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sábado, 20 de mayo de 2017

Sargón II rey de Asiria y Babilonia

La capital más antigua fue Asur, donde reinó Zariqum hacia el año 2000 a.C. En el siglo XIX los asirios fueron gobernados por una dinastía acadia, que fundó Ilushuma, y durante el siglo siguiente por una dinastía amorrea. Después de la incursión de los hititas (1530 a.C.), la civilización asiria atravesó un largo período de decadencia hasta el advenimiento del gran rey Tiglatpileser (1112 a.C.), fundador de un vasto imperio que, sin embargo, sólo comenzó a organizarse en el siglo IX y alcanzó su apogeo en los siglos VIII y VII.
Entre sus reyes destacaron Sargón II (721-705 a.C.), que recibió el trono de Salmanasar V en el 722 a.C. No está claro si fue hijo de Tiglatpileser III o un usurpador del trono ajeno a la familia real. Senaquerib (705-681 a.C.), que trasladó la capital a Nínive, y Asurbanipal (668-626 a.C.). A la muerte de este último, también llamado Sardanápalo, se inició el rápido declive del imperio asirio, que terminó siendo conquistado por medos y babilonios en el 612 a.C.
Sargón II es muy conocido por su mención en Isaías (20, 1); fue el primer rey asirio cuyo nombre se logró descifrar a mediados del siglo XIX, cuando la asiriología estaba aún en mantillas, lo que constituyó un éxito para la arqueología bíblica. Su primera campaña, en el 722 a.C., supuso la conquista de Samaria, último vestigio del escindido reino de Israel.
En el 720 a.C. Sargón II intervino en dos frentes a la vez: en Babilonia, para cortar la ayuda que Merodac-Baladán estaba recibiendo del elamita Ummanigash, y contra una coalición sirio-egipcia, reconquistando las provincias rebeldes de Arpad, Simirra y Damasco.
En el 717 a.C., Sargón anexiona Karkemish al imperio asirio, plaza estratégica sobre el Éufrates, con el pretexto de una supuesta conspiración de sus dirigentes con el rey Midas de Frigia. Al año siguiente organiza un sistema defensivo en el este, en Parsumash, para frenar la penetración de las tribus medas, todavía no bien cohesionadas. En el 715 a.C. Sargón inició la repoblación de Samaria con deportados árabes, para contrarrestar la influencia de Egipto.
En el 710 a.C., una vez aseguradas las fronteras, Sargón II consideró oportuno someter definitivamente a Merodac-Baladán y vengarse de Elam, emprendiendo una campaña con dos ejércitos. Mientras uno neutralizaba a las tropas elamitas, el otro derrotaba al rey de Babilonia. Así consiguió el monarca reanudar la tradición de ceñir la doble corona de Asiria y Babilonia, coronándose rey de Babilonia en el 709 a.C.
A su muerte, Sargón II dejó un reino de bases aparentemente sólidas, pero en realidad, con graves problemas internos, y rodeado de enemigos poderosos como Egipto, Urartu y Elam, que dificultaron los gobiernos posteriores.
Soldados babilonios entrando en Nínive en 612 a.C.

SPQR: orígenes de la República de Roma

Una serie de guerras contra los pueblos y ciudades que la rodeaban habían convertido a Roma, a finales del período monárquico, en la capital de un pequeño reino que, a pesar de su reducido tamaño, no resultaba nada desdeñable: un área de hegemonía cuya gravitación, que iba en aumento, era apreciable en todo el ámbito de la península Itálica.
Así estaban las cosas cuando los romanos depusieron a un rey que les resultaba excesivamente soberbio —y sobre todo extranjero—, y lo sustituyeron por una república autárquica que parecía un riesgo y cuya proclamación ponía en juego los óptimos resultados alcanzados hasta aquel momento. La república que nació con el derrocamiento de Tarquinio el Soberbio estaba destinada a tener una larga vida, casi medio milenio. El primer período de esta larga era transcurrió desde el nacimiento del nuevo régimen hasta que estalló el conflicto armado con Cartago a mediados del siglo III a.C., suceso que introdujo en el juego de la política mediterránea a una potencia que hasta aquel momento se había movido exclusivamente en el ámbito de la península Itálica.
