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jueves, 18 de mayo de 2017

Normandos: los fieros hombres del Norte

En realidad, los hombres del Norte o normandos, o vikingos —como fueron pronto denominados—, eran antiguas tribus indoeuropeas asentadas en Escandinavia y Jutlandia en la época neolítica, y que permanecieron en sus territorios durante siglos, o emigraron de forma discreta para colonizar otras tierras al este de Europa, pero sin protagonizar invasiones violentas. Por así decirlo; los vikingos o normandos pasaron desapercibidos durante siglos, llevando una vida pacífica, fundamentalmente agrícola, y relacionándose con los pueblos vecinos mediante un rudimentario comercio. En un momento determinado —allá por el siglo VIII—, y por causas desconocidas, se produce un cambio drástico en su equilibrio económico–social, que ocasiona una superpoblación, a la par que perfeccionan sus técnicas militares y, sobre todo, de navegación y construcción naval.
El tranquilo agricultor se convierte entonces en vikingo y cambia su cabaña silvestre por un rápido buque monóxilo —hecho de un solo tronco—, de unos veinticinco metros de eslora y cinco de manga y de una capacidad de cuarenta a cien tripulantes, decorada quiméricamente (drakares o drakkars), con la que recorre los mares, abriendo rutas aún inexploradas o sembrando el terror en los países más evolucionados. Los escandinavos, que por la misma época formaban numerosos clanes, se van integrando en tres grandes grupos geopolíticos distintos: los noruegos, daneses y suecos, que en su diáspora desarrollaron una triple actividad de simples depredadores, mercaderes o colonizadores. En líneas generales puede decirse que los noruegos se orientaron hacia el dominio del Atlántico Norte, ocupando en el siglo VIII las islas Shetland y, seguidamente, las Feroe, las Hébridas e Irlanda. En el año 860 descubren Islandia, donde fundan la ciudad de Reikiavik y desarrollan una importante colonización ganadera. Por entonces, Noruega alcanza su unidad política por obra del rey Harald (860–933).
Por su parte, los suecos penetraron en los golfos orientales del báltico y desde allí, remontando los ríos Wasa y Elba, lograron conectar con los pueblos eslavos —en donde fueron conocidos como varegos— y establecieron una red de factorías o ciudades que fueron la base de un activo comercio con el mar Negro, por el Dniéper, y con los países musulmanes, por el Volga, exportando principalmente esclavos y pieles. Un grupo de suecos al mando de Rurik influyó, al parecer, en la creación del principado ruso de Nóvgorod.
Si bien existen referencias vagas a pueblos germánicos del mar Báltico y Escandinavia en las fuentes latinas, sus ataques y su aparición en la escena política europea cobran relevancia cuando los vikingos o normandos saquean el monasterio de Lindisfarne (793) en el norte de Gran Bretaña. A éste, pronto siguieron nuevos ataques a otros monasterios. Los anales y crónicas de los dos siglos siguientes están repletos de relatos aterradores. Su actuar violento aterrorizó a las antiguas comunidades que, aunque acostumbradas a la guerra, no tenían forma de prever cuándo habría una incursión. Estos ataques sumados a los de los húngaros y búlgaros, a la presión de los pueblos eslavos en Europa oriental y a la de los árabes en el sur, fueron tanto causa como consecuencia de un período de inestabilidad que favoreció el desarrollo del sistema feudal.
Las relaciones de los escandinavos —en su mayoría daneses y noruegos— con los países que, para entendernos, denominaremos europeos occidentales fueron de muy diversa índole. Organizados en verdaderas flotas de guerra, caían por sorpresa sobre las poblaciones del litoral y, remontando los ríos con sus embarcaciones de poco calado, tan ligeras que podían ser incluso trasladadas por tierra, penetraban en las ciudades fluviales del interior, entregándose al pillaje y la devastación. Con el tiempo, las rápidas incursiones se convirtieron en verdaderas campañas estacionales, que adquirían un carácter endémico al acampar los invasores, con sus tiendas y cabalgaduras, en la cuenca de los ríos. En algunas ocasiones se produjeron verdaderos asentamientos, tal como sucedió en el norte de Inglaterra y Normandía.
Entre los siglos IX y XI, los vikingos y sus descendientes tuvieron gran influencia en la historia europea. En las islas Británicas gobernaron durante muchos años hasta ser finalmente derrotados por los normandos, descendientes a su vez de los vikingos que habían recibido tierras en Normandía (Francia). En Italia fundaron el reino normando de Sicilia e incluso llegaron a influir con sus incursiones en el Califato de Córdoba y en el Imperio Bizantino. A través de los ríos del norte intervinieron repetidas veces en el mar Báltico y en Rusia, cuyos primeros estados (la Rus de Kiev) aparecen vinculados a aventureros vikingos.
Se suele datar el final del período vikingo con la caída del rey Harald el Despiadado, que murió en la batalla del puente Stamford en el año 1066 cuando intentaba tomar posesión del territorio de Inglaterra; aunque los historiadores daneses lo amplían hasta 1085 con la finalización del reinado de Canuto IV. Si bien la influencia nórdica siguió siendo relevante, la asimilación de las culturas autóctonas por parte de los normandos en Francia, Inglaterra e Italia, las victorias militares de varios estados como Francia que lograron asegurar las costas y la propia disminución de incursiones normandas con la cristianización de Escandinavia, supusieron paulatinamente el final de su actividad tal y como se conocía.
El origen de la palabra «vikingo» es discutible. En textos rúnicos se usa la forma inglesa viking como «ir de expedición», aunque en textos posteriores como las Sagas Islandesas implica saqueos o piratería, y ya excluye expediciones comerciales. El término vikingr alude entre los escaldos a los marineros y guerreros que participan en las expediciones de ultramar. También se usa como nombre de persona en algunas runas suecas. Hay pocas señales de que el término tuviera connotaciones negativas antes de que terminara la Era vikinga.
