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jueves, 15 de junio de 2017

La tumba del apóstol Santiago en Compostela

La tradición nos ha transmitido la noticia de que a la muerte del apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, sus restos fueron trasladados por dos de sus discípulos, en barco, hasta las costas de Galicia. Desembarcaron en Iria Flavia y fueron enterrados en un edificio sepulcral ya existente en un lugar cercano. Se trataba de una construcción funeraria romana mandada edificar por una importante matrona pagana, Atia Moeta, para el enterramiento de su nieta de dieciséis años, Viria Moeta, y para el suyo propio. Este hecho viene confirmado por la lectura de una inscripción hallada en una piedra de mármol que se encuentra en el Museo de San Pelayo de Antealtares y que se usó de altar en la planta alta del edificio. Era una construcción de dos plantas, a la que se accedía desde la segunda y se pasaba a la planta baja o cámara sepulcral por una escalera interior. En ésta fueron enterrados tanto Santiago como los dos discípulos que lo trasladaron muerto desde Jerusalén, Atanasio y Teodoro. Siempre según la tradición. A partir del siglo IX, en que se halla el sepulcro, se construyen in situ sucesivamente tres iglesias para albergar tan santos huesos, de las cuales la del siglo XI es la románica que ha llegado hasta nuestros días. Las dos primeras iglesias, edificadas la primera al poco del hallazgo y la segunda a finales del siglo IX, respetaron el edificio sepulcral tal como fue hallado, de forma que lo embebían. La construcción de la Catedral románica en su primera fase tampoco afectó al cenotafio. En 1105, estando aún sin concluir, el obispo Gelmírez decidió levantar el nuevo altar mayor sobre la tumba apostólica. Esto conllevó la demolición de la planta superior del cenotafio, del que quedó en pie sólo la cámara sepulcral, pero reducida a la altura de una persona. Sobre esta cavidad asentó el Altar del Apóstol y dejó el sepulcro inaccesible para todos. Ambrosio del Morales cuenta en su Viaje, redactado en la segunda mitad del siglo XVI, que Gelmírez quiso impedir la entrada al sepulcro «por ser grande la costumbre que había de enseñarlo a reyes y príncipes que venían de todos los lugares a venerar los huesos».
En 1585 se había producido el primero de los ataques ingleses a las costas gallegas, bajo el mando del corsario inglés Francis Drake, el cual había amenazado con destruir la catedral y la tumba de Santiago. Para proteger los restos del Apóstol de la amenaza de los filibusteros, el obispo Sanclemente retiró los restos de los tres santos de sus sepulcros y los escondió en unas tumbas construidas a toda prisa en el transaltar mayor. El deseo confesado de Felipe II de llevarse parte de los restos del Apóstol al relicario del monasterio de El Escorial, probablemente explique la poca diligencia del obispo en devolverlos a su sitio original una vez pasado el peligro corsario. El secreto sobre su ubicación se fue con él a la tumba. Así quedaron las cosas hasta que en el siglo XVII, en que el gusto por lo barroco hizo ver como excesivamente pobre la disposición del altar mayor del siglo XII, se acometió la construcción de uno nuevo, para lo cual se rebajaron aún más los muros del antiguo cenotafio romano y se asentó el nuevo altar directamente sobre las tumbas vacías. Quienes realizaron la reforma no dejaron nada escrito de lo que encontraron y desde ese momento las tumbas quedaron del todo inaccesibles. En 1878 se inician las excavaciones arqueológicas bajo el altar mayor con el fin de hallar la tumba del apóstol Santiago y sus restos. La iniciativa se debió al arzobispo Miguel Payá, quien encargó la dirección de las excavaciones a Antonio López Ferreiro, uno de los mejores arqueólogos de la época. Tras realizar varias prospecciones sin resultado positivo, finalmente se levantó el altar mayor. Descubrieron entonces un mausoleo con tres hoyos en el suelo, pero removidos y vacíos. Uno de ellos aparecía cubierto con los restos de un mosaico de mármol con clara apariencia de factura romana. Los huesos, finalmente, se encontraron en el espacio del transaltar mayor, bajo el ábside, metidos en una urna construida deprisa, con materiales en parte procedentes del sepulcro.
Al levantar el altar mayor en 1878 se descubrió la estructura de lo que quedaba de un viejo monumento funerario romano, en el que encontraban alojamiento tres sepulturas. La cámara sepulcral estaba dividida en dos partes por una pared de mampostería: la oriental contenía una única tumba cubierta con mosaico romano de colores, sin duda la de un personaje más importante que los otros; las otras dos estaban en la parte occidental, adosadas a las paredes norte y sur y cubiertas con baldosas de arcilla. Estos enterramientos son necesariamente anteriores a la primera mitad del siglo II, data del segundo nivel del pavimento que se sitúa por encima de los sepulcros. El edificio se encontraba rodeado en sus partes este, norte y sur por un pasillo pavimentado con losas graníticas. La cenefa indica el carácter cristiano del personaje allí enterrado. Las tumbas estaban vacías y con el pavimento removido. No obstante fue posible reconstruir un dibujo de la cenefa que enmarcaba el mosaico de la tumba de la parte oriental, atribuida a Santiago, pero no lo que sin duda contenía el rectángulo central, roto para extraer los huesos que debía contener. El mosaico que cubría la tumba del Apóstol era una composición de tres colores (blanco, negro y cárdeno), cuyo motivo fundamental era la flor de loto, símbolo cristiano del bautismo y la resurrección. Este motivo indica el carácter cristiano del personaje allí enterrado. Un pavimento de mosaico de este tipo no tiene paralelo ninguno en Galicia en la época germánica. En 1879 se constituyó un tribunal para estudiar los restos encontrados y en 1884 una Congregación Extraordinaria. El estudio científico de los huesos revela que pertenecen a tres esqueletos incompletos de tres individuos de desarrollo y edad diferentes, de los cuales dos estaban en una edad madura y el tercero en el último tercio de la vida. A uno de ellos le falta la apófisis mastoidea derecha, que fue regalada por Gelmírez al obispo de Pistoia, donde se venera como una reliquia. Se explica que dicho hueso esté separado del hueso temporal por pertenecer a un decapitado, como es el caso de Santiago. De este modo se ha podido identificar cuál de los tres grupos de huesos pertenece al Apóstol. Los estudios sobre los restos encontrados a partir de 1878 han sido realizados principalmente por Antonio López Ferreiro, su descubridor, Fidel Fita y Aureliano Fernández Guerra a finales del siglo XIX. A partir de 1940 son fundamentales los estudios de José Guerra Campos e Isidoro Millán. En cualquier caso, y tras los estudios pertinentes, el papa León XIII, en la bula Deus Omnipotens de 1884 anunció a toda la cristiandad el hallazgo de los huesos del apóstol Santiago y animaba a los creyentes a emprender de nuevo peregrinaciones a Compostela.
Catedral de Santiago de Compostela (España)

