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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Reparto del Sacro Imperio por el Tratado de Verdún

Este Tratado fue un pacto alcanzado el 10 de agosto de 843 entre Lotario I, Luis el Germánico y Carlos el Calvo —hijos de Ludovico Pío y nietos de Carlomagno—, en la localidad francesa homónima. Este tratado tuvo como origen la «ordinatio imperii», que decretaba el modo de proceder si fallecía uno de los monarcas subsidiarios sin descendencia. No obstante, esto dio como resultado una serie de conflictos en el Imperio que, lejos de solventar las divisiones, las acentuó. El documento estableció las regiones que le correspondían a cada heredero y previo a la rúbrica de este tratado, se acordó entre ellos un compromiso de ayuda mutua. Así, se puso fin a la guerra civil carolingia y al proyecto de Carlomagno de hacer resurgir el Imperio Romano, mediante la firma de los Juramentos de Estrasburgo el 14 de febrero de 842. Tras ser llevado a cabo el reparto, surgieron tres territorios que pasaron a denominarse Franquia Occidental, Franquia Media y Franquia Oriental.
Lotario I se estableció en Italia y fue el depositario del título de emperador. Luis el Germánico fijó su residencia en Baviera y se le concedieron los territorios germánicos y anexos que iban desde los Alpes hasta el Rin. Carlos el Calvo recibió la parte occidental de lo que restaba del Sacro Imperio. Gracias a este reparto surgieron tres realidades socio-políticas desarrolladas como reinos independientes de las que Franquia Oriental y Franquia Occidental (germen del futuro Reino de Francia) subsistieron hasta el siglo X, a diferencia del territorio central que fue absorbido por los territorios occidental y oriental tras la defunción de los herederos de Lotario I.
El resurgimiento de los territorios en el Imperio tras los Staufen
Al morir Federico II en 1250, dio comienzo un período de incertidumbre, pues ninguna de las Dinastías susceptibles de aportar un candidato a la Corona se mostró capaz de hacerlo, y los principales duques electores apoyaron a diversos candidatos que competían entre sí. Este período se conoce como «Interregnum», que empezó en 1246 con la elección de Enrique Raspe por el partido angevino y la elección del Guillermo de Holanda por el partido gibelino; muerto este último en 1256, una embajada de Pisa ofreció la Corona de Rey de los Romanos a Alfonso X el Sabio, rey de Castilla, que por ser hijo de Beatriz de Suabia pertenecía a la familia Staufen. Sin embargo, su candidatura se enfrentó a la de Ricardo de Cornualles y no prosperó. El «Interregnum» terminó en 1273, cuando coronaron a Rodolfo I de Habsburgo. La decisiva derrota del Imperio (plasmada en la batalla de Legnano) había quedado plenamente de manifiesto ya en el reinado de Federico II y se había ratificado con el fin de los Staufen, las graves dificultades del interregno en Alemania, y la enfeudación del Reino de Sicilia en Carlos I de Anjou, haciendo realidad la potestad pontificia.
La frontera oriental de Alemania
Atraídos por los espectaculares acontecimientos del Imperio y de su controversia con el Papado, los libros de Historia dedican mucha menor atención, en general, a otros aspectos que tal vez sean más importantes desde el punto de vista estrictamente alemán, tales como la organización interna del país o, sobre todo, sus relaciones con los pueblos establecidos más al Este. Son estos pueblos los eslavos del Oeste (polacos y checos), los húngaros, los lituanos y otros pueblos situados en las riberas del mar Báltico, aunque en este campo Alemania compitió con la presencia de los escandinavos. Más al Este, el pueblo ruso, que afirmaba su propia personalidad en torno a Kiev —un antiguo asentamiento comercial vikingo— con fuertes influencias bizantinas. Ya Carlomagno llevó la frontera desde el Rin al Elba mediante la conquista y cristianización de Sajonia, y estableció relaciones con el reino eslavo de Moravia, antecesor de Bohemia. Los emperadores germánicos del siglo XI realizaron la primera conquista de los territorios comprendidos entre los ríos Elba y Oder, donde establecieron «marcas» o gobernaciones fronterizas, y sometieron a protectorado la comarca de Schleswig, en la frontera con Dinamarca. Al mismo tiempo, establecieron otras «marcas» en las cuencas de los ríos Danubio, Drave y Save para contener las incursiones de los pueblos eslavos del Sur y de los húngaros. Sobre aquellas «marcas» del Este, de Estiria, de Carintia y de Carniola surgiría, varios siglos después, el fundamento de la nación austriaca.
Más al este comenzaba el territorio poblado por polacos, checos, húngaros, croatas, etcétera. Estos pueblos tenían un origen y unas características muy diversas. Los croatas habían sido cristianizados en el siglo IX y, a través de complicados avatares políticos, mantuvieron diversos grados de autonomía en toda la Edad Media bajo el triple influjo bizantino, alemán e italiano, aunque también estuvieron relacionados con los búlgaros y húngaros, que los dominan militarmente en ocasiones, y, desde el siglo XIV, con los turcos otomanos. La constitución política de la extinta Yugoslavia, tan compleja, no era ajena a estos lejanos acontecimientos históricos.
Los húngaros, nómadas procedentes de las estepas euroasiáticas, comienzan un proceso de sedentarización, desde la segunda mitad del siglo X, en torno a la cuenca media del Danubio. Al mismo tiempo, comienza su cristianización y organización en forma de reino, que culminó con la conversión del rey Vajk (Esteban) en el año 996. Desde entonces, la asimilación de los modos de vida europeos, favorecida por la proximidad de las marcas austriacas y por la reanudación del tráfico danubiano, no dejó de aumentar.
Los checos constituyeron un poder político, Bohemia, con sede religiosa y nacional en Praga a lo largo de la segunda mitad del siglo X; sus relaciones con el Imperio fueron muy estrechas y Bohemia será un reino vasallo durante toda la Edad Media.
Los polacos establecieron su organización política más alejada del ámbito alemán y con mayor independencia; el paso de la estructura tribal a la de reino se realiza en el siglo X gracias al florecimiento urbano y a la cristianización, aprovechada por los reyes Mieszko I Boleslao I, que gobiernan sucesivamente entre el año 960 y el 1025; de todas formas, amplias zonas del país seguían mal organizadas y poco pobladas, y una región, Silesia, era causa de frecuentes conflictos con los checos.
Sobre este panorama oriental se proyecta la influencia del Sacro Imperio Germánico, primero cultural y religiosa, pero, desde comienzos del siglo XII, en forma de avance colonizador y político: la «marcha hacia el Este», iniciada en tiempos de Lotario de Supplinburg y que tiene su principal protagonista en el duque Enrique el León, sirvió para colonizar definitivamente los territorios entre el Elba y el Oder, actual frontera germano–polaca, y a trasladar colonos rurales a las poblaciones de Pomerania, Polonia, sobre todo en su costa báltica y en la de la antigua Prusia oriental, Silesia, Bohemia (origen de la minoría alemana de los «sudetes»), Moravia y Mecklemburgo.
Aquella expansión, favorecida por los señores eslavos, por las órdenes religiosas y militares, en especial la Orden de los Caballeros Teutónicos, mezcló profundamente los modos de vida eslavos y germanos, extendió el derecho alemán, en especial el urbano, y significó una enorme riqueza agraria, comercial y cultural para toda aquella área geográfica. Llegó a su término a fines del siglo XIII, cuando finaliza la gran expansión demográfica de la Europa altomedieval.


sábado, 18 de noviembre de 2017

La querella de las Investiduras

La llamada Querella de las Investiduras tiene su origen bajo el primer emperador germánico, Otón I, que, dentro de su política para imponerse a sus súbditos feudales, se atribuye a sí mismo el derecho a nombrar a los obispos del Imperio. Los papas no estuvieron de acuerdo con dicha prerrogativa imperial, sino que pretendían tener ellos la última palabra en los nombramientos episcopales. Ha de tenerse en cuenta que el nombramiento de obispos era diferente en cada diócesis, siendo lo más habitual que los mismos fueran nombrados por elección entre determinados grupos de la diócesis (con más razón si se tiene presente que después de 1078 se anulan los llamados «beneficios», por el que los laicos no podían nombrar cargos eclesiásticos, cuestión ya examinada en el Concilio de 1059). Este enfrentamiento prosiguió durante largo tiempo: el monje Hildebrando, por ejemplo, inicia un movimiento basado en la afirmación de que «la Iglesia debe ser purificada», intentando desligar a la Iglesia de los asuntos políticos. En el año 1073 Hildebrando fue elegido papa y tomó el nombre de Gregorio VII, iniciando la llamada Reforma gregoriana que, entre otras cosas, tenía como finalidad defender la independencia del Papado respecto de las autoridades temporales (dictatus papae). Esto hizo que la guerra de las investiduras llegara a su punto álgido. El emperador Enrique IV siguió nombrando obispos en ciudades imperiales, por lo que el papa le amenazó con la excomunión y el emperador, a su vez, declaró depuesto al papa Gregorio en el Sínodo de Worms. El papa excomulgó al emperador en un sínodo de obispos y sacerdotes que convocó en Roma en 1073.
