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jueves, 3 de mayo de 2018

Carlos de Habsburgo se convierte en rey de España


El futuro Carlos V de Alemania y I de España, era hijo de Juana I de Castilla y Felipe I el Hermoso, y nieto por vía paterna del emperador Maximiliano I de Habsburgo y María de Borgoña —de quienes heredó el ducado de Borgoña, los territorios austriacos y el derecho al trono del Sacro Imperio— y por vía materna de los Reyes Católicos, de quienes heredó Castilla, Navarra, las Indias Occidentales, Nápoles, Sicilia y Aragón, Carlos de Habsburgo reinó en todos los territorios de España con el nombre de Carlos I desde 1516 a 1556, uniendo así por primera vez en una misma persona las Coronas de Castilla —el reino de Navarra inclusive— y de Aragón. Asimismo fue emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V de 1520 a 1558.
El nacimiento de Carlos de Habsburgo se produjo durante la celebración de un baile en el palacio Prinsenhof [Casa del Príncipe] de Gante, Flandes, cuando la embarazada archiduquesa doña Juana comenzó a sentir fuertes dolores en el vientre. Creyendo que se debían a una mala digestión, acudió al baño y allí, sin ayuda de nadie, dio a luz a su primer hijo varón a las 3:30 de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500. Ella quería ponerle el nombre de Juan en recuerdo de su fallecido hermano, pero finalmente fue bautizado como Carlos por deseo de su padre y en recuerdo de su bisabuelo, Carlos el Temerario, quien murió en la batalla de Nancy en 1477. El bautizo, celebrado el 7 de marzo, fue oficiado por el obispo de Tournai, Pierre Quick, en la Catedral de San Babón. A él acudieron como madrinas Margarita de Austria, esposa del fallecido príncipe Juan, y Margarita de York, esposa de Carlos el Temerario, y como padrinos Carlos de Croy, príncipe de Chimay, y el señor de Vergás. Antes de que cumpliera un año, Felipe el Hermoso nombró a su hijo Carlos duque de Luxemburgo y Caballero de la Orden del Toisón de Oro. El 16 de noviembre de 1501, Felipe y Juana partieron a España para ser jurados en las Cortes como sucesores de los Reyes Católicos y dejaron a Carlos al cuidado de Margarita de York. Durante su paso por Francia, Felipe se reunió con el rey Luis XII y acordó el matrimonio entre la hija de éste, Claudia, y Carlos, pacto que se renovó con la firma del Tratado de Blois años después. Tras el regreso de Felipe a Flandes y debido a la avanzada edad de Margarita de York, dejó a Carlos al cuidado de Ana de Borgoña, señora de Ravenstein, nombró gentilhombre de la cámara de Carlos a su padrino, Carlos de Croy, y encomendó su educación a maestros borgoñeses que le enseñarían la historia del Ducado. Entre tanto, en Castilla, don Fernando el Católico, consciente de que Carlos podía ocupar algún día su trono, envió al humanista Luis Cabeza de Vaca a Flandes para que le enseñara castellano y las costumbres españolas, aunque cuando el príncipe vino a España años después aún no dominaba el idioma.
A principios de 1506 Felipe y Juana partieron de nuevo hacia España para reclamar la Corona de Castilla tras la muerte de Isabel la Católica, pero el reinado conjunto duró poco, ya que Felipe murió de forma prematura en septiembre. Quizás envenenado por su suegro. El rey don Fernando, habiendo considerado que su hija Juana era presa de la locura, mandó que la encerraran en un convento de Tordesillas y se constituyó en regente del Reino. Debido a la minoría de edad de Carlos, su abuelo Maximiliano I de Habsburgo asumió la regencia de los Países Bajos, aunque poco después le cedió el gobierno a su hija Margarita de Austria, junto con la tutela de Carlos y sus hermanos. 
La educación del joven príncipe se desarrolló en Flandes y fue colmada de cultura flamenca. En 1509 el emperador dispuso que Guillermo de Croy, señor de Chiévres, sustituyese a su primo Carlos de Croy como gentilhombre de cámara del príncipe y Adriano de Utrecht, deán de la Universidad de Lovaina y futuro papa Adriano VI, fue nombrado su maestro. El 5 de enero de 1515 Guillermo de Croy consigue que el emperador declare la mayoría de edad de Carlos; acto seguido, los Estados Generales nombran Señor de los Países Bajos al joven príncipe, terminando aquí la regencia de su tía Margarita. Con todo, todavía sin voluntad propia para gobernar, el joven soberano delegará el poder en el señor de Chiévres. Ese mismo año, el cardenal Adriano de Utrecht viajó a España para asegurarse de que Fernando el Católico no arrebatara a Carlos la herencia de Castilla y Aragón en favor de su hermano Fernando I de Habsburgo, que se había criado con él y era su nieto favorito. Si bien se comprometió a nombrar a Carlos como sucesor, los consejeros del Rey tuvieron que convencerle poco antes de su muerte para que no designara a Fernando. De todos modos, no está claro si el testamento original del rey Fernando el Católico fue alterado después de su muerte.
El 22 de enero de 1516, el abuelo del príncipe Carlos, el rey Fernando II de Aragón redactaba su último testamento. En él, lo nombraba Gobernador y Administrador de los Reinos de Castilla y de León, en nombre de la reina Juana de Trastámara, incapacitada a causa de su enfermedad. En lo concerniente a la Corona de Aragón, el rey don Fernando dejaba todos sus estados a su hija Juana, nombrando, también en este caso, Gobernador General a Carlos en nombre de su madre. Hasta que Carlos llegara, en Castilla gobernaría el cardenal Cisneros y en Aragón el arzobispo don Alonso de Aragón. El 23 de enero moría el rey don Fernando en Madrigalejo (provincia de Cáceres). A partir de entonces, Carlos comenzó a pensar en tomar el título de Rey, inspirado por sus consejeros flamencos. Esta decisión no era bien vista en España. El Consejo de Castilla le envió una carta el 4 de marzo en la que le pedía que respetase los títulos de su madre. Pero, diez días después de haberse celebrado los funerales por el rey Fernando el Católico, el joven Carlos envió una carta a Castilla en la que informaba de su decisión de intitularse Rey. Tras largas deliberaciones del Consejo, el 3 de abril el cardenal Cisneros comunicó al Reino la decisión de Carlos. El 13 del mismo mes se informó de la nueva intitulación real: «Doña Juana y don Carlos, su hijo, reina y rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas de Canarias, de las Islas, Indias y Tierra Firme del mar Océano, condes de Barcelona, señores de Vizcaya y de Molina, duques de Atenas y Neopatria, condes de Rosellón y de Cerdaña, marqueses de Oristán y de Gociano, archiduques de Austria, duques de Borgoña y de Brabante, condes de Flandes, de Tirol, etcétera». En mayo, los tres estamentos del Reino de Navarra, reunidos a petición del virrey don Antonio Manrique de Lara, juraron fidelidad a Carlos como su rey y señor natural.
Mientras tanto, en la Corona de Aragón la situación era caótica. El Justicia de Aragón impedía gobernar al arzobispo don Alonso alegando que, según las leyes aragonesas, el cargo de gobernador solo podía ser ejercido por el heredero al trono. La Audiencia Real de Aragón dio la razón al Justicia, pero sentenció que el arzobispo podía gobernar en calidad de curador de la reina Juana. Pero el Justicia tampoco lo permitió entonces, alegando que Juana ya no era la heredera, ya que cuando se la juró como tal, se incluyó que si el Rey tenía un hijo varón, éste pasaría a convertirse en el heredero. Y, por tanto, como en 1509 don Fernando había tenido un hijo con Germana de Foix, el juramento de Juana quedaba anulado, a pesar de que el niño había muerto a las pocas horas. El 13 de mayo, Carlos reconoció los poderes del arzobispo como curador de la reina Juana, pero, aun así, se rechazó prestarle juramento. Por otro lado, la Diputación del Reino de Aragón reconoció a Juana como heredera de la Corona, pero como por su enfermedad no podía reinar, debía ser apartada del gobierno para que reinara su hijo. A todo ello se añadía el que ninguna institución de la Corona de Aragón le reconocía a Carlos el título de Rey hasta que no jurara los fueros y libertades de los Reinos.