Sus características son, en orden sucesivo: repliegue, consolidación, expansión. En realidad, el cambio que sufrió en las instituciones costó la pérdida de la hegemonía en el exterior y una áspera y violenta lucha social en el interior. Una vez contenidos los efectos de la primera y reabsorbida la segunda con una gradual reestructuración constitucional, la República pudo rivalizar nuevamente para conseguir la supremacía en Italia. Al fin, toda la Península, sólidamente unida bajo el dominio romano, se lanzó con todas sus fuerzas a la conquista de la primacía en Occidente.
El Senado y el Pueblo de Roma fueron los pilares de la República que nació de las ruinas del régimen monárquico, sacudido más por la caída de las posiciones etruscas en el sur que por sus errores y que provocó, además, el desmoronamiento de los regímenes filoetruscos del Lacio. Sin embargo, en esencia, el Senado contaría más que el Pueblo durante mucho tiempo. En efecto, el esquema político del Estado preveía tres poderes que se equilibraban entre sí: las asambleas del pueblo soberano, los magistrados de éstas, elegidos anualmente, y el Senado. En teoría, la soberanía estaba en manos del pueblo, que la delegaba en los magistrados, en tanto que correspondía al Senado la misión de asistir a éstos últimos con opiniones, consejos y una constante actividad de representación. Por consiguiente, en las contingencias que siguieron a su proclamación, el alma de la República estuvo constituida por el Senado. Estas contingencias fueron muy graves. Mientras el rey depuesto movilizaba a sus leales entre los etruscos para recuperar el trono, las ciudades y los pueblos sometidos a Roma aprovecharon el desconcierto causado por el cambio de régimen y trataron de desembarazarse de la tutela romana. Cartago, la mayor potencia marítima del momento en el Mediterráneo, exigía que la República respetase los pactos ya contraídos con la Monarquía. Pero en el interior aumentaba la agitación. No todo el pueblo estaba contento con el cambio de régimen: más aún, los más podres y desfavorecidos, la plebe, perdía en lugar de ganar porque había una constitución que reservaba a los patricios y a los plutócratas todas las magistraturas, el acceso al Senado y la interpretación y aplicación de la ley. La República era de facto una plutocracia, en tanto que exigía grandes sacrificios, incluidas las obligaciones militares, a todos los ciudadanos por igual.
Se hizo frente a la situación por partes. Un tratado mediante el cual Roma renunciaba a lo que aún no poseía (comercio y expansión marítima) a cambio de lo que necesitaba —manos libres para actuar en el Lacio—, sosegó a Cartago. Una serie de legendarios actos de heroísmo (desde Horacio Cocles hasta Mucio Scévola) mantuvo a raya a los etruscos aliados de Tarquinio. Quizá Roma, obligada a sustituir la propaganda heroica por los partes de guerra, sufrió una derrota pero logró impedir la restauración monárquica.
En cuanto a los latinos, aliados rebeldes, el duro revés que se les infligió en las inmediaciones del lago Regilo, situado pocos kilómetros al este de Roma, permitió que la diplomacia romana estipulara con ellos un tratado que decretaba la pérdida de la supremacía absoluta de Roma, pero les reconocía el mando supremo de la Liga Latina en caso de guerra. Era el año 493 a.C. Después de otros tres lustros de luchas y sacrificios, se restableció la situación en el exterior, pero la del interior se hallaba al borde de la disgregación. Los romanos consideraban que el que más tenía más debía dar al Estado, pero más debía, también, recibir a cambio —controversia que se mantiene dos mil quinientos años después en muchos Estados modernos—. Al crearse la República, este concepto había favorecido extraordinariamente a los más ricos y poderosos. En la asamblea más importante, la convocada por censo, las primeras dos clases —patricios y terratenientes— tenían más votos que todas las demás juntas y votaban primero: es fácil comprender cuánto valía el sufragio de los demás. Los cargos públicos solo podían ser desempeñados por los patricios; por tanto, solo ellos integraban los tribunales, interpretando una ley que nadie había consignado jamás por escrito.
