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jueves, 8 de febrero de 2018

Los musulmanes en la península Ibérica

En el siglo VII, los musulmanes habían comenzado una rápida conquista en la que ocuparon Oriente Medio y el norte de África, llegando a la península Ibérica a principios del siglo siguiente, en el marco del último proceso expansionista del Califato omeya de Damasco. A principios del siglo VIII el Reino visigodo de Toledo se encontraba sumido en constantes luchas internas, la toma del poder del último rey godo Roderico provocó que sus rivales llamasen al líder musulmán Tarik ibn Ziyad que inició la conquista de la península Ibérica entrando por Gibraltar. En el año 711 las tropas del Califato omeya, compuestas por árabes y bereberes, cruzaron el estrecho de Gibraltar dirigidos por Tarik, lugarteniente del gobernador del norte de África, Musa ibn Nusayr. En principio Tarik se atrincheró en el Peñón a la espera de la llegada del grueso de sus tropas. Solo entonces inició su ofensiva con la toma de Carteya (Cádiz), después de lo cual se dirigió al oeste e instaló su base de operaciones en Algeciras. Ese mismo año Tarik venció a los visigodos en la batalla de Guadalete, y tras dar remate a lo que quedaba del ejército enemigo en Écija, emprendió una rápida conquista, primero en dirección a Toledo, y posteriormente hacia Caesaraugusta (Zaragoza). Hacia el 718 la península Ibérica, salvo las zonas montañosas del norte habitadas por vascones, cántabros y astures, estaba en manos del Califato omeya. A partir de 716 la Península fue dirigida desde Córdoba, por un gobernador (wali) nombrado por el califa de Damasco. Los primeros gobernadores, además de organizar el estado islámico y asentar a inmigrantes árabes, sirios y sobre todo bereberes, llevaron a cabo expediciones contra el Reino franco hasta que después de la batalla de Poitiers en 732, los francos emprendieron diversas campañas que culminaron con la expulsión de los musulmanes de todas las tierras situadas al norte de los Pirineos hacia el 759. Inicialmente, en los territorios de Andalucía, los musulmanes respetaron a la población cristiana y judía, y, aunque no formaran parte de la Uma o comunidad islámica, quedarían protegidos, tendrían sus jueces y conservarían sus ritos. Estas circunstancias motivaron una política de pactos de capitulación donde muchos aristócratas visigodos pudieron conservar propiedades e incluso cierto grado de poder mediante nuevas fórmulas, como es el caso de Teodomiro, gobernador de la Cartaginense, que tras un acuerdo gobernó a título de rey un territorio cristiano visigodo autónomo dentro de Andalucía, denominado kora de Tudmir. Este hecho, unido a que una parte de la población, cristianos y hebreos sobre todo, vieran con buenos ojos el nuevo poder musulmán que los libraba de la dura opresión que los visigodos habían ejercido contra ellos, podría explicar la rapidez de la conquista musulmana. La composición social de Andalucía fue muy compleja y varió a lo largo de su historia; por un lado se encuentran los que pertenecían a la comunidad islámica, Uma, que se dividían en libres y esclavos, y étnicamente en árabes, sirios, bereberes, muladíes —cristianos convertidos al Islam y sus descendientes—, saqalibas (de origen eslavo y que podían ser esclavos o libres), y también esclavos negros procedentes de África, aunque éstos nunca llegaron a constituirse en un grupo social diferenciado. Entre los que no pertenecían a la Uma estaban los judíos y los mozárabes, cristianos que convivían con los musulmanes de Andalucía. En el 750, la familia de los abasidas o abasíes, desplaza a los Omeyas del poder en Damasco, matando a todos sus miembros excepto a Abderramán I, y trasladan el centro de poder a Bagdad.
Emirato de Córdoba (756–929)
En 756 Abderramán huye a la península Ibérica y consigue que ésta se separe del poder de Bagdad, haciendo que Córdoba se convirtiera en un Emirato independiente. En la segunda mitad del siglo IX se erige la alcazaba de Majerit como defensa de Toledo. La creación de los reinos de Asturias y de Pamplona, y de diversos condados en la zona pirenaica por parte de los francos, a finales del siglo VIII, representó la primera reducción del territorio de Andalucía. Hasta el siglo XI, las fronteras entre Andalucía y los estados cristianos del Norte, experimentaron pocas variaciones aunque las guerras entre ellos fueron frecuentes. El estado andalusí estaba dirigido por visires (ministros) bajo la dirección del hagib, el de mayor rango entre ellos. También se formó un ejército profesional compuesto por mercenarios. En la época del Emirato y, sobre todo, del Califato, el territorio hispanomusulmán se organizó en seis grandes regiones (nabiya), tres interiores y tres fronterizas, todas con sus respectivos coras. Las demarcaciones o regiones interiores eran: Al-Gharb, que abarcaba la actual provincia de Huelva y el sur de Portugal; Al–Mawsat o tierras del Centro, que se extendía por los valles del Guadalquivir y del Genil, más las zonas montañosas de Andalucía y el sur de la Meseta; es decir, la antigua provincia romana de la Bética; y Al-Sharq o tierra de Oriente, que abarcaba el arco mediterráneo, desde la actual provincia de Murcia hasta Tortosa. Entre estas demarcaciones y los reinos cristianos se situaban las tres Marcas: al–Tagr al–Ala o Marca Superior (Zaragoza); al–Tagr al–Awsat o Marca Media (Toledo); y la al–Tagr al–Adna o Marca Inferior (Mérida). Estas Marcas continuaron hasta la aparición de los reinos de Taifas. Cada Cora tenía atribuido un territorio con una capital, en la que residía un walí o gobernador, que habitaba en la parte fortificada de la ciudad, o alcazaba. En cada Cora había también un cadí o juez. Las Marcas o thugur, en cambio, tenían a su frente un jefe militar llamado qa’id, cuya autoridad se superponía a las autoridades de las coras incluidas en la marca. Algunos autores consideran que las coras son herederas de las anteriores demarcaciones béticas. La demarcación suponía el ejercicio de determinados poderes políticos, administrativos, militares, económicos y judiciales. La Cora, como demarcación base, se usó prácticamente durante toda la existencia de Andalucía, aunque solo se dispone de información completa en la época del Califato de Córdoba. Algunos autores cifran en cuarenta el número total de coras que llegó a haber en Andalucía, y otras fuentes establecen que su número (excluidas las pertenecientes a alguna de las Marcas) rondaría las 21–23 demarcaciones. Las coras, a su vez, estaban divididas en demarcaciones menores, llamadas iqlim, que eran unidades de carácter económico–administrativo, cada una de ellas con un pueblo o castillo como cabecera. En los primeros tiempos de la dominación musulmana, dentro de cada cora se establecieron los poblados en torno a castillos, denominados hisn, que actuaban como centros organizativos y defensivos de un ámbito territorial denominado Yûz. Esta estructura administrativa se mantuvo invariable hasta el siglo X, en que los distritos se modifican, aumentando su tamaño. En otros momentos históricos, la organización en coras se sustituyó por otro tipo de demarcaciones, como la taha, propia del reino nazarí de Granada.
