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sábado, 8 de julio de 2017

La católica reina Isabel de Castilla

La figura de la reina Isabel I ha sido sobredimensionada, pero aun así es fundamental para conocer el tránsito que se produce en la península Ibérica de la Edad Media a la era Moderna. Su reinado, junto a su esposo Fernando de Aragón, servirá de puente entre dos épocas y tendrá elementos identificativos tanto de una etapa como de la otra. Isabel nace el 22 de abril de 1451 en el pueblo abulense de Madrigal de las Altas Torres. Será la tercera hija del rey Juan II de Castilla, casado en segundas nupcias con doña Isabel de Portugal, la madre de la futura reina Católica. Su infancia transcurrió en Arévalo, donde se trasladó su madre al poco tiempo de enviudar. La estancia en Arévalo no será muy agradable ya que la madre pronto empieza a dar muestras de locura. Poco sabemos de su instrucción, suponiendo que en estos años aprendería a leer y escribir. En 1464 el rey Enrique IV, su hermanastro, la lleva a su corte, dotándola de rentas, mercedes y una villa en Casarrubios del Monte. Las relaciones entre los hermanos son bastante estrechas y don Enrique da muestras de cariño hacia la joven infanta al igual que hacia su otro hermano, don Alfonso. A pesar de ello, la situación en la corte de Enrique no es muy gratificante ya que los nobles castellanos desean restar aún más poder al legítimo monarca, produciéndose un soterrado enfrentamiento entre los partidarios de una monarquía fuerte y los que optan por un monarca manejable del que puedan conseguir todo tipo de gracias y prebendas. En este ambiente se produce un hecho significativo conocido como la «Farsa de Ávila». En una grotesca ceremonia los nobles deponen a Enrique IV y nombran rey de Castilla al príncipe Alfonso, alegando que la heredera —Juana, hija de Enrique y de su segunda esposa Juana de Portugal— es ilegítima al ser fruto de los amores de la reina y el valido, Beltrán de la Cueva, de donde proviene el mote de «Beltraneja» con el que la infanta es conocida posteriormente. Isabel está al margen de todas estas maniobras pero pronto entrará en escena.
La muerte del príncipe Alfonso en 1468 provoca que sus partidarios elijan a la joven infanta como nueva candidata para arrebatar la corona a su hermano Enrique. El objetivo de los nobles será contar con una persona manejable con la que prevaricar en beneficio propio. En este contexto se firma el Pacto de los Toros de Guisando (1468) en el que Enrique reconoce a su hermana Isabel como princesa de Asturias, confirmando la ilegitimidad de su hija Juana la Beltraneja. Resulta curioso que Isabel, cuyas posibilidades de reinar eran muy escasas, se convirtiese en la sucesora al trono de Castilla. Como princesa de Asturias, la joven Isabel debe elegir un buen marido para casarse. Los candidatos a este matrimonio político serán varios: Alfonso V de Portugal; don Pedro Girón, maestre de Calatrava y su primo don Fernando de Trastámara, heredero de la Corona de Aragón. La elección se consumó en Ocaña, donde Isabel constituyó su residencia: Fernando era el elegido. El matrimonio se celebrará en Valladolid el 19 de octubre de 1469, presentando el arzobispo Carrillo una bula papal falsa, ya que ambos contrayentes eran primos segundos, teniendo como antepasado común a Juan I de Castilla. Pero este matrimonio significará el enfrentamiento entre los dos hermanos ya que Enrique reacciona rápidamente y declara ilegal el nombramiento de Isabel como princesa de Asturias, reconociendo a su hija Juana la Beltraneja como su heredera legítima (Valdelozoya, 1470). La semilla de la guerra civil está sembrada, pero aún tardará unos años en dar su amargo fruto.
En un primer momento, Isabel y Fernando apenas cuentan con aliados, retirándose a Medina de Rioseco, pero paulatinamente va creciendo el número de sus partidarios: en Vasconia, Borgoña, Roma y en la poderosa familia Mendoza. La posición de Isabel es cada vez más fuerte y parece que el propio Enrique se aviene a negociar. Pero en estos momentos el monarca fallece en Madrid, en la noche del 11 al 12 de diciembre de 1474, sin hacer testamento. Tomando como base el tratado de los Toros de Guisando, Isabel se proclama reina de Castilla en Segovia, el 13 de diciembre. Es una política de hechos consumados que provocará la guerra entre Isabel y sus partidarios —que apoyan una monarquía estable y consolidada— frente a Juana y sus aliados, curiosamente los que anteriormente consideraban ilegítima a La Beltraneja, pretendiendo consolidar así sus derechos feudales y relegar a la monarquía a un plano meramente formal. En enero de 1475 se firma la Concordia de Segovia entre Isabel y Fernando, donde se produce un reparto de competencias entre ambos monarcas. Isabel es «Reina y propietaria de Castilla» y su esposo recibe el título de Rey consorte. Desde este momento los esposos formarán un bloque imposible de dividir y con esa firmeza pueden hacer frente a sus enemigos.