Existen más teorías sobre su origen, algunas bastante improbables. Algunos eruditos han sugerido que la palabra proviene del sajón wic, un campamento militar. Otros sostienen que procede de la frase vik in, que significa «bahía adentro», refiriéndose así a sus desembarcos; o puede derivar de la palabra vik en nórdico antiguo, que significa «bahía pequeña», cala o entrada. Otros opinan que procede de vig (batallador, aunque es improbable por motivos fonológicos), o de vijka, que significa mover o desviarse, haciendo de un vikingo «el que da un rodeo o se desvía».
Algunas teorías han vinculado la palabra vikingo como variante de la región geográfica de Viken, bajo el significado «una persona de Viken». Según el argumento, un vikingo simplemente describe a una persona que procede de Viken, y que solo fue durante los últimos siglos que la palabra identifica a los escandinavos de la Edad Media en general.
En inglés antiguo, la palabra wicing aparece en el poema del siglo IX Widsith, así como en la historia de Aidan de Bremen sobre 1070. Se usaba en la práctica como sinónimo de pirata. La palabra se perdió y no se usa en textos posteriores, siendo viking reintroducido en el Romanticismo, que idealizó a los vikingos y dio pie a la extensión del adjetivo a la religión y cultura nórdicas. En español el término se importó del idioma inglés.
El nombre hacía referencia a la actividad —la piratería y el pillaje—, no al origen étnico, siendo la extensión del término al pueblo escandinavo una metonimia moderna. En textos escandinavos, incluso hoy en día, el término se usa normalmente para especificar a los expedicionarios. La cuestión de si eran o no una cultura ha sido objetivo de diversos debates. Olaf Ragnusson, experto en el tema, así lo defiende en su libro Vikings: The Greatest Civilization, con base en la sociedad agraria y con un sistema de gobierno que tenían bien definido. Por ejemplo, el término se usa para las culturas germánicas originarias de Escandinavia: los godos, por ejemplo. Este pueblo procedía de Gotland, región situada al sur de la península de Escandinavia, y colonizó diversos territorios en Europa central y del este, llegando hasta las orillas del Vístula, el Volga y el Dniéster.
Este nombre fue, sin embargo, poco usado fuera de Escandinavia. Son frecuentes las formas varegos (del mar Varego o mar Báltico) y nordmanni (normandos, literalmente: «hombres del norte»), de origen franco. Mientras, los cronistas alemanes los describen como ascomanni, «hombres del fresno», una descripción que puede deberse a alguna de estas dos teorías: El hecho de que el árbol sagrado de los vikingos, Yggdrasil, es un fresno. O también que el primer hombre, Ask, fue creado según la mitología nórdica por Odín y sus hermanos, Vili y Ve, a partir de un tronco de fresno que encontraron. La primera mujer, Embla, fue creada a partir de un tronco de olmo.
Las fuentes hispanoárabes se refieren a ellos como mayus (literalmente, «magos», nombre dado a los sacerdotes mazdeístas y utilizado por extensión para referirse a los paganos); las fuentes eslavas, como Rus, y las bizantinas, como Rhos (del adjetivo griego para rojo, por su complexión rubicunda) o Varangoi (probablemente del antiguo noruego Var, voto o juramento, que describe una banda de hombres juramentados que habían jurado guardarse fidelidad).
Estos nombres se usaban indistintamente para todas las naciones escandinavas, fueran noruegos, suecos o daneses. Por ejemplo, Aidan de Bremen, en un escrito en torno a 1075, se refiere a «los daneses y los suecos y otras gentes Más Allá de Dinamarca (noruegos) llamados escandinavos». Por lo tanto, cuando las crónicas hacen referencia repetidamente a Dene o Dani, no debería asumirse que los vikingos en cuestión provenían necesariamente de Dinamarca. Solo los irlandeses, que los llamaban Lochlannach (gente del Norte) o Gaill (forasteros o extranjeros), Dubgaill y Finngaill era los términos para distinguir entre daneses (Finn–gaill, extranjeros blancos) y noruegos (Dubh–gaill, extranjeros negros).
Las principales fuentes primarias sobre vikingos son los restos escandinavos y de las regiones donde se asentaron. La escritura mediante el alfabeto latino data en Escandinavia de la adopción del cristianismo, con lo que no hay fuentes nativas previas al siglo XI y principios del XII. Los vikingos usaban inscripciones en runas, con frecuencia cortas y difíciles de entender. La historia moderna basa más sus conocimientos de los vikingos en los textos de comunidades cristianas y musulmanas, frecuentemente con un sesgo negativo por haber sufrido la actividad vikinga. Los documentos varían en su parcialidad y fiabilidad entre sí, pero no más de lo normal en textos altomedievales, siguen siendo relevantes. Desde mediados del siglo XX, las fuentes arqueológicas han ayudado a construir una imagen más completa y neutral. El registro arqueológico es particularmente rico y variado, y proporciona conocimiento de asentamientos tanto rurales como urbanos, de la industria y actividad económica además de la navegación y actividades bélicas sin excluir la actividad religiosa, tanto cristiana como pagana. Esta fuente es aún más importante para la época anterior a la Era vikinga.
Registros posteriores a la Era vikinga son también útiles para entender a los vikingos, aunque necesitan ser tratados con cautela. Tras la consolidación de la Iglesia en el Norte europeo, las fuentes nativas comenzaron a florecer, tanto en latín como en nórdico antiguo. Particularmente clave fue la colonia vikinga de Islandia, que desarrolló una rica literatura vernácula entre los siglos XII y XIV, de fuertes raíces vikingas con tradiciones que se remontan a las sagas islandesas. La fiabilidad de esas narrativas no es demasiada, pero tiene un gran valor entre otros motivos por incluir restos de la primitiva poesía de los siglos X y XI. La evidencia lingüística en los topónimos también sirve para trazar la expansión de este pueblo.
