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viernes, 13 de abril de 2018

La extraña muerte del emperador Juliano el Apóstata


Contra todo pronóstico, el joven Juliano se convirtió en único augusto del Imperio Romano en noviembre del año 361, tras la repentina muerte de Constancio II, el augusto de Oriente con el que había entrado en guerra. Juliano, sobrino de Constantino, se veía a sí mismo como un Alejandro reencarnado y, seguramente por ese motivo, decidió emprender una campaña militar contra los persas, enemigos seculares de los romanos en Asia.
La ofensiva se presentaba como una larga guerra de posiciones y desgaste que, como en campañas anteriores, beneficiaría a los partos, pese a que Juliano contaba con la alianza del rey armenio Arsaces II. Aparentemente, la intención política de esta gran expedición de 65.000 hombres era la entronización del príncipe Hormizda, hermano del rey persa Sapor II, que se había refugiado en el Oriente romano en 324, y que se declaraba proclive a buscar una paz duradera con Roma, respetando la soberanía de Armenia.
Los testimonios del historiador latino Amiano Marcelino proporcionan una reconstrucción bastante precisa de la marcha del ejército romano a través de Mesopotamia iniciada en marzo de 363. Una gran victoria lograda cerca de Seleucia del Tigris permitió a Juliano alcanzar la capital sasánida, Ctesifonte, sin mayores contratiempos. Pero ante la imposibilidad de tomarla por asalto, decidió levantar el asedio y marchar hacia el norte para unirse a la columna conducida por Procopio, su segundo en el mando. Para conseguir una mayor rapidez de movimientos, Juliano ordenó quemar las naves de la flota de abastecimiento, y que hasta entonces había acompañado al ejército a lo largo del Tigris, lo que sin duda desmoralizó a las tropas. En el curso de una marcha agotadora, continuamente hostigado por un enemigo que se negaba a presentar batalla en campo abierto, Juliano sucumbió por una lanzada en el transcurso de una escaramuza con la caballería parta registrada el 26 de junio de 363.
Se ha planteado que la jabalina fuera lanzada desde sus propias filas por un soldado cristiano, y se ha especulado con una posible conjura de la facción asiática del ejército, encabezada por el conde Víctor y otros oficiales cristianos, entre ellos Valentiniano, futuro emperador de Occidente.
Juliano fue llevado a su tienda y fue atendido por su médico personal Oribaso de Pérgamo, que no pudo hacer nada por salvarle la vida, ya que tenía perforados el hígado y los intestinos y sufría una gran hemorragia. Después de reunirse con los oficiales para impartir sus últimas instrucciones, el emperador falleció.
El corto principado de Juliano terminaba así en un completo fracaso, pues no había logrado restaurar el paganismo, ni consumar la conquista de Partia. El ejército eligió como su sucesor a Joviano, un oficial cristiano de origen panonio, que se encontró en una situación desesperada, en territorio hostil y rodeado por un enemigo superior. Ansioso por llegar a territorio romano y confirmar su nombramiento, firmó una paz muy desfavorable con los persas, a quienes cedió Nísibis y gran parte de la Armenia reconquistada por Diocleciano en 298 a cambio de tener el paso franco hasta el territorio romano. Sapor II, que nunca había deseado la guerra con los romanos, y que también tenía que hacer frente a numerosos problemas internos, firmó la paz con Joviano y el príncipe Hormizda tuvo que renunciar a su sueño de convertirse en Gran Rey de los partos sasánidas.
Los restos de Juliano fueron sepultados en Tarso, y posteriormente trasladados a la Iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, siendo depositados en un gran sarcófago de pórfido. Aunque la iglesia fue destruida por los turcos en 1453 y sus restos vejados y expoliados, el sarcófago aún se conserva en el Museo Arqueológico de Estambul.
El historiador Theodor Mommsen, muy crítico con Juliano, dijo que éste intentó retrasar el reloj de la Historia y propiciar al agonizante paganismo una última oportunidad.
Antes de dirigirse a Mesopotamia para iniciar su campaña contra los partos, Juliano quiso detenerse en Jerusalén y visitó las ruinas del antiguo Templo de los judíos destruido por las legiones de Tito tres siglos antes. Juliano, quizá para debilitar a los cristianos, ordenó la reconstrucción del Templo encargando la tarea al prestigioso arquitecto Alipio de Antioquía y al gobernador de la provincia. Amiano Marcelino recoge el suceso en sus crónicas y cuenta que, al poco de iniciarse las obras, unas terribles bolas de fuego estallaron cerca de las obras, y que después de los constantes sabotajes y ataques perpetrados por los cristianos, los obreros abandonaron las obras y, tras la muerte de Juliano unos meses más tarde, el proyecto se abandonó definitivamente.

Catafractos tardorromanos

lunes, 21 de agosto de 2017

Diocleciano y la tetrarquía

A mediados del siglo III, la caída del Imperio Romano parecía inminente. Algunas tribus de francos y alamanes habían invadido la Galia. Los godos arrasaron la Dacia y llegaron hasta Éfeso. Armenia se había perdido, y por el Este los partos vadearon el Éufrates. El emperador Valeriano, que acudió con presteza a detenerlos, fue derrotado por el rey Sapor. Sin embargo, dos generales aclamados por las legiones rechazaron a los bárbaros y restablecieron las fronteras de Oriente. Las murallas de Aureliano, que dan la vuelta entera a la ciudad de Roma, todavía causan asombro a quienes las contemplan. Parece imposible que, en medio de tantas dificultades, Aureliano encontrara recursos suficientes para construir las gigantescas torres y la altísima muralla que ha protegido a la ciudad de los césares y de los papas hasta nuestros días. Un sucesor de Aureliano intentó salvar el Imperio no solo con murallas ciclópeas, sino con una nueva organización. Diocleciano fue proclamado emperador en el 284, y con él empezó una nueva etapa en la historia del Imperio Romano. Cayo Aurelio Valerio Diocleciano Augusto, nacido con el nombre de Diocles, fue emperador de Roma desde el 20 de noviembre de 284 hasta el 1 de mayo de 305. Nacido en el seno de una familia iliria de bajo estatus social, fue ascendiendo escalafones en la jerarquía militar por méritos propios hasta convertirse en comandante en jefe de la caballería del emperador Caro. Tras la muerte de Caro y la de su hijo Numeriano durante una campaña punitiva en Partia (Persia), Diocleciano fue aclamado emperador por las legiones. Consiguió acceder al trono tras un breve enfrentamiento con Carino, el otro hijo del emperador Caro, en la batalla del Margus, y su llegada al poder puso fin a la crisis del siglo III. Diocleciano nombró a Maximiano coemperador, otorgándole el título de augusto de Occidente en 285. El 1 de marzo de 293 nombró césares a Galerio y Constancio. Este nuevo régimen, conocido como tetrarquía o «gobierno de cuatro», implicaba que el gobierno del Imperio se repartía geográficamente entre los cuatro emperadores: dos augustos y dos césares. En un movimiento que seguía la tendencia del siglo III hacia el absolutismo, Diocleciano amoldó su figura a la de un autócrata oriental, elevándose por encima del Senado e imponiendo rígidos protocolos ceremoniales en la corte. Diocleciano dirigió campañas militares contra los sármatas (285) y en el Danubio contra los alamanes (288), y contra los usurpadores en Egipto (297-98), asegurando las fronteras del Imperio. En 299 Diocleciano dirigió las negociaciones con el Imperio Parto, el enemigo tradicional de Roma en Asia, consiguiendo una paz duradera y favorable. Separó y aumentó los servicios militares y civiles que los ciudadanos debían prestar al Estado. Asimismo, reorganizó las diócesis creando la administración más grande y burocratizada en la historia de Roma. Estableció nuevos centros administrativos en Nicomedia, Mediolanum (Milán), Antioquía y Tréveris, puntos estratégicos más cercanos a las fronteras que Roma.