sábado, 10 de junio de 2017

Primeros mártires del cristianismo

La predicación de Santiago el Mayor en España es una tradición tardía recogida por San Isidoro de Sevilla y el Beato de Liébana, pero no por Gregorio de Tours o Venancio Fortunato, que la consideran carente de cualquier base. Según la tradición, Pablo desembarcó en Tarragona y las fuentes recogen el nombre de los primeros conversos, dos mujeres: Xantipa, esposa del prefecto Probo, y la de su hermana Polixena. Las fuentes también refieren que estos hechos han sido criticados por reputados historiadores como Marcelino Menéndez y Pelayo. La persistencia de las referencias, no obstante, parece estar sustentada por la Epístola a los Romanos (58), donde Pablo comenta su deseo de ir a España. Dado el prestigio indiscutible del texto canónico, muchos autores cristianos primitivos lo citan o glosan, añadiendo información de imposible comprobación —Cirilo de Jerusalén, san Epifanio, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo, Teodoreto y san Clemente de Roma en el Canon Muratorio y el Acta Pauli). Aun así, algunos autores indican que, en el caso de haberse producido la visita de Pablo, ésta se limitó a un contacto con las comunidades judías de la costa mediterránea española. Estos son los siete varones apostólicos que habrían sido enviados a España por el apóstol Pedro: Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio. Entre ellos san Cecilio, que alguna fuente considera como obispo de Granada, fue martirizado. El destino de los demás pudo ser también el martirio, aunque en esto discrepan el Martirologio de Lyon y los Calendarios Mozárabes, para los que son simplemente doctores de la fe. El resultado de la llegada de los siete varones a Guadix (Granada), sería la primera conversión completa de una ciudad, tras el hundimiento milagroso de un puente que los salvó de una persecución. También aquí habría sido una mujer noble la primera conversa: Luparia. Después de esto, los siete varones se dispersaron, quedando Torcuato en Guadix, Segundo en Abula (Ávila, que tiene a san Segundo de patrón), Indalecio en Urci (Torre de Villaricos), Tesifonte en Vergi (Berja, Almería), Eufrasio en Iliturgis (Cuevas de Lituergo), Cecilio en Ilíberis (Elvira, Granada) y Hesiquio en Carcesi (Cieza, Murcia). La identificación de esas localidades es muy insegura: según otras fuentes, Carcesi o Carcere es Cazorla (Jaén), Urci es Pechina (Almería) y Iliturgi la actual Andújar (Jaén).
Aun aceptando la venida de Pablo, la expansión del cristianismo primitivo en España tiene estrechas relaciones con los soldados de la Legión VII Gemina y las comunidades cristianas del norte de África, además de la influencia decisiva de la patrística oriental. Su vehículo de expansión sería el militar, a través de la Vía de la Plata y sus interconexiones con Gallaecia y Caesaraugusta. Se han encontrado varios rasgos de influencia afroasiática en el cristianismo español: el análisis filológico de los primeros documentos de la Iglesia —como las actas del Concilio de Elvira—; la arquitectura de las primeras basílicas; el elemento militar y el origen norteafricano de los primeros mártires hispanos; e incluso características de la propia liturgia. Los testimonios más antiguos de la presencia del cristianismo en España son los de Ireneo de Lyon, Tertuliano y la Carta LXVII de san Cipriano, obispo de Cartago (254), en tiempos de la persecución de Decio, en la que condenaba a los obispos Basílides de Astorga y Marcial de Mérida. Sea como fuere, de lo temprano y extenso de la cristianización, sobre todo en zonas urbanas, fueron muestra los mártires de las persecuciones de finales del siglo III y comienzos del IV, como los Santos Niños Justo y Pastor, en Complutum (Alcalá de Henares), Santa Eulalia en Mérida, o Santa Justa y Santa Rufina en