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viernes, 22 de diciembre de 2017

Juana la Loca, la última reina de Castilla

Doña Juana de Trastámara, que pasó a la Historia como Juana la Loca, fue la última reina de Castilla y protagonizó una turbulenta relación de amor y odio con su apuesto esposo, Felipe de Habsburgo, que la llevó a la locura tras la muerte de éste e hizo que su padre, Fernando el Católico, la recluyese en el castillo de Tordesillas, donde pasaría el resto de sus días. Juana, tercera hija de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (Reyes Católicos) nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Guardaba un gran parecido físico con su abuela paterna, la portuguesa doña Juana Enríquez que también fue reina de Castilla, por lo que Isabel de Castilla llamaba a su hija «mi suegra». Sus padres le procuraron una esmerada educación, entre sus preceptores se hallaba Beatriz Galindo. Pronto se reveló en Juana una vena mística que pretendió encauzar haciéndose monja; en cambio, sus regios padres le deparaban otros planes de futuro a la atractiva Juana. La política exterior de la incipiente monarquía hispánica tenía como fin cercar al enemigo reino de Francia; en consecuencia, fue concertada una doble boda que fortalecía los vínculos con el Sacro Imperio, enemistado con Francia a causa de la anexión del floreciente ducado de Borgoña, de donde procedía Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano Habsburgo. El príncipe Juan, heredero de la Corona de Castilla, se unía con la hija de Maximiliano y María de Borgoña, mientras que Juana, recién cumplidos los 16 años, casaba con el archiduque Felipe el hijo menor del emperador y heredaba innumerables títulos nobiliarios: duque de Borgoña, de Luxemburgo, de Brabante, de Güeldres y Limburgo y conde de Artois, Tirol y Flandes. Felipe ha pasado a la Historia con el sobrenombre de «El Hermoso», aunque a la vista de los retratos que de él se conservan, el apelativo quizá resulte excesivo. Era un hombre de cuerpo proporcionado y de agraciado rostro, aficionado a los deportes de su tiempo al ser ágil y poseer una gran fortaleza física. La intensa dedicación de la nobleza a la vida galante no es privativa de nuestro tiempo, se le atribuyen abundantes amantes en la corte borgoñona. Al igual que sus homólogos españoles, su padre, por motivos políticos, concertó con los Reyes Católicos un matrimonio doble: Felipe y su hermana Margarita casarían con Juana y Juan. El matrimonio de Felipe y Juana se celebró en Lille, el 21 de agosto de 1496. Las crónicas relatan que no pudo empezar con mejores auspicios y que la atracción física entre los novios fue muy intensa desde el momento de conocerse, obligando a precipitar el casamiento para permitir a los fogosos cónyuges consumarlo de manera inmediata. Pronto quedó Juana embarazada y el 15 de noviembre de 1498, nació una niña a la que se puso el nombre de Leonor (quien en el futuro será una de las primeras bazas en la política exterior de su hermano, el emperador Carlos, y casará primero con el rey Manuel I de Portugal y tras quedarse viuda, contraerá segundas nupcias con Francisco I de Francia). Según la opinión más extendida, este embarazo fue el detonante del cambio de actitud experimentado por Felipe, que volvió a sus devaneos amorosos con las damas de la corte de Borgoña.
