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jueves, 11 de mayo de 2017

Roma: la República tardía

Se detuvo casi completamente la evolución de Roma hacia una democracia integral, encaminada por la Lex Hortensia del año 287 a.C., que daba carácter de ley a los plebiscitos, o sea, las decisiones que tomara la plebe en sus asambleas. Frente a una clase política hasta entonces austera y eminentemente rural, se abrían ricas provincias y la riqueza y el poder que emanaba de ellas socavaría finalmente las costumbres. Sin embargo, se había dado un paso decisivo. Antes, Roma era una de las potencias del Mediterráneo; ahora, era la única potencia. Muy pronto impondría sus leyes por doquier. Esa fue una época breve pero convulsa (desde 202 a.C., batalla de Zama, hasta el 31 a.C., batalla naval de Accio) en cuyo transcurso se creó, en forma desordenada pero incontenible la hegemonía mediterránea de Roma. Puede definirse también como la época en que las estructuras de la República, sometidas a múltiples tensiones sociales, económicas, demográficas, culturales e institucionales, ligadas a la formación del Imperio, se resquebrajaron pavorosamente y desembocaron al fin en una trágica sucesión de guerras civiles.
De ahí emergerá la estructura apropiada para el gobierno del Imperio, el principado, que prefiguró César y asumió definitivamente Octaviano, su hijo adoptivo, que más tarde sería proclamado Augusto. Fue Julio César quien inició la transición de la República al Imperio —una monarquía de facto en la que se mantuvieron las formas republicanas—, y pagó con su vida ese «delito contra los derechos más sacros». Y eso que había procedido cautelosamente.
Después de su aplastante victoria sobre Cartago, Roma se convirtió en la mayor potencia del Mediterráneo. La lucha había dejado, por añadidura, en herencia una gran provincia occidental, España, y una tenaz enemistad en Oriente con el rey de Macedonia, que se había puesto de parte de Aníbal en el momento de mayor peligro para Roma. La presencia de tropas romanas en España impulsaba, inevitablemente, a unir el nuevo territorio adquirido con Italia por vía terrestre: por consiguiente, a dominar las llanuras del Po, la Galia meridional y el arco alpino. De un modo inexorable también, el antagonismo con Macedonia tendía a implicar a la República en el intrincado y turbulento mundo de la política oriental. Roma aprendió pronto que un Estado elevado a la jerarquía de gran potencia, deseoso de mantenerla, está obligado a interesarse por ella y a acrecentarla y defenderla continuamente.
Roma atacó a Macedonia en la primera ocasión que se le presentó pero sufrió una terrible debacle, viéndose obligada a entregar su flota, a recluirse dentro de sus fronteras, a pagar una ruinosa indemnización de guerra y a desalojar Grecia, que recuperó momentáneamente su libertad, sin injerencias romanas o macedonias. El único resultado de ello fue que los estados griegos trataron continuamente de implicar a los romanos en sus contiendas, y que al cabo de treinta años fue necesario emprender una campaña militar a gran escala para liquidar a Macedonia y, en definitiva, la República debió asumir la administración directa de Macedonia y Grecia, que terminó anexionándose y convirtiendo en provincia bajo el nombre de Acaya.
Al mismo tiempo, al suprimirse el peligro inmediato, los romanos se habían puesto en contacto con otro más lejano, el que representaba Antíoco III, rey de Siria, cuyas victorias reconstruyeron el poderoso reino de sus antepasados, y que no estaba dispuesto de manera alguna a aceptar la supremacía romana. En el intervalo entre una guerra macedónica y otra, las legiones debieron medir sus armas contra este nuevo adversario y vencieron, naturalmente. Los políticos romanos procuraron consolidar su triunfo sin comprometerse más profundamente en los asuntos de Oriente y confiaron los territorios arrebatados a Antíoco, a Rodas, Pérgamo y Cibira, estados satélites, dirigidos desde Roma y dispuestos a defenderlos frente a Asia. Sin embargo, se trataba de satélites que no podían regirse —ni diplomática ni militarmente— sin la implicación directa de la gran metrópoli: Roma. Además, Atalo III, rey de Pérgamo, el mayor de los estados-vasallos, lo dejó en herencia al pueblo romano, que, en consecuencia, debió asumir directamente el dudoso honor de una constante presencia militar en Asia. Era una presencia que enriquecía a los adjudicadores de impuestos y a los gobernantes y comerciantes, pero que ponía a Roma en contacto con una sociedad profundamente diferente, dispuesta a adorar a sus gobernantes como dioses encarnados. Además, suscitaba siempre nuevos adversarios: uno de ellos, Mitrídates VI del Ponto, amenazó con echar abajo todo el dispositivo romano en Oriente y para acabar con él fue necesario apelar a los mejores generales romanos, como Sila, Murena, Lúculo y Cneo Pompeyo. Por último, se hizo inevitable la gestión directa de Roma en casi todos los territorios del Asia Menor y la costa oriental mediterránea. Una vez más sin resolver completamente el problema, porque más allá de las provincias subyugadas se encontraba otro formidable adversario, el reino de los partos[i]. Además de sus notables conquistas, la enemistad con este lejano imperio asiático, fue el legado diplomático que la República transfirió al Imperio en Oriente, y se mantuvo durante siglos.
