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domingo, 19 de diciembre de 2010

Caso JFK: oportunas muertes de varios testigos

Si el lector nos ha acompañado hasta aquí en la serie de artículos titulados “¿Por qué asesinaron a Kennedy?” dedicados al asesinato de este presidente norteamericano, sin duda es porque considera que los hechos que hemos venido relatando en este blog tienen bases sólidas y que no se trata de simples elucubraciones y absurdas teorías “conspiranoicas”.
La primera vez que repasé la lista de los testigos relacionados con el caso JFK, muertos o asesinados, me llamó mucho la atención el comprobar el gran número de ellos que habían fallecido de súbito y a consecuencia de un cáncer que jamás les había sido diagnosticado. Jack Ruby, el asesino de Oswald, murió en la cárcel después de denunciar ante sus abogados (que también fueron eliminados sistemáticamente) que le habían inyectado células cancerígenas. Por otra parte, David Ferrie, el estrafalario enlace entre Lee Oswald, los cubanos, Guy Banister y Clay Shaw, era el único enfermo de cáncer declarado. Llevaba años investigando por su cuenta un posible remedio. Sin embargo, éste no murió a consecuencia del cáncer, sino con el cuello roto, según una autopsia inicial, y a causa de un colapso cardíaco masivo provocado por un aumento de la tensión arterial, según una segunda autopsia corregida. El forense que las supervisó en ambos casos, también murió, con lo que nos quedamos sin saber la verdad. De todos modos, cuarenta y siete años después del asesinato del presidente John F. Kennedy ¿a quién le importa?
Cuando el fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison, reabrió en 1967 el caso por el asesinato del presidente Kennedy, cuatro años antes, fue tildado de visionario y de paranoico. Fue ridiculizado en numerosos medios de comunicación afines al Gobierno presentándole como un patán, un majadero y poco menos que un estúpido. Casi medio siglo después, ya nadie se atreve a poner en tela de juicio que detrás del asesinato del presidente, y de todas las personas relacionadas, directa o indirectamente con el caso, se ocultaba una conspiración al más alto nivel.
He querido incluir en el blog la lista de las personas fallecidas relacionadas con el caso JFK, a modo de pequeño homenaje. Solo está actualizada hasta 1996 y, lógicamente, pueden faltar muchos nombres. También es cierto que cuarenta y siete años después del asesinato de Kennedy, podemos suponer que algunos “testigos” habrán muerto por causas biológicas naturales.

