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lunes, 9 de abril de 2018

El enigma de la Sábana Santa


La vida, pasión y muerte de Jesús es tan conmovedora que, a lo largo de casi dos mil años, ha despertado los más profundos sentimientos, emociones y, también, discusiones. Por ello, tal vez, la Sábana Santa no ha escapado a la polémica y, desde su aparición documentada, en la Edad Media, ha suscitado controversias de todo tipo. Sobre este lienzo, que se supone envolvió a Jesús en su lecho de muerte después de ser bajado de la cruz, se han hecho cientos de estudios para demostrar o refutar su autenticidad, y a día de hoy todavía no se ha podido determinar con certeza (o, al menos, con una certeza que convenza a todos) si, efectivamente, esa tela estuvo en contacto con el cuerpo de Jesús. Lo que cuenta la tradición es bien sabido por cualquier persona que haya leído los pasajes de los evangelios en los que se narra la pasión y muerte de Jesús. Según las escrituras, Jesús sufrió una serie de tormentos después de ser condenado a muerte por proclamarse rey de los judíos, hasta que finalmente fue crucificado. Después de su muerte, José de Arimatea y Nicodemo le descolgaron del madero, lo envolvieron en una sábana de lino y lo llevaron a una sepultura nueva excavada en la roca.
A partir de ese momento, hasta nuestros días, el periplo de la sábana que sirvió de mortaja, ha sido un misterio. Los evangelios nos cuentan que, al tercer día de permanecer en el sepulcro, Jesús resucitó, y durante cuarenta días predicó entre sus seguidores y discípulos más allegados, para finalmente ascender a los cielos. La sábana, tal como cuentan los evangelistas, fue abandonada en la tumba. Uno de los argumentos a favor de la sábana es que este tratamiento de los cuerpos, era una práctica común entre los judíos en la época denominada del segundo Templo (30 a.C. al 70 d.C.), en la que vivió Jesús. Lo normal era colocarlos en un osario (que solía estar excavado en la piedra), tratar el cuerpo con aceites y cubrirlo con lienzos. Por ello es plausible que la sábana que envolvió el cuerpo de Jesús haya existido realmente, y que se la colocasen José de Arimatea o las mujeres que lavaron su cuerpo al bajarlo de la cruz. Pero de lo que ocurrió después con la sábana no hay muchas noticias. Ni en los evangelios ni en las fuentes históricas se menciona nada acerca de que una figura hubiera quedado impresionada en el lienzo. Nada se dice, tampoco, de su destino. Los evangelios sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas coinciden en que el cuerpo de Jesús había sido cubierto con una sábana, mientras que Juan menciona unos lienzos o vendas. Sea como fuere, durante siglos se perdió la pista de la tela, o las telas, que envolvieron el cuerpo. Y ello no ha hecho más que alimentar las sospechas acerca de la posibilidad de que la Sábana que hoy se conserva en Turín sea realmente la que se utilizó en el Calvario.
La historia de la Sábana Santa incluye saqueos, robos, ventas fraudulentas, y la actuación truculenta de miembros de la nobleza y de la Iglesia poco escrupulosos. Por eso, esta historia, tan interesante como intrigante, contiene una gran cantidad de puntos oscuros, momentos de la historia en que se pierde su rastro, y otros en que reaparece como por arte de magia en los lugares más insospechados, y en posesión de personajes de dudosa reputación. De hecho, en este punto, debemos decir que la Sábana Santa que actualmente conocemos como tal, sólo hay un registro documentado a partir de 1357 pues, especialmente durante las Cruzadas, se pierde la pista de lo que, hasta ese momento, se consideraba como la sábana que había envuelto a Jesús. Y la reaparición del lienzo no se produjo, precisamente, con grandes honores. «El deán de cierta iglesia colegiata, a saber, la de Lirey, falsariamente, consumido por la pasión de la avaricia, animado no por algún motivo de devoción sino de lucro, se procuró para su iglesia cierto lienzo hábilmente pintado, en el cual, por una diestra ilusión, estaba representada la doble imagen de un hombre, es decir, de frente y de espaldas, y el deán declara y pretende arteramente que es el verdadero sudario en el que Nuestro Salvador Jesucristo fue envuelto al ser depositado en el lecho de la tumba, y en el cual quedó impreso el retrato del Salvador con las llegas que tenía». En estos términos se dirigía en 1389 Pierre d’Arcis, obispo de Troyes, a Clemente VII, papa de Aviñón.
D’Arcis añadía en su misiva que su antecesor en el cargo, Henri de Poitiers, había descubierto «el fraude y cómo dicho lienzo había sido astutamente pintado, ya de esa verdad testimonió el artista que lo había pintado, o sea, que era una obra debida a la mano y al talento del hombre y en absoluto milagrosamente lograda u otorgada por gracia divina». A pesar de semejante declaración, el papa Clemente VII silenció las palabras del obispo. Algunos señalan una razón posible: el padrastro del hijo del propietario original de la sábana, Godofredo de Charnay, era primo del pontífice. A partir de ese momento, más allá de que la decisión del papa haya sido por convicción o por conveniencia, lo cierto es que la autenticidad de la Sábana quedó rodeada de un halo de dudas. La Sábana Santa forma parte de las miles de reliquias que están diseminadas por toda la Cristiandad, aunque su caso es particular, y distinto al del Grial. El hecho de que la Iglesia haya autorizado la realización de gran cantidad de análisis sobre ella, que se la siga venerando y que, incluso, se hayan formado asociaciones dedicadas especialmente a su estudio, la coloca por encima de otros elementos relacionados con la liturgia cristiana. Sin embargo, la autenticidad de las reliquias en general ha sido puesta en duda desde hace mucho tiempo. Debido a que determinados elementos y objetos que habían pertenecido o tenían alguna relación con los santos o con Jesús eran considerados como milagrosos, se desató en Occidente una verdadera fiebre por poseerlos. Pero así también se cometieron todo tipo de engaños y estafas, y hasta se llegó a crear una especie de tráfico de reliquias. Así como hay copias de la Sábana Santa en varios continentes (algunas con más visos de credibilidad que otras), que suman alrededor de cuarenta, también hay unos treinta y cinco clavos de la Pasión e innumerables pedazos de la Vera Cruz, como ya hemos señalado.
El saqueo de Constantinopla durante la IV Cruzada (1204) supuso un aumento de las reliquias y otros objetos sagrados puestos en circulación en Europa. El tráfico de falsas reliquias creció al ritmo de la demanda y sobre la Orden del Temple recayeron muchas suspicacias al considerar los biliosos nobles europeos y los clérigos de Roma que los monjes con espuelas se estaban enriqueciendo a costa de explotar comercialmente ese tráfico de reliquias. Fuera como fuese, todas las reliquias, ya fuesen éstas restos humanos u objetos, ya fueran verdaderas o falsas, se vieron empañadas por la sombra de la sospecha que generaba la sobreabundancia de cosas tan inverosímiles como «el suspiro de san José». El IV Concilio de Letrán (1215), incluso, reguló el procedimiento de autentificación de los restos sagrados, pero quizá ya era demasiado tarde.
Con semejantes antecedentes, es lógico que la autenticidad de la Sábana Santa de Turín haya sido puesta en duda en más de una ocasión. Y, como veremos, los estudios que se le han realizado y dan por válida no satisfacen las exigencias de toda la comunidad científica. Sin embargo, los sindonólogos, es decir, quienes estudian la Sindone y, normalmente, la consideran verdadera de antemano, sostienen que es suficiente con los estudios que se le han hecho. Descartan, además, como el de Walter McCrone, un renombrado microscopista que reveló que en la Sábana Santa había restos de pintura, o el de la datación por carbono 14, al que consideran mal realizado o inapropiado para calcular la edad de la Sindone.