La excomunión era un problema muy serio para el emperador, ya que el sistema feudal se basaba en que los feudatarios estaban ligados a su señor por el juramento de fidelidad, pero si su señor era excomulgado, los súbditos podían considerarse desligados del vínculo feudal y no reconocer a su señor. Por tanto el emperador tuvo que ceder e hizo penitencia en la nieve a las puertas de donde estaba el papa, en el castillo de Canossa, durante tres días hasta que éste le levantó la excomunión (1077). Sin embargo, el emperador se vio obligado, para recuperar el poder, a utilizar la violencia contra algunos de sus vasallos, lo que se consideró una violación de sus obligaciones feudales y dio lugar a una nueva excomunión. Recuérdese el contrato de vasallaje mediante el acto de homenaje, por el cual el señor se ligaba recíprocamente con el vasallo, otorgando el señor al vasallo un beneficio (cesión de feudos, tierras y trabajo) a cambio de que el vasallo preste al señor ayuda (militar) y consejo (político). Ante esto, el emperador marchó sobre Roma y declaró depuesto al Papa, poniendo en su lugar al antipapa Clemente III que coronó al emperador (1084). Gregorio VII (el mismo que participó en el Concilio de 1059 de Roma y fue elegido Papa en 1073) resistió un tiempo en el Castillo de Sant'Angelo hasta que fue rescatado por Roberto Guiscardo, el rey normando de Sicilia, muriendo en el exilio en este Reino. La solución aparente de este conflicto se produce en el Concordato de Worms, firmado el 23 de septiembre de 1122 entre el emperador Enrique V y el papa Calixto II. Mediante este Concordato el emperador se comprometía a respetar la elección de los obispos según el Derecho Canónico y la costumbre del lugar, restituir los bienes del Papado arrebatados durante la controversia y auxiliar al papa cuando fuera requerido para ello. El papa otorgaba al emperador, a su vez, el derecho a supervisar las elecciones episcopales dentro del territorio del Imperio con el fin de garantizar la limpieza del proceso.
El Imperio creado por Roma en torno al mar Mediterráneo impresionó siempre a muchos de los grandes estadistas de la Edad Media, incluidos los propios papas que se tenían por sucesores de los césares. El Imperio Romano había sido una institución política unitaria con vocación universal y, en cierto modo, sobrevivía en su mitad oriental, en torno a Constantinopla, bajo la dirección del basileus o emperador bizantino. Por otra parte, la Edad Media conoció una interpretación peculiar de los escritos de san Agustín sobre La ciudad de Dios —finales del siglo IV—. Esta interpretación interesada presentaba a la sociedad humana y temporal como anticipación de las dos ciudades espirituales, la del bien y la del mal: quien quisiera habitar en la ciudad de Dios debía aceptar también la pertenencia a la ciudad temporal organizada por sus representantes en este mundo organizada por sus representantes en este mundo, los jefes de la Cristiandad. Según el ejemplo de lo que ocurría en Bizancio y el recuerdo de Roma, se pensó, en un principio, que el gobierno de esta ciudad política de la Cristiandad había de corresponder a un príncipe laico. En el año 800, el monarca más poderoso de Occidente en aquellos momentos, Carlomagno, rey de los francos, fue coronado emperador por el papa y bajo su autoridad suprema quedaron tanto seglares como eclesiásticos, comenzando por el propio obispo de Roma. Pero aquel primer intento de reconstruir el Imperio de Occidente fracasó por varios motivos. Ante todo, ni Carlomagno ni sus sucesores comprendieron el papel que de ellos se esperaba como emperadores, porque el Imperio era una idea mantenida por pensadores que, en su mayoría, eran clérigos, mientras que ellos, por el contrario, seguían siendo reyes territoriales y jefes militares del pueblo franco, y consideraban que la Corona, el país y las funciones de mando podían ser divididas y enajenadas, como cualquier otra riqueza o patrimonio, entre sus herederos y seguidores.
Las realidades sociopolíticas de la época lo imponían y, en consecuencia, la dinastía de Carlomagno fomentó el auge de instituciones prefeudales que no eran compatibles con el mantenimiento de un Imperio unificado. En segundo lugar, los sucesores de Carlomagno no tuvieron su visión política ni su genio militar. Por último, sobre la Europa del siglo IX se desparramaron numerosas expediciones de vikingos procedentes de Jutlandia y Escandinavia, de nómadas húngaros originales de las estepas orientales y de corsarios berberiscos que infestaban el Mediterráneo. En aquellas condiciones, el Imperio de Carlomagno sucumbió, dividido en varios reinos desde el año 843 y, posteriormente, desde el 888: Francia, Alemania, Italia, Borgoña y Provenza, cuyos titulares no tenían más poder que el que les otorgaban los nuevos señores feudales. Los papas, que habían concebido la reconstrucción del Imperio de Occidente como forma de salvaguardar sus intereses de pastores espirituales de la Cristiandad y de consolidar un patrimonio territorial en torno a Roma, vieron impotentes cómo se diluía aquella aspiración en las turbulentas aguas del caos político y de la disgregación eclesiástica que inundaron Europa desde mediados del siglo IX hasta comienzos del XI. Pero el recuerdo del Imperio seguía en pie, así como el ideal de su restauración. A lo largo del siglo X, el Reino de Alemania logró una fuerza considerable, y los pontífices consideraron que la alianza con sus monarcas, unida a una relativa sumisión a ellos, les liberaría de las presiones políticas inmediatas a que vivían sometidos en Italia. Así se restauró el título imperial, aunque en condiciones distintas de las que había tenido en tiempos de Carlomagno. Pero antes de llegar a este punto es necesario conocer cuáles eran las respectivas situaciones alemana e italiana previas al resurgimiento del Imperio.
Aunque existe una cierta polémica en el plano de las interpretaciones, el año 962 se suele aceptar como el de la fundación del Sacro Imperio. En ese año, Otón I el Grande era coronado emperador, recuperando de manera efectiva una institución desaparecida desde el siglo V en la Europa Occidental —paradójicamente, a manos de los propios germanos—. Algunos remontan la recuperación de la institución imperial a Carlomagno y su coronación como emperador de los romanos en la Navidad del año 800. Sin embargo, los documentos que generó en vida su corte no dan un especial valor a dicho título y siguieron utilizando principalmente el de Rey de los Francos. Aun así, en el Reino de los francos se incluían los territorios de las actuales Francia y Alemania, siendo éste el origen de ambos países tras la desmembración del Imperio Carolingio por el Tratado de Verdún en 843. Muchos historiadores consideran que el establecimiento del Imperio fue un proceso paulatino, iniciado con la fragmentación del Reino franco en dicho tratado por el que se repartía el Reino de Carlomagno entre sus tres nietos. La parte oriental, y base del posterior Sacro Imperio, recayó en Luis el Germánico, cuyos descendientes reinarían hasta la muerte de Luis IV el Niño, y que sería su último rey Carolingio. Tras la muerte de Luis IV en 911, los líderes de Alemania, Baviera, Francia y Sajonia todavía eligieron como sucesor a un noble de estirpe franca, Conrado I. Pero una vez muerto, el Reichstag reunido en 919 en la ciudad de Fritzlar designó al conde de Sajonia, Enrique I el Pajarero (919–936). Con la elección de un sajón, se rompían los últimos lazos con el Reino de los francos occidentales (todavía gobernados por los carolingios) y en 921, Enrique I se intitulaba «Rex Francorum Orientalum».
Enrique nombró a su hijo Otón como sucesor, quien fue elegido rey en Aquisgrán en 936. Su posterior coronación como emperador Otón I (más tarde llamado El Grande) en 962 señala un paso importante, ya que desde entonces pasa a ser el Imperio —y no el otro Reino franco todavía existente, el Reino Franco de Occidente— quien recibiría la bendición del papa. No obstante, Otón consiguió la mayor parte de su autoridad y poder antes de su coronación como emperador, cuando en la batalla de Lechfeld (955) derrotó a los magiares, con lo que alejó el peligro que este pueblo representaba para los territorios orientales de su reino. Esta victoria fue capital para el reagrupamiento de la legitimidad jerárquica en una superestructura política, que estaba disgregándose a la manera feudal desde el siglo anterior. Por otra parte, los húngaros se asentaron y comenzaron a establecer lazos diplomáticos, convirtiéndose al cristianismo y organizándose en un reino con la bendición papal en el año 1000 tras la Coronación del rey Esteban I de Hungría, después canonizado. Desde el momento de su celebración, la Coronación de Otón fue conocida como la «translatio imperii», la transferencia del Imperio Romano a un nuevo Imperio. Los emperadores germanos se consideraban sucesores directos de sus homólogos romanos, motivo por el que se autodenominaron «augustos». Sin embargo, no utilizaron el apelativo de «emperadores de los romanos», probablemente para no entrar en conflicto con los soberanos de Constantinopla, que aún ostentaban dicho título. El término «Imperator Romanorum» solo llegaría a ser de uso común más tarde, bajo el reinado de Conrado II el Sálico (1024 a 1039). Por esas fechas, el reino oriental no era tanto un reino «alemán», como una confederación de las antiguas tribus germánicas de los bávaros, alamanes, francos y sajones. El Imperio como unión política probablemente solo sobrevivió debido a la determinación del rey Enrique y su hijo Otón, quienes a pesar de ser oficialmente elegidos por los jefes de las tribus germánicas, de hecho tenían la capacidad de designar a sus sucesores.