Nórdicos y germanos
Los primeros monjes cristianos germanos asociaron a los pueblos nórdicos con el nieto de Noé e hijo mayor de Jafet llamado Gomer, y su pueblo, los cimerios. Éstos eran los primitivos pobladores del sur de Rusia y Ucrania, según Heródoto. Las primeras noticias de su existencia proceden de fuentes asirias documentadas alrededor del siglo VIII a.C. En 707 a.C. el rey de Urartu se vio seriamente amenazado, llegando a sufrir una terrible derrota ese mismo año. A través de Urartu los escitas llegaron hasta las fronteras de Asiria, y desde allí se extendieron por Asia Menor. Hacia el 699 a.C. conquistaron Frigia y luego asolaron Lidia y las poblaciones griegas de la costa del mar Egeo. Pero su poder, logrado muy rápidamente, pronto empezó a declinar, ya que el monarca lidio Ayates consiguió expulsarlos y se dirigió, posteriormente, hacia Capadocia. En la actualidad aún se desconocen los orígenes concretos de los cimerios; se supone que su idioma estaba relacionado con el de los iranios.
Los pueblos que habitaron la península de Escandinavia en la Antigüedad, al igual que los griegos, habitaban una zona geográfica muy segmentada que —junto al clima y los animales salvajes— hacía muy difícil la comunicación por tierra, lo que les obligó a navegar, y así, el mar, se convertiría en su principal medio de comunicación. Los contactos entre los países nórdicos y el resto de Europa venían de antiguo. Los hérulos —cuyo rey Odoacro destronó al último emperador romano de Occidente en 476—, los vándalos y los godos, fueron los predecesores de los vikingos, ya que también procedían de Escandinavia y efectuaron algunas expediciones de saqueo a lo largo de las costas atlánticas de Europa a bordo de ligeras embarcaciones. Los hallazgos arqueológicos muestran que el comercio y la influencia datan de varios milenios a.C. No obstante, los países escandinavos constituían un remoto rincón de poca importancia política y económica para el resto de Europa.
Expansión de los nórdicos
Las primeras incursiones normandas parecen haberse iniciado en tiempos merovingios, pero es a fines del siglo VIII cuando sus raids alcanzan mayor efectividad y amplitud. Instalados ya en las islas Feroe desde el 725, los daneses y noruegos actúan en las islas Británicas y se instalan en Irlanda, norte de Inglaterra e isla de Man. En el 794 destruyen la abadía de Lindisfarne, fundada por san Columba o Columbano. A mediados del siglo IX asolan los reinos anglosajones de la heptarquía y, remontando el Támesis, saquean Londres.
Las expediciones contra los reinos francos fueron aun más espectaculares. Ya en el 799, los daneses visitaron las islas frisonas y el litoral atlántico. Hacia el 850 iniciaron sus incursiones a gran escala, en una implacable y violenta marcha hacia el Sur. Su táctica consiste en instalar una base de operaciones en la zona, isleñas o ribereñas, de las bocas de los ríos y desde allí penetrar hacia el interior. Entre los años 842 y 862 devastaron las cuencas de los ríos Rin, Canche, Sena, Loira y Garona, incendiando, saqueando y sembrando la muerte en Étaples, Ruán, Nantes, Burdeos, Toulouse, Duurstede, Hamburgo y Colonia, entre otras muchas.
En sus inicios, los daneses tenían una organización militar muy jerarquizada, realizaron incursiones rápidas, cuyo único fin era el pillaje y obtener un botín. Era también el pueblo más numeroso de los tres. Habitaban principalmente en Jutlandia, Escania y Selandia, aparte de las islas que separan al mar Báltico del mar del Norte entre ambas penínsulas. Esto les daba una ventaja estratégica que les permitía dominar las rutas del comercio, al igual que Constantinopla. En Dinamarca se han hallado restos de fortificaciones, de finales del período de apogeo vikingo, donde podía concentrarse gran número de tropas. Las fortificaciones, conocidas como «trelleborgs», tienen forma circular y están divididas en cuadrantes, con edificios en cuadro en cada uno de ellos. Los recintos fortificados están concebidos con una precisión que atestigua gran sentido del sistema y del orden por parte de los jefes, y también que, en el séquito del rey danés, había gente con profundos conocimientos de geometría. Un ejemplo de este tipo de asentamientos es la antigua Hedeby.
Es un misterio por qué estos pueblos nórdicos se lanzaron a la expansión, en busca de tierras que conquistar o colonizar a partir del siglo VIII. Una teoría bastante aceptada sugiere que Escandinavia podría haber sufrido una etapa de superpoblación. La generalización de una agricultura mucho más eficiente en los tiempos precedentes habría permitido a la población dispararse por nuevas tierras, con la consiguiente presión demográfica. Esto, en un pueblo costero con una avanzada navegación, supondría una era de expansión a través de los mares. Aunque casi todas las explicaciones toman como base esta teoría, se hace difícil imaginar una extensión semejante sin una presión por nuevas tierras, generalmente se la considera como parte de una explicación mayor. La principal objeción a esta teoría es la falta de pruebas de tal aumento demográfico y la falta de argumentos para las incursiones y saqueos. Además, las tierras nórdicas, aunque duras, disponían y disponen de amplias zonas sin habitar que no parecen haber sido ocupadas.
Se considera también que el declive de las antiguas rutas comerciales puede haber sido un factor decisivo. Desde la caída del Imperio Romano de Occidente en 476, los intercambios comerciales en Europa no hicieron más que disminuir, y la unidad política y de mercado se rompió. Así, los vikingos tuvieron una gran ocasión como comerciantes: cambiaban las pieles y esclavos de su tierra por plata y especias árabes, que usaban para comerciar y comprar armas a los francos, ocupando un puesto vacío de intermediarios.
Otra argumentación bastante usada es que los vikingos se aprovecharon de la debilidad de las regiones que atacaban y ocupaban. Así, la época de grandes ataques coincide con la fractura del Imperio Carolingio y la división de la antigua Britania romana en varios reinos independientes y enemigos entre sí. En la época en la que los vikingos arribaron a Inglaterra, en las postrimerías del siglo VIII, el país se hallaba dividido en siete reinos: este período se conoce como heptarquía. Otro factor importante fue la destrucción del poder naval de los frisios o frisones por los francos, que dejó a los vikingos sin rivales en el Atlántico Occidental, dándoles la oportunidad de ocupar su antigua zona de influencia. Frisia se correspondía, aproximadamente, con los actuales Países Bajos.