Las constantes campañas militares y los proyectos de construcción y obras públicas incrementaron el gasto del Estado e hicieron necesaria una profunda reforma fiscal. A partir del año 297 el sistema de recaudación de impuestos fue homogeneizado con tipos impositivos más altos que los que habían dominado hasta entonces. Sin embargo, no todas sus reformas tuvieron éxito. Su edicto sobre Precios Máximos del año 301, norma cuyo objetivo era poner fin a la inflación mediante el control estatal de los precios, no solo no tuvo éxito, sino que fue contraproducente y rápidamente ignorada. Además, y aunque fue efectivo mientras Diocleciano estuvo al mando, el sistema de la tetrarquía se colapsó en el momento en que éste abdicó, sustituyéndose en la lucha por el poder entre Majencio y Constantino hijos, respectivamente, de Maximiano y Constancio. La persecución contra los cristianos que tuvo lugar entre los años 303 y 311, se convertiría en la mayor y más sangrienta desencadenada hasta entonces, pero no logró su objetivo de destruirlos. A pesar de algunos fracasos, las reformas de Diocleciano cambiaron de forma fundamental la estructura del Imperio y ayudaron a estabilizarlo económica y militarmente, permitiendo que perdurase otro siglo y medio, aproximadamente, cuando había estado a punto de colapsarse pocos años antes. Enfermo y cansado, Diocleciano abdicó el 1 de mayo de 305, convirtiéndose en el primer emperador romano en dejar voluntariamente su cargo. Desde entonces vivió en su palacio en la costa de Dalmacia, dedicado al cultivo de sus jardines y huertos.
Los escritores clásicos críticos con su gobierno afirman que su padre era un escriba o un liberto del senador Anulino, y aún llegan a afirmar que el propio Diocles era un liberto. Sus primeros cuarenta años de vida son muy oscuros. El cronista bizantino Juan Zonaras afirma que era el dux de Moesia, lo que equivaldría a decir que era un comandante de las tropas acuarteladas en el bajo Danubio. Por otro lado, y según la Historia Augusta, Diocleciano habría servido también en la Galia, pero se trata de un dato poco fiable para los historiadores modernos, ya que no está corroborado por otras fuentes. La muerte del emperador Caro en plena campaña contra los partos supuso la llegada al poder de sus impopulares hijos, Numeriano y Carino. Éste avanzó directamente sobre Roma desde la Galia, llegando en enero de 284 a las puertas de la ciudad. Numeriano, sin embargo, permaneció al mando del ejército en la parte oriental del Imperio, donde se encontraba en campaña acompañando a su padre. La retirada romana de Partia se realizó de forma ordenada gracias a que el rey parto Bahram II se encontraba en plena lucha interna por establecer su autoridad y no podía enviar sus fuerzas contra ellos. En cualquier caso, en marzo de 284, Numeriano solo había logrado llegar a Emesa (Homs), en Siria, y en noviembre de ese mismo año todavía se encontraba en Asia Menor. Aparentemente en Emesa todavía estaba vivo y con buena salud, pero tras dejar la ciudad sus oficiales, incluyendo al prefecto del Pretorio, Arrio Aper, informaron de que sufría una inflamación en uno de sus globos oculares, y desde ese momento viajó en un coche cerrado. Cuando el ejército llegó a Bitinia, algunos de los soldados de Numeriano percibieron un fuerte olor a putrefacción que emanaba del coche. Cuando abrieron las cortinas encontraron el cadáver de Numeriano en avanzado estado de descomposición. Entonces Arrio anunció la muerte de Numeriano a sus hombres. Como era costumbre, los generales y tribunos de Numeriano se reunieron en asamblea para dirimir la sucesión en el mando, y eligieron a Diocles como nuevo emperador, a pesar de los esfuerzos de Arrio por conseguir el apoyo de los oficiales. El 20 de noviembre de 284 el ejército de Oriente se reunió en una colina situada a unos 8 kilómetros de Nicomedia y aclamó unánimemente a Diocles como su nuevo augusto. Éste aceptó formalmente la púrpura imperial. Después levantó su espada a la luz del sol e hizo un juramento por el que rechazaba cualquier responsabilidad en la muerte de Numeriano al tiempo que afirmaba que Arrio le había asesinado. Luego, a la vista de todos, le mató clavándole su espada. Según la Historia Augusta, habría citado a Virgilio mientras hundía su espada en Arrio. Después de su proclamación, Diocles romanizó su nombre pasando a llamarse Cayo Aurelio Valerio Diocleciano.