Esta situación cambió tras la muerte de Enrique II el Santo en 1024 sin haber dejado descendencia. Conrado II, iniciador de la dinastía salia, fue elegido rey entonces solo tras sucesivos debates. Cómo se realizó la elección del rey, parece una complicada combinación de influencia personal, rencillas tribales, herencia y aclamación por parte de aquellos líderes que eventualmente formaban parte del Colegio de príncipes electores. En esta etapa, se empieza a hacer evidente el dualismo entre los territorios correspondientes a los de las tribus asentadas en los países francos, y el rey–emperador. Cada rey prefería pasar la mayor parte del tiempo en sus territorios de origen. Los sajones, por ejemplo, pasaban la mayor parte del tiempo en los palacios alrededor de las montañas del Harz, sobre todo en Goslar. Estas prácticas solamente cambiaron bajo Otón III (rey en 983, emperador en 996–1002), que empezó a utilizar los obispados de todo el Imperio como sedes del gobierno temporal. Además, sus sucesores, Enrique II el Santo, Conrado II y Enrique III el Negro, ejercieron un mayor control sobre los duques de los distintos territorios. No es casualidad, por tanto, que en este período cambiase la terminología, apareciendo las primeras menciones como «Regnum Teutonicum». El funcionamiento del Imperio casi quedó colapsado debido a la Querella de las Investiduras, por la que el papa Gregorio VII promulgó la excomunión del rey Enrique IV (rey en 1056, emperador en 1084–1106). Aunque el edicto se retiró en 1077, tras el paseo de Canossa, la excomunión tuvo consecuencias de gran alcance. En el intervalo, los duques alemanes eligieron un segundo rey, Rodolfo de Rheinfeld, también conocido como Rodolfo de Suabia, a quien Enrique IV solo pudo derrocar en 1080, después de tres años de guerra. El halo de misticismo de la institución imperial quedó irremediablemente dañado: el rey alemán había sido humillado y, lo que era más importante, la Iglesia se estaba convirtiendo en un actor independiente dentro del sistema político del Imperio.
La situación en Italia
Por la época en la que Otón I era coronado emperador (962), Italia vivía una situación muy confusa. En Roma residía el papa, al que correspondía la tarea de coronar al emperador. Después de la crisis definitiva del Imperio Carolingio en torno al año 888, el país se disgrega en numerosos poderes señoriales originados a partir de la antigua dinastía o en el más remoto poder de los lombardos. De entre ellos surgen los nuevos reyezuelos que rivalizan entre ellos para hacerse con más territorios y títulos. Los reyes de Italia y los de Arlés —unión de las regiones de Borgoña y Provenza— no resistieron la tentación de exigir a los pontífices, obligándolos incluso, el título imperial, mientras húngaros y sarracenos arruinaban amplias zonas del país. Y así se sucedieron fugaces e irrelevantes emperadores, de poder casi nulo, hasta que terminó la serie en el año 924 con Berenguer de Friul. Mientras tanto, la situación del Pontificado llegaba al extremo más denigrante: antaño los papas habían de contar con la sujeción a un poder fuerte, pero, a la vez, respetuoso; ahora estaban sujetos al capricho de tiranos que dominaban Roma efímeramente y trataban a la antigua capital imperial con un menosprecio sin parangón, como lo demuestra la condición moral de algunos de los pontífices que impusieron en la Cátedra de San Pedro. Por su parte, Otón I había logrado consolidar su poder en Alemania gracias a la alianza con los grandes dignatarios eclesiásticos. La aristocracia laica no era tan dúctil, pues, a pesar de dominar el rey directamente los ducados de Sajonia y Franconia y de contar con parientes próximos a los de Lorena, Suabia y Baviera, hubo de vencer varias sublevaciones. Otón exigía a los obispos y abades prestaciones militares y políticas que se añadían a sus funciones religiosas; a cambio, les dotaba con tierras y poderes que los convertían en poderosos señores. El rey, al controlar su elección, ganaba colaboradores para su política, al tiempo que disponía indirectamente de grandes recursos. Pero aquel dominio absoluto de un poder temporal y político sobre otro cuya esencia era religiosa habría de ser el principal punto contra el que se revolverían, dos siglos más tarde, los promotores de la Reforma y purificación eclesiásticas. Por el momento, sin embargo, a nadie parecía mal ni extrañaba el sistema, y los clérigos que añoraban la restauración de la dignidad y del orden imperiales veían en Otón la figura adecuada para ceñir la antigua corona de Carlomagno. El rey de Alemania también acariciaba el proyecto: en el año 951, y en el transcurso de una campaña militar en la Península, logró para sí el título de rey de Italia. Regresó de nuevo en 962 y obtuvo sin grandes dificultades la Coronación imperial de manos del papa Juan XII. Los argumentos que se adujeron para ello fueron tanto la fuerza militar de Otón como su carácter de gobernante sobre pueblos muy diversos, lo que le situaba por encima de los demás reyes y le hacía el más indicado para recibir el título de emperador y ejercer las funciones de protector de la Iglesia. Para Otón, aquel acto era una simple restauración del Imperio Carolingio, porque el recuerdo de Carlomagno —un rey germánico a fin de cuentas— seguía estando muy presente, y suponía una unidad de criterios entre Iglesia e Imperio, en la que habría de predominar la voluntad de éste, incluso sobre la del papa.
Juan XII y muchos poderes territoriales y locales romanos e italianos pensaron, por el contrario, que podían manejar a Otón y oponerse a sus designios por medio de las mismas intrigas utilizadas entre sí a lo largo de los ochenta años anteriores. Nada más falso. Los conatos de rebeldía fueron duramente castigados en los años siguientes y el emperador impuso la elección de papas fieles a su causa. Sin embargo, la insumisión crónica italiana ante el predominio germánico iba a ser una realidad de largo alcance y duración: Otón había cedido a la tentación, tan alemana, de descender hacia el Sur en busca del refrendo definitivo para su poder, forjado en el Norte; pero aquel hecho llevaba implícito el reconocimiento de cierta autoridad pontificia y, por otra parte, ni el papa ni los señores y ciudades italianas aceptaban con comodidad el poderío del rey alemán, evidente, desde luego, en cuanto traspasaba los puertos alpinos con su formidable ejército. Por entonces se volvió a airear la llamada Donatio Constantini («Donación de Constantino») un documento falso, redactado en Roma hacia el año 750, según el cual el emperador Constantino había cedido al Papa la mitad occidental del Imperio Romano; ni Otón ni sus sucesores concedieron la menor validez al manuscrito, por descontado, pero no dejaban de manifestarse por eso en él ciertas reivindicaciones y aspiraciones intranquilizadoras.
Según la tradición cristiana se presenta a Constantino como un devoto converso al cristianismo y le atribuye el mérito, precisamente, de «cristianizar el Imperio» y hacer del cristianismo la religión oficial de Estado. Esto fue así exactamente, como ya hemos visto en capítulos anteriores. Pero en virtud del documento conocido como «Donación de Constantino», los papas intentaron arrobarse ciertos poderes seculares. Basándose en este documento —falso o no—, la Iglesia de Roma defendió durante siglos su prerrogativa de nombrar reyes y emperadores, así como de erigirse en autoridad temporal infalible. Italia sería el punto conflictivo de aquel nuevo Imperio Romano Germánico, cuya extensión territorial era mucho más reducida que la del Carolingio, ya que escapaban a su dominio la antigua Francia Occidental, como, por el momento, el de Arlés y también amplios territorios del sur de Italia que Otón II (973–983), hijo y heredero del anterior, se esforzó en vano por conquistar a los bizantinos y musulmanes. Además, los emperadores solo podrían contar para sus proyectos con una parte de la potencia alemana, tanto por la autonomía de los grandes nobles como por el hecho de tener que atender a otras tareas, en especial la colonización, evangelización y expansión política en las tierras del Este ocupadas por pueblos eslavos (checos, polacos) o baltos, y en las riberas del mar Báltico, donde los escandinavos seguían su propia política. Bajo Otón III, nieto del restaurador, la idea y las realidades del Imperio toman un sesgo nuevo y original en los últimos años del siglo X, porque fue acaso el emperador que tuvo una idea más amplia del mismo. Otón III imaginó la posibilidad de un Imperio cristiano, romano y universal, en el que se incluiría también Bizancio, formado por una federación de reinos y poderes, con su centro en Roma, donde él mismo, y el papa bajo su protección y mando, dirigirían aquella impresionante construcción política. Los consejeros de Otón fueron grandes hombres de iglesia: un ermitaño, san Nilo; un obispo, Adalberto de Praga; un clérigo intelectual, Gerberto de Aurillac, al que él haría Papa con el nombre de Silvestre II. No hay que olvidar, sin embargo, el influjo que ejercieron sobre el emperador los pensadores y cortesanos procedentes de Bizancio.