En suma, la República, nominalmente democrática, era de hecho una oligarquía. Y precisamente en el año 494 a.C., mientras la crisis militar parecía resolverse, la plebe —los más desfavorecidos— decidió que la situación era insostenible y se separó del Estado, retirándose al Aventino. Manenio Agripa, encargado de los intentos de reconciliación, trató de convencer a los plebeyos para que abandonasen su exilio voluntario. Pero más que las palabras triunfaron las concesiones concretas: se crearon asambleas especiales de la plebe y se les confirió la facultad de elegir caudillos populares —tribunos de la plebe—, encargados de defender sus derechos y dotados, para cumplir esta función, de inviolabilidad física frente a todo poder estatal y del derecho al veto respecto de la actividad de cualquier magistratura.
No era todo lo que exigían los plebeyos, pero fue mucho y facilitó los instrumentos para conquistas sociales posteriores: la promulgación de una legislación escrita (en –450), el acceso de los plebeyos a cargos cada vez más altos —hasta el supremo, el consulado—, la admisión en los colegios sacerdotales, y, finalmente, la validez, a título de leyes del Estado, de las deliberaciones de las asambleas de la plebe (los plebiscitos): decisiva victoria que se logró en –287 y que apaciguó las luchas sociales en el interior de la Urbe. Surgía de esta manera, por primera vez, el peculiar carácter de la estructura política romana: cada grupo defendía tenazmente sus concesiones y privilegios, sin falsos pudores, pero estaba dispuesto a ceder, llegando a un compromiso, cuando esta defensa amenazaba o mellaba la supervivencia del Estado.
Momentáneamente, aunque al precio de dolorosas renuncias en el exterior y de ásperos choque en el interior, la República había superado la crisis provocada por el cambio de régimen. Buena parte de la hegemonía se perdió y los que antes estaban sometidos trataban ahora con los romanos en pie de igualdad. Sin embargo, se contaba con todas las bases para la reconstrucción: obra a la que se dedicaron en los siglos siguientes.
No fue una empresa fácil ni planificada previamente. Aunque entre desastres, derrotas y victorias militares, al iniciarse el decisivo siglo III a.C., toda Italia, desde el Arno hasta Reggio Calabria, se hallaba unificada bajo el poder de Roma. Los momentos más difíciles fueron tres: una guerra que se prolongó por espacio de sesenta años con los ecuos y los vosgos, que eran fieros pueblos montañeses; una devastadora invasión de los galos transalpinos que cayeron sobre las llanuras del Po, las ocuparon en gran parte, después atravesaron los Apeninos, batieron inicialmente a los romanos en las inmediaciones de Chiusi, las aplastaron tres años más tarde sobre el Allia y se plantaron súbitamente a las puertas de una Roma desguarnecida y expuesta al saqueo (387 a.C.), del que se salvó únicamente el Capitolio, acrópolis defendida heroicamente por un puñado de desesperados; finalmente, una rebelión de los aliados latinos, que sería la última de la historia, por cuanto, después de la victoria romana, la Liga Latina fue disuelta, mandando que los espolones de las naves latinas adornaran la tribuna de los oradores en Roma y que toda ciudad latina estuviese ligada a la Urbe por un tratado especial, distinto del de sus vecinos, con los cuales no hubo ya, por consiguiente, interés en coaligarse. Fueron los comienzos de la política de «divide et impera», divide para mandar, que duraría siglos y que habría de convertirse en uno de los rasgos distintivos de la política exterior romana. En cuanto a las victorias militares fueron cada vez más frecuentes.
Transcurrieron diez años de encarnizadas luchas para borrar del mapa a la ciudad de Veyes, cuya existencia constituía un obstáculo en la desembocadura del Tíber en el mar, años que dejaron a Roma tan debilitada que debió ceder ante la invasión gala, pero en suma se trataba de una conquista fundamental y dejaba a Roma el camino libre hacia el norte de la Península. Más tarde tuvieron lugar tres guerras muy sangrientas para doblegar a los samnitas, pueblo que bloqueaba la expansión de Roma hacia el sur y el este; estas guerras exasperaron a los aliados impulsándolos a una rebelión general contra la ciudad hegemónica.