Tras su ascensión al poder, Diocleciano y Lucio Cesonio Baso fueron nombrados cónsules y asumieron las fasces —insignia propia de los cónsules romanos que se componía de una segur en un hacecillo de varas— en lugar de Carino y Numeriano. Cesonio Baso era miembro de una familia senatorial natural Campania, un antiguo cónsul y procónsul de África. Había sido elegido por Probo como señal de distinción. Se trataba de un hombre con capacidad en las labores de gobierno en las que Diocleciano, presumiblemente, no tenía experiencia. Por otro lado, el nombramiento de Cesonio Baso simbolizaba el rechazo de Diocleciano al gobierno de Carino, y su negativa a aceptar un estatus inferior a cualquier otro que no fuera el de augusto, así como su intención de continuar una colaboración a largo plazo entre los patricios de la clase senatorial, y los militares. También vinculaba su éxito al del Senado, del que necesitaba su apoyo para entrar en Roma con garantías de éxito. No obstante, Diocleciano no era el único candidato para suceder a Carino. El usurpador Sabino Juliano se hizo con el control del norte de Italia y de Panonia tras la aclamación de Diocleciano por sus tropas. Este hecho es conocido, entre otras cosas, debido a que hizo acuñar monedas desde la fábrica de moneda de Siscia, en la actual Sisak, Croacia, declarándose a sí mismo emperador y prometiendo la libertad a sus súbditos. Esto ayudaría políticamente a Diocleciano, que lo utilizó para defender en su propaganda un retrato de Carino como un tirano cruel y opresivo. A pesar de ello, las fuerzas con las que contaba Juliano eran tropas débiles y mal adiestradas, y fueron dispersadas fácilmente cuando los ejércitos de Carino fueron trasladados desde Britania al norte de Italia. Diocleciano era, como líder de un Oriente unido, la amenaza más importante para la posición de Carino en Occidente. Durante el invierno de 284-285, Diocleciano hizo avanzar a sus tropas a través de los Balcanes. En la primavera, poco después de mayo, su ejército se enfrentó al de Carino en el río Margus, en Mesia (Moesia). En la actualidad se ha estimado la localización de la batalla cerca de la actual Belgrado (Serbia). A pesar de contar con un ejército más fuerte, Carino ocupaba la posición más débil. Además, su gobierno era impopular, llegándose a alegar que Carino había maltratado al Senado y seducido a las esposas de sus oficiales. Es posible que Flavio Constancio, el gobernador de Dalmacia, hubiese desertado al bando de Diocleciano al comienzo de la primavera. Cuando comenzó la batalla del río Margus el prefecto de Carino, Aristóbulo, también desertó. En el transcurso de la batalla, Carino murió a manos de sus propios hombres, y la victoria fue para Diocleciano. Entonces ambos ejércitos, tanto el de Oriente como el de Occidente, le aclamaron como «Imperator» o Generalísimo. Diocleciano exigió un juramento de lealtad al ejército derrotado y partió inmediatamente hacia Italia para asegurar su posición.
Inmediatamente después de la batalla del río Margus, Diocleciano se viese involucrado en sendas batallas contra los cuados —un pueblo de origen suevo que habitó el sudeste de Germania— y los marcomanos, muy activos en tiempos de Marco Aurelio y Cómodo, un siglo antes. Los belicosos marcomanos eran un pueblo germánico que poblaba a principios de nuestra Era la actual Bohemia. Finalmente Diocleciano llegó al norte de Italia para hacerse con el principado, aunque se desconoce si llegó a ver la ciudad de Roma. Existe una acuñación de moneda contemporánea que sugiere la celebración de un adventus (llegada) a la ciudad, pero algunos historiadores modernos defienden que Diocleciano evitó la ciudad deliberadamente por motivos de seguridad, pues temía una emboscada. De todos modos, la ciudad y el Senado ya no eran políticamente relevantes para el destino del Imperio, y Diocleciano pretendía enviarles este mensaje. Es más, Diocleciano fechó su reinado a partir de su aclamación por el Ejército, y no por la fecha de ratificación de su nombramiento por el Senado, siguiendo la práctica establecida por Caro, que había declarado que la ratificación senatorial era sólo una formalidad. En cualquier caso, si Diocleciano llegó a entrar en Roma tras su acceso al trono, no debió permanecer mucho tiempo en la ciudad; existen datos que le sitúan en los Balcanes el 2 de noviembre de 285 dirigiendo una campaña militar contra los sármatas. Tan pronto como le fue posible, Diocleciano sustituyó al prefecto de Roma por su colega consular, Baso. La mayoría de los oficiales que habían servido con Carino, sin embargo, mantuvieron sus cargos durante el principado de Diocleciano. En una obra de Aurelio Víctor se hace referencia a un acto inusual de clementia, en virtud del cual Diocleciano no mató ni depuso al prefecto del Pretorio y cónsul Aristóbulo, sino que le confirmó en ambos cargos, y más tarde le otorgó el proconsulado de África y el rango de prefecto urbano. Es probable que las otras personas que mantuvieron sus cargos también hubieran traicionado a Carino. La lealtad de Maximiano hacia Diocleciano demostró ser un importante componente de los primeros éxitos de la tetrarquía. La historia reciente había demostrado que el gobierno unionista del Imperio era peligroso para su estabilidad, y los asesinatos de Aureliano (275) y de Probo eran una muestra de ello. Aureliano fue el segundo de varios soldados-emperadores notablemente exitosos conocidos como los emperadores ilirios, que ayudaron al Imperio Romano a recuperar su poder y prestigio durante la última parte del siglo III y comienzos del IV. El conflicto hervía en cada provincia del Imperio, desde la Galia hasta Siria, y desde Egipto hasta el bajo Danubio. Era demasiado para que una sola persona lo pudiera controlar, por lo que Diocleciano necesitaba asociarse a un colega de confianza que actuase como su lugarteniente. En algún momento de 285, en Mediolanum —actual Milán—, Diocleciano promocionó a Maximiano, antiguo compañero de armas, al cargo de coemperador con el título de césar. Él se reservaba el de augusto. El concepto del principado compartido no era nuevo en el Imperio Romano. César Augusto, el primer emperador (27 a.C. a 14 d.C.), ya había compartido el poder con sus colegas Lépido y Marco Antonio durante el II triunvirato, y hubo una figura semejante a la del coemperador a partir de Marco Aurelio (161-180). Además, poco tiempo antes, el emperador Caro y sus hijos habían gobernado conjuntamente. Diocleciano, en este sentido, estaba en una situación más delicada que sus predecesores porque tenía una hija, Valeria, pero no tenía hijos varones. El coemperador debía proceder, por tanto, de fuera de su familia, lo que implicaba mayores problemas de lealtad. Algunos historiadores defienden que Diocleciano, al igual que algunos emperadores anteriores, adoptó a Maximiano como su filius Augusti, su «hijo Augusto», en el momento de su nombramiento. Sin embargo, se trata de una posibilidad que no está generalmente aceptada. La relación política entre Diocleciano y Maximiano fue investida de connotaciones religiosas cuando, hacia 287, Diocleciano asumió el título Iovius y Maximiano el de Herculius. Es probable que estos títulos tuvieran la intención de vincular a los dos copríncipes con ciertas características de los dioses a los que hacían referencia: Diocleciano, asumiendo la personalidad de Júpiter, se encargaba de las funciones propias del mando. Maximiano, en el papel de Hércules, actuaba como el héroe subordinado a Júpiter. En cualquier caso, y a pesar de esas connotaciones religiosas, los emperadores no eran «dioses» ni pretendían serlo. En realidad, eran vistos como los representantes de los dioses que hacían su voluntad en la tierra. La legitimación religiosa permitía que Diocleciano y Maximiano quedasen en un estadio superior al que pudieran ocupar los potenciales rivales que estuviesen amparados únicamente en la aclamación militar. Tras su proclamación, Maximiano fue enviado a someter la rebelión de los bagaudas en la Galia. Los bagaudas eran campesinos que, a menudo, se convirtieron en bandidos errantes después de haber participado en violentos levantamientos y rebeliones contra los terratenientes romanos en Hispania y en la Galia entre los siglos III y V. Diocleciano, por su parte, volvió a Oriente para enfrentarse a los sármatas y a los partos.