Relación de muertes ocurridas entre 1963 y 1976
11/63 Karyn Kupicinet: hija del redactor de la TV local de Dallas que interceptó casualmente una conversación sobre la preparación del asesinato de JFK, pocos días antes de producirse éste, el 22 de noviembre de 1963. Asesinada.
12/63 Jack Zangretti: declaró que conocía algunos detalles del asesinato de Oswald por Jack Ruby, el patriótico proxeneta. Zangretti murió víctima de un disparo.
2/64 Eddy Benavides: hermano del testigo Domingo Benavides, que presenció cómo un hombre (que no coincidía con la descripción facilitada de Oswald) acribillaba a tiros al policía Tippitt. Eddy Benavides falleció de un disparo en la cabeza aunque posiblemente el objetivo fuese su hermano Domingo, testigo presencial del asesinato del policía Tippitt.
2/64 Betty Mac Donald: ex empleada de Jack Ruby en el Carrousel, el local de alterne que regentaba éste. Sirvió de coartada al sospechoso de haber asesinado al policía Tippitt, Warren Reynolds. Se suicidó ahorcándose en su celda en la cárcel de Dallas.
3/64 Bill Chesher: se pensó que tenía información que relacionaba a Oswald con Jack Ruby. Falleció de un repentino ataque cardíaco. No tenía antecedentes clínicos de padecer enfermedad coronaria alguna. Hoy sabemos que Oswald y Ruby se habían conocido al menos un año antes del asesinato de JFK en el club de striptease de Ruby.
3/64 Hank Killam: esposo de una de las empleadas de Ruby, sabía que éste conocía a Oswald desde hacía tiempo. Asesinado. Encontraron su cadáver con un profundo corte transversal en la garganta.
4/64 Bill Hunter: periodista que se encontraba en el apartamento de Jack Ruby el domingo 24 de noviembre de 1963, dos días después del asesinato de JFK (viernes) y poco antes de que Jack Ruby asesinase a Oswald en el aparcamiento de la cárcel de Dallas. Falleció a consecuencia del disparo “accidental” de un policía. ¿Qué buscaba Hunter en el apartamento de Ruby?
5/64 Gary Underhill: agente de la CIA que afirmó que la Agencia estaba involucrada en la trama que desembocó en el asesinato de JFK. Murió de un disparo en la cabeza. La policía declaró que se había tratado de un suicidio.
5/64 Hugh Ward: Investigador privado que trabajaba con Guy Banister y David Ferrie. Accidente de avión en México.
5/64 De Lesseps Morrison: Alcalde de Nueva Orleans. Pasajero en el avión de Ward siniestrado.
8/64 Teresa Norton: otra de las chicas de Jack Ruby, empleada en su club de alterne. Muerta de un disparo.
6/64 Guy Banister: Ex agente del FBI en Nueva Orleans y relacionado con David Ferrie, la CIA, Carlos Marcelo y Oswald. Posteriormente también con Clay Shaw, alias Bertrand Shaw, el “pagador” de los mercenarios que entrenaba David Ferrie. Algunos de los pagos se realizaban en la misma oficina de la agencia de detectives de Banister. Repentino ataque cardíaco.
9/64 Jim Koethe: periodista que estaba en el apartamento de Jack Ruby en compañía de Bill Hunter el domingo 24 de noviembre. Desnucado tras recibir un fuerte golpe en el cuello.
9/64 C. D. Jackson: vicepresidente de la revista “Life” que compró la famosa película en súper 8 mm filmada por Abraham Zapruder y la escondió. Causa de la muerte: desconocida.
10/64 Mary Pinchot: amiga “especial” de JFK, una de tantas. Su diario fue incautado por el jefe de la CIA, James Angleton después de su muerte. Asesinada en extrañas circunstancias. Cabe decir, que después del “suicidio” de Marilyn en su apartamento, el 5 de agosto de 1962, también desapareció su diario. Éste, curiosamente reapareció muchos años después en una colección privada en Barcelona. ¿Se trataba del mismo diario? Posiblemente nunca lo sepamos. Lo que sí parece cierto, es que los Kennedy (John, Bob y Ted) no se portaron demasiado bien con sus chicas.
1/65 Paul Mandal: redactor de la revista “Life” que sostuvo que Kennedy se estaba girando hacia la parte trasera del coche cuando recibió el disparo en el cuello. Falleció como consecuencia de un repentino cáncer que jamás le había sido diagnosticado.
3/65 Tom Howard: primer abogado defensor de Jack Ruby, también visitó el apartamento de Ruby el domingo 24 de noviembre de 1963. Sufrió un súbito ataque cardíaco. No se le conocían antecedentes por insuficiencia coronaria.
5/65 Maurice Gatlin: piloto contratado por Guy Banister para participar en la operación “Mangosta” para sabotear al nuevo régimen cubano con acciones terroristas. Sufrió una “oportuna” caída fatal.
8/65 Mona B. Sáenz: funcionaria de la Oficina de Empleo de Texas que entrevistó a Lee Harvey Oswald cuando acudió a registrarse en las listas de desempleados para solicitar un subsidio poco antes de ser empleado en el famoso almacén de libros, desde el 6º piso del cual, supuestamente, Oswald disparó al presidente Kennedy. Murió atropellada por un autobús
1965 David Goldstein: ayudó a la Policía a buscar el famoso revólver con el que Oswald aparece en la foto trucada, además del fusil, y supuestamente empleado para asesinar al policía Tippitt. Goldstein falleció por “causas naturales”.
9/65 Rose Cheramie: se enteró del asesinato antes de que éste se hubiese producido, mientras viajaba hacia Dallas en compañía de unos misteriosos cubanos. Falleció atropellada por un conductor “desconocido” que se dio a la fuga.
11/65 Dorothy Mae Kilgallen: célebre columnista que poco antes de su muerte realizó una entrevista a Jack Ruby durante un receso del juicio al que fue sometido por el asesinato de Lee Harvey Oswald, presunto asesino del presidente Kennedy dos años antes. La periodista no reveló de qué hablaron, pero obtuvo una copia del testimonio de Ruby para la Comisión Warren, aunque mantuvo en secreto el contenido de la declaración de Jack Ruby en la cárcel. Ello provocó una investigación del FBI para averiguar cómo había obtenido la periodista aquella información.
Su columna en el “New York Journal American” fue siempre muy crítica con la errática actuación de la Comisión Warren y sus editores censuraron a menudo sus artículos. El 3 de septiembre de 1965, dos meses antes de su muerte, la periodista escribió lo siguiente en uno de sus artículos publicados por ese mismo periódico con respecto a las investigaciones oficiales por el asesinato del presidente Kennedy: “Esta historia no morirá mientras haya un verdadero periodista vivo, y hay muchos de ellos vivos”.
Dorothy Kilgallen había llegado a sugerir en sus artículos que la CIA estaba reclutando a miembros del crimen organizado y pistoleros de la mafia para asesinar al líder revolucionario cubano Fidel Castro. Lo que finalmente acabó demostrándose sobradamente.
En una de las visitas que Kilgallen realizó a Dallas para cubrir el proceso contra Jack Ruby por el asesinato de Oswald, el “Dallas Times Herald” publicó un párrafo con un corto perfil biográfico de Dorothy y una foto de ella en el interior de los juzgados flanqueada por los abogados Melvin Belli y Joe Tonahill, en el texto se afirmaba que Kilgallen estaba preparando artículos “difamatorios” contra Texas para “numerosas publicaciones europeas” acerca de los eventos ocurridos en Dallas el 22 de noviembre de 1963.
Los nombres de dichos medios de comunicación extranjeros para los que supuestamente trabajaba Dorothy Kilgallen no se divulgaron. No obstante, se sabe que Kilgallen visitó Europa con frecuencia entre 1964 y 1965, y que en junio de ese año regresó de Londres, donde había estado investigando el asunto “Profumo” para el “New York Journal American” y posiblemente para una publicación británica.
El lunes 8 de noviembre de 1965, Kilgallen fue hallada muerta en su casa de Nueva York a la edad de 52 años, y justo 12 horas después de haber aparecido en vivo en el programa “What's My Line?” Su estilista, Marc Sinclair, encontró su cuerpo sin vida al presentarse en su domicilio aquella mañana para arreglarle el peinado. Aparentemente había sucumbido a una combinación fatal de “Seconal” y alcohol, lo que le había provocado un paro cardíaco. No se sabe si realmente fue suicidio o asesinato, aunque la autopsia reveló que la cantidad de barbitúricos presente en su organismo era insuficiente para provocar una muerte por sobredosis. Por otra parte, su extraño “infarto” revistió unas características muy similares a los que sufrieron otras personas relacionadas de un modo u otro con el caso JFK.
Debido a sus ácidas críticas contra la Comisión Warren, el FBI, y otros organismos del Gobierno, su relación profesional con Jack Ruby y su reciente entrevista con él, se especuló con la posibilidad de que Kilgallen podría haber sido muerta por los mismos que habían asesinado al presidente Kennedy en 1963. También se insinuó que debido a que se había negado a revelar sus fuentes de información al FBI, la oficina de Hoover la había sometida a vigilancia “ilegal” y que reiteradamente se había negado a revelar sus fuentes de información a los agentes federales que la interrogaron, y que en agosto de 1964 declaró a los funcionarios del FBI que “moriría antes que revelar la identidad del hombre que le proporcionó la transcripción del testimonio de Jack Ruby ante la Comisión Warren en la cárcel”.
El propio juez Earl Warren, jefe de la comisión de investigación que llevaba su nombre, visitó a Ruby en prisión y denegó su petición de extradición a Washington bajo protección a cambio de revelar “todo lo que sabía”. Ruby dio a entender que detrás de la conspiración para asesinar a Kennedy se ocultaba el propio presidente de los EEUU, Lyndon Baines Johnson.
La investigación preliminar por la muerte de Dorothy Kilgallen determinó que no había evidencia de lucha ni de que hubiese sido forzada la puerta de su casa el 8 de noviembre de 1965, aunque el escritor Lee Israel, que elaboró una biografía de Dorothy Kilgallen en 1970, descubrió que todas las notas de la periodista, tomadas durante la entrevista con Ruby, habían desaparecido.
En la cama de su dormitorio, donde encontró Sinclair el cuerpo sin vida de Dorothy, apareció el libro “The Honey Badger” de Robert Ruark. Dorothy aún lo sujetaba con una mano, lo que sugería que había estado leyéndolo en la cama cuando le sobrevino la muerte. Sin embargo, sus lentes de lectura no estaban en la habitación y su estilista, Marc Sinclair, declaró a la Policía que él y Kilgallen habían comentado el argumento del libro hacía unas semanas, es más, Dorothy le había dicho a Sinclair que la protagonista femenina del mismo moría al final. Lo que significaba que la periodista había terminado de leer el libro varias semanas antes de su muerte, por lo que la sombra de un escenario “preparado” dio lugar a que se sospechase que la periodista Dorothy Mae Kilgallen podía haber sido asesinada ya que, además, no tenía antecedentes por drogodependencia.
10/11/65 Earl Smith: amigo y colaborador de la periodista Dorothy Kilgallen, murió dos días después que ella. Trabajaba con Dorothy y la ayudaba en sus investigaciones sobre el caso JFK. Las notas de ambos desaparecieron definitivamente. Causa de la muerte: “desconocida”.
12/65 William Whaley: el taxista que llevó a Oswald a Oak Cliff. Falleció en un accidente de circulación, el único taxista de Dallas muerto en servicio hasta entonces.
1966, Juez Joe Brown: Presidía el juicio contra Jack Ruby. Repentino ataque cardíaco.
1966, Karen “Little Lynn” Carlin: otra de las empleadas [bailarinas] de Jack Ruby en el Club Carrousel. Fue la última persona con la que Ruby habló antes de disparar contra Oswald. Murió de un disparo.
1/66, Aerlene Roberts: casera de Oswald. Falleció de un ataque cardíaco. La mujer declaró que el día del asesinato, antes de salir Oswald de su casa, vio como un automóvil aparcaba delante de la casa y hacía sonar el claxon a modo de señal preconcebida. Oswald abandonó la casa a continuación, dando la sensación de que hubiese estado esperando esa señal. Aunque no subió al misterioso coche “fantasma” que no fue identificado.
2/66, Albert Bogard: vendedor de coches que dijo que un individuo que se hacía llamar “Oswald” probó con él un coche nuevo por las calles de Dallas conduciendo de forma temeraria. El comportamiento de ese supuesto “Oswald” era el propio de un individuo que pretendía llamar la atención de forma deliberada. Se suicidó inexplicablemente después de asegurar que el Oswald asesinado por Ruby, y supuesto asesino de Kennedy, no era el “Oswald” que le había visitado en su concesionario de automóviles.
6/66, Capitán Frank Martin de la Policía de Dallas: declaró ante la Comisión Warren: “tengo mucho que decir, pero probablemente será mejor que no lo diga”. Falleció como consecuencia de un cáncer repentino que no le había sido detectado anteriormente.
8/66, Lee Bowers: el empleado ferroviario que declaró ante la Comisión Warren que vio a varios hombres detrás de la valla de madera y del montículo de hierba. Accidente de circulación.
9/66, Marilyn “Delilah” Walle: otras de las chicas de Ruby. Trabajaba en el local como bailarina de striptease. Asesinada a tiros por su esposo tras pocos meses de matrimonio.
10/66, Teniente William Pitzer: fotógrafo militar durante la autopsia de Kennedy que describió su trabajo como “una experiencia horrorosa”. Falleció de un disparo y la Policía lo declaró “suicidio”.
11/66, Jimmy Levens: propietario de un night-club en Fort Worth que contrató a varias de las chicas de Ruby cuando se quedaron sin empleo tras la muerte de éste. Falleció por causas naturales.
11/66, James Worrell Jr.: vio a un hombre huir a la carrera por la parte trasera del almacén de libros en el que trabajaba Oswald, y desde el que presuntamente dispararon a Kennedy, al menos uno de los tiradores. Muerto en un extraño accidente de circulación.
1966, Clarence Oliver: investigador del fiscal de distrito que llevaba el caso de Jack Ruby y que al parecer deseaba llegar a un acuerdo con él; reducción de pena a cambio de información sobre el asesinato de Oswald. Causa de la muerte: desconocida.
12/66, Hank Suydam: uno de los redactores jefe de la revista “Life” encargado de coordinar las informaciones que iban apareciendo acerca del asesinato de Kennedy. Falleció de un repentino ataque cardíaco. No tenía antecedentes de sufrir insuficiencia cardíaca.
1967, Leonard Pullin: ayudó a filmar “Last two days” el reportaje sobre el asesinato de Kennedy. Accidente conduciendo su automóvil.
3/1/1967, Jack Ruby: el “patriótico” proxeneta propietario del club Carrousel que asesinó a Lee Harvey Oswald. Murió a consecuencia de un cáncer de hígado que le fue “detectado” en la cárcel. Declaró a sus hijas, semanas antes de morir, cuando ya le habían diagnosticado la enfermedad, que él jamás había padecido dicha dolencia y que estaba plenamente convencido de que le habían inyectado células cancerígenas en la enfermería de la cárcel. Intentó alcanzar un acuerdo con el juez Earl Warren para testificar en Washington. Nunca le fue concedido. Poco antes de morir reiteró que Lyndon Johnson, entonces presidente, estaba implicado en el asesinato de JFK.
2/67, Harold Russell: vio cómo huía el asesino del policía Tippitt después de dispararle y rematarle en el suelo. Muerto por un policía en un bar en el transcurso de una reyerta.
2/67, David Ferrie: conocido de Oswald, tal vez uno de los pocos que le conocieron bien. Fue uno de los principales sospechosos del fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison, desde el primer momento. Colaboraba con Guy Banister en la preparación de un nuevo desembarco de mercenarios en Cuba. Murió desnucado, aunque el primer examen forense apuntaba que pudieron administrarle algún fármaco para aumentar su tensión arterial y provocarle un colapso cardíaco. Ferrie era hipertenso.
2/67, Eladio del Valle: uno de los “pagadores” utilizados para proveer de fondos a los mercenarios de David Ferrie y Guy Banister. Estaba siendo buscado por orden del fiscal Garrison, cuando apareció su cadáver tiroteado y salvajemente mutilado a machetazos.
 3/67, Dr. M. Sherman: uno de los “socios” de David Ferrie. Muerto en un incendio.
1/68, A. D. Bowie: ayudante del fiscal de distrito que investigaba a Jack Ruby. Muerto a consecuencia de un repentino cáncer.
4/68, Hiram Ingram: ayudante del sheriff de Dallas, amigo cercano de Roger Craig. También muerto a consecuencia de un cáncer inesperado.
5/68, Dr. Nicholas Chetta: forense de Nueva Orleans que actuó de oficio en la muerte de David Ferrie. Súbito ataque cardíaco.
8/68, Philip Geraci: amigo de Perry Russo, habló de una comprometedora conversación mantenida entre Oswald y Clay Shaw (alias Bertrand Shaw). Murió electrocutado “accidentalmente”.
1/69, Henry Delaune: cuñado del forense, Dr. Nicholas Chetta. Asesinado. Se sospechaba que el forense Chetta pudo haberle comentado algunos aspectos de la autopsia practicada a David Ferrie, al que pudieron desnucar mientras le sujetaban fuertemente la cabeza hacia atrás para obligarle a tragar la medicación que acabaría con su vida.
1/69, E.R. Walthers: ayudante del sheriff de Dallas que participó en la búsqueda de pruebas en el almacén de libros donde trabajaba Oswald. Declaró haber encontrado un casquillo del calibre 45. Walthers murió al ser disparado por un delincuente común. El asesino no fue jamás atrapado.
1969, Charles Mentesana: filmó e investigó otro fusil distinto al Mannlicher-Carcano encontrado en el almacén de libros. Murió a consecuencia de un ataque cardíaco. También sugirió en su día que el fusil de cerrojo utilizado para asesinar a Kennedy podría haber sido un Máuser de fabricación alemana, o española.
4/69, Mary Bledsoe: amiga de Oswald. También conocía a David Ferrie. Muerta por causas naturales.
4/69, John Crawford: amiga íntima de Jack Ruby y Wesley Frazier. Murió en un accidente de avión cuando viajaba en un jet privado. Conocía a algunos de los enigmáticos “socios” de Ruby.
7/69, reverendo Clyde Johnson: citado para testificar sobre la conexión entre Clay Shaw y Oswald. Murió tiroteado en extrañas circunstancias.
1970, George McGann: figura del hampa relacionado con amigos y socios de Jack Ruby. Su esposa, Beverly, filmó una película en la plaza Dealey el día del asesinato al paso de la comitiva presidencial, poco tiempo antes del magnicidio. George murió asesinado: “ajuste de cuentas” según la Policía.
1/70, Darrell W. Garner: arrestado por disparar a Warren Reynolds, fue puesto en libertad gracias a la coartada presentada por Betty Mac Donald. Falleció a consecuencia de una sobredosis de estupefacientes.
8/70, Bill Decker: sheriff de Dallas que vio como una bala rebotaba a escasa distancia delante de la limusina presidencial antes de que se produjese el primer impacto en Kennedy (el del cuello). Falleció por “causas naturales”.
8/70, Abraham Zapruder: el hombre que filmó la famosa película del asesinato en súper 8. Falleció por causas naturales. Hoy se sospecha que pudiese ser un agente de la CIA colocado allí precisamente para filmar el magnicidio sin que él supiese que iba a producirse. En cualquier caso, falleció antes de que se reabriese la investigación por el asesinato de Kennedy en 1976.
12/70, Salvatore Granello: gánster relacionado con los asesinatos de Jimmy Hoffa y Trafficante. También habría sido uno de los “cerebros” en el fallido intento de asesinato de Fidel Castro, planificado por el general Charles Cabell y Richard Nixon, a la sazón aún vicepresidente con Dwight Eisenhower. Murió asesinado: “ajuste de cuentas entre mafiosos”.
1971, James Plumeri: otro gánster relacionado con los asesinatos que la CIA subcontrataba con la mafia. Murió en un “ajuste de cuentas” similar a los que él mismo preparaba para encubrir sus asesinatos políticos por encargo.
3/71, Clayton Fowler: abogado encargado de la defensa de Jack Ruby. Muerto por causas desconocidas.
4/71, general Charles Cabell: subdirector de la CIA, estrecho colaborador de Eisenhower y de su vicepresidente, Richard Nixon. Relacionado con los exiliados cubanos contrarrevolucionarios, artífice del fiasco de la bahía de los Cochinos en abril de 1961 y hermano del alcalde de Dallas el día de la tragedia. Colapso cardíaco. Se sabe que Kennedy no sintonizaba con el general Charles Cabell y el grupo de “intocables” de Allen Dulles, jefe de la CIA desde la época de la administración Eisenhower.
1972, Alle Bogs: ex miembro de la Comisión Warren que comenzó a expresar públicamente dudas sobre algunas de las conclusiones de ésta. Desparecido cuando sobrevolaba Alaska. El chófer que le llevó al aeropuerto y le acompañó hasta el fatídico avión era un joven afiliado del partido demócrata llamado Bill Clinton, que llegaría a ser presidente de los Estados Unidos veinte años más tarde.
5/72, J. Edgar Hoover: legendario director del FBI que introdujo la teoría del “asesino solitario” en el asesinato de Kennedy. Ataque cardíaco (sin autopsia). Fue estrecho colaborador de Richard Nixon y sentía un profundo odio hacia los Kennedy debido a su promiscuidad y afición por el sexo femenino. Hoy es conocida su condición de homosexual. Su oportuna muerte se produjo precisamente en vísperas de destaparse el escándalo Watergate que fulminaría la presidencia de su antiguo amigo, Richard Nixon.
9/73, Thomas E. Davis: pistolero a sueldo de la mafia relacionado con el grupo de Jack Ruby y sus contactos en la CIA. Falleció electrocutado.
2/74, J.A. Milteer: supremacista blanco de Miami que predijo el asesinato de Kennedy y la captura de un cabeza de turco. Falleció en la explosión de un calentador de gas doméstico.
1974, Dave Yaras: amigo íntimo de Jimmy Hoffa y Jack Ruby. Asesinado. Pudo ser uno de los hombres que espiaban a los Kennedy por encargo de Hoffa.
7/74, Earl Warren: juez que presidió la célebre Comisión Warren que lleva su nombre. Fallo cardíaco.
8/74, Clay Shaw: uno de los primeros sospechosos en el caso JFK del fiscal Jim Garrison, conocido contacto de la CIA con David Ferrie y Howard Hunt, el siniestro jefe de los “fontaneros” incontrolados que asaltaron la sede demócrata en el hotel Watergate, varios años más tarde. Clay Shaw, también conocido como Bertrand Shaw, mantuvo además importantes relaciones con una organización fascista italiana, la Logia P2, financiada por la CIA, que posteriormente se vería relacionado con el asesinato de Roberto Calvi, “el banquero de Dios” y director del Banco Ambrosiano. Shaw falleció como consecuencia de un repentino cáncer que no le había sido diagnosticado.
1974, Earl Cabell: alcalde de Dallas en noviembre de 1963, hermano del también desaparecido, general Charles Cabell que fue expulsado de la CIA por Kennedy en enero de 1961. Earl Cabell falleció por causas naturales.
6/75, Sam Giancana: jefe del crimen organizado de Chicago llamado a declarar ante el Senado sobre los asesinatos de la CIA y la mafia. Murió asesinado. Mantuvo relaciones sentimentales con la actriz Marilyn Monroe a quien ayudó en sus inicios y se cree que pudo ser el “protector” en la sombra de Frank Sinatra cuando atravesaba un peligroso bache artístico a mediados de los años cincuenta. Sinatra fue uno de los “correos” entre la mafia y el clan Kennedy durante la campaña electoral de 1960. Al parecer Kennedy se desentendió de todos ellos una vez ganadas las elecciones, incluida Marilyn Monroe, antigua protegida de Giancana, que murió en su apartamento en extrañas circunstancias el 5 de agosto de 1962, pocos meses después de haberle dedicado el insinuante “cumpleaños feliz” al presidente Kennedy.
7/75, Clyde Tolson: ayudante de J. Edgar Hoover, veterano jefe del FBI muerto en mayo de 1972. Causas naturales.
1975, Allen Sweatt: ayudante del sheriff envuelto en la investigación por el asesinato de Kennedy. Muerto por causas naturales.
12/75, general Earl Wheeler: se cree que era el hombre de los Kennedy en la CIA; el “topo” que habría instruido a Kennedy sobre los planes en política exterior de Nixon (continuación de los de Eisenhower) en vísperas del decisivo debate de TV que acabaría dándole la victoria en las presidenciales de 1960. Murió por causas desconocidas.
1976, Ralph Paul: socio de Jack Ruby y relacionado con diversas figuras del crimen organizado, incluido Johnny Rosselli, el hombre de Edgar Hoover (FBI) en la mafia y enlace con los gánster de La Habana. Falleció a consecuencia de un ataque cardíaco.
4/76, James Chaney: oficial de la Policía de Dallas que conducía la moto a la derecha de la limusina del presidente. Declaró que éste fue disparado en la cara. Falleció a consecuencia de un ataque cardíaco. No tenía antecedentes por insuficiencia cardíaca u otros problemas cardiovasculares.
4/76, Dr. Charles Gregory: médico personal del gobernador John Connally que acompañaba a los Kennedy en la limusina el día del atentado y resultó también herido. Falleció de un repentino ataque cardíaco. No tenía antecedentes de insuficiencia coronaria.
6/76, William Harvey: otro de los coordinadores entre la CIA y la mafia de los intentos de asesinato de Fidel Castro. Murió a consecuencia de las complicaciones surgidas después de una intervención quirúrgica.
7/76, Johnny Rosselli: alias Johnny el Guapo, era el enlace de John Edgar Hoover con la mafia. Testificó ante el Senado y fue llamado a declarar de nuevo. Fue apuñalado y su cadáver descuartizado se encontró dentro de un barril de petróleo flotando en el mar.