Sevilla; y concilios como el ya citado de Ilíberis (de fecha incierta, entre el 300 y el 324, en el primer caso sería anterior a la persecución de Diocleciano, y en el segundo, posterior al Edicto de Milán de Constantino, 313). En sus 81 cánones, todos disciplinares, se encuentra la ley eclesiástica más antigua concerniente al celibato del clero, la institución de las vírgenes consagradas (virgines Deo sacratae), referencias al uso de imágenes (de interpretación discutida), a las relaciones con paganos, judíos y herejes, etcétera. Posiblemente el primer martirio con constancia documental ocurrió el 21 de enero del año 259 en el anfiteatro de Tarraco (Tarragona), donde fueron quemados vivos el obispo Fructuoso y los diáconos Augurio y Eulogio durante la persecución de Valeriano y Galieno). Los cristianos hispanos tuvieron oportunidad de llegar a puestos de responsabilidad en la Iglesia romana: la tradición reivindicada para su patronazgo sitúa en Huesca el lugar de nacimiento de san Lorenzo mártir (diácono romano muerto en 258); incluso un texto apócrifo atribuido a san Donato lo sitúa en Valencia, a donde habría hecho llegar el Santo Grial por orden del papa Sixto II. En 2006 se descubrieron unos polémicos restos arqueológicos (que destacados expertos consideran falsos) hallados en el yacimiento de Iruña-Veleia (cercano a Iruña de Oca, Álava) que parecen representar una escena de calvario, la siglas RIP y otros signos y palabras propias del cristianismo primitivo (de un modo anacrónico e impropiamente utilizadas), de una cronología muy temprana (siglo III), que de ser auténticos los convertirían en los más antiguos no solo de España, sino del mundo, como sigue sosteniendo el director del yacimiento, que insiste en la veracidad de los restos.
Triunfo del cristianismo y decadencia del Imperio
La instauración del cristianismo como única religión oficial del Imperio con Teodosio (380), emperador de origen español, hizo que se extendiera en perjuicio de los cultos «paganos» como pasaron a denominarse. La cristianización de los templos, espacios sagrados y festividades de cultos anteriores produjo un sincretismo en el que pervivieron ritos y divinidades precristianas, sobre todo en la religiosidad popular, que a veces han podido rastrearse. La crisis económica del siglo III produjo un ruralismo de la sociedad y una retracción de las instituciones romanas urbanas, cuyo espacio es ocupado en buena medida por la institución episcopal. La atracción por la vida monástica en el campo tampoco es ajena a los intereses económicos de los latifundios y del emergente modo de producción feudal que sustituye al esclavista, sobre todo en el período siguiente a las invasiones del siglo V. A partir de estos momentos, en medio de la descomposición del Imperio, se produjo la llegada a España de distintas versiones del cristianismo: el arrianismo de suevos y visigodos, y la aportación de una influencia migratoria de acceso más pacífico que llegó por una ruta tan insospechada como la atlántica (diócesis de Bretoña, creada entre Asturias y Galicia por cristianos de Britania que huían de los sajones). Entre la élite intelectual de la época final del Imperio, algunos hispanorromanos se cuentan entre los clásicos cristianos, como Osio (polemista contra Arrio y autor del Credo del Concilio de Nicea, que presidió en 325) o Paulo Orosio (historiador y polemista contra Prisciliano). El mismo Prisciliano, opuesto al papa Dámaso I (también de origen español), abre la larga lista de heterodoxos hispanos que estudió Marcelino Menéndez y Pelayo, como heresiarca del priscilianismo, condenado por los Concilios de Zaragoza (380) y de Burdeos, y posteriormente ejecutado (385), tras soportar uno de los primeros procesos con tortura, que puede considerarse precedente de la Santa Inquisición medieval.

