a su regreso.
Poco más se sabe de Damascio y sus compañeros después de abandonar Persia. No está claro si regresaron a Atenas. Han llegado hasta nosotros retazos de algunos textos posiblemente escritos a su regreso. Poco más. Después, como un lejano grito en la noche, su voz se fue desvaneciendo hasta que se impuso el silencio. Un silencio sepulcral que habría de durar mil años. Los últimos filósofos griegos, esparcidos por el mundo, murieron en el anonimato y muchos de sus escritos fueron borrados para escribir textos de los evangelios sobre los pergaminos. Palimpsestos los llaman y los exegetas les atribuyen un valor «incalculable». Pero las palabras realmente valiosas fueron raspadas y borradas hace siglos.

Palas Atenea

miércoles, 11 de abril de 2018

Las últimas persecuciones romanas a los cristianos


A la conclusión de la guerra en Asia, los augustos Diocleciano y Galerio volvieron a Antioquía. En algún momento del año 299, los emperadores tomaron parte en una ceremonia de sacrificio y adivinación en la que, al parecer, los arúspices fueron incapaces de leer las entrañas de los animales sacrificados, y acusaron a los cristianos infiltrados en la corte imperial de haber boicoteado la ceremonia. Los emperadores ordenaron que todos los miembros de la corte realizaran un sacrificio para purificar el palacio. El emperador también envió cartas a los mandos militares en los que exigía que todo el ejército llevara a cabo los sacrificios requeridos bajo pena de ser licenciados. Diocleciano era muy conservador en cuestiones religiosas; un hombre fiel al tradicional panteón grecorromano que entendía la necesidad de la purificación religiosa, pero Eusebio de Cesárea, Lactancio y Constantino afirman que era Galerio, y no Diocleciano, el principal impulsor de la purga, y su principal beneficiario. Galerio, que era todavía más devoto y apasionado que Diocleciano, veía una ventaja política en las persecuciones, y estaba deseando acabar con la política de inacción que se había mantenido sobre este asunto desde los tiempos de Galieno (260–268), hijo y sucesor del desdichado Valeriano.
Antioquía era la principal residencia de Diocleciano entre 299 y 302, mientras que Galerio ocupaba el lugar del augusto en el medio y bajo Danubio. Visitó Egipto en una ocasión, durante el invierno de 301–302, para ocuparse del suministro de grano desde Alejandría. Debido a una serie de disputas públicas con los maniqueos, Diocleciano ordenó que los líderes de los seguidores de Mani fueran quemados vivos junto con sus esculturas. El 31 de marzo de 302, según un escrito de Alejandría, declaró que los maniqueos de las clases más bajas debían ser ejecutados con la espada, mientras que los maniqueos de clases altas debían ser enviados a trabajar a las canteras del Proconeso o en las minas de Phaeno, al sur de Palestina. Todas las propiedades de los maniqueos debían ser confiscadas y depositadas en el Tesoro Imperial. Diocleciano encontró muchos motivos para condenar la religión maniquea: su novedad, sus orígenes foráneos, la manera en la que corrompía la moral romana, y su contumaz oposición a las tradiciones religiosas tradicionales romanas. Además, y debido a que el maniqueísmo era apoyado por entonces en Partia, se añadían componentes políticos a los puramente religiosos o morales. Salvo por esta cuestión política, los motivos por los que se condenaba el maniqueísmo eran igualmente aplicables, si no más, al cristianismo, que sería su siguiente objetivo.
El maniqueísmo fue una religión universalista fundada por el persa Mani (215–276), que decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El maniqueísmo se concibe a sí mismo como la fe definitiva, en tanto que pretende invalidar a todas las demás. A lo largo del siglo III se había divulgado por el Imperio Romano oriental y por el Imperio Sasánida. Su intransigencia religiosa fue la causa por la que los maniqueos fueron perseguidos, primero por los romanos y más tarde por la Iglesia. Sin embargo, el maniqueísmo prosiguió su expansión a lo largo de la Edad Media a través del mundo islámico, llegando a Asia Central y China, donde perduraría hasta bien entrado el siglo XVII.
Diocleciano regresó a Antioquía en el otoño de 302 y ordenó que al diácono Román de Antioquía le fuera arrancada la lengua por interrumpir los sacrificios rituales oficiales. Román fue enviado a prisión, en donde fue ejecutado en 303. Diocleciano partió de la ciudad en invierno, acompañado por Galerio, y se dirigió a Nicomedia. Según Lactancio, durante ese invierno Diocleciano y Galerio discutieron largamente sobre cuál debía ser la política del Estado hacia los cristianos: Diocleciano argumentaba que bastaría con prohibir a los cristianos trabajar como funcionarios o en el Ejército para recuperar el favor de los dioses, pero Galerio quería ir Más Allá, y defendía la exterminación. Los dos hombres acudieron a pedir consejo al oráculo de Apolo en Dídima, el cual contestó que «los justos sobre la tierra dificultaban la facultad de Apolo para aconsejar». El término «justos», según los interpretaron los arúspices de Diocleciano, solo podía hacer referencia a los cristianos del Imperio, consiguiendo así persuadir a Diocleciano para que accediera a las demandas de Galerio y decretase la persecución de los cristianos en todo el Imperio Romano.
El 23 de febrero de 303 Diocleciano ordenó que la recién construida iglesia de Nicomedia fuera arrasada hasta sus cimientos. Asimismo exigió que se quemaran sus escrituras sagradas y que se confiscara para el Tesoro todo lo que hubiese de valor en la iglesia. Al día siguiente Diocleciano promulgó su primer Edicto contra los Cristianos. En él, el emperador ordenó la destrucción de los evangelios y demás escritos cristianos, así como todos sus lugares de culto a lo largo del Imperio, prohibiendo a los cristianos reunirse para celebrar sus actos litúrgicos. Antes de acabar el mes de febrero, un incendio destruyó buena parte del palacio imperial de Nicomedia y Galerio convenció a Diocleciano de que los autores habían sido los cristianos, y que conspiraban contra él con los eunucos de palacio. Se puso en marcha una investigación y se llevaron a cabo diversas ejecuciones sumarísimas que se prolongaron hasta el 24 de abril, fecha en la que fueron decapitadas seis personas entre las que se encontraba el obispo Antimo. Se produjo un segundo incendio del palacio imperial dieciséis días después del primero, y Galerio partió de la ciudad hacia Roma, declarando que Nicomedia no era segura. Diocleciano le seguiría poco después.
Aunque se promulgaron edictos posteriores de persecución a los cristianos en los que se exigía el arresto del clero cristiano y se les exigía que efectuasen sacrificios públicos para exculparles, estos edictos no tuvieron demasiado éxito. De hecho, la mayoría de los cristianos escaparon a los castigos e incluso los paganos se mostraron, en general, contrarios a la persecución. Los sufrimientos de los nuevos mártires sirvieron además para propagar la religión. Constancio y Maximiano no aplicaron los edictos posteriores, permitiendo que los cristianos de Occidente no fueran perseguidos. Galerio rescindió el edicto en 311, anunciando que la persecución había fracasado en su intento de traer a los cristianos de vuelta a la religión tradicional. Por otro lado, la apostasía temporal de algunos cristianos y la entrega de las escrituras sagradas durante la persecución, tuvo un importante papel en la aparición del donatismo, un movimiento religioso cristiano que hoy calificaríamos de integrista, y que nació como una reacción ante el relajamiento de las costumbres de los fieles. Iniciado por Donato, obispo de Cartago, aseguraba que solo aquellos sacerdotes cuya vida fuese intachable podían administrar los sacramentos, y que los pecadores no podían ser miembros de la Iglesia de Cristo. Algo que contradecía frontalmente las propias enseñanzas de Jesús, que se rodeó de pecadores y en todo momento predicó la necesidad de perdonar las ofensas.