Especialmente el del C14 ha tenido a maltraer a los sindonólogos desde que se conocieron sus resultados, en 1988. La mayoría de la comunidad científica internacional ha dado como válida esta datación, así como revistas especializadas y gran parte de la opinión pública. En un estudio que se realiza desde hace varias décadas, cuya invención se debe a Willard Libby (quien obtuvo un premio Nobel por su descubrimiento), y que ha resultado útil para medir cientos de descubrimientos arqueológicos. Pero el primer estudio que se realizó sobre la Sábana y que desencadenó todos los estudios posteriores es muy anterior, y fue una simple fotografía. Cuando el lienzo todavía estaba bajo custodia de la casa real de Saboya, el abogado y aficionado a la fotografía, Secundo Pía, solicitó en 1898, hacer una foto de la Sábana. Los Saboya le autorizaron a utilizar esa técnica (novedosa en ese momento) y, quizá sin saberlo, dieron el paso inicial para que la Sindone comenzara la carrera para demostrar su autenticidad. Lo que encontró Secundo Pía fascinó a todos sus contemporáneos. Observó que lo que en la Sábana se veía de una manera confusa, en el papel aparecía con toda claridad. Ocurría que la imagen de la Sábana actuaba como si fuera un negativo fotográfico, es decir, las partes oscuras se veían claras, y viceversa. De esta manera, en la foto se podían apreciar muchísimos detalles que, hasta ese momento, habían pasado desapercibidos para el ojo humano.
Uno de los primeros estudios que se hicieron sobre la Sábana Santa fue un examen médico forense, que buscó determinados, utilizando la imagen como si se tratara de un cadáver real, cuáles habían sido las causas de la muerte de la persona cuya imagen aparecía estampada en el lienzo. Desde la medicina, se trabajó para definir, científicamente, qué podía ocurrir con un hombre golpeado, azotado brutalmente, apaleado, privado de agua y luego crucificado.
Desde entonces, las distintas agrupaciones de sindonólogos han utilizado las más diversas técnicas: la palinología, la botánica, los distintos tipos de fotografía, aparatos que la NASA usa para estudiar la orografía de los planetas, ampliación de imágenes digitalizadas, análisis multiespectral y matemático de la imagen, rayos X, visibles e infrarrojos, termografía, microscopía, pruebas químicas de todo tipo para determinar la naturaleza de la imagen y de las marcas de sangre, así como de la historia del lino, además de los posibles métodos humanos para tratar de crear una imagen igual a la que aparece impresionada en la Sábana Santa. Algunos de los resultados de las investigaciones, fueron los siguientes: los microbiólogos aseguraron que hay un recubrimiento bacteriano en los hilos que pudo haber alterado la datación a través del método del carbono 14. Otros expertos sostuvieron que el incendio de 1532 que casi destruyó la Sindone pudo haber alterado la composición del carbono 14 y, por tanto, dar una antigüedad incorrecta. Los médicos dijeron que la imagen corresponde a la de un ser humano normal. Expertos en arte aseveraron que no se trata de una pintura y que ninguna persona pudo haberlo pintado. Reputados químicos aseguraron que en la Sábana existen restos de sangre humana y que las heridas sobreimpresionadas en lienzo parecían auténticas.
Por otra parte, la ciencia también aportó un buen número de inexactitudes debido a deficiencias en las técnicas empleadas que, finalmente, no resultaron ser tan concluyentes como se anunciaba. Así, las radiografías de rayos X dieron como resultado que no hay rastros de que se hubiesen utilizado sustancias con base de metales como si fuera pintura. En las espectroscopias realizadas no se encontraron trazas significativas de pintura, tinta, pigmentos o tintes. Los palinólogos aseguraron que en la Sábana se encontró polen de especias típicas de Palestina y de áreas geográficas circundantes. Los analistas expertos en microscopia señalaron que hay partículas de Tierra caliza similares a las que se encuentran en las colinas que rodean la ciudad de Jerusalén.
La Sábana ha sido fotografiada cientos de veces y con todo tipo de técnicas. Los fotógrafos indicaron que la imagen se comporta como un negativo, es decir, que se transforma en positivo al plasmarse en un negativo fotográfico y expertos en imágenes establecieron que la Sábana ha sido utilizada como el prototipo para todos los iconos bizantinos relacionados con Jesús desde el siglo VI. Por su parte, expertos físicos han asegurado que la impresión de la imagen se produjo como consecuencia de una deshidratación de la celulosa, lo que los ha llevado a proponer la hipótesis de que haya sido causada por una radiación energética; para los creyentes, esto puede significar una evidencia del misterio de la resurrección.
En cuanto a qué es lo que está plasmado en la Sábana, tengamos en cuenta los siguientes datos: los expertos en ADN aseguraron que en la sangre encontrada en la sábana hay evidencias de genoma humano, probablemente del tipo AB. Según los antropólogos forenses, el hombre que aparece en la sábana tiene rasgos típicamente semíticos, y la edad en el momento de su muerte estaría entre los 30 y 40 años. Los médicos han determinado que la imagen del cuerpo muestra signos de rigor mortis y los estudios químicos demuestran que no hay evidencia en la sábana de ningún tipo de la descomposición orgánica característica que presenta un cadáver a las pocas horas de producirse el óbito.
Sin embargo, muchas de estas investigaciones han sido realizadas de manera que no han podido ser contrastadas por científicos independientes, o bien han sido desestimadas por estudios posteriores. Incluso se han dado casos de desacreditación de los investigadores que habían llevado a cabo estos estudios, la mayoría anteriores a la técnica de datación por carbono 14. Después de extenderse esta técnica, la mayoría de las investigaciones se dirigieron a intentar demostrar las presuntas fisuras que podía tener este nuevo método, e incluso llegaron a desestimarlo argumentando que no era útil para medir la antigüedad del lino empleado en la confección de la Sábana Santa. ¿Se reduce todo a una cuestión de fe? En la tradición cristiana, la Sindone de Turín es una reliquia de mucho valor, pero lo cierto es que no está reconocida por la Iglesia católica de forma explícita. Como tampoco lo está el Santo Cáliz de Valencia.
Sólo la Biblia es reconocida y aceptada como el conjunto de libros «inspirados por Dios» que transmiten la verdad revelada, norma incuestionable de la Iglesia católica, para la que también la tradición tiene un valor importante, es decir, el testimonio de las primitivas comunidades cristianas que florecieron a lo largo y ancho del Imperio Romano y que transmitieron el mensaje revelado por Cristo y sus discípulos a través de sus prédicas. Las enseñanzas de Jesús y sus actos, como los milagros, los exorcismos o las sanaciones, todo ello relatado en los años posteriores a su muerte por quienes fueron sus discípulos, son la única fuente en la que el creyente ortodoxo debe beber. O, al menos, eso es lo que se supone. Porque a lo largo de la dilatada historia del cristianismo, es casi imposible encontrar una época en la que los creyentes no hayan adorado imágenes de santos y reliquias.
Sin embargo, lo cierto es que la Sábana Santa no pertenece a la revelación cristiana ni a la tradición viva de la Iglesia. Es por ello que muchos cristianos critican el enorme trabajo por demostrar que la Sábana es auténtica, pues consideran que una certificación científica no cambiaría en nada su fe. Y, sostienen, que sería preferible concentrar esas energías derrochadas en las investigaciones, en difundir las palabras de Jesús y sus enseñanzas. Probar científicamente que la Sindone cubrió el cuerpo de Jesús, es una cuestión que interesa por igual a los creyentes y a los no creyentes, pero no pertenece al ámbito natural de la fe ni de la Iglesia. En todo caso, ni la piedad ni las investigaciones científicas determinan el dato revelado; pueden ayudar, sin duda, a iluminar aspectos de la figura del Jesús histórico, pero nunca serán datos que determinen la fe ni los dogmas cristológicos. No obstante, los estudios realizados a la Sábana han servido para estudiar, de una manera muy visual, las prácticas de la crucifixión que eran comunes entre los romanos, pero que ya se habían empleado en Palestina antes de la llegada de las legiones de Cneo Pompeyo el Grande. Pero ya sea desde una óptica puramente espiritual, en la que la Sábana podría ser un elemento que ayudase a reforzar la fe católica, como desde un ángulo científico, el estudio de la Sábana tiene una importancia crucial para todas aquellas personas interesadas en acercarse a un hombre, sin duda único, que acabaría cambiando la vida de millones de personas y el curso de la Historia.