La guerra civil se desarrolla entre 1475 y 1479, convirtiéndose en una guerra internacional al participar Portugal y Francia apoyando a Juana la Beltraneja mientras que Aragón presta su apoyo a Isabel y Fernando, al tiempo que combate a los franceses en el Rosellón e Italia. La derrota portuguesa en las cercanías de Toro (1 de marzo de 1476) y las dificultades francesas para invadir tierras guipuzcoanas gracias a la labor de la improvisada escuadra castellana, inclinan la balanza a favor del bando isabelino. Durante tres años se irán sofocando los focos de resistencia en tierras extremeñas y andaluzas, lo que indica que los partidarios de Isabel no eran tantos como se creía. Los Tratados de Alcaçovas, firmados en septiembre de 1479 con el rey de Portugal, ponen fin a la contienda y desde ese momento Isabel queda firmemente asentada en el trono castellano. Ese mismo año muere el rey Juan II de Aragón, por lo que Fernando se convierte en el nuevo monarca aragonés, poniéndose en marcha la unión dinástica de Castilla y Aragón. Los cimientos del Estado moderno se están colocando en la península Ibérica. Para robustecer el poder real se tomarán una serie de medidas de gran calado, la mayor parte de ellas en el seno de las Cortes: la constitución de la Santa Hermandad con fines de índole policial y judicial (Madrigal de las Altas Torres, 1476); la reorganización del Consejo Real, la ampliación de las competencias de los corregidores (Toledo, 1480); regulación de la Hacienda Real; revisión de las mercedes otorgadas a los nobles por Enrique IV; incorporación de los maestrazgos de las Órdenes Militares a la Corona de Castilla al nombrar Gran Maestre a don Fernando; establecimiento en Valladolid de la Real Cancillería, creando una segunda Cancillería en Granada (1505); constitución de un Ejército Real permanente que tiene como núcleo las Guardias Reales, las milicias urbanas y la Santa Hermandad. En materia religiosa se produce la expulsión de los judíos (1492); la reforma de las órdenes religiosas, labor realizada por el cardenal Cisneros; y la creación de la Inquisición en Castilla y Aragón gracias a la bula Exigit sinceras devotionis affectus promulgada por Sixto IV por la que se otorga a los reyes el poder de nombrar dos o tres obispos para desempeñar el oficio de inquisidores, produciéndose las primeras condenas en Sevilla el año 1481.
En 1492 se producen tres hechos de gran importancia en la Historia de España: la conquista de Granada —que pone fin a la guerra con el reino nazarí después de diez años—, la conquista de las islas Canarias y el descubrimiento de América. Los tres episodios se pueden relacionar con la política exterior desarrollada por Isabel y Fernando, encaminada a extender los dominios españoles para afianzar a la Corona como una gran potencia internacional, enfrentándose a Francia y Portugal. Bien es cierto que la línea trazada por Fernando tenía como objetivo la expansión hacia el Mediterráneo —Nápoles y Sicilia— pero con estas nuevas aportaciones Castilla se abría paso hacia el Atlántico. Gracias a la bula Inter Caetera (mayo de 1493) el papa Alejandro VI concedió a Castilla la soberanía sobre las tierras descubiertas en ultramar. Será este mismo pontífice quien otorgue a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos en 1494 —para compensar al título de «Rey Cristianísimo» que ostentaban los monarcas franceses— que también disfrutarán sus herederos. Dentro de las relaciones exteriores cabe destacar la política de enlaces diseñada por los reyes para sus hijos. Todos los matrimonios están encaminados a aislar a Francia: Isabel casaría con el príncipe portugués don Alfonso, y al enviudar, con su heredero, don Manuel el Afortunado; Juan casará con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano I y María de Borgoña; Juana contraerá matrimonio con Felipe de Habsburgo, también hijo del emperador; María se casará con su cuñado, el viudo don Manuel de Portugal; Catalina será la primera esposa de Enrique VIII de Inglaterra.
La muerte del príncipe Juan en 1497 provocará a doña Isabel una profunda depresión. El fallecimiento de la infanta Isabel (1498) y la de su hijo Miguel (1500), heredero de tres coronas: la de Portugal por su padre, la de Castilla por su abuela y la de Aragón por su abuelo, aumentarán la desazón en la reina que fallecerá en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, víctima de un cáncer. El testamento deja como heredera y propietaria de la Corona de Castilla a su hija doña Juana de Trastámara, más tarde conocida como Juana la Loca. El cadáver de doña Isabel fue llevado a Granada para ser enterrada en un hermosísimo sepulcro —obra de Domenico Fancelli— en la Capilla Real de Granada. Allí reposan sus restos y los de su regio esposo, don Fernando II de Aragón, fallecido el 23 de enero de 1516.



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