A este hecho se suma también el avance en las mejoras técnicas navales de los vikingos. Por ejemplo, sus embarcaciones tenían poco calado, lo cual les permitía navegar por ríos poco profundos, adentrándose tierra adentro por vías fluviales. Construyeron barcos de unos 20–25 metros de eslora por 3–6 metros de manga, con una capacidad de entre 40 y 100 personas, pero siempre manteniendo una maniobrabilidad y ligereza que les daba ventaja en cualquier situación. Desarrollaron además la orientación astronómica.
Otra de las causas parece responder a un factor político. Según se cree, en los años precedentes a la expansión, en Escandinavia se sucedieron una serie de movimientos de unificación. Las tribus o grupos que quedaron fuera de estos movimientos de confederación de tribus, tuvieron que buscar nuevas tierras y zonas de asentamiento fuera de su patria.
La carta de presentación de los vikingos en Europa occidental, y su irrupción en la escena política, fue el fulminante desembarco, el ataque y posterior saqueo del monasterio de Lindisfarne en 793. Los monasterios, que acumulaban riquezas —oro y plata en abundancia—, alimentos y cobijo, fueron el objetivo de sus siguientes ataques, que se produjeron con gran rapidez —al fin y al cabo, los monjes no podían defenderse—. En 794, son saqueados el monasterio de la isla escocesa de Iona, los monasterios de Jarrow y Monkwearmouth en la costa inglesa y el monasterio de Inishboffin en Irlanda. Dichos ataques se repetirían en los años siguientes. No obstante, hay que tener en cuenta que la mayoría de fuentes de esa época fueron redactadas por los pueblos atacados, por lo que es posible que muchos de los datos estén exagerados, ya que estos ataques fueron vistos como herejías por los monjes cristianos, ya que suponían una afrenta a Dios.
En 799, los vikingos empiezan a aventurarse lejos de esa zona y arriban por primera vez a la costa francesa en Bretaña. El estuario del Loira y las islas de la región fueron víctimas de las correrías de guerra de los vikingos. En el 820, una flota compuesta por 13 navíos realiza una incursión por el Sena. En 834 se tienen noticias de sus primeros ataques a Frisia (Países Bajos).
En las islas Británicas y el canal de la Mancha, el paso del tiempo solo incrementó el número de ataques, su fuerza y su alcance. En 840, se tiene constancia de su primer campamento invernal en Irlanda, donde, para protegerse de los daneses, los jefes locales se alían con los noruegos, que desde 853 pasan a controlar Irlanda. En 850, hibernan también en Inglaterra, donde fundan en 866 un asentamiento permanente en York y conquistan una amplia porción del país. Al sur, también empeoran las cosas: en 845 se produce el primer ataque a París y en 847 a Burdeos.
También el extenso litoral atlántico de los estados carolingios tuvo que sufrir el embate de dos nuevos pueblos, que entraron en escena impelidos por el desequilibrio ecológico que sufre el continente asiático en aquella época. Al Norte, los eslavos occidentales —que habían sido escindidos por la formación del kanato de Bulgaria, sucesor del reino ávaro— ejercieron una dura presión sobre las marcas carolingias de Bohemia y Moravia, infligiendo a Luis el Germánico una dura derrota (846), que los Anales de Fulda —propensos al triunfalismo— no pudieron silenciar.
Una nueva oleada desde el Este sufrió todavía Europa: la de los magiares o húngaros, pueblo nómada, emparentado étnicamente con los fineses, que hacia el siglo VIII habitaba en las planicies del norte del mar Negro, entre las cuencas del Volga y del don. Impelidos por los pechenegos, pasaron los Cárpatos en el último tercio del siglo IX y, desplazando a los búlgaros, ocuparon en masa la puszta de Panonia, entre el Tisza y el Danubio, desde donde empiezan a inquietar las marcas de la Francia Occidental. Puszta es un término húngaro utilizado para indicar vastas extensiones de llanura esteparia, típicas de las tierras planas de aquel país. Habilísimos jinetes —a ellos se debe el estribo y la herradura—, practican raids anuales, desde Baviera al mar del Norte, asolando los monasterios y sus plantaciones. A principios del siglo X amplían su radio de acción, y en rápidas cabalgadas recorren Suabia y Carintia, Lombardía y el valle del Po, Provenza, Aquitania y Septimania, penetrando hasta el corazón de Francia, incendiando ciudades como Pavía y Estrasburgo y sumiendo a las gentes que sufren sus ataques en la desesperación.
Occidente, sin embargo, empieza a reaccionar. Hacia el último tercio del siglo IX aparecen en distintas zonas los primeros focos o sistemas de resistencia efectiva contra los invasores. En Inglaterra, el rey de Wessex, Alfredo el Grande (871–899), con el auxilio de una flota propia, consigue reducir a los daneses al norte de una línea que va de Chester a Londres (Tratado de Wedmore, 878). En el Reino franco occidental, los señores locales y eclesiásticos organizan la defensa del territorio, barrando las bocas fluviales, fortificando villas y monasterios y levantando castillos. Muy notable y significativa fue para la historia de Francia la heroica defensa de París, organizada por el conde Eudes en julio de 855, ante el asedio de una flota de setecientas naves, con unos cuarenta mil guerreros prestos para desembarcar, mandados por el danés Sigfrido.
A la fase de conquista sucedió el período de asentamiento e integración. En conjunto fueron siete los núcleos políticos formados por los normandos en esta época en Occidente: dos en la desembocadura de los ríos Weser y Rin, tres en Inglaterra (York, East Anglia y las Cinco Villas) dos en Francia, en Nantes y en Rúan. Todos tuvieron una existencia efímera, a excepción del último, que, bajo el título de ducado de Normandía, le fue concedido por Carlos el Simple al danés Gange Rolf, o Rollo, en el año 911 por el Tratado de Saint–Clair–sur–Epte.