viernes, 6 de abril de 2018

El mortal accidente de esquí de don Alfonso de Borbón en 1989


A pesar de ser un consumado esquiador, don Alfonso de Borbón y Dampierre falleció mientras bajaba una pista de Beaver Creek (Colorado) el 30 de enero de 1989. Ese día se celebraba el campeonato mundial de esquí, y esa pista sólo estaba abierta para el jurado, del cual don Alfonso no formaba parte. La investigación policial señaló que la muerte de don Alfonso se debió a un accidente fortuito. No obstante, los informes del suceso redactados por la Policía y escamoteados a la opinión pública, constatan que el duque de Cádiz, tras el mortal descenso, estuvo durante cuarenta minutos tirado en el suelo, pero con vida. Tardaron dos horas en llevarle a la clínica, que tan sólo estaba a dieciséis kilómetros del lugar del accidente. Cuando don Alfonso de Borbón entró en la clínica, todavía tenía pulso cardiaco. Además, los policías le hicieron dieciocho fotografías mientras agonizaba en el suelo y le robaron el Rolex y mil dólares que llevaba en la cartera. El empleado de la estación de esquí que levantó el cable con el que el duque de Cádiz se degolló cuando descendía por la pista desapareció de Beaver Creek al día siguiente del accidente y jamás se le volvió a ver ni a saber de él. La Policía tampoco se preocupó de buscarle para interrogarle, aunque el informe del sheriff de Beaver Creek especifica que la muerte de don Alfonso fue calificada como «homicidio». Por su parte, doña Emanuela Dampierre, madre de don Alfonso y duquesa de Segovia, cuenta en sus Memorias lo siguiente: «A mí lo único que me sorprendió es que en Estados Unidos, donde la gente, por lo general, es experta y muy cuidadosa en sus cometidos laborales, el encargado de abrir y cerrar las pistas de esquí se fuera a comer un sándwich y, mientras tanto, dejara la barrera a media altura. Yo hubiera comprendido que ésta quedara arriba o abajo, pero a medias del recorrido… Se especuló mucho sobre el asunto y, en mi opinión, fueron muy peregrinas algunas de las ideas que se lanzaron... Por lo visto, estaban haciendo mediciones en la pista con el fin de poder utilizarla para otras actividades relacionadas con el esquí y, como había ruido, don Alfonso no oyó la advertencia de que tuviera cuidado al iniciar el descenso. Con sinceridad, creo que se trató de un trágico accidente».
Hay que señalar que la familia del duque de Cádiz y los propietarios de las pistas de esquí alcanzaron un acuerdo millonario para dar por zanjado el asunto. Después de alcanzarse este acuerdo, empezó a circular una historia distinta sobre cómo había tenido lugar el trágico accidente de Beaver Creek que costó la vida a don Alfonso. Según esta versión, a don Alfonso le acompañaba su amigo el esquiador austriaco Tony Sailer con el que se encontró casualmente y decidieron bajar juntos por las pistas después de la celebración de unas pruebas de esquí femenino que se habían celebrado unas horas antes. Al llegar a la meta Sailer advirtió que había un cable demasiado bajo y fue a avisar a los demás esquiadores. Esto sugiere que no eran los únicos que estaban realizando el descenso en esos momentos. Y resulta extraño que Sailer no hiciese nada para avisar en primer lugar don Alfonso que estaba esquiando con él. El caso fue que don Alfonso, que bajaba por la izquierda de Sailer, no vio el cable y se degolló con él. Según esta versión, don Alfonso murió en el acto.
Don Alfonso estaba casado con doña Carmen Martínez-Bordiú, nieta del general Franco, y estaba considerado por los monárquicos legitimistas franceses jefe de la Casa Real de Francia desde la muerte de su padre, el infante don Jaime de Borbón en 1975. Algunos años antes de contraer matrimonio con doña Carmen Martínez-Bordiú, don Alfonso de Borbón Dampierre había especulado en la televisión francesa con la posibilidad de llegar a ser rey de España: «Hay tres condiciones para esto: tener sangre real, treinta años de edad y ser español. Obviamente, yo cumplo dichos requisitos» comentó risueñamente. Estas declaraciones las realizó algún tiempo después de que su padre, don Jaime de Borbón y Battenberg, se retractase de su renuncia al trono y se proclamase duque de Anjou y jefe de la Casa Real de los Borbones en sus ramas española y francesa. Cuando Franco designó a don Juan Carlos como su sucesor en la Jefatura del Estado, nombró a don Alfonso de Borbón y Dampierre embajador de España en Suecia, y fue allí donde conoció a su futura esposa, doña María del Carmen Martínez-Bordiú y Franco. Su suegro, el marqués de Villaverde, don Cristóbal Martínez-Bordiú, la llevó a la recepción y la presentó él mismo a don Alfonso. En 1971 don Alfonso de Borbón y Dampierre hizo formal su petición de mano a los padres de doña Carmen Martínez-Bordiú en el Palacio de El Pardo. En marzo de 1972 se casaron en la capilla de dicho palacio. Para asistir a este acontecimiento viajó a Madrid el padre de don Alfonso, don Jaime de Borbón y Battenberg. Era la primera vez que pisaba suelo español desde su partida al exilio cuarenta años antes. Tras la boda, los recién casados se trasladaron a Estocolmo, donde Alfonso siguió desempeñando las funciones propias de su cargo de embajador. Estando en Suecia, el matrimonio anunció que estaban esperando su primer hijo: don Francisco de Borbón y Martínez-Bordiú, quien nació en Madrid en noviembre de 1972 y tuvo como padrinos a su bisabuelo, don Francisco Franco, y a su bisabuela, doña Vittoria Ruspoli. Dos años después, en 1974, nació don Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú. Después de que don Alfonso contrajese matrimonio con doña Carmen Martínez-Bordiú, los rumores de una posible alteración de la línea sucesoria volvieron a cobrar fuerza. El matrimonio recibió el ducado de Cádiz y algunos familiares y personas del entorno de Franco querían que don Alfonso fuese designado su sucesor a título de rey, en lugar de su primo don Juan Carlos. Franco sentía verdadera aversión hacia el conde de Barcelona, don Juan de Borbón y Battenberg, padre del actual rey emérito don Juan Carlos, y desde algunos sectores se aseguraba que don Alfonso sería el próximo rey de España. Entre las personalidades próximas a Franco que no veían con buenos ojos la designación de don Juan Carlos, estaba el almirante Carrero Blanco quien, como la propia reina doña Sofía reconoce durante su entrevista con Pilar Urbano en 1996, no profesaba ninguna simpatía hacia los entonces príncipes, don Juan Carlos y doña Sofía.
Carrero Blanco murió en un atentado en diciembre de 1973, y en marzo de 1975 fallecía en Suiza don Jaime de Borbón y Battenberg, padre de don Alfonso. Franco no alteró los planes de sucesión a la Jefatura del Estado previstos desde 1969 y Juan Carlos de Borbón fue proclamado rey de España tras la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975. En 1979 don Alfonso y doña Carmen anunciaron su separación y en 1982 se divorciaron. Dos años después de su divorcio, don Alfonso sufrió un terrible accidente automovilístico en Navarra, cuando volvía de esquiar en Baqueira-Beret, y a consecuencia del mismo murió su hijo mayor Francisco, el 7 de febrero de 1984. En el automóvil viajaba también su hijo menor, Luis Alfonso. El accidente tuvo lugar el día anterior, a las ocho de la tarde, y todos fueron trasladados al Hospital de Navarra en Pamplona. Alfonso de Borbón y Dampierre no pudo estar en el entierro de su hijo al estar aún hospitalizado, y según algunos de sus allegados y familiares, jamás llegó a recuperarse de las secuelas psicológicas producidas por la muerte de su hijo mayor. Tras la muerte de su padre, don Jaime en 1975, don Alfonso de Borbón y Dampierre fue considerado por algunos sectores del legitimismo francés como cabeza de la Casa Real con el nombre de Alfonso II de Francia, al ser el descendiente más directo por línea paterna de Hugo Capeto y, por tanto, heredero de los antiguos reyes franceses según el derecho del Antiguo Régimen. Sin embargo, estas pretensiones han sido cuestionadas debido a la renuncia que hizo don Jaime, padre de don Alfonso, a sus derechos dinásticos al trono, y que incluía a sus descendientes. Don Jaime era sordo a consecuencia de una operación en su infancia y renunció a sus derechos al trono en 1933, presionado por su padre, el rey don Alfonso XIII. Tras la renuncia de don Jaime, su hermano don Juan, conde de Barcelona, fue pretendiente al trono desde la muerte de su padre en 1941 hasta 1977, cuando cedió sus derechos a su hijo don Juan Carlos, que ya era rey de España de forma efectiva desde noviembre de 1975. Desde la muerte de don Alfonso en 1989, su hijo don Luis Alfonso es considerado por los legitimistas monárquicos franceses como Luis XX, virtual rey de Francia y titular de los ducados de Anjou, Borbón y Touraine, aunque oficialmente no se le reconocen tales distinciones y en España tampoco posee ningún título nobiliario ya que el título de duque de Cádiz, en su tercera creación, fue otorgado por Franco a su padre, don Alfonso de Borbón y Dampierre, al contraer éste matrimonio con su madre, doña Carmen Martínez-Bordiú, nieta de Franco. Tras la trágica muerte de don Alfonso en 1989, el título volvió a revertir a la Corona y actualmente nadie lo ostenta.


domingo, 1 de abril de 2018

¿Por qué se extinguieron los neandertales?