Una vez derrotados los samnitas, Roma se adueñó de la Italia meridional y amenazó directamente a las ciudades de la Magna Grecia. En la lucha, incluso, se saldaron viejas cuentas pendientes con los antiguos dominadores etruscos, reducidos a la dominación romana, lo mismo que los samnitas: entonces tuvieron libre el camino hacia el norte. Se fundaron los puestos avanzados necesarios para emprender nuevas conquistas: las colonias romanas en el territorio arrebatado a los galos. Se tomó una rápida venganza por el saqueo de Roma.
Quedaban las ciudades griegas de la costa meridional. Tarento, la más importante y floreciente, fue vencida al cabo de diez años de guerra, que fueron tantos solo porque acudió en su defensa un aliado extranjero —por primera vez en la política italiana—, Pirro, rey de Epiro, con tropas adiestradas a la manera macedónica y poseedor de una arma que jamás habían visto los romanos: los elefantes. La aparición de estos animales dejó pasmados a los legionarios y causó a los romanos dos descalabros que, en términos de deterioro del adversario, fueron otras tantas victorias. Como ambos bandos estaban extenuados, no fue difícil que llegaran a un acuerdo para finalizar la guerra. Esto ocurrió a principios de 278 a.C. cuando uno de los médicos de Pirro, llamado Nicias, desertó a las filas romanas y propuso a los cónsules envenenar a su señor. Los cónsules Fabricio y Emilio enviaron al desertor de vuelta ante su rey, afirmando que aborrecían la idea de conseguir una victoria mediante la traición. Para mostrar su gratitud, Pirro envió a Cineas a Roma con todos los prisioneros romanos, entregándolos sin rescate. Parece ser que Roma otorgó entonces una tregua a Pirro, no así una paz formal, ya que el rey no aceptó abandonar Italia.
A la postre, los resultados obtenidos estaban a la altura de las fatigas que habían costado: prosiguiendo la guerra, a pesar de los reveses militares iniciales, Roma salió airosa. Demostró así otras de sus grandes cualidades: la voluntad, la capacidad de perseverar, a cualquier precio. En el año 272 a.C. la península Itálica tenía una única dueña, estaba unida y formando una comunidad cohesionada y sometida a la guía marcada por Roma. Había irrumpido una nueva potencia militar en el Mediterráneo.

Legionario de la República (siglo I a.C.)




España en la guerra de los Treinta Años (1618-1648)

La guerra de los Treinta Años reestructuró la distribución de poderes en Europa. La decadencia de España se hizo claramente visible. Mientras España estuvo ocupada combatiendo con Francia, Portugal declaró su independencia en 1640. Había permanecido bajo dominio español desde que Felipe II se anexionó el país vecino en 1580 cuando el rey portugués murió sin dejar herederos. La familia Braganza se convirtió en la casa reinante en Portugal.
Durante los últimos años de la guerra de los Treinta Años, Suecia se vio envuelta en un conflicto con Dinamarca, entre 1643 y 1645, denominado la guerra de Torstenson. El resultado favorable a Suecia de este conflicto, y la conclusión de la guerra en Europa por medio de la Paz de Westfalia, ayudaron a Suecia a consolidarse como potencia europea. También Francia salió fortalecida del conflicto con España, tomando el relevo de ésta como gran potencia continental. Francia, aunque era un país católico, rivalizaba con el Sacro Imperio Romano Germánico y España por la hegemonía continental, y entró en la guerra del bando protestante. El cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII, pensó que los Habsburgo todavía eran demasiado poderosos, ya que mantenían en su poder varios territorios en la frontera este de Francia y tenían influencia en las Provincias Unidas. Por lo tanto, Francia se alió con los holandeses y con Suecia y entró en la guerra.