Para realizar el proyecto hubo que apaciguar nuevamente revueltas en Italia, y Otón se instaló en Roma, renunciando, al menos en teoría, a la fuerza que procedía de su condición de rey alemán, al tomar el nuevo título de «Siervo de los Apóstoles y emperador Augusto del Orbe Romano». Polonia, Bohemia y Hungría fueron asociadas al Imperio como monarquías autónomas. Pero el intentó de Otón III fracasó: organizado sobre un pensamiento excesivamente simbólico e idealista, no tuvo en cuenta la realidad política del momento, en especial el hecho evidente de que la fuerza, poca o mucha, del emperador radicaba en su condición de rey de Alemania. Desde el año 999 se produjeron nuevas alteraciones en Italia y tres años más tarde moría el emperador en el transcurso de las mismas, sin haber propuesto siquiera sucesor. Con el fallecimiento de Otón III terminó, tal vez, el proyecto más grandioso de Imperio medieval y la misma existencia del Imperio Romano Germánico entró en un ciclo distinto. Los grandes nobles alemanes escogieron para sucederle en la Corona del país a su primo Enrique de Baviera y, a la muerte de éste, en el año 1024, al duque de Franconia, Conrado. La política de ambos reyes, muy diferentes en su condición personal, sigue parecidos derroteros. Ante todo, control sobre la organización eclesiástica alemana, a la que utilizan como colaboradora de su gobierno; en tiempos del piadoso Enrique II, esta intervención se traducía en notables esfuerzos para la Reforma y mejora moral del clero, pero en los de Conrado, cuyo ánimo era excesivamente castrense, la Iglesia germana conoció los sinsabores que podía producir la sujeción total a un poder laico.
En segundo término, los reyes alemanes intentan aumentar su poder a costa del de los grandes nobles que lo han elegido, intento siempre fracasado, porque para lograrlo habían de apoyarse en otras fuerzas todavía más particularistas; bien lo comprobó Conrado, que buscó la alianza con la baja nobleza y, sin desearlo, favoreció así más que ningún otro rey alemán la parcelación feudal del país. En tercer lugar, el rey de Alemania recibe también la Corona de Italia desde tiempos de Otón I y, a partir del año 1032, la de Arlés (Borgoña y Provenza), cuya sucesión había recaído sobre Conrado. La posesión de estas tres coronas es la base territorial y política a partir de la cual todo rey alemán aspira a recibir el título imperial del papa. Ningún otro monarca europeo habría podido disputárselo y, aunque nada añadía a su poder, tanto Enrique como Conrado viajaron a Roma para recibirlo. También lo harían sus sucesores, porque ya no se modificó la situación: tres coronas reunidas por los reyes alemanes, que son candidatos únicos y cualificados para recibir el título imperial de manos del papa y dar vida a la idea de un Imperio cuya autoridad se pretende que sea universal, aunque, de hecho, se reduzca al ámbito «Romano Germánico», y aun con dificultades.
En efecto, Italia conservaba su actitud insumisa. Los dos emperadores que sucedieron a Otón III apenas se ocuparon del país, en el que la fragmentación feudal llegó a grandes extremos. Por otra parte, el renacimiento de algunas ciudades italianas, en especial Milán, añadía un elemento nuevo de complicación política, porque la Península conservaba, desde los tiempos del Imperio Romano, una tradición urbana muy superior a la de otros territorios europeos. En torno a Roma, los papas, dueños teóricos de un patrimonio territorial que los emperadores les habían reconocido y otorgado desde tiempos de Carlomagno, pagaban el alejamiento con una sumisión todavía más dura a las intrigas y querellas de la aristocracia romana. En el sur de la Península, el dominio político bizantino se tambaleaba, sustituido por la anarquía más completa, en tanto que Sicilia continuaba bajo el poder de los sarracenos; la conquista por los normandos de estas tierras del Sur y la fundación por ellos de un «Reino de las Dos Sicilias», en torno al año 1060, vendría a completar el difícil tablero político italiano. Los reyes de Alemania que intenten en el futuro reducirlo a la obediencia, en su condición de reyes de Italia, y con el deseo de dar mayor auge al Imperio que gobiernan, tropezarán con conflictos crecientes. El primero de ellos fue Enrique III (1039–1056), hijo de Conrado, que lo había asociado en vida al trono. En su tiempo, la política de control del estamento eclesiástico y de sujeción de los nobles alcanza buenos resultados, así como las acciones bélicas y diplomáticas emprendidas en relación con Polonia, Bohemia y Hungría. Todo ello proporcionó a Enrique III poder y prestigio. Una vez bien asentado en el trono alemán, viajó a Italia en el año 1046 para recibir la Corona imperial y afirmar su autoridad en el país.
En Roma la situación había llegado al extremo de existir a la vez tres pontífices que se disputaban la legitimidad. Enrique III actuó según los modos acostumbrados en Alemania: hizo que se reuniera un sínodo eclesiástico en Sutri, al norte de Roma, y en él impuso la destitución de los tres papas y el nombramiento de otro nuevo, que lo fue un obispo de su séquito bajo el nombre de Clemente II. A continuación, en la Navidad de 1046, el nuevo Papa coronó emperador a Enrique y ambos dirigieron otro sínodo en el que se trató sobre todo de la Reforma moral del clero. En los años siguientes, el emperador designó nuevos pontífices a medida que fallecían los anteriores. Su obra, al igual que ocurría en Alemania, fue beneficiosa para la Iglesia, al liberar a los eclesiásticos de la servidumbre con respecto a poderes locales laicos y patrocinar un movimiento de mejora general en su condición.
Fueron los emperadores quienes primero procuraron combatir lacras tales como el lucrativo tráfico de influencias y la venta de cargos eclesiásticos (simonía) o la simple investidura de un cargo eclesiástico a través de una autoridad seglar, aunque no hubiese afán de lucro de por medio, y también la vida marital de los clérigos (nicolaísmo), que llevaba a veces a la formación de auténticas Dinastías sacerdotales en determinados cargos. Conviene decir que la adquisición irregular de una prebenda eclesiástica y los ataques al celibato sacerdotal habían sido repetidamente condenados en diversos sínodos. La expansión de ambos males en los siglos IX al XI se debe tanto a la ignorancia y escasa preparación de los clérigos de la época, como a la influencia de los principios jurídicos feudales; el nicolaísmo obedecía más bien a la primera razón, la simonía a la segunda, pues venía a ser la aplicación a la estructura eclesiástica de criterios propios del vasallaje. Por este motivo a pocos extrañaron tales prácticas mientras no se extendió por Europa un movimiento de Reforma y mejora de la espiritualidad colectiva, cuyas primeras manifestaciones hay que buscarlas en el monasterio benedictino de Cluny, fundado en el año 910, y mientras los eclesiásticos más inteligentes no se dieron cuenta de que, para dignificar la situación de la Iglesia, era imprescindible liberar a los sacerdotes de las redes feudales en que estaban envueltos. El último de los papas nombrados por Enrique III, León IX, en el año 1048, inicia la lista de los grandes pontífices reformadores. La muerte del emperador algunos años después abre una crisis sucesoria muy grave en Alemania. Y, mientras aquello ocurría, los papas toman la decisión trascendental de proseguir la Reforma eclesiástica bajo su propia autoridad, comenzando por liberarse ellos mismos de la tutela imperial. A tal efecto, el papa Nicolás II, en el año 1059, ordenó que la elección de pontífice fuese reservada a los canónigos de la Iglesia de Roma, es decir, a los cardenales, lo mismo que había sido dispuesto para las demás sedes episcopales europeas; toda intervención laica quedaba prohibida, y el emperador mismo sería solamente informado de la elección, sin poder ir contra ella. Así ocurría que, en la primera fase de la Reforma, se había pretendido liberar a los sacerdotes de la sujeción a los poderes feudales, y los emperadores habían prestado su apoyo, sustituyendo la arbitrariedad de los pequeños señores por su propia autoridad, mucho más consciente. Pero, desde el punto de vista eclesiástico, aquello remediaba algunos aspectos bochornosos del problema, no la raíz del mismo, constituida por la sujeción del clero y de las cuestiones eclesiásticas y religiosas al poder seglar y a sus designios políticos. Un sacerdocio auténticamente dignificado acabaría por rechazar la tutela imperial y, en efecto, era la plena independencia por lo que Nicolás II reclamaba para la sede pontificia. El paso siguiente sería reivindicarla también para la organización eclesiástica de toda Europa. Pero aquello derrumbaba el principal fundamento del poder imperial, especialmente en Alemania, que consistía en el control de un alto clero fiel y colaborador, y llevaba incluso a la discusión de los mismos fundamentos sobre los que se asentaba la idea y la realización del Imperio. Al oponerse los emperadores a los pontífices, éstos no vacilarán en emplear dos armas sumamente eficaces: una de orden práctico, la vieja oposición italiana al dominio del rey alemán; otra doctrinal, al subvertir los fundamentos de la idea imperial y pretender que la autoridad suprema, incluso en el plano político, residía en ellos, no en los emperadores. Los sucesores de Nicolás II, surgidos del equipo de colaboradores que le rodeaba, continuarán la empresa: Alejandro II y, sobre todo, Gregorio VII, personalidad violenta y apasionada por sus propias razones, tal vez el hombre que más convenía dadas las circunstancias y que protagonizaría los primeros choques entre la sede pontificia y el emperador.