Los neandertales fueron una especie humana que vivió en Europa unos 200.000 años como mínimo y que desapareció hace unos 40.000, precisamente cuando nuestra propia especie, el Homo sapiens, llegó al continente. Se trata de un espacio de tiempo descomunal: si lo comparamos con la invención de la escritura, que marca el final de la Prehistoria y el principio de la Historia, estamos hablando de sólo 6.000 años, una fracción mínima del tiempo que los neandertales habitaron Europa. Éstos supieron adaptarse a cambios climáticos extremos y sobrevivieron durante miles y miles de años a las brutales condiciones de las Glaciaciones. Pero, en un periodo muy corto, desaparecieron de los registros arqueológicos y su extinción plantea una pregunta: si ellos desaparecieron, ¿por qué nosotros seguimos aquí? En los últimos años, gracias entre otras cosas a excavaciones en la cueva asturiana del Sidrón, la idea de que fueron unos seres brutos, sin apenas luces, se ha difuminado. Se medicaban, cuidaban a sus ancianos, decoraban sus cuerpos con colores y plumas, habían sido capaces de producir dibujos geométricos y poseían el gen FoxP2, que permite el lenguaje.
Pero este hallazgo, basado en una nueva datación de pinturas, va más allá porque les convierte en nosotros. La pregunta de qué nos convierte en humanos tiene muchas respuestas, pero una de las más frecuentes es precisamente esa: la capacidad para producir arte y contar historias. Ahora sabemos que ellos también la tenían. Entonces, queda la pregunta más inquietante: ¿qué les llevó a desaparecer después de vagar por la tierra durante tanto tiempo? Seguramente no existe una respuesta y, desde luego, no existe una respuesta única. ¿Les matamos los Homo sapiens? Es posible, aunque también desaparecieron de lugares que no habían alcanzado los sapiens. ¿Cambió su ecosistema con la llegada de nuestra especie? ¿Se adaptaban peor a las transformaciones? ¿Les dejamos sin caza? Puede ser. En cualquier caso, la confirmación de la complejidad de su inteligencia constituye una terrible advertencia sobre la fragilidad de la especie humana.



sábado, 3 de junio de 2017

Los enigmas del Gólgota

No es posible que Poncio Pilatos ordenase escribir en el madero que Jesús era originario de Nazaret, puesto que dicha localidad no existía en su época, sino que sería creada hacia el siglo VII, antes de la conquista musulmana de Palestina, aún bajo control bizantino, para satisfacer la beatífica curiosidad de los peregrinos cristianos. La Vulgata de San Jerónimo, texto oficial de la Iglesia católica, lo que dice es nazareus, transcribiendo, tal vez, una mala traducción al griego del sobrenombre original hebreo Ha-Notzri (el forastero; el de otro pueblo). El Talmud menciona a un tal Yeshua ha-Notzri que bien pudo ser un coetáneo de Jesús. El sobrenombre se ajustaría ya que al ser Jesús galileo, era forastero en Jerusalén. Incluso la fecha de su nacimiento podría ser válida, año 3582 desde la Creación, que equivale al 2 d.C. Si Jesús fue crucificado en el 35, murió con 33 años exactos. Se dan varias coincidencias que, si bien no son concluyentes, sí son sugestivas. Pero tenemos que descartar esta posibilidad si queremos que el nacimiento de Jesús coincida con la supuesta matanza de inocentes ordenada por el rey Herodes, ya que éste falleció en el año 4 a.C. Luego la matanza de inocentes tampoco coincide con el censo de los judíos al que acuden José y María embarazada para inscribirse, y que ordenó Quirino, gobernador de Siria, en el año 6 d.C., lo que provocó la rebelión de Judas de Gamala.
Por otra parte, Poncio Pilatos no pudo escribir como motivo de la condena el lugar de origen del condenado (suponiendo que hubiese existido Nazaret) porque sería del todo desaconsejable a fin de no exaltar los ánimos culpando de sedición a una provincia tan levantisca como Galilea por el delito de un solo hombre: el ser nazareno o un Ha-Notzri [forastero], no era el motivo de la condena. Partiendo de esta base, es posible que la inscripción con el motivo de la condena, el célebre acrónimo INRI atribuido a Poncio Pilatos, y descrito por los evangelistas, nunca se escribiese. El texto sustituyó con toda seguridad a otro que justificaba jurídicamente el hecho de que Jesús Barrabás fuese crucificado cabeza arriba, a la manera de los malhechores, y no cabeza abajo como los rebeldes, lo que habría constituido su delito principal, sedición, y el motivo de su condena a muerte según la ley romana si se hubiese proclamado Rey de los Judíos. Cosa del todo improbable porque Jesús era un galileo del Norte, y los judíos del Sur recelaban de ellos. El rey de Israel con el que Jesús se identificaba era Yeshú o Yeshua [variantes de Josué y Jesús] que fue ungido en el 845 a.C. por Eliseo, el profeta preferido de Jesús, y reunificó por unos años los dos reinos escindidos a la muerte de Salomón: Israel y Judá. Por otra parte, para muchos activistas judíos de la época, como los zelotes y Judas de Gamala, Dios era el único Rey de Israel.
El letrero infame que acompañaba a toda crucifixión se colgaba del cuello del condenado, que lo llevaría desde los calabozos hasta el lugar de la ejecución. Sus brazos eran entonces extendidos lateralmente, y atados al travesaño, que descansaba sobre su nuca, a la manera de un yugo. Eso era todo lo que llevaba el reo de muerte, pues el poste vertical permanecía en el lugar acostumbrado de las ejecuciones, clavado en el suelo y fuertemente anclado. Pero Marcos, Mateo y Lucas nos dicen que un tal Simón de Cirene fue requerido por los soldados para llevar la cruz de Jesús, que al estar muy débil para soportar su peso, no podía transportarla hasta el lugar de la ejecución. En cambio Juan (19, 17) ignora la existencia de ese Simón de Cirene. Para él, que sí se encontraba allí, cosa que subraya (19, 26), "Jesús llevando su cruz, llegó al sito llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota". Pero no llevaba toda la cruz, sólo el travesaño. El poste vertical no era muy alto; los pies del ajusticiado quedaban a unos treinta centímetros del suelo. La cruz habitualmente tenía la forma de una letra T (tau griega); la viga vertical tenía en su parte superior una estaquilla, y la transversal se encajaba en ésta a través de la hendidura por la que penetraba la citada estaquilla. Esto nos lleva a suponer que el letrero que enunciaba el motivo de la ejecución solía clavarse por detrás de la cabeza del crucificado, dado que la cruz no tenía prolongación alguna por encima de ésta. En los casos de varias crucifixiones simultáneas, las cruces habituales eran reemplazadas entonces por árboles convenientemente talados, y las víctimas eran clavadas en ellos, no ya en forma de T (tau), sino de Y (i griega). Si regresamos a la versión oficial de Jesús crucificado en el Gólgota o Calvario, y examinamos este lugar a la luz de los últimos descubrimientos arqueológicos, diremos que en 1968 se descubrió al norte de Jerusalén, enterrado a ras del suelo, el esqueleto de un crucificado cuyos huesos del pie izquierdo todavía estaban atravesados por un clavo de considerables dimensiones. La mayoría de los arqueólogos que exploraban el subsuelo de Jerusalén en aquella época solían ser de confesión cristiana: británicos, norteamericanos y franceses la mayoría, protestantes o católicos en general, y muy escasos los de confesión judía. La conclusión de aquel descubrimiento es fácil de adivinar: se corrió un tupido velo de silencio acerca del clavo. Pero ¿qué temía la Iglesia? ¿Acaso Jesús resucitado no ascendió a los cielos? Por otra parte, jamás se dijo que Jesús hubiese sido crucificado al norte de la Ciudad Santa. La única dificultad estriba en sostener que Jesús fue crucificado en el Gólgota, o, por el contrario, en el monte de los Olivos. Y crucificados en los alrededores de Jerusalén los hubo a millares sólo en el transcurso de la revuelta del 66-73 d.C. Pero también Alejandro Janeo (103-76 a.C.) reprimió una insurrección e hizo crucificar a más de tres mil fariseos.
