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martes, 16 de mayo de 2017

Reconquista de la península Ibérica

El término Reconquista es un marco conceptual utilizado por los historiadores para definir el período histórico comprendido entre la invasión musulmana del 711, y la conquista del reino nazarí de Granada en 1492 por los Reyes Católicos. A lo largo de casi ochocientos años, la Reconquista fue para los reinos cristianos de la península Ibérica, aislados inicialmente en los montañosos territorios del Norte, un proceso restaurador de la primera monarquía española, ya que los cristianos se consideraban herederos del reino visigodo, y apelaban constantemente a la reconquista de los territorios ocupados por los moros. Para algunos historiadores revisionistas, el término «Reconquista» resulta confuso teniendo en cuenta que, tras el desmoronamiento del Califato de Córdoba en 1031, los reinos cristianos optaron por una política de dominio tributario —parias— sobre los reinos de Taifas, en lugar de hacerlo por una clara expansión hacia el Sur. Pero eso tiene una explicación: los reinos cristianos tuvieron grandes dificultades para repoblar los territorios que iban ganado a los moros. Por otra parte, las guerras entre los diferentes reinos cristianos a medida que éstos fueron creciendo y emancipándose del primigenio Reino de Asturias, retrasó considerablemente la culminación de la Reconquista. No obstante, la temprana reacción en la cornisa cantábrica contra el Islam —recordemos que don Pelayo rechazó a los sarracenos en Covadonga apenas siete años después de que atravesaran el estrecho de Gibraltar—, e incluso su rechazo del territorio actualmente francés después de la batalla de Poitiers (732), pueden sustentar la idea de que la Reconquista cristiana sigue inmediatamente en el tiempo a la conquista árabe. Más aún, dicha cornisa cantábrica jamás fue conquistada por los sarracenos, lo cual viene a justificar la idea de que la conquista árabe y la reconquista cristiana, de muy diferente duración —muy corta la primera, y sumamente larga la segunda—, se superponen, por lo que podría considerarse como una sola etapa histórica, sobre todo si tenemos en cuenta que la batalla de Guadalete, la primera batalla por defender el reino visigodo en el año 711, marca el inicio de la reconquista cristiana al mismo tiempo que se produce la invasión musulmana.
Consolidación de los reinos hispánicos
En 711 tuvo lugar la invasión musulmana de la península Ibérica. Los moros desembarcaron en Gibraltar y Roderico, o Rodrigo, el último de los reyes visigodos, fue a rechazarles, perdiendo la vida en la batalla de Guadalete. Poco después Tarik fue llamado a Damasco, entonces capital del Califato, para informar y nunca más volvió. Su lugar lo ocupó el gobernador Abd al–Aziz, comenzando el Emirato independiente. A partir de este momento, los árabes iniciaron una política de tratados con los nobles visigodos que les permitió controlar el resto de la Península. En 716 Abd al–Aziz fue asesinado en Sevilla y se desató una crisis tal que en los siguientes cuarenta años se sucedieron veinte emires. En ese mismo año, 716, los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos para tratar de entrar en el Reino de los francos. La veloz y contundente invasión norteafricana, se explica por las debilidades que afectaban al reino visigodo: el frágil e incompleto dominio que ejercía sobre el territorio peninsular –en 711 el rey Roderico se hallaba dirigiendo una campaña militar en el Norte—; la división de sus élites, con enfrentamientos vinculados a la elección de los sucesores al trono de una monarquía electiva, no hereditaria; una aristocracia de terratenientes —de tardía conversión al catolicismo— superpuesta a una población, libre o servil, con condiciones vitales muy duras, entre la que latía un fuerte descontento. Muchos de ellos, ciertamente, recibieron la conquista musulmana como una sensible mejora de su situación. Por otra parte, la decadencia de la actividad mercantil derivó en una minusvaloración de la población judía, que en gran medida la protagonizaba. También ellos pudieron ver una ventaja en la situación de las minorías hebreas amparada por la jurisdicción islámica.
En cualquier caso, tras la invasión, la resistencia cristiana se hace fuerte en el Reino de Asturias y en el ducado de Cantabria. En el año 718 se sublevó un noble llamado Pelayo. Fracasó, fue hecho prisionero y enviado a Córdoba. Los escritores árabes usan la palabra «Córdoba», pero esto no implica que fuera la capital, ya que los árabes llamaban Córdoba a todo el Califato. Esto viene a contradecir la tesis que sostiene que llamaban al–Ándalus al territorio hispano bajo su dominio. En cualquier caso, Pelayo —o Pelagio— consiguió escapar y organizó una segunda revuelta en los montes de Asturias, que empezó con la batalla de Covadonga de 722. Esta batalla se considera el comienzo de la Reconquista. La interpretación es discutida: mientras que en las crónicas cristianas aparece como «una gran victoria frente a los infieles, gracias a la ayuda de Dios», los cronistas árabes describen un enfrentamiento con un reducido grupo de cristianos, a los que tras vencer se desiste de perseguir por la dificultad del terreno, excesivamente montañoso. Probablemente fuera una victoria cristiana sobre un pequeño contingente de exploración. La realidad es que esta victoria de Covadonga, por pequeñas que fueran las fuerzas contendientes, tuvo una importancia tal que polarizó en torno a Pelayo un foco de resistencia al poder musulmán, lo cual le permitió mantenerse independiente e ir incorporando nuevas tierras a sus dominios, al tiempo que los árabes desistían de controlar la zona más septentrional de la Península, dado que en su opinión, dominar una región montañosa de limitados recursos e inviernos extremos, no merecía el esfuerzo. De todas formas, la sorprendente expansión del minúsculo Reino de Asturias pronto inquietó a las emires cordobeses. Hubo sucesivas incursiones o algaradas, pero el reino sobrevivió y se siguió expandiendo, con sonoras victorias, como la batalla de Lutos, Polvoraria y la toma de Lisboa en 798.
El Reino de Asturias estuvo en sus primeros tiempos muy vinculado al de los francos, sobre todo a raíz del «descubrimiento» del sepulcro del apóstol Santiago, hacia el año 820. Esta idea «propagandista» consiguió vincular a Europa con el pequeño reino cristiano del norte de la Península, frente al Sur islamizado. Con el correr del tiempo, el Reino de Asturias sufrió varias escisiones que dieron lugar a nuevos reinos cristianos independientes. La primera a la muerte del rey Alfonso III el Magno, que repartió sus dominios entre tres de sus cinco hijos: García, Ordoño y Fruela. Estos dominios incluían, además de Asturias, el condado de León, el de Castilla, el de Galicia, la marca de Álava y la de Portugal (que entonces era solo la frontera sur de Galicia). García se quedó León, Álava y Castilla, fundando el Reino de León. Ordoño se quedó Galicia y Portugal, y Fruela se quedó Asturias. El foco pirenaico de resistencia a la expansión musulmana se originó a partir del caudillo de los francos, Carlos Martel, que rechazó la invasión musulmana de Aquitania en la batalla de Poitiers en 732. Posteriormente su sucesor, Carlomagno, creó la Marca Hispánica (frontera militar al sur del Reino de los francos), que dio origen a otros focos cristianos de resistencia en la Península: el Reino de Pamplona, los Condados Catalanes y los Condados de Aragón, además de Sobrarbe y Ribagorza.



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