La situación se hizo de dominio público y llegase a conocimiento de la esposa. Para sorpresa de todos, la princesa no reaccionó acorde con el proceder establecido por la sociedad en casos parecidos; en lugar de transigir con la situación —quizá pagando con la misma moneda— exigió fidelidad a su esposo. No olvidemos que Juana había sido educada en la católica y sobria Castilla del siglo XV. Dado que el libertino esposo no varió su comportamiento disoluto, la princesa Juana fue presa de unos celos obsesivos y puso de su parte todo lo posible para retornar a las apasionadas relaciones de antaño —los esposo tuvieron cinco hijos más en el espacio de siete años— emprendiendo, a la vez, una estrecha vigilancia del infiel compañero, lo que dio lugar a infinidad de situaciones más o menos embarazosas. Como ejemplo de este comportamiento sorprendente se cita dos anécdotas reveladoras: Juana agredió en cierta ocasión a una dama de compañía, cortándole el cabello con sus propias manos, por tener fundadas sospechas de ser esta cortesana una de las furtivas amantes de Felipe. El 24 de febrero de 1500 nace su segundo hijo, Carlos, el futuro emperador de Austria y rey de las Españas. Cuenta la tradición que el parto tuvo lugar en un pequeño retrete del palacio de Gante, porque Juana, a pesar de su avanzado estado de gestación, acudió a una fiesta para vigilar a su marido, sorprendiéndola allí la rotura de aguas. No debe extrañar que ante tan insólita afectación, los cortesanos empezasen a sospechar del equilibrio anímico de la futura soberana, comenzando a tejerse la leyenda que la acompañaría en la posteridad. Las crónicas señalan una mejora en las relaciones entre ambos cónyuges a partir del nacimiento de Carlos. No falta quien achaca el acercamiento de Felipe a su ambición política, pues las circunstancias le colocan en disposición de reinar en España cuando el infante don Juan, hermano mayor de la princesa Juana, muere en 1497, un año más tarde corre igual suerte la siguiente hermana, Isabel; por último, el hijo de ésta, el infante don Miguel de Portugal fallece en 1500. Estos luctuosos sucesos convierten a Juana en heredera de las Coronas de Aragón y Castilla. Fruto de la nueva luna de miel es el tercer alumbramiento: en 1501 viene al mundo Isabel, que llegará a ser reina de Dinamarca por su boda con Christian II.
A principios del año 1502 Juana y Felipe acuden a Fuenterrabía para ser proclamados príncipes de Asturias y de Gerona, títulos tradicionales de los respectivos herederos de los reinos de Castilla y de Aragón. El 10 de marzo de 1503 nace en Alcalá de Henares el cuarto hijo del matrimonio: Fernando, futuro Rey de Romanos, archiduque de Austria y rey de Hungría y Bohemia. Las pretensiones de Felipe no podían ir más allá de lo conseguido, con lo que no consideraba necesario continuar en la austera corte castellana. Alegando desgobierno en sus estados partió hacia Flandes: Juana, en contra de su voluntad, se quedó en España. La separación recrudeció los celos, que se tornaron mucho más obsesivos; la corte castellana comienza a hacerse eco de las habladurías procedentes de Flandes acerca de un serio desequilibrio mental, sus padres, los Reyes Católicos, pretextando su estado físico tras el reciente parto, insisten en mantener a Juana a su lado vigilando su evolución. Pero la voluntad de la princesa es firme, desea acudir al lado de su esposo. Venciendo los serios intentos de su madre por retenerla, acaba embarcando con destino a Flandes. Para su desconsuelo, allí comprueba que sus temores no eran infundados.
Cuando fallece la católica reina Isabel de Castilla a causa de un cáncer en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, la nueva situación obliga a la pareja a regresar a España, aunque un nuevo embarazo retrasa la partida; a finales del año 1505 Juana alumbra a María, que desposará al rey Luis de Hungría y Bohemia. Por fin, en la primavera de 1506, tras una breve estancia en Inglaterra, Juana y Felipe arriban a La Coruña. El testamento de la católica reina Isabel deja como heredera de la Corona de Castilla a su hija Juana, mas una disposición adicional señala que, en caso de demencia, la regencia sería encomendada a su padre don Fernando el Católico, rey de Aragón. Esta disposición sería la semilla de los graves enfrentamientos de Juana con su padre y su esposo, enfrentados desde hacía tiempo. Esto hizo que la salud mental de Juana se resintiese. La joven reina carece de ambición por el poder, está enamorada de su esposo y sólo desea que éste le sea fiel. Muy distinta es la actitud de Felipe, que ansía convertirse en rey de Castilla y la de su padre el rey Fernando, que no está dispuesto a renunciar al proyecto de unidad peninsular que él y su esposa Isabel habían iniciado en 1476. Ambos se enzarzan en una agria disputa con una referencia común: sus presuntos derechos a ejercer la regencia emanaban de la pretendida incapacidad de Juana. Felipe juega las bazas tradicionales en los aspirantes al poder; mediante una táctica de promesas a la nobleza, poco feliz con la política de los Reyes Católicos, atrae a su bando a una parte importante de sus miembros, obligando a don Fernando a retirarse a Aragón, quedando así como virtual señor de Castilla. Su breve reinado estará caracterizado por el reparto de privilegios y mercedes a los nobles castellanos y flamencos, alcanzando un papel determinante el señor de Belmonte, don Juan Manuel.