Apenas una generación después de las persecuciones de Diocleciano, Constantino llegaría a ser el único emperador del Imperio y revertiría las consecuencias de los edictos retornando todas las propiedades confiscadas la Iglesia. Bajo el gobierno de Constantino el cristianismo fue ampliamente favorecido y se convirtió en la principal religión del Imperio, en la más poderosa al menos. Finalmente, con la promulgación de Edicto de Tesalónica por Teodosio en 380, el cristianismo se convirtió en la única religión oficial del Imperio Romano. De modo que, los cristianos pasaron de perseguidos a perseguidores de los paganos. Diocleciano, por su parte, acabaría siendo demonizado por sus sucesores cristianos: Lactancio daba a entender que la ascendencia de Diocleciano anunciaba el apocalipsis, y en la mitología serbia, Diocleciano es recordado como Dukljan, el adversario de Dios. O lo que es lo mismo: el diablo.
Diocleciano entró en Roma a comienzos del invierno de 303. El 20 de noviembre celebró con Maximiano el vigésimo aniversario de su principado (vicennalia), el décimo aniversario de la tetrarquía (decennalia), y un triunfo por la guerra contra Partia. Diocleciano pronto se enemistó con los romanos porque, según él, no le guardaban el respeto debido, y se referían a su persona con excesiva familiaridad. El 20 de diciembre de 303, Diocleciano interrumpió abruptamente su estancia en Roma y partió hacia el norte. Ni siquiera llevó a cabo las ceremonias de investidura de su noveno consulado, sino que las celebró en Rávena el 1 de enero de 304. El Panegyrici Latini y un relato de Lactancio sugieren que Diocleciano hizo planes en Roma con vistas a su abdicación. Según otras fuentes de la época, en el transcurso de una solemne ceremonia celebrada en el templo de Júpiter Óptimo Máximo, Maximiano juró respetar las disposiciones de Diocleciano en lo tocante a la sucesión en el principado.
Diocleciano partió de Rávena hacia el Danubio donde, en compañía de Galerio, tomó parte en una campaña contra los carpianos. Allí contrajo una enfermedad leve y su condición física comenzó a empeorar rápidamente, por lo que decidió proseguir el viaje en una litera. A finales del verano partió hacia Nicomedia y el 20 de noviembre compareció en público para asistir a la ceremonia de inauguración del anfiteatro que había ordenado construir al lado del palacio imperial incendiado y reconstruido. Se desvaneció poco después de las ceremonias y, durante el invierno de 304–305, se mantuvo recluido en su palacio todo el tiempo. Empezaron a circular rumores sobre la muerte de Diocleciano, en los que también se sugería que se estaba ocultando el óbito hasta que Galerio pudiera llegar a la ciudad para arrogarse el principado. El 13 de diciembre todo el mundo había asumido la muerte de Diocleciano. La ciudad se vistió de luto y solo lograron poner freno a los rumores mediante una declaración pública asegurando que el emperador estaba vivo. Cuando Diocleciano reapareció al fin en público, el 1 de marzo de 305, estaba muy demacrado y casi irreconocible.
Galerio llegó a Nicomedia ese mismo mes. Según Lactancio, llegó armado y con planes de restablecer la tetrarquía, forzando a Diocleciano a abdicar y colocar en la administración del Imperio a personas de su confianza. Lactancio también dice que había hecho lo mismo con Maximiano en Sirmio. El 1 de mayo de 305 Diocleciano convocó a sus generales y demás oficiales del ejército en asamblea. Estaban presentes las tropas que habían acompañado al emperador en sus campañas, y representantes de las legiones acantonadas en las fronteras más alejadas. Se reunieron todos en la misma colina a las afueras de Nicomedia en la que Diocleciano había sido proclamado emperador. Delante de la estatua de Júpiter Óptimo Máximo, Diocleciano se dirigió a la multitud y con lágrimas en los ojos les explicó su debilidad, su necesidad de descanso y su deseo de renunciar. Declaró que necesitaba pasar el deber del Imperio a alguien más fuerte. Con ello se convirtió en el primer emperador romano en abdicar voluntariamente.
Casi todos los generales creían saber lo que iba a suceder: Constantino y Majencio, los únicos hijos adultos de los dos coemperadores, y que se habían preparado concienzudamente para suceder a sus padres, serían nombrados césares. Constantino había viajado a través de Siria a la derecha de Diocleciano, y estaba presente en el palacio de Nicomedia en 303 y 305, y es probable que Majencio recibiese el mismo tratamiento. Según el relato de Lactancio, cuando Diocleciano anunció que iba a abdicar, toda la multitud se volvió para mirar a Constantino. Sin embargo, eso no fue lo que sucedió: Severo y Maximiano fueron nombrados césares. Maximiano apareció y tomó las vestiduras de Diocleciano y, ese mismo día, Severo recibió las suyas de Maximiano en Milán. Constancio sucedió a Maximiano como augusto occidental, pero Constantino y Majencio fueron completamente ignorados en la transmisión de poder. Esto no presagiaba nada bueno para la continuidad de la tetrarquía.
Diocleciano se retiró a Dalmacia, su tierra de origen. Se trasladó al palacio que había construido en la costa adriática, cerca del centro administrativo de Salona. Maximiano se retiró a las villas de Campania. Sus nuevos hogares estaban lejos de la vida política, aunque Diocleciano y Maximiano estaban lo suficientemente cerca como para mantener un contacto regular entre ellos. Galerio asumió el consulado en 308, con Diocleciano como colega. En otoño de 308, Galerio se entrevistó de nuevo con Diocleciano en Carnuntum (Austria). Diocleciano y Maximiano estuvieron presentes el 11 de noviembre de 308 para asistir al nombramiento de Licinio por Galerio como nuevo augusto en lugar de Severo, que había muerto a manos de Majencio. Asimismo, ordenó a Maximiano, que había intentado volver al poder tras su retiro, que se apartase definitivamente de la vida pública. En Carnutum la gente rogó a Diocleciano que volviese a ejercer el principado para resolver los conflictos que habían surgido con el advenimiento de Constantino y la usurpación de Majencio. Pero Diocleciano rehusó. Aún vivió tres años más, dedicando sus días al cuidado de los jardines de su magnífico palacio, y asistió al colapso de la tetrarquía, rota por las ambiciones de sus sucesores. Diocleciano tuvo conocimiento de un tercer intento de Maximiano de reclamar el principado, de su suicidio forzoso y de su posterior damnatio memoriae. En su propio palacio las estatuas y retratos de su antiguo colega fueron destruidas. Finalmente, sumido en una profunda depresión, y devorado por las enfermedades, Diocleciano se suicidó el 3 de diciembre de 311.