En el centro y parte occidental de la península Ibérica, el rey Alfonso III de León fortificaba la línea del Duero, a partir de la cual empezaba la tierra de nadie, mientras que en la parte oriental nacían los Condados Catalanes, como expresión de una voluntad de resistencia activa frente a los nuevos invasores. El emperador Luis II y el Imperio de Oriente, por su parte, desalojaron a los moros de su principal posesión en el sur de Italia. Y en Alemania, el recientemente fundado Sacro Imperio estabilizará, en el siglo X, sus marcas orientales.
La primera expedición vikinga al Mediterráneo data de 844, cuando atacan e incendian Sevilla. En el 858, una expedición de más de 62 barcos saquea las costas del Levante español y la Toscana italiana. A partir de esa época, comienzan a remontar ríos, siendo rechazados en 863 frente a Colonia, aunque obteniendo éxito en otras incursiones por Alemania y Francia. Al oeste, remontan el Volga por Rusia, apoderándose en 861 de Nóvgorod y en 863 de Kiev. En el 865, una primera expedición intenta, sin éxito, alcanzar Constantinopla. La capital del Imperio de Oriente estaba protegida por unas murallas inexpugnables en aquella época.
En 878 el rey de Wessex, Alfredo I el Grande, logra derrotar a un ejército danés que había desembarcado en Inglaterra con ánimo de conquistarla. Esta victoria supuso garantizar la independencia de su reino, aunque Alfredo tuvo que reconocer la soberanía de los daneses sobre la otra mitad del país. La guerra no tardaría en reanudarse, pero desde entonces los vikingos llevan la peor parte. En 885 su ataque más afamado a París solo se evita con el pago de un rescate y el permiso para saquear las tierras durante su camino de vuelta. Pero en 888, Alano I de Bretaña logra derrotarlos también. El comienzo del siglo X en Europa occidental marca el fin de sus grandes éxitos. En 911, se rechaza el último ataque en la desembocadura del Sena, y en 931 son expulsados de sus bases en el Loira. La década siguiente ve sus últimos ataques a Bretaña.
En Oriente su esplendor duraría más, y a lo largo del siglo X, varias expediciones tienen éxito en sus ataques por el mar Negro y el mar Caspio. Los comienzos del siglo XI verían un último destello de su pasado esplendor cuando en 1014 se reinstaura el dominio vikingo en Inglaterra con el rey Canuto. Este breve renacimiento se considera definitivamente terminado cuando el rey Harald III el Despiadado, muere en la batalla del puente de Stamford en 1066, durante las guerras provocadas por los conflictos dinásticos en Inglaterra. No obstante, esta fecha junto con la batalla de Hastings, marcan el inicio de la conquista y dominación normanda de Inglaterra. Los normandos franceses eran descendientes de vikingos asentados en Normandía, donde habían fundado un gran ducado unos doscientos años antes.
La Era vikinga estaba ya tocando a su fin. En 1100 Suecia se convierte al cristianismo, mostrando así como Escandinavia se iba integrando en la cultura europea occidental. Fuera de sus países de origen, en la mayoría de sus antiguos asentamientos los vikingos habían terminado mezclándose con la población local. Los descendientes de los vikingos lograron consolidarse en el ámbito europeo y fundaron el primer Reino ruso en Kiev.
De acuerdo con las crónicas anglosajonas, tras el ataque a Lindisfarne en 793, los vikingos continuaron con sus incursiones esporádicas sobre la costa oriental inglesa. Ese mismo año saquearon un monasterio que custodiaba las reliquias de san Cutberto. Esto marcó el principio de un violento período de saqueos, ataques y devastaciones que, con el tiempo, se hicieron de forma más organizada y violenta. Así, los noruegos atacaron durante el invierno de 840–841, en vez de hacerlo en verano, como solía ser su costumbre, recalando en una isla frente a Irlanda. En 850, llegaron a invernar en suelo inglés.
Durante esta terrible época era típica la siguiente oración en cualquier iglesia de Northumbria: «A furore normannorum libera nos, Domine» (De la furia de los hombres del Norte líbranos, Señor). En 865, un gran ejército danés, supuestamente liderado por Ivar el Deshuesado, Halfdan Ragnarsson, Ubbe Ragnarsson y posteriormente el rey Guthrum, llegó a Estanglia. Cruzaron Inglaterra hacia Northumbria y capturaron York, donde se asentaron creando el reino vikingo de Jorvik. Aunque la mayoría de los reinos anglosajones fueron conquistados sin grandes problemas, Alfredo el Grande logró contenerlos en la frontera de Wessex. Los vikingos dominaron Inglaterra durante muchos años, sometiéndola al pago de un tributo, el Danegeld (o «el oro de los daneses») en el territorio ocupado, que fue llamado Danelaw (o «bajo la ley danesa»). Alfredo firmó en torno al 880 la llamada Paz de Guthrum con el rey danés, según la cual acordaron una frontera que dividiría los territorios. Guthrum reinaría sobre los territorios del norte y el oeste, mientras que Alfredo recibiría los del sur y el este (a partir de este momento, podemos empezar a hablar de Angloland, nombre que dio Alfredo a sus territorios). Sin embargo, Alfredo y sus sucesores continuaron la guerra llegando finalmente a tomar York y expulsar a los vikingos.
Una nueva oleada de vikingos llegó en 947 cuando Erik Hacha Sangrienta reconquistó York. La presencia vikinga se prolongó hasta el reinado de Canuto el Grande (1016–1035), y tras su muerte, una serie de guerras sucesorias debilitó a la familia reinante. El fin de estas luchas sería la derrota de Harald III en la batalla de Stamford Bridge. Irónicamente, la nueva Dinastía sería fundada por Guillermo I el Conquistador, un normando francés descendiente de vikingos asentados en Normandía.