En la península Itálica no fueron grandes los obstáculos para reconquistar la llanura del Po, asegurándose Istría, Dalmacia y Liguria más allá de los Alpes, después de derrotar y someter a las tribus celtas de la Galia meridional. Fue mucho más duro y complejo consolidar el control en España. Hubo una larga guerra para sofocar la primera y más violenta de las rebeliones de los españoles; después de clamorosos reveses para los romanos, la contienda concluyó cuando intervino Publio Cornelio Escipión Emiliano, el destructor de Cartago (–146), que logró aplastar a los rebeldes en Numancia (–133), después de un larguísimo y dramático asedio.
Un hecho que agravó aún más la situación planteada fue la aparición de los germanos. Los cimbrios y los teutones, dos de los pueblos más belicosos en aquel momento, avanzaron en el 120 a.C., desde la península de Jutlandia, y descendieron hasta el curso medio del Danubio, atravesaron el río, batieron a un ejército de la República en Carintia, y se trasladaron a la Galia donde liquidaron a otros dos ejércitos romanos. Llegaron a España en –102 y retrocedieron finalmente hacia Italia, donde fueron derrotados por Cayo Mario. La victoria romana fue completa. Pero solo los prolongados desvíos de los invasores habían evitado el asalto final a Italia, y para conjurar el peligro había sido menester recurrir a Mario, cónsul en repetidas ocasiones, héroe de especiales méritos, como salvador de la patria. Fue el primero de aquellos generales ambiciosos (Sila, Pompeyo, César, Antonio…) que, conquistada la fama en el campo de batalla, estuvieron dispuestos a capitalizarla con fines políticos, cuyo resultado final fue la abolición de la República.
Al sur, el recuerdo todavía reciente del poderío cartaginés, indujo a los romanos, arrastrados por Catón el Censor, uno de sus compatriotas más conservadores, a aplastar para siempre a la antigua enemiga. Cartago estaba desarmada, librada al capricho del rey de Numidia —reino bereber que se extendía en lo que hoy es Argelia oriental y parte de Túnez—, que cada vez abusaba más de sus prerrogativas expoliando a los cartagineses impunemente. Cuando los ciudadanos de Cartago se rebelaron, pues habían llegado al límite de lo que podían soportar, se les ordenó primero que entregaron todas sus armas, y después que abandonaran la ciudad, que debía ser destruida hasta sus cimientos, y que se dispersasen prohibiéndoseles expresamente instalarse a menos de diez millas de su antigua ciudad.
Cartago permaneció deshabitada durante más de un siglo. En el 29 a.C. Octaviano fundó en el mismo lugar la colonia romana Iulia Concordia Carthago, que se convirtió en la capital de la provincia romana de África, y en una de las regiones productoras de cereales más importantes del Imperio. Su puerto fue vital para la exportación de trigo a Roma y la ciudad llegó a ser la segunda en importancia del Imperio con 400.000 habitantes. En el año 425, en tiempos del rey Genserico[ii], los vándalos conquistaron Cartago y la convirtieron en la capital de su reino norteafricano. La ciudad fue reconquistada por el general bizantino Belisario en el año 534, permaneciendo bajo soberanía del Imperio de Oriente hasta que fue conquistada por los árabes en el 705.