El avance de Diocleciano y sus tropas fue lento. El 2 de noviembre todavía se encontraban en Citivas Iovia (Botivo, cerca de Ptuj, actual Eslovenia). En los Balcanes, en el otoño de 285, una delegación sármata solicitó una audiencia con el emperador. Los embajadores sármatas solicitaron a Diocleciano ayuda para recuperar sus tierras o, en su defecto, permiso para utilizar los pastos que se encontraban en tierras del Imperio Romano, pero Diocleciano contestó negativamente a ambas peticiones y se enfrentó a ellos, aunque no fue capaz de obtener una victoria definitiva en el campo de batalla. Las presiones de los pueblos nómadas sobre la Gran Llanura europea se mantuvieron, y más tarde el Imperio tendría que volver a guerrear con los sármatas. Diocleciano pasó el invierno en Nicomedia, y parece ser que entonces se produjo una revuelta en las provincias orientales provocada por el hecho de que Diocleciano trajo consigo colonos de la provincia romana de Asia Menor para hacerse cargo de las granjas deshabitadas de Tracia. El emperador visitó Judea la primavera siguiente y probablemente volvió a Nicomedia para pasar a cuarteles de invierno. Durante la estancia de Diocleciano en Oriente tuvo lugar un éxito diplomático relativo al conflicto con Partia: en 287 el rey Bahram II le ofreció valiosos regalos, declaró la amistad abierta con el Imperio e invitó a Diocleciano a visitarle. Las fuentes romanas insisten en que se trató de un acto de buena fe totalmente voluntario. Ese mismo año, Partia renunció a sus reclamaciones sobre Armenia y reconoció la autoridad romana sobre el territorio al oeste y al sur del Tigris, con lo que la parte occidental de Armenia quedó incorporada al Imperio Romano como provincia. Tiridates III, de la dinastía arsácida y pretendiente al trono armenio —tradicionalmente cliente de Roma—, había sido desheredado y forzado a refugiarse en el Imperio Romano tras la conquista de los partos de los años 252-253. En 287 volvió a reclamar la parte oriental de su reino y no encontró oposición. Los regalos de Bahram II fueron vistos como un símbolo de victoria en el marco de las guerras entre Roma y Partia, y Diocleciano fue alabado como el «fundador de la Paz Eterna». Estos hechos sirvieron de brillante colofón a la campaña oriental del emperador Caro, que probablemente culminó en un acuerdo de paz. A la terminación de los enfrentamientos armados con los partos, Diocleciano reorganizó la frontera de Mesopotamia y fortificó las defensas en Siria y el Éufrates.
Las campañas militares de Maximiano no fueron tan brillantes como las de Diocleciano. Los bagaudas fueron sometidos, pero Carausio, el hombre al que había puesto al mando de las operaciones navales contra los piratas sajones y francos, había comenzado a apropiarse del botín tomado a los piratas. Maximiano emitió una orden de apresamiento y pena de muerte contra su subordinado, que huyó del continente y se proclamó a sí mismo augusto, consiguiendo iniciar una revuelta en Britania y en noroeste de la Galia. Espoleado por la crisis, el 1 de abril de 286, Maximiano adoptó el título de augusto. Se trató de un pronunciamiento inusual, por cuanto era imposible que Diocleciano estuviese presente como testigo del evento. Se ha sugerido que Maximiano pudo haber usurpado el título deliberadamente, y sólo más tarde habría sido reconocido por Diocleciano para evitar la guerra civil. Sin embargo, esta posibilidad no es generalmente aceptada, debido a que no está claro si Diocleciano estaba de acuerdo con la medida, y si quiso o no que Maximiano actuara con la suficiente independencia. Maximiano se dio cuenta de que no podía terminar con el comandante rebelde de forma rápida, por lo que previamente, durante la campaña de 287, se dedicó a hacer la guerra a las tribus de la orilla oriental del Rin. Durante la primavera siguiente Maximiano preparó una flota para la expedición militar contra Carausio. Diocleciano, por su parte, volvió del este para encontrarse con Maximiano, y prepararon una campaña conjunta contra los alamanes. Diocleciano invadió Germania desde Raecia mientras que Maximiano avanzaba desde Maguncia, y cada uno de los augustos iba arrasando los cultivos y acaparando las provisiones que encontraba a su paso, destruyendo los medios de subsistencia de los germanos. Con esta campaña punitiva los dos emperadores consiguieron ampliar el territorio romano, permitiendo que Maximiano pudiera centrarse en los preparativos de la campaña contra Carausio sin ningún tipo de distracción. A su vuelta al este, Diocleciano venció a los sármatas en una rápida campaña. No han llegado detalles sobre estos hechos, si bien las inscripciones existentes indican que Diocleciano adoptó el título de Sarmaticus Maximus después de 289. En Oriente Diocleciano encabezó diversas actividades diplomáticas dirigidas a las tribus del desierto que habitaban el territorio entre Roma y Partia. Es posible que pudiera intentar persuadirles para que se aliasen con Roma, reeditando la antigua esfera de influencia romana en Palmira, o puede que simplemente intentase reducir la frecuencia de sus incursiones sobre el territorio del Imperio en Mesopotamia. No existen detalles sobre estos eventos. Algunos de los reyes de estos pequeños estados eran vasallos de Partia, hecho que pudiera haber incrementado la tensión entre las dos potencias. En Occidente, Maximiano perdió la escuadra a comienzos de la primavera de 290. El autor del panegírico en el que se hace referencia a este desastre naval sugiere que pudo haberse producido por culpa de una tormenta, pero también es posible que dicha excusa no sea más que un intento del autor de ocultar una humillante derrota militar. Poco después de este acontecimiento, Diocleciano terminó su viaje por Oriente y volvió al oeste, llegando a Sirmio, en el Danubio, el 1 de julio del mismo año 290.