Los vikingos en Irlanda
Los vikingos llevaron a cabo numerosas expediciones a Irlanda. Se instalaron en varios lugares y fundaron ciudades como Dublín. Aunque en algunos momentos estuvieron a punto de controlar la isla, acabaron mezclándose con los irlandeses. La literatura, el arte y la arquitectura reflejan esta profunda influencia escandinava. A través de las rutas comerciales vikingas, Irlanda entró en contacto con Oriente.
Desde 795, los monasterios de la costa oriental de Irlanda sufrieron numerosos ataques, pronto extendidos al resto de la costa. En los primeros 40 años, se trató generalmente de pequeños grupos no organizados. A partir de 830 empezaron a actuar flotas considerables y coordinadas, estableciéndose los primeros asentamientos en las costas, entre los que destaca Dublín. Esos asentamientos vikingos fueron aceptados por los nativos, produciéndose en muchos casos un mestizaje. A los vikingos que llegaban a las islas desde Noruega se les llamaba los de «Lochlann de las oscuras naves» y en el manuscrito irlandés de San Gallo se cita: «Colérica esta noche ruge la tempestad. La blanca cabellera de las aguas revuelve. En las aguas de Irlanda ya no son de temer esta noche las velas de los fieros guerreros de Lochlann».
En 832, una flota vikinga de 120 barcos invadió los reinos de las costas norte y este, hecho atribuido a los deseos de controlar los rentables ataques a Irlanda. Durante la década de 830 se comenzó a profundizar hacia el interior, en contraposición a los ataques más superficiales y desorganizados que se habían estado llevando a cabo sobre las costas. Ya en 840, los vikingos disponían de varias bases tierra adentro. Para protegerse de los daneses, los jefes locales se aliaron en esa época con los noruegos, que desde 853 pasan a controlar Irlanda.
En 838, una pequeña flota remontó el río Liffey en el este, donde fundaron un campamento (longphort para los nativos), que constituiría los cimientos de la futura ciudad de Dublín. Otros longphorts fueron Cork, Limerick, Waterford y Wexford.
Uno de los últimos grandes combates con presencia vikinga fue la batalla de Clontarf en 1014, muchas veces mitificada, en la que los vikingos lucharon tanto en el bando del rey Brian Boru como en el de sus enemigos.
Los vikingos en Escocia
A pesar de la falta de fuentes de los primeros tiempos, hay constancia de una presencia vikinga hacia la década de 830. En 839, un grupo —supuestamente de noruegos—, invadió el centro del reino picto, por el valle de Earn y el río Tay. Como consecuencia de ello murió el rey Eoganan de los pictos, y su hermano y vasallo, el rey de los escoceses. La fundación del Reino de Escocia por Kenneth MacAlpin fue una de las consecuencias de este suceso luctuoso.
Las islas del norte Shetland y Órcadas, meridionales Hébridas y Mann, así como los enclaves escoceses de Caithness y Sutherland fueron colonizadas por los noruegos, a veces como parte del Reino de Noruega, y a veces como estados independientes. No fueron completamente integradas en Escocia hasta la anexión de las Shetland y las Orcadas en 1468. Galloway también recibió una abundante inmigración nórdica.
Los vikingos en Gales
Gales (o Bretland en nórdico antiguo) no fue colonizado como el resto de Gran Bretaña y de las islas Británicas. Sin embargo, sí se produjo un reducido poblamiento en lugares como Saint David, Haverfordwest y Gower, entre otros. Algunos topónimos como Skokholm, Skomer y Swansea son vestigios de esta población vikinga. Aun así, los vikingos no pudieron establecer ningún control político sobre la zona, a diferencia de lo que ocurrió en Inglaterra e Irlanda. Según Lee M. Hollander, Bjorn el Galés y Jarl Stefnir, dan testimonio en las sagas nórdicas de que los vikingos tuvieron enclaves en Gales.
Los vikingos o normandos en Francia
La mitad occidental del Imperio Carolingio sufrió a lo largo del siglo IX, y tras la ruptura del mismo, numerosos ataques vikingos que asolaron las costas. Los primeros ataques se concentraron en la zona del canal de La Mancha, junto con las islas Británicas una de las zonas más castigadas por los vikingos. El mismo Carlomagno tuvo que armar una flota para tratar, infructuosamente, de proteger sus costas. La ribera del Loira, que solían remontar, también sufrió numerosos ataques. Los vikingos establecieron un asentamiento en una isla junto a la desembocadura del mismo, que se convirtió en una base para sus ataques.
Desde 820, el Sena sirvió de vía para atacar Francia. Ruan fue varias veces saqueada, y en 845 París sufrió el primer saqueo, viéndose obligado el rey Carlos el Calvo a pagarles un tributo para que se retirasen.
Los vikingos se aprovecharon de las guerras civiles en Aquitania, en los primeros años del reinado de Carlos II el Calvo. En la década de 840, Pipino II de Aquitania les solicitó ayuda, instalándose un asentamiento vikingo en la desembocadura del Garona. Dos duques de Gascuña morirían defendiendo Burdeos de sus ataques: Seguin II y Guillermo I, así como un obispo de la ciudad. Un duque posterior, Sancho Mitarra, les permitiría instalarse también en la desembocadura del Adour. En el 862 se llegan a adentrar hasta Toulouse.
En 864, ante la completa derrota sufrida por sus tropas, el rey Carlos el Calvo publicó el Edicto de Pistres, con el que creaba una fuerza de caballería bajo control real que debía estar lista para ser convocada contra cualquier ataque vikingo. Además, se ordenó la fortificación de puertos y puentes, con el fin de evitar que los vikingos se adentraran en el país. No obstante, una alianza entre vikingos y bretones derrotó en la batalla de Brissarthe (865) a Roberto el Fuerte, margrave de la marca fronteriza de Neustria, y a Ranulfo I de Poitiers. Ambos murieron en la batalla.
A partir de la década de 880, los duques de Bretaña logran derrotar a los vikingos y alejarlos de sus tierras, lo que no impidió un nuevo ataque sobre París, que tuvo que pagar un rescate para salvarse, y un saqueo de Borgoña en 886.