Debido a la concentración de títulos en manos de Carlos, el rey de Francia pasa a estar en una posición geopolítica complicada. En el reino de Nápoles, el virrey don Ramón de Cardona recibió la noticia del fallecimiento del rey don Fernando a través del arzobispo de Zaragoza, fue confirmado como virrey por el príncipe Carlos desde Bruselas, el 11 de febrero, e hizo proclamar a doña Juana y al príncipe Carlos como reyes el 20 de febrero. En cuanto al reino de Sicilia, ante la muerte de don Fernando el Católico, el virrey de Sicilia, Hugo de Moncada, disolvió un Parlamento hostil a un nuevo donativo para mantenerse en el puesto hasta la confirmación del nuevo rey Carlos, pero una parte importante se negó a disolverse, no reconociendo a Carlos como el sucesor de don Fernando, sino a su madre doña Juana. El 5 de marzo, tras celebrarse las exequias del monarca difunto, se produjo la sublevación. Consideraron que una vez muerto el Rey, el virrey cesaba automáticamente, alzaron pendones por la reina doña Juana y constituyeron una regencia. Un nuevo Parlamento encargó la regencia del Reino al marqués de Geraci, Simone Ventimiglia, y al marqués de Licodia, Matteo Santapau, y solo la ciudad de Mesina se mantuvo fiel al virrey y al joven rey don Carlos.
Ante esta situación, el virrey de Nápoles, don Ramón de Cardona, intervino obteniendo un acuerdo entre las partes para que fueran a viajar a la corte de Carlos, mientras el gobierno de Sicilia quedaba a cargo de don Diego del Águila. Finalmente, el nuevo virrey designado fue Ettore Pignatelli, conde de Monteleone. Sin embargo, la posición de la Corona estaba debilitada, y en julio de 1517, una conjura que pretendía cambiar la situación política del Reino fracasó al no llevarse a cabo el asesinato del virrey, lo cual produjo una revuelta más amplia conocida como la Rebelión de Squarcialuppo para reclamar orden y justicia. Por último, la situación fue encauzada, y en el Parlamento de 1518, Carlos fue reconocido como rey de Sicilia. Respecto al reino de Cerdeña, una reunión extraordinaria de los estamentos reconoció a los nuevos soberanos Carlos y Juana, y en junio de 1518 una delegación del estamento real en las Cortes de Zaragoza juró fidelidad al nuevo monarca, aunque no se puede constatar si junto a ellos estuvieron representantes de los otros dos estamentos. En octubre el rey concedió poderes a su virrey en Cerdeña, Ángel de Vilanova, para convocar el Parlamento y recoger el juramento de fidelidad y formalizar así el acto parcialmente formulado en Zaragoza.
En los Países Bajos, el 19 de febrero de 1516, antes de la muerte de don Fernando el Católico, Guillermo de Croy, señor de Chiévres, solicitó 400.000 florines de oro para el futuro viaje a España, lo que fue aprobado por los Estados Generales de los Países Bajos, pero a cambio Carlos debía dejar el territorio pacificado. De este modo acordó el Tratado de Noyó con Francisco I de Francia, y dado que la adquisición de los derechos sobre Frisia dejó un frente abierto con Carlos de Egmont, duque de Güeldres, fue acordado un tratado de paz el 17 de septiembre de 1517. En junio de 1517, Carlos informó a los Estados Generales reunidos en Gante, que el gobierno en su ausencia estaría a cargo de un Consejo Privado presidido por su tía la archiduquesa Margarita de Austria y su abuelo el emperador Maximiliano como supervisor del mismo en caso de que la comunicación con España no pudiera llevarse a cabo. Así las cosas, en julio nombró a Filiberto de Châlons gobernador y lugarteniente general en los condados de Borgoña y de Charoláis.
Carlos aseguró su posición como Rey gracias al reconocimiento del papa León X en la bula Pacificus et aeternum de 1 de abril de 1517, y el 8 de septiembre de ese mismo año, Carlos embarcó hacia España. Aunque estaba previsto que desembarcara en Santander, la flotilla llegó a Tazones, en Asturias, por el mal tiempo, lo que retrasó aún más el viaje. La siguiente etapa del viaje fue en Tordesillas, donde visitó el 4 de noviembre de 1517 y muy brevemente a su madre, la reina doña Juana la Loca, allí recluida, y en donde Chiévres obtuvo de la reina Juana el acta por el que reconocía a su hijo Carlos que gobernara en su nombre, por lo que de este modo se daba la apariencia de legitimidad a la toma del poder por Carlos. Ya en Valladolid, recibió la noticia del fallecimiento del cardenal Cisneros, lo que le dejaba completamente allanado el camino al ansiado gobierno de Castilla.
El 9 de febrero de 1518, las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, juraron como rey a Carlos junto con su madre, doña Juana, y le concedieron 600.000 ducados de renta. Además, las Cortes hicieron una serie de peticiones al Rey. Entre éstas destacan las siguientes: aprender a hablar castellano, el cese de nombramientos de extranjeros para cargos públicos y de la corte, la prohibición de la salida de metales preciosos y caballos de Castilla, y un trato más respetuoso a su madre, la reina doña Juana, recluida en Tordesillas.
En Aragón la situación seguía siendo complicada. Carlos llegó a Zaragoza el 9 de mayo. Las sesiones de las Cortes de Aragón comenzaron el 20 de mayo y tras largas discusiones, el 29 de julio, Carlos era jurado como Rey de Aragón. Su madre, doña Juana, era reconocida como Reina, pero por su incapacidad para gobernar, sus títulos quedaban reducidos a «nominales». Además le fueron entregadas 200.000 libras de renta para su manutención.
El 15 de febrero de 1519, Carlos entraba en Barcelona, convocando a las Cortes catalanas al día siguiente. Tras un discurso muy parecido al que dio en Aragón, y las correspondientes deliberaciones, Carlos fue jurado junto a doña Juana el 16 de abril. La cuestión del dinero que debían aportar las Cortes se alargó hasta principios de enero de 1520, cuando finalmente se le otorgaron 300.000 libras.
Entre tanto, el emperador Maximiliano I moría el 12 de enero de 1519. El 28 de junio, Carlos era elegido en Fráncfort del Meno [Frankfurt am Main] como Rey de Romanos, lo que le convertía en el nuevo soberano del Sacro Imperio Romano Germánico, y por ello decidió suspender el viaje a Valencia para ir a Alemania, convocando previamente a las Cortes de Castilla en Santiago de Compostela para el 20 de marzo de 1520. De esta manera, Carlos envió a Adriano de Utrecht para que a través de él le juraran como Rey y pudiera convocar Cortes en Valencia, pese a la ilegalidad, lo que provocó malestar entre los estamentos privilegiados; sin embargo, debido a la querellas entre el brazo nobiliario (militar) y eclesiástico contra las Germanías, las Cortes no llegaron a celebrarse, y ante los disturbios, el Rey envió un documento el 30 de abril de 1520 ofreciéndose a guardar sus fueros y privilegios. Finalmente, el rey cumplió con la legalidad foral y antes de ir a las Cortes Generales de Monzón, convocadas el 1 de junio de 1528, pasó por Valencia y juró sus fueros el 16 de mayo de dicho año. Tras este largo proceso que duró cuatro años —sin contar la jura en Valencia—, Carlos se convertía en el primer monarca en ostentar las Coronas de Castilla, Aragón y Navarra, consumando así la unificación de todos los reinos de España.