El arte en la época almohade
El retorno a la austeridad más extrema condujo, incluso de forma más rápida que en el caso de sus predecesores, los almorávides, a uno de los momentos artísticos de mayor esplendor, de manera particular en lo que atañe a la arquitectura. El arte almohade continuó la estela almorávide consolidando y profundizando en sus tipologías y motivos ornamentales. Construían con los mismos materiales: azulejos, yeso, argamasa y madera. Y mantuvieron, como soporte, los pilares y los arcos utilizados en el período anterior. Sus mezquitas siguieron el modelo de la mezquita de Tremecén, con naves perpendiculares al muro de la qibla. La arquitectura palaciega introduce los patios cruzados que ya habían hecho su aparición en Medina Azahara, pero que es, en estos momentos, cuando adquieren su mayor protagonismo. Su mejor testimonio se halla representado en el Alcázar de Sevilla. Este esquema será aplicado, asimismo, en los patios nazaríes y mudéjares. Otra novedad consiste en la colocación de pequeñas aberturas o ventanas cubiertas con celosías de estuco que dan acceso a una estancia y que permiten, de este modo, su iluminación y ventilación. La arquitectura militar experimenta un enriquecimiento tipológico y se perfecciona su eficacia defensiva que tendrá gran trascendencia, incluso para el ámbito cristiano. Aparecen complejas puertas con recodos a fin de que los atacantes, al avanzar, dejen uno de sus flancos al descubierto; torres poligonales para desviar el ángulo de tiro; torres albarranas separadas del recinto amurallado pero unidas a él por la parte superior mediante un arco, lo cual permite aumentar su eficacia defensiva respecto a una torre normal, como la Torre del Oro de Sevilla; muros reforzados que discurren perpendiculares al recinto amurallado con objeto de proteger una toma de agua, una puerta, o evitar el cerco completo; barbacanas o antemuros y parapetos almenados. En el terreno decorativo aplicaron un repertorio caracterizado por la sobriedad, el orden y el racionalismo, lo que se traduce en la aparición de motivos amplios que dejan espacios libres en los que triunfan los entrelazados geométricos, las formas vegetales lisas y lo más novedoso: la sebqa. Otra decoración arquitectónica que aparece en este alminar y en la mezquita de Qutubiya, es la cerámica, en la que se aplica la técnica del alicatado; es decir piezas recortadas que, combinadas entre sí, componen un motivo decorativo. En otras ocasiones estas manifestaciones artísticas unen el carácter ornamental con el funcional. Las obras de arte de esta época están peor representadas a causa de la confusión existente entre los diferentes períodos artísticos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con los tejidos, que no se distinguen fácilmente de los mudéjares: acusan una práctica ausencia de motivos figurativos en tanto que aumenta la decoración geométrica y epigráfica a base de la repetición insistente de palabras árabes como «bendición» y «felicidad». En cuanto a elementos metálicos, destacan los aguamaniles que representan figuras de animales decoradas con incisiones vegetales cinceladas.
El arte nazarí
Este es el estilo surgido en la época tardía de Andalucía en el reino nazarí de Granada. Los dos paradigmas del mismo lo constituyen los palacios de la Alhambra y el Generalife. La arquitectura militar desarrolla los mismos sistemas generados que en la época anterior, dotándola de una mayor complejidad. La arquitectura palaciega emplea dos tipos de organización de patios: uno el patio mono axial, patio de los Arrayanes o de la Alberca, y otro, el patio cruzado, patio de los Leones. Las estancias vinculadas a ellos responden, nuevamente, a dos tipologías: una alargada en cuyos extremos están las alcobas, y otra cuadrada rodeada por las habitaciones, por ejemplo, la Sala de la Barca y la Sala de las Dos Hermanas. Los escasos vestigios de arquitectura religiosa permiten pensar en mezquitas que siguen el modelo almohade, con naves perpendiculares al muro de la qibla. Quizá la única novedad destacable provenga del hecho de la utilización de columnas de mármol cuando el edificio es de cierta relevancia. En cuanto al repertorio ornamental utilizan una profusión decorativa que disimula la sencillez de los materiales, emplean desde zócalos alicatados y yeserías de estuco, a decoración pintada como la que se conserva en la bóveda de la Sala de los Reyes. Es característica la columna de fuste cilíndrico y el capitel de dos cuerpos, uno cilíndrico decorado con bandas y otro cúbico con ataurique. Los arcos preferidos son los de medio punto peraltado y angrelados. Las techumbres de madera alternan con bóvedas mocárabes realizadas con estuco como los de la Sala de las Dos Hermanas o la de los Abencerrajes. Asimismo, a los motivos ornamentales habituales (geométricos, vegetales y epigráficos), se une el escudo nazarí que será generalizado por Mohamed V. En las artes suntuarias destacan las cerámicas de reflejos metálicos y los tejidos de seda a los que pueden añadirse los bronces, las taraceas y las armas. La cerámica de lujo, conocida como de «reflejo metálico» o «losa dorada» se caracteriza por someter, la última cocción, a fuego muy bajo de oxígeno y menor temperatura. Con este procedimiento la mezcla de sulfuro de oro y cobre empleada en la decoración llega a la oxidación reduciendo el brillo metalizado. Era frecuente, también, añadir óxido de cobalto con lo que se conseguían unos tonos azules y dorados. Los tejidos se caracterizaban por su intenso colorido así como por los motivos, idénticos a los empleados en la decoración arquitectónica.