Además, en los Olivos había una necrópolis judía, un cementerio municipal, donde se daba cumplimiento a los escrupulosos ritos hebreos de inhumación que, como veremos en las próximas entregas, constaban de dos entierros. Una cierta indulgencia de Pilatos, a requerimiento de una viuda llorosa, acompañada por su joven hijo, por ejemplo, podrían haber conmovido al magistrado y haber autorizado éste a los guardias encargados de la ejecución para que entregasen el cuerpo a la viuda para su entierro preceptivo. Pero pensar que un juez de corazón endurecido como Poncio Pilatos se dejase impresionar por una mujer llorosa, aunque fuese la mismísima Magdalena, resulta poco creíble. Y aquí volvemos a lo que apuntábamos en el capítulo anterior, alguien con la suficiente influencia intervino para que Jesús, una vez muerto, tuviese un trato especial y no fuese arrojado a la fossa infamia (fosa común) en la que eran abandonados los cuerpos de los ajusticiados. Eso suponiendo que, después de todo, no fuese así como acabó. Pero mantendremos la hipótesis de que el cadáver de Jesús fue depositado en una tumba digna, y ya veremos en los siguientes capítulos, si esa tumba era propiedad de José de Arimatea, en el estricto sentido de la palabra, o el tal José simplemente era quien cuidaba de ella, y de todas las demás de la necrópolis en su condición de sepulturero, o bien si José de Arimatea era, cosa habitual en los evangelios, otro personaje, sobradamente conocido, pero que en este episodio aparece con otro nombre por obra, una vez más, de los escribas anónimos del siglo IV, que reescribieron los evangelios canónicos. Mas una cosa debe quedar clara de antemano, en el Gólgota, un auténtico vertedero, todo el piadoso planteamiento del sepulcro nuevo es imposible, y, además lo que había en sus proximidades no era un cementerio ritual judío, sino algo mucho peor. Las excavaciones efectuadas a partir de 1967 por los arqueólogos israelíes, europeos y norteamericanos han permitido sacar a la luz lo siguiente: hornos de cremación, reservados a los ciudadanos griegos y romanos, deseosos de ver regresar sus cenizas a su patria en la urna funeraria tradicional, y por lo tanto partidarios de la incineración póstuma, práctica absolutamente rechazada por el judaísmo. También se han descubierto osarios, que no eran otra cosa que fosas comunes reservadas a los judíos indigentes, análogas a la fossa infamia destinada a recibir los cuerpos de los ejecutados. Los judíos depositaban los cadáveres de los pobres e indigentes en fosas comunes, una especie de pozos, tapados con una reja. Cuando los cuerpos habían sido totalmente descarnados por las ratas o los chacales, y no quedaba de ellos más que el esqueleto, eran devueltos a la familia. Y a partir de aquí el problema queda planteado con toda nitidez: o el cadáver de Jesús fue inhumado en el Gólgota, lugar oficial de su ejecución según los evangelios, y en tal caso a continuación fue arrojado a la fossa infamia, y entonces no hay nada de la tumba honorable, es decir, del "sepulcro nuevo excavado en la roca" y, además, debemos asumir que en tal caso fue crucificado como malhechor a los ojos de los romanos, claro está. O bien Jesús fue inhumado en una tumba digna para el ritual, y en ese caso próxima al lugar donde fue crucificado, es decir, el monte de los Olivos. Y a partir de ese momento la frase terrible de los Acta Pilati adquiere todo su relieve. Fue detenido con, y al mismo tiempo que los dos bandidos crucificados con él. Y cabe preguntarse entonces qué podía estar haciendo el Hijo del Hombre en compañía de unos malhechores que fueron crucificados con él.
De todos modos, hay que tener en cuenta que Jesús ya se esperaba una sepultura infame, puesto que preveía que de ser capturado por los romanos, sería crucificado sin remisión. Tenemos la prueba en la parábola de los Viñadores (Lucas, 20), en la que éstos, después de haber dado muerte a los servidores (es decir, a los profetas) enviados por el amo de la viña (Dios), matan al hijo del amo de la viña (Jesús), y arrojan su cadáver fuera de ésta, sin darle sepultura. Sobre Getsemaní es posible que podamos obtener algunas precisiones útiles para concluir este capítulo, ya que esa palabra en arameo significa prensa de aceite. Pues bien, es evidente que hay pocas posibilidades de que pudiese albergar y ocultar a un grupo tan numeroso como el que acompañaba a Jesús Barrabás (sólo los apóstoles y los discípulos podían representar alrededor de un centenar de hombres). Por lo tanto había allí otra cosa, y esa otra cosa viene precisada en un antiguo evangelio apócrifo conocido como Evangelio de los Doce Apóstoles (que el propio Orígenes consideraba más antiguo que el de Mateo) en un fragmento que ha llegado a nosotros muy mutilado, se nos precisa que en los Olivos "estaba la casa de Irmeel, que era donde él vivía" (Op. cit.). De hecho no se trata de Irmeel sino de Ierahmeel, nombre hebreo que significa Amado de Dios. Sin duda, este hombre era partidario de los zelotes, y les ayudaba en secreto lo mejor que podía, albergándolos y dándoles provisiones. Pero en este caso, la existencia de semejante feudo, en el que estaba incluida la prensa de aceitunas, justificaba sobradamente el hecho que Poncio Pilatos hubiese hecho semejante despliegue de tropas: una cohorte de legionarios, es decir, seis centurias, seiscientos soldados de élite, mandadas por un tribuno con rango de cónsul, y a la que se había unido un destacamento de unos doscientos milicianos del Templo, también hombres escogidos armados con cachiporras y bastones, además de las reglamentarias espadas. Si sumamos las fuerzas, nos da un total de 800 hombres armados hasta los dientes, aproximadamente.
¿Cómo creer que se reunió aquel contingente de tropas para llevar a cabo la detención de un inofensivo santón, un iluminado que, siempre según los evangelios, decía ser manso y que predicaba sobre cosas tan encomiables como el perdón de los pecados y la necesidad de amar al enemigo?
Si aún albergásemos dudas sobre la composición de la multitud que siempre acompañaba a Jesús, nos bastaría con releer este pasaje del Evangelio de los Doce Apóstoles para despejarlas. El texto nos revela de forma fortuita que se produjo una auténtica batalla campal entre los partidarios de Jesús y las huestes que acudieron a prenderle, y que dicha batalla acabó con la captura de Jesús Barrabás, el caudillo de los zelotes, y que éstos emprendieron la fuga en desbandaba. Veamos el pasaje: «Pilatos se acordó… Fijó su atención en el centurión que estaba en pie a la puerta de la tumba, y vio que tenía un solo ojo (porque le habían saltado el otro durante el combate), y que lo tapaba todo el tiempo, para no ver la luz…» (Evangelio de los Doce Apóstoles, 15º fragmento).
Observaremos que ese centurión no había perdido el ojo en un combate, sino en el combate, y que la herida era muy reciente. Ahora bien, aunque se pueda reprochar a los evangelios apócrifos sus excesos en el plano de lo sobrenatural y de los milagros, no se pueden pasar por alto detalles tan sencillos como esclarecedores. Un detalle como ese no se suele inventar, y es más concebible la presencia de un soldado tuerto así y en tales circunstancias, que la de un centurión ciego (Casio Longino) que recobra la vista después de asestarle la lanzada a Jesús para rematarle por indicación del exactor mortis. La pica que utilizó Longino para herir a Jesús crucificado se convirtió en la Lanza del Destino de las leyendas. Pero existe un nexo de unión entre ambas historias, ya que la segunda fue creada para hacer olvidar la primera. Lo veremos en otra entrega.
El centurión Casio Longino era tuerto a causa de una herida reciente