Las tropas imperiales saquean Roma en 1527


domingo, 15 de abril de 2018

Intervención francesa contra España en la guerra de los Treinta Años


Francia, aunque era un país católico, rivalizaba con el Sacro Imperio y España por la hegemonía continental, y entró en la guerra del bando protestante. El cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII, pensó que los Habsburgo todavía eran demasiado poderosos, ya que mantenían en su poder varios territorios en la frontera este de Francia y tenían influencia en las Provincias Unidas. Por lo tanto, Francia se alió con los holandeses y con Suecia y entró en la guerra.
España se vio amenazada desde varios frentes y reaccionó invadiendo y devastando las provincias francesas de Champaña y Borgoña, e incluso amenazó París durante la campaña de 1636. El general imperial Johan von Werth y el comandante español, el cardenal-infante Fernando, llevaron a cabo varias campañas exitosas. Finalmente Bernardo de Sajonia-Weimar derrotó a los imperiales y llegó a amenazar su permanencia en suelo francés en la batalla de Compiègne. Siguieron muchas batallas y escaramuzas, pero ningún bando obtuvo en ellas ventajas claras. En 1642, muere el cardenal Richelieu y un año después lo sigue el rey francés Luis XIII. Entonces sube al trono Luis XIV, con tan solo 5 años, mientras que su regente, el cardenal Mazarino comienza a trabajar para restaurar la paz.
En 1643 las tropas españolas de Felipe IV, que se enfrentaba en la Península a la sublevación de Cataluña, eran derrotadas en la fortaleza de Rocroi y dos años después, en 1645, el mariscal sueco Lennart Torstensson vencía a un ejército imperial en la batalla de Járkov, cerca de Praga, mientras que Luis II de Borbón, príncipe de Condé, derrotaba al ejército bávaro en Nördlingen. El último gran militar de los católicos, el conde Franc von Mercy, perdió la vida en esta batalla. En 1647 Francia y Suecia invadieron Baviera y forzaron a Maximiliano I a firmar el 14 de marzo la Tregua de Ulm y renunciar a su alianza con el Sacro Imperio Romano. Sin embargo, en otoño de ese mismo año rompió la tregua y volvió con los imperiales. En 1648, suecos y franceses derrotaron al ejército imperial en las batallas de Zusmarhausen y Lens. Únicamente los territorios de la propia Austria permanecieron seguros en manos de los Habsburgo.
Como consecuencia de estos tratados, Francia logró importantes ventajas territoriales en Alsacia y la frontera renana, Suecia se quedó con Pomerania occidental y diversos enclaves alemanes del mar del Norte y el Báltico. Brandeburgo se expandió en Pomerania oriental y obtuvo algunos territorios en Alemania occidental, mientras el duque de Baviera retenía el alto Palatinado y la condición de elector, que se restituiría a los herederos de Federico V, junto al bajo Palatinado, hecho que se tradujo en el aumento del colegio electoral imperial a ocho miembros. Por su parte, la independencia formal de Suiza fue acatada por el Imperio. Esta institución fue la más perjudicada, pues el reconocimiento de la soberanía de los príncipes y las ciudades vaciaba de contenido el título imperial. La consagración de la libertad religiosa de los príncipes, que impondrían su fe en sus estados, se extendió al calvinismo y puso fin al ciclo de guerras religiosas que habían ensangrentado Europa desde el siglo anterior. Los Habsburgo, a pesar de algunas concesiones, fortalecieron el control sobre sus posesiones patrimoniales, gobernadas desde Austria. La gran perdedora de este prolongado conflicto fue Alemania en su conjunto, sometida a terribles devastaciones durante tres décadas —especialmente en regiones como Renania, que perdió dos tercios de su población—, y afectada por pérdidas materiales que tardaron decenios en ser reparadas. Por su parte, Inglaterra y Holanda se afianzaron como potencias marítimas, condición que posibilitaría su gran desarrollo comercial y colonial a expensas de España en el futuro. Francia se confirmó como la nueva potencia europea, aunque todavía tenía que dirimir su conflicto particular con España. Finalmente, el ejército francés del príncipe de Condé derrotó a los españoles en la batalla de Lens en 1648, y se iniciaron las conversaciones de paz en las que tomaron parte el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, España, las Provincias Unidas, Suiza, Suecia, Portugal y el Papado. La Paz de Westfalia sellada en 1648 fue el resultado de estas negociaciones.
Posteriormente, la Paz de Praga fue incorporada a la Paz de Westfalia, que reunía también la Paz de Augsburgo, aunque las fechas de las posesiones de tierra que habían sido establecidas por medio de la Paz de Praga fueron ya establecidas en 1624 a 1627, lo que favoreció a los protestantes. Los calvinistas fueron así reconocidos en toda Europa, y el Edicto de Restitución fue de nuevo rescindido. La primera Dieta de Speyer fue aceptada internacionalmente.
Francia obtuvo el arzobispado de Metz, Toul, Verdún y toda la Alsacia excepto Estrasburgo y Mulhouse. También adquirió voto en la Dieta Imperial Germánica. Suecia obtuvo la Pomerania occidental y los arzobispados de Bremen y Stettin. También ganó el control sobre la desembocadura de los ríos Oder, Elba y Weser. Al igual que Francia, obtuvo voto en la Dieta Imperial Germánica.
Baviera adquirió voto en el Consejo Imperial de Electores. Brandemburgo obtuvo la Pomerania oriental y el arzobispado de Magdeburgo. Suiza fue reconocida como nación completamente independiente. Las Provincias Unidas fueron reconocidas como nación independiente, cien años antes habían formado parte de la monarquía Habsburgo. A los estados alemanes (alrededor de 360), se les dio el derecho de ejercer su propia política exterior, pero no podían emprender guerras contra el Sacro Imperio que, como totalidad, todavía podía emprender guerras y firmar tratados. También se abolió la posibilidad de elección del sacro emperador romano en vida del reinante.
Los Palatinados fueron divididos entre el restablecido elector palatino Carlos Luis (hijo y heredero de Federico V) y el elector-duque Maximiliano de Baviera, lo que significaba la división entre protestantes y católicos. Carlos Luis obtuvo el Bajo Palatinado —Palatinado renano— y Maximiliano retuvo el Alto Palatinado.
La historiografía ha señalado la Paz de Westfalia como la paz en la que se creó el primer sistema político internacional, se abogó por la secularización de la política, acabando así con las guerras de religión, y dio el primer paso hacia la destrucción de la sociedad corporativa en beneficio del ideario individualista donde las personas ceden libremente su capacidad de actuar violentamente, así como su voluntad en beneficio del príncipe, quien pasa a detentar el poder centralizado propio del absolutismo. La devastación causada por esta larguísima guerra ha sido durante mucho tiempo objeto de controversia entre los historiadores. Las estimaciones de pérdidas civiles entre la población de Alemania de hasta el treinta por ciento son tratadas ahora con cautela, los más alcistas hablan de cinco millones de alemanes muertos, casi los mismos que en la Primera Guerra Mundial. Es casi completamente cierto que la guerra causó un trastorno serio a la economía de Europa, pero es posible que no haya hecho más que exacerbar los cambios en términos de comercio, causados por otros factores. El resultado inmediato de la guerra, y que sin embargo iba a perdurar hasta 1871, fue la consagración de una Alemania dividida entre muchos territorios que, a pesar de su continuidad en la pertenencia al Sacro Imperio hasta su disolución en 1806, tenían soberanía de facto. Se ha especulado que esta debilidad política fue una de las causas subyacentes que provocaron el posterior militarismo alemán.
La guerra de los Treinta Años reestructuró la distribución de poderes en Europa. La decadencia de España se hizo patente ya que, mientras estuvo ocupada combatiendo con Francia, Portugal declaró su independencia en 1640 y Cataluña se sublevó. Portugal había permanecido bajo dominio español desde que Felipe II se anexionó el país vecino en 1580 cuando el rey portugués murió sin dejar herederos. La familia Braganza se convirtió en la casa reinante en Portugal.
Durante los últimos años de la guerra de los Treinta Años, Suecia se vio envuelta en un conflicto con Dinamarca, entre 1643 y 1645, denominado la guerra de Torstenson. El resultado favorable a Suecia de este conflicto, y la conclusión de la guerra en Europa por medio de la Paz de Westfalia, ayudaron a Suecia a consolidarse como potencia europea. También Francia salió fortalecida del conflicto con España, tomando el relevo de ésta como gran potencia continental.
Felipe IV fue rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, Duque de Milán, Soberano de los Países Bajos y conde de Borgoña, llamado «el Grande» o «el Rey Planeta» (†1665), reinó en España desde el 31 de marzo de 1621 hasta su muerte, y en Portugal desde la misma fecha hasta diciembre de 1640. Su reinado de más de 44 años fue el más largo de la Casa de Austria y el tercero de la historia española, siendo superado solo por Felipe V y Alfonso XIII, aunque los primeros dieciséis años del reinado de este último fueron bajo regencia. Durante la primera etapa de su reinado, Felipe IV compartió la responsabilidad de los asuntos de Estado con don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, quien realizó una enérgica política exterior que buscaba mantener la hegemonía española en Europa. Tras la caída de Olivares, el monarca se encargó personalmente de los asuntos de gobierno, ayudado por cortesanos tan influyentes como don Luis Méndez de Haro, sobrino de Olivares, y el duque de Medina de las Torres. Los exitosos primeros años de su reinado auguraron la restauración de la preeminencia universal de los Habsburgo, pero la devastadora guerra entre católicos y protestantes en Alemania, y la intervención de Francia en favor de los primeros, condujeron al declive militar y político de la Monarquía española, que hubo de ceder la hegemonía en Europa a la pujante Francia de Luis XIV, así como reconocer la independencia de Portugal y las Provincias Unidas, y ceder a Francia el Rosellón.
Cuando se aproximaba el fin del reinado de Felipe III, las intrigas palaciegas se disputaban la confianza del futuro rey, el príncipe de Asturias que llegaría a ser Felipe IV. El valido del rey, el duque de Lerma, luchaba por obtener el favor del futuro monarca con el apoyo de su yerno, el conde de Lemos y de su primo, don Fernando de Borja, gentilhombre de la cámara del príncipe, frente a sus dos hijos, el duque de Uceda y el conde de Saldaña. Olivares, que durante tanto tiempo había sido un personaje aislado en aquella casa, se había convertido en un estrecho aliado de los príncipes contra su padre, el Rey. También aprovechó el conde-duque la posición de su tío don Baltasar de Zúñiga en el Consejo de Estado —que él mismo había propiciado— para mover los hilos de Palacio. Tras la muerte del rey en 1621 debido a unas fiebres que contrajo dos años antes al regreso de un viaje a Portugal, donde su hijo había sido jurado como heredero de la Corona portuguesa, el nuevo rey Felipe IV escogió al conde-duque de Olivares como valido.
Durante su etapa como valido, el Conde-duque realizó una serie de reformas para poder mantener la hegemonía española en Europa. Estos cambios se concretaron en cuatro aspectos: reformar la vida pública, fomentar la economía, mejorar la Hacienda e impulsar la formación de un ejército común en todos los territorios peninsulares. El valido intentó imponer las leyes y costumbres castellanas en su propósito de unir la Monarquía Hispánica en una comunidad nacional, con una fiscalidad, administración y derecho comunes. Pero no alcanzó su propósito debido a la oposición de la nobleza a las nuevas propuestas del valido. Para conseguirlo luchó contra la corrupción del reinado anterior. Ordenó encerrar al duque de Uceda y al duque de Osuna, confiscó los bienes del duque de Lerma y sometió a don Rodrigo Calderón a un juicio en el cual se decretó su ejecución. Mediante un decreto obligó a hacer un inventario de la fortuna de aquellas personas que desempeñasen cargos públicos y de relevancia. Para controlar este decreto formó la Junta de Reformación, que más tarde se encargaría de velar por la vida pública de los ciudadanos.
Uno de los aspectos que se aplicó con mayor trascendencia fue el aumento de la demografía española; para ello el conde-duque prohibió la emigración y benefició la inmigración y las familias numerosas. Para favorecer la educación de los españoles, mandó construir el Colegio Real de Madrid en 1629 y otras instituciones, dirigidas principalmente por jesuitas. Dentro de esta dinámica de reforma de la moral, dos pragmáticas firmadas por Felipe IV pretendieron abolir la prostitución en todos los territorios de la Monarquía.
Se recurrió a la introducción de nuevos impuestos a la Corona, repartidos de manera más equitativa. Los antiguos reinos periféricos opusieron resistencia a estos nuevos impuestos, muchas veces con motines. La nobleza no aceptó un impuesto sobre las elevadas rentas del Reino ni la tasa sobre productos de lujo, y bloqueó continuamente estas medidas. Esta reforma fracasó en un momento en que los gastos aumentaron. Por todo ello, el conde-duque tuvo que buscar dinero en la emisión de juros, préstamos de banqueros judíos portugueses, nuevas contribuciones votadas en Cortes y la declaración de bancarrota —en realidad, suspensión de pagos— en momentos de extrema necesidad. El conde-duque también intentó crear un banco nacional con el fin de facilitar el comercio y contribuir a los gastos de la Monarquía. Para formar un capital solicitó una contribución especial sobre los patrimonios superiores a 2.000 ducados de renta, pero la nobleza volvió a oponerse, lo que causó su fracaso. La monarquía de Felipe IV se vio envuelta en una recesión económica que afectó a toda Europa, y que en España se notó más por la necesidad de mantener una costosa política exterior. Esto llevó a la subida de los impuestos, al secuestro de remesas de metales preciosos procedentes de las Indias, a la venta de juros y cargos públicos, a la devaluación de la moneda, etcétera. Todo con tal de generar nuevos recursos que pudiesen paliar la terrible crisis económica provocada por la participación española en la guerra de los Treinta Años. Para ello Olivares puso en marcha el proyecto de la Unión de Armas y a cada territorio de la Corona se le exigió que colaborase con una cantidad de soldados proporcional a su población. Los catalanes se negaron y Olivares suspendió las Cortes, comenzando así un conflicto con el Principado en el que la unidad de España, y hasta su propia supervivencia, se verá comprometida.