Los dos emperadores se encontraron en Milán durante el invierno de 290-291, en el transcurso de una ceremonia revestida de gran solemnidad. Los augustos emplearon gran parte de su tiempo en apariciones públicas y se conjetura que las ceremonias se prepararon con la finalidad de demostrar que el apoyo de Diocleciano a su colega Maximiano se mantenía incólume. Una delegación del Senado se reunió con los emperadores. La elección de Milán en lugar de Roma para celebrar el encuentro, no agradó a los senadores romanos, que lo interpretaron como una afrenta a la capital del Imperio, aunque entonces ya existía una práctica generalizada que determinaba que Roma era una capital de carácter más ceremonial que real, puesto que el verdadero centro de la administración imperial quedaba determinado en función de las necesidades defensivas de la península Itálica. Antes de que Diocleciano lo hiciera, Galieno (260-268) ya había elegido Milán para ubicar sus cuarteles de invierno. En el panegírico que detalla la ceremonia aparece una mención que implica que el verdadero centro del Imperio no era Roma, sino donde el emperador se encontrase; algo que ya había manifestado el historiador Herodiano a comienzos del siglo III: «Roma está donde el emperador reside». Durante la reunión probablemente se trataron diversos asuntos políticos y militares, pero las conversaciones se mantuvieron en secreto. Los emperadores no volverían a reunirse hasta el año 303, en vísperas de la abdicación de Diocleciano. En algún momento, entre su vuelta y el año 293, Diocleciano transfirió el mando de la guerra contra Carausio de Maximiano a Flavio Constancio. Éste era el gobernador de Dalmacia y un hombre de una gran experiencia militar que se remontaba a las campañas de Aureliano contra la reina Zenobia de Palmira (272-273). Además, era el prefecto del Pretorio de Maximiano en la Galia, y el esposo de la hija de Maximiano, Teodora. El 1 de marzo de 293, en Milán, Maximiano otorgó a Constancio el título de césar. En la primavera de 293, puede que en Filipópolis o Sirmio, Diocleciano hizo lo mismo con Galerio, su yerno. Constancio fue asignado a la prefectura de la Galia, y Galerio a la de Siria y Egipto. Este sistema de gobierno recibió el nombre de tetrarquía cuyo significado es, literalmente, «gobierno de cuatro». Cada uno de los cuatro emperadores que componía la tetrarquía era el Imperator de la prefectura o región militar asignada, y, puede decirse, que cada uno tenía su propia corte diseñada a su gusto. Los cuatro estaban vinculados entre sí por lazos de sangre y de matrimonio; Diocleciano y Maximiano se presentaban como augustos y hermanos, y adoptaron formalmente a Galerio y a Constancio como hijos y césares en 293. Estas relaciones implicaban la existencia de una línea de sucesión bien definida: Galerio y Constancio se convertirían en augustos después de Diocleciano y Maximiano. En ese momento el hijo de Maximiano, Majencio, y el de Constancio, Constantino, se convertirían en césares. Para prepararles para sus obligaciones futuras, Constantino y Majencio fueron llevados a la corte de Diocleciano en Nicomedia, capital del antiguo reino de Bitinia en Anatolia.
Diocleciano pasó la primavera de 293 viajando con Galerio desde Sirmio, en Panonia, a la ciudad de Bizancio —futura Constantinopla— en el Bósforo. Luego volvió a Sirmio, donde permaneció hasta la primavera del año siguiente. Luchó de nuevo contra los sármatas en 294, probablemente en otoño, y obtuvo una memorable victoria que mantuvo a los sármatas alejados de las provincias del Danubio durante algún tiempo. Mientras tanto, Diocleciano construyó nuevos fuertes al norte del Danubio que se convirtieron en parte de una línea de defensa llamada Ripa Sarmatica. Entre 295 y 296 Diocleciano combatió en la región, obteniendo una gran victoria sobre los carpianos en el verano de 296. Después, durante 299 y 302, mientras Diocleciano residía en Oriente, fue el turno de Galerio de dirigir una victoriosa campaña en el Danubio. A finales de su principado, Diocleciano había pacificado la totalidad de la frontera del Danubio, construyendo fortificaciones, cabezas de puente, carreteras y ciudades amuralladas, y envió al menos quince legiones a patrullar la región; una inscripción en Sexaginta Prista, en el bajo Danubio, asegura que Diocleciano restauró la tranquilitas en la región. El sistema defensivo se construyó a muy alto coste, pero fue un logro significativo. Galerio, entre tanto, se vio envuelto en enfrentamientos en el Alto Egipto entre los años 291 y 293. Allí tuvo que sofocar una revuelta local y regresar después a Siria en 295 para luchar contra los partos, pero los intentos de Diocleciano por homogeneizar el sistema impositivo egipcio con el del resto del Imperio, provocaron el descontento y se desató una nueva revuelta tras la partida de Galerio con sus tropas. El usurpador Domicio Domiciano se declaró a sí mismo augusto en julio o agosto de 297 y gran parte de Egipto, incluyendo Alejandría, lo reconoció como tal. Diocleciano se trasladó a Egipto para acabar con la amenaza de secesión, consiguiendo una primera victoria en Tebaida en otoño de 297, para luego trasladarse a Alejandría, a la que puso asedio. Domiciano murió en diciembre de ese año, momento en el que Diocleciano ya había asegurado el control sobre el territorio rebelde egipcio. Alejandría, que había organizado su defensa bajo el mando de Aurelio Aquileo, antiguo corrector de Diocleciano, aguantó heroicamente hasta marzo de 298. Durante la estadía de Diocleciano en la región se llevaron a cabo diversas reformas en la administración: se realizó un censo y Alejandría, en castigo por su rebelión, perdió el derecho a acuñar moneda. Las reformas de Diocleciano en la provincia, combinadas con las de Septimio Severo, llevaron las prácticas administrativas egipcias más cerca de las romanas. Diocleciano viajó por el Nilo el verano siguiente, visitando Oxirrinco y Elefantina. En Nubia firmó una paz con Nobatia y con las tribus blemias. Conforme a lo estipulado en el tratado —al estilo de los antiguos faraones—, las fronteras romanas fueron trasladadas al norte hasta Filo y las dos tribus recibieron un estipendio anual en oro. Diocleciano dejó África poco después de formalizar el tratado de paz, llegando a Siria en febrero de 299 y, poco después, se reunió con Galerio en Mesopotamia.