El ocaso de la República
Tras aniquilar a Cartago, los romanos se lanzaron abiertamente a la conquista del Mediterráneo. Sin embargo, las provincias anexionadas no eran fáciles de gobernar una vez sometidas, y a la República se le hacía difícil digerir los frutos de esas victorias militares. Los botines de guerra aportaron riquezas y multitud de esclavos a la vieja sociedad agraria romana, sólida y ruda, y cambiaron los gustos y las costumbres, los valores y la interrelación entre las distintas clases sociales. Las levas sustraían campesinos cualificados para incorporarlos al Ejército, y las campañas era cada vez más largas y se desarrollaban en países más lejanos. Cuando los veteranos eran desmovilizados era muy difícil reintegrarlos a las granjas abandonadas durante años y que ya no tenían voluntad de cultivar. Además, para explotar de forma rentable esas granjas era necesario contar con grandes rebaños de animales y apacentarlos en superficies extensas, y comprarlos significaba invertir capitales de los que, a menudo, los veteranos recién licenciados no disponían. Las clases más adineradas —los plutócratas— vieron la oportunidad de hacerse con extensas propiedades a precios de saldo. En síntesis: las tierras de cultivo de Italia fueron pasando a manos de un reducido grupo de grandes terratenientes, que las usaban como tierras de pastoreo para sus nutridos rebaños, que eran conducidos por esclavos, mientras que en las ciudades, especialmente en Roma, se fueron concentrando grandes masas de desocupados y antiguos campesinos arruinados. Se fue formando un proletariado cada vez más empobrecido y descontento —los esclavos también habían dejado a muchos artesanos sin empleo—, y en los veteranos del ejército, ahora desocupados y condenados a una vida de miseria y estrecheces, fue renaciendo el deseo de retomar las armas y luchar: esta vez por ellos mismos, no para enriquecer a la élite de patricios y aristócratas que los había enviado a la guerra y se había enriquecido con sus sacrificios en los campos de batalla; y que después, tras su anhelado regreso a la patria, los estaba arruinando arrebatándoles sus casas y sus granjas. Los viejos soldados ya no tenían más posesión que su prole: de ahí el término «proletario». Pero incluso sus esposas e hijos corrían peligro; pues en la antigua República un ciudadano romano podía perder su libertad a causa de las deudas, viéndose obligado a servir como esclavo a su acreedor —esto es, sin remuneración salarial alguna—, o a venderse él mismo como esclavo, o a los miembros de su familia, para saldar esas deudas. En aquellos días, como en la actualidad, las deudas podían alcanzar cifras desorbitadas como consecuencia de los intereses de demora que aplicaban los magistrados, a menudo corruptos, que aceptaban sobornos a cambio de veredictos favorables. Cualquier patricio que podía adquirir poder político e influencia en los tribunales, se enriquecía enormemente en poco tiempo a costa del empobrecimiento de los veteranos que habían ensanchado las fronteras de la República derramando su sangre.
Las clases altas romanas fueron modificando sus austeras costumbres de antaño, tornándose cada vez más sofisticadas y adoptando la lengua, los dioses, las modas y los usos griegos, incluso muchas de las extravagantes prácticas de los pueblos asiáticos con los que Roma entró en contacto a través de sus conquistas, fueron imitados. Al mismo tiempo que aumentaban las diferencias entre ricos y pobres en Roma, en el resto de la Península también cundía la desafección entre los romanos y sus aliados itálicos.
La fidelidad de sus aliados peninsulares había garantizado la salvaguarda de Roma, pero luego ésta se negó en redondo a compartir con ellos las ventajas obtenidas de las victorias comunes, así como a conceder la ciudadanía a los itálicos, cosa que les habría permitido hacer escuchar su voz en las instituciones de la República. Las magistraturas anuales distaban mucho de poseer la funcionalidad que requería el complicado manejo del aparato del Estado, y, por su parte, la clase dirigente romana se caracterizaba por el desinterés que debían mostrar quienes regían un imperio universal. En resumidas cuentas, las contradicciones se acumulaban e intensificaban por la usual habilidad romana para inventar adaptaciones y recursos o para reutilizar antiguos nombres y funciones con nuevas finalidades. Los síntomas inquietantes de la crisis que se avecinaba eran cada vez más evidentes. En el año –136 una violenta insurrección de esclavos que se produjo en Sicilia, puso en entredicho durante un tiempo la autoridad de Estado y su capacidad para sofocarla. Simultáneamente, España volvió a rebelarse contra las malversaciones romanas y se bloqueó allí a una fuerza expedicionaria que no consiguió acabar con el levantamiento. En Italia, donde los peninsulares reclamaban la ciudadanía, el descontento iba peligrosamente en aumento.