Martirio de Santa Catalina

viernes, 26 de mayo de 2017

Martirio de Santa Eulalia de Mérida

Contaba Eulalia doce años cuando se publicó el decreto del impío emperador Diocleciano prohibiendo rendir culto a Jesucristo –por haber sido ejecutado como enemigo del Estado–, y obligando a los cristianos a ofrecer incienso y sacrificar víctimas a los dioses de Roma. La joven santa hispanorromana se negó a abjurar de su fe y se presentó ante el gobernador Daciano protestando airadamente y diciéndole que se negaba a adorar a los falsos dioses porque las leyes de Roma no estaban por encima de las leyes de Dios y, por tanto, no podían ser obedecidas por los cristianos.
Enfurecido, Daciano ordenó que la insolente niña fuese azotada antes de ejecutarla si no cambiaba de parecer. Según la tradición cristiana, los verdugos dieron comienzo al martirio de la joven santa sometiéndola al primero de los suplicios, que consistía en azotarla con el «flagrum» de correas plomadas. Pareciéndole poco castigo al gobernador, ordenó que también laceraran su cuerpo con barras de hierro rematadas en garfios que, con cada azote, arrancaban pedazos de carne a la víctima.
Viendo el magistrado que la muchacha persistía en su actitud desafiante, ordenó que trajesen aceite hirviente y que lo derramasen en los núbiles senos de la santa. Tal era el enojo del juez, que ordenó que la rociasen con cal viva y que, a continuación, le echasen agua para que así se abrasase. Según la hagiografía oficial, la muchacha no sufrió daño alguno a la conclusión de este suplicio, por lo que mandaron traer una olla llena de plomo derretido. Primero se la enseñaron para disuadirla de su empecinamiento; pero no fue así, y cuando se disponía a recibir el cruel tormento, se solidificó el plomo y sus verdugos se quemaron las manos.
Reconociéndose incapaz de doblegar la férrea voluntad de la niña-mártir, a pesar de los crueles tormentos infligidos, Daciano ordenó que volvieran a azotarla, esta vez con varas de estoraque, y que restregasen sal en sus heridas. Luego mandó que abrasasen su cuerpo con hachones de brea, y que después la metiesen en un horno y que no lo abriesen hasta que el cuerpo de la niña se hubiese reducido a huesos calcinados. Siempre según la tradición católica, la niña salió del horno sin haber recibido daño alguno y cantando himnos y alabanzas a Dios.
Los verdugos tampoco se dieron por vencidos, así que le raparon la cabeza y la pasearon desnuda por las calles y plazas de la ciudad de Emérita-Augusta hasta el lugar de su ejecución. Antes de tumbarla sobre la cruz, le arrancaron todas las uñas de los pies y de las manos. Luego descoyuntaron sus extremidades antes de levantar la cruz, y quemar de nuevo su cuerpo con hachones de brea. Según otras versiones, antes le cercenaron los pechos. Acto seguido, colocaron braseros a su alrededor que chisporroteaban levantando grandes llamaradas que la mártir fue engullendo hasta que de su boca salió una blanca paloma que al instante alzó el vuelo. En ese momento la niña expiró y entregó su espíritu. 
Martirio de Santa Eulalia de John William Waterhouse (1885)

jueves, 31 de diciembre de 2015

Prisciliano de Ávila

Según Próspero de Aquitania, se cree que Prisciliano nació hacia el año 340 en la provincia de Gallaecia, la actual Galicia, en el seno de una familia senatorial. Pero, por las referencias a su origen noble, es probable que estuviese emparentado con la Bética, donde había mayor desarrollo de fundus aristocráticos que en la Galicia romana, aunque otros autores han señalado una mayor importancia de este tipo de latifundios en el noroeste de la península Ibérica de la considerada hasta ahora. En torno al año 370 llegó a Burdigala (Burdeos) para formarse con el retórico Delfidio. A las afueras de esta ciudad fundó una comunidad de tendencia rigorista junto a su mentor y la mujer de éste, Eucrasia. Se le reconoce una relación con la hija de ambos, Prócula, aunque san Jerónimo hace mención a una mujer llamada Gala como su pareja legal. Su principal adversario, Itacio de Ossonoba, atribuye sus conocimientos de astronomía y magia a un tal Marcos de Menfis. Sin embargo, este nombre parece remitir a un mago alejandrino del siglo I citado por san Ireneo en su Adversus haereses. Hacia 379, durante el consulado de Ausonio y de Oliverio, volvió al noroeste peninsular y comenzó su periodo postulante. Sus ideas obtuvieron gran éxito, en especial entre las mujeres y las clases populares, por su rechazo a la unión de la Iglesia con el Imperio y a la corrupción y enriquecimiento de las incipientes jerarquías eclesiásticas. Ante la rápida expansión de sus enseñanzas, Higinio de Córdoba, el sucesor de Osio, envió una carta informando de la situación al obispo de la sede metropolitana de Emerita Augusta (actual Mérida, capital de la Dioecesis Hispaniarum), Hidacio de Mérida. Después de diversas vicisitudes, el obispo Prisciliano fue ejecutado junto a otros compañeros en Civitas Treverorum, actual Tréveris, en 385, por orden del usurpador Magno Clemente Máximo, aunque varios obispos, con Martín de Tours y Juan Crisóstomo a la cabeza, protestaron contra tal decisión. El propio papa Siricio —canonizado tras su muerte— criticó duramente el proceso. La sentencia y la ejecución fueron condenadas por muchos, que se escandalizaron ante el hecho de que un hombre piadoso y entregado a Dios fuera ajusticiado. Esta fue la primera sentencia a muerte por herejía en Occidente.