martes, 10 de abril de 2018

El auge del cristianismo en Occidente


Hasta el siglo III el cristianismo fue tolerado o perseguido por los sucesivos emperadores romanos según las circunstancias políticas del momento. Con Constantino la Iglesia obtuvo el reconocimiento oficial mediante la promulgación del Edicto de Milán (313). A partir de entonces, la evolución de la Iglesia para detentar el poder temporal, fue relativamente rápida. En apenas dos generaciones, los cristianos habían logrado arrinconar a las demás religiones del Imperio y, finalmente, en el año 380, el cristianismo fue reconocido como única religión lícita del Estado. Otra cosa fue la lucha para lograr la ortodoxia y que todas las confesiones cristianas se unificasen bajo el credo niceno. Las herejías y las rivalidades entre Constantinopla y la Iglesia de Roma, debilitaron considerablemente al moribundo Imperio de Occidente. Tras su desaparición en 476, los papas asumieron progresivamente los poderes ejercidos hasta entonces por los emperadores. El papel del Papado respecto a los invasores germánicos acrecentó notablemente su influencia, mientras que las donaciones que los nuevos conversos hacían a la Iglesia —forzados o de buen grado— aseguraron su riqueza. En el siglo VIII se designó como «Patrimonio de San Pedro» todos los territorios así obtenidos; ya estuvieran próximos a Roma o en cualquier lugar de la península Itálica, Sicilia o Cerdeña.
La escena en que el papa León I se adelanta desarmado al encuentro de Atila, rey de los hunos, que se dispone a asaltar Roma, es tan legendaria como aquella que protagonizó el emperador Constantino, cuando antes de enfrentarse a Majencio, en el Puente Milvio, queda deslumbrado por la aparición de la Cruz. Así como en el plano político fue determinante la promulgación del Edicto de Milán y la conversión de Constantino al cristianismo en su lecho de muerte, también en el plano político fue determinante la embajada del papa León I ante Atila, tras la cual salió investido de un poder temporal que se añadía al espiritual. El anciano pontífice salió de Roma para tratar con el temible caudillo de los hunos, mientras el timorato emperador Valentiniano III se mostraba impotente y falto de iniciativa, albergando la esperanza de no verse obligado a una defensa a ultranza de la ciudad. El papa León I contuvo a Atila y lo convenció de que retornara a Panonia (Hungría), para salvar la vida de los indefensos romanos, y salvar al propio tiempo lo que aún quedaba del Imperio de Occidente. Fue la primera vez que un papa unía la misión de vicario de Cristo a la de representante del Imperio Romano.
Tres años más tarde (455), el papa León I salió de Roma por segunda vez y trató con Genserico, rey de los vándalos. Nuevamente los romanos se salvaron gracias a la proverbial intervención del papa, pero la ciudad fue concienzudamente saqueada. En los decenios siguientes, la Iglesia se ganó por méritos propios el derecho a participar en política ejerciendo como mediadora entre los pueblos invasores y los ciudadanos romanos que quedaron aislados y desamparados en las antiguas provincias que fueron ocupando los germanos; especialmente en Italia, y en menor medida en la Galia y España.
La universalidad de la Iglesia, ya reconocida en el plano espiritual, se encaminaba a concretarse también en el plano terrenal. Los futuros imperios, por grandes que pudieran ser, siempre serían espiritualmente menos universales que la Iglesia, y por consiguiente, siempre tendrán menos poder, ya que estarían supeditados, en el plano espiritual, a ella. No obstante, la Iglesia se integró rápidamente al sistema feudal. En Alemania, arzobispos y obispos estaban en manos del emperador, y lo mismo ocurría en Inglaterra. En Francia era el rey quien de hecho decidía los nombramientos para los obispados considerados como reales, y del mismo modo procedían los príncipes territoriales. Las relaciones de familia, las consideraciones políticas y con frecuencia la simonía —algunos de los interesados no dudaban en pagar su elección— contaban en las elecciones a los obispados y las abadías. En algunas regiones, los obispos se sucedían de padres a hijos; en otros lugares, de tíos a sobrinos. Obispos y abades pertenecían muy a menudo al medio social de los próceres; capítulos catedralicios, colegiatas fundadas por los señores en las inmediaciones de sus castillos y prioratos establecidos en sus tierras estaban poblados por miembros de las familias señoriales medianas y pequeñas. En materias temporales, la actitud de la gente de la Iglesia era un calco de la de sus parientes nobles.
Así pues, del siglo X al XII se produjo una feudalización completa de la sociedad. Se trataba de un sistema organizado para procurar los medios de vida a una minoría de hombres encargados de combatir. Ya a finales del siglo X, Abbon de Fleury proclamaba que el orden de los laicos comportaba dos clases: una de ellas era la formada por los agricultores, que alimentaban a la comunidad con su duro trabajo en el campo, y la otra, la de los combatientes, que arriesgaban su vida y se encargaban de rechazar a los enemigos de la Iglesia. Hacia 1025, esta ideología cobró rasgos más precisos: la división de la sociedad en tres órdenes era concebida como reflejo de la ley divina.