Los vikingos asolaron las costas de Europa entre los ss. IX-XI

lunes, 8 de mayo de 2017

El Sacro Imperio Romano Germánico de Carlomagno

La idea de dominio universal desarrollada en la Alta Edad Media estaba inspirada en el recuerdo del antiguo Imperio Romano, y este propósito implicaba el reconocimiento de una autoridad suprema, lo que generó una prolongada pugna política y espiritual entre el Sacro Imperio Romano Germánico y la Iglesia Católica, que erigían como máximos líderes de Occidente al emperador y al papa, respectivamente. La idea de dominio universal marcó una época, durante gran parte del Medievo, dividiendo a la sociedad en dos bandos: güelfos y gibelinos. Los primeros apoyaron a la Iglesia, mientras los segundos hicieron lo propio con el Imperio. Tras la Querella de las Investiduras, en los siglos XII y XIII tuvieron preponderancia pontífices como Inocencio III y Gregorio IX, pero existía una mutua interdependencia entre Iglesia e Imperio. Posteriormente, en el siglo XIV, el desarrollo de los nacientes estados y reinos —Francia, sobre todo—, pusieron en serios aprietos a la Iglesia.
En el siglo XV el Papado obtenía gran prestigio y la Iglesia seguía siendo la rectora de la vida intelectual, aunque la idea del Dominium Mundi no volvió a aparecer en su esencia original, a pesar de que ambos poderes universales subsistieron. Desde el siglo XVI en adelante, los monarcas pasaron a ser dueños, no solo de la propiedad, sino incluso de la vida de sus súbditos. Se iniciaba la época absolutista, y ello implicaba también el «absolutismo teológico», por lo que el poder papal quedaba muy por debajo del poder imperial.
Desde el siglo XVIII el poder de los monarcas declinó, y fue trasladado paulatinamente a los «pueblos» a través de las democracias, pero la Iglesia ya no sería la rectora de la vida intelectual y moral como lo fuera en el siglo XV. Desde el punto de vista teológico, será san Agustín de Hipona (354–430) el que con su De Civitate Dei contribuirá a establecer la superioridad y autonomía de la Iglesia (civitas cælestis) frente al Estado (civitas terrena) en razón de su fin superior. El papa Dámaso I (†384) dio el apelativo de «Sede Apostólica» a la Iglesia romana, y su sucesor Siricio (†389) promulgó la primera decretal —epístola papal en respuesta a una consulta, que adquiere carácter normativo— dirigida al obispo Himerio de Tarragona (2 de febrero de 385) usando un lenguaje no únicamente pastoral, sino de orden legislativo al estilo de los edictos imperiales.
El pontificado de san León I Magno (440–451) mostraba cómo el papa es el heredero y Vicarius Petri y le compete la sollicitudo sobre todas las Iglesias cristianas. Al mismo tiempo, se fue fraguando el debilitamiento del Imperio Romano con la multiplicación de reinos fraccionados y el predominio de los francos con el ascenso al trono de Clodoveo (481–507) se hacía con la aprobación del papa. En este contexto el papa Gelasio dirigió una carta al emperador Anastasio I (†518) donde formulaba la doctrina de las «dos espadas» y la superioridad de la potestad espiritual. Posteriormente el papa Gregorio I el Magno (†604), a través de su enorme tarea espiritual y secular, fue quizá quien más contribuyó a demostrar que el Papado podía ejercer funciones de gobierno temporal. Además, el extinto Imperio Romano parecía tener continuidad a través del Reino franco. En el año 800 Carlomagno es coronado emperador, lo que daría origen al Sacro Imperio Romano. Así los dos poderes, el espiritual y el temporal, serían ejercidos por el papa y el emperador. Carlomagno (768–814) no tardó mucho tiempo en considerar que podía intervenir en los asuntos disciplinares eclesiásticos, como en la vida del clero y en las reformas monásticas, al igual que en las doctrinales como la del adopcionismo y la Reforma del credo. Su idea era que el papa estuviera relegado al servicio litúrgico, y así se lo hizo saber el emperador al papa León III (†816), mediante una carta. Desde entonces, el equilibrio de estos dos poderes resultó muy difícil.
Pontificado contra Imperio
Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio entre 1152 y 1190, fue la máxima figura del imperialismo en la primera etapa de la querella por el Dominium Mundi. Dada la influencia que ejercían los obispos sobre la gente de sus diócesis, los reyes pretendían tenerlos como «aliados», pero desde su punto de vista político. Tener la posibilidad de elegirlos y entregarles el cargo, es decir «investirlos», prácticamente aseguraría su fidelidad. Así, Otón I (962–973) fue el primer emperador germánico que, dentro de su política para imponerse a sus súbditos feudales, se atribuye el derecho a nombrar («investir») a los obispos del Imperio, y los nombramientos recaían sobre individuos, muchas veces, indignos. Los papas no estuvieron nunca de acuerdo con la existencia de dicho derecho Imperial, y esto dio origen a la llamada Querella de las Investiduras. Este sería el primer enfrentamiento abierto entre el Papado y el Imperio. El emperador utilizará todos los apelativos que suenen a descendiente de los emperadores romanos, se denominará augusto, Rey de los Romanos, y, además asumirá un carácter sagrado; proclamándose «Hijo adoptivo de Dios», del que recibe directamente el poder. Pero seguía siendo coronado por el papa, aunque el emperador se considera el legítimo sucesor de San Pedro. Es lo que se conoce como cesaropapismo.
El cesaropapismo alcanza su culmen con Enrique III (1039–1056). Este monarca era un verdadero dispensador de cargos eclesiásticos y obligó al papa Gregorio VI a convocar el Concilio de Pavía y el Sínodo de Sutri, en 1046. Tras la muerte de Enrique III surge un movimiento tendente a liberar al Papado del sometimiento al Imperio. En todo el mundo cristiano comienza a reivindicarse la libertad de la Iglesia, principalmente para nombrar a sus funcionarios. Tratarán de dignificar la vida moral de los clérigos, condenando la simonía, el nicolaísmo, e imponiendo el celibato. Con estas medidas se pretenderá fortalecer la autoridad papal en contra de la voracidad de los príncipes imperiales. El nicolaísmo se refiere en la Iglesia católica al matrimonio o amancebamiento de clérigos. Esta práctica fue prohibida por el papa Nicolás II —de ahí el término nicolaísmo— en un sínodo celebrado en Letrán en 1059, en el que además de ordenar la excomunión de los sacerdotes casados que no repudiasen a sus esposas, prohibía a los laicos participar en misas celebradas por ellos.
Frente a la codicia de los príncipes europeos, la Iglesia se apresuró a generar un poder centralizado y dinámico. Así, en la segunda mitad del siglo XI —con el auge de las ideas escolásticas— quedará afirmado el concepto de que el poder de la Iglesia es superior a cualquier potestad terrenal. Desde la época del papa san Gregorio VII (siglo XI) hasta la del papa Bonifacio VIII (siglo XIII), el Papado lucharía tenazmente contra el Imperio, no solo para evitar su absorción sino para lograr la supremacía pontificia. El cesaropapismo, inaugurado por la práctica política de Carlomagno, tendrá que ceder definitivamente ante el peso de la hierocracia, que tiene en San Gregorio VII (1073–85), en los canonistas del siglo XII y en los decretalistas del XIII, o en Bonifacio VIII (1294–1303) a los teóricos de las máximas formulaciones del poder universal de los sucesores de Pedro.
Las ideas de Teocracia estaban madurando desde hacía mucho tiempo, pero fueron los decretos de 1075 (Dictatus Papæ) los que independizaron a la Iglesia poniendo en ella las bases de una verdadera autoridad monárquica. De inmediato se incrementó la controversia entre los weiblingen (defensores de la supremacía imperial) y los welfen, partidarios de la supremacía de los papas. Trasplantados a Italia, serían los gibelinos y güelfos, que lucharían durante siglos. La lucha hará que la idea de Teocracia se lleve a un extremo hasta derivar en Hierocracia: idea según la cual el papa se encuentra por encima de los monarcas, lo que lo habilitaba para actuar directamente sobre el gobierno temporal.