En 294, Narsés de Armenia, un hijo del rey sasánida Sapor, que había sido dejado a un lado en la sucesión al trono, se hizo con el poder en Partia. Narsés eliminó a Bahram III, un usurpador que accedió al trono en 293, tras la muerte de Bahram II. A comienzos de 294, Narsés y Diocleciano procedieron a hacer el acostumbrado intercambio de regalos entre los dos Imperios y Diocleciano incluyó un intercambio de embajadores. En Partia, mientras tanto, Narsés se dedicaba a destruir cualquier rastro que hiciese referencia a sus inmediatos predecesores en los monumentos públicos. Buscaba que se le identificase con el Gran Rey guerrero Sapor I, que gobernó entre los años 241 y 272, y que había saqueado Antioquía. Narsés declaró la guerra a Roma en 295. Parece que primero invadió el oeste de Armenia, ocupando las tierras que fueron entregadas a Tiridates en virtud del tratado de paz de 287. En 297 Narsés se dirigió a Mesopotamia, donde infligió una severa derrota a Galerio cerca de la ciudad de Carras —en latín Carrhae—, en territorio de Armenia (hoy Harán, Turquía). La debacle se produjo en un lugar de infausto recuerdo para los romanos; pocos años antes, en el 260, el rey de los partos Sapor I había derrotado a las legiones de Valeriano, y había desollado vivo al emperador para decorar con su piel su sala de trofeos. Fue precisamente en ese mismo lugar donde Marco Licinio Craso, legado de Siria, fue también vencido por los partos en el año 53 a.C. Craso, al igual que Valeriano, padeció una muerte horrible tras la derrota; pues los partos vertieron oro fundido por su garganta. Ambas batallas, aunque separadas en el tiempo por casi tres siglos y medio, significaron dos de las más humillantes derrotas sufridas por los romanos en Oriente. Quizá por este motivo, Diocleciano pudo o no haber estado presente durante la batalla, pero, en cualquier caso, rechazó rápidamente cualquier tipo de responsabilidad en la derrota, y en una ceremonia pública en Antioquía declaró que Galerio era el único responsable del descalabro. Diocleciano humilló públicamente a Galerio, obligándole a caminar durante una milla encabezando la caravana imperial, vestido con la púrpura imperial. Durante la primavera de 298 es probable que Galerio recibiera refuerzos procedentes de un contingente germano reclutado en las regiones del Danubio. Narsés no avanzó desde Armenia y Mesopotamia, dejando que Galerio liderase la contraofensiva en 298 con un ataque sobre el norte de Mesopotamia a través de territorio armenio. No está claro si Diocleciano estaba presente para prestar su ayuda en la campaña de Galerio contra los partos; puede que hubiese regresado a Egipto. Narsés se retiró a Armenia para evitar la batalla con el ejército de Galerio en una situación de desventaja; el escarpado terreno armenio favorecía más a la infantería romana que a la caballería ligera sasánida. Galerio obtuvo dos grandes victorias sobre Narsés. Durante el segundo encuentro, las fuerzas romanas asediaron el campamento de Narsés, donde se encontraban su tesoro y su esposa. Galerio continuó avanzando por el río Tigris hacia el sur y capturó Ctesifonte, la capital de los partos, antes de volver a territorio romano siguiendo el Éufrates. Las ruinas de Ctesifonte se hallan unos 35 kilómetros al sur de Bagdad, a orillas del Tigris. El área que ocupaba esta fabulosa ciudad era de unos 30 km² frente a los 15 km² de Roma en el siglo III. Narsés envió a un embajador a Galerio para rogarle que le devolviera a su esposa e hijas, pero Galerio le despidió sin atender a sus demandas. Las negociaciones de paz comenzaron en la primavera de 299. Diocleciano y el magister memoriae (secretario) de Galerio, Sicorio Probo, fueron enviados a Narsés para presentar sus condiciones. Éstas eran muy duras: Armenia debía volver al dominio romano, estableciendo la fortaleza de Ziatha como límite; la Iberia caucásica se sometería a Roma. La Iberia caucásica o Iberia asiática, para distinguirla de la península Ibérica, al igual que la legendaria Cólquida —donde se encontraba el Vellocino de Oro—, se hallaba en la costa oriental del mar Negro. Actualmente ambos territorios forman parte de Georgia. Nísibis, bajo dominio romano, se convertiría en la única ruta para el comercio entre Partia y Roma; y Roma controlaría las cinco satrapías ubicadas entre el Tigris y Armenia: Ingilene, Sophanene, Arzanene, Corduene, y Zabdicene. Dentro de estas regiones se ubicaba el paso del Tigris por el Antitauro, —la cadena montañosa que se extiende por el sur hacia el interior de Turquía—, el paso de Bitlis, que representaba la ruta más rápida hacia el interior de la Armenia parta, y el acceso a la llanura de Tur Abdón. Una franja de tierra que contendría más adelante las fortalezas estratégicas de Amida (Diyarbakır, Turquía) y Bezabde pasó a estar bajo la ocupación militar romana. Gracias a estos territorios, Roma tendría una posición avanzada al norte de Ctesifonte, y podría frenar cualquier futuro avance de fuerzas partas en la región. El Tigris se convirtió en la frontera natural entre los dos imperios. Con la paz, Tiridates recuperó su trono y sus derechos dinásticos y Roma aseguró una amplia zona de influencia, lo cual permitió en décadas posteriores una amplia difusión del cristianismo desde el centro de Nísibis, y la posterior cristianización de Armenia.