sábado, 3 de febrero de 2018

Teodosio y el triunfo de la ortodoxia romana

Teodosio es uno de los tres grandes emperadores romanos de origen español junto con Trajano y Adriano. Accedió al principado en agosto de 378 bajo el título de Dominus Noster Flavius Theodosius Augustus. A su muerte fue deificado como Divus Theodosius. Promovido a la dignidad imperial tras el desastre de Adrianópolis (378), primero compartió el poder con Graciano y Valentiniano II. Después de diversas vicisitudes, en 392 Teodosio reunió las mitades oriental y occidental del Imperio unificándolo, para volver a dividirlo a su muerte: en 395 los dos Imperios se separaron definitivamente. Con respecto a su política religiosa, continuó con la persecución a los paganos y tomó la trascendental decisión de hacer del cristianismo niceno o católico la única religión oficial del Imperio Romano mediante el Edicto de Tesalónica de 380. Acompañó a su padre —Teodosio el Viejo— a Britania para acabar con la Gran Conspiración del año 368. En 374 ya comandante o duque (dux) de Mesia, una provincia romana del Danubio inferior. Sin embargo, poco después, y alrededor de la época de la repentina caída en desgracia y ejecución de su padre, Teodosio se retiró a Hispania. La razón de su retiro, y la relación (si es que la había) entre él y la muerte de su padre no queda clara. Es posible que fuera cesado en el mando por el emperador Valentiniano I después de la pérdida de dos de las legiones de Teodosio ante los sármatas a finales de 374. La muerte de Valentiniano I en 375 creó un gran vacío político. Temiendo más persecuciones debido a sus relaciones familiares, Teodosio se retiró a sus propiedades hispanas, donde se adaptó a la vida de un aristócrata rural. Desde 364 hasta 375 el Imperio Romano estuvo gobernado por dos augustos o coemperadores, los hermanos Valentiniano I y Valente; cuando Valentiniano murió en 375, sus hijos Valentiniano II y Graciano le sucedieron como césares del Imperio de Occidente. En 378, después de que Valente muriera en la batalla de Adrianópolis, Graciano, para sustituir al emperador caído, nombró a Teodosio augusto de Oriente. A su vez Graciano fue asesinado en una rebelión en 383, tras lo que Teodosio designó a su hijo mayor, Arcadio, coemperador de Oriente. Después de la muerte en 392 de Valentiniano II, a quien Teodosio había apoyado contra varios usurpadores, Teodosio gobernó como augusto de Oriente, nombrando augusto de Occidente a su hijo menor Honorio, y derrotando al usurpador Eugenio en 394. Entretanto, los godos y sus aliados vándalos se habían establecido en las provincias de Dacia y Panonia. Esto inquietó a Teodosio. La crisis gótica fue tan profunda que su colega Graciano renunció al control de las provincias ilirias y se retiró a Tréveris en la Galia para dejar que Teodosio actuara por su cuenta. Una gran debilidad en la posición romana tras la derrota de Adrianópolis fue el reclutamiento de los bárbaros para luchar contra otros bárbaros. Para reconstruir el Ejército romano en Occidente, Teodosio necesitaba encontrar soldados capacitados, y se volvió hacia los hombres más cualificados que tenía a mano: los bárbaros recientemente establecidos en el Imperio. Teodosio se vio forzado a la amarga experiencia de enviar a sus nuevos reclutas a Egipto y repatriar a las tropas romanas allí acuarteladas. Por su parte, Graciano envió a sus generales para expulsar a los godos de Iliria, Panonia y Dalmacia, y Teodosio fue capaz, finalmente, de entrar en Constantinopla el 24 de noviembre de 380, después de dos campañas. Los tratados finales con el resto de las fuerzas godas, firmados el 3 de octubre de 382, permitieron a amplios contingentes de godos establecerse a lo largo de la frontera danubiana meridional en la provincia de Tracia, y gobernarse a sí mismos con bastante autonomía. Como resultado de los tratados, los godos establecidos dentro del Imperio tuvieron que comprometerse a servir en las fuerzas auxiliares romanas. Otros prefirieron alistarse en el Ejército regular. En los últimos años del principado de Teodosio, uno de los caudillos godos llamado Alarico, fue determinante en el resultado de la guerra civil que enfrentó a Teodosio y Eugenio en 394. Tras la muerte de Graciano en 383, el interés de Teodosio se centró en el Imperio de Occidente, puesto que el usurpador Magno Clemente Máximo había tomado todas las provincias de Occidente salvo Italia. Valentiniano II, enemigo de Máximo, era su aliado. Debido a su escasa experiencia militar, Teodosio no pudo progresar mucho en su campaña militar contra Clemente Máximo, esto hizo que se centrase en asuntos de otra índole, sobre toda religiosa. Aunque la propaganda cristiana pretendió, después de su muerte en 395, ofrecer una imagen de Teodosio como gran militar y estratega —quizá para eclipsar el recuerdo de Juliano—, esto no es exacto. Aun así, cuando Máximo inició la invasión de Italia en 387, Teodosio se vio forzado a entrar en acción. Los ejércitos de Teodosio y Clemente Máximo se encontraron en 388 en Poetovio. Máximo fue derrotado, y poco tiempo después ejecutado.
Surgieron nuevas dificultades. Después de un grave altercado entre Valentiniano I y un oficial franco llamado Arbogastes, Magister Militum de Teodosio, el augusto desenvainó su espada y amenazó al soldado. Valentiniano apareció ahorcado al poco tiempo y, tras una breve investigación dirigida por el propio Arbogastes, se dictaminó que la muerte se había producido por suicidio. Arbogastes, no quiso asumir el cargo de coemperador y designó a Flavio Eugenio para desempeñarlo. Éste, que había sido en tiempos maestro de retórica, emprendió un programa de restauración de la religión pagana y de los antiguos culto. En vano buscó el apoyo de Teodosio en esta empresa. En enero de 393 Teodosio nombró a su hijo Honorio augusto de Occidente, aludiendo a la falta de legitimidad de Eugenio, y estalló la guerra civil. Los dos ejércitos se encontraron en la batalla del Frígido en septiembre de 394. Los cristianos hicieron circular el rumor de que Teodosio recibió la visita de «dos jinetes celestiales vestidos completamente de blanco» que le dieron ánimos. Al día siguiente se reanudó la batalla y las fuerzas de Teodosio se vieron ayudadas por un fenómeno natural que produce vientos ciclónicos. Éstos soplaron directamente contra las fuerzas de Eugenio rompiendo sus líneas. Eugenio fue derrotado, capturado y poco después ejecutado. Así Teodosio se convirtió en el único emperador.
Teodosio el mecenas