Pero la alegría del ambicioso Felipe es efímera. A comienzos del mes de septiembre de 1507 don Felipe juega un partido de pelota en Burgos. Cuando termina, sudoroso, bebe una vaso de agua helada; al día siguiente se apoderó de él una fiebre muy alta. No se repuso y el 25 de septiembre de 1507 fallecía. Se propalaron algunas especulaciones sobre la posibilidad de un envenenamiento que habría pergeñado su suegro don Fernando, y que la investigación histórica no ha podido corroborar. El comportamiento de doña Juana tras el fallecimiento de su esposo constituye la mayor fuente de inspiración para todo tipo de leyendas macabras, muchas de ellas inciertas, pero que, con el paso de los años, contribuyeron a consolidar el personaje de «Juana La Loca». En el momento de recibir la terrible noticia, Juana no derramó una sola lágrima; pero su rostro adquirió para siempre un rictus de desconsuelo y amargura. Su amado Felipe fue enterrado de manera provisional en Burgos, desde donde debía ser trasladado a la Capilla Real de Granada, el lugar indicado por el protocolo. Pero una repentina epidemia aconsejo a la reina trasladarse a la Cartuja de Miraflores (Burgos), llevando consigo el féretro. Juana no dejó de acudir un solo día a la cripta; luego de almorzar en el monasterio, pedía a los monjes que abrieran el ataúd para acariciar a su marido. Le aterraba pensar que podrían llevar el cadáver de Felipe a Flandes, y necesitaba constatar a diario de que el cuerpo seguía estando allí. El 20 de diciembre de ese año, en medio del durísimo invierno burgalés, con la reina en avanzado estado de gestación, comienza el traslado del cadáver hasta el panteón real de Granada, en un lúgubre vagar por los campos y ciudades abrazada al ataúd. El tétrico espectáculo de la comitiva fúnebre, la cara pálida y aterrada de Juana, conmocionaban a la gente en los caminos. La comitiva, encabezado por la viuda, viajaba siempre de noche y alojándose en lugares donde las mujeres no pudiesen tener contacto con el cortejo, lo que aumentó las noticias de la locura de doña Juana. Para aumentar los detalles morbosos, durante el trayecto la reina viuda se puso de parto, deteniéndose la comitiva en Torquemada (Palencia), solar de la familia homónima, cuyo miembro más distinguido fue Fray Tomás, el celebérrimo gran inquisidor de Castilla. El 14 de enero de 1507 nacía Catalina, quien años más tarde contraería matrimonio con Juan III de Portugal.
Tras el sepelio, la infortunada reina se sumió en una profunda depresión, su padre, el rey don Fernando, ya sin rival, asume la regencia de Castilla. Para mayor control de la situación decide encerrar a Juana en Tordesillas. Corría el mes de enero de 1509. En 1516 murió el Rey Católico, dejando el trono en manos de su nieto Carlos que en el futuro se coronaría césar del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V Alemania. La aciaga suerte de Juana no mejoró con el cambio de monarca; su hijo también estaba interesado en que figurase de manera oficial como incapaz, de lo contrario no sería él reconocido como rey de Castilla, con lo que mantuvo la reclusión de su madre hasta el día de su muerte. Juana permaneció el resto de su vida en Tordesillas, vestida siempre de negro y haciendo una vida ascética. Había días en que se la oía llorar desconsolada llamando a su esposo, incluso, algunos sostenían que se la escuchaba dialogar con él como si estuviera presente, todo ello contribuyó a acentuar su problema mental. Después de cuarenta y seis años de cautiverio, el 12 de abril de 1555 fallecía doña Juana, cubierto su cuerpo de úlceras al negarse a ser aseada y cambiada de ropa. Quizá los celos de la desdichada Juana degenerasen en una enfermedad mental, pero ésta se vio agravada por las disputas de poder, primero entre su marido y su padre, y luego con su hijo. Todos sus allegados prefirieron su reclusión en Tordesillas. Finalmente, Juana halló el descanso eterno junto a su amado Felipe en el panteón real de la Catedral de Granada.

Juana la Loca velando el féretro que contiene el cuerpo de su esposo

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