España reaccionó invadiendo las provincias francesas de Champaña y Borgoña, e incluso amenazó París durante la campaña de 1636. El general imperial Johan von Werth y el comandante español, el cardenal–infante Fernando, llevaron a cabo varias campañas exitosas. Finalmente Bernardo de Sajonia–Weimar derrotó a los imperiales y llegó a amenazar su permanencia en suelo francés en la batalla de Compiègne. Siguieron muchas batallas, pero ningún bando obtuvo en ellas ventajas claras. En 1642, muere el cardenal Richelieu y un año después lo sigue el rey francés Luis XIII. Sube al trono Luis XIV, con tan solo 5 años, mientras que su regente, el cardenal Mazarino comienza a trabajar para restaurar la paz.
En 1643 las tropas españolas de Felipe IV, que se enfrentaba en la Península a la sublevación de Cataluña, eran derrotadas en la fortaleza de Rocroi y dos años después, en 1645, el mariscal sueco Lennart Torstensson vencía a un ejército imperial en la batalla de Járkov, cerca de Praga, mientras que Luis II de Borbón, príncipe de Condé, derrotaba al ejército bávaro en Nördlingen. El último gran militar de los católicos, el conde Franc von Mercy, perdió la vida en la batalla. En 1647 Francia y Suecia invadieron Baviera y forzaron a Maximiliano I a firmar el 14 de marzo la Tregua de Ulm y renunciar a su alianza con el Sacro Imperio Romano. Sin embargo, en otoño de ese mismo año rompió la tregua y volvió con los imperiales. En 1648, suecos y franceses derrotaron al ejército imperial en las batallas de Zusmarhausen y Lens. Únicamente los territorios de la propia Austria permanecieron seguros en manos de los Habsburgo.
La Paz de Westfalia
Como consecuencia de estos tratados, Francia logró importantes ventajas territoriales en Alsacia y la frontera renana, Suecia se quedó con Pomerania occidental y diversos enclaves alemanes del mar del Norte y el Báltico. Brandeburgo se expandió en Pomerania oriental y obtuvo algunos territorios en Alemania occidental, mientras el duque de Baviera retenía el alto Palatinado y la condición de elector, que se restituiría a los herederos de Federico V, junto al bajo Palatinado, hecho que se tradujo en el aumento del colegio electoral imperial a ocho miembros. Por su parte, la independencia formal de Suiza fue acatada por el Imperio. Esta institución fue la más perjudicada, pues el reconocimiento de la soberanía de los príncipes y las ciudades vaciaba de contenido el título imperial. La consagración de la libertad religiosa de los príncipes, que impondrían su fe en sus estados, se extendió al calvinismo y puso fin al ciclo de guerras religiosas que habían ensangrentado Europa desde el siglo XVI. Los Habsburgo, a pesar de algunas concesiones, fortalecieron el control sobre sus posesiones patrimoniales, gobernadas desde Austria. La gran perdedora de este prolongado conflicto fue Alemania en su conjunto, sometida a terribles devastaciones durante tres décadas —especialmente en regiones como Renania, que perdió dos Tercios de su población—, y afectada por pérdidas materiales que tardaron decenios en ser reparadas. Por su parte, Inglaterra y Holanda se afianzaron como potencias marítimas, condición que posibilitaría un gran desarrollo comercial y colonial futuro. Francia se confirmó como la nueva potencia europea, aunque todavía tenía que dirimir su conflicto particular con España. Finalmente, el ejército francés del príncipe de Condé derrotó a los españoles en la batalla de Lens en 1648, y se iniciaron las conversaciones de paz en las que tomaron parte el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, España, las Provincias Unidas, Suiza, Suecia, Portugal, y el Papado. La Paz de Westfalia en 1648 fue el resultado de estas negociaciones.
La Paz de Praga fue incorporada en la Paz de Westfalia, que incorporaba también la Paz de Augsburgo, aunque las fechas de las posesiones de tierra que habían sido establecidas por medio de la Paz de Praga fueron restablecidas de 1624 a 1627, lo que favoreció a los protestantes. Los calvinistas fueron así reconocidos internacionalmente, y el Edicto de Restitución fue de nuevo rescindido. La primera Dieta de Speyer fue aceptada internacionalmente.