Escudo de Felipe II (anterior a la anexión de Portugal)


sábado, 14 de abril de 2018

De la Pax Hispanica a la guerra de los Treinta Años


Pese a que muchos historiadores han querido ver en la famosa Pax Hispánica un gesto de hastío por la guerra y dificultad para reorganizar ataques por parte de la Monarquía española, también se podría opinar que ésta formaba parte de una gran estrategia que permitiría a España recuperar su fuerza militar y económica, y apartar a sus adversarios de sus empresas militares. De hecho, tanto Felipe III como sus consejeros, pretendían que la tregua durase solo hasta que España pudiese reanudar sus luchas y derrotar así a sus enemigos. Felipe III y la reina Margarita de Austria-Estiria tuvieron ocho hijos, entre ellos Felipe (†1665), futuro Felipe IV, que contraería matrimonio con doña Isabel de Borbón.
Felipe III ha sido juzgado mucho más severamente de lo que lo han sido su hijo, Felipe IV, y el valido de éste, el conde-duque de Olivares, valorado más favorablemente que el duque de Lerma, algo que resulta sorprendente si se comparan los resultados de sus respectivos gobiernos. Por tanto, cabe afirmar que bajo el reinado de Felipe III, España alcanzó su máxima expansión territorial, y jugó un papel crucial tanto en la paz, como en los conflictos bélicos de gran envergadura que la sucedieron. Y de entre todos estos conflictos armados, sin duda, el más terrible de todos fue la conocida como guerra de los Treinta Años, una larguísima guerra librada en Europa central —principalmente Alemania— entre los años 1618 y 1648, y en la que intervino la mayoría de las grandes potencias europeas de la época.
La guerra de los Treinta Años marcó el futuro del conjunto de Europa en los siglos posteriores. Aunque inicialmente se trataba de un conflicto religioso entre estados partidarios de la Reforma y la Contrarreforma dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, la intervención de las distintas potencias convirtió gradualmente el conflicto en una guerra europea, por razones no necesariamente relacionadas con la religión: búsqueda de una situación de equilibrio político, alcanzar la hegemonía en el escenario continental, enfrentamiento con una potencia rival, etcétera. La guerra de los Treinta Años llegó a su final con la Paz de Westfalia y la Paz de los Pirineos (1659), y supuso el punto culminante de la rivalidad entre Francia y España por la hegemonía en Europa, que conduciría en años posteriores a nuevas guerras entre ambas potencias. El mayor impacto de esta guerra, en la que participaron mercenarios de forma generalizada, fue la total devastación de territorios enteros esquilmados por los ejércitos necesitados de suministros. Los continuos episodios de hambrunas y enfermedades diezmaron la población civil de los estados alemanes y, en menor medida, de los Países Bajos e Italia, además de llevar a la bancarrota a muchas de las potencias implicadas en el conflicto. Aunque la guerra duró treinta años, los conflictos que la generaron siguieron sin resolverse durante mucho tiempo.
En el transcurso de la misma, la población del Sacro Imperio se vio reducida en un 30 %. En Brandeburgo se llegó al 50 %, y en otras regiones incluso a dos Tercios. La población masculina en Alemania disminuyó a la mitad. En los estados y dominios checos la población cayó en un tercio a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades y la expulsión masiva de checos protestantes. Solo los ejércitos suecos destruyeron durante la guerra 2.000 castillos, 18.000 villas y 1.500 pueblos en Alemania. La larga serie de conflictos que conforman la guerra pueden dividirse en cuatro etapas diferenciadas: la revuelta de Bohemia (1618–1625); la intervención danesa (1625–1629); la intervención sueca (1630–1635) y la Paz de Westfalia.
Orígenes de la guerra: a mediados del siglo XVI, la frágil paz de Augsburgo, un acuerdo firmado por el emperador Carlos V de Alemania —Carlos I de España— y los príncipes luteranos en 1555, había confirmado el resultado de la primera Dieta de Espira y en realidad había hecho acrecentar con el tiempo los odios entre católicos y luteranos. El acuerdo establecía que los príncipes alemanes —alrededor de 360— podían elegir la religión, luteranismo o catolicismo, en sus señoríos de acuerdo con su conciencia. Era el principio de cuius regio, eius religio. Los luteranos que viviesen en un Estado teocrático —bajo el control de un obispo— podían continuar siendo luteranos. Los luteranos podían conservar el territorio que habían tomado a la Iglesia católica desde la Paz de Passau (1552). Asimismo, los obispos de la Iglesia católica que se convirtiesen al luteranismo tenían que entregar su diócesis.
En los inicios del siglo XVII se incrementaron las tensiones entre las naciones de Europa. España estaba interesada en los principados alemanes, debido a que Felipe III, nieto de Carlos V, era un Habsburgo y tenía territorios alrededor de la frontera occidental de los Estados alemanes (Flandes y el Franco Condado). Francia también estaba interesada en los Estados alemanes porque deseaba recuperar la hegemonía continental de la época carolingia a costa de los Habsburgo. Suecia y Dinamarca estaban interesadas por razones económicas en los Estados germánicos del Norte a orillas del mar Báltico. Durante la segunda mitad del siglo XVI, las tensiones religiosas también se intensificaron. La Paz de Augsburgo tuvo consecuencias a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI, ya que los obispos protestantes se negaban a abandonar sus obispados. De hecho, los términos del Tratado de Augsburgo fueron utilizados para un resurgimiento del poder católico. Las tensiones y resentimientos entre católicos y protestantes no habían hecho sino acrecentarse desde la firma del tratado, y en muchos lugares de Alemania se destruían iglesias protestantes y había limitaciones y obstáculos al culto protestante. La disminución de estas tensiones no ayudó nada al calvinismo que se extendía por toda Alemania, lo que añadió otra religión a la región; los católicos de la Europa central —los Habsburgo de Austria o los reyes de Polonia— estaban tratando de restaurar el poder del catolicismo.
Los Habsburgo estaban interesados en extender su influencia y poder, así que a veces transigían con el protestantismo. A la larga esto incrementó las tensiones. Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y su hermano y sucesor, Matías I, no practicaban una política católica agresiva, ya que estaban más interesados en incrementar las posesiones de los Habsburgo. Eran también muy tolerantes —como su abuelo y su padre, Fernando I y Maximiliano II—, lo que permitió que diferentes religiones se extendieran y que chocasen entre sí libremente. Suecia y Dinamarca —países desde los que varios siglos antes habían partido muchas de las expediciones vikingas que asolaron Europa—, querían dominar los estados alemanes del mar Báltico, y eran naciones de confesión luterana. Estas tensiones estallaron con violencia en la ciudad alemana de Donauwörth en 1606. La mayoría luterana obstaculizó los intentos de los residentes católicos de hacer una procesión y provocaron así una revuelta violenta. Los católicos de la ciudad solicitaron la intervención del duque Maximiliano I de Baviera en su apoyo.
Una vez hubo cesado la violencia en Alemania, los calvinistas, cuya religión estaba todavía en sus comienzos y constituían una minoría, se sintieron amenazados y se agruparon en la Liga de la Unión Evangélica —también conocida como Liga Protestante—, creada en 1608, bajo el liderazgo de Federico IV, el príncipe elector del Palatinado. Este príncipe tenía en su poder el Palatinado de Renania, uno de los Estados que España deseaba anexionarse a fin de proteger el llamado «Camino Español». Esto provocó que los católicos también se agrupasen en torno a la Liga Católica, bajo el liderazgo del duque Maximiliano I. El emperador del Sacro Imperio y rey de Bohemia, Matías de Habsburgo, falleció en 1619, pero habiendo testado a favor de su primo hermano, Fernando III de Estiria. Fernando, que al convertirse en rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio había pasado a llamarse Fernando II, era un católico convencido que había sido educado por los jesuitas y quería restaurar el catolicismo en sus dominios. Por ello era impopular en Bohemia, la cual era predominantemente calvinista. El rechazo de Bohemia a Fernando fue el detonante de la guerra de los Treinta Años.

