miércoles, 22 de noviembre de 2017

Reparto del Sacro Imperio por el Tratado de Verdún

Este Tratado fue un pacto alcanzado el 10 de agosto de 843 entre Lotario I, Luis el Germánico y Carlos el Calvo —hijos de Ludovico Pío y nietos de Carlomagno—, en la localidad francesa homónima. Este tratado tuvo como origen la «ordinatio imperii», que decretaba el modo de proceder si fallecía uno de los monarcas subsidiarios sin descendencia. No obstante, esto dio como resultado una serie de conflictos en el Imperio que, lejos de solventar las divisiones, las acentuó. El documento estableció las regiones que le correspondían a cada heredero y previo a la rúbrica de este tratado, se acordó entre ellos un compromiso de ayuda mutua. Así, se puso fin a la guerra civil carolingia y al proyecto de Carlomagno de hacer resurgir el Imperio Romano, mediante la firma de los Juramentos de Estrasburgo el 14 de febrero de 842. Tras ser llevado a cabo el reparto, surgieron tres territorios que pasaron a denominarse Franquia Occidental, Franquia Media y Franquia Oriental.
Lotario I se estableció en Italia y fue el depositario del título de emperador. Luis el Germánico fijó su residencia en Baviera y se le concedieron los territorios germánicos y anexos que iban desde los Alpes hasta el Rin. Carlos el Calvo recibió la parte occidental de lo que restaba del Sacro Imperio. Gracias a este reparto surgieron tres realidades socio-políticas desarrolladas como reinos independientes de las que Franquia Oriental y Franquia Occidental (germen del futuro Reino de Francia) subsistieron hasta el siglo X, a diferencia del territorio central que fue absorbido por los territorios occidental y oriental tras la defunción de los herederos de Lotario I.
El resurgimiento de los territorios en el Imperio tras los Staufen
Al morir Federico II en 1250, dio comienzo un período de incertidumbre, pues ninguna de las Dinastías susceptibles de aportar un candidato a la Corona se mostró capaz de hacerlo, y los principales duques electores apoyaron a diversos candidatos que competían entre sí. Este período se conoce como «Interregnum», que empezó en 1246 con la elección de Enrique Raspe por el partido angevino y la elección del Guillermo de Holanda por el partido gibelino; muerto este último en 1256, una embajada de Pisa ofreció la Corona de Rey de los Romanos a Alfonso X el Sabio, rey de Castilla, que por ser hijo de Beatriz de Suabia pertenecía a la familia Staufen. Sin embargo, su candidatura se enfrentó a la de Ricardo de Cornualles y no prosperó. El «Interregnum» terminó en 1273, cuando coronaron a Rodolfo I de Habsburgo. La decisiva derrota del Imperio (plasmada en la batalla de Legnano) había quedado plenamente de manifiesto ya en el reinado de Federico II y se había ratificado con el fin de los Staufen, las graves dificultades del interregno en Alemania, y la enfeudación del Reino de Sicilia en Carlos I de Anjou, haciendo realidad la potestad pontificia.
La frontera oriental de Alemania
Atraídos por los espectaculares acontecimientos del Imperio y de su controversia con el Papado, los libros de Historia dedican mucha menor atención, en general, a otros aspectos que tal vez sean más importantes desde el punto de vista estrictamente alemán, tales como la organización interna del país o, sobre todo, sus relaciones con los pueblos establecidos más al Este. Son estos pueblos los eslavos del Oeste (polacos y checos), los húngaros, los lituanos y otros pueblos situados en las riberas del mar Báltico, aunque en este campo Alemania compitió con la presencia de los escandinavos. Más al Este, el pueblo ruso, que afirmaba su propia personalidad en torno a Kiev —un antiguo asentamiento comercial vikingo— con fuertes influencias bizantinas. Ya Carlomagno llevó la frontera desde el Rin al Elba mediante la conquista y cristianización de Sajonia, y estableció relaciones con el reino eslavo de Moravia, antecesor de Bohemia. Los emperadores germánicos del siglo XI realizaron la primera conquista de los territorios comprendidos entre los ríos Elba y Oder, donde establecieron «marcas» o gobernaciones fronterizas, y sometieron a protectorado la comarca de Schleswig, en la frontera con Dinamarca. Al mismo tiempo, establecieron otras «marcas» en las cuencas de los ríos Danubio, Drave y Save para contener las incursiones de los pueblos eslavos del Sur y de los húngaros. Sobre aquellas «marcas» del Este, de Estiria, de Carintia y de Carniola surgiría, varios siglos después, el fundamento de la nación austriaca.
Más al este comenzaba el territorio poblado por polacos, checos, húngaros, croatas, etcétera. Estos pueblos tenían un origen y unas características muy diversas. Los croatas habían sido cristianizados en el siglo IX y, a través de complicados avatares políticos, mantuvieron diversos grados de autonomía en toda la Edad Media bajo el triple influjo bizantino, alemán e italiano, aunque también estuvieron relacionados con los búlgaros y húngaros, que los dominan militarmente en ocasiones, y, desde el siglo XIV, con los turcos otomanos. La constitución política de la extinta Yugoslavia, tan compleja, no era ajena a estos lejanos acontecimientos históricos.
Los húngaros, nómadas procedentes de las estepas euroasiáticas, comienzan un proceso de sedentarización, desde la segunda mitad del siglo X, en torno a la cuenca media del Danubio. Al mismo tiempo, comienza su cristianización y organización en forma de reino, que culminó con la conversión del rey Vajk (Esteban) en el año 996. Desde entonces, la asimilación de los modos de vida europeos, favorecida por la proximidad de las marcas austriacas y por la reanudación del tráfico danubiano, no dejó de aumentar.
Los checos constituyeron un poder político, Bohemia, con sede religiosa y nacional en Praga a lo largo de la segunda mitad del siglo X; sus relaciones con el Imperio fueron muy estrechas y Bohemia será un reino vasallo durante toda la Edad Media.
Los polacos establecieron su organización política más alejada del ámbito alemán y con mayor independencia; el paso de la estructura tribal a la de reino se realiza en el siglo X gracias al florecimiento urbano y a la cristianización, aprovechada por los reyes Mieszko I Boleslao I, que gobiernan sucesivamente entre el año 960 y el 1025; de todas formas, amplias zonas del país seguían mal organizadas y poco pobladas, y una región, Silesia, era causa de frecuentes conflictos con los checos.
Sobre este panorama oriental se proyecta la influencia del Sacro Imperio Germánico, primero cultural y religiosa, pero, desde comienzos del siglo XII, en forma de avance colonizador y político: la «marcha hacia el Este», iniciada en tiempos de Lotario de Supplinburg y que tiene su principal protagonista en el duque Enrique el León, sirvió para colonizar definitivamente los territorios entre el Elba y el Oder, actual frontera germano–polaca, y a trasladar colonos rurales a las poblaciones de Pomerania, Polonia, sobre todo en su costa báltica y en la de la antigua Prusia oriental, Silesia, Bohemia (origen de la minoría alemana de los «sudetes»), Moravia y Mecklemburgo.
Aquella expansión, favorecida por los señores eslavos, por las órdenes religiosas y militares, en especial la Orden de los Caballeros Teutónicos, mezcló profundamente los modos de vida eslavos y germanos, extendió el derecho alemán, en especial el urbano, y significó una enorme riqueza agraria, comercial y cultural para toda aquella área geográfica. Llegó a su término a fines del siglo XIII, cuando finaliza la gran expansión demográfica de la Europa altomedieval.


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