El conflicto
Itacio de Ossonoba y otros obispos ortodoxos convocaron el Concilio de Caesaraugusta (actual Zaragoza) en 380 con el fin de condenar por heréticas las doctrinas priscilianistas. A este sínodo acudieron dos obispos aquitanos y diez hispanos, lo que parece indicar una fuerte y rápida expansión del movimiento ascético iniciado por Prisciliano. Sin embargo, la ausencia de los dos principales obispos acusados de priscilianistas, Instancio y Salviano, evitó la condena en firme. Las actas dicen que el obispo de Astorga, Simposio —padre de Dictinio, quien años más tarde ocupó esa sede— abandonó el Concilio al segundo día. Este prelado ocupó años después un lugar relevante entre los discípulos del hereje gallego. El obispo Valerio, anfitrión del sínodo, recogió las recomendaciones de Dámaso, obispo de Roma, de evitar la condena in absentia. Poco después estos dos obispos —Instancio y Salviano— elevaron a Prisciliano a la sede vacante de Abula (Ávila). En un intento de acercar posturas, Instancio y Salviano viajaron a Emerita Augusta (Mérida) para entrevistarse con Hidacio, pero tuvieron que huir de una turba de exaltados arengada por el obispo metropolitano. Hubo entonces un nutrido cruce de acusaciones epistolares entre priscilianistas y ortodoxos. Hay que tener en cuenta que la extensión de las enseñanzas de Prisciliano se dio en todos los estratos sociales, incluyendo muchas familias influyentes de casi todas las provincias hispanas. Finalmente, una carta enviada por Hidacio a Ambrosio, obispo de Mediolanum (Milán), donde se encontraba la corte imperial, convenció a éste para obtener un rescripto del emperador Graciano excomulgando y desterrando de sus sedes a Prisciliano y a sus seguidores.
En 382 Prisciliano decidió viajar a Roma para defenderse, pero el obispo de Roma, Dámaso —en plena pugna por obtener la primacía de la sede romana y convertirse, así, en el primer Papa «oficial»—, y también de familia oriunda de Hispania, se negó a recibirle por no considerarse competente para anular un rescripto del emperador. Finalmente fue a Milán, y aprovechó la ausencia de Graciano para convencer a Macedonio su magister officiorum —mayordomo de palacio— de anular el anterior decreto imperial. De este modo regresó a Hispania, reafirmando la situación de su grupo y consiguiendo, de paso, que Itacio fuera acusado de perturbar a la Iglesia. El procónsul Volvencio ordenó la detención del obispo antipriscilianista y éste se vio obligado a huir a Civitas Treverorum (Tréveris), bajo el amparo del obispo Britto. En el año 383 el también hispano Magno Clemente Máximo, gobernador de Britania, cruzó a la Galia al mando de 130.000 soldados haciendo huir al emperador Graciano, a quien finalmente asesinó en una emboscada en los bosques de Lugdunum (Lyon). Sus legiones lo proclamaron augusto de Occidente, pero este nombramiento no fue visto con buenos ojos por Teodosio, también español y augusto de Oriente. Esta situación delicada lo obligó buscar apoyos en la joven Iglesia católica, a su vez necesitada de amparo institucional para enfrentarse a los numerosos movimientos disidentes y heréticos que la asediaban: arrianos, rigoristas, binionitas, patripasianos, novacianos, nicolaítas, ofitas, maniqueos, homuncionitas, catáfrigos, borboritas, o los propios priscilianistas, entre otros.
Según Orosio, en su texto contra Prisciliano, Communitorium de errore Priscillianistarum et Origenistarum, «Prisciliano enseñó que los nombres de los patriarcas corresponden a las partes del alma, y de modo paralelo, los signos del Zodíaco se corresponden con partes del cuerpo». En esa alianza de conveniencia se encuadra el desarrollo posterior de los acontecimientos: la Iglesia oficialista y ortodoxa se enfrenta a un movimiento popular muy extendido por toda la península Ibérica y buena parte de la Galia, y Clemente Máximo desea ofrecer una mano tendida en forma de condena oficial al priscilianismo. Pero la aplicación de una sentencia por herejía conlleva la confiscación por parte del Estado de todos los templos de la secta, lo que no interesa a la jerarquía eclesiástica ni sirve a los intereses del emperador. De este modo se diseña un proceso judicial ad hoc que pretende condenar a los obispos hispanos por maleficium (brujería). Esta sentencia, más favorable a las arcas del nuevo emperador, incluye la confiscación de todas las propiedades personales de los acusados, quienes, recordemos, pertenecen a pudientes familias hispanas, sin afectar al patrimonio eclesiástico. Se convoca, entonces, un nuevo concilio en Burdeos al que deciden acudir Prisciliano y varios de sus seguidores, y en el que se condena de nuevo la herejía priscilianista, pero del que solo se obtiene de facto la deposición de Instancio de su sede. Durante la celebración de este cónclave, una multitud enajenada lapida a Urbica, una discípula de Prisciliano. Éste abandona el cónclave y se dirige al norte, a Tréveris, en la Germania Superior, donde Máximo ha establecido su corte, para convencer al emperador de que tercie a favor de su grupo, sin saber que allí Itacio de Ossonoba ya ha tejido la red que acabará con su vida.
En el año 385 Prisciliano llega a Tréveris, donde es acusado, a través de Evodio, prefecto del emperador, de la práctica de rituales mágicos que incluyen danzas nocturnas, el uso de hierbas abortivas y la práctica de la astrología cabalística. Tras obtener mediante tortura una confesión del mismo Prisciliano, éste es decapitado junto a sus seguidores Felicísimo, Armenio, Eucrasia (la viuda de Delfidio), Latroniano, Aurelio y Asarino. Todos ellos se convierten en los primeros herejes ajusticiados por una institución civil (secular) a instancias de algunos obispos católicos. La mayoría de los obispos católicos de Occidente.