Teodosio supervisó la retirada en 390 de un obelisco egipcio desde Alejandría a Constantinopla. Actualmente es conocido como el obelisco de Teodosio y aún permanece en pie en el Hipódromo, que era el centro de la vida pública de Constantinopla y escena de confusión política. Volver a erigir el monolito fue un desafío para la tecnología que se había afinado en la construcción de armas de asedio. El obelisco, aún reconocible como un símbolo solar, se había trasladado desde Karnak a Alejandría junto con el que hoy es el obelisco de Constancio II. El obelisco fue embarcado a Roma poco después, pero el otro pasó toda una generación tendido en los muelles debido a la dificultad que representaba intentar embarcarlo a Constantinopla. Con el tiempo, el obelisco se fragmentó en el tránsito. La base de mármol blanco está totalmente cubierta por bajorrelieves documentando la casa Imperial y la hazaña de ingeniería de trasladarlo a Constantinopla. Teodosio y la familia imperial están separados de los nobles entre los espectadores en el palco imperial con una cubierta sobre ellos como signo de su estatus. El naturalismo del arte romano tradicional en semejantes escenas dio paso en estos relieves a un arte conceptual: la idea de orden, decoro y rango respectivo, expresado en apretadas hileras de caras. De esta manera se empieza a poner de manifiesto que los temas formales comienzan a desbancar los detalles transitorios de la vida mundana, celebrados en los retratos paganos. El cristianismo acababa de ser adoptado como única religión del Estado. Por esa misma época el Forum Tauri de Constantinopla fue rebautizado y redecorado como el Foro de Teodosio, incluyendo una columna y un arco de triunfo en su honor.
El cristianismo niceno se convierte en la religión oficial del Imperio
El 27 de febrero de 380, Teodosio declaró el cristianismo ortodoxo surgido del Concilio de Nicea (325) la única religión lícita en el Imperio, acabando con el apoyo del Estado a la religión romana tradicional y prohibió la «adoración pública» de los antiguos dioses. En el siglo IV, la Iglesia estaba dividida por la controversia sobre la divinidad de Cristo, su relación con el dios Padre y la naturaleza de la Trinidad. En 325, Constantino convocó el Concilio de Nicea, que afirmó que Jesús, el Hijo, era igual al Padre, Uno con el Padre, y de la misma sustancia. El Concilio condenó las enseñanzas del teólogo Arrio: que el Hijo fue creado inferior al dios Padre, y que el Padre y el Hijo eran de una sustancia similar pero no idéntica. A pesar de la decisión del concilio, continuó la controversia. Al tiempo del ascenso de Teodosio, había aún varias facciones cristianas que propugnaban una cristología alternativa. Aunque ninguno de los principales teólogos del Imperio se adhiriera explícitamente a Arrio —un presbítero de Alejandría—, o a sus enseñanzas, aún había algunos que pensaban que el Hijo había sido creado de una naturaleza inferior a la del Padre. Para simplificar la identificación de los disidentes, los partidarios del credo de Nicea utilizaron el calificativo de «arriano», aunque ellos mismos no se hubiesen identificado como tales. Teodosio seguía de cerca el credo niceno que era la interpretación dominante en Occidente y, además, estaba sostenida por la Iglesia de Alejandría. El 26 de noviembre de 380, dos días después de haber llegado a Constantinopla, Teodosio expulsó al obispo no niceno, Demófilo, y nombró a Melecio patriarca de Antioquía, y Gregorio Nacianceno, uno de los teólogos capadocios de Antioquía (hoy en Turquía), patriarca de Constantinopla. Teodosio acababa de ser bautizado por el obispo Acolio de Tesalónica, durante una severa enfermedad, como era frecuente en el mundo del cristianismo primitivo.
Proscripción del paganismo
Durante la primera etapa de su principado, Teodosio había verbalizado su apoyo a la conservación de los templos y estatuas paganas como edificios públicos útiles. Teodosio era bastante tolerante con los paganos, pues necesitaba el apoyo de la influyente clase senatorial patricia, que aún era pagana en su mayor parte. Sin embargo, con el tiempo, erradicaría los últimos vestigios de paganismo con gran severidad. Su primer intento de dificultar el paganismo fue en 381 cuando reiteró la prohibición de Constantino del sacrificio de animales. Luego, en 388, envió prefectos a Siria, Egipto y Asia Menor con el propósito de disolver todas las asociaciones paganas y destruir sus templos. El Serapeum de Alejandría fue destruido durante esta campaña. En una serie de decretos llamados los «decretos teodosianos» progresivamente declaró que aquellas fiestas paganas que no se hubieran convertido en fiestas cristianas serían entonces días laborables (389). En 391, reiteró la prohibición de sacrificios de sangre y decretó lo siguiente: «Nadie irá a los santuarios, paseará por los templos, o elevará sus ojos a estatuas creadas por obra del hombre». Los templos así clausurados fueron declarados «abandonados», y el obispo Teófilo de Alejandría inmediatamente destacó en la solicitud de permiso para demoler un lugar y cubrirlo con una iglesia cristiana, un acto que debió recibir aprobación general, puesto que mitreos formando criptas de iglesias, y templos formando los cimientos de iglesias del siglo V aparecen por todo el Imperio Romano. Teodosio participó en acciones de los cristianos contra los principales lugares de culto del paganismo: la destrucción del gigantesco Serapeum de Alejandría por soldados y parabolanos —fanáticos cristianos— en 392, de acuerdo con las fuentes cristianas autorizada por Teodosio (extirpium malum), ha de verse en contraste con un complicado fondo de violencia menos espectacular en la ciudad. Eusebio menciona peleas callejeras en Alejandría entre cristianos y paganos ya en el año 249, y los no cristianos habían participado en las luchas por y en contra de Atanasio en 341 y 356. Por un decreto de 391, Teodosio acabó también con los subsidios que aún se escurrían hacia algunos restos del paganismo civil grecorromano. El fuego eterno del Templo de Vesta, en el Foro Romano, fue extinguido y las vírgenes vestales fueron disueltas. Las personas que celebraran algún auspicio o practicaran los ritos paganos tradicionales, serían castigadas con la muerte. Miembros paganos del Senado en Roma apelaron a Teodosio para restaurar el Altar de la Victoria en la Sede del Senado pero este se negó. Después de los últimos Juegos Olímpicos celebrados en 393, Teodosio canceló definitivamente los juegos por tildarlos de paganos. Se acabó así con el cálculo de las fechas por las Olimpiadas. Ahora Teodosio se representó a sí mismo en las monedas sosteniendo el lábaro. El aparente cambio de política que se aprecia en los «decretos teodosianos» ha sido atribuido a menudo a la creciente y maléfica influencia de san Ambrosio, obispo de Milán. Merece la pena destacar que en 390, Ambrosio había excomulgado a Teodosio, quien recientemente había ordenado masacrar a 7.000 habitantes de Tesalónica, en respuesta al asesinato de su gobernador militar establecido en la ciudad, y que Teodosio llevó a cabo varios meses de penitencia pública. La excomunión fue temporal y Ambrosio no lo readmitiría hasta que Teodosio no mostró público arrepentimiento, demostrando así su autoridad frente al emperador. Triste final para los herederos de César, Augusto, Trajano, Marco Aurelio, Diocleciano, etcétera., verse reducidos —por propia voluntad— a simples monaguillos humillados por un santón. Teodosio murió en Milán, después de una larga enfermedad, el 17 de enero de 395. Ambrosio organizó el sepelio y logró que el cuerpo del emperador reposara en una finca en Milán. El propio obispo pronunció un panegírico titulado De Obitu Theodosii ante el vándalo Estilicón y Honorio, heredero de Teodosio, en el que Ambrosio destacó como un gran logro la supresión de la herejía y el paganismo por Teodosio. Sus restos mortales fueron trasladados definitivamente a Constantinopla el 8 de noviembre de 395 y la Iglesia de Oriente le reconoce como santo.