Guerrero castellano del siglo XII

viernes, 18 de agosto de 2017

La expulsión de los judíos de España en 1492

La conversión forzosa de los judíos en 1492 supuso una tragedia humana para miles de españoles de este credo que se vieron obligados a salir de la Península. Sin embargo, el paso de los siglos llevó a deformar un acontecimiento que otros países habían llevado a cabo anteriormente con mayor brutalidad, como demuestra que la mayoría de los afectados por el edicto de Granada fueran descendientes de los expulsados siglos antes en Francia e Inglaterra. Y esa misma Europa antisemita que había celebrado en su momento la decisión de los Reyes Católicos –la Universidad de la Sorbona de París transmitió a los monarcas sus felicitaciones por «aquel símbolo de modernidad»–, fue la que en el siglo XIX dio una versión exagerada y falseada del episodio donde los españoles aparecieron como unos fanatizados católicos que se condenaron para siempre a la decadencia por razones religiosas. Suele obviase que el Papado impuso esa expulsión, y que esa institución disfrutaba en la Edad Media de un poder omnímodo y muy superior al que hoy puedan detentar la Comisión Europea o Naciones Unidas. Las bulas papales eran de obligado cumplimiento, bajo pena de excomunión, lo que equivalía a deslegitimar a un monarca. Las corrientes de racismo científico surgidas en el siglo XIX retomaron esta idea de que los españoles eran una raza inferior y degenerada por la contaminación semita y por el mestizaje con los pueblos indígenas americanos. La historiografía del siglo XIX mostró dos visiones en apariencia contradictorias sobre la Expulsión de los judíos de España en 1492. En los siglos XIX y XX el antisemitismo en la Leyenda Negra española se expresó en dos vertientes, una nueva y otra vieja. La vieja era bien conocida desde los tiempos de la presencia española en Nápoles y Sicilia, donde los italianos, y luego otras naciones europeas, habían calificado a los españoles de «marranos» por los muchos siglos en que cristianos, musulmanes y judíos habían convivido en paz en la Península. Para Lutero, Voltaire y otros pensadores nadie había más semita en Europa que los españoles por haber mezclado su sangre con moros y judíos. Es más, para Lutero, uno de los padres de la Iglesia protestante, judío y español eran una misma cosa. Y todavía hoy se acusa a los españoles de ser moros, de ahí su decadencia, argumentan los protestantes y los supremacistas blancos que no consideran a los españoles parte de la «raza blanca». Las corrientes de racismo científico surgidas en el siglo XIX, donde los anglosajones ocupaban la cima de las razas, retomaron esta idea de que los españoles eran una raza contaminada a causa del mestizaje practicado en la Península con moros y judíos, y en América con los pueblos indígenas lo que explicaba, en su opinión, la decadencia del Imperio en ultramar y, por extensión, de España.
Por otro lado, una nueva vertiente de la Leyenda Negra emanó directamente del liberalismo. Según esta visión, fue la intolerancia de los españoles para con los judíos el origen de todos sus males y su ruina económica. Esta teoría que apareció hacia 1836, muy vinculada a los movimientos judíos de emancipación en Reino Unido, fue defendida por William Prescott y Washington Irving, entre otros iluminados. No en vano, esta visión deformada del acontecimiento bebía de la llamada Ilustración judía (la Haskalá), que defendía la integración de los judíos en las sociedades en las que vivían, y utilizó su expulsión de España en 1492, como la prueba irrefutable de que las salidas forzosas de hebreos podían arruinar las economías de un país. Una afirmación que tenía su antecedente directo en la literatura apocalíptica sefardita (la comunidad de los judíos españoles expulsados) que proclamó como castigo devino la supuesta ruina de España tras su salida y dentro de su literatura, cualquier contratiempo sufrido por el Imperio español fue interpretado como un castigo de Yahvé por la expulsión y maltrato de los judíos. La muerte de los hijos de Isabel la Católica y el fiasco de la Armada Invencible casi un siglo después, entre otras desgracias, eran a ojos sefarditas una intervención de Yahvé para vengar a su pueblo. Esto caló en la sociedad española y se fue desarrollando un sentimiento antijudío provocado por estas absurdas afirmaciones de los descendientes de los sefarditas. La salida de la única gente con talento para las ciencias y el comercio lastró el crecimiento de España y condenó al Imperio de ultramar a su destrucción, según esta visión apocalíptica de los sefarditas.
La idea de que España se desinfló a partir de la expulsión de los sefarditas parte de la cuestionable premisa de que la época anterior a la expulsión fue de un gran esplendor para Castilla y de que los judíos habían contribuido a la grandeza de los Reinos hispánicos de forma decisiva. Pero esto es falso, dado que los judíos ya no constituían una fuente de riqueza relevante en Castilla y Aragón, ni como banqueros ni como arrendatarios de tierras o mercaderes que desarrollasen el comercio a nivel internacional. Su influencia había menguado mucho en el último siglo. España entró en colapso financiero tras la guerra de los Treinta Años (1618-1648) por múltiples cuestiones políticas y financieras, entre ellas unos gastos militares inabordables y una fiscalidad disparatada en Castilla a causa de la guerra, que soportó sola los dispendios, pero no por la expulsión dos siglos antes de una población minoritaria. Lo que ahora sabemos demuestra que la España del siglo XVI no era una nación económicamente atrasada, todo lo contrario: en tiempos de Carlos I el oro español procedente de América soportó la política continental de los Habsburgo en sus estados de Europa, sobre todo en el Milanesado, Alemania y Austria. En términos estrictamente demográficos y económicos, y prescindiendo de los aspectos humanos, la expulsión no supuso para España ningún deterioro sustancial, sólo una crisis pasajera, rápidamente superada. En este sentido, la economía española no se derrumbó en 1492 a raíz de la expulsión de los sefarditas, sino que precisamente coincidió con los enormes beneficios que el descubrimiento y colonización de América aportaron a Castilla. Asimismo, la cifra real de los que llegaron a salir de la Península fue muy inferior a la proclamada por la Leyenda Negra y, de hecho, la expulsión afectó sobre todo a las clases más bajas, a los que menos tenían que perder si no se convertían al cristianismo. En tiempos de los Reyes Católicos, los judíos representaban el 5% de la población de sus Reinos con cerca de 200.000 personas. De todos estos afectados por el edicto, 50.000 nunca salieron de la Península pues se convirtieron al cristianismo y una tercera parte regresó a los pocos meses alegando haber sido bautizados en el extranjero. Algunos historiadores han llegado a afirmar que sólo se marcharon definitivamente 20.000 habitantes, entre los cuales no estaban aquellos calificados como «talentos de las ciencias y el dinero», que en su mayoría aceptaron la conversión. Paradójicamente, otra expulsión masiva un siglo después de la que afectó a los judíos, sí tuvo un impacto económico cuantificable. La expulsión en 1609 de los cerca de 300.000 moriscos que habitaban en la península Ibérica afectó gravemente a la economía de algunos territorios. La expulsión de un 4% de la población perteneciente a la masa trabajadora, pues no había entre ellos nobles, hidalgos ni soldados, supuso una merma en la recaudación de impuestos en las zonas más afectadas: se estima que en el momento de la expulsión un 33% de los habitantes del Reino de Valencia eran moriscos. Los efectos despobladores duraron décadas y causaron un vacío importante en el artesanado, producción de telas, comercio y en el campesinado. A ello había que añadir que en 1609 la hacienda castellana sí estaba sumida en una crisis económica asfixiante, a diferencia de la pujanza que estaba por venir a partir de 1492. Si bien los perjuicios económicos en Castilla no fueron evidentes a corto plazo, la despoblación causada por la salida de los moriscos agravó la crisis demográfica de este Reino que se mostraba incapaz de generar por sí solo la población requerida para colonizar y explotar económicamente el Nuevo Mundo, y para aportar tropas a los ejércitos de los Habsburgo, donde los castellanos eran su élite militar. Antes, la escasa tasa de natalidad también retrasó considerablemente la Reconquista: sencillamente no había cristianos suficientes para repoblar los territorios ganados a los moros. 