Redistribuciones territoriales: Francia obtuvo el arzobispado de Metz, Toul, Verdún y toda la Alsacia excepto Estrasburgo y Mulhouse. También adquirió voto en la Dieta Imperial Germánica. Suecia obtuvo la Pomerania occidental y los arzobispados de Bremen y Stettin. También ganó el control sobre la desembocadura de los ríos Oder, Elba y Weser. Al igual que Francia, obtuvo voto en la Dieta Imperial Germánica.
Baviera adquirió voto en el Consejo Imperial de Electores. Brandemburgo obtuvo la Pomerania oriental y el arzobispado de Magdeburgo. Suiza fue reconocida como nación completamente independiente. Las Provincias Unidas fueron reconocida como nación independiente, antes de su rebelión, cien años antes, había sido parte de la monarquía Habsburgo. A los estados alemanes (alrededor de 360), se les dio el derecho de ejercer su propia política exterior, pero no podían emprender guerras contra el emperador del Sacro Imperio Romano. El Imperio, como totalidad, todavía podía emprender guerras y firmar tratados. Se abolió la posibilidad de elección del emperador romano en vida del reinante.
Los Palatinados fueron divididos entre el restablecido elector palatino Carlos Luis (hijo y heredero de Federico V) y el elector–duque Maximiliano de Baviera, lo que significaba la división entre protestantes y católicos. Carlos Luis obtuvo el Bajo Palatinado —Palatinado renano— y Maximiliano mantuvo el Alto Palatinado.
La historiografía ha señalado la Paz de Westfalia como la paz en la que se creó el primer sistema político internacional, se abogó por la secularización de la política, acabando así con las guerras de religión, y dando el primer paso hacia la destrucción de la sociedad corporativa en beneficio del ideario individualista donde las personas ceden libremente su capacidad de actuar violentamente, así como su voluntad en beneficio del príncipe, quien pasa a detentar el poder centralizado propio del absolutismo. La devastación causada por la guerra ha sido durante mucho tiempo objeto de controversia entre los historiadores. Las estimaciones de pérdidas civiles entre la población de Alemania de hasta el treinta por ciento son tratadas ahora con cautela, los más alcistas hablan de cinco millones de alemanes muertos, casi los mismos que en la Primera Guerra Mundial. Es casi completamente cierto que la guerra causó un trastorno serio a la economía de Europa, pero es posible que no haya hecho más que exacerbar los cambios en términos de comercio, causados por otros factores. El resultado inmediato de la guerra, y que sin embargo iba a perdurar durante cerca de dos siglos, fue la consagración de una Alemania dividida entre muchos territorios, todos ellos, a pesar de su continuidad en la pertenencia al Sacro Imperio hasta su disolución en 1806, tenían soberanía de facto. Se ha especulado que esta debilidad fue una de las causas subyacentes que provocaron el posterior militarismo alemán.
Los Tercios españoles combatieron heroicamente en la guerra de los Treinta Años

Las guerras de Felipe II con Francia

El monarca español mantuvo varias guerras con Francia por el apoyo de ésta a los rebeldes flamencos, obteniendo una gran victoria en la batalla de San Quintín, librada el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo, en recuerdo de lo cual hizo edificar el Monasterio de El Escorial, edificio con planta en forma de parrilla que simboliza el martirio del santo del siglo III. En este monumental y sobrio palacio, el más grande de su tiempo —ya conocido entonces como la 8ª Maravilla del mundo—, concretamente en la Cripta Real están enterrados desde entonces casi todos los reyes españoles y sus familiares más cercanos. A esta victoria contra los franceses se sumó un decisivo triunfo posterior en la batalla de Gravelinas, en 1558.