Tiberio Graco, tribuno de la plebe, da la respuesta en –133 derogando las vetustas leyes agrarias, e impulsando una serie de reformas que tenían por objeto redistribuir entre los proletarios una serie de tierras que pertenecían al Estado, logrando, además, alejar de Roma a un importante contingente de hombres desocupados y descontentos que se convertirían en pequeños propietarios, al tiempo que sus hijos asegurarían el futuro reclutamiento de nuevos soldados. La clase alta, la de los optimates, se opuso vehementemente, y un colega de Tiberio vetó sus leyes. Tiberio respondió haciéndolo destituir de los comicios y usó la facultad que éstos poseían de legislar sin oposición de los otros órganos de la República para hacer aprobar su programa de reformas. La atmosfera políticosocial se caldeó y Tiberio provocó su incandescencia presentando su candidatura a un segundo mandato en el tribunado, lo que le valió caer asesinado, junto a centenares de partidarios, a manos de los senadores y de sus secuaces. Diez años más tarde, con una determinación muy distinta, su hermano Cayo Graco reemprendió el programa de Tiberio y fue el que dio origen a un movimiento verdaderamente democrático, como diríamos hoy: tierras a los proletarios; distribución de trigo a un precio asequible a los más desfavorecidos; programas de obras públicas destinadas a emplear a los desocupados; fundación de nuevas colonias para instalar allí a los desposeídos; limitación de poder a las clases senatoriales, aprobación de leyes mediante votación popular; ciudadanía para los itálicos y más derechos para la burguesía y los équites o caballeros.
Los équites eran miembros del «Ordo Equester» u Orden Ecuestre, y formaban parte de la sociedad romana desde los remotos tiempos del rey Servio Tulio[1], cuando los ciudadanos muy ricos podían equiparse con dos caballos, animal muy estimado en la época y que resultaba muy caro de mantener. Según lo ordenado por Servio Tulio, solo podían llegar a ser caballeros los que gozaban de buena situación económica. Las centurias de los équites se formaron a través del «censo máximo» y a los caballeros se les exigía ser hijos de padres libres. La elección se solía hacer teniendo en cuenta estos requisitos y entre las familias más antiguas. A través del tiempo su estatus social fue cambiando y en la época imperial los équites tenían derecho a portar el «angustus clavus»: las dos franjas de color púrpura de dos dedos de ancho sobre la túnica como símbolo de su posición.
El conflicto pasó a las calles y el Senado declaró a Cayo Graco «enemigo del Estado», autorizando al cónsul de aquel año para acabar con los rebeldes por la fuerza de las armas, y atacar la colina del Aventino donde Graco y los suyos se habían hecho fuertes. Finalmente Cayo Graco también cayó asesinado por los esbirros de los senadores.
Los hermanos Graco habían fracasado tanto por sus errores, como por la férrea resistencia que opusieron los aristocráticos senadores a sus reformas. Pero esta cerrazón y falta de miras políticas, pronto le costaría a Roma una guerra con los itálicos, que viendo evaporarse sus esperanzas de obtener la ciudadanía, se dispusieron a conseguirla haciendo uso de las armas y a no deponerlas hasta haber logrado sus propósitos.
Entretanto, mientras estas reformas se imponían, entraba otra en el modo de vida de los romanos y abría el camino a una evolución extraordinaria. Hasta ese momento se constituían las legiones con las tropas que se reclutaban sobre la base del censo. Pero al aumentar el tiempo de servicio en filas por la proliferación de los conflictos armados, el servicio militar se tornó cada vez más oneroso para los individuos jóvenes que eran reclutados y para sus familias, sobre todo para el campesinado. En consecuencia, más perjudicial para la sociedad romana en su conjunto.
Cayo Mario, un hombre nuevo, es decir, que carecía de tradición aristocrática, se encargó de modificar la situación con una serie de reformas completamente revolucionarias. Permitió que el que quisiera se enrolara voluntariamente en las legiones: como era de esperar, los desposeídos se precipitaron en masa, atraídos por la paga y el botín, y también fue natural que los de clase pudiente hicieran todo lo posible para evitar la leva, que quedó establecida como obligatoria para todos. Esto convirtió muy pronto al ejército romano en una fuerza armada profesional. Lo que se consolidó con las reformas complementarias de Mario: homogeneización del armamento; modificación de las tácticas de formación para el combate, articulada sobre las cohortes; aumento del salario a los nuevos militares profesionales. Se trataba de una reforma positiva, o al menos indispensable, pero tenía un gran defecto: la República, siempre firme en su idea del servicio de leva sobre la base del censo, no se ocupó de establecer retribuciones de licenciamiento, o distribución de tierras en su defecto como compensación por los años de servicio a los militares que abandonaban el servicio activo.
La única esperanza que podían tener los veteranos y los mutilados de guerra de pasar una vejez sin grandes estrecheces, dependía de la influencia política que alcanzara su comandante, de su propia habilidad para dirigir las campañas bélicas, tanto las punitivas como las de conquista, y de los éxitos que éste hubiese obtenido en el campo de batalla y en la política, una vez retirado. Pero, ciertamente, nada amparaba a los veteranos un vez licenciados.