La toma de Granada por los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492

martes, 25 de julio de 2017

Los almohades desembarcan en Andalucía

La disgregación del Califato en múltiples Taifas hizo evidente que sólo un poder político centralizado y unificado podía resistir el avance de los reinos cristianos del Norte. Así, la conquista de Toledo en 1085 por parte de Alfonso VI de Castilla anunciaba la amenaza cristiana de acabar con los reinos musulmanes de la península Ibérica. Ante tal situación, los reyes de las Taifas pidieron ayuda al sultán almorávide del norte de África, Yusuf ibn Tasufin, el cual se estableció en Algeciras y no sólo derrotó al rey castellanoleonés en la batalla de Zalaca (1086), sino que conquistó progresivamente todas las Taifas. Pero su brutal ocupación militar terminó en fracaso al resistir los castellanos la toma de la emblemática capital visigoda de Toledo. La crisis del imperio almorávide viene marcada por la pérdida de Zaragoza en 1118, ocupada por Alfonso I de Aragón. Los primeros indicios del malestar andalusí contra los almorávides se produjeron en Córdoba en 1121, cuando la población se rebeló contra éstos, sólo la intervención de los fakih pudo evitar un baño de sangre. Otras rebeliones se produjeron en distintas ciudades andaluzas y a partir de 1140 el poder almorávide empieza a decaer en el norte de África por la presión almohade. A la Península llegan esas noticias. En 1144 un sufí, Ibn Quasi, inicia un movimiento antialmorávide y surgen los llamados segundos reinos de Taifas. Los almohades desembarcaron en 1145 en la península Ibérica y trataron de unificar las Taifas utilizando como elemento de propaganda su agresión a los reinos cristianos y la defensa de la pureza de la religión islámica. Los almohades eran fanáticos religiosos, y en poco más de treinta años lograron forjar un poderoso imperio que se extendía desde Santarém (centro de Portugal) hasta Trípoli (Libia), y detuvieron el avance de la Reconquista cristiana cuando derrotaron a las tropas castellanas en 1195 en la batalla de Alarcos. A pesar de los esfuerzos de sus gobernantes, la dinastía almohade tuvo problemas desde un principio para dominar todo el territorio musulmán en la Península, en especial Granada y Levante. Por otro lado, algunas de sus posturas más radicales fueron mal recibidas por la población musulmana de Andalucía, ajena a muchas tradiciones bereberes que éstos quisieron imponer por la fuerza. La gran victoria cristiana en la decisiva batalla de Las Navas de Tolosa (1212) marca el comienzo del fin de la brutal dominación almohade, no sólo por el resultado del choque en sí mismo, sino por la subsiguiente muerte del califa Al-Nasir y las luchas sucesorias que se produjeron, y que hundieron el Califato almohade en el caos político dando lugar a los terceros reinos de Taifas peninsulares. A mediados del siglo XIII la Andalucía árabe quedó reducida al Reino nazarí de Granada. En el año 1238, entra en la ciudad Mohamed I ibn Nasr conocido también como Al-Ahmar el Rojo. Es el fundador de la dinastía nazarí (que tuvo veinte sultanes granadinos) y fue el fundador del Reino de Granada que, si bien al principio, confraternizó con los reyes castellanos, tuvo que convertirse, pasado el tiempo, en vasallo y tributario de los mismos a fin de mantener su independencia. En las últimas décadas de la dinastía nazarí de Granada, el Reino estuvo dividido por una guerra civil a tres bandas que enfrentó a Al-Zagal, Muley Hacen hermano de Al-Zagal, y a su hijo Boabdil. El último rey de la dinastía nazarí fue Boabdil (Abu Abd-Allah). Su derrota en 1492 por los Reyes Católicos puso fin a la Reconquista cristiana en España, proceso que comenzó en el siglo VIII con don Pelayo y la mítica batalla de Covadonga. El reino de Granada fue anexionado a la Corona de Castilla.