viernes, 19 de mayo de 2017

¿Existieron los Anunnaki?

Según la cosmología sumeria, el universo apareció cuando Nammu, un profundo abismo sin fondo, se abrió espontáneamente y de él surgieron Anu, dios del cielo, y Ki, diosa de la Tierra. De la unión de Anu y Ki surgió Enlil, señor del viento que, eventualmente, se convirtió en el líder de los demás dioses. Después Enlil fue desterrado del Dilmun (la morada de los dioses) por haber forzado a Ninlil, de la que tuvo un hijo, Sin (dios de la Luna), también conocido como Nannar.
Sin y Ningal dieron a luz a Inanna (diosa del Amor y de la Guerra) y a Utu o Samas (dios del Sol). Durante el destierro, Enlil y Ninlil engendraron a las tres deidades del inframundo, siendo Nergal la más notable.
Nammu también dio a luz a Enki o Abzú, dios del Abismo oceánico. Enki controló el Me: los principios sagrados que gobernaban la física, el orden natural de las cosas y las leyes civiles. Este es, muy resumido, el Génesis sumerio que posteriormente inspiraría a otros pueblos mesopotámicos.
La mitología mesopotámica la componen colectivamente los cultos propios de las civilizaciones que, sucesivamente, se fueron instalando en esta región de Oriente Próximo: sumerios, acadios, asirios, babilonios y persas.
Los sumerios practicaron una religión politeísta con dioses antropomórficos que representaban fuerzas o presencias sobrenaturales tales como los célebres Anunnaki. En sus creencias se establecía que los dioses originalmente crearon a los seres humanos para que éstos se convirtieran en sus servidores, pero los liberaron cuando fueron demasiados porque temían que pudiesen sublevarse aprovechando su superioridad numérica.
Muchas historias de la mitología sumeria aparecen también en otras religiones de Oriente Medio. El relato elamita de la creación del hombre se asemeja mucho al relato bíblico del Génesis, así como el episodio del Diluvio y la construcción del arca de Noé. Relatos similares aparecen también en la tradición asiria y la gran inundación universal está recogida en la Epopeya de Gilgamesh.
Los primigenios dioses sumerios tienen representaciones similares en los cultos acadios, cananeos y en otras creencias propias de los pueblos semitas que habitaron aquella región. Algunas de las historias y de las deidades que las protagonizan recuerdan a sus equivalentes griegos; por ejemplo, el viaje de Inanna al inframundo (Irkalla) se asemeja mucho a la historia de Perséfone y su descenso al inframundo gobernado por Hades.
El Baal de origen sumerio fue la divinidad principal de varios pueblos del Próximo Oriente: babilonios, caldeos, cartagineses, fenicios (asociado a Melkart), filisteos, israelitas y sidonios. Era el dios de la lluvia, el trueno y la fertilidad. Podemos decir que se trataba de un dios benigno, y no debemos confundirlo con el Baal cananeo adorado por los fenicios, cartagineses y sirios. Este Baal fue demonizado por los profetas israelitas y posteriormente por el cristianismo. Era considerado el símbolo del fuego purificante, que a su vez simboliza el alma, y se le honraba sacrificando víctimas humanas que eran después quemadas en piras u holocaustos.
Entre los primitivos dioses sumerios, han adquirido gran protagonismo en los últimos años los Anunnaki, que según la cultura pop y «New Age» llegaron supuestamente a la Tierra procedentes de un planeta llamado Nibiru hace unos 450.000 años. Estos seres medían unos 3 metros de altura, eran de de piel muy blanca, cabellos largos y usaban barba. Los Anunnaki se habrían asentado en Mesopotamia y, a través de avanzadas técnicas de ingeniería genética, habrían acelerado la evolución del hombre de Neanderthal a Homo Sapiens para satisfacer su necesidad de contar con subordinados inteligentes.
Según estas delirantes hipótesis –propias de la ciencia-ficción– los Anunnaki habrían sido capaces de realizar viajes intergalácticos, y llevarían varios miles de años visitando la Tierra e inspirando a las civilizaciones más avanzadas.
Ni que decir tiene que todas estas teorías, más o menos descabelladas, han sido descartadas por científicos, historiadores y arqueólogos, que están en absoluto desacuerdo con la interpretación que se ha hecho de los antiguos textos mesopotámicos y de los hallazgos arqueológicos efectuados en el último siglo.

Baal-Anunnaki recibiendo a sus víctimas


martes, 9 de noviembre de 2010

¿Estuvo la tumba de Jesús en Samaria?

El emperador romano Juliano fue educado en la religión católica pero, hastiado por lo que le pareció una doctrina absurda y plagada de incoherencias, abandonó el cristianismo para abrazar el paganismo neoplatónico. De ahí el sobrenombre de «Apóstata» que le otorgaron los cristianos por haber renegado de su religión, según ellos, la «Única y Verdadera». De hecho, aquellos mismos fanáticos habían puesto en circulación numerosas advertencias y veladas amenazas que aludían a la muerte inminente del emperador apóstata, enmascarándolas detrás de falsas profecías y burdas señales en el cielo que sólo ellos eran capaces de interpretar, claro está. Incluso los propios oficiales del ejército de Juliano, entre los que había muchos cristianos, no tenían ningún reparo en hablar de la «Ira de Dios» próxima a abatirse sobre Juliano, quien finalmente hallaría la muerte durante la campaña contra los persas. Cínicamente, los oficiales cristianos culparon de su asesinato a un prisionero de guerra medio loco. Pero ¿dónde se ha visto que los cautivos se sitúen, armados, detrás de un emperador romano durante una carga de caballería?

En los Hechos de Teodoredo, este iracundo sacerdote cristiano, declara a un funcionario imperial lo siguiente: «Tu tirano [Juliano], que espera que los paganos resulten vencedores [se refería a las tropas de Juliano que iban a enfrentarse a los persas], no podrá triunfar. Perecerá de tal manera que nadie sabrá quién le ha matado… ¡Y no regresará al país de los romanos!».

En los mismos Hechos de Teodoredo se ve a un tal Libanio preguntando a un profesor cristiano: «¿Y qué hace ahora el hijo del carpintero?» A lo que el atrabiliario cristiano responde: «El Amo del Mundo, a quien tú llamas irónicamente el hijo del carpintero, está preparando un féretro».

Recapitulemos. En el año 362, Juliano llega a Antioquía, procedente de la Galia y no oculta su intención de exhumar cierta tumba antes de iniciar su expedición punitiva contra los persas. A partir de ese momento, las amenazas de los cristianos se desnudan sin pudor de cualquier sutilidad, están dispuestos a matarle si hace tal cosa:

«Nuestros dardos han hecho diana. Te hemos acribillado a sarcasmos, como otras tantas flechas… ¿Cómo te las arreglarás, valiente, para afrontar los proyectiles de los persas?...»

Los obispos cristianos rezaban y celebraban misas para que se produjese la derrota militar del emperador. Poco les importaba que el Oriente romano cayese en manos de los persas. Dos destacados santones cristianos, Félix y Juliano, habían muerto casi al mismo tiempo a principios del año 363, y anunciaban sin disimulos:

«Ahora le toca a Augusto…». Este hecho nos lo recuerda el historiador latino de origen griego Amiano Marcelino en su Historia (XXIII, 1).

La partida para la decisiva campaña contra los persas tuvo lugar en el mes de marzo del año 363 (nuevamente los Idus de Marzo). Algunos meses antes, en agosto del 362 al enterarse de que los cristianos de cierta secta iban en peregrinación a una misteriosa tumba situaba en una localidad llamada Sebaste, en Samaria, “para adorar allí como a un Dios a cierto muerto” que, según se decía, había resucitado, Juliano estableció inmediatamente la distinción entre el cuerpo de Juan el Bautista, del que también se pretendía que había sido enterrado por sus discípulos en Samaria, cerca de la antigua Siquem de la Biblia, y el de Jesús el Nazareno.

Para él era evidente que aquel al que los samaritanos denominaban el «Hombre Muerto» o simplemente el «No Muerto», y al que los católicos “adoraban como a un dios” y del que pretendían hacer creer que había “resucitado” de entre los muertos, no era Juan el Bautista, que fue decapitado, y a quien nadie adoró jamás como a un dios, y de quien nunca se dijo que hubiese resucitado. A quien Juliano designaba con esas palabras era a Jesús. Además, la leyenda del Bautista precisaba que lo que sus discípulos habían llevado a Samaria era solamente su cabeza, y lo que había en Sebaste era un esqueleto completo. Por lo tanto, no podían ser los restos del Bautista.

Como ya hemos visto, existen discrepancias sobre el hecho de que Juliano ordenase quemar los huesos de Jesús y esparcir sus cenizas al viento. Aunque parece ser que sí ordenó abrir la tumba y quemar unos restos humanos, que no podemos asegurar que fuesen los de Jesús, o los de otro difunto cualquiera. La medida tenía un carácter marcadamente simbólico, porque si había huesos, eso implicaba que antes hubo un cadáver y, por lo tanto, no se había producido ninguna resurrección. Luego el menos interesado en destruir los huesos, como ya hemos apuntado, era el propio emperador.

De todos modos, al abrir la tumba de Jesús, Juliano firmó su propia sentencia de muerte. No tardó ésta en sorprenderle, por la espalda y en forma de venablo, precedida por todas las amenazas de los cristianos a las que hemos hecho alusión. Exactamente un año después de la crucifixión y del primer entierro de Jesús, en el sepulcro de José de Arimatea, María Magdalena [sola o en compañía de otras mujeres de la familia] se presentó en el cementerio para recuperar los restos de Jesús, su esposo. Nada hay de extraordinario en la escena: María Magdalena, la viuda, procedió según el ritual fúnebre común a todos los judíos y se presentó para retirar los huesos descarnados justo un año después del primer entierro, con la intención de proceder al lavado ritual con aceites y bálsamos antes de introducirlos, posiblemente envueltos en un lienzo, en el cofre de piedra para su segundo y definitivo entierro.

Pero según los evangelios, cuando María llega a la tumba, ésta ya ha sido abierta y unos ángeles con vestiduras resplandecientes le dicen que Jesús ya no está allí. La explicación es bien sencilla: alguien se le ha adelantado, posiblemente los hermanos o seguidores de Jesús, y han procedido a abrir la tumba sin contar con María Magdalena. Recuérdese que aparecen unos ángeles que la informan. Si eliminamos todos los elementos esotéricos y sobrenaturales la cosa pudo ser así: los ángeles, o el ángel, o el hortelano, según, pues cada evangelio ofrece una versión distinta, informan a María Magdalena que alguien ya se le ha adelantado, por eso la tumba está abierta.