La revuelta de Bohemia (1618–1625)

La elección del católico Fernando II como emperador había puesto a la nobleza de Bohemia, de mayoría protestante, en una situación prácticamente de rebelión. Además, dado que la dignidad de rey de Bohemia se confería por elección, los bohemios eligieron como su líder a Federico V del Palatinado —sucesor de Federico IV, que había creado la Liga de la Unión Evangélica—. Cuando Fernando II envió a dos consejeros católicos (Martinitz y Slavata) y sus representantes al castillo de Hradcany en Praga, en mayo de 1618, para preparar el camino a su llegada. Los calvinistas de Bohemia los secuestraron a los dignatarios católicos y después los arrojaron al vacío a través de una ventana del castillo de la ciudad. Y ésta fue la causa que desencadenó la terrible guerra de los Treinta Años, quizás, uno de los conflictos continentales más devastadores hasta las guerras europeas del siglo XX.
Afortunadamente para ellos, los dos dignatarios católicos y el escriba que les acompañaba cayeron sobre un montón de estiércol y no sufrieron lesiones importantes; al contrario que en la primera defenestración histórica, acontecida 200 años antes en el mismo escenario, y en la que murieron siete concejales. Este evento, conocido como la III Defenestración de Praga, se toma como punto de referencia del comienzo de la rebelión bohemia, aunque la rebelión estaba gestándose desde mucho tiempo antes. El conflicto bohemio se extendió pronto a la totalidad de los dominios checos (Bohemia, Silesia, Lusacia y Moravia), que ya estaban divididos por enfrentamientos entre católicos y protestantes. Esta confrontación iba a encontrar muchos ecos en todo el continente, viéndose también afectadas Francia y Suecia. Aun así, si la rebelión bohemia se hubiera limitado a un asunto regional, la guerra de los Treinta Años podía haberse concluido en apenas unos meses. Sin embargo, la debilidad, tanto de Fernando II, como de los propios bohemios, llevó a la extensión de la guerra al oeste de Alemania. Fernando se vio obligado a reclamar la ayuda de su sobrino y yerno, el rey Felipe III de España.
Los bohemios, desesperados por encontrar aliados frente al emperador, solicitaron ser admitidos en la Unión Protestante, liderada por el calvinista Federico V del Palatinado. Los bohemios acordaron que el elector palatino podría convertirse en rey de Bohemia si les permitía adherirse a la Unión y así quedar bajo su protección. Sin embargo, otros miembros de los estados bohemios hicieron ofertas similares al duque Carlos Manuel I de Saboya, al elector Juan Jorge I de Sajonia y al húngaro Gabriel Bethlen, soberano del principado de Transilvania. Los austriacos, que parecían haber interceptado todas las cartas que salían de Praga, hicieron públicas estas duplicidades y desentrañaron gran parte de este apoyo a los bohemios, particularmente en la corte de Sajonia.
La rebelión fue inicialmente favorable a los bohemios. Gran parte del norte de Austria, cuya nobleza era luterana y calvinista, se les unió, sin embargo, las simpatías religiosas de esta zona cambiarían en los siguientes años. La zona meridional de Austria se rebeló en 1619. El conde de Thurn llegó a llevar un ejército hasta los mismos muros de Viena. En el este, el príncipe protestante de Transilvania, Gabriel Bethlen, condujo una inspirada campaña en el interior de Hungría con las bendiciones del sultán turco Osmán II. Fernando II se había convertido en 1618 en rey de Hungría e intentó aplicar los mismos métodos en sus territorios que había aplicado en Bohemia contra los protestantes. Sintiéndose agraviados, los húngaros de Transilvania declararon la guerra contra Fernando aprovechando como excusa el asunto religioso, pues los príncipes transilvanos tenían como objetivo desde hacía décadas liberar a Hungría del control de los Habsburgo y reunificar el reino. Así, apelaron al sultán turco en muchas ocasiones en busca de ayuda, quien también deseaba ver al Sacro Imperio Romano Germánico de rodillas.
El emperador, que estaba ocupado en la guerra de Uzkok, se apresuró a formar un ejército para detener a los bohemios y sus aliados, que ocupaban su país. El conde de Bucquoy, el comandante del ejército imperial, derrotó a las fuerzas de la Unión Protestante lideradas por el conde Ernesto de Mansfeld en la batalla de Sablat, el 10 de junio de 1619. Esto cortó las comunicaciones del conde de Thurn con Praga, que levantó inmediatamente el sitio de Viena. La derrota de los protestantes bohemios en Sablat también costó a los protestantes un importante aliado, Saboya, que había sido durante mucho tiempo un oponente a la expansión de los Habsburgo, y había enviado ya considerables sumas de dinero y tropas a las guarniciones de las fortalezas de Renania. La captura del mariscal de campo de Mansfeld desenmascaró el complot de los saboyanos y forzó al duque a abandonar la guerra.
A pesar de la derrota de Sablat, el ejército del conde de Thurn continuó existiendo como fuerza operativa, y Mansfeld consiguió reagrupar a su ejército más al norte, en Bohemia. Los estados de Austria, todavía en rebelión, firmaron una alianza con los bohemios a comienzos de agosto, y el día 22 Fernando fue depuesto oficialmente como rey de Bohemia y sustituido por el elector palatino Federico V. En Hungría, incluso a pesar de que los bohemios habían rechazado la oferta de su corona, los transilvanos continuaron haciendo progresos sorprendentes, obligando a los ejércitos del emperador a retirarse en 1620.
Los españoles enviaron un ejército desde Bruselas a las órdenes de Ambrosio Spínola Doria, marqués de los Balbases, para dar apoyo al emperador, y el embajador español en Viena, don Íñigo Oñate, convenció a la Sajonia protestante para intervenir contra Bohemia a cambio de ofrecerles el control sobre Lusacia. Los sajones invadieron Lusacia, y el ejército español en el oeste evitó que las fuerzas de la Unión Protestante pudieran prestar auxilio a los bohemios. Oñate conspiró para transferir el título de elector del Palatinado al duque de Baviera a cambio de su apoyo a la Liga Católica. Al mando del general Tilly, el ejército de la Liga Católica, que incluía a René Descartes en sus filas, pacificó el norte de Austria, mientras que las fuerzas del emperador hacían lo propio en los territorios austriacos del sur. Una vez unidos los dos ejércitos, se desplazaron hacia el norte; a Bohemia. Fernando II derrotó decisivamente a Federico V en la batalla de la Montaña Blanca, cerca de Praga, en 1620. Bohemia permanecería en poder de los Habsburgo trescientos años más. Al mismo tiempo, esta derrota provocó la disolución de la Liga de la Unión Evangélica y la confiscación de las posesiones de Federico V. El Palatinado renano fue entregado a los nobles católicos, mientras que el título de elector palatino se otorgó a su primo lejano, el duque Maximiliano I. Federico V, aunque ya sin territorios, se convirtió en un exiliado prominente en el extranjero, granjeándose simpatías y apoyos a su causa en las Provincias Unidas, Dinamarca y Suecia.
Se trató de un golpe muy serio a las ambiciones protestantes en la región. La rebelión literalmente se hundió, y las amplias confiscaciones patrimoniales y supresiones de títulos nobiliarios bohemios, aseguraron que el país regresaría a la fe católica después de más de dos siglos de disidencias religiosas, que habían comenzado con la guerra husita. Los españoles, tratando de flanquear a los holandeses, en preparación para la inminente guerra provocada por el fin de la tregua tras la guerra de los Ochenta Años, ocuparon las tierras de Federico, el Palatinado de Renania. La primera fase de la guerra terminó completamente cuando Gabriel Bethlen de Transilvania firmó un Tratado de paz con el emperador en diciembre de 1621, ganando algunos territorios en Hungría oriental.
Algunos historiadores consideran el periodo de 1621–1625 como una fase separada de la guerra de los Treinta Años, denominándola la fase del Palatinado. La catastrófica derrota del ejército protestante en la Montaña Blanca y la partida de Gabriel Bethlen, significaron la pacificación del este de Alemania. La guerra en el oeste, concentrada en la ocupación del Palatinado, consistió en escaramuzas mucho más modestas que las grandes batallas que se dieron en las campañas de Bohemia y Hungría, y, a falta de artillería pesada, con el uso generalizado del asedio como táctica de expugnación de las ciudades fortificadas. Mannheim y Heidelberg capitularon en 1622, y Frankental en 1623. Con ello el Palatinado cayó en manos del emperador. El resto del ejército protestante, guiado por Mansfeld, hizo un intento de alcanzar la frontera holandesa. Tilly lo flanqueó en Stadtlohn el 6 de agosto de 1623, y solo un tercio del ejército de 21.000 hombres de Mansfeld consiguió escapar. Sin suministros, ni recursos humanos, ni financiación, el ejército de Mansfeld se dispersó en 1624. Cabe resaltar que este hecho fue prácticamente decisivo para el transcurso de la guerra.