jueves, 20 de julio de 2017

Navas de Tolosa: la batalla de los Tres Reyes librada en 1212

El grueso de los ejércitos contendientes en Las Navas se avistan el viernes 13 de julio y, después de algunas escaramuzas durante el fin de semana, el lunes 16 atacan las hordas agarenas. Los cristianos se dispusieron en tres cuerpos de ejército. En el centro se situó la vanguardia de las huestes del señor de Vizcaya, don Diego López de Haro, compuesta por quinientos caballeros, lo que incluía su mesnada señorial además de algunos caballeros cistercienses, occitanos al mando del arzobispo Arnaldo de Narbona, montañeses leoneses, voluntarios portugueses y otros caballeros jóvenes. En el flanco izquierdo se colocó el rey Pedro II de Aragón, y al frente de su vanguardia estuvo su sobrino Nuño Sánchez –que fue armado caballero antes de la batalla– y García Romeo. En el centro de la formación se situaron los caballeros de las órdenes militares (santiaguistas, templarios, hospitalarios, calatravos comandados por Pedro Arias, Gómez Ramírez, Gutiérrez Ramírez y Rodrigo Díaz de Yanguas respectivamente), junto con otras mesnadas de señores feudales castellanos y milicias de los concejos de Toledo, Valladolid, Soria o Cuenca entre otras. Fueron dirigidos por Gonzalo Núñez, de la Casa de Lara. Otros señores de Castilla destacados fueron el portaestandarte del rey de Castilla, don Álvaro Núñez y don Fernando Núñez, el mayor de los tres hijos de Nuño Pérez de Lara, presentes todos ellos en la refriega. También estuvieron allí Rodrigo Díaz, del ilustre linaje de los Cameros, que comandó el flanco derecho del cuerpo central, donde luchó su hermano Álvaro Díaz. De los Girón destaca el mayordomo real Gonzalo Ruiz, que combatió al lado de sus hermanos Pedro, Nuño y Álvaro. Todo el flanco izquierdo lo ocupó, dividido en vanguardia, medianera y retaguardia, el ejército real de Pedro II de Aragón, reforzado por peones, infantería y ballesteros, y las milicias de otros señores aragoneses. El flanco derecho del ejército lo sostuvo Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra (llamado así por su gran envergadura) con los caballeros navarros y las milicias castellanas de Ávila, Segovia y Medina del Campo, entre otras fuerzas. Entre las potestades que componían su séquito se citan –aunque en crónicas castellanas tardías– su alférez Gómez Garceiz de Agoncillo, García Almoravid, Pedro Martínez y Pedro García de Arrónia. En la retaguardia se situaron los monarcas al frente de sus mesnadas reales. En el centro Alfonso VIII dirigiendo toda la estrategia, con los caballeros de su curia real y las tropas del arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, y los obispos de las principales sedes castellanas: Tello Téllez de Meneses de Palencia, Rodrigo de Sigüenza, Melendo de Osma, Bricio de Plasencia, Pedro Instancio de Ávila, Juan Maté de Burgos y Juan García de Agoncillo de Calahorra.
El grueso de las tropas almohades provenía de los territorios de Andalucía y soldados bereberes del norte de África, además de la guardia real, tropa de élite que rodeaba el corral del caudillo Mohamed an-Nasir, compuesta por fornidos guerreros negros. También situó el rey moro a los voluntarios en la vanguardia, que eran los más predispuestos para el sacrificio de la yihad o guerra santa, y con ellos formaba la caballería ligera, las tropas de más movilidad, que podían usar venablos, ballestas o arcos, incluso los de la caballería ligera, como los temibles ballesteros montados kurdos. Tras los voluntarios yihadistas situó An-Nasir a los cuerpos centrales del ejército: tanto de origen magrebí como andalusí. Las tropas andalusíes contaban con una caballería más parecida a la cristiana; más pesada que la africana, producto del contacto de los moros peninsulares con los reinos cristianos del Norte en las guerras que sostenían con ellos desde hacía varios siglos. Finalmente, los cuerpos de élite en la retaguardia, y por último, el palenque de Mohamed an-Nasir, una empalizada fortificada y reforzada con cestos de flechas e incluso animales –camellos y demás bestias de carga– y otros elementos defensivos; todo el recinto estaba protegido por filas de arqueros, lanceros y ballesteros. Finalmente un cuerpo de guardia de hombres de gran envergadura física, la célebre Guardia Negra formada en falange con grandes picas apoyadas en el suelo, con arqueros y ballesteros de refuerzo.
Después de una carga de la primera línea de las tropas cristianas, capitaneadas por el vizcaíno don Diego López de Haro, que hicieron huir a la vanguardia de voluntarios musulmanes, los almohades, que doblaban en número a los cristianos, realizaron la misma táctica que en 1195 les había reportado tan buenos resultados en Alarcos, donde derrotaron a Alfonso VIII de Castilla. La caballería ligera y los arqueros de la vanguardia simularon una retirada inicial frente a la carga de los cristianos para contraatacar luego, táctica propia de los ejércitos árabes conocida como torfuyeh, con el apoyo final del grueso de sus fuerzas de élite en el centro. A su vez, desde los flancos, la caballería ligera almohade, cuyos jinetes estaban equipados con arco y flechas, trataron de causar una gran mortandad entre los atacantes cristianos realizando una excelente labor de desgaste y, finalmente, las huestes de andalusíes y bereberes situadas en el centro, rematarían la maniobra envolviendo al ejército cristiano gracias a su superioridad numérica. Recordando la batalla de Alarcos, era de esperar esa táctica por parte de los almohades. Pero en este caso, ante el peligro de verse rodeados por el enorme ejército almohade, Diego López de Haro ordenó estabilizar la formación, y mantener la línea del frente sin internarse excesivamente entre las líneas enemigas persiguiendo a los voluntarios yihadistas y a la caballería ligera, que supuestamente huían. En ese momento, la formación central del ejército almohade avanzó hacia la línea de López de Haro, que comenzaba a flaquear ante la duración del esfuerzo anterior y el hecho de que su avance había sido cuesta arriba. Mientras, la caballería andalusí comenzó el movimiento envolvente. Este punto crítico de la batalla tuvo lugar hacia el mediodía, y se mantuvo con movimientos de ataque y contraataque a lo largo de bastante tiempo sin que la victoria se decantara claramente por ninguno de los dos bandos. Posiblemente, en un momento de la batalla, el avance y la maniobra envolvente desde los flancos de las tropas almohades estuvieron a punto de decidir la victoria, gracias, sobre todo, a su inmensa superioridad numérica. Entonces, Alfonso VIII ordena rechazar los avances por los flancos del enemigo, para sostener una formación central sólida. Aquí es cuando entraría en juego el grueso de la caballería cristiana; la aragonesa por el flanco izquierdo y la navarra y las milicias leonesas por el derecho, además de un movimiento táctico de la caballería castellana hacia el flanco más débil de los moros. En todo caso, el bando cristiano consiguió detener a los almohades en los flancos, y estabilizar de nuevo las formaciones. Ya bien entrada la tarde, Alfonso VIII de Castilla ordenó el avance en bloque de toda la retaguardia cristiana, entrando en combate la élite de sus tropas, la caballería pesada y toda las fuerzas de reserva del ejército aliado en un esfuerzo de avance intenso que rompió las líneas defensivas de los agarenos, obligándoles a retirarse en desbandada. Esto facilitó que los cristianos accediesen hasta el real de Mohamed an-Nasir, que se dio a la fuga con algunos de sus leales para evitar caer prisionero de los cristianos.
La rápida ocupación del palenque del caudillo magrebí se llevó a cabo a un tiempo por castellanos, que atacaron por la derecha, y de aragoneses que lo hicieron por la izquierda, por lo que la leyenda de que fue el rey de Navarra quien accedió el primero a la empalizada o estacada que defendía la tienda de Mohamed an-Nasir, no es exacta. El real del moro no estaba protegido por cadenas, sino que éstas eran un elemento disuasorio que en ocasiones utilizaba la guardia de corps del sultán marroquí para que los esclavos negros que la componían no sucumbieran a la tentación de huir. Al producirse la retirada de las hordas almohades y andalusíes, el ejército cristiano emprendió su persecución hasta la caída del sol, dando muerte a muchos de ellos en una persecución que se prolongó por espacio de unos 25 kilómetros. La precipitada huida a Jaén de Mohamed an-Nasir proporcionó a los cristianos un gran botín de guerra. De este botín la leyenda propagó que se conserva el pendón de Las Navas de Tolosa en el monasterio de Las Huelgas en Burgos. Sin embargo, el célebre pendón de las Navas de Tolosa fue un trofeo conseguido por Fernando III el Santo, rey de Castilla, en la conquista del valle del Guadalquivir algunos años más tarde.
Esta derrota no supuso el fin del poderío almohade, pero a partir de entonces su influencia política, religiosa y militar se limitó al norte de África, y abrió el camino para dar un importante empujón a la Reconquista en Andalucía y Levante. La fortaleza de Calatrava la Nueva, cerca de Calzada de Calatrava, fue construida por los Caballeros de la Orden de Calatrava, utilizando prisioneros musulmanes tomados en la batalla de las Navas de Tolosa. Los calatravos se distinguieron llevando a cabo un arduo proceso de evangelización del territorio reconquistado, lo que comprendía la conversión forzosa de los moros al cristianismo, so pena de expulsión, la construcción de nuevas ermitas y santuarios y la restauración del culto romano en las primitivas iglesias visigóticas que, como el santuario de Santa María del Monte de Bolaños de Calatrava, los moros habían transformado en mezquitas después de la invasión de 711. La victoria cristiana en las Navas de Tolosa supuso, además, el dominio definitivo de la llanura manchega, que se completó con la conquista de la fortaleza de Alcaraz un año después.
El rey Pedro II de Aragón, que moriría un año después en la batalla de Muret 