La Investigación de la HSCA
Justo cuando el Comité para Asesinatos de la Cámara de Representantes (HSCA) reabrió el caso del asesinato de Kennedy en 1976, comenzaron a producirse nuevas muertes sospechosas en cadena.
1/77, William Pawley: antiguo embajador de los Estados Unidos en Brasil, relacionado con el crimen organizado y el lavado de dinero. Murió de un disparo en la cabeza, según la investigación oficial: “fue un suicidio”.
3/77, George de Mohrenschildt: el antiguo criminal de guerra nazi que colaboró con Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Fue amigo íntimo, o fingió serlo, tanto de Oswald y su esposa, como de la familia Bouvier (padres de Jacqueline Kennedy, esposa del presidente asesinado, y después de Aristóteles Onassis, el multimillonario armador griego que se convirtió en segundo esposo de Jackie). Fue agente de la CIA, uno de los “originales” es decir, de los nazis reconvertidos. Murió de un disparo y la investigación oficial se cerró declarándolo “suicidio”.
3/77, Carlos Prio Soccaras: político cubano antes de 1959, financiador de los grupos contrarrevolucionarios en el exilio. Muerto de un disparo. La Policía consignó en su informe oficial: suicidio.
3/77, Paul Raigorodsky: antiguo socio del conde George de Mohrenschildt y empresario del petróleo cercano al cártel del Club del Petróleo de Texas. Falleció por extrañas “causas naturales”.
5/77, Lou Staples: locutor de radio de Dallas que dijo a sus amigos que iba a reabrir el caso de Kennedy. Murió de un disparo y la Policía lo declaró suicidio.
6/77, Louis Nichols: anterior “número 3” del FBI, trabajó en la investigación del caso JFK. Ataque cardíaco. Sin antecedentes por problemas cardiovasculares.
8/77, Alan Belmont: oficial del FBI que testificó ante la Comisión Warren. Murió después de padecer una “larga enfermedad”. No sabemos si se trató del mismo “cáncer” que afectó a otros testigos del caso JFK.
8/77, James Cadigan: experto del FBI en huellas y falsificaciones que testificó ante la Comisión Warren. Murió a consecuencia de las secuelas por los múltiples traumatismos sufridos por una caída accidental en su casa.
8/77, Joseph C. Ayres: mayordomo de Kennedy en el Air Force One. La causa oficial de la muerte fue un “accidente”. Murió al disparársele accidentalmente el arma que manipulaba. Dictamen de la Policía: “muerte accidental por disparo con arma de fuego”.
8/77, Francis Gary Powers: piloto del avión-espía U2 derribado sobre Rusia en 1960. Conoció a Oswald en la escuela de radares. Murió en un accidente de vuelo cuando pilotaba un helicóptero de pruebas.
9/77, Kenneth O'Donnell: ayudante de cámara y asistente personal de Kennedy. Se determinaron “causas naturales” en su muerte.
10/77, Donald Kaylor: químico y especialista en huellas dactilares del FBI. Falleció a consecuencia de un repentino infarto. Jamás le habían sido diagnosticados problemas vasculares.
10/77, J.M. English: antiguo jefe del Laboratorio de Ciencia Forense del FBI. Murió a consecuencia de un súbito ataque cardíaco. No le habían sido diagnosticados problemas cardiovasculares con anterioridad.
11/77, William Sullivan: antiguo “número 4” del FBI, encargado de la División 5ª, Contraespionaje e Inteligencia Interior. Falleció en un accidente de caza.
1978, C.L. “Lummie” Lewis: ayudante del sheriff de Dallas que arrestó al mafioso Jim Braden en la plaza Dealey. Falleció por “causas naturales”.
9/78, Garland Slack: el hombre que dijo que Oswald había disparado sobre su diana en un campo de tiro. Su “Oswald” no coincidía con el que disparó a Kennedy cuya fotografía fue ampliamente difundida por la prensa. Murió por causas desconocidas.
1/79, Billy Lovelady: empleado del almacén de libros escolares de Dallas que decía que era el hombre de la puerta en la célebre fotografía de Altgens, la que muestra a Oswald con el fusil empleado para asesinar a Kennedy y el revólver. Murió a consecuencia de un repentino ataque cardíaco. Sin antecedentes médicos de padecer dicha dolencia.
6/80, Jesse Curry: jefe de la Policía de Dallas que llevó la investigación inmediatamente después del atentado. Falleció a consecuencia de un ataque cardíaco. No tenía antecedentes por insuficiencia cardíaca.
6/80, Dr. John Holbrooke: psiquiatra que testificó que Jack Ruby no estaba loco. Falleció a consecuencia de un repentino ataque cardíaco, pero no tenía antecedentes clínicos, y en su casa no se encontró la medicación propia de un enfermo crónico que sufre dicha enfermedad.
1/81, Marguerite Oswald: madre de Oswald. Falleció a consecuencia de un cáncer que no le había sido diagnosticado. Declaró y mantuvo hasta el fin de sus días que su hijo era inocente.
10/81, Frank Watts: antiguo fiscal de Dallas. Falleció por causas naturales.
1/82, Peter Gregory: traductor de ruso. Se encargó de actuar como intérprete entre Marina Oswald y el Servicio Secreto. Falleció por causas naturales.
5/82, Dr. James Weston: patólogo llamado por la HSCA para revisar el material documental de las primeras autopsias. Muerto mientras practicaba jogging. Preguntó en numerosas ocasiones por el cerebro del presidente, extraviado hasta la fecha y que con toda seguridad le fue extraído mientras el cadáver era transportado en el Air Force One, durante los 20 minutos en que Jacqueline se separó del cuerpo de su esposo para asistir como testigo en el juramento de toma de posesión del cargo del nuevo presidente; Lyndon Johnson.
8/82, Will H. Griffin: agente del FBI que declaró que Oswald era un informante del FBI. Falleció a causa de un cáncer que jamás le había sido diagnosticado.
10/82, W. Marvin Gheesling: oficial del FBI que investigó el asesinato de Kennedy por encargo de Edgar Hoover. Murió después de una larga enfermedad. ¿El mismo cáncer repentino que sufrieron otros testigos e implicados en el caso JFK? No lo sabemos.
3/84, Roy Kellerman: agente del Servicio Secreto a cargo de la protección específica de la limusina en la que viajaban Kennedy y su esposa, además de otros personajes públicos. Murió por causas desconocidas.