Teodosio y San Ambrosio de Milán

jueves, 25 de enero de 2018

El cristianismo primitivo en España

El arrianismo es el conjunto de doctrinas cristianas expuestas por Arrio (†336), un presbítero de Alejandría (Egipto), probablemente de origen libio. Algunos de sus discípulos y simpatizantes colaboraron en el desarrollo de esta doctrina teológica, que sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo. Uno de los primeros y acaso el más importante punto del debate entre los cristianos de esa época fue el tema de la divinidad de Cristo, que tuvo su origen cuando el emperador Constantino legalizó el cristianismo y concedió libertad de culto a la población romana. El arrianismo fue condenado como herejía, inicialmente, en el Concilio de Nicea (325) y, tras varias alternativas en las que era sucesivamente admitido y rechazado, fue definitivamente declarado herético en el Concilio de Constantinopla (381). No obstante, las luchas entre nicenos y arrianos, el cristianismo arriano se mantuvo como religión oficial de algunos de los reinos establecidos por los godos en Europa tras la caída del Imperio de Occidente. En el Reino visigodo de Toledo pervivió al menos hasta el III Concilio de Toledo (589) —durante el reinado de Recaredo I, que se convirtió al catolicismo—, extinguiéndose posteriormente. El arrianismo es también definido como aquellas enseñanzas defendidas por Arrio opuestas al dogma trinitario determinado en los dos primeros concilios ecuménicos y mantenido en la actualidad por la Iglesia católica, las Iglesia ortodoxa oriental y la mayoría de las iglesias protestantes. Este término también se utiliza en ocasiones de forma inexacta para aludir genéricamente a aquellas doctrinas que niegan la divinidad de Jesucristo. Arrio sostenía que el Hijo fue la primera criatura creada por Dios antes del principio de los tiempos. Según el arrianismo, este Hijo, que luego se encarnó en Jesús, fue un ser creado con atributos divinos, pero no era Dios en y por sí mismo. Argüían como prueba de ello que Jesús no pudo salvarse en la cruz. La naturaleza del Hijo era el problema más complejo de los primeros siglos del cristianismo, como lo revelan las discusiones teológicas —conocidas como disputas cristológicas— en los primeros siglos del cristianismo, cuando se planteaba el problema de la relación entre el Hijo y Dios Padre. Esta controversia ha sido conocida como las disputas cristológicas. En algunos grupos de la Iglesia cristiana primitiva se enseñaba que Cristo había preexistido como Hijo de Dios ya antes de su encarnación en Jesús de Nazaret, y que había descendido a la Tierra para redimir a los seres humanos. Esta concepción de la naturaleza de Cristo, que fue ganando adeptos con el paso del tiempo hasta convertirse en la creencia mayoritaria, trajo aparejados varios debates teológicos, ya que se discutió si en Cristo existía una naturaleza divina o una humana, o bien ambas, y si esto era así, se discutió la relación entre ambas —fundidas en una sola naturaleza, completamente separadas: nestorianismo, o relacionadas de alguna manera—. La teoría de la encarnación prendió fuertemente en el mundo gentil, y especialmente en el occidente del Imperio Romano. Arrio había sido discípulo de Pablo de Samosata, predicador cristiano en Oriente del siglo III, y que enseñaba que Cristo era una criatura, la primera criatura que había sido formada por el Creador antes del inicio de los tiempos. Según Atanasio de Alejandría al que Arrio se oponía, éstas son algunas de las enseñanzas arrianas, citadas en su obra Discurso contra los arrianos: «Dios no siempre fue Padre, sino que hubo un tiempo en que Dios estaba solo y aún no era Padre, pero después se convirtió en Padre. El Hijo no existió siempre; pues, así como todas las cosas se hicieron de la nada, y todas las criaturas y obras existentes fueron hechas, también la Palabra de Dios misma fue hecha de la nada y hubo un tiempo en que no existió y Él no existió antes de su origen, sino que Él y otros tuvieron un origen de creación. Pues Dios, dice, “estaba solo, y la Palabra aún no era, ni tampoco la Sabiduría”. Entonces, al desear darnos forma, Él hizo a cierto ser y lo llamó Palabra, Sabiduría e Hijo, para que pudiera darnos forma por medio de Él».
Finalmente, en el Concilio de Nicea del año 325 se aprobó el credo propuesto por Atanasio de Alejandría, y la cerrada defensa de la naturaleza divina del Hijo de Dios hecha por Atanasio consiguió incluso el destierro de Arrio y precipitó la lucha entre arrianos y católicos. Cuando Arrio fue perdonado el 336, murió en misteriosas circunstancias —probablemente envenenado—. La disputa entre partidarios de la Trinidad, arrianos y los llamados «semiarrianos» iba a durar durante todo el siglo IV, llegando incluso a haber emperadores arrianos —el propio Constantino fue bautizado en su lecho de muerte por el obispo arriano Eusebio de Nicomedia—. Ulfilas, obispo y misionero, propagó el arrianismo entre los pueblos germánicos, particularmente los visigodos, vándalos, burgundios y ostrogodos. Después del Concilio de Constantinopla del año 381, el arrianismo fue definitivamente condenado y considerado como herejía en el mundo católico romano. Sin embargo, el arrianismo se mantuvo como religión de algunos pueblos germánicos hasta el siglo VI, cuando Recaredo, rey de los visigodos de España, se bautizó como católico en el año 587 e impuso el catolicismo como religión oficial de su Reino dos años después con la lucha y oposición de los visigodos arrianos, tras el III Concilio de Toledo (589). En Italia, las supervivencias arrianas en el reino longobardo persistieron hasta muy avanzado el siglo VII y el rey lombardo Grimoaldo (662-671) puede considerarse como el último monarca arriano de Europa. Tras la celebración