Los últimos ataques vikingos importantes en Francia son repelidos en 911. Es entonces cuando el líder vikingo Rollón obtuvo del rey de Francia, Carlos el Simple, el ducado de Normandía por el Tratado de Saint–Clair–sur–Epte. Él y los suyos se convirtieron al catolicismo y comenzaron a ser llamados normandos u «hombres del Norte», fundando una Dinastía ducal que llegaría, a partir de Guillermo el Conquistador, a dominar Inglaterra. Sus últimas bases sobre el Loira serían destruidas en la década de 930–940.
Los vikingos en Rusia y Ucrania
Los varegos migraron hacia el sur y el este a través de lo que hoy son Rusia y Ucrania, principalmente en los siglos IX y X. Ya fuera como comerciantes, piratas o mercenarios, recorrieron los ríos de Gardariki, llegando al mar Caspio y Constantinopla.
Asentándose en Stáraya Ládoga, los colonos escandinavos probablemente fueron un elemento en la génesis del pueblo de Rus, y probablemente tuvieron un papel importante en la formación del Jaganato de Rus. Los varegos están mencionados por vez primera en la «Crónica de Néstor» como receptores de tributo de las tribus eslavas y finesas en 859. Era la época de la expansión de los vikingos por el norte de Europa; Inglaterra empezó a pagar el Danegeld en 859, y los curonios de Grobiņa hicieron frente a la invasión de los suecos en el mismo año.
En 862, las tribus eslavas y finesas se rebelaron contra los varegos, empujándolos hacia el mar, hacia Escandinavia, pero pronto estallaron conflictos entre ellos. El desorden provocó que pidieran a los varegos que regresaran para que los gobernasen, trayendo así la paz a la región. Liderados por Rúrik y sus hermanos Truvor y Sineo, se asentaron en Nóvgorod.
En el siglo IX, los ruses pusieron en marcha la ruta comercial del Volga, que conectaba el norte de Rusia con Oriente Medio. Como la ruta del Volga decayó a finales del mismo siglo, rápidamente ganó popularidad la ruta de los varegos hacia las tierras de los griegos. Escandinavos con base en Kiev llegaron incluso a intentar atacar la mismísima Constantinopla, capital del Imperio de Oriente. Al sur, un vasto territorio recibió el nombre de Danelagen. En la primavera del año 882, siguiendo el curso del río Dniéper, el conde Oleg llegó al asentamiento comercial de Kiev persiguiendo a unos vikingos renegados. Tras una dura batalla en la que los jefes rebeldes y sus partidarios fueron derrotados y muertos, Oleg fundó el Reino de Rusia en honor a la tribu de los ruses a la que pertenecía.
La idea que acariciaban los vikingos desde hacía mucho tiempo era llegar a la desembocadura del Dniéper en el mar Negro para asaltar la ciudad de Miklagar, nombre que daban los vikingos a Constantinopla, la mítica capital del Imperio de Oriente que pretendían asaltar para saquearla y apoderarse de sus ricos tesoros. Pero la ciudad estaba rodeada de un sistema de murallas infranqueables, y los vikingos carecían de la experiencia militar y de las máquinas de asalto necesarias para expugnarla. Por otra parte, el puerto también estaba muy bien protegido y una gran cadena lo bloqueaba en caso de producirse un ataque desde el mar.
Por este motivo, 65 años después, el príncipe de Kiev, Vladimir el Grande, decidió aliarse con el emperador de Bizancio para comerciar libremente, y adoptó el cristianismo ortodoxo como religión del joven reino de Rusia. Previamente, el soberano había sopesado la idea de convertirse al judaísmo, pero el hecho de que los judíos hubiesen perdido Jerusalén, su patria, le desencantó y rechazó esa posibilidad. También descartó convertirse al Islam por la prohibición de beber alcohol que debían observar los musulmanes. La abstinencia era algo absolutamente impensable para un vikingo.
Muchos siglos antes de ser conocidos como vikingos o normandos, sus antepasados godos ya habían recorrido aquellas mismas rutas, pues los que invadieron el Imperio Romano a mediados del siglo III, procedían de Ucrania y de las estepas rusas. Los godos se dividían en dos grandes grupos: los visigodos, o godos occidentales, y los ostrogodos o godos orientales, dependiendo de la orilla del Volga que ocupasen. Además, en algún momento entre los siglos I y II, los godos de Gotland (Suecia) se instalaron en las tierras situadas al este del Rin y se fusionaron con los pueblos germánicos.
Constantinopla
La que sería capital del Imperio de Oriente hasta 1453, fue refundada en el siglo IV por el emperador romano Constantino sobre la antigua ciudad griega de Bizancio, que gozaba de una situación estratégica inmejorable. Su posición dominante situada entre Europa y Asia, hizo que se convirtiera, desde el punto de vista geográfico, en el centro del Imperio, al mismo tiempo que, en caso de necesidad, también hacía posible el bloqueo de los territorios orientales de los Balcanes. Sus instalaciones defensivas, continuamente reforzadas y modernizadas, la convirtieron en el mayor centro comercial del Mediterráneo y en el último bastión del cristianismo frente a la espectacular expansión musulmana a partir del siglo VII. Constantinopla, como centro político, administrativo, económico y religioso, literario y artístico, eran únicos en la Edad Media. Las fabulosas murallas construidas en tiempos de Teodosio lo componía un sistema defensivo compuesto por una línea tripe de murallas, terrestres y marítimas, escalonadas, y estuvo considerado como la mejor obra de la ingeniería militar durante siglos. Sus inexpugnables murallas, representaban para los bizantinos un símbolo vivo del destino eterno del Imperio.