Jinetes romanos del siglo III

domingo, 11 de junio de 2017

Las legiones romanas y el culto al Sol Invicto

Es del todo cierto que Constantino fue tolerante con el cristianismo. Mediante el Edicto de Milán, promulgado en el año 313, prohibió la persecución de todas las formas de monoteísmo en el Imperio Romano. En la medida en que ello incluía al cristianismo, Constantino, efectivamente, se convirtió en un salvador que redimió a los cristianos tras siglos de persecuciones, la última en tiempos tan recientes como los de Diocleciano. También es cierto que concedió ciertos privilegios a la Iglesia de Roma, así como a otras instituciones religiosas. Permitió que muchos dignatarios de la Iglesia entrasen a formar parte de la administración civil y con ello preparó el camino para la consolidación de la Iglesia como poder secular. Donó el magnífico palacio de Letrán al obispo de Roma, y la Iglesia pudo utilizarlo como medio de instaurar su supremacía sobre los centros rivales de autoridad cristiana que eran Alejandría y Antioquía. Finalmente, presidió y tomó parte activamente en el Concilio de Nicea del año 325. En este concilio ecuménico, las diversas formas de entender el cristianismo se vieron obligadas a enfrentarse unas con otras y, en la medida de lo posible, limar sus diferencias. Como resultado de este histórico Concilio, Roma, la capital del Imperio, se convirtió también en el centro oficial de la ortodoxia cristiana y cualquier desviación de esta ortodoxia se transformó en herejía, en lugar de ser una simple diferencia de opinión o interpretación. En Nicea, por medio de una votación, se instauró tanto la divinidad de Cristo como la naturaleza exacta de esa divinidad, abriendo la puerta a siglos de controversias teológicas, precisamente lo que se pretendía evitar en aquel concilio presidido por el emperador. Es de justicia reconocer que el cristianismo, tal como lo conocemos hoy, se deriva en esencia, no de la época de Jesús, sino del Concilio de Nicea. Y en la medida que ese concilio fue en gran parte obra de Constantino, el cristianismo está en deuda con él. Pero eso es muy distinto que afirmar que Constantino era cristiano, o que «cristianizó» el Imperio. De hecho, en la actualidad puede demostrarse que la mayoría de las tradiciones populares asociadas con Constantino son palpablemente erróneas. La llamada «Donación de Constantino», que la Iglesia utilizó en el siglo X para hacer prevalecer su supremacía ante el rey alemán Otón I e imponer su criterio en asuntos seculares, es hoy reconocida universalmente como una descarada falsificación que, en un contexto contemporáneo, se juzgaría como inequívocamente delictiva. Hoy en día, incluso la Iglesia está dispuesta a reconocerlo, al mismo tiempo que sigue negándose a renunciar a muchas de las ventajas y prerrogativas que obtuvo de tal engaño en la Edad Media. En cuanto a la «conversión» de Constantino —suponiendo que «conversión» sea la palabra apropiada—, no parece que fuera cristiana en absoluto, sino convencionalmente pagana. Al parecer, Constantino, que era bastante supersticioso, tuvo alguna clase de visión o de sueño premonitorio, quizá las dos cosas, en el recinto de un templo pagano dedicado al Apolo gálico, ya fuera en la región de los Vosgos o cerca de Autun. También es posible que viviera una segunda experiencia de la misma índole inmediatamente antes de la decisiva batalla del Puente Milvio, en la que Constantino derrotó a su rival para ejercer el principado. Según un testigo que acompañaba al ejército de Constantino en aquellos momentos, la visión fue del dios Sol, que ciertos cultos —muy populares entre las tropas romanas— adoraban bajo el nombre de Sol Invicto, es decir, «Sol Invencible». Poco antes de su visión o visiones, Constantino había sido iniciado en el culto al Sol Invicto, lo que hace que su experiencia sea perfectamente verosímil, además de ser muy conveniente para insuflar ánimos a sus soldados. Y, después de la batalla del Puente Milvio, el Senado erigió un Arco del Triunfo en los aledaños del Coliseo. Según la inscripción que hay en dicho arco, Constantino obtuvo la victoria «mediante el favor de la Deidad». Pero la deidad en cuestión no era el dios cristiano. Era el Sol Invicto, uno de los dioses solares en los ancestrales cultos paganos.
En contra de lo que ha venido afirmando la Iglesia durante siglos, Constantino no hizo del cristianismo la religión oficial de Imperio Romano, aunque la favoreció sobre las demás. En tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV— el culto al Sol Invicto era uno más entre los que se practicaban en la cuenca mediterránea. Entre los militares tenía también mucho arraigo el culto de Mitra, y entre las élites estaban los misterios de Eleusis, los de Isis, Serapis, etcétera. Por otra parte, Constantino conservó durante toda su vida el arcaico título de Pontifex Maximus, o jefe religioso de la República. Además, su principado se asoció con el «imperio del Sol». La imagen de Constantino como ferviente converso al cristianismo es patentemente errónea. Ni siquiera fue bautizado hasta que se encontraba en el lecho de muerte. El culto al Sol Invicto era de origen sirio. Había sido introducido en Roma solo un siglo antes de Constantino. Aunque contenía elementos del culto cananeo a Baal y Astarté, era esencialmente monoteísta. En efecto, proponía al dios Sol como la suma de todos los atributos de todos los demás dioses, y de esta manera asumía pacíficamente a sus posibles rivales sin la necesidad de combatirlos. Para Constantino, el culto al Sol Invicto era conveniente y nada más. El objetivo principal, obsesivo, del emperador era la unidad: política, religiosa y territorial. Obviamente, una religión sincrética y estatalizada que incluyera a todas las otras llevaba a ese objetivo. Y fue bajo la tutela, por así decirlo, del culto al Sol Invicto que el cristianismo pudo prosperar. De todos modos, la doctrina cristiana de la época, tal como era promulgada por Roma a la sazón, tenía mucho en común con el culto al Sol Invicto; y, por ende, pudo prosperar sin ser molestado bajo el paraguas de tolerancia del culto al Sol. Siendo esencialmente monoteísta, el culto al Sol Invicto le allanó el camino al monoteísmo cristiano. Al mismo tiempo, la Iglesia primitiva no tuvo escrúpulos en modificar sus propios principios y dogma con el objeto de aprovechar la oportunidad que se le brindaba. Mediante un edicto promulgado en 321, por ejemplo, Constantino ordenó que los tribunales permaneciesen cerrados en «el venerable día del Sol», decretando que dicho día fuera de descanso. Hasta entonces el cristianismo había considerado sagrado el sábado, el día santo de los judíos. Ahora, de acuerdo con el edicto de Constantino adoptó el domingo como día sagrado. Esto no solo le hizo armonizar con el régimen existente, sino que, además, le permitió desasociarse aún más de sus orígenes judaicos. Por otra parte, hasta el siglo IV el natalicio de Jesús se había celebrado el 6 de enero. Para el culto del Sol Invicto, no obstante, el día de mayor importancia simbólica del año era el 25 de diciembre: la festividad de Natalis Invictus, el nacimiento —o renacimiento— del Sol, momento en que los días comenzaban a alargarse de modo perceptible. También en este sentido el cristianismo se alineó con el régimen y con la religión oficial del Estado. De esta religión estatal ya instaurada usurpó también el cristianismo ciertos avíos. Así la aureola de luz que corona la cabeza del dios Sol se convirtió en el halo cristiano.