miércoles, 11 de abril de 2018

La unificación de los reinos hispánicos


Aprovechando la guerra de las Comunidades en Castilla, y con una parcial desmilitarización del reino de Navarra, se produjo la tercera contraofensiva de los navarros para recuperar su Reino en 1521. En esta ocasión, Enrique II de Navarra, con apoyo del rey francés Francisco I y con una sublevación casi unánime de los habitantes de Navarra, consiguió la recuperación del territorio en poco tiempo. Posteriormente los errores estratégicos del general francés André de Foix y la recomposición rápida del ejército español llevó a que tras la cruenta batalla de Noáin fuera controlado de nuevo por parte de las tropas de Carlos I. Aun así, se mantuvieron focos de resistencia en la zona de Baztán y el Bidasoa produciéndose enfrentamientos y asedios como el del castillo de Maya, en la batalla del monte Aldabe, o en el asedio de la fortaleza de Fuenterrabía. Finalmente la vía diplomática, concediendo una amplia amnistía, y la renuncia de la Baja Navarra, que no llegó a controlar militarmente, llevó a conseguir el control de la Alta Navarra por el emperador.
Con el regreso del rey Carlos I a Castilla en septiembre de 1522, se emprendieron una serie de reformas para integrar a las élites sociales en el gobierno y administración de la Monarquía, que serían completadas por su hijo el rey Felipe II constituyendo el sistema de Consejos. La estructura del régimen de los Consejos puede hallarse en el Curia Regis que en 1385 se constituyó en el Consejo Real, o Consejo de Castilla, con los cometidos de asesoramiento al rey, tramitación de asuntos ordinarios de gobierno y administración de justicia. Debido al incremento y diversidad de asuntos a tratar, en tiempos de los Reyes Católicos se había dividido el Consejo en secciones que se convertirían en Consejos independientes, en 1494 se instituyó el Consejo de Aragón, en 1483 el Consejo de la Inquisición, en 1498 el Consejo de Órdenes, y en 1509 el Consejo de Cruzada, pero sería Carlos I quien dio el impulso definitivo al sistema de Consejos.
Una vez sometido el levantamiento armado de los comuneros y asegurada la supremacía del poder real, el Gran Canciller Gattinara propuso a Carlos I un Consejo Secreto de Estado que tendría la supremacía sobre los demás Consejos y sería el eje regulador y supervisor de la política real, en el que él mismo sería el presidente; para tal propósito emprendió en 1522 la racionalización de la Administración española con la reforma de los Consejos existentes y la creación del Consejo de Hacienda en 1523, pero el rey no quiso depender de un solo ministro y tal proyecto de centralizar en un solo Consejo fue desestimado, por lo que la influencia del Gran Canciller, que a fin de cuentas era un cargo de origen borgoñón, se fue eclipsando frente a don Francisco de los Cobos, y en consecuencia se mostró crítico por la planificación administrativa colegiada y fraccionada que fue llevada a cabo en esos años de 1523–1529. En 1524 se constituyó el Consejo de Indias y en 1526, el Consejo de Estado, no como lo había ideado Gattinara sino como un consejo privado del monarca, de ahí que no tuviera presidente ni residencia fija en época de Carlos I. Los demás consejos se establecieron en Valladolid, que se convirtió en la capital administrativa hasta 1561.
Los Consejos estaban compuestos por personas escogidas personalmente por el Rey —cumpliéndose una serie de reglas no escritas a la hora de escogerlos— que, bajo la presidencia del mismo Rey o de algún representante suyo, la mayoría de las veces, discutían sobre algún tema. El Rey siempre tenía la última palabra, pero no es imposible comprender el poder que acumulaban: primero, porque el Consejo era el lugar donde el Rey pulsaba las posiciones de diversas facciones nobiliarias, eclesiásticas o cortesanas. Segundo, porque en épocas en las que el monarca no estaba capacitado (enfermedad, guerra, etcétera), ellos eran los verdaderos gobernantes en su área de acción. Tercero, porque, en aquella época, el poder legislativo, ejecutivo o judicial no estaban estrictamente separados, por lo que los Consejos se convirtieron en una especie de Tribunales de Apelación; cuarto, porque ciertos Consejos tenían unidas tareas mundanales y espirituales, por lo que solían tener las llaves del prestigio social —Consejo de Órdenes, por nombrar el caso más claro—, de importantes ingresos económicos (Consejo de Cruzadas) o de clave política (Consejo de la Inquisición). En este orden destaca la importante labor de los secretarios. Al margen de la Cancillería, que desapareció con el fallecimiento de Gattinara en 1530, el rey despachaba con sus secretarios, que de ordinario ocupaban las secretarías en los Consejos, puesto que al fin y al cabo, los secretarios eran los encargados de trasladar al Rey las deliberaciones de los Consejos y de trasladar a los miembros del Consejo las decisiones y resoluciones del Rey, lo que evitó una parálisis en el gobierno, permitiendo que funcionara el sistema. No obstante, su poder iba Más Allá de esto, pues se convirtieron en los verdaderos gestores de la voluntad real: de sus transcripciones dependía la exactitud con que el monarca percibía las declaraciones de los miembros de los Consejos, aceleraban o retrasaban la entrega de las deliberaciones al monarca, controlaban la correspondencia ordinaria y tomaban las decisiones preparando los documentos para la firma y traficaban con la información privilegiada que tenían y con su capacidad de acceso al rey.
Durante el reinado de Carlos I, la Corona de Castilla expandió sus territorios en gran parte de América. Hernán Cortés conquistó México a los aztecas dando origen al Virreinato de Nueva España; don Pedro de Alvarado derrotó a los pueblos mayas fundando el Reino de Guatemala, don Francisco Pizarro conquistó el imperio incaico formando el rico Virreinato de Perú, y don Gonzalo Jiménez de Quesada conquistó el pueblo de los chibchas, en la actual Colombia, fundando el Nuevo Reino de Granada. Los capitanes españoles don Sebastián de Benalcázar y don Francisco de Orellana, partieron de Quito en busca del mítico reino de El Dorado. Benalcázar fundó en 1534 la ciudad de San Francisco de Quito mientras que Orellana, tras fundar Guayaquil, se internó en la Amazonía y descubrió el río Amazonas. Don Juan Sebastián Elcano dio la primera vuelta al mundo en 1522, terminando el viaje que iniciara Fernando de Magallanes, y sentando las primeras bases de la soberanía española en el archipiélago de Filipinas y en las islas Marianas.
Mediante la Capitulación de Madrid de 1528, el rey Carlos I arrendó temporalmente la provincia de Venezuela a la familia alemana Welser de Augsburgo, lo que dio paso a la creación del Klein–Venedig, una de las gobernaciones alemanas en América.
El 24 de agosto de 1534, don Diego García de Moguer, viaja en una segunda expedición hacia el Río de la Plata, con la carabela Concepción, pasa por la isla de Santiago de Cabo Verde, luego a Brasil, donde desciende el estuario de los ríos Uruguay y Paraná, y funda el primer asentamiento de la ciudad de Santa María del Buen Aire (actual Buenos Aires, Argentina). Posteriormente, don Pedro de Mendoza concretó la fundación de Buenos Aires en la margen derecha del Río de la Plata, siendo exterminados por los amerindios. Poco tiempo después, don Juan de Salazar y don Gonzalo de Mendoza fundaban Asunción que se convertiría en el centro motor de la conquista de la cuenca rioplatense, y don Pedro de Valdivia fundaba Santiago de Chile. Todo esto contribuyó a sentar el primer Imperio Universal de la Historia bajo el reinado de su sucesor, Felipe II, donde se decía que «no se ponía el sol».
La mayoría de expediciones fueron empresas privadas, realizadas con el permiso de Carlos I, pero declarando siempre la soberanía de la Corona española sobre todos los territorios conquistados, si bien estos se consideraron desde 1492 parte de la Corona de Castilla, al haber impulsado este reino las primeras expediciones de exploración y conquista de las Indias Occidentales y la Tierra Firme, término que engloba a las islas del Caribe y a toda la América continental.
Entre 1508 y 1523 los papas debieron conceder prerrogativas a los reyes de España; pero ya en 1516 se habían concedido privilegios semejantes al rey de Francia por el papa León X, y antes aún al rey de Portugal por la bula Dudum cupientes del papa Julio II, en 1506. Ahora bien, estas prerrogativas «se extendían solo a obispados y beneficios consistoriales». Más tarde, los grandes monarcas europeos lograron el ejercicio de todas o la mayoría de facultades atribuidas a la Iglesia en el gobierno de los fieles, convirtiéndose, de hecho y de derecho, en la máxima autoridad eclesiástica en los territorios bajo su dominio, lo que se denominaba Patronato regio strictu sensu. Las disposiciones emanadas del papa, de la Nunciatura apostólica y de los Concilios debían obtener el Pase Regio (Regium exequator) antes de ser publicados en España y sus dominios. Si eran perjudiciales para el Estado, se aplicaba el derecho de retención y se impedía su difusión. Posteriormente Carlos I sumó a lo anterior el cargo de Patriarca de Indias, obteniendo el control de toda la labor evangelizadora.
El papa Clemente VII era hijo bastardo de Julián de Medici, sobrino de Lorenzo el Magnífico y primo de León X, que le había nombrado cardenal. De temperamento apocado e indeciso, tendente a la traición y a la mentira, había acabado perdiendo hasta el último amigo y exasperando a sus enemigos. Temeroso del creciente poder de los Habsburgo, había promovido la formación de la Liga de Cognac, integrada por el Papado, Francia, Florencia, Venecia y el ducado de Milán. Contaba, además, con el apoyo de Enrique VIII de Inglaterra. Era en principio un enfrentamiento entre los dos soberanos supremos de la Cristiandad; Clemente VII y Carlos V, pero en realidad se estaba luchando por ver quién sería el dueño de Italia.
En la primavera de 1527, las tropas imperiales dirigidas por el condestable de Borbón llegaron a las puertas de Roma y, como si de una maldición bíblica se tratara, perpetraron el llamado Sacco (saqueo) de la antigua ciudad de los césares. Las tropas estaban formadas en su mayoría por soldados y mercenarios procedentes de los dominios germánicos del Emperador, y por tanto muchos eran luteranos convencidos de estar castigando a la nueva Sodoma, así que se dedicaron a expoliar, incendiar y avasallar todo lo que se les ponía por delante. Durante varios meses Roma estuvo expuesta a la rapiña y la crueldad de 30 000 hombres indisciplinados, porque el condestable de Borbón había muerto en el asalto a la ciudad. Clemente VII, sitiado en el castillo de Sant’Angelo, veía cómo Roma se iba convirtiendo en una nube de humo, llanto y dolor. Solo el Tratado de Amiens, concertado entre Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra, y el arrepentimiento de Carlos V devolvieron a la ciudad su condición de sede papal. Quedaba así libre el camino para la gran reforma de la Iglesia, la Contrarreforma, que buscaría recuperar los principios del catolicismo y contrarrestar el auge del protestantismo.
Había concluido la era de los papas disolutos del Renacimiento, impíos y crueles, pero cultos y refinados. Comenzaba una nueva etapa, más austera, sí, pero cubierta por el negro manto de la intransigencia y el dogmatismo.