Esos ángeles no serían entonces más que sacerdotes o empleados del cementerio que le brindan una información. La escena parece muy enrevesada pero no los es tanto: aparece Tomás, el hermano gemelo de Jesús, luego viene Simón Pedro, y también Juan, el «hijo» de Jesús y María, todos los familiares se personan en el cementerio para la exhumación ritual y los ángeles municipales les dicen que ya se han llevado el cuerpo. Pero ¿quiénes y por qué se han llevado los huesos sin contar con la familia?

Pues los que se han llevado los restos son, casi con toda seguridad, seguidores o discípulos de Jesús. Y si se lo han llevado tan rápidamente, al cumplirse el año prescrito, es porque temen que pueda ocurrir lo que acabaría sucediendo trescientos años después: que los restos de su maestro fuesen profanados y destruidos por sus enemigos.

Luego, ¿cuál sería entonces el lugar más seguro para proceder al entierro definitivo de los huesos de Jesús? Pues la respuesta tampoco es muy difícil: allí donde sus enemigos no le buscarían. Una vez muerto, Jesús ya no revestía importancia alguna para los romanos, pero sí para los clérigos hebreos que eran conscientes de que había prometido regresar de su propia muerte y ya lo advierten en el Sanedrín: “…no sea que vengan después sus discípulos, roben el cuerpo, y digan al pueblo que ha resucitado”.

Así que el lugar más seguro para inhumarlo era Samaria. No había peligro de que los irascibles clérigos judíos ortodoxos enviasen allí a nadie, ni a investigar ni a nada. Y, dadas las buenas relaciones que Jesús había mantenido en vida con los samaritanos, sus partidarios podían contar allí con numerosos amigos y simpatizantes.

Resumiendo, los restos de Jesús, como los de cualquier judío de aquella época, fueron retirados del osario exactamente un año después de haber sido depositados allí. De ahí la similitud en las fechas, un año después por las mismas fechas en las que se celebraba la Pascua judía. Lo que en los evangelios transcurre en un breve fin de semana, fue una continuación lógica de sucesos que se desarrollaron en el plazo de un año, poco más o menos.

Pero, ¿quién, o quiénes se llevaron los restos de Jesús, adelantándose a la viuda, María Magdalena, que acudía al osario precisamente para eso? La clave del enigma se encuentra en el evangelio de Juan (20, 1—15) que nos dice lo siguiente:

«El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del monumento. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: “Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde le han puesto”. Salió, pues, Pedro y el otro discípulo y fueron al monumento. Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió más deprisa que Pedro y llegó primero al monumento, e inclinándose vio las bandas; pero no entró. Llegó Simón Pedro después de él, y entró en el monumento y vio las fajas allí colocadas, y el sudario. (…) Entonces entró el otro discípulo que vino primero al monumento, y vio y creyó; porque aún no se había dado cuenta de la Escritura, según la cual era preciso que Él resucitase de entre los muertos. Los discípulos se fueron de nuevo a casa. María se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó hacia el monumento, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: “¿Por qué lloras, mujer?” Ella les dijo: “Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”. Diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no reconoció que fuese Jesús. Díjole Jesús: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: “Señor, si le has llevado tú, dime dónde les has puesto, y yo le tomaré”» (Juan, 20, 1—15).

Analicemos el texto de Juan:
a.             Como siempre está protagonizado por María Magdalena. Luego debemos suponer, con escaso margen de error, que era una mujer muy cercana a Jesús: casi con toda seguridad, su esposa. No había lugar para pecadoras arrepentidas, era una ceremonia fúnebre estrictamente íntima y familiar. María Magdalena es su viuda.
b.             La escena se produce cuando María Magdalena se dispone a retirar los huesos. Su zozobra se debe al hecho de que teme que ya hayan sido retirados los restos por los dos ángeles-sacerdotes-empleados del cementerio y arrojados a la fosa común. Por eso pregunta al hortelano si se lo ha llevado él, y añade que si él le dice dónde los ha puesto ella los tomará (los huesos). Es poco probable que María Magdalena se refiriese al cadáver aún completo y rígido de Jesús, se refiere a los huesos descarnados, que ella sola si podía recoger, poner en un saco y llevárselos para enterrarlos después, como estipulaba el ritual fúnebre de entonces. Recordemos, una vez más, que José de Arimatea y Nicodemo, el otro sacerdote, después de fajar convenientemente el cadáver, habían sellado la tumba, bajo la atenta mirada de los soldados romanos responsables de su custodia. El sello sólo se podía romper un año después del primer entierro para recoger los huesos descarnados, lavarlos ritualmente y ungirlos, antes de proceder al segundo entierro, el definitivo. Todos estos procedimientos rituales relacionados con los enterramientos, estaban perfectamente ordenados en las disposiciones religiosas judías.
c.              Una vez más los dos ángeles están sentados, es la actitud de hombres que se sienten fatigados después de un duro trabajo como ha sido remover la piedra. El hecho de que vistieran de blanco, denota que eran sacerdotes hebreos dedicados a tales menesteres funerarios. Es lógico pensar, que el complicado proceso de inhumación judío de aquella época, debía ser supervisado por sacerdotes o empleados cualificados del cementerio.

Veamos ahora cómo describe Mateo la misma escena en su evangelio: «Pasado el sábado, al alba del primer día de la semana, vino María Magdalena con la otra María a ver el sepulcro. Y sobrevino un gran terremoto, pues el ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos…» (Mateo, 28, 1—2).

Observaremos en primer lugar que la escena se desarrolla a primera hora de la mañana, posiblemente en el momento justo en que la guarnición romana abría las puertas de las murallas. Habría poca gente por la calle, casi nadie y, en consecuencia, no era previsible que hubiese demasiada gente en el cementerio, excepto los guardianes habituales y los empleados que cuidaban las tumbas. Por supuesto, hacemos notar al lector que según nuestra teoría, toda la escena se está desarrollando “un año después” del primer entierro, cuando María Magdalena, y la otra María, (¿cuál de ellas?) debían acercarse al osario para recuperar los restos mortales de Jesús, lavar ritualmente los huesos y proceder a su definitiva inhumación.

Pero cuando ella (o ellas) llegan descubren que se les han adelantado. No olvidemos que Jesús era el jefe de un movimiento con centenares de seguidores. Esto nos hace pensar en un grupo de varios hombres que podrían, después de romper los sellos, haber descorrido la piedra circular que servía de puerta al sepulcro. Posiblemente optaron por ser discretos. De todos modos, la piedra rueda (Mateo, 27, 60; Marcos, 15, 46), y este sutil detalle simplifica aún más la operación de abertura del sepulcro. Ya no son necesarios tantos brazos. Así pues, la tumba de Sebaste, abierta tres siglos después, era la de Jesús de Nazaret.

Por último, y siguiendo con el tema de la existencia del cadáver de Jesús en esa tumba, tenemos todavía un testimonio que data de los primeros años del siglo V. Juliano, obispo de Halicarnaso, durante la prolongada correspondencia epistolar que mantuvo con Severo, obispo de Alejandría, y durante tres años exactamente, estuvo defendiendo la incorruptibilidad absoluta y permanente del cuerpo de Jesús. En cambio, para Severo de Antioquía el cuerpo de Jesús fue corruptible, como todos los cuerpos humanos, hasta que fue a sentarse a la diestra de Dios Padre, después de la supuesta Ascensión.

De entrada esto nos aclara, más allá de cualquier duda que, todavía a principios del siglo V, los doctores de la Iglesia no tenían asumido que Jesús fuese un «dios encarnado». De hecho, el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesús, era el cristianismo predominante en muchas partes del Imperio y entre los pueblos germánicos que acabarían invadiéndolo.

Volvamos con Severo de Antioquía. Este obispo preveía claramente el peligro de la doctrina de Juliano de Halicarnaso. Si el cuerpo de Jesús había sido siempre incorruptible, no habría podido sufrir, ni ser herido por la flagelación, o por el suplicio de la cruz y por la lanzada final. Su Pasión y Muerte, sólo habrían sido una mera apariencia, una ilusión.

El obispo Juliano de Halicarnaso se acercaba peligrosamente al docetismo y al marcionismo en sus excesos doctrinales. Además, si el cuerpo de Jesús había sido incorruptible desde su formación no habría existido resurrección en el sentido exacto del término, ni por supuesto, encarnación en el sentido biológico del mismo. Y tampoco concepción, formación del feto, alumbramiento, etcétera. Severo tenía además otro argumento que para él era irrefutable. Si se había tomado la precaución de preparar el cadáver de Jesús con bálsamos, mirra y áloes para minimizar la pestilencia en el proceso de putrefacción del cadáver, era que se temía la corrupción natural del mismo común a todos los mortales.

Pero de toda esta discusión sutil entre los dos obispos resulta que el problema que seguía planteándose la Iglesia a principios del siglo V, era saber si el cadáver de Jesús en su tumba había permanecido incorrupto o, por el contrario, se había descompuesto. Lo que prueba palmariamente, más allá de cualquier duda, que los dogmas de la «Ascensión» y la «Resurrección» todavía no estaban plenamente asimilados para la mayoría de los cristianos, incluidos los propios padres de la Iglesia.