Los resultados de la profesionalización de las fuerzas armadas romanas se vieron inmediatamente. Primero Mario envió a su legado Lucio Cornelio Sila, para aplastar a Yugurta, un reyezuelo mauritano que estaba causando problemas en el África romana. Sila logró capturar de Yugurta y lo envió a Roma cargado de cadenas. Fue ejecutado en 104 a.C. en la Cárcel Mamertina. Después Mario aniquiló a los cimbrios y teutones que amenazan Italia. Pero cuando diez años después se trató de elegir al general romano que debía conducir la guerra contra Mitrídates del Ponto, cuyos triunfos amenazaban con arrebatar a los romanos el Oriente, la plebe votó a favor de que el mando se asignara a Cayo Mario en lugar del candidato del Senado, Lucio Cornelio Sila: este último no vaciló en utilizar el ejército que tenía a sus órdenes para marchar sobre Roma y ocuparla, violando todas las leyes existentes: el ejército le había obedecido a él y no a la ciudad en cuyo nombre combatían y cuyos estandartes portaban.
Fue el principio de una sangrienta guerra que no sería la única que se libró entre romanos en el turbulento siglo I a.C. Sila partió a Oriente donde logró significativos triunfos, lo que Mario aprovechó para hacerse con el poder en la capital y declarar a Sila «enemigo del Senado y del Pueblo de Roma». Obtenida la victoria en Asia, Sila marchó con su ejército sobre Roma y derrotó a sus adversarios, imponiendo —con el apoyo de la aristocracia— una brutal dictadura por tiempo indeterminado. Los nobles apoyaron a Sila porque vieron la oportunidad de recuperar el terreno político perdido y sus antiguas prerrogativas. El ejemplo de Sila cundirá y la división entre plebeyos y patricios se hará más profunda. Sila había sido discípulo de Mario, y Cneo Pompeyo lo fue de Sila.
Cneo Pompeyo culminó su formación militar a las órdenes del dictador Sila; consolidó su fama de «carnicero» reprimiendo violentamente una nueva sublevación en España, y la acrecentó colaborando con Marco Licinio Craso para sofocar la revuelta de los gladiadores en Campania —conducida por Espartaco— iniciada en –70. Pompeyo utilizó sin escrúpulos su fama para atemorizar al Senado y obtener el consulado sin respetar los protocolos establecidos. Tres años después de esta empresa se produjo otra flagrante violación de las normas constitucionales: con el fin de poner fin a la piratería, se le confirió un cargo, con jurisdicción en todo el Mediterráneo, insólito por su duración (tres años), la cantidad de fuerzas a su disposición, y por el hecho de que pudiese delegar en sus lugartenientes. Pompeyo hizo buen uso del poder que le habían concedido y acabó con los piratas en solo tres meses. Esto le sirvió de trampolín para conducir las operaciones militares en Asia y Egipto.
Marco Licinio Craso —que acabaría formando el primer Triunvirato con Cayo Julio César y Cneo Pompeyo— también había sido pupilo de Sila y se destacó en la primera guerra civil durante la batalla de la Puerta Colina (–82 a.C.). Craso colaboró estrechamente con Sila en las proscripciones que siguieron al establecimiento de la dictadura enriqueciéndose extraordinariamente. Negociando bajo coacción, especulando y extorsionando, reunió una enorme fortuna con actividades tan variopintas como casas de lenocinio o brigadas de bomberos. Craso tuvo una muerte atroz en el transcurso de una desastrosa campaña en Partia (–53 a.C.). Fue hecho prisionero por los partos que le dieron muerte introduciéndole oro fundido por la garganta en alusión a su avaricia.
Aprovechando la ausencia de Pompeyo, y a la espera de su retorno, la vida política se agrió considerablemente por las tentativas de agitación que hizo Catilina, demagogo inepto pero ambicioso, cuya conjura fue descubierta por el orador Marco Tulio Cicerón, cónsul en aquel momento. Este demagogo dejó escasa huella en la Historia salvo por las célebres «catilinarias», que son los cuatro discursos que Cicerón le dedicó, y que fueron pronunciados a finales del año 63 a.C., después de ser descubierta y reprimida la conjura encabezada por Catilina para dar un golpe de Estado.
Aparentemente, el Senado salió reforzado tras la intentona golpista que fue abortada, pero su inmovilismo seguía siendo su mayor enemigo. La República, sin saberlo, estaba herida de muerte y las semillas de las próximas guerras civiles ya se habían sembrado.