Carlos V

La guerra hispano-holandesa en Filipinas


En 1642 los holandeses toman la isla de Formosa y expulsan a los comerciantes españoles residentes. El nuevo gobernador de Filipinas, don Diego Fajardo Chacón, tan pronto llegó de España y tomó posesión de su cargo, tuvo que hacer frente a varios sultanes indonesios y rebeldes musulmanes en la isla de Mindanao. Para colmo de desgracias, el comercio estaba muy debilitado y no llegaban mercancías desde Nueva España desde hacía más de dos años. Había, además, escasez de pertrechos para los astilleros y los efectivos militares para las guarniciones y las dotaciones de las naves eran insuficientes. Por fin, en julio de 1645, llegan a Manila procedentes de Acapulco los galeones Encarnación y Rosario con nuevos recursos y el arzobispo electo de Manila, don Fernando Montero de Espinosa. El arzobispo se contagió de unas fiebres durante su viaje a Manila, y murió a los pocos días de haber desembarcado, causando gran consternación entre los feligreses de su nueva diócesis. Para acabar de empeorar las cosas, el 30 de noviembre de 1645 hubo un terremoto en Manila al que siguió una réplica el 5 de diciembre, cobrándose un millar de vidas y causando graves daños en los campos de las mismas provincias que habían padecido devastadoras consecuencias de varias erupciones volcánicas que se habían producido entre 1633 y 1640 en aquella castigada región.
Mientras tanto, representantes de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales se reunían en Batavia (Yakarta) y planeaban apoderarse de Filipinas, para lo que deciden enviar al Archipiélago tres flotillas de asalto. La primera estaba compuesta por cuatro galeones y un patache que pusieron rumbo a Ilocos y Panagisan con el fin de apropiarse del comercio con China y llamar a la rebelión a los nativos. Los pataches eran embarcaciones ligeras de guerra, y se utilizaban para llevar avisos, reconocer las costas y guardar las entradas de los puertos. Hoy solo se usa esta embarcación en la Marina mercante.
La segunda flotilla estaba compuesta por cinco galeones y dos brulotes, y puso rumbo a Zamboanga, y después al estrecho de San Bernardino para capturar el galeón español que debía arribar a Manila procedente de Acapulco. La tercera escuadra la formaban seis galeones con el objetivo de cortar las comunicaciones marítimas del archipiélago Filipino con el exterior, cortando la comunicación de Manila con Ternate y Macasar. Pasada la estación de los monzones las tres flotillas debían concentrar sus fuerzas en Manila para tomarla al asalto. El 1 de febrero de 1646 una flota holandesa era avistada en Ilocos y Panagisan. Los holandeses intentaron, sin éxito, convencer a los filipinos para que se levantaran en armas contra los españoles. Al no conseguirlo, se entregaron al saqueo de varias poblaciones hasta la llegada de las milicias españolas que les obligaron a reembarcar.
Fajardo, alarmado, convocó un Consejo de guerra y haciendo inventario de fuerzas, comprueba que solo dispone de los dos maltrechos galeones llegados el año pasado, la nao capitana Nuestra Señora de la Encarnación y la almiranta Nuestra Señora del Rosario que habían atracado en Cavite procedentes de Nueva España en julio 1645. Se asigna el mando de ambos navíos a don Lorenzo Ugalde de Orellana —también conocido como don Lorenzo Orella y Ugalde— que embarca en la Encarnación y el segundo al mando, el almirante andaluz don Sebastián López, que hace lo propio en el Rosario, mientras que don Agustín de Cepeda es nombrado sargento mayor. Cuatro compañías de infantería son embarcadas en cada galeón, mandadas respectivamente por los capitanes don Juan Enríquez de Miranda, don Gaspar Cardoso en la capitana, y don Juan Martínez Capelo y don Gabriel Miño de Guzmán en la nao almiranta. Las tripulaciones solicitan y obtienen la asistencia de capellanes dominicos a bordo, y toman a la Virgen del Rosario como patrona de la Flota.
La primera batalla contra los holandeses iba a producirse en el cabo Bolinao, en la península del mismo nombre, en el golfo de Lingayen, en la provincia de Pangasinán, en la isla de Luzón. El 3 de marzo zarpan de Cavite los dos galeones españoles, al no encontrar enemigo en la isla de Mariveles, ponen rumbo a Pangasinán en la misma Luzón, al noroeste de la bahía de Manila, llegando allí el 15 de marzo. La escuadra holandesa, compuesta por cuatro buques, es avistada por la almiranta a las nueve de la mañana, alertando a la capitana por medio de cañonazos. A las tres de la tarde se inician los combates, formando ambas escuadras en línea. El galeón Rosario es el que sufre más castigo, pero esto permite a la Encarnación concentrar su fuego sobre los buques enemigos dañando severamente a su buque insignia. Tras cinco horas de combate, los holandeses se retiran amparados en la oscuridad de la noche. Los dos galeones españoles persiguen a la escuadra enemiga —muy superior—, hasta el cabo Bojador en el extremo norte de la isla de Luzón. Al amanecer del día siguiente, al perder de vista a la escuadra holandesa, Ugalde da orden de regreso, sufriendo sus naves solo daños menores, y apenas algunas bajas.
En abril de 1646, tras capturar dos barcos españoles que navegaban sin escolta, la segunda flotilla holandesa es avistada próxima a la fortaleza de Zamboanga, al suroeste de la isla de Mindanao. Tras un frustrado ataque por sorpresa de los holandeses, éstos desembarcan en la ensenada de Caldera. El capitán don Pedro Durán de Monforte, con 30 soldados españoles y dos compañías de milicianos filipinos, logra rechazar el ataque holandés a la fortaleza, causándoles un centenar de bajas y obligándoles a reembarcar. Tras recibir la orden del gobernador, el primero de junio de 1646, Ugalde llega al puerto de San Fernandino en Ticao con sus dos galeones, allí aguarda la llegada del galeón San Luis desde Acapulco. Desde allí deberá escoltarlo a su destino. El 22 de junio se avista la escuadra holandesa acercándose a Ticao, identificándose 7 buques y 16 lanchones. Ugalde advierte que se encuentra en una situación comprometida, y que la flota enemiga supera ampliamente a sus dos galeones. Para colmo, el galeón de Acapulco se retrasa. Temiendo ser atacados por tierra, Ugalde desembarca a 150 hombres al mando del sargento mayor don Agustín de Cepeda, y un puñado de cañones y experimentados artilleros al mando del capitán don Gaspar Cardoso. Ese mismo día, a las diez de la noche, los holandeses envían cuatro lanchas a reconocer el puerto. Los españoles les dejan acercarse y esperan a que desembarquen para recibirles con abundante fuego de fusilería, causándoles numerosas bajas y obligándoles a reembarcar. Los ataques de las lanchas contra los dos galeones españoles en los días siguientes fueron igualmente infructuosos. Al cabo de un mes los españoles seguían resistiendo. La fortuna quiso entonces que cuatro prisioneros de la escuadra enemiga consiguieran escapar e informar a Ugalde sobre los planes de los asaltantes: las flotas holandesas planean converger en Manila para tomarla por asalto.
