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miércoles, 29 de noviembre de 2017

Felipe IV rey de España y Portugal

Felipe IV fue además rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y conde de Borgoña, llamado «El Grande» o «el Rey Planeta» (†1665), fue rey de España desde el 31 de marzo de 1621 hasta su muerte, y de Portugal desde la misma fecha hasta diciembre de 1640. Su reinado de 44 años y 170 días fue el más largo de la Casa de Austria y el tercero de la historia española, siendo superado solo por Felipe V y Alfonso XIII, aunque los primeros dieciséis años del reinado de este último fueron bajo regencia. Durante la primera etapa de su reinado compartió la responsabilidad de los asuntos de Estado con don Gaspar de Guzmán, conde–duque de Olivares, quien realizó una enérgica política exterior que buscaba mantener la hegemonía española en Europa. Tras la caída de Olivares, Felipe IV se encargó personalmente de los asuntos de gobierno, ayudado por cortesanos muy influyentes, como don Luis Méndez de Haro, sobrino de Olivares, y el duque de Medina de las Torres. Los exitosos primeros años de su reinado auguraron la restauración de la preeminencia universal de los Habsburgo, pero la guerra constante de la Europa protestante y la católica Francia contra España, condujeron al declive de la Monarquía Hispánica, que hubo de ceder la hegemonía en Europa a la pujante Francia de Luis XIV, así como reconocer la independencia de Portugal y las Provincias Unidas.
Etapa del conde-duque de Olivares (1621-1643)
Cuando se aproximaba el fin del reinado de Felipe III, las intrigas palaciegas se disputaban la confianza del futuro rey, el príncipe de Asturias que llegaría a ser Felipe IV. El valido del rey, el duque de Lerma, luchaba por obtener el favor del monarca con el apoyo de su yerno, el conde de Lemos y de su primo, don Fernando de Borja, gentilhombre de la cámara del príncipe, frente a sus dos hijos, el duque de Uceda y el conde de Saldaña. Olivares, que durante tanto tiempo había sido un personaje aislado en aquella casa, se había convertido en un estrecho aliado de los hijos contra su padre. También aprovechó el conde-duque la posición de su tío don Baltasar de Zúñiga en el Consejo de Estado —que él mismo había propiciado— para mover los hilos de Palacio. Tras la muerte del rey en 1621 debido a unas fiebres que contrajo en 1619 al regreso de un viaje a Portugal, donde su hijo había sido jurado como heredero de la Corona portuguesa, el nuevo rey Felipe IV escogió al conde–duque de Olivares como valido.
Política interior
Durante su etapa como valido, el conde-duque realizó una serie de reformas para poder mantener la hegemonía española en Europa. Estos cambios se concretaron en cuatro aspectos: reformar la vida pública, fomentar la economía, mejorar la Hacienda e impulsar la formación de un ejército común en todos los territorios peninsulares. El valido intentó imponer las leyes y costumbres castellanas en su propósito de unir la Monarquía Hispánica en una comunidad nacional, con una fiscalidad, administración y derecho comunes. Pero no alcanzó su propósito debido a la oposición de la nobleza a las nuevas propuestas del valido. Para conseguirlo luchó contra la corrupción del reinado anterior. Ordenó encerrar al duque de Uceda y al duque de Osuna, confiscó los bienes del duque de Lerma y sometió a don Rodrigo Calderón a un juicio en el cual se decretó su ejecución. Mediante un decreto obligó a hacer un inventario de la fortuna de aquellas personas que desempeñasen cargos públicos y de relevancia. Para controlar este decreto formó la Junta de Reformación, que más tarde se encargaría de velar por la vida pública de los ciudadanos. Uno de los aspectos que se aplicó con mayor trascendencia fue el aumento de la demografía española; para ello el conde-duque prohibió la emigración y benefició la inmigración y las familias numerosas. Para favorecer la educación de los españoles, mandó construir el Colegio Real de Madrid en 1629 y otras instituciones, dirigidas principalmente por jesuitas. Dentro de esta dinámica de reforma de la moral, dos pragmáticas tomadas por Felipe IV en el siglo XVII, en un ambiente de «reformación de las costumbres», pretendieron de repente abolir la prostitución en todos los territorios de la Monarquía.
Reforma de la Hacienda Pública
Se recurrió a la introducción de nuevos impuestos a la Corona, repartidos de manera más equitativa. Los reinos periféricos pusieron resistencia a estos nuevos impuestos, muchas veces con motines. La nobleza no aceptó un impuesto sobre las elevadas rentas del Reino ni la tasa sobre productos de lujo, y bloqueó continuamente estas medidas. Esta reforma fracasó en un momento en que los gastos aumentaron. Por ello el conde–duque tuvo que buscar dinero en la emisión de juros, préstamos de banqueros judíos portugueses, nuevas contribuciones votadas en Cortes y la declaración de bancarrota —en realidad, suspensión de pagos— en momentos de extrema necesidad. El conde–duque intentó crear un banco nacional con el fin de facilitar el comercio y contribuir a los gastos de la Monarquía. Para formar un capital solicitó una contribución especial sobre los patrimonios superiores a 2.000 ducados de renta, pero la nobleza volvió a oponerse, lo que causó su fracaso. La monarquía de Felipe IV se vio envuelta en una recesión económica que afectó a toda Europa, y que en España se notó más por la necesidad de mantener una costosa política exterior. Esto llevó a la subida de los impuestos, al secuestro de remesas de metales preciosos procedentes de las Indias, a la venta de juros y cargos públicos, a la devaluación de la moneda, etcétera. Todo con tal de generar nuevos recursos que pudiesen paliar la crisis económica.
La Unión de Armas
Olivares decidió forzar la unidad de los reinos peninsulares. Con este fin formuló en 1626 el proyecto de la Unión de Armas. A cada territorio de la Corona se le exigió que colaborase con una cantidad de soldados proporcional a su población. Pero las Cortes de Cataluña se negaron. Olivares suspendió las Cortes, comenzando así un conflicto con el Principado. Durante esta etapa la política española se centró en el mantenimiento de la reputación de la Monarquía en el Continente. Es una época de conflictos en Europa en la que España se verá dramáticamente comprometida.
Felipe IV y la guerra de los Treinta Años
Como ya hemos visto en capítulos anteriores, los Países Bajos volvieron a la Corona española por la falta de descendencia de doña Isabel Clara Eugenia. Finalizada la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas en 1621, empezaron de nuevo las hostilidades. Comenzaron así operaciones de bloqueo y contra los intereses holandeses en los puertos europeos. En tierra, la guerra se concretó en los prolongados asedios a grandes ciudades, como Breda, plaza tomada por don Ambrosio de Spínola en 1625. La respuesta de los holandeses se concentró en el mar. Tomaron Recife de Pernambuco, en la costa del Brasil portugués, y en 1628 el corsario Piet Heyn se apoderó de la Flota de Indias. El cardenal–infante don Fernando, hermano del rey, tras vencer en los campos alemanes de Nördlingen (1634) a protestantes y suecos, invadió en 1635 el territorio holandés, en un esfuerzo por acabar con la guerra. La iniciativa quedó paralizada por el inicio de la guerra contra Francia. Más tarde, con la batalla naval de las Dunas en 1639, se perdió la posibilidad de enviar refuerzos a Flandes y la situación de la Monarquía en los Países Bajos se hizo insostenible.


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