En la época del reinado de Federico I Barbarroja (1152–1190), la idea imperial llegó a su madurez. Se resalta su continuidad en Europa desde la época romana, a través del eslabón carolingio. De hecho, Federico I se refería a Carlomagno como modelo de emperador y lo hará canonizar en 1165 sin los debidos requisitos. Se utilizan también a favor de las ideas imperiales las tesis sobre la soberanía pública que contiene el Derecho romano, redescubierto por los juristas y políticos europeos en el siglo XII. De ellas se deducía la unicidad y el carácter universal del Imperio, considerado como «un proyecto de dominio universal» que simboliza toda la época.
Dadas estas premisas, se pensaba en la corte de Federico I que el Imperio, establecido directamente por la voluntad divina como forma de organización política de la humanidad, era sagrado. La expresión Sacrum Imperium aparece por primera vez, en efecto, en un documento del año 1157. Enrique VI trató de llevar a la práctica el Dominium Mundi mediante la asociación de vasallaje de otros reinos al Imperio, mas, debido a su inesperada muerte, su gran proyecto acabó abruptamente, dejando como heredero a un niño de tres años. En un plano distinto, no se puede olvidar que al siglo XII le correspondió ver el inicio de la revitalización del poder monárquico por sobre el de los señores feudales, luego de varios siglos de profundo decaimiento de la autoridad real.
El Imperio no se mantuvo al margen de esta evolución, recobrando fuertemente su prestigio, sin embargo la manejó mal, por lo que vendrían importantes consecuencias para el futuro político de los territorios de Alemania e Italia. La reconstrucción de las monarquías iba también en contra del proyectado Dominium Mundi. Por esto, tanto Federico I como su hijo y sucesor, Enrique VI, intentaron conciliar ambos sucesos imaginando un Imperio temporal universal, a cuyo frente se ubicaría un emperador con autoridad suprema, superior al poder de los reyes diversos, llamados «régulos» o «reyes locales». Esta autoridad suprema parecía necesaria, pues se pensaba que el poder imperial —manteniendo sometido al papa— era la forma de mantener unida a la Cristiandad en espera del fin de los tiempos. Sin tener en cuenta este elemento escatológico y mesiánico, no se puede entender correctamente lo que el Imperio significaba para los hombres de la época, en especial para el emperador Federico I Barbarroja.
La visión de la Iglesia
Graciano, maestro boloñés de teología, escribió hacia 1140 su Concordancia de las Discordancias de los Cánones, llamada corrientemente Decreto. Esta obra provocó en los decenios siguientes un auge de las consultas jurídicas formuladas a los pontífices, cuyas respuestas serían conocidas como decretales. Los fundamentos de la visión eclesiástica pueden resumirse en las siguientes fuentes:
Según el papa Alejandro III, la unicidad de la creación implica también la unicidad de la autoridad suprema sobre todas las criaturas. Ésta debía corresponderle al papa por la propia superioridad de su poder espiritual y porque la salvación eterna, que éste promovía, era el fin social primero.
Según el Summa Coloniensis (texto de 1170), el papa es el verdadero emperador, siendo el emperador efectivo vicario suyo (papa verus imperator est, et imperator vicarius eius).
Según Geroh de Reichersberg y los grandes canonistas como Graciano y Huguccio, el poder temporal laico poseía funcionamiento autónomo, tanto para escoger a los que lo ejercían por medio de la elección o la herencia, como para desarrollar sus propios medios administrativos sin interferencias. El papa conservaba, sin embargo, una autoridad suprema, pero solo podía ejercerla para sancionar o refrendar los actos políticos, no para modificarlos ni actuar directamente, salvo por motivos morales o religiosos (ratione peccati: «por razón de pecado») o cuando fuera preciso dirimir una cuestión para la que ningún otro poder del mundo estuviese autorizado.
En los siglos XII y XIII el redescubrimiento del antiguo Derecho romano y la ordenación del Derecho canónico o eclesiástico iniciaron una época nueva para el ordenamiento jurídico de Occidente. Este hecho influyó profundamente en el acontecer político de la época, y muy especialmente en el curso de la pugna por el Dominium Mundi entre el Imperio y el pontificado. El Derecho romano que conocerá la Europa medieval es exclusivamente la recopilación realizada por el emperador Justiniano en el siglo VI, que consta de varias partes bien diferenciadas: El Código de Justiniano, que reúne todas las constituciones dadas por los emperadores desde la época de Adriano. Además, el de mayor influencia en el nuevo descubrimiento medieval fue el Digesto. La obra de Justiniano que, desde el siglo XVI, se conocerá con el nombre de Corpus Iuris Civilis, pero su difusión era escasísima y a través de compendios que la deformaban. En los siglos XII y XIII, por el contrario, y en Bolonia, una ciudad de la Romaña, (Italia), se produjo un renacimiento de los estudios romanistas que influiría sobre toda Europa. No fue escaso, en esta difusión, el papel de los emperadores germánicos, que actuaban movidos por su interés político tanto como por su supuesta condición de legítimos sucesores y herederos del antiguo Imperio Romano.
Los maestros de esta famosísima Escuela de Bolonia actuaron según un método de estudio muy medieval, el de la glosa o comentario del contenido y significado de los textos justinianeos. No se trata de comentarios críticos, sino más bien analíticos. Los profesores boloñeses aceptan el derecho justinianeo como algo superior e incluso supremo; se limitan a comentarlo, sin demasiado bagaje crítico, pues para ello les habrían sido necesarios unos conocimientos filológicos (dominio del griego y estudio de los textos originales) e históricos de los que carecían. Pero de su comentario se deducen consecuencias fundamentales para Occidente, mediante la creación de una casuística riquísima que cubría un campo de hipótesis jurídicas muy superiores y mucho más amplio que el conocido hasta entonces. La fundación de la escuela de maestros boloñeses se debe a Irnerio, a comienzos del siglo XII. Discípulos suyos fueron Hugo, Búlgaro, Jacobo y Martín, llamados «los cuatro doctores» por su sabiduría e influencia. Todos ellos fueron gibelinos —apoyaron la idea del Imperio por encima del pontificado— y partidarios de Federico I, del que son contemporáneos.
El papa Alejandro III fue uno de los principales glosadores del Decreto de Graciano y las decretales pontificias, jugando un papel decisivo en la contienda contra el Imperio. Por la misma época, aproximadamente, se produce una sistematización del derecho eclesiástico que va a dar origen al llamado Derecho canónico en toda su plenitud. Romanistas y canonistas son colegas de oficio y de mentalidad, como fruto de una misma época, aunque los segundos defiendan los derechos pontificios por la misma materia que trataban. El primer compilador sistemático de los cánones de concilios universales anteriores fue Graciano, maestro boloñés de teología, escribió hacia 1140 su Concordancia de las Discordancias de los Cánones, llamada corrientemente Decreto. La obra de Graciano no tuvo carácter oficial, pero alcanzó gran prestigio y provocó en los decenios siguientes un auge de las consultas jurídicas formuladas a los pontífices, algo lógico en una época de insuficiente organización del poder civil como era aquélla. Éstos contestaban por medio de litteras decretales, cuya recopilación se hizo necesaria, al cabo, como única forma de utilizar y conservar la riqueza jurisprudencial que contenían, ya que no solo afectaban a materias eclesiásticas, sino también seglares y civiles.
La primera compilación se debe a Ramón de Peñafort, un dominico catalán, y lleva el nombre de Decretales de Gregorio IX; reúne las decretales aparecidas entre 1154 y 1234 y se divide en cinco libros, por lo que la siguiente recopilación, que abarca hasta 1298, se conocerá con el nombre de Liber Sextus. En el siglo XIV se realizarán nuevas compilaciones, las Clementinas, las Extravagantes de Juan XXII y las Communes. Desde el siglo XVI, todo este Derecho canónico en sus compendios reconocidos oficialmente llevará el nombre de Corpus Iuris Canonici.
Decreto de Graciano y decretales pontificias fueron comentadas por el mismo procedimiento de la glosa que se aplicaba al Derecho romano. Y algunos de los principales glosadores jugaron un papel decisivo en la querella contra el Imperio: Rolando Bandinelli, papa Alejandro III, y Sinibaldo Fieschi, papa Inocencio IV. La síntesis de glosas corre a cargo, sobre todo, de Bartolomé de Brescia, en el siglo XII, y también de Juan el Teutónico, en el XIII, de Huguccio de Pisa y de Enrique de Susa.