lunes, 5 de junio de 2017

Al-Ándalus y los reinos cristianos del Norte

La sustitución de los visigodos por los árabes como minoría dominante en la mayor parte de la península Ibérica a comienzos del siglo VIII, no suprimió la religión cristiana. Los mozárabes conservaron sus iglesias (aunque las catedrales se convirtieron en mezquitas) e incluso el obispo metropolitano de Toledo continuó manteniendo su prelación sobre las sedes de los reinos independientes del Norte en los primeros tiempos. Esto cambió cuando los reyes de Asturias y de León, que habían consolidado su autoridad sobre un territorio relativamente extenso, pusieron en práctica un ambicioso programa ideológico en el que la religión tenía un importante papel: al mismo tiempo que se justificaba la legitimidad de la monarquía por su herencia visigótica, se insistía en sus orígenes sobrenaturales —intervención de la Virgen de Covadonga en la batalla que supuso la creación del Reino—. Poco después se produjo el fenómeno del descubrimiento del Sepulcro de Santiago, que dio comienzo a las peregrinaciones y al Camino de Santiago, al tiempo que se lograba el triunfo en la polémica teológica sobre el adopcionismo (quizá un intento sincrético entre catolicismo y arrianismo más conciliable con la concepción unitaria de Dios en el Islam), en la que el Beato de Liébana consiguió el apoyo de la Cristiandad europea frente a los mozárabes de Toledo. Los núcleos pirenaicos (Navarra, Aragón y los Condados Catalanes) dependían más estrechamente del Sacro Imperio, tanto en el aspecto político por sus relaciones de vasallaje, como en las cuestiones eclesiásticas.
Las sedes episcopales, especialmente las restauradas —Lugo, Valpuesta, Seo de Urgel y Vic— o de nueva creación —Oviedo y Santiago—, y los monasterios, tuvieron un papel decisivo en las primeras etapas del movimiento de repoblación, gracias a lo cual la Iglesia se convirtió en la principal poseedora de tierras. Así las cosas, las instituciones eclesiásticas adquirieron funciones políticas e incluso militares similares a las de cualquier señorío laico, y una influencia si cabe mayor, dado que entre el clero se encontraban las únicas personas ilustradas de la época, capaces de leer y redactar documentos, habilidad que no se consideraba necesaria para los nobles, ni siquiera para los reyes. Entre los siglos VIII y X se fundaron cerca de un millar de monasterios en la estrecha franja cristiana del norte peninsular, muchos de ellos como patrimonio familiar de nobles. Aunque en los reinos orientales la fiebre monástica fue cuantitativamente menor, no lo fue la importancia de las fundaciones, protegidas por reyes y condes (monasterio de San Millán de Yuso, de San Juan de la Peña en Aragón, San Juan de las Abadesas y Santa María de Ripoll en Cataluña).
La inicial tolerancia de los emires hacia el cristianismo pasó por algunos altibajos, entre los que se encuentran en el siglo IX los episodios de los llamados Mártires de Córdoba, liderados por san Eulogio, que más bien fueron una reacción al debilitamiento del cristianismo en la mayor parte de España, cada vez más islamizada. Las revueltas de los mozárabes fueron reprimidas sin contemplaciones, y muchos de ellos emigraron a los reinos cristianos del Norte, que no se mantuvieron libres de interferencias, sobre todo bajo el Califato (siglo X), desde Abderramán III hasta Almanzor, quienes realizaron expediciones de castigo en las que saquearon monasterios y catedrales, llevando a Córdoba rehenes, reliquias y objetos litúrgicos que darían origen a un extraño tráfico en los siglos siguientes. A partir del siglo XI, la caída del Califato, dividido en reinos de Taifas, permitió que se consolidase la fortaleza de los reinos cristianos. En términos religiosos, ello tuvo como consecuencia la extensión de los benedictinos de la orden de Cluny, protegida por los reyes, que permitió el florecimiento del arte románico en la mitad norte peninsular; un siglo más tarde la orden del Císter tendría un papel similar en la difusión del gótico primitivo. Simultáneamente, el avance de la reconquista extendía cada vez más hacia el Sur islamizado el área de influencia de estas nuevas ideas religiosas. 
Al tiempo que las familias nobles hispánicas emparentaban con la realeza europea —sobre todo con la casa de Borgoña—, fueron llegando clérigos franceses para ocupar las nuevas sedes reconquistadas, sobre todo en Castilla: Bernardo de Cluny en Toledo, Bernardo de Agén en Sigüenza, etcétera. El clero, convertido en una estructura jerarquizada siguiendo la cadena del vasallaje, funcionaba como un estamento privilegiado paralelo a la nobleza, con la que mantenía estrechos vínculos. Los hijos segundogénitos de las casas nobles, tanto varones como mujeres, estaban destinados a formar parte del alto clero: bien del clero secular (obispos, canónigos, arciprestes y titulares de beneficios eclesiásticos), bien del regular (abades y abadesas, monjes y monjas). El bajo clero, de escasa formación, estaba nutrido por los numerosos curas de las parroquias menos favorecidas y los hermanos legos de los monasterios. Los obispos y las fundaciones monásticas eran una fuerza política trascendental en los reinos cristianos, apoyados en sus inmensas rentas basadas en el diezmo y los dominios territoriales. Los tres votos del clero regular, además de por su valor espiritual, tuvieron tanto éxito por su adecuación a la estructura económica y social del feudalismo: la pobreza no impedía a muchos clérigos vivir de forma opulenta, pero sí disputar a sus hermanos mayores la herencia de los bienes y títulos familiares, en tanto que la castidad, aunque no evitaba que se tuviesen relaciones sexuales, garantizaba que, de tener hijos, estos serían ilegítimos y por tanto tampoco podrían disputarla. La obediencia mantuvo la cohesión interna de las fundaciones monásticas y diócesis no sin conflictos, a veces violentos y coincidentes con los enfrentamientos civiles. Uno de los motivos de las recurrentes reformas monásticas era el abandono del ideal de vida ascética propuesto por las reglas originales.
La conquista de Toledo en 1086 significó la llegada de los reyes cristianos a territorios en los que la población era muy diversa: judíos, mudéjares y mozárabes (cuyos ritos, de origen visigótico, se mantuvieron distintos a los romanos impuestos desde hacía tiempo en el Norte), a los que se añadían repobladores del norte de la Península e incluso de fuera de ella, sobre todo francos. La convivencia no siempre fue pacífica y tolerante, ni siquiera entre los cristianos: la presión hacia los mozárabes significó que en poco tiempo se realizaron grandes transferencias de propiedad, en muchos casos hacia la Iglesia. La archidiócesis de Toledo se convirtió con el tiempo en la más rica de la Cristiandad después de la mismísima Santa Sede. Simultáneamente, las invasiones de almorávides y almohades —siglos XI y XII—, significaron episodios de intolerancia religiosa en la España musulmana, dándose los últimos grandes movimientos de población mozárabe, sobre todo en el valle del Ebro recién reconquistado por el Alfonso I el Batallador, rey de Aragón. También hubo migraciones de judíos que se asentaron en los reinos cristianos.
Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) se produce la conquista de las taifas del Valle del Guadalquivir, Murcia, Valencia y Mallorca. Los cuatro reinos cristianos peninsulares se estabilizan territorialmente, en algunas zonas sobre importantes minorías no cristianas. Fernando III se titulará rey de las tres religiones e incluirá en su tumba un epitafio cuatrilingüe en caracteres latinos (castellano y latín), árabes y hebreos; lo que no ha de imaginarse como un síntoma de buena convivencia: la rebelión de los mudéjares (1260) es prueba de lo contrario. La tolerancia religiosa que permite incluso la más fructífera de las colaboraciones (Escuela de Traductores de Toledo) no oculta que es una concesión desde la más clara imposición del cristianismo como religión dominante, cada vez más orgullosa y excluyente, siendo las demás toleradas y subordinadas a la religión oficial. Incluso los intentos de acercamiento, como el de Raimundo Lulio, lo son con propósito proselitista, más que con un sincero deseo de conocimiento del otro.
El siglo XIII extiende la fiebre europea de las grandes edificaciones religiosas, con las impresionantes catedrales góticas que sustituyen a las iglesias y basílicas románicas, o se levantan sobre las mezquitas conquistadas, restaurando las diócesis hispanorromanas y visigodas anteriores a la invasión de los moros: Oviedo, León, Palencia, Burgos, Toledo, Cuenca, etcétera, en Castilla; Zaragoza, Gerona, Lérida, Barcelona, Tarragona, Valencia, Orihuela, Palma de Mallorca…, en los territorios de la Corona de Aragón. Lo propio ocurre en Portugal. Navarra quedó excluida del avance territorial. Los edificios de las catedrales de Segovia, Murcia, Córdoba, Sevilla y Salamanca fueron reconstruidos a finales de la Edad Media o a comienzos del siglo XVI, así como la de Granada, de nueva construcción, con lo que sus estilos son más recientes. En cambio, la de Teruel, contemporánea a las anteriores, es de arte mudéjar.

Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, fue el guerrero cristiano más célebre de la Reconquista

martes, 16 de mayo de 2017

Reconquista de la península Ibérica

El término Reconquista es un marco conceptual utilizado por los historiadores para definir el período histórico comprendido entre la invasión musulmana del 711, y la conquista del reino nazarí de Granada en 1492 por los Reyes Católicos. A lo largo de casi ochocientos años, la Reconquista fue para los reinos cristianos de la península Ibérica, aislados inicialmente en los montañosos territorios del Norte, un proceso restaurador de la primera monarquía española, ya que los cristianos se consideraban herederos del reino visigodo, y apelaban constantemente a la reconquista de los territorios ocupados por los moros. Para algunos historiadores revisionistas, el término «Reconquista» resulta confuso teniendo en cuenta que, tras el desmoronamiento del Califato de Córdoba en 1031, los reinos cristianos optaron por una política de dominio tributario —parias— sobre los reinos de Taifas, en lugar de hacerlo por una clara expansión hacia el Sur. Pero eso tiene una explicación: los reinos cristianos tuvieron grandes dificultades para repoblar los territorios que iban ganado a los moros. Por otra parte, las guerras entre los diferentes reinos cristianos a medida que éstos fueron creciendo y emancipándose del primigenio Reino de Asturias, retrasó considerablemente la culminación de la Reconquista. No obstante, la temprana reacción en la cornisa cantábrica contra el Islam —recordemos que don Pelayo rechazó a los sarracenos en Covadonga apenas siete años después de que atravesaran el estrecho de Gibraltar—, e incluso su rechazo del territorio actualmente francés después de la batalla de Poitiers (732), pueden sustentar la idea de que la Reconquista cristiana sigue inmediatamente en el tiempo a la conquista árabe. Más aún, dicha cornisa cantábrica jamás fue conquistada por los sarracenos, lo cual viene a justificar la idea de que la conquista árabe y la reconquista cristiana, de muy diferente duración —muy corta la primera, y sumamente larga la segunda—, se superponen, por lo que podría considerarse como una sola etapa histórica, sobre todo si tenemos en cuenta que la batalla de Guadalete, la primera batalla por defender el reino visigodo en el año 711, marca el inicio de la reconquista cristiana al mismo tiempo que se produce la invasión musulmana.
Consolidación de los reinos hispánicos
En 711 tuvo lugar la invasión musulmana de la península Ibérica. Los moros desembarcaron en Gibraltar y Roderico, o Rodrigo, el último de los reyes visigodos, fue a rechazarles, perdiendo la vida en la batalla de Guadalete. Poco después Tarik fue llamado a Damasco, entonces capital del Califato, para informar y nunca más volvió. Su lugar lo ocupó el gobernador Abd al–Aziz, comenzando el Emirato independiente. A partir de este momento, los árabes iniciaron una política de tratados con los nobles visigodos que les permitió controlar el resto de la Península. En 716 Abd al–Aziz fue asesinado en Sevilla y se desató una crisis tal que en los siguientes cuarenta años se sucedieron veinte emires. En ese mismo año, 716, los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos para tratar de entrar en el Reino de los francos. La veloz y contundente invasión norteafricana, se explica por las debilidades que afectaban al reino visigodo: el frágil e incompleto dominio que ejercía sobre el territorio peninsular –en 711 el rey Roderico se hallaba dirigiendo una campaña militar en el Norte—; la división de sus élites, con enfrentamientos vinculados a la elección de los sucesores al trono de una monarquía electiva, no hereditaria; una aristocracia de terratenientes —de tardía conversión al catolicismo— superpuesta a una población, libre o servil, con condiciones vitales muy duras, entre la que latía un fuerte descontento. Muchos de ellos, ciertamente, recibieron la conquista musulmana como una sensible mejora de su situación. Por otra parte, la decadencia de la actividad mercantil derivó en una minusvaloración de la población judía, que en gran medida la protagonizaba. También ellos pudieron ver una ventaja en la situación de las minorías hebreas amparada por la jurisdicción islámica.
En cualquier caso, tras la invasión, la resistencia cristiana se hace fuerte en el Reino de Asturias y en el ducado de Cantabria. En el año 718 se sublevó un noble llamado Pelayo. Fracasó, fue hecho prisionero y enviado a Córdoba. Los escritores árabes usan la palabra «Córdoba», pero esto no implica que fuera la capital, ya que los árabes llamaban Córdoba a todo el Califato. Esto viene a contradecir la tesis que sostiene que llamaban al–Ándalus al territorio hispano bajo su dominio. En cualquier caso, Pelayo —o Pelagio— consiguió escapar y organizó una segunda revuelta en los montes de Asturias, que empezó con la batalla de Covadonga de 722. Esta batalla se considera el comienzo de la Reconquista. La interpretación es discutida: mientras que en las crónicas cristianas aparece como «una gran victoria frente a los infieles, gracias a la ayuda de Dios», los cronistas árabes describen un enfrentamiento con un reducido grupo de cristianos, a los que tras vencer se desiste de perseguir por la dificultad del terreno, excesivamente montañoso. Probablemente fuera una victoria cristiana sobre un pequeño contingente de exploración. La realidad es que esta victoria de Covadonga, por pequeñas que fueran las fuerzas contendientes, tuvo una importancia tal que polarizó en torno a Pelayo un foco de resistencia al poder musulmán, lo cual le permitió mantenerse independiente e ir incorporando nuevas tierras a sus dominios, al tiempo que los árabes desistían de controlar la zona más septentrional de la Península, dado que en su opinión, dominar una región montañosa de limitados recursos e inviernos extremos, no merecía el esfuerzo. De todas formas, la sorprendente expansión del minúsculo Reino de Asturias pronto inquietó a las emires cordobeses. Hubo sucesivas incursiones o algaradas, pero el reino sobrevivió y se siguió expandiendo, con sonoras victorias, como la batalla de Lutos, Polvoraria y la toma de Lisboa en 798.
El Reino de Asturias estuvo en sus primeros tiempos muy vinculado al de los francos, sobre todo a raíz del «descubrimiento» del sepulcro del apóstol Santiago, hacia el año 820. Esta idea «propagandista» consiguió vincular a Europa con el pequeño reino cristiano del norte de la Península, frente al Sur islamizado. Con el correr del tiempo, el Reino de Asturias sufrió varias escisiones que dieron lugar a nuevos reinos cristianos independientes. La primera a la muerte del rey Alfonso III el Magno, que repartió sus dominios entre tres de sus cinco hijos: García, Ordoño y Fruela. Estos dominios incluían, además de Asturias, el condado de León, el de Castilla, el de Galicia, la marca de Álava y la de Portugal (que entonces era solo la frontera sur de Galicia). García se quedó León, Álava y Castilla, fundando el Reino de León. Ordoño se quedó Galicia y Portugal, y Fruela se quedó Asturias. El foco pirenaico de resistencia a la expansión musulmana se originó a partir del caudillo de los francos, Carlos Martel, que rechazó la invasión musulmana de Aquitania en la batalla de Poitiers en 732. Posteriormente su sucesor, Carlomagno, creó la Marca Hispánica (frontera militar al sur del Reino de los francos), que dio origen a otros focos cristianos de resistencia en la Península: el Reino de Pamplona, los Condados Catalanes y los Condados de Aragón, además de Sobrarbe y Ribagorza.