Muertes acaecidas por causas naturales hasta 1996
10/92, Jim Garrison: el ya legendario fiscal de Distrito de Nueva Orleans que reabrió el caso JFK en 1967 y llevó a Clay Shaw a juicio. Falleció por causas naturales. Curiosamente, un año antes de morir, interpretó al juez Earl Warren (presidente de la Comisión Warren) en la película de Oliver Stone “JFK: Caso abierto”.
1994, Perry Russo: testigo del fiscal Garrison en el caso contra Clay Shaw (alias Bertrand Shaw). Causa de la muerte: desconocida.
1/95, L.C. Graves: el agente de Policía que le quitó el revólver a Jack Ruby inmediatamente después de que éste hubiese disparado contra Oswald en el aparcamiento. Falleció por causas naturales.
2/95, Irving L. Goldberg: juez que asistió en el traspaso de poderes al vicepresidente Lyndon B. Johnson en el Air Force One, tras el asesinato de Kennedy. Muerto por causas naturales.
3/95, Philip L. Willis: fotógrafo, uno de los testigos en la plaza Dealey. Muerto por leucemia.
5/95, Evelyn Norton Lincoln: secretaria personal de Kennedy. Murió por causas naturales.
5/95, Phil L. Barleson: otro de los abogados de Jack Ruby. Murió fulminado por un repentino infarto.
11/95, Richard Case Nagell: agente de la CIA que declaró haber descubierto “una gran operación encaminada a asesinar a Kennedy”. Sufrió un inesperado infarto. Carecía de antecedentes por insuficiencia cardíaca.
12/95, James W. Altgens: fotógrafo, otro de los testigos presenciales del magnicidio en la plaza Dealey. Falleció por causas naturales.
1/96, Ralph W. Yarborough: testigo presencial en la plaza Dealey. Muerto por causas naturales.
7/96, Melvin Belli: otro de los abogados de Jack Ruby. Causa de la muerte: pulmonía.
8/96, Charles Brehm: testigo presencial en la plaza Dealey. Causa de la muerte: desconocida.
9/96, McGeorge Bundy: ayudante de los presidentes John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson. Falleció a consecuencia de un ataque cardíaco.
10/96, Larry Ray Harris: investigador privado. Muerto en accidente de automóvil.
10/96, Lawrence Brantley: Vendió a Jack Ruby la pistola utilizada para asesinar a Lee H. Oswald. Murió a consecuencia de “complicaciones postoperatorias”.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Las mentiras de la Comisión Warren