Como consecuencia de estos fulminantes éxitos militares españoles se firmó la Paz de Cateau-Cambrésis de 1559, tratado en el que Francia reconoció la supremacía española en el Continente, y sus intereses en Italia se vieron favorecidos, pactándose el matrimonio de Felipe II con Isabel de Valois. No obstante, los problemas en Flandes continuaron a partir de 1568 por el apoyo a los rebeldes flamencos de los hugonotes franceses. Al término de las guerras de Italia en 1559, la Corona española había conseguido asentarse como la primera potencia europea, en detrimento de Francia. Los ciudades-estado de Italia, que durante la Edad Media y el Renacimiento habían acumulado un poder desproporcionado a su pequeño tamaño, vieron reducido su peso político y militar al de potencias secundarias, desapareciendo algunos de ellos.
En 1582, don Álvaro de Bazán, el mejor almirante español de la época, derrotó a una flota de corsarios franceses en la batalla de la isla Terceira, en la que se emplearon por primera vez en la historia militar fuerzas de infantería de marina para el desembarco en playas, abordaje de barcos enemigos y ocupación de terreno estratégico. En 1590, aprovechando la muerte del cardenal de Borbón, rey de Francia por la Liga Católica, Felipe II intervino en las guerras de Religión de Francia contra Enrique IV. En los Estados Generales de 1593 convocados por el duque de Mayene, como lugarteniente general rival de Enrique IV, se negaron a reconocer a doña Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, como reina de Francia, lo que aprovechó Enrique IV para convertirse al catolicismo. La posición y esperanzas de Felipe II de mantener la paz con los franceses se desvanecieron hasta llegar la firma del tratado de Vervins (1598), en la que se restablecía lo estipulado en el anterior acuerdo de paz de Cateau-Cambrésis.
Alabardero español de los Tercios de Flandes (finales siglo XVI)

Ponce de León y la Fuente de la Eterna Juventud

El adelantado de Castilla don Juan Ponce de León (†1521), fue un famoso explorador español y el primer gobernador de Puerto Rico. Descubrió la península de Florida en el transcurso de una expedición que se asocia a la búsqueda de la legendaria Fuente de la Eterna Juventud. Y, aunque no hay datos históricos que corroboren la autenticidad de la leyenda, ha quedado impresa en el imaginario popular universal.
Quizás animado por el éxito que había obtenido Hernán Cortés en México, Ponce de León organizó en 1521 una expedición para colonizar la península de Florida compuesta por dos barcos que transportaban a unos 200 hombres, incluyendo a sacerdotes, campesinos y artesanos, además de 50 caballos, animales de granja, bestias de carga y aperos de labranza. Por lo que podemos deducir que la suya no fue una expedición de conquista, sino de colonización.
Ponce de León y sus hombres quedaron tan impresionados por la belleza del paisaje, que pensaron que la Florida era el perdido Paraíso terrenal mencionado en el Génesis. Los expedicionarios recorrieron la costa suroeste de la península de Florida, y en alguna parte de esa región decidieron levantar un asentamiento. Durante 5 meses todo marchó bien, pero luego los colonos fueron atacados por los nativos y Ponce de León resultó herido en el hombro por una flecha envenenada. Otras fuentes apuntan que recibió el flechazo en un muslo, y que posteriormente la herida se gangrenó.
Después de este episodio, él y los demás expedicionarios regresaron a La Habana, donde Ponce murió poco tiempo después a causa de la infección que le produjo la herida. Su tumba se encuentra en la Catedral del Viejo San Juan; un templo sufragado por el Casino Español de San Juan de Puerto Rico.
La isla caribeña fue una provincia española (que no colonia) hasta que los norteamericanos la ocuparon en 1898 tras una corta guerra con España. En la actualidad no forma parte de la Unión.
A título de anécdota diremos que en la cuarta entrega de la saga cinematográfica «Piratas del Caribe» se menciona un mapa, aparentemente trazado por Ponce de León, que señala la ubicación exacta de la mítica Fuente de la Eterna Juventud que con tanto ahínco persiguió el esforzado explorador español, y que acabó costándole la vida.
Ponce de León murió a consecuencia de una herida de flecha recibida combatiendo a los nativos