El 24 de julio los holandeses desisten de someter o hundir a los dos galeones españoles, y al no llegar el tercer galeón procedente de Acapulco, ponen rumbo a Manila como tenían previsto. El 25 de julio, Ugalde, libre del bloqueo, vuelve a hacerse a la mar para enfrentarse a la flota holandesa, seguro de que el San Luis ha recalado en otro puerto. Ciertamente, el San Luis, aunque sufrió algunos desperfectos por el temporal, pero pudo recalar en el puerto de Cahayán donde desembarcó su mercancía antes de hundirse al ser arrastrado por la corriente y chocar contra las rocas.
Consciente de que Manila está indefensa —sin barcos ni artillería—, Ugalde se apresta a perseguir a los holandeses con sus exiguas fuerzas. Los dos galeones españoles interceptan a los siete buques holandeses que componen la flota de asalto entre las islas de Banton y Marinduque el 28 de julio. Los españoles se encomendaron a la Virgen del Rosario y la batalla se desató el 29 de julio a eso de las siete de la tarde. Las siete naves holandesas rodearon a la nao Encarnación que se batió con ellos con bravura, mientras la nao Rosario disparaba en apoyo de su compañera desde fuera del cordón enemigo. La Encarnación estuvo a punto de ser abordada, pero la pericia de la marinería hispano–filipina al cortar los cabos de abordaje, lo evitó. Los holandeses mandaron entonces a uno de sus brulotes a prender fuego a la Encarnación, pero fue rechazado por una certera andanada. Después lo intentaron con la Rosario pero esta vez, detonándose la flamígera carga del buque holandés que explotó matando a su propia tripulación en el acto. Los holandeses desistieron al anochecer y, una vez, huyeron al amparo de las sombras de la noche. No hubo ninguna baja en la Encarnación y la Rosario solo perdió cinco hombres.
Al día siguiente la armada española persiguió a los barcos holandeses que solo tenían ya seis naves, siendo interceptados por los dos galeones el 31 de julio a las dos de la tarde cerca de la costa sureste de Mindoro. Los holandeses estaban esta vez a la defensiva, y trataron sin éxito de desarbolar a la Rosario. Luego remolcaron su último brulote hacia la escuadra española, pero el fuego de los cañones y los disparos de fusilería desde la cubierta, lo destrozaron y hundieron con su carga al grito de los españoles de «¡Ave María!» y «¡Viva la fe en Cristo y en la Santísima Virgen del Rosario!». La batalla se prolongó hasta las seis de la tarde, huyendo los holandeses de nuevo en medio de la noche, y con varios de sus buques severamente dañados.
En agosto, la escuadra española regresa a Cavite para efectuar reparaciones. Los marinos e infantes que componían la tripulación fueron recibidos como héroes en Manila, y cumplieron con los votos prometidos a la Virgen en la iglesia de Santo Domingo de Manila. El general Orellana, por su parte, se retiró del servicio siendo recompensado con una encomienda, mientras que los demás oficiales de tropa y marinería fueron ascendidos en sus empleos por el gobernador general.
Estas victorias rebajan la alarma entre las autoridades españolas, que permiten al recién llegado galeón San Diego, navegar a San Bernardino, en Ticao, sin escolta en el preciso momento que tres barcos de la tercera escuadra holandesa estaban entrando en aguas filipinas. El general don Cristóbal Márquez de Valenzuela, capitán del San Diego se sorprendió al encontrar los barcos holandeses cerca de la isla Fortuna, en Nasugbu, Batangas. Viendo que no se trataba de un buque de guerra, los holandeses acosaron al San Diego que, gracias a la pericia de su capitán, logró escapar por los pelos hacia Mariveles, informando en Cavite de la presencia de la flotilla enemiga. El gobernador Fajardo ordena entonces a su sargento mayor, don Manuel Estacio de Venegas formar una nueva escuadra compuesta por la nao Encarnación, la nao Rosario y el galeón San Diego, convenientemente artillado y reconvertido en buque de guerra, y a los que suman una galera y cuatro bergantines.
En esta ocasión, don Sebastián López es puesto al mando de la armada, en la Encarnación, mientras que don Agustín de Cepeda, queda de almirante en la nao Rosario. Se sigue manteniendo a los capellanes en cada nave como parte de su dotación, y el gobernador Fajardo ordena a la tripulación se renueven los votos realizados a la Santísima Virgen. El 16 de septiembre de 1646 la escuadra española navega a Fortuna, pero al no hallar buques holandeses allí, se dirige a Mindoro, encontrándolos entre Ambil y las islas Lubang. Amblas flotas entablan combate sobre las cuatro de la tarde, con el viento en contra de la escuadra española, que, además, es sometida, durante cinco horas, a un intenso bombardeo a larga distancia por la flota holandesa, que cuenta con cañones navales de mayor alcance de tiro que las baterías españolas. A las nueve de la noche, la Rosario se desvía y se ve rodeada por tres naves enemigas, el viejo galeón resiste heroica y desesperadamente durante cuatro horas, pese a los intentos de la Encarnación por acercarse y socorrerle poniéndose en línea para abrir fuego contra los holandeses. Finalmente la Encarnación consigue zafarse del cerco enemigo y refugiarse en cabo Calavite.
Mariveles se encuentra en la boca oeste del golfo de Manila, Cavite al este. La batalla decisiva entre ambas flotas tuvo lugar el 6 de octubre, con la escuadra española dispersada e intentando refugiarse en Mariveles. Tres barcos holandeses, viendo que los tres galeones estaban muy separados, se lanzaron al ataque con la intención de capturarlos o hundirlos. El general López esperó a que se acercaran los holandeses, temiendo ser alejado del resto de la armada por las corrientes. La Encarnación levó el ancla y se defendió de las tres naves holandesas siendo arrastrada por la corriente con ellas lejos del San Diego. Tras cuatro horas de intenso bombardeo, la Encarnación provocó graves daños en los atacantes, obligándoles a retirarse. Al amainar el viento, la galera pudo remar y alcanzar al buque insignia holandés, pese a estar en franca desventaja por el número y el calibre de sus cañones. Aun así, la galera maniobró con gran pericia y utilizó sus baterías meritoriamente, recargando con gran rapidez para aumentar su cadencia de tiro, y compensar el menor calibre de sus proyectiles causando graves daños al enemigo, que se vio así desbordado por lo inesperado de la maniobra.
El buque insignia holandés estaba próximo a hundirse, pero el viento volvió a soplar posibilitando una vez más la huida de los holandeses. La Encarnación y otra galera se dieron a la persecución al anochecer; pero los holandeses, también hábiles marinos, se habían esfumado. Afortunadamente solo hubo que lamentar 4 bajas en la nao Encarnación. Después de esta victoria la flota española regresó a Manila donde cumplió sus votos con la Santísima Virgen del Rosario en la iglesia de Santo Domingo de Intramuros. El 20 de enero de 1647 la victoria española fue celebrada con fiesta, desfile y procesión con el compromiso de repetir las celebraciones cada año. El 6 de abril de ese mismo año, el padre dominico fray Diego Rodríguez, solicitó al vicario de Manila la declaración de Intercesión milagrosa de la Santísima Virgen favoreciendo la victoria de los españoles en nombre de Dios.