En el invierno del año 62 a.C., Pompeyo desembarcó triunfalmente en Asia. Había liquidado para siempre al rey Mitrídates, e impuso en todo Oriente, incluido Egipto, un régimen que a la larga sería definitivo. Además del antiguo reino de Pérgamo —que se convirtió en la provincia romana de Asia—, se anexionaron los territorios del Ponto, Cilicia y Siria; Armenia, Capadocia, Galacia, Cólquida y Judea pasaron a ser reinos vasallos de Roma. El conquistador licenció a sus tropas apenas puso los pies en Italia, y solicitó, además del bien merecido triunfo, una apropiada adjudicación de tierras para reubicar a sus veteranos. Pompeyo obtuvo una grosera respuesta por parte de un Senado ensoberbecido, y se sintió profundamente humillado. Los pomposos senadores no ratificaron siquiera las disposiciones que el conquistador había tomado en Oriente.
La respuesta fue fulminante. En el verano del año 60 a.C., un pacto privado —que después se conocería como primer Triunvirato— ligó a Pompeyo y Craso, con Julio César, un ambicioso y popular expretor de España que había sufrido el exilio en tiempos de Sila.
Legionario romano de la República tardía s. I a.C.




[1] Servio Tulio, sucesor de Tarquinio Prisco, fue el sexto rey de Roma (578 al 534 a.C.), y según la antigua tradición romana fue asesinado por su hija Tulia, en complicidad con su yerno Tarquinio el Soberbio, que ocupó el trono tras su muerte.




[i] Mitrídates I reinó en el período 165–132 a.C. y convirtió a Partia en una potencia política y militar, expandiendo su imperio hacia el este, sur y oeste. Durante su reinado, los partos conquistaron buena parte de Mesopotamia, incluida la antigua Babilonia (–144), Media (–141) y la mismísima Persia (–139). Estas conquistas dieron a Partia el control de las rutas de comercio terrestre entre el Este y el Oeste (la Ruta de la Seda y el Camino Real Persa). Esto se tradujo en un rápido aumento de la riqueza y el poderío de los partos, y fueron conservados celosamente por los monarcas arsácidas, que consiguieron mantener el dominio directo de las tierras a través de las que pasaban la mayor parte de las rutas comerciales, durante varios siglos. De hecho, el Imperio Parto, heredero del de los persas aqueménidas, sobreviviría también al de Roma, que jamás logró someterlo. Si bien es cierto que tampoco los partos lograron conquistar el Oriente romano.
[ii] Genserico (†477) fue rey de los vándalos y los alanos, y pieza clave en los conflictos del siglo V en el Imperio de Occidente. Durante sus casi cincuenta años de reinado elevó a una tribu germánica, relativamente insignificante, a la categoría de potencia mediterránea. Hijo ilegítimo del rey vándalo Godegisilio, fue elegido rey en 428 a la muerte de su medio hermano Gunderico. Brillante y muy versado en el arte militar, buscó de inmediato el modo de aumentar el poderío y la prosperidad de su pueblo, que residía por aquel entonces en el sur de Hispania y que había sufrido los ataques de los visigodos, aliados del Imperio. Así, poco después de acceder al trono, Genserico decidió ceder sus territorios en la Bética a los godos, y retirarse al norte de África con la poderosa flota creada bajo el reinado de su predecesor. Los vándalos, único pueblo germánico que llegó a dominar el arte de la navegación, crearon en el Magreb un poderoso reino que perduró hasta mediados del siglo VI.

jueves, 31 de diciembre de 2015

La Armada Invencible

La expedición de la Felicísima Armada de 1588 fue sin duda una interesante y espectacular empresa de objetivos no tan ambiciosos como se piensa, marcada por lo trágico de su resultado. Sin embargo, a día de hoy es objeto de un sinfín de mitos y confusiones que nos ha llevado a los españoles a creer a pies juntillas la versión interesada y patriotera que hicieron circular los historiadores ingleses. El «desastre» de la Invencible no fue una batalla decisiva ni mucho menos; la guerra entre Inglaterra y España se prolongó durante dieciséis largos años más, mediante buques corsarios y piratas, Inglaterra intentó sin éxito desmantelar el poderío marítimo español hasta que se vio forzada a pedir la paz en 1604, en unos términos claramente favorables a España. Por otra parte, el revés de la Invencible permitió a la Armada española aprender de sus errores y corregirlos en futuras empresas. La Invencible estaba preparada en caso de que la expedición de 1588 no saliera según lo previsto.