El culto al Sol Invicto también se engranaba de forma conveniente con el de Mitra, residuo de la antigua religión zoroástrica importada de Partia por las legiones. De hecho, tan cerca estaba el mitraísmo tardío del culto al Sol Invicto que, a menudo, ambos son confundidos. Los dos destacaban la categoría divina del Sol. Ambos consideraban sagrado el domingo. Ambos celebraban una importantísima festividad natalicia el 25 de diciembre. Así pues, el cristianismo también pudo encontrar líneas de convergencia con el culto al dios Mitra, muy extendido entre las legiones romanas durante el Bajo Imperio. El mitraísmo también hacía hincapié en la inmortalidad del alma, en un juicio futuro y en la resurrección de los muertos. El cristianismo que se definió y conformó en los días de Constantino era, de hecho, un híbrido que contenía filamentos de pensamiento significativamente derivados del mitraísmo y del culto al Sol. En realidad, el cristianismo, tal como lo conocemos ahora, está en muchos aspectos más próximo a aquellos sistemas de creencias de los paganos que a sus propios orígenes judaicos. Por el bien de la unidad, Constantino procuró deliberadamente que las distinciones entre el cristianismo, el mitraísmo y el culto al Sol Invicto resultasen borrosas, y optó por no ver las profundas discrepancias que había entre ellos. Así, toleró al Jesús divinizado como la manifestación terrenal del Sol Invicto. Así, edificaba una iglesia cristiana en una parte de la ciudad y, en otra, erigía estatuas a la diosa Cibeles y al Sol Invicto, este último a su propia imagen y semejanza, con sus propios rasgos. En semejantes gestos eclécticos y ecuménicos vuelve a hacerse patente el énfasis en la unidad. La fe, para Constantino, era una mera cuestión política; y cualquier fe que condujese a la unidad del Imperio era tratada con indulgencia. Por aquellos días estaba muy en boga, además, la escuela filosófica que proponía el eclecticismo como forma de conciliar las doctrinas que parecen mejores o más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas.
Con todo, Constantino no era un cínico sin más. Al igual que muchos gobernantes de su época —incluido el propio Juliano el Apóstata—, parece que era un hombre supersticioso e imbuido de un sentido muy real de lo sagrado. Al parecer, en su relación con lo divino procuraba nadar y guardar la ropa, lo que le asemeja al proverbial ateo que, ya en su lecho de muerte, se aviene a recibir los sacramentos como salvaguardia, «por si acaso». Esto le impulsaba a tomarse muy en serio a todas las deidades cuya presencia en sus dominios aprobaba, a buscar la benevolencia de todas ellas, a conceder a cada una de ellas cierta medida de veneración sincera. Si su dios personal era el Sol Invicto, y su actitud oficial ante el cristianismo la dictaba la conveniencia y el deseo de unidad en el seno del Imperio, no por ello deja de ser cierto que Constantino tributaba al dios de los cristianos cierta deferencia singular, una deferencia decididamente insólita. Desde hacía mucho tiempo, existía la tradición de que los emperadores romanos afirmaran ser descendientes de los dioses y, basándose en ello, reclamaran la divinidad para sí mismos también. Así, Diocleciano, había afirmado ser descendiente de Júpiter; Maximiano, de Hércules. Para Constantino, sobre todo después de haber dado al cristianismo un mandato en sus dominios, era ventajoso establecer una nueva alianza divina, una nueva ratificación procedente de lo sagrado. Esto tenía tanta más importancia cuanto que, en cierto modo, él era un usurpador: había derrocado a un descendiente de Hércules y necesitaba el apoyo de algún dios rival para sus propias pretensiones de legitimidad. Al escoger un dios para que fuese su patrocinador, Constantino recurrió —al menos nominalmente— al dios de los cristianos. Es primordial señalar que no recurrió a Jesús. El dios al que Constantino reconocía era Dios Padre, el cual, en aquellos años inmediatamente anteriores al Concilio de Nicea (325), no era idéntico al Hijo. Su relación con Jesús era mucho más equívoca y sumamente reveladora.
La posición de Constantino no resultaba tan rara en un militar romano que era esencialmente pagano y tenía aspiraciones políticas. Lo que sí es significativo, es que la Iglesia diera su aprobación al papel que Constantino se atribuyó. La Iglesia de Roma estuvo muy dispuesta a mostrarse de acuerdo con el concepto que Constantino tenía de sí mismo como mesías auténtico. También estaba muy dispuesta a reconocer que el mesías no era un salvador pacífico y manso como una oveja, sino un rey legítimo y colérico, dispuesto a imponer su voluntad por la espada. Constantino era un líder político y militar que no presidía un nebuloso reino de los cielos; gobernaba un Imperio y mandaba legiones. En cualquier caso, en tiempos de Constantino —primera mitad del siglo IV—, la tradición cristiana aún no se había convertido en dogma inmutable. Muchos documentos paleocristianos y evangelios apócrifos, que luego se perdieron o fueron destruidos, seguían circulando intactos. Todavía eran corrientes las interpretaciones alternativas. Y el Jesús histórico aún no había desaparecido por completo bajo el peso de acreciones posteriores. Hay que recordar que no se conserva ninguna versión completa del Nuevo Testamento que date de una época anterior al principado de Constantino. El Nuevo Testamento, tal como lo conocemos hoy, es en gran parte producto del Concilio de Nicea que presidió el propio Constantino. 
El culto al Sol Invicto y el de Mitra eran muy populares entre los legionarios

sábado, 6 de mayo de 2017

Justiniano y la reconstrucción del Imperio Romano

El Imperio subsistía en su nueva sede del Bósforo, entre Europa y Asia. Al año siguiente de la caída del reino vándalo, Justiniano enviaba sus embajadores a Amalasunta, pidiendo, solo en apariencia, que le entregase las fortalezas de Sicilia para asegurar la protección del África romana, pero de hecho, quería reclamar toda Italia. Las demandas eran tan onerosas que la hija de Teodorico no quiso transigir, y, en el verano del 535, Belisario desembarcaba en Sicilia con siete mil quinientos hombres. Pocos parecen para la gran empresa que les estaba confiada, y aun la mayoría de ellos eran hunos, árabes, armenios y gépidos; pero al final del año toda Sicilia estaba en poder de los bizantinos.
En la primavera del 536 Belisario atravesó el estrecho de Mesina. Como siempre ocurre para todo conquistador que penetra en Italia por el sur, Belisario no encontró resistencia hasta llegar a Nápoles. El sitio de esta ciudad —muy bien fortificada— fue largo y difícil. En cambio, Roma fue abandonada por los ostrogodos, pero