La Comisión Warren fue creada poco después del asesinato de Kennedy a instancias del nuevo presidente, Lyndon B. Johnson, para esclarecer las circunstancias del mismo.
Esta comisión de investigación estaba presidida por el juez del Tribunal Supremo, Earl Warren (en la foto) y, de ahí el nombre. De ella formaban parte, entre otros, Allen Dulles, ex jefe de la CIA (cargo del que fue cesado por Kennedy en septiembre de 1961), y el entonces senador republicano Gerald Ford, que más tarde sería presidente de los Estados Unidos y que en 1976 ordenaría reabrir las investigaciones por el asesinato de Kennedy.
Poco antes de las elecciones presidenciales de 1964, en las que Lyndon Johnson arrasó obteniendo un 61,1% de los votos contra apenas un 38,5% que obtuvo su rival republicano Barry Goldwater, la Comisión Warren publicó las conclusiones finales de las investigaciones, según las cuales, Lee Harvey Oswald había sido el asesino de John Fitzgerald Kennedy, que había actuado “solo” y que lo había hecho movido por un insaciable anhelo de notoriedad y fanatismo político.
Pero el esfuerzo y la curiosidad de muchos investigadores, periodistas y gente anónima, que sucumbieron ante la atracción de un caso tan fuera de lo común, considerado aún “el asesinato del siglo” y ante las evidentes contradicciones de los resultados de la Comisión Warren, impidieron que todo quedara en el olvido, aunque muchos pagaron con su vida su insistencia.
Además de la periodista Dorothy Mae Kilgallen, que entrevistó a Jack Ruby en la cárcel, hay otros casos llamativos de periodistas muertos en extrañas circunstancias, especialmente el de dos periodistas de Dallas: James Koethe y Bill Hunter.
James Koethe era el periodista que estaba en el apartamento de Jack Ruby el sábado 23 de noviembre de 1963, el día siguiente al asesinato de Kennedy. Murió de un terrible golpe (le partieron el cuello) en septiembre de 1964.
Bill Hunter, se encontraba también en el apartamento de Ruby, en compañía de James Koethe, el día siguiente al asesinato. Falleció a consecuencia del disparo “accidental” de un policía en abril de 1964. Por lo visto, tanto él como Koethe tenían pensado escribir un libro acerca de las circunstancias que envolvieron el asesinato de Kennedy. Los apuntes que Koethe había tomado para escribir el libro, desparecieron. ¿Qué buscaban ambos periodistas en el apartamento de Ruby?
Pero aún hay más muertes misteriosas: Tom Howard, el primer abogado de Jack Ruby; Arlene Roberts, la casera que había alquilado una habitación a Oswald en Dallas, y que testificó que el mismo día del asesinato del presidente vio llegar un coche de la policía que se detuvo en la puerta de su vivienda y que, tras hacer sonar el claxon a modo de aviso, Oswald salió de la casa; Nancy Jane Mooney, bailarina del club de Ruby, que certificó que Ruby y Oswald se conocían desde bastante antes del asesinato; Nancy Hamilton, otra de las bailarinas del club de Ruby y que testificó que cada noche pasaban decenas de policías de Dallas por ese local, algunos aún en horas de servicio; William Whaley, el taxista que llevó a Oswald a su casa después del asesinato; Lee Bowers, el ferroviario que “vio cosas extrañas” detrás de la valla del montículo de tierra, donde se encontraron varias colillas de cigarrillo, de distintas marcas, como si varios hombres hubiesen estado allí durante bastante tiempo fumando, haciendo tiempo, como si esperasen algo.
El caso de Bowers, el ferroviario, es muy significativo, porque él, sin saberlo, fue uno de los testigos más importantes del caso. Bowers era un ferroviario que trabajaba en la estación que estaba justo detrás del montículo de hierba, desde donde decenas de testigos habían oído disparos, visto salir humo y haber percibido olor a pólvora. Bowers declaró a la Comisión Warren que unos treinta minutos antes del atentado vio llegar un vehículo, cubierto de polvo hasta las ventanillas y conducido por un solo hombre. El automóvil se detuvo unos instantes y le pareció ver que aquel hombre hablaba por radio o través de un walkie-talkie. En aquella época, este tipo de aparatos eran de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad.
Poco después, Bowers vio llegar un grupo de personas (tres o cuatro) entre los que había un policía, el cual echó a varios curiosos que querían ver desde allí el desfile. Luego dijo que cuando tuvo lugar el atentado “le pareció ver algo extraño” y añadió que “tuvo la certeza de que algo raro había ocurrido detrás de aquella valla”. Sin duda, Bowers, aunque no vio disparar a nadie, fue testigo de la actuación del segundo francotirador, el que acabó con la vida de Kennedy.
Para la Comisión Warren tampoco tuvo importancia que 52 testigos de la plaza Dealey declararan haber oído disparos desde la valla del montículo de hierba. Para la CW esto no encajaba con su teoría del asesino solitario. Pero vayamos por partes.
Según la Comisión Warren, hubo tres disparos. El primero falló, el segundo alcanzó a Kennedy en el cuello (según la CW entró por detrás del cuello, salió por la parte frontal, alcanzando al gobernador Connally en la espalda, mano y muslo) y la tercera es la bala fatídica que alcanzó a Kennedy en la cabeza. El cráneo del presidente reventó como una sandía, y buena parte de la masa encefálica se desparramó. El impacto era mortal de necesidad.
Pero fue la segunda bala, la que fue apodada irónicamente por Garrison como la “bala mágica” la que registró una trayectoria más inusual, por decirlo de alguna manera.
Según los médicos de Dallas que atendieron a Kennedy, los primeros en hacerlo antes de la autopsia oficial de Betesda, la herida del cuello de Kennedy era una herida de entrada frontal, por tanto, disparada frontalmente. De esta declaración de los médicos tenemos constancia gracias a la rueda de prensa que ofrecieron poco después del anuncio oficial de la muerte del presidente. El cirujano jefe del Hospital Parkland Memorial de Dallas fue preguntado dos veces y en ambas ocasiones ratificó que la herida de bala era entrante, por lo tanto, disparada de cara a él. Esto es muy importante porque contradice de lleno la teoría de la Comisión Warren. Tenemos constancia de esta declaración gracias a las imágenes de aquella rueda de prensa y a las declaraciones escritas de los periódicos locales del día siguiente al atentado. Pero a la Comisión Warren todo esto no le importó, porque el proceso de falsificación ya estaba en marcha. Es también muy importante el hecho de que en esa rueda de prensa, el cirujano jefe del Parkland Memorial de Dallas dijese que Connally (el gobernador de Texas) estaba en esos momentos a punto de ser operado para extraerle una bala que tenía alojada en el muslo. De esa bala no hay constancia, desapareció. Hubiera añadido una bala más a la lista.
En cambio, la “bala mágica” aparece casi intacta en la camilla del gobernador Connally. Según la Comisión Warren es la bala mágica que ha realizado nada menos que 7 heridas consecutivas a Kennedy y Connally, apareciendo después en la camilla del gobernador casi intacta. ¡Qué casualidad!
Los médicos de Dallas también declararon que Kennedy había sido herido en la espalda, unos 15 centímetros por debajo de la base del cuello. Todos estos detalles quedaron registrados en imágenes con sonido y fueron recogidos por escrito en la declaración de prensa ofrecida inmediatamente después del asesinato. Al día siguiente, sábado 23 de noviembre, los médicos del Hospital Parkland de Dallas que habían inspeccionado el cuerpo del presidente destruyeron todas sus notas. Cosa inexplicable tratándose, nada menos, que del asesinato del presidente de los Estados Unidos. ¿Por qué actuaron de un modo tan irregular?
En opinión de muchos especialistas que han revisado el caso desde entonces, la autopsia de Kennedy debió hacerse, por imperativo legal, en Dallas aquel mismo día, pero hoy está claro que los autores del golpe de Estado, pues se trató exactamente de eso, no podían consentir una autopsia legal en regla. La historia preparada por los conspiradores no hubiera superado la “prueba” de la autopsia reglamentaria en el Hospital Parkland Memorial de Dallas. Por eso secuestraron el cadáver de Kennedy y se lo llevaron a Betesda, cerca de Washington.
Esa autopsia oficial fue llevada a cabo por cirujanos militares sin experiencia en heridas de bala, al contrario que en Dallas, donde había muchos heridos de bala y los médicos civiles sí tenían amplia experiencia en ese tipo de heridas debido a las frecuentes reyertas entre rancheros, accidentes de caza y tiroteos que solían producirse en los atracos. Los cirujanos militares, subordinados a las órdenes de almirantes y generales, cumplieron escrupulosamente con las instrucciones recibidas a la hora de practicar la autopsia y confirmaron las conclusiones de la misma, establecidas de antemano. Así pues, la herida de bala entrante en Dallas, en Betesda era de salida, para que casara como herida producida por un disparo desde atrás, es decir, desde el depósito de libros. Si en Dallas la herida de la espalda estaba 15 centímetros por debajo de la base del cuello, en Betesda estaba en la misma base del cuello, y se especifica como el orificio de entrada de la herida en el cuello. Por lo tanto, dos heridas diferentes se manipulan para que parezcan una sola y se cambian las direcciones de las trayectorias para que coincidan con la teoría del disparo desde atrás, desde el depósito de libros.
También las proporciones de la herida de la cabeza cambian. En Betesda serán el doble de grandes que en Dallas y además el cerebro del presidente ha desaparecido. Esto se sabrá años después, cuando el fiscal general de Nueva Orleans, Jim Garrison, pida un análisis del cerebro para sus investigaciones y al final los militares tengan que admitir que el cerebro del presidente ha desaparecido. ¡Algo inaudito!
El análisis del cerebro habría determinado, de modo incontrovertible, la trayectoria del proyectil que lo atravesó. Esta prueba hubiese sido concluyente e insuperable para la CW, que no habría podido desestimarla fácilmente.
Pero el cuerpo de John Kennedy fue alterado quirúrgicamente en el avión presidencial durante el vuelo de Dallas a Washington, y luego fue cambiado a otro féretro. Todo esto fue realizado mientras su esposa Jacqueline asistía al juramento del nuevo presidente, Lyndon B. Johnson. Hasta entonces no había querido separarse del cuerpo de su difunto esposo, pero ahora tenía que ser testigo del juramento y a duras penas lograron convencerla. El cuerpo de John Fitzgerald Kennedy estuvo unos 20 minutos solo, durante los cuales se le practicó una incisión en forma de estrella en la parte superior del cráneo, siéndole extraído el cerebro. Agentes del FBI que participaron en la autopsia de Betesda reconocieron en su informe que el cuerpo daba la impresión de haber sido manipulado.
También en la autopsia oficial de Betesda se extrajo una bala del cuerpo de Kennedy. El proyectil fue entregado a dos agentes del FBI (hay constancia documental de esta entrega) pero esa bala desapareció y no sabremos jamás si era o no del mismo calibre que la utilizada en el atentado. Si hubo un fuego cruzado, con participación de más de un tirador, es factible que se empleasen fusiles distintos y con diferentes calibres. Esa bala podría haber aportado importante información a este respecto. Información determinante.
Los médicos que realizaron la autopsia quemaron sus notas y se les ordenó que no hicieran comentarios sobre ningún aspecto de la misma. Las pruebas y las radiografías de la autopsia permanecerán selladas hasta el 2038. ¿A quién interesará entonces la verdad?
Si empezamos a contar balas, tenemos la bala que falló (la que hirió a James Teague en el puente del tren), la bala mágica, la bala de Connally (desaparecida), la bala de Betesda (desaparecida) y la bala del cerebro de Kennedy, desaparecida también junto con el cerebro. Tenemos cinco balas como mínimo, pero podrían haber sido más. Un fotógrafo de Dallas tomó unas fotografías aquel día en la plaza Dealey donde se ve a un adjunto del sheriff recoger una bala del pavimento de la calle y guardársela en el bolsillo. La limusina de Kennedy fue inmediatamente limpiada y reparada por orden de Johnson. El traje de Kennedy fue seguidamente enviado a la tintorería. Está claro que alguien tenía prisa por borrar todas las huellas del asesinato y del consiguiente golpe de Estado.
En el informe final con las conclusiones de la Comisión Warren, se incluyen varias fotografías en las que se observan impactos de bala o fragmentos de proyectil en la limusina descapotada. En una de ellas se advierte perfectamente que uno de los proyectiles impactó en el parabrisas.
Tampoco la Comisión Warren tuvo en cuenta el relato de una mujer que había visto a Jack Ruby (el asesino de Oswald) pocos minutos antes del atentado conduciendo una furgoneta. De ésta salió un hombre con lo que a la testigo le pareció un fusil enfundado. Pensó que debía pertenecer al Servicio Secreto, cuyos hombres estaban tomando posiciones en los lugares estratégicos por donde debía pasar la comitiva presidencial.
Ese mismo día, viernes 22 de noviembre de 1963, después del asesinato, acudió al FBI para aportar el testimonio de lo que había visto. El FBI le enseñó varias fotografías de supuestos sospechosos y ella identificó a Jack Ruby inmediatamente, sin titubear. Cuando el domingo día 24 Jack Ruby asesinó a Oswald ante las cámaras de televisión, la testigo se quedó perpleja y dijo a su familia que ésa era la persona que ella había visto el viernes conduciendo una furgoneta. Ella lo había identificado para los agentes del FBI antes de que asesinara a Oswald, pero cuando apareció publicado el Informe Warren, la testigo lo leyó y vio como habían manipulado su declaración, según la cual ella había sido incapaz de identificar a Jack Ruby.
La bala mágica fue uno de los mayores engaños, si no fue el mayor, de la Comisión Warren para tratar de convencer a propios y extraños de que el asesinato de Kennedy fue obra de una mente trastornada, de un asesino solitario. Según la Comisión Warren, basándose en la asombrosa teoría de un abogado llamado Aarón Specter, la bala encontrada en la camilla del gobernador Connally (¡qué curioso, una bala encontrada fuera del cuerpo del herido!) había provocado siete heridas, dos a Kennedy y cinco a Connally. Esto podría parecer posible aunque muy difícil, pero hay varias evidencias que acompañan a la lógica. Aunque fuera posible que una bala causara siete heridas, está claro que esta debería quedar totalmente deformada. Cuando se dispara un proyectil y éste impacta contra el objetivo, se deforma. Se dispararon balas comparativas contra la muñeca de un cadáver y el proyectil quedó totalmente deformado. En el caso de la bala mágica, ésta estaba prácticamente intacta. Además, según la película que grabó Abraham Zapruder, es fácil ver cómo la bala que hirió a Kennedy no tiene nada que ver con la que hirió a Connally, puesto que transcurrieron 1,5 segundos entre ambos disparos. Dos disparos, dos armas distintas, dos balas distintas. El propio gobernador Connally declaró en rueda de prensa que la Comisión Warren se equivocaba porque él mismo estaba seguro de que la misma bala que hirió a Kennedy no pudo herirle a él. Pero a la Comisión Warren, que ya tenía sus conclusiones preparadas de antemano, poco o nada le importaban las evidencias, siquiera las que pudiesen aportar testigos presenciales del atentado como el gobernador Connally o la propia esposa del presidente asesinado, Jackie Kennedy, que viajaban en la limusina.
Por último, tenemos la prueba definitiva, las trayectorias de las heridas de Kennedy y Connally eran totalmente diferentes, pero la Comisión Warren quiso hacer creer al gran público lo siguiente: una bala que entra por la parte posterior del cuello de Kennedy, sale por la garganta, queda suspendida un segundo y medio en el aire, gira a la derecha, entra por la espalda de Connally, sale por el pecho izquierdo, vuelve a girar para alcanzar la muñeca de Connally, rebota y le hiere en el muslo (la bala que el médico de Dallas dijo que iba a extraer) y aparece intacta, en la camilla de Connally. Para la Comisión Warren es más creíble esta teoría, claro está, que no la idea de más disparos.
Como también es más creíble desechar el testimonio de 52 testigos que oyeron disparos desde el montículo, situado detrás de la valla. También hay que destacar que no sólo las imágenes y la razón desmienten la teoría de la bala mágica; así, en la película de Abraham Zapruder se ve claramente que la bala que hiere a Kennedy no es la misma que hiere a Connally. Éste había testificado ante la Comisión Warren que estaba seguro de que la bala que le hirió a él no era la misma que alcanzó mortalmente a Kennedy.
Ahora bien, si no hubo disparos desde el montículo, ¿por qué cientos de personas corrieron hacía allí después del atentado? ¿Por qué varios policías que acompañaban a la comitiva pararon sus motocicletas y fueron, pistola en mano, hacía allí? ¿Por qué Lee Bowers, el empleado ferroviario, vio cosas y gente extraña detrás de la valla? ¿Quiénes eran los individuos que según varios testigos presenciales y un policía de Dallas, les abordaron identificándose como miembros del Servicio Secreto? Lo cual aún resulta más insólito si tenemos en cuenta que el propio Servicio Secreto, durante las investigaciones de la CW declaró que “no tenía a ninguno de sus agentes custodiando la valla o situado en aquella parte de la ciudad”.
Ya resulta raro que unas Fuerzas de Seguridad no se preocuparan de colocar allí a ninguno de sus agentes, cumpliendo con las más elementales normas de protección a una personalidad de la importancia del presidente de los Estados Unidos. Pero si eso fue así realmente, entonces, ¿quiénes eran aquellos individuos que se identificaron con las placas del Servicio Secreto? ¿Qué pasó con los supuestos vagabundos sacados del vagón de un tren de mercancías en la estación situada justo detrás de la valla, y que fueron conducidos a la Comisaría de Dallas?
Existen varias fotografías obtenidas por un fotógrafo de Dallas, nunca publicadas, en las que se ve a tres vagabundos conducidos por dos policías. Han sido sacados del furgón ferroviario y son llevados a las dependencias policiales para su identificación. En la fotografía se ve claramente que de los tres individuos, el único vagabundo auténtico es el último, un anciano con las ropas raídas y aspecto de pordiosero. Los dos primeros, sin embargo, llevan ropas limpias, zapatos nuevos, el rostro afeitado y el pelo bien cortado. Además, no hay constancia de que los supuestos vagabundos fuesen finalmente interrogados por la policía de Dallas. Entonces, ¿quiénes eran esos individuos? ¿Por qué un testigo de la plaza Dealey vio a un hombre correr desde la valla hacia los vagones de la estación de ferrocarril justo después de los disparos?
La Comisión Warren jamás hizo nada para investigar todos estos detalles. Tampoco le importó la sospechosa actitud del misterioso “hombre del paraguas” (en un día radiante y soleado) ni la del hombre que había junto a él, levantando la mano a modo de saludo. Aunque posiblemente estaba realizando una señal convenida a otro individuo. ¿Una señal para qué? ¿Quiénes eran esos individuos?