Se ha venido enseñando que la «derrota» de la Armada Invencible fue una victoria decisiva de los ingleses, y que permitió su triunfo en la guerra contra España, que a partir del desastre no intentó ninguna otra operación anfibia sobre Inglaterra, prefiriendo luchar en tierra, y fracasando estrepitosamente en combatir a los corsarios ingleses. Esto es totalmente falso, por los siguientes motivos:
La expedición de la Felicísima Armada fue un fracaso o error táctico por el no cumplimiento de los objetivos, pero no una derrota decisiva, pues la mayoría de los barcos enviados regresaron a puerto (hasta 70, entre ellos los mejores y más sólidos). El enfrentamiento no fue decisivo, pues fue el primero de una serie de escaramuzas tempranas en el contexto de una guerra intermitente que duró de 1585 a 1604. España derrotó a Inglaterra en la mayoría de batallas terrestres y navales que se libraron después de los hechos de la Armada 1588.
La paz negociada en 1604 fue muy beneficiosa para España, que además pudo por fin concentrarse en la guerra de Flandes. En la década 1590–1600 se enviaron más escuadras españolas contra Inglaterra, algunas comparables a la Invencible y que sí llegaron a desembarcar tropas en suelo inglés, aunque muchas veces fueron dispersadas por los temporales. Tales ejemplos son la expedición punitiva en Cornualles de 1595, la intervención en Irlanda de 1596 y la invasión de 1597. La acción de la Felicísima Armada fue una batalla dentro del contexto de una larga guerra.
También suele argumentarse que la derrota de la Invencible supuso el comienzo de la hegemonía británica sobre los mares porque España nunca se recuperó, y que Inglaterra disfrutó de dominio absoluto sobre los mares desde entonces. Absolutamente falso, como se verá más adelante, cuando repasemos las campañas de los siglos XVII y XVIII. Los barcos perdidos en 1588 se reemplazaron sin mayores problemas, pues España contaba con la infraestructura necesaria para el mantenimiento de su Armada. La Navy inglesa enviada en 1589 fue derrotada decisivamente, incluso en proporciones mayores que el mero revés de la Felicísima Armada un año antes. Los alumnos más atentos a las tácticas e innovaciones implementadas en la Navy fueron, irónicamente, los marinos españoles que las adoptaron rápidamente. De hecho, los buques posteriores a la Felicísima Armada eran mucho más rápidos y ligeros, y estaban mejor artillados. Desde entonces España transportó con éxito más metales preciosos a través del Atlántico en la década de 1590 que en ninguna otra época del dominio español en ultramar. El nuevo sistema de convoyes permitía transportar tres veces más oro después de 1588 que antes de esa fecha. El problema estaba en que el dinero se gastaba más rápidamente de lo que llegaba, motivo del sobreendeudamiento y bancarrota en 1598, diez años después del episodio de la Invencible.
Los bucaneros y corsarios ingleses fracasaron en dar alcance a los barcos de españoles de Indias como atestiguan las malogradas expediciones de John Hawkins y Martin Frobisher en 1589 y 1590. De hecho, un galeón contaba, solo como dotación en artillería, con 160 soldados bien adiestrados, o incluso más, frente a las tripulaciones corsarias de 30 a 40 individuos, reclutados entre exconvictos, ladrones y huidos de la justicia en su país. La piratería del siglo XVI en el Caribe fue muy limitada e ineficaz contra la Armada española por estos motivos, prefiriéndose atacar ciudades costeras desguarnecidas. Pero esto no queda ahí, pues los propios John Hawkins y Francis Drake —los mejores corsarios ingleses— fueron muertos en una desastrosa expedición contra el Caribe español en 1596, al estar ya prevenidos de su llegada los fuertes y ciudades españolas. España dominó los mares incluso bien entrado el siglo XVII. En la segunda mitad del siglo XVII fue Holanda y no Inglaterra la que disfrutaba de mayor poderío en los mares, derrotando Holanda a Inglaterra en la guerra que mantuvieron ambas naciones por la hegemonía marítima. Solo bien entrado el siglo XVIII Inglaterra tuvo algunos periodos de dominio marítimo salpicados por derrotas como la de Cartagena de Indias o la captura de su doble convoy en 1780. O el fracaso de Nelson en el asalto a Tenerife. O la reconquista de Menorca, primero por los franceses, y después por los españoles.