En varias ocasiones las ciudades lombardas, encabezadas por Milán, se sublevaron contra la autoridad imperial, acercándose al pontificado. A su regreso de Italia, luego de haber ido en ayuda del pontífice Eugenio III, Federico I convocó una dieta en Besançon (1157), con objeto de reformar el estatuto político de su Reino en Arlés. En aquella dieta se produjeron las primeras diferencias entre los altos funcionarios del emperador, en especial el canciller Reinaldo de Dassel, y el legado pontificio, y futuro papa, Rolando Bandinelli. La disputa entre teócratas e imperiales se reaviva, siendo el pretexto la interpretación de un documento papal en el que se aludía a los «beneficios» que el pontífice otorgaba al emperador.
La palabra «beneficio» tenía entonces un significado muy específico, pues eran los vasallos quienes, supuestamente, recibían beneficios o feudos de sus señores. Así lo entendió Reinaldo de Dassel y, puesto a polemizar, Rolando Bandinelli no tuvo inconveniente en aceptar la tesis de su rival: en efecto, para él, el emperador recibía el Imperio como un beneficio de manos del papa. Adriano IV, papa de origen inglés que coronó emperador a Federico I, aclaró posteriormente que la palabra tenía un sentido más general: el papa otorgaba beneficios espirituales, no feudos. Pero la querella se había reavivado, y cuando Rolando Bandinelli subió a la sede pontificia, se mostró como un verdadero renovador de las teorías teocráticas. Teorías que ya no tenían la simplicidad enérgica de los tiempos gregorianos. En la primera mitad del siglo XII, sobre todo, hay autores que continúan las tesis de Gregorio VII, como Hugo de San Víctor, Juan de Salisbury u Honorio Augustodunense, pero lo habitual es que las ideas teocráticas asimilen de alguna forma las nuevas realidades: redescubrimiento del Derecho romano, afirmación de los poderes políticos, complicación del esquema social en un mundo en el que los oficios y situaciones individuales posibles se multiplican, rompiendo el primitivo ideal de la «sociedad trinitaria» formada por políticos, militares y campesinos.
Federico I Barbarroja contra Alejandro III

A la muerte de Adriano IV, veinticuatro cardenales eligieron papa a Alejandro III. Sin embargo, Federico I reconoció como papa a Víctor IV (antipapa). En 1158 se produjo el segundo viaje del emperador a Italia. Poco después, la muerte de Adriano IV, abrió una crisis sucesoria en el pontificado. En torno a ambos hechos se produce la primera coyuntura propicia para el enfrentamiento entre el emperador y el papa. Federico pretendía sojuzgar a las ciudades lombardas. Milán se alzó a la cabeza de este nuevo movimiento urbano. El emperador asedió la ciudad y la obligó a capitular, conservando ésta su autonomía interna, pero aceptando plenamente la autoridad imperial. A continuación, Federico I reunió una magna asamblea en Roncaglia con el fin de reorganizar la administración del Reino de Italia y recuperar en él toda su autoridad. Pareció conseguirlo, pero la resistencia contra sus medidas levantaría a las ciudades y renovaría su vieja alianza con el pontífice, para quien la constitución de un poder imperial fuerte en el norte y centro de Italia era el peligro inmediato más grave contra su independencia política. La pseudocanonización de Carlomagno fue un ejemplo de la culminación del intervencionismo imperial.
El Sacro Imperio Romano Germánico en su época de máximo esplendor

jueves, 31 de diciembre de 2015

Marca Hispánica: origen de los reinos cristianos peninsulares

Este era el territorio situado entre el este de Navarra y el mar Cantábrico, y se dividió en condados sometidos a los francos. Los Condados Catalanes fueron divisiones de la zona occidental de la Marca Hispánica, y los Condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, ocupaban la zona intermedia. Fue una zona de contención militar que fijaron los francos para frenar las incursiones sarracenas. Si bien la intención inicial de éstos era llevar las fronteras hasta el Ebro, la Marca Hispánica quedó delimitada por los Pirineos al norte, y por el río Llobregat al sur. Con el tiempo los Condados Catalanes se medio independizaron del dominio franco con condes como Wilfredo el Velloso y Aznar Galíndez. El Condado de Barcelona se convirtió muy pronto en el condado dominante de la zona. Con el tiempo, tras la unión dinástica entre el Reino de Aragón y el conjunto de condados menores vinculados al de Barcelona, daría origen a la Corona de Aragón. Posteriormente, los dominios de esta corona se extendieron hacia Levante y el Mediterráneo.

El Reino de Aragón
Tiene éste su origen en un condado procedente de la Marca Hispánica. Se uniría al de Pamplona en el año 943 debido al enlace dinástico de Andregoto Galíndez con García Sánchez I. Tras la muerte de Sancho III de Navarra en 1035, su hijo Ramiro recibió el dominio del Condado de Aragón, que se emanciparía y, tras anexionarse los condados de Sobrarbe y Ribagorza, cuyo gobierno había correspondido a un adolescente Gonzalo hasta su muerte en 1045, Ramiro I establecería un reino de facto que comprendía los tres antiguos condados y ocupaba los Pirineos centrales. Poco después, en 1076 a la muerte de Sancho el de Peñalén, llegó a anexionarse Navarra, aunque tras la muerte de Alfonso I el Batallador la unión se deshizo. Por esa época, tras una dura lucha con las Taifas de Zaragoza, el reino aragonés llegó al Ebro, conquistando la capital en 1118. Más tarde se produciría la unión dinástica, con el matrimonio de Petronila (hija única del rey de Aragón) y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, lo que conformó definitivamente la Corona de Aragón, que agrupaba al Reino y a los Condados, si bien cada territorio mantuvo sus usos y costumbres consuetudinarios. La Corona acabaría por unificar lo que hoy es Cataluña, arrebatando a los árabes los territorios de Lérida y Tarragona.
El avance cristiano. Reconquista de las principales ciudades
El avance de los reinos cristianos en la península Ibérica fue un proceso lento, discontinuo y complejo en el que se alternaron períodos de expansión con otros de estabilización de fronteras, y en el que muchas veces diferentes reinos o núcleos cristianos siguieron también ritmos de expansión distintos, a la vez que se remodelaban internamente a lo largo del tiempo (con uniones, divisiones y reagrupaciones territoriales de signo dinástico); y a la vez que, también, cambiaba internamente la forma y fuerza del poder musulmán peninsular al que se enfrentaban (que experimentó diversas fases de poder centralizado y períodos de disgregación). Asimismo la expansión conquistadora estuvo salpicada de continuos conflictos y cambiantes pactos entre reinos cristianos, negociaciones y acuerdos con poderes regionales musulmanes y, puntualmente, alianzas cristianas más amplias contra aquéllos, como la que se dio en la batalla de Simancas (939), que aseguró el control cristiano del valle del Duero y del Tormes; o la más sonada —por su excepcionalidad— y de más amplias consecuencias en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, que supuso el principio del fin de la presencia almohade en la península Ibérica. El estudio de tan dilatado y complejo proceso pasa por el establecimiento de diferentes fases en las que los historiadores han establecido perfiles diferenciados en los ritmos y características de conquista, ocupación y repoblación.
Siglos VIII–X. Completada la conquista musulmana en apenas un lustro (711–716), al margen solo queda una estrecha franja montañosa en el Norte. El principal esfuerzo de los sarracenos hasta el siglo X irá dirigido a consolidar nuevas estructuras político–institucionales sobre unas realidades socioeconómicas en transformación (el asentamiento masivo de población huida del avance musulmán), configurando las bases del feudalismo en la Península. Al oeste se afianzó el reino asturiano, extendiéndose entre Galicia, el Duero y el Nervión. Al este la Marca Hispánica, línea defensiva fronteriza de los francos que germinará en diferentes núcleos cristianos pirenaicos. Su precaria situación quedará demostrada durante el reinado de Abderramán III (912–961), cuando reconozcan la soberanía del Califato, convirtiéndose en estados tributarios.
Siglos XI–XII. La disgregación del Califato (Taifas) facilitará un lento avance cristiano por la Meseta norte y el valle del Ebro, consolidándose institucionalmente los reinos cristianos. Ello será financiado con las imposiciones tributarias a las que sometieron a los reinos musulmanes, convirtiéndolos virtualmente en protectorados. Es un periodo de europeización, con la apertura a las corrientes culturales continentales (Cluny, Cister) y la aceptación de la supremacía religiosa de Roma. El avance castellano–leonés (Toledo, 1085) provocó nuevas invasiones norteafricanas —almorávides y almohades— que evitaron el colapso de la Andalucía musulmana. La repoblación entre el Duero y el Tajo se sustenta en colonos libres y concejos con amplia autonomía (fueros), mientras que en el Ebro los señoríos cristianos explotarán a la población agrícola musulmana.