en 325 del Concilio de Nicea, resurgió con fuerza en la propia Constantinopla la idea de arrianismo gracias al apoyo de su obispo, Eusebio de Nicomedia, quien logró convencer a los sucesores del emperador Constantino para que apoyaran el arrianismo y rechazaran la línea ortodoxa aprobada en Nicea, y sustituyeran a los obispos nicenos por obispos arrianos en las sedes episcopales de Oriente. Esta «herejía» —desde el punto de vista católico—, sigue en la mente de la Iglesia. Por lo general, se cree que determinadas nuevas confesiones cristianas combinan la teología liberacionista con el nuevo arrianismo científico, surgido de determinadas corrientes historicistas en la investigación bíblica. Pero no hay una voz oficial ni única sobre este tema: el diálogo, pues, sigue abierto. Se ha usado el término «arriano» durante la historia para acusar dentro del ambiente católico a cualquier cismático con la autoridad de la Iglesia con cuestionamientos respecto a la unidad de Dios y la Trinidad. Por ejemplo, durante siglos, el mundo cristiano veía al islamismo como una forma de arrianismo. Se ha avanzado la hipótesis histórica de que la permanencia de arrianos tanto en Oriente Medio como en África del Norte y en España facilitaron la expansión musulmana en estas regiones durante los siglo VIII y IX por su cercanía teológica. En España, para dar un ejemplo, la iglesia principal de la ciudad de Córdoba fue convertida en mezquita por los visigodos arrianos que abrazaron el islamismo. Aunque no exista una iglesia arriana centralizada desde que Recaredo y la corte visigoda se convirtiesen a la fe católica en el III Concilio de Toledo, las luchas que hubo entre arrianos y católicos han llegado hasta nuestros días en el saber popular. La expresión española «armarse la de Dios es Cristo», indicando que va a haber un problema muy grande, hace referencia a las disputas tanto en el plano teológico como en el político y militar que hubo entre arrianos y católicos entre los siglos V y VI.
El cristianismo en España tiene una larga historia: casi dos mil años, según la tradición que remonta sus orígenes a la evangelización de la península Ibérica, en el siglo I por el apóstol Santiago el Mayor —vinculado a las historias de la Virgen del Pilar de Zaragoza y del milagroso transporte de sus restos hasta Compostela—, y por San Pablo, cuyo viaje a España es improbable, pero de quien al menos consta su voluntad expresa de emprenderlo: «Saldré para España, pasando por vuestra ciudad, y sé que mi ida ahí cuenta con la plena bendición de Cristo». Epístola a los Romanos (15, 28). Tras haber sido impuesto como religión oficial del Imperio Romano a finales del siglo IV, el cristianismo sufrió las vicisitudes de una prolongada Edad Media, que comenzó experimentando la segregación entre el arrianismo que traían los invasores germánicos y el catolicismo de los hispanorromanos —hasta la conversión de Recaredo en 586—, para pasar a enfrentarse con el Islam en la Reconquista, período que presenció tanto la tolerancia como los intentos de erradicación alternativos entre las dos religiones dominantes. La conformación de los reinos que terminaron reuniéndose en la Monarquía Católica o Corona de España se hizo en gran medida a través de la construcción de una personalidad fuertemente religiosa, representativa del dominio social del grupo que se identificaba a sí mismo con el concepto étnicamente excluyente de cristiano viejo, y que desembocó en lo que ha podido llamarse política de «máximo religioso» de los Reyes Católicos, incluyendo la creación de la Inquisición española, la expulsión de los judíos y el bautismo forzoso de los moriscos, así como una fuerte Reforma institucional del clero, a cargo del cardenal Cisneros. La Iglesia española de la Edad Moderna fue desde entonces un mecanismo disciplinado y al servicio de la monarquía y los estamentos privilegiados. España, garantizado el consenso interior en materia religiosa gracias al férreo control social, fue un firme bastión del catolicismo romano, que los reyes de la Casa de Austria reclamaban defender en sus guerras exteriores en Europa —frente a luteranos o calvinistas, aunque a veces llegaran a enfrentarse a la católica Francia o a los mismísimos estados Pontificios—, en el Mediterráneo frente a los turcos y en la colonización de América justificada como evangelización. En cambio sí se produjeron fortísimos debates, como el que se dio en torno al erasmismo, vinculado a la resistencia a la modernización en las órdenes religiosas. Durante el siglo XVI se suscitó un movimiento reformista de carácter místico en el que se implicaron con no pocos enfrentamientos los carmelitas Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz; también en el contexto de la Contrarreforma fundó San Ignacio de Loyola la muy influyente Compañía de Jesús. La complaciente imagen de una España «más papista que el Papa», o «martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma», cuyas ciudades se disputaban la primacía en el fervor mariano (votos asuncionista y concepcionista), tuvo su caricatura en la Leyenda Negra que fijó el estereotipo del español como adusto, cruel, intolerante y supersticioso. La mayoritaria identificación de lo español con la versión más rancia del catolicismo, o la minoritaria resistencia a ello, empapó buena parte de la mentalidad y la literatura española: siglos más tarde, Valle Inclán plasmó en tres adjetivos el retrato de ese eterno y quijotesco hidalgo español, El marqués de Bradomín, como «feo, católico y sentimental». Con la caída del absolutismo y la abolición de la Inquisición en el siglo XIX se produce también la aparición de las primeras comunidades protestantes en España, que en principio son solo toleradas con severas restricciones para la práctica de su culto. Exactamente lo mismo que sucedía con los católicos en los países protestantes, y, especialmente, en el Reino Unido.