(Continuará…)

viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Por qué asesinaron a Kennedy? (13)

Después de su periplo soviético en Minsk, al regresar a los EEUU, Oswald y su esposa Marina son recibidos con los brazos abiertos por la comunidad de bielorrusos exiliados en Dallas y Fort Worth, el reducto más ultraderechista y ferozmente anticomunista de Estados Unidos. La Organización conocida como AFABN (Amigos Americanos de las Naciones del Bloque Anti Bolchevique) sufragada por la CIA y dirigida por un tal Maydell, recibió calurosamente a Oswald y a su esposa Marina, y los ayudaron a establecerse confortablemente en Fort Worth, Texas. En este período inicial el matrimonio Oswald prácticamente viven en casa de George De Mohrenschildt y su esposa Jeanne LeGon, socia de un tal Abraham Zapruder, el hombre que se haría famoso por filmar casualmente y de forma magistral, pues estaba perfectamente situado, en alto, sobre un pilar o bloque de piedra, el asesinato del presidente John F. Kennedy. ¿Estaba Zapruder involucrado también en la conjura?

Regresemos con el inquietante conde George De Mohrenschildt. Enseguida acude a nuestra mente una pregunta: ¿qué hacia este millonario snob compartiendo su hogar con unos desheredados como el matrimonio Oswald?

El conde George De Mohrenschildt, amigo entonces de un tal George Herbert Bush, formaba parte de la élite empresarial petrolera de Texas. A partir de octubre de 1962, De Mohrenschildt se convierte en el mejor amigo de Lee Harvey Oswald en Fort Worth. A sugerencia de De Mohrenschildt, Oswald decide mudarse primero a Dallas y después a Nueva Orleans donde se convierte nuevamente en un activista de izquierdas, marxista-leninista, y se une al movimiento Fair Play for Cuba Committee de la mano de Guy Banister, ex agente del FBI y vinculado con David Ferrie, de la CIA, y un tal Carlos Marcelo, que falleció de un misterioso ataque cardíaco en junio de 1964. Oswald entra a formar parte del grupo.

Marina testificaría más tarde que el 12 de abril de 1963, su esposo Oswald intentó asesinar al general Edwin Walker, líder político de la ultraderecha segregacionista texana y en cuyas filas militaban varios criminales de guerra, antiguos SS y demás miembros del Partido Nazi, como Helmut Streikher o el propio De Mohrenschildt. Luego, cabe suponer que el atentado contra Walker fue un “montaje” para publicitar a Oswald como un acreditado activista marxista-leninista, al tiempo que el general Edwin Walker se presentaba como una “víctima” inocente ante la opinión pública. Un “hombre bueno” al que había intentado asesinar el mismo “hombre malo” que había asesinado al presidente Kennedy.

La relación de Ruth Paine con el matrimonio Oswald es muy significativa, sobre todo porque su marido trabajaba en Bell Helycopters, la empresa aeronáutica al borde de la quiebra financiera a principios de los años sesenta, y que durante la guerra de Vietnam se reflotó fabricando el famoso helicóptero UH-1 Huey. Además, cuando el fiscal general de Nueva Orleans, Jim Garrison, investigó el asesinato del presidente y solicitó estudiar las declaraciones de renta de la familia Paine, curiosamente, no se lo permitieron, cuando legalmente estaban obligados a hacerlo. ¿Qué quiere decir esto? Que los Paine trabajaban muy probablemente para la comunidad de la inteligencia militar y que sus cuentas podían reflejar ingresos irregulares difíciles de justificar y, a través de los cuales, un investigador contumaz como Garrison, podía tirar del hilo.

Como ya hemos apuntado, el ‘desertor comunista’ Oswald entra a trabajar, sin ningún problema, gracias a Ruth Paine y a sus amigos bielorrusos en la compañía Yaggars, una empresa que realiza servicios cartográficos y confecciona mapas para las Fuerzas Aéreas de los EEUU: ¡un trabajo imposible para un desertor de los marines y declarado activista comunista!

Después Oswald empieza a trabajar en la empresa cafetera de un famoso empresario y activista anticomunista cubano afincado en Nueva Orleans. Cuando en 1967 Jim Garrison investigó a los compañeros que habían trabajado allí con Oswald, en busca de información que pudiera ser reveladora para el caso del asesinato de Kennedy, descubrió que “todos y cada uno” de los empleados que habían trabajado en la misma línea de producción con Oswald en la empresa cafetera, estaban entonces trabajando en la NASA, o para empresas subsidiarias de ésta. ¡Nada menos que en la misma Agencia Aeroespacial de los Estados Unidos! ¿Es esto casualidad? ¡Imposible!

Hay que tener en cuenta algunos factores para comprender esto que parece tan desconcertante a primera vista: estamos hablando de la Inteligencia Militar, de la CIA, de la NIS (Naval Intelligence Service), de la NSA (National Security Agency) y del FBI, ente otros servicios secretos que manejan vidas y esfuerzos con una facilidad impresionante; hablamos de operaciones encubiertas, de alianzas entre las variopintas comunidades de cubanos exiliados, algunos de ellos antiguos hampones y delincuentes comunes, de rusos blancos anticomunistas, criminales de guerra nazis, mafiosos judíos e italianos de Chicago y de otras partes, de empresarios corruptos y hombres de negocios sin escrúpulos. Pero todos se mueven por un objetivo común: recuperar Cuba para proseguir allí con sus negocios sucios como lo hacían antes de la Revolución. Los ideales políticos no tenían nada que ver en todo este asunto. Se trataba de negocios sucios, pero que generaban ingentes cantidades de dinero.

Con Oswald estaban creando un culpable creíble desde hacía bastante tiempo con la intención de utilizarlo en un previsible atentado contra Kennedy, o cualquier otro personaje incómodo; acaso por aquel entonces todavía no tenían definido el papel que iba a jugar Oswald en la conjura, o de qué forma llevarían a cabo el asesinato. Da igual, él era un militar y cumplía órdenes. No importaba qué le hubiesen dicho, él siempre haría lo que le hubiesen ordenado.

¿Por qué todos sus compañeros en la empresa cafetera cambiaron de trabajo y todos acabaron en la NASA? Pues porque todos eran agentes de los servicios secretos o de alguna manera estaban relacionados con la extensa red de la comunidad de inteligencia, y alguien vio el peligro de esas relaciones si algún día, como más tarde ocurrió, a algún juez o fiscal “puntilloso” le daba por investigar el caso a fondo. ¿Por qué Hacienda no permitió a Jim Garrison investigar las declaraciones de renta de Ruth Paine? Pues porque sería muy difícil ocultar los ingresos no declarados en el transcurso de una investigación o de una auditoría rutinaria. El fraude fiscal es uno de los delitos más perseguidos en los Estados Unidos. Tal vez, el que más.