Corpus ideológico del priscilianismo
Prisciliano fundó una escuela ascética, rigorista, de talante libertario, precursora del movimiento monacal, y opuesta a la creciente opulencia de la jerarquía eclesiástica imperante en el siglo IV. Los aspectos más polémicos, en cuestiones formales, son el nombramiento de laicos como «maestros» o «doctores», la presencia de mujeres en las reuniones de lectura de las Escrituras y su marcado carácter ascético. Durante muchos años, las doctrinas defendidas por Prisciliano no fueron conocidas y solamente se sabía de ellas por los ataques y condenas de sus enemigos. Pero en 1885, el erudito Georg Schepss encontró en la biblioteca de la Universidad de Wurzburgo un códice de finales del siglo V, que reproduce once textos de Prisciliano o de los priscilianistas. Cuando Schepss examinó estos escritos priscilianistas, encontró que en gran parte sus puntos de vista estaban basados en Hilario de Poitiers, cuyo método alegórico de interpretación de la Biblia siguen y cuya doctrina y frases a veces reproducen. El teólogo Friedrich Paret, por entonces profesor del Seminario Evangélico de Tubinga, publicó (en alemán) el libro Prisciliano: un reformador en el siglo IV, en el cual considera que Prisciliano fue un precursor de la Reforma protestante.
Menéndez y Pelayo, aunque discrepa de la posición priscilianista dice: «Quizás algún teólogo muy sabio y atento podrá descubrir en estos opúsculos alguna proposición que tenga que ver con las doctrina imputadas de antiguo a Prisciliano; yo no he acertado a encontrar sino el ascetismo más rígido, un gran desdén hacia la sabiduría profana y cierto singular estudio en evitar la acusación de maniqueísmo, acaso por ser la que con más frecuencia se fulminaba contra él». A la vez, Menéndez y Pelayo critica a Prisciliano porque: «Se presenta como un teólogo protestante que no acata más autoridad que la de la Biblia y se guía al interpretarla por los dictámenes de la propia razón».
Las fuentes principales que informan de la particular liturgia del priscilianismo son los cánones promulgados en los sucesivos concilios. En el concilio de Caesaraugusta de 380, por ejemplo, se hace referencia a costumbres indeseables como «mujeres que asisten a lecturas de la Biblia en casas de hombres con quienes no tienen parentesco; el ayuno dominical y la ausencia de las iglesias durante la cuaresma; la recepción de las especies eucarísticas en la iglesia sin consumirlas de inmediato; el apartamiento en celdas y retiros en las montañas; andar descalzos (nudis pedibus incedere)». Sus reuniones, frecuentemente nocturnas, en bosques, cuevas o en villae alejadas de las ciudades, y con el baile como una parte importante de la liturgia, incluían a hombres y a mujeres. Prisciliano, en sus rituales litúrgicos, sustituyó la consagración oficial con pan y vino por leche y uvas; acogió a las mujeres y los esclavos en las sesiones de lectura de textos bíblicos, incluyendo los apócrifos.
Prisciliano intentó la Reforma del clero a través del celibato y la pobreza voluntaria, y posteriormente amplió la Reforma a todos los fieles. Abogó por la interpretación directa de los textos evangélicos, planteando el principio del libre examen. Exigió que la Iglesia volviera a unirse a los pobres. Enfatizó el estudio de los símbolos y la superación del literalismo en la interpretación de la Biblia.
El literalismo bíblico —también denominado fundamentalismo bíblico— es la interpretación de los versículos de la Biblia de una manera explícita y primaria. La interpretación literal de la Biblia es propia de un análisis hermenéutico de las escrituras fundamentalista y evangélico, y es utilizada casi exclusivamente por cristianos conservadores según la filosofía de Hans–Georg Gadamer, es la teoría de la verdad y el método que expresa la universalización del fenómeno interpretativo desde la concreta y personal historicidad. La interpretación literal no hace hincapié en el aspecto referencial de las palabras o términos en el texto, significa una negación completa de los aspectos literarios, el género, o las figuras literarias —por ejemplo: la parábola, la alegoría, el símil o la metáfora—. Sin embargo, el literalismo no conduce necesariamente a una sola interpretación de cualquier pasaje bíblico.
No es fácil separar las aserciones genuinas de Prisciliano de las atribuidas a él por sus enemigos, ni de las que posteriormente hicieron grupos que fueron etiquetados como «priscilianistas». Para lograr su condena, fue acusado de usar magia —delito capital castigado por la ley romana—, de reuniones nocturnas con mujeres, gnosticismo y maniqueísmo, y posteriormente de negar que las tres personas de Dios son distintas y con ello negar el misterio de la Trinidad. Incorporó el concepto del emanantismo, doctrina panteísta según la cual todas las cosas proceden de Dios por emanación: el alma «surge» de una especie de almacén y debe descender hasta el mundo terrenal, donde es corrompida por el diablo. Este origen divino del alma, junto con la concepción sabeliana del dogma de la Trinidad, son los principales motivos de controversia teológica con los sectores más ortodoxos de la Iglesia.