El cristianismo entre los pueblos germánicos que invaden la Península
La llegada de las invasiones germánicas a principios del siglo V ocasionó el fin de la dominación romana en España y la destrucción de propiedades, tanto civiles como eclesiásticas, además de contribuir en el plano teórico a la reflexión providencialista. Pero sobre todo influyó en el terreno religioso por la llegada de dos pueblos que se habían cristianizado en el arrianismo: los suevos, asentados en el noroeste, y los visigodos, principalmente en el centro de la Península (con capital en Toledo). Ambos pueblos comenzaron con una estrategia religiosa de exclusión, aprovechando la circunstancia de las sutiles diferencias teológicas y rituales (unión hipostática, trinidad, bautismo por inmersión) para proscribir incluso los matrimonios mixtos (lo que garantizaba la segregación de los invasores, minorías dominantes, de los hispanorromanos, mayoría dominada). En ambos casos se producen tensiones internas que conducen a la adopción del catolicismo por los reyes visigodos, a los que siguen sus súbditos. En el caso de los visigodos, la muerte de San Hermenegildo a manos de su padre Leovigildo, es seguida por la conversión de Recaredo (586). La Iglesia será a partir de entonces protegida por la Monarquía, lo que está en el origen de la recurrente imbricación de la Iglesia y el Estado en la Historia de España —pero también de otros países europeos, como Francia, por ejemplo—, aunque tenía su origen en la etapa constantiniana y fue recogida por otros pueblos germánicos, como los francos. Son buen ejemplo los Concilios de Toledo: eran convocados siempre por el Rey, que abría las sesiones con su discurso y se ausentaba tras dejar el tomo regio que indicaba los temas a tratar, tanto de carácter religioso como civil, y confirmaba los cánones con la promulgación de una ley (lex in confirmatione concilio) para darles valor civil. Acudían los obispos o sus representantes, pero también abades de monasterios y nobles del Aula Regia y Officium palatinum. Sin firmar las actas, asistían sacerdotes, diáconos y seglares «piadosos». También hubo concilios provinciales. Destacaron a nivel europeo las figuras de San Ildefonso (obispo de Toledo, teórico de la mariología) San Isidoro —obispo de Sevilla, autor de las Etimologías, una obra de pretensiones enciclopédicas—, y San Braulio —obispo de Zaragoza, que tuvo con el anterior una fecunda relación epistolar—. La extensión del cristianismo se produce incluso en territorios donde su presencia no estaba aún muy desarrollada, como en las zonas apartadas de la cornisa cantábrica, a través de los eremitas. Una amplia nómina de eclesiásticos de alta formación intelectual, como Leandro, Isidoro (hermano del anterior, y de los demás cuatro santos de Cartagena), Fructuoso de Braga o Juan de Bíclara, compusieron reglas monásticas, para organizar unas instituciones cada vez más numerosas en las zonas rurales que se adaptaban perfectamente a las condiciones económicas y las demandas sociales. El clero secular se institucionalizó jerárquicamente, con diócesis bien repartidas por los núcleos urbanos que salpicaban el territorio y con centro en Toledo. Los templos eran dotados con un terreno patrimonial que permitía la supervivencia del sacerdote: en la ley canónica para alimento (ad cibarium) se indicaba un recinto de setenta y dos pasos alrededor del atrio, que irá modificando su extensión y situación. En el II Concilio de Toledo ya se reflejaban algunos conflictos. En el XII Concilio de Toledo, la prevención iba en el sentido de otorgar protección jurídica: «que ninguno se atreva a sacar de allí a los que se refugiaron en la iglesia o están en ella, ni a causar ningún daño, mal o despojo a los que se encuentran en lugar sagrado, sino que se permitirá a aquellos que se refugian moverse libremente dentro de una distancia de treinta pasos, desde las puertas de la iglesia, dentro de los cuales treinta pasos, alrededor de cualquier iglesia, se guardará la debida reverencia». La liturgia, que puede denominarse hispánica más que visigótica, pervivirá en la mozárabe. Todo en conjunto hizo que la cultura hispanorromana perviviese, constituyendo una Iglesia nacional española con personalidad propia frente a la normativa que la curia romana terminaría por imponer en toda Europa occidental. En alguna cuestión la Iglesia hispana tenía marcadas diferencias: por ejemplo, era muy rigurosa con la expiación de las culpas de los penitentes, que debía ser pública. Para ello participaban en una ceremonia especial de imposición de manos y se les impedía la asistencia a la misa —al igual que a las mujeres «impuras» cuarenta días después del parto—, debiendo utilizar un espacio arquitectónicamente destacado en el exterior del templo y que también tenía uso funerario: el pórtico (que seguirá siendo una característica en el románico segoviano, por ejemplo) hasta una nueva ceremonia pública de «reconciliación», que exigía la máxima humillación y contrición. Dentro de la iglesia, tres espacios aparecían separados con barreras o cancelas, la primera similar al iconostasio de la Iglesia oriental (aunque probablemente no se usaba como soporte de iconos) y que convertía la consagración en un ritual secreto (misterio o arcano). Las naves laterales permitían una circulación fluida de una gran parte de los asistentes (penitentes y catecúmenos) que escuchaban la lectura de los evangelios y, después de la epístola debían abandonar el recinto, donde quedaban los fieles católicos con pleno derecho de participar en los oficios religiosos.

Recaredo I, rey de los visigodos de Hispania