La Iglesia, al ver el peligro que suponía para su supervivencia la explicación lógica de aquellos prodigios sobrenaturales, reaccionó inmediatamente y a su manera. Las cartas de Juliano de Halicarnaso y de Severo de Antioquía, tanto los originales como las copias que se habían hecho de ellas y que circulaban libremente por todo el Imperio, debían ser quemadas por los buenos católicos en cuanto cayeran en sus manos, pero sin enterarse de lo que decían, so pena de excomunión o, lo que era aún peor, de visitar las mazmorras y acabar en un potro de tortura. Había que eliminar cualquier rastro de inverosimilitud en la leyenda que se estaba pergeñando. Así, lo inexplicable y lo absurdo, adquirían tintes de insondable secreto, de misterio esotérico, y dudar, o hacerse preguntas, era síntoma inequívoco de una manifestación diabólica. Pero la verdad siempre prevalece. No todo se perdió y, en su obsesión por borrar el rastro de sus fechorías, los padres conciliares de la Iglesia, dejaron más pistas de las que habían imaginado.

En 1952 fueron descubiertos en el monte de los Olivos, cerca del Dominus Flevit, los emplazamientos de diversas tumbas que, al parecer, formaban parte de una necrópolis muy activa en la época del segundo Templo. Se encontraron varios de los osarios donde se realizaba el primer entierro, y otras tumbas que contenían pequeños cofres con los huesos de los difuntos que previamente habían estado sepultados en esos osarios, como aquel “sepulcro nuevo excavado en la roca” del que nos hablan los evangelios y donde fue enterrado Jesús en primera instancia después de ser bajado su cadáver de la cruz.

En esos pequeños cofres estaba escrito a menudo el nombre del muerto, a veces en griego, a veces en arameo. En la necrópolis del monte de los Olivos se encontraron, entre otros, los de Jairo, Marta, María, Simón bar Jonás (o Barjonna, el fuera de la ley), Salomé (que aparece en uno de los evangelios al pie de la cruz), Filón de Cirene, y un tal Yeshua o Yahoshúa, forma hebrea del nombre de Jesús.

De estos descubrimientos pueden sacarse diversas conclusiones, en función de tres hipótesis:

i.                   Si los osarios son falsos, es que fueron “fabricados” en una época posterior en la que presentaban interés con vistas a atraer a los peregrinos, y esto los situaría, en nuestra opinión, en la primera mitad del siglo IV, en la época de Constantino, más o menos. Ahora bien, y esto es relevante, si se presentaba a los peregrinos un cofre de piedra que hubiese contenido los huesos de Jesús, esto significa que la leyenda de la «Resurrección» y la pretendida «Ascensión», todavía no había sido elaborada. Lo que confirmaría el valor de la discusión entre Juliano de Halicarnaso y Severo de Antioquía, obispos ambos en el año 402. Y también que en esa época se asumía que el apóstol Pedro había muerto en Jerusalén en el año 47, y no en el 67 en Roma.
ii.                   Si los osarios son auténticos. Es más grave todavía. Esto significa que Jesús murió y fue inhumado como todos los mortales, que no hubo «Resurrección» de su cuerpo carnal, que se pudrió en el osario y luego los huesos fueron inhumados, según la costumbre judía, después de haberlos retirado del osario provisional. La misma observación es válida en lo que respecta al cadáver de Pedro y, por supuesto, en lo que respecta al del otro hermano de Jesús, Santiago, muerto en Jerusalén en la misma época que su hermano Pedro. Claro que si Jesús fue inhumado definitivamente en la necrópolis de los Olivos, la tumba de Sebaste en Samaria no podía ser la suya. Pero nosotros nos inclinamos a pensar que su tumba era la de Samaria. ¿Por qué? Pues porque se veneraba todavía a mediados del siglo IV y es el emperador romano Juliano el Apóstata quien nos lo confirma.
iii.                   El Jesús cuyo osario se encontró no es Cristo. En este caso, ¿de qué Jesús se trataba? ¿Cómo imaginar que todos los demás perteneciesen al entorno, e incluso a la familia del Jesús oficial, y que se mezclaran allí con los de un Jesús extraño? ¿Sería el Yeshua Ha-Notzri del que nos habla el Talmud? Aquel cuyo sobrenombre significaba «el de otro pueblo».

Según las fuentes, Pedro y Santiago murieron en Jerusalén en el año 47, después del sínodo, por orden de Herodes de Calcis, regente de Agripa II. Otras fuentes sitúan la muerte de ambos apóstoles en el año 44, y habría sido ordenada por Herodes Agripa I, que moriría ese mismo año. En cualquier caso, no parece descabellado pensar que algún hermano o familiar se ocupase del entierro de Pedro y Santiago y que les diese sepultura en la misma tumba familiar donde ya reposaban los restos de Jesús, en Sebaste de Samaria.


Sabemos que todavía en el año 362 aquel mausoleo era venerado por los cristianos de Palestina, y que éstos pudieron trasladar los restos a un lugar alejado para preservarlos de la férula de los católicos que pretendían establecer el dogma de la divinidad convirtiendo a Jesús en Jesucristo, el «Hijo de Dios».

¿Qué mejor sitio que un recóndito lugar en el confín de Occidente para que los huesos de sus santos reposasen en paz para siempre? Desde la más remota Antigüedad, los celtas asociaron el Occidente, el lugar por donde se ocultaba el Sol (Lugos), con la «Morada de los Muertos», y la palabra «ocaso» es sinónimo de «muerte». Y lo que hoy conocemos como la «Costa de la Muerte» en Galicia, fue antiguamente identificada con la «Morada de los Muertos».

De otro lado, el nombre Finisterre deriva del latín «finis terrae», que significa fin de la tierra; sin embargo, su nombre en bretón «Penn ar Bed», significa «comienzo del mundo». No sería descabellado pensar que los «tres hermanos» finalmente fueron sepultados en el «finis terrae» de los celtas que adoraban al padre solar Lugos, tal vez después, o inmediatamente antes de la diáspora del año 70, o ya a mediados del siglo IV, para ocultarlos de la férula de los fanáticos nicenos.




lunes, 8 de noviembre de 2010

Atila y el papa León

En 453, Atila invadió Italia. El emperador Valentiniano se refugió tras las murallas de Rávena y sólo la autoridad del papa León pudo salvar a Roma del desastre. Rafael describe en un fresco vaticano el encuentro entre un papa sereno y magnífico, y un bárbaro aterrorizado por la presencia de la Cruz que empuña el anciano pontífice. No ha trascendido el contenido de la conversación que mantuvieron el temible rey de los hunos y el Santo Padre. Pero las hordas bárbaras desistieron de su propósito de asaltar y saquear la indefensa ciudad de Roma, y se retiraron a Panonia, actual Hungría. Poco tiempo después, Atila moría envenenado por su esclava favorita, Ildico, y el imperio de los hunos desaparecía de la historia para siempre. Los escépticos, en cambio, dicen que el papa León compró con oro la retirada del huno. No parece factible que Atila aceptase un oro que podía tomar cuando quisiese. La ciudad estaba totalmente desguarnecida. Además, dos años después (455) León intentó disuadir al caudillo vándalo Genserico para que respetase la ciudad de Roma y no obtuvo el mismo éxito. El vándalo saqueó la ciudad e hizo prisioneros a miles de ciudadanos romanos. 
Mil años después del encuentro entre Atila y el papa León, el 29 de mayo de 1453, Constantinopla, la capital del antiguo Imperio Romano de Oriente, caía en manos de los turcos otomanos. La leyenda cuenta que mientras el patriarca de Constantinopla oficiaba la santa misa, consciente de que todos iban a morir, un ángel emergió de entre los muros de la basílica de Santa Sofía y tomó en sus manos el cáliz con el que patriarca celebraba la misa, y desapareció con él atravesando el muro de donde había salido. La misma leyenda dice que el santo cáliz reaparecerá cuando Constantinopla vuelva a ser cristiana y de nuevo se celebre la santa misa en la basílica de Santa Sofía. El celebérrimo ‘Drácula’ de la novela de Bram Stoker se basó en la biografía de Vlad Tepes, un noble de Valaquia que combatió a los turcos otomanos para impedir que éstos tomasen Constantinopla e invadiesen después Europa oriental. En otras leyendas, Drácula es Atila reencarnado en un valeroso paladín cristiano, esta vez, dispuesto a salvar Roma, pues durante siglos, Constantinopla, la primitiva Bizancio de los griegos, fue conocida como la segunda Roma.

Los hunos eran excelentes jinetes