Tras la ejecución de Prisciliano, un movimiento de sus seguidores se mantuvo en vigor durante al menos dos siglos más, sobre todo en Galicia, como lo demuestran los sucesivos concilios convocados para tratar el tema. Inmediatamente después del proceso de Tréveris, Magno Clemente Máximo envía dos comisarios a Hispania para depurar las sedes episcopales de todo rastro de priscilianismo, iniciándose una cadena de ejecuciones y deportaciones que acabaron por despertar las iras de sectores de la iglesia ortodoxa descontentos con el curso que estaban tomando los acontecimientos. Martín de Tours, Jerónimo en Roma y Ambrosio en Milán, representaban un sector, dentro del cuadro de ortodoxos nicenos leales a Roma, que se había opuesto desde un principio a la injerencia seglar en asuntos eclesiásticos, y a condenar y ejecutar a los herejes. Son estos padres de la Iglesia, en especial Martín de Tours, quienes detienen el desproporcionado movimiento itaciano, denominado así por su principal impulsor, Itacio, el obispo de Ossonoba. En Oriente, Juan Crisóstomo advirtió: «Condenar a muerte a un hereje supondría desencadenar en la tierra una guerra sin cuartel». San Agustín de Hipona, sin embargo, fue uno de los padres de la Iglesia más activos contra el priscilianismo.
En el año 388 Magno Clemente Máximo es derrotado y decapitado por Teodosio, y la situación da un vuelco hasta el punto de que el propio Itacio es excomulgado en el 389 por su implicación directa en el juicio secular contra Prisciliano. Ese mismo año, según Sulpicio Severo, varios discípulos de Prisciliano viajan hasta Tréveris con el permiso de Roma para exhumar los restos de su maestro y llevarlos a su tierra natal en el noroeste de Hispania. A la cabeza de esta delegación se encuentra Dictinio, autor de uno de los pocos opúsculos priscilianistas de los que se conoce su existencia, aunque no se conserva ningún ejemplar. De ese libro, titulado Libra, se conservan tan solo referencias indirectas en la obra Contra mendacium de san Agustín de Hipona. Refiere este autor que los priscilianistas consideran lícito mentir para proteger su existencia, hasta el punto de que se recoge un santo y seña mediante el que se reconocen: Iura, periura, secretum prodere noli (juramento de inviolabilidad de los secretos del grupo, aun a costa de mentir). En el año 396 se convoca un Concilio en Toledo en el que los seguidores de Prisciliano abjuran de sus ideas y declaran «haber abandonado los errores de la secta», pero la constatación de la pervivencia de costumbres priscilianistas, tales como la consagración de la eucaristía con leche y uvas, el ayuno, la presencia de clérigos con el pelo largo, etcétera, obliga a la celebración de un nuevo concilio en Toledo en el año 400. En este sínodo se asegura que once de los doce obispos de Galicia eran priscilianistas. El único obispo no priscilianista era el de la diócesis de Bretoña, no hispana, sino bretona.
Huyendo de los invasores sajones y jutos, entre los siglos IV y V miles de celtas de la provincia romana de Britania, bajo el mando del obispo Maeloc, cruzan a la península de Armórica, en la Galia, y a Galicia, fundando la provincia–obispado de Bretoña. Un par de siglos después será también un monje bretón, Pelagio, el que anuncie el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago. Las actas de ese concilio de Toledo del año 400, recogen el testimonio de abjuración de su herejía de Simposio, su hijo Dictinio y el presbítero Comasio.
Tras la muerte de Clemente Máximo, Teodosio se proclama único augusto de Oriente y Occidente; pero su muerte en el 395 deja de nuevo el Imperio dividido entre sus dos hijos. Al mayor, Arcadio, le corresponden los territorios orientales y al joven Honorio, con apenas once años, el Imperio de Occidente, tutelado por el general Estilicón, de origen vándalo. El movimiento priscilianista se ha ido transformando en este tiempo, por fuerza de la persecución, en una sociedad secreta, que ejerce el suficiente poder en el noroeste de Hispania para que el papa Inocencio I decrete la Regula fidei contra omnes hereses, maxime contra Priscillianistas en el año 404. Entre las filas del movimiento priscilianista algunos autores han incluido a Baquiario, un monje itinerante que vivió a finales del siglo IV y principios del V, y a Egeria, autora de la primera crónica de viajes a Tierra Santa del cristianismo primitivo escrita por una mujer. En el año 409 el emperador de Occidente, Honorio, define su política decantándose en contra del movimiento priscilianista, condenando a sus seguidores a perder sus bienes y derechos civiles, y llegando a imponer multas a los funcionarios civiles remisos a perseguir la herejía.
Al tiempo que los bárbaros invadían el Imperio de Occidente, el emperador empleaba buena parte de su tiempo en dirimir cuestiones teológicas. A pesar de todo, el priscilianismo sobrevivirá en el noroeste de la península Ibérica, sobre todo en el entorno rural, y al amparo de la ruptura política con Roma. A mediados del siglo V, san Toribio, obispo de Astorga, se aplicó a arrebatar de manos de los fieles todos los libros priscilianistas y, comprendiendo que todavía este remedio era ineficaz, remitió al papa León I el Communitorium, una enumeración de los errores consignados en los libros apócrifos, y el Libellus, donde refutaba el priscilianismo. San León aconsejó la celebración de un concilio en Toledo, o un sínodo de obispos gallegos, si lo anterior fuese imposible por el estado de independencia política de buena parte de Hispania respecto a Roma. Se convocó el sínodo de Aquis Caelenis (actual Caldas de Reyes), donde los heterodoxos, aún aparentando admitir la Assertio fidei, perseveraron en sus doctrinas y prácticas. Finalmente, el primer Concilio de Braga (561) vuelve a hacer referencia al problema, condenándose en siete de sus diecisiete cánones las proposiciones priscilianistas. El segundo Concilio de Braga, celebrado varios años después, aún refleja en sus actas alusiones a la secta priscilianista, e incluso aparece una alusión en el cuarto Concilio de Toledo (683), en el que se condena, como lacra priscilianista, el «delirante pecado» de no cortarse el pelo la clerecía gallega.