Ruth Paine fue quien le consiguió el trabajo a Lee Harvey Oswald en el depósito de libros pocas semanas antes del atentado, según constató la propia Comisión Warren. Asimismo, se modificó el recorrido de la caravana presidencial la noche antes de la visita de Kennedy, para que ésta discurriese cerca del almacén de libros escolares donde Oswald trabajaba, concretamente en el sexto piso. Aunque, como veremos después, los disparos se realizaron desde el quinto piso. Es imposible pensar que ni el FBI, ni los servicios secretos hubiesen puesto bajo vigilancia a un individuo como Oswald si era quien pretendía ser: un fanático activista marxista-leninista que además, siempre supuestamente, había comprado por correo un fusil semiautomático con mira telescópica.

Son tantas las pruebas que demuestran que había una conspiración para asesinar a Kennedy cuidadosamente planeada, que resulta difícil no creerlo. Si Oswald hubiese sido el asesino solitario, si hubiese sido cierto que la CIA, el FBI, el servicio secreto y la Policía de Dallas habían sido capaces de demostrar una incompetencia tan manifiesta como inexplicable, siendo tan eficaces cuando querían serlo, entonces ¿por qué Oswald no disparó cuando la caravana subía por la avenida Houston? Era el sitio idóneo para hacerlo, frontalmente, después de haber desacelerado la limusina en el cruce con la calle Main, y además, hubiese tenido tiempo para volver a disparar, al menos un disparo más, con el viejo fusil de cerrojo Mannlicher-Carcano que se dijo que había empleado. Pero no, la clave era Elm Street, porque allí habría un fuego cruzado de tres tiradores del cual Kennedy jamás saldría vivo. Cualquier francotirador de las Fuerzas Especiales o de la Policía, hubiese confirmado que esa habría sido la opción elegida, un equipo de tres francotiradores, estableciendo un fuego cruzado sobre el objetivo.

Más elementos: cuando –según la CW–, Oswald realizó el primer disparo, que además falló, entre la caravana de Kennedy y el 6º piso del depósito de libros, se interponían unas encinas tejanas, árboles que estaban florecidos totalmente y cuyo follaje, al dificultar la visión o anularla, impedía como mínimo el primer disparo realizado supuestamente desde el 6º piso del almacén de libros, donde se encontraba Oswald trabajando. La CW pasó por alto todo esto, además de otros muchos detalles.

¿Cómo sabemos que el primer disparo concuerda con la imposibilidad de visión? Por Abraham Zapruder que grabó toda la secuencia del asesinato en una película de súper 8 mm que ha dado la vuelta al mundo gracias a Jim Garrison, que fue quien la extrajo del baúl de los recuerdos de la revista Time-Life. ¿Cómo podía ser que una película así hubiese sido escamoteada a la opinión pública mundial durante más de cinco años? Muy fácil: las imágenes filmadas desmontan, fotograma a fotograma, toda la falsa estructura pergeñada por la Comisión Warren para encubrir el asesinato. Pero dejemos el análisis detallado de la película de Zapruder para más tarde.

Lee Oswald era un tirador mediocre, su especialidad en los Marines eran las telecomunicaciones y el servicio de radios y radares. Todos sus compañeros marines interrogados por la Comisión Warren así lo testificaron, igual que sus pruebas de tiro registradas en su expediente militar. Todos ellos también dijeron que jamás habían oído a Oswald hacer ninguna declaración política, ya fuese ésta a favor o en contra de Fidel Castro, del comunismo o de nada parecido. Todos menos uno, que, claro está, fue el que la Comisión Warren utilizó profusamente para dar credibilidad al supuesto fanatismo marxista-leninista de Lee H. Oswald.

Mientras que las declaraciones del resto de sus compañeros pasaron sin pena ni gloria por las conclusiones de la Comisión Warren, la de este testigo ocupa hojas y hojas, algo muy curioso. En una investigación tan seria como ésta tiene más importancia lo que diga uno que lo que digan 7 u 8, pero lo asombroso no acaba ahí. Lo definitivamente demoledor es que cuando el fiscal Jim Garrison, extrañado por la providencial comparecencia de este testigo tan “oportuno” para inculpar a Oswald y la utilización que la Comisión Warren hizo de su acusación, quiso contactar con él para investigar y verificar todo lo que había declarado a la Comisión, ¡le encontró trabajando para la NASA!

El episodio del Oswald tirador y su inculpación tienen una importancia vital para el caso. Como ya hemos señalado, Oswald fue interrogado sin abogado durante más de doce horas y en ese interrogatorio se le mostró la famosa fotografía (encontrada en el registro de su casa) en la que aparece él con un fusil, un revólver y un periódico. Los especialistas en el tema aseguran que se trata de un montaje, como así lo declara el propio Oswald, que sabe de fotografías, puesto que había trabajado para Yaggars, la empresa cartográfica que proveía de mapas al Ejército y revelaba las fotografías de los aviones espías Lockheed U2. Resulta extraño que Oswald posara en una fotografía con un fusil y un periódico, como queriendo decir: “esta es el arma homicida y esta es la prueba”. Los que quisieron inculparle con este montaje fueron demasiado concienzudos en su empeño por “demostrar” la culpabilidad de Oswald, y quien se empeña en demostrar demasiadas cosas al mismo tiempo, al final no demuestra ninguna.

Además, el fusil Mannlicher-Carcano, que según la Comisión Warren fue el arma utilizada por el homicida, había sido comprado por correo supuestamente por Oswald poco antes del atentado en Dallas. La compra se efectuó a nombre de A. J. Hidell, uno de los alias de Lee Harvey Oswald.

Resulta insólito que Oswald, si fue realmente el “asesino” que se pretendió hacer creer, se hubiese complicado tanto la vida. En aquella época en Dallas, era más fácil comprar un arma en una tienda que por correo. Bastaba con entrar en una armería y pagar el arma, ya que no era necesario identificarse. Sin embargo, al comprarla por correo, era necesario contratar un apartado postal e identificarse en la correspondiente ficha del Servicio de Correos, bien con el nombre verdadero o bien con uno falso, como lo hizo: A. J. Hidell, fuera quien fuese este evanescente individuo. A la hora de recoger el fusil, el destinatario debía identificarse, bastaba con mostrar el carné de conducir.

Si Oswald había dado un nombre falso (A. J. Hidell) lo hubiesen descubierto en el momento de ir a recoger el arma en la oficina de correos. Si tenía la intención de asesinar al presidente, sabía que comprando el fusil por correo sería fácilmente identificado y, en consecuencia, localizado y arrestado por la policía después del magnicidio. Por lo tanto, ¿por qué escogió este método para procurarse el arma? Muy sencillo, porque el fusil no lo compró él. Alguien compró el fusil usando su alias y fue a recogerlo en su nombre: Oswald sólo era un peón prescindible en el tablero de la conjura, el “culpable” al que debía encontrar la policía y del que se desharían oportunamente, antes que todo el castillo de naipes se desmoronase.

Cuando el fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison, investigó en la oficina de correos quién había ido a recoger el fusil encargado por A. J. Hidell, la ficha había desaparecido. Ni los propios funcionarios del Servicio Estatal de Correos se lo explicaban.

A pesar de ser un pésimo tirador, y de disparar con un fusil tan inadecuado (el Mannlicher-Carcano era conocido por los militares como ‘el humanitario’ porque difícilmente acertaba en el blanco) resulta que el fusil es enviado a los laboratorios del FBI en Washington para que los expertos busquen las huellas del tirador impresas en el arma. Allí nadie encuentra nada, pero 4 días más tarde, después de que todos los especialistas en la materia hayan buscado las huellas dactilares de Oswald sin éxito, resulta que un policía de Dallas encuentra una huella suya en el fusil, cuando Lee Harvey Oswald ya había sido asesinado por Jack Ruby. Lo más escandaloso del asunto es el modo en que se desarrollaron los acontecimientos: la Policía de Dallas irrumpió con el fusil en el depósito de cadáveres donde se encontraba el cuerpo de Oswald. Según ellos: para comparar huellas. Poco después de abandonar el depósito de cadáveres es cuando se hace público el descubrimiento de la huella dactilar incriminatoria de Oswald en el fusil supuestamente empleado para asesinar a Kennedy. La Policía de Dallas había triunfado donde los especialistas del FBI en Washington, los más preparados y equipados del mundo, habían fracasado, al no encontrar una miserable huella de Oswald tras cuatro días de exhaustivas pruebas y análisis.

Igualmente, las pruebas de nitrato realizadas a Oswald el mismo día del asesinato, unas sencillas pruebas que realiza la policía de forma rutinaria a todos los sospechosos de asesinato, y que de forma muy fiable establecen si alguien ha disparado un arma de fuego, en función de los restos químicos que se impregnan en la piel después de realizar el disparo, demostraron que Oswald no disparó un arma de fuego el viernes 22 de noviembre de 1963, tal y como demuestran las propios datos de la policía. Tampoco se encontró huella alguna hasta 4 días después, como lo reconoce la propia Comisión Warren y cuando, para rematar el asunto, el FBI utilizó a sus mejores expertos en balística para reconstruir el asesinato, el primero de ellos, un reputado tirador de élite, advirtió inmediatamente que la mira telescópica del fusil estaba mal ajustada. ¿Cómo pudo entonces Oswald, pésimo tirador, acertar a un blanco en movimiento con un fusil anticuado y con la mira telescópica desajustada?

Pero hay más: según la propia CW, Oswald realizó los tres disparos en 5,7 segundos. El Mannlicher-Carcano era un fusil de cerrojo y, por lo tanto, debía ser recargado después de cada disparo. Ninguno de los tres tiradores expertos del FBI que reconstruyeron el atentado pudo bajar de los 7 segundos. Además hay que tener en cuenta otro factor primordial: aquí el primer disparo falla, mientras que el último, el mortal, es el más certero. Hubiera sido más probable que el primero fuera el más efectivo, pues es el primero y el tirador está más preparado, no el último, cuando según el cronómetro no hay tiempo para recargar, apuntar y disparar, y mucho menos para un tirador tan deplorable como Oswald.

Sin embargo, a pesar de todos estos datos contradictorios, que planteaban numerosas dudas sobre la autoría del asesinato, y de que buena parte de la información procedía precisamente de las investigaciones oficiales realizadas por la propia CW, que las recoge y expone en sus 26 tomos, los que debían esclarecer la autoría y las circunstancias del asesinato, la ignoraron. Para ellos estaba claro que Lee H. Oswald fue el asesino solitario que acabó con la vida del presidente Kennedy en Dallas.