lunes, 21 de marzo de 2016

Califato de Córdoba y los reinos de Taifas

En el año 929, Abderramán III estableció el Califato de Córdoba, declarando la independencia religiosa de Bagdad, capital del Califato abasí. Esta proclamación del Califato contenía un propósito doble: en el interior, los omeyas querían consolidar su posición. En el exterior, apuntalar las rutas marítimas para el comercio en el Mediterráneo Oriental, garantizando las relaciones económicas con Bizancio y asegurando la subadministración del oro. Tras la conquista de Melilla en 927, a mediados del siglo X, los omeyas cordobeses controlaban el triángulo formado por Argelia, Siyilmasa y el océano Atlántico. El poder del Califato se extendía hacia el norte y en 950 el Sacro Imperio Romano Germánico intercambiaba embajadores con Córdoba. En el año 939 un ejército cristiano liderado por Ramiro II de León derrotó a las huestes sarracenas enviadas por Abderramán III en una de sus operaciones de castigo contra el Norte cristiano. El resultado de la batalla disuadió a los omeyas de su intención de instalar poblaciones árabes en las inmediaciones del Duero y sus áreas despobladas. La de los omeyas es la etapa política más importante de la presencia islámica en la Península, aunque de corta duración pues en la práctica terminó en el 1010 con la guerra civil que se desencadenó por el trono entre los partidarios del último califa legítimo, Hisham II, y los sucesores de su primer ministro, Almanzor, que desencadenó la fragmentación del Estado omeya en multitud de reinos conocidos como reinos de Taifas. En el trasfondo se hallaban también problemas como la agobiante presión fiscal necesaria para financiar el coste de los esfuerzos bélicos en sucesivas campañas contra el Norte cristiano cada vez más gravosas. 
Las Taifas fueron hasta treinta y nueve pequeños reinos en que se dividió el Califato cordobés como consecuencia de la guerra civil. El movimiento, iniciado por los Banu Hamud con la proclamación del Reino de Málaga, se generalizará en este periodo y conducirá a la fragmentación del Califato y a los primeros reinos de Taifas. Este no será un periodo pacífico, ya que los distintos reinos de Taifas combatirán entre ellos. Al Califato omeya de Córdoba lo sucedió el Califato Hammudí de Málaga, si bien el derecho de los Hammudíes a reclamar para sí el imanato o primacía de la comunidad no fue reconocido por un número de régulos de Taifas, era un derecho legítimo. Durante gran parte del periodo de las Taifas, la dinastía hammudí desde la Taifa de Málaga ejerció su poder efectivo y su autoridad religiosa reconocida en un gran territorio a ambas orillas del Mediterráneo. 
Cada Taifa se identificó al principio con una familia, clan o dinastía. Así surgieron, además de la ya mencionada dinastía Hammudí que dominaría los territorios de la antigua Cora de Rayya, la Taifa de Algeciras y la Cora de Ceuta, la Taifa de los amiríes (descendientes de Almanzor) en Valencia; la de los tuyibíes en Zaragoza; la de los aftasíes en Badajoz; la de los birzalíes en Carmona; y la de los abadíes en Sevilla. Con el tiempo, las Taifas de Sevilla, Badajoz, Toledo y Zaragoza, constituían las grandes potencias islámicas peninsulares.