¿Se halla la tumba de Prisciliano en Santiago de Compostela?
En el año 813 un ermitaño llamado Pelagio comunica a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, que en el bosque de su diócesis se ven unas luces extrañas. El obispo referirá después a Alfonso II el Casto, rey de Asturias, que buscando el origen de las luces halló un sepulcro, que no duda en atribuir inmediatamente al apóstol Santiago. La noticia del singular hallazgo se hace oficial con el papa León III.

En 1900 el hagiógrafo Louis Duchesne publica en la revista de Toulouse Annales du Midí un artículo bajo el título «Saint Jacques en Galice» en el que sugiere que el que realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, basándose en el viaje que sus discípulos hicieron con los restos mortales del hereje hasta su tierra natal. Posteriormente, los académicos españoles Sánchez–Albornoz y Unamuno, se hacen eco de esta hipótesis que ha pasado a convertirse en una hipótesis muy popular, y alternativa a la tradición católica. Oponiéndose a esta teoría, monseñor guerra Campos indica la existencia de un lugar que podría ser el lugar de enterramiento de Prisciliano: Los Martores, perteneciente a la parroquia de San Miguel de Valga, en la provincia de Pontevedra. Allí hay una ermita en cuyo interior han aparecido sarcófagos antropoideos tallados en piedra que bien pudieran pertenecer al siglo IV. La teoría de guerra Campos se basa en la denominación popular con la que se conoció a los discípulos ajusticiados en Tréveris, hasta mucho tiempo después de su muerte: «Los mártires» (en gallego dialectal Os mártores), siendo éste el único topónimo de estas características en toda Galicia. Una última teoría, planteada por Celestino Fernández de la Vega, establece el posible lugar de enterramiento de Prisciliano en Santa Eulalia de Bóveda, localidad próxima a Lugo. Entre tanto, los intentos de relacionar la tumba de Santiago en Compostela con Prisciliano siguen produciéndose.