Como ya se ha dicho, España se declaró en bancarrota en 1598, a pesar de lo cual prosiguió con sus guerras en Flandes y contra Inglaterra, pero la soberana inglesa, Isabel I, estaba endeudada hasta las cejas debido a la guerra (1594-1603) que libraba en Irlanda contra Hugh O’Neil. A esto hay que sumarle las plagas y hambrunas debido a las malas cosechas que causaron gran pobreza entre la población británica.
A menudo se ha dicho también, incluso aquí en España, que el origen del poderío británico comienza con el desastre de la Invencible. Esto es absolutamente falso e inexacto; la guerra contra España entre 1585–1604 impidió a los ingleses mandar expediciones al Nuevo Mundo. Solo tras la paz negociada en 1604 pudo Inglaterra crear un establecimiento permanente en América del Norte. Fue de hecho el envío de la Armada en 1588 lo que provocó el fracaso de la colonia de Roanoke, al no poder recibir ésta suministros. También se ha venido enseñando a los escolares británicos que Felipe II de España pretendía conquistar Inglaterra, anexionársela, imponer el español como lengua y devolverla al catolicismo, y que gracias al fracaso de la Invencible Inglaterra no habla español. Totalmente falso, los objetivos de Felipe II eran mucho más modestos y realistas.
El propósito era desembarcar un cuerpo expedicionario y ocupar la capital inglesa, Londres, con los Tercios para obligar a los ingleses a negociar la paz según los términos españoles. A continuación, conseguir un trato favorable para los católicos ingleses, y que cesasen las persecuciones, condenas e incautaciones de bienes de éstos. Forzar a Isabel I a comprometerse en no interferir militarmente en el conflicto de Flandes (el objetivo principal), y obligarla a detener las incursiones de Francis Drake sobre los territorios españoles, tanto de la Península como en ultramar.
También se ha dicho que la batalla de Gravelinas fue una victoria decisiva británica, estando éstos superados en número y armamento por los españoles. Esto también es falso; pese a que los barcos españoles eran en su mayor parte pesados galeones, los ingleses contaban con superioridad en pequeñas naves equipadas con cañones de disparo rápido, mientras que bastantes cañones españoles eran defectuosos. También se ha dicho que la Invencible fue diezmada por las inclemencias meteorológicas, regresando muy pocos barcos a puerto en la Península. Tampoco esto es exacto. Se perdieron 20 de 130 barcos aproximadamente por causas no relacionadas directamente con el combate. La mayoría de los 20 barcos que se fueron a pique estaban muy dañados y eran poco navegables, lo que precipitó su hundimiento delante de las costas irlandesas. La mayoría de los barcos enviados —hasta más de 70, entre ellos los mejores y más sólidos— volvieron a Santander y otros puertos entre septiembre y octubre de 1588. Los tripulantes de los barcos a su llegada a puerto recibieron atención médica y tratamiento adecuado, salvándose así cientos de vidas.
Otra inexactitud es la que sostiene que la Armada española fue bautizada «Invencible» por el rey Felipe II, jactándose éste de que ninguna escuadra extranjera podía derrotarla. Esto también es falso: el nombre que recibió la flota fue el de «Grande y Felicísima Armada». El adjetivo de «Invencible» es un añadido, una invención de los cronistas y gacetilleros ingleses, que también han venido sosteniendo que los suyos apenas sufrieron bajas en las acciones contra la Armada Invencible, y que la victoria fue celebrada con júbilo. Pero poco hubo que celebrar en Inglaterra.
Muchos marineros ingleses enfermaron a causa de un terrible brote infeccioso en su escuadra, llegando a sufrir hasta cerca de 10.000 bajas por motivos no relacionadas con el combate. No se celebró con entusiasmo la victoria, pues los marineros ingleses supervivientes protestaron airadamente porque llevaban meses sin recibir sus pagas, y muchos habían sido embarcados por la fuerza o mediante engaños.
El duque de Parma, don Alejandro Farnesio, debía aportar miles de hombres de los Tercios de Flandes que serían embarcados en los puertos de los Países Bajos, a la llegada de la Armada. Una vez arribó la flota española a Calais, llegó un mensajero enviado por el duque de Parma, quien comunicó a Medina–Sidonia que sus hombres no podían embarcar porque los puertos bajo su dominio en Flandes estaban siendo bloqueados por barcos holandeses, dirigidos por Justino de Nassau. El mal tiempo y estas noticias hicieron decantarse al duque de Medina–Sidonia por aprovechar los vientos para bordear las islas Británicas y regresar a España por la travesía más larga, pero aparentemente más segura. Fue, sin duda, una mala decisión, pues los temporales se cebaron con la Armada.