Para terminar con este asunto del arma, añadir sólo que las tres vainas o camisas metálicas de los cartuchos supuestamente disparados por el fusil fueron encontrados ordenadamente, las tres colocados cuidadosamente en paralelo, cuando cualquiera que haya disparado con un fusil de cerrojo sabe que éste expulsa las vainas desordenadamente, del mismo modo que lo hace un arma semiautomática. No caen ordenadamente para depositarse en el suelo en paralelo. Un fotógrafo de Dallas fotografió, pocos minutos después del atentado, a un policía que bajaba del depósito de libros con un fusil Máuser, un modelo diferente al Mannlicher-Carcano que la Comisión Warren califica como el arma utilizada en el asesinato. También hay constancia de que el primer policía que encontró el fusil en el sexto piso del almacén donde trabajaba Oswald, declaró que se trataba de un Máuser alemán de alta precisión (este policía, citado por el fiscal Jim Garrison, era un experto cazador y tenía una tienda de armas en Dallas donde vendía y reparaba fusiles, escopetas y carabinas, por lo que sabía muy bien de lo que hablaba. ¿Dónde está ese fusil Máuser? ¿Fue realmente el arma, o una de las armas asesinas? A estas alturas todo eso ya da igual, como que el fotógrafo de Dallas que tomó esas instantáneas, las del policía portando el fusil Máuser (no el Mannlicher-Carcano) muriera en extrañas circunstancias y que sus fotos jamás fuesen publicadas ni consultadas por la CW.

Tampoco nadie en la Comisión Warren hizo caso al trabajador del depósito de libros que aseguró haber visto a Oswald un minuto antes del tiroteo comiendo en el segundo piso del almacén. O a otra empleada, una secretaria, que dijo haberle visto tomando un refresco en la cafetería del edificio. Para ser el asesino, Oswald tenía poca prisa. Otras dos trabajadoras del almacén, que se encontraban en el quinto piso, dijeron que tras oír los disparos bajaron por la escalera y que en ningún momento se cruzaron con Oswald corriendo, como debería haber sido, para que coincidiesen los disparos hechos supuestamente por él desde el sexto piso, con la sucesión cronológica de los mismos establecida por la Comisión Warren.

Dos minutos, como mucho, después del tiroteo, un policía de Dallas llamado Marrion Baker entró en el edificio y vio a Lee Harvey Oswald en el segundo piso (el mismo lugar donde había sido visto instantes antes de producirse los disparos). Oswald estaba tranquilo, no jadeaba como si hubiera corrido, además de subir y bajar escaleras, y estaba tranquilamente sentado bebiendo un refresco. Si era el asesino, desde luego no tenía demasiada prisa por huir.

¿Cómo podía sostener la Comisión Warren que Oswald realizó tres disparos en 5,7 segundos con un fusil de cerrojo y con la mira telescópica mal ajustada sobre un blanco en movimiento? Dejando después las vainas de los cartuchos bien alineadas, corre hasta el otro extremo del sexto piso, limpia sus huellas del fusil y lo esconde debajo de unas cajas. Después sale corriendo escaleras abajo sin ser visto por nadie, llega al segundo piso y, sin jadear, tan tranquilo, se compra un refresco y sale del edificio varios minutos después por la puerta principal, que aún no había sido precintada por la Policía de Dallas y demás Fuerzas de Seguridad. Y todo eso en menos de dos minutos.

Después está el episodio del asesinato del policía Tippitt. Según varios testigos del crimen, ninguno pudo reconocer a Oswald como el asesino, ni siquiera el que mejor llegó a verle, Domingo Benavides (cuyo hermano, como tantos otros testigos, murió asesinado en extrañas circunstancias).Tampoco otra testigo, Achilla Clemonds, fue capaz de identificar a Oswald. El primer policía que acudió al lugar del asesinato encontró cuatro cartuchos: según la Comisión Warren, Oswald había disparado con un revólver. Una de las diferencias básicas entre un revólver y una pistola, es que en el caso del primero, los cartuchos vacíos, después de haber disparado la munición, permanecen en el tambor del mismo, en cambio en una pistola, como en cualquier arma semiautomática, las vainas son extraídas y expulsadas fuera de la recámara, una vez se ha efectuado el disparo. El tambor o cargador de un revólver debe abrirse para extraer las vainas vacías, generalmente, cuando se ha terminado la munición, y se extraen de una vez. Resultaría extraño que Oswald, si utilizó un revólver, y vació el cargador del mismo sobre Tippitt, se hubiese quedado allí para vaciar el tambor, arrojando las vainas al suelo, y recargarlo, introduciendo los cartuchos uno a uno. El proceso de recarga de un revólver es más lento y laborioso que el de una pistola semiautomática; se extrae el cargador vacío y se introduce otro lleno.

Pero esto no es todo. Si fue realmente Oswald quien asesinó al policía Tippitt (aunque nadie le reconoció como el asesino) si usó un revólver (cuando todo indica que se utilizó una pistola) entonces, ¿por qué los 4 cartuchos presentados por la Comisión Warren no son los mismos que encontró el primer policía que llegó al lugar del crimen? ¿Y cómo lo sabemos? Pues porque ese policía marcó las vainas de los cartuchos con sus iniciales (PW) y luego estas marcas no aparecen en las vainas presentadas a la Comisión Warren. Además, para el policía, las camisas de los cartuchos que encontró eran diferentes a los que luego le presentó la Comisión Warren.

El asesinato de Kennedy tuvo lugar un viernes, y el domingo Oswald era asesinado por un tal Jack Ruby, un conocido hampón y proxeneta de la ciudad de Dallas, que regentaba un local nocturno de streeptease al cual acudían la mayoría de policías de la ciudad, que solían compartir mesa con bribones, pillos y delincuentes comunes. Todo eso fue confirmado por varias bailarinas del local como Nancy Hamilton, que aseguró que la mayoría de los policías de Dallas, al menos tres cuartas partes, habían pasado en algún momento por el club de Jack Ruby, y que éste contaba con muchos “amigos” entre la Policía Local. Es imposible dirigir un local como el de Ruby sin contar con “amigos” entre la Policía, en el Ayuntamiento y en la Administración de Justicia, como poco.

Solo así se entiende, aunque la Comisión Warren lo negase obstinadamente, cómo Jack Ruby pudo acceder aquel domingo al aparcamiento de la Comisaría y asesinar a Oswald impunemente. Ruby aseguró que lo hizo por venganza, pero resulta extraño a primera vista que un proxeneta y reconocido mafioso, sea tan “patriótico” como para tomarse la justicia por su mano y asesinar al asesino del presidente. Jack Ruby sólo era una pieza más del monstruoso rompecabezas.

Ruby asesinó a Oswald de un disparo en el pecho utilizando un calibre 38 (el calibre habitual de la mafia). ¿Cuál fue el papel de Ruby? Está claro: hacer callar para siempre a Oswald. La investigación que Garrison reabrió en 1967 demostró que Oswald era también otro de los habituales en el Carrousel, el local de Jack Ruby, que ambos se conocían desde hacía tiempo y que había más gente sospechosa (que luego veremos) clientes habituales (no olvidemos que el local estaba cada noche lleno de policías). Pero, ¿investigó todo esto la Comisión Warren? ¡No!

No hace falta decir que varias bailarinas del local murieron asesinadas, o en extrañas circunstancias, como más de cuarenta testigos y personas involucradas de una u otra forma en el asesinato de Kennedy: Oswald, Ruby, De Mohrenschildt, Clay Shaw, David Ferrie, periodistas, bailarinas, testigos oculares, etcétera. Y resulta obvio, en realidad lo fue desde el primer momento, que se trató de una trama urdida al más alto nivel. Aunque los ejecutores finales, los peones del escalafón, acabasen siendo agentes de la CIA, policías corruptos, mafiosos, hampones, golfos y proxenetas como Jack Ruby. Y queda claro desde el primer momento que hubo una conspiración policial. Nada de todo eso podría haberse hecho, ocultando con tanta facilidad algunas pruebas, de no haber contado con la complicidad policial, al menos de una buena parte de ella y de los servicios secretos.

La mayoría de los testigos oculares que se encontraban en la plaza Dealey, y varias de las personas que podían aclarar muchos aspectos del asesinato de Kennedy, fueron despareciendo misteriosamente. Los casos más comunes fueron: accidentes en carreteras solitarias o atropellos con vehículos que se dieron a la fuga y que jamás fueron localizados; cáncer no detectado, cuellos rotos con extrañas contusiones, disparos, suicidios tan curiosos como el de David Ferrie, que escribió una carta de suicidio, a máquina, no a mano, y luego la autopsia oficial amañada demostró que había muerto por causas naturales al sufrir una especie de infarto. La autopsia original señalaba que tenía el cuello roto.

La cifra mayor de muertos se dio entre los años 1963 y 1965, o sea, poco después del asesinato y luego en 1967, inmediatamente después de reabrir el caso Jim Garrison. Y ya más tarde, en el 1976, después de iniciarse las investigaciones del Comité de Asesinatos del Senado. Fue además por esa época cuando el polémico editor de las revista Hustler, Larry Flynt, ofreció una recompensa de un millón de dólares para quien aportase información sobre los asesinos de Kennedy. Poco después, el editor y su abogado sufrían un atentado que dejaba a Flynt paralítico de por vida. Jamás de atrapó al autor. La policía y el FBI aún mantienen la teoría de otro loco solitario.

Regresemos a noviembre de 1963. Jack Ruby era un mafioso de segunda fila, y por designación de sus jefes a él le tocó el encargo de acabar con Oswald. Luego fue encarcelado y se pudrirá en la cárcel durante tres años hasta que un día le visitó el juez Warren. Allí, ante testigos dice: “si me lleva a Washington a testificar lo diré todo. Aquí no puedo hablar porque me matarán”. Luego una periodista le pregunta: “¿puede decirnos qué pasó en el asesinato?” A lo que Ruby contesta: “Esa pregunta debería hacérsela al actual presidente, Lyndon Johnson”. La periodista, sorprendida, le replica: “¿me lo podría repetir?” A lo que Ruby contesta: “Lo que le he dicho, que si Johnson no hubiera sido el vicepresidente, ahora Kennedy seguiría vivo”.

Jack Ruby moriría unos días después de haber mantenido esta entrevista a causa de un “cáncer” que jamás se le había diagnosticado. Nunca se le practicó la autopsia. Jack Ruby se llevó sus secretos a la tumba. Al cabo de un tiempo le acompañó la misma periodista que le había entrevistado en la cárcel, y que decidió seguir investigando sobre la base de los indicios que Ruby le había sugerido acerca de una conspiración que involucraba al propio presidente de los Estados Unidos: Lyndon Johnson.

(Continuará...)