Siglos XIII–XIV. La decisiva victoria de los reinos cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, supone el definitivo derrumbe de la Andalucía musulmana, y facilita un rápido avance protagonizado por las Coronas de Castilla y de Aragón. Pero este rápido avance generará algunos problemas: la absorción de un enorme volumen territorial y poblacional. En Andalucía y Murcia, la imposición de grandes señoríos —nobles guerreros y órdenes militares— y la expulsión de las poblaciones moriscas —campesinos y artesanos— derivará en la decadencia económica momentánea del territorio. En Valencia y Alicante, los señoríos cristianos de menor extensión, se superpondrán a una población musulmana que mantendrá la prosperidad económica. Problemas solapados con la crisis económica del siglo XIV y las guerras civiles que desangraron a los reinos cristianos de la España bajomedieval. A pesar de ello, se consolida España como la nación que por excelencia resistió y contuvo a los musulmanes en Occidente —mientras fracasaban las Cruzadas en Tierra Santa—, siendo, a partir de 1453 tras la caída de Constantinopla, la capital del Imperio de Oriente, en poder de los turcos, el Reino de Hungría el nuevo paladín de Europa en el Este.
Siglo XV. La supervivencia del Emirato de Granada responde a varias razones: su condición de vasallo del rey castellano, su conveniencia para éste como refugio de población musulmana, el carácter montañoso del reino (complementado con una consistente red de fortalezas fronterizas), el apoyo norteafricano, la crisis castellana bajomedieval y la indiferencia aragonesa (ocupada en su expansión mediterránea). Además, la homogeneidad cultural y religiosa (sin población mozárabe) proporcionó al Estado granadino una fuerte cohesión. Su desaparición en 1492 —debido también a sus interminables luchas dinásticas— se inserta en el contexto de la construcción de un Estado moderno llevado a cabo por los Reyes Católicos a través de la unificación territorial y el reforzamiento de la soberanía de la Corona.
La repoblación de los territorios reconquistados
En paralelo al avance militar cristiano se produjo un proceso de repoblación, hoy llamado colonización, con el asentamiento de población cristiana, que podía provenir de los núcleos septentrionales (de tierras montañosas y superpobladas), de las comunidades mozárabes del Sur que emigraban al Norte en las épocas de escasa o nula tolerancia religiosa en los territorios musulmanes, e incluso de otros países de Europa situados al otro lado de los Pirineos, y a los que genéricamente los hispanoárabes llamaron «francos». Las modalidades de asentamiento de esta población varió en sus características según la forma en que se hubiera producido la conquista, el ritmo de la ocupación y el volumen de la población musulmana existente en el territorio a repoblar. En las zonas que sucesivamente fueron frontera entre cristianos y musulmanes, nunca hubo un vacío demográfico o zonas despobladas, a pesar de que algunos documentos —que así lo pretendían, justificando de ese modo la legitimidad de las apropiaciones— dieron origen al concepto de «desierto del Duero», acuñado por la historiografía de comienzos del siglo XX (Claudio Sánchez–Albornoz). La llegada de los repobladores o colonos cristianos, se testimonia arqueológicamente no solo en lo más evidente (edificaciones religiosas o enterramientos), sino con cambios en la cultura material, como la denominada cerámica de repoblación. Sirviendo como hitos divisores los valles de los grandes ríos que cruzan la Península de este a oeste, se han definido ciertas modalidades de repoblación, protagonizadas cada una por distintas instituciones y agentes sociales en épocas sucesivas: entre la cordillera Cantábrica y el río Duero. En una verdadera «cultura de frontera», el rey atribuye durante los siglos VIII y XI tierras deshabitadas a hombres libres que debían defenderse a sí mismos en un entorno inseguro, y ocupar la tierra que ellos mismos iban a cultivar (presuras). Un proceso en cierta forma similar se denomina aprisio en los núcleos pirenaicos. A medida que la frontera se alejaba hacia el Sur, la independencia inicial que caracterizó el espíritu del condado de Castilla (caballeros–villanos, behetrías) se fue sustituyendo por formas más equiparables al feudalismo europeo, con el establecimiento de señoríos monásticos y nobiliarios.
Entre el Duero y el Sistema Central en los siglos XI y XII se establecieron concejos municipales a los que se atraía a la población mediante el establecimiento de sustanciales privilegios colectivos fijados por escrito en cartas aforadas (cartas pueblas o fueros). Estas ciudades ejercían el papel de verdaderos señoríos colectivos sobre el campo circundante (alfoz) con el que formaban comunidades de villa y tierra: Salamanca, Ávila, Arévalo, Segovia, Cuéllar, Sepúlveda, Soria, etcétera.
Valle del Tajo: sin mucha aportación nueva de repobladores, se mantuvo gran parte de la población morisca de la Taifa de Toledo (una zona densamente poblada). Se inició desde la conquista de Toledo (1086) y de forma simultánea a la repoblación del espacio más al norte, con la que comparte formas jurídicas equivalentes: Talavera, Madrid, Guadalajara, Talamanca, Alcalá de Henares, etcétera. Cada comunidad definida por su origen étnico y religioso (judíos, musulmanes, mozárabes y castellanos) contó con un estatuto jurídico particular. Tras la invasión almorávide se expulsó a los musulmanes por razones de seguridad, castellanizándose el reino. La sede arzobispal toledana se enriqueció con las propiedades de las mezquitas y la adquisición de otras, particularmente de familias mozárabes.
Valle del Ebro: durante la primera mitad del siglo XII, los grandes núcleos urbanos como Tudela, Zaragoza y Tortosa mantienen la población musulmana, al tiempo que entran en el territorio oleadas de mozárabes, francos y catalanes que se establecen siguiendo el sistema del repartimiento, ocupando las casas abandonadas.
Cuencas medias del Guadiana, del Júcar y del Turia: entre los siglos XII y XIII, el rey concede a las órdenes militares españolas grandes señoríos (encomiendas), principalmente en Extremadura, La Mancha y El Maestrazgo. Alrededor de sus castillos se asientan poblaciones campesinas con libertades muy recortadas, no configurándose concejos de relevancia.
Valles del Guadalquivir y del Segura: llanura litoral valenciana e islas Baleares. Durante el siglo XIII se realiza mediante repartimientos de donadíos (grandes extensiones concedidas a los más altos nobles, funcionarios, órdenes militares e instituciones eclesiásticas) y heredamientos (medianas y pequeñas parcelas entregadas a nobles de linaje, caballeros y peones). La población musulmana permaneció en las zonas castellanas hasta la revuelta mudéjar de 1264 y su posterior expulsión, que posibilitó el aumento de los grandes señoríos. En el Reino de Valencia la población morisca se mantuvo en las zonas rurales hasta su expulsión en 1609.

Religión y cultura
En los territorios dominados por los musulmanes continuaban existiendo, separadas, pero pacíficamente coexistiendo, comunidades cristianas (con religión, idioma y leyes propias). Eran los llamados mozárabes. Estos eran respetados al principio, pero poseían menos derechos civiles que los musulmanes (no podían construir nuevas iglesias, pagaban impuestos especiales, etcétera.). La tolerancia se perdió a medida que avanzaba la conquista de la Península (de los territorios que antes pertenecían al dominio de los visigodos ocupados por los estados cristianos del Norte, en buena parte herederos de los visigodos) y con la llegada de los integristas almorávides y los islamistas almohades procedentes del norte de África. También en los territorios que habían vuelto a pasar a dominio de los reyes cristianos seguían viviendo musulmanes. Así se producía un intercambio cultural importante entre musulmanes y cristianos. Junto con estas dos culturas coexistía la judía. Sabían, además del hebreo, el árabe y el castellano romance, por lo que tenían un papel importante en la traducción de textos a diversos idiomas (junto con los traductores cristianos en la Escuela de Traductores de Toledo). La figura cultural judía más importante es el filósofo Maimónides. Gracias a su traducción al latín, los textos hispanoárabes tendrían difusión en otros países europeos, y no fue menos importante el hecho de que los moros españoles conservaran y tradujeran una inmensa cantidad de textos griegos y latinos, que por esta vía volvieron a formar parte del patrimonio cultural europeo.
Hay que aclarar que el término «moro» no tiene ningún carácter peyorativo según las acepciones de la Real Academia Española. Deriva del latín maurus, naturales de Mauritania, territorio que en la época romana abarcaba buena parte del África noroccidental. También se emplea como sinónimo de musulmán, y, especialmente referido, a los musulmanes que habitaron en España entre los siglos VIII y XV. Todavía hoy en día quedan en España influencias muy importantes de la época de la dominación musulmana: unas 4.000 palabras de origen árabe (muchos nombres y sustantivos aunque muy pocos verbos), empleadas lógicamente con mayor profusión cuanto más al Sur, monumentos de la época (fortalezas como La Alhambra, mezquitas como la de Córdoba), iglesias y palacios de estilo cristiano–musulmán (mudéjar), gastronomía (el empleo generalizado de especias y verduras en los distintos platos, infinidad de platos de nuestra comida actual, dulces de origen árabe, el empleo de vajilla de cristal, diversas costumbres, como el hecho de llevar ropas claras en verano, así como la gran influencia que tuvieron en la ciencia, la tecnología, la literatura y la filosofía no solo en España, sino en Europa.