El magnífico palacio de los emperadores bizantinos en el Bósforo —objetivo soñado de los vikingos—, era una ciudad fabulosa dentro de otra gran ciudad magnífica; la suntuosidad de sus jardines y edificios ejercía un fascinante efecto. Al mismo tiempo, Constantinopla era la sede del patriarca ortodoxo más poderoso e influyente, a pesar de la competencia con Alejandría y Antioquía. En la ciudad y sus alrededores se encontraban numerosas iglesias y monasterios, cuyos moradores desempeñaban a menudo un importante papel en los disturbios urbanos. La basílica de Santa Sofía era el símbolo de Constantinopla por excelencia. Otro de los centros vitales de la ciudad en la época romana tardía, fue el hipódromo, con una capacidad para más de 40.000 espectadores. Las viviendas eran a menudo construcciones primitivas de ladrillo, las calles eran estrechas y oscuras, y esteban llenas de basura. Pero la ciudad era también el centro comercial que unía el Occidente cristiano con el Oriente musulmán. La ciudad solo pudo ser tomada en dos ocasiones: una en 1214, durante la IV Cruzada y otra, que fue la definitiva, el 29 de mayo de 1453 por el gran ejército de los turcos otomanos.
Territorios y exploraciones vikingas en ultramar
En sus expediciones los vikingos colonizaron Islandia y la convirtieron en su último bastión. Según cuentan las sagas islandesas, los vikingos llegaron por primera vez a Groenlandia en el año 982. En aquel momento, la colonia consistía en dos asentamientos, con una población total de entre 3.000 y 5.000 habitantes, y al menos 400 granjas que pueden datar de esa época han sido identificadas en el sitio por los arqueólogos.
En el año 981, Erik el Rojo, que había sido desterrado de Islandia, emprendió un viaje de exploración hacia una tierra mencionada por marinos y poetas. En su drakar de 32 metros de largo recorrió hacia el oeste unos 320 kilómetros hasta encontrar la costa este de Groenlandia, a la que no pudo acercarse debido a la banquisa —conjunto de placas de hielo flotantes en la región de los mares polares—, y las corrientes lo arrastraron hacia el cabo Farewell, al sur de la isla. Cuatro años más tarde, Erik el Rojo con 400 personas fundó dos colonias en la costa oeste que llegaron a tener 5.000 y 1.400 colonos respectivamente.
En su cúspide, la colonia vikinga en Groenlandia tuvo una diócesis en Gardar y exportaba marfil, cuerdas y productos agropecuarios. En 1261, la población aceptó el gobierno del rey de Noruega, aunque continuó aplicando sus leyes locales.
Según cuentan las sagas islandesas (la «Saga de Erik el Rojo» y la «Saga de los groenlandeses», que son capítulos del Hauksbók del Libro de Flatey), los vikingos iniciaron la exploración al oeste de Groenlandia a los pocos años de establecerse los asentamientos en la isla. Bjarni Herjólfsson, un mercader que navegaba entre Islandia y Groenlandia, perdió el rumbo, llegando a un territorio mucho más al oeste. Herjólfsson describió el territorio a Leif Ericsson, quien exploró el área con mayor detalle y fundó un pequeño asentamiento, llamado Leifbundir.
Las sagas describen tres áreas separadas descubiertas durante esta exploración: Helluland, que significa «tierra de las piedras planas»; Markland, un territorio cubierto por bosques (algo que claramente interesaba a los colonos de Groenlandia, región escasa de árboles); y Vinland o «tierra de las viñas», que estaba algo más al sur de Markland. Fue en Vinland donde se estableció el asentamiento descrito en las sagas.
Los diversos pueblos vikingos se encontraban interrelacionados a través del mar, que comunicaba los numerosos núcleos habitados sin unidad política. Las diferencias en sus costumbres y en las rutas marítimas elegidas se deben sobre todo a su posición geográfica y a sus peculiares características físicas.
Para surcar estos mares usaban dos tipos de barcos drakares («dragones» en nórdico) y «knarr» (barco velero de casco corto y amplio, lento pero de gran maniobrabilidad). El desarrollo de los drakareses, barcos largos y estrechos fáciles de gobernar y muy útiles para el transporte y desembarco de tropas, sin igual en la Europa medieval, fue uno de los motivos que impulsó su éxito y rápida expansión.
La flota vikinga: el drakar
Los drakares eran embarcaciones largas, estrechas, livianas y con poco calado, con remos situados a babor y estribor en casi toda la longitud del casco. Versiones posteriores incluían un único mástil con una vela rectangular que facilitaba el trabajo de los remeros, especialmente durante las largas travesías. En combate, la variabilidad del viento y la rudimentaria vela convertían a los remeros en el principal medio de propulsión de la nave.
Casi todos los drakares se construían sin emplear cuadernas. Utilizaban el método de casco trincado, superponiendo planchas de madera y para sellar las juntas de unión entre las planchas se utilizaba musgo impregnado con brea. El reducido peso del drakar y su poco calado hacían posible que navegara por aguas de solo un metro de profundidad, lo que posibilitaba un rápido desembarco e incluso el transportar la embarcación por tierra.
La mitología nórdica
Los vikingos eran paganos que practicaban una religión politeísta. Adoraban a un panteón de dioses que personificaban las fuerzas de la naturaleza y otros conceptos. Hay que tener en cuenta que, en contra de la percepción popular generalizada, los vikingos no fueron uniformemente paganos antes de su conversión al cristianismo. Un gran número de ellos se había ido convirtiendo progresivamente, bien durante sus incursiones a tierras extranjeras, bien a través de monjes misioneros. Estos vikingos cristianos se hicieron cada vez más numerosos a medida que la nueva fe sustituía definitivamente al paganismo durante la evangelización de Escandinavia, aunque las viejas creencias perdurarían hasta bien entrado el siglo XI. La conversión de los monarcas vikingos y la posterior imposición de la fe cristiana por parte de éstos a todo el pueblo nórdico, constituyó un punto de inflexión crucial en la historia de los vikingos.
Durante este proceso de transición religiosa, la fe politeísta vikinga recibió influencias cristianas (como antaño las había recibido de la religión pagana de Roma). A ello hay que añadir que muchas de las fuentes que proporcionan el conocimiento actual de la antigua religión vikinga fueron escritas por cristianos, y algunos de sus mitos y descripciones responden a una visión cristiana interesada de la mitología nórdica.
La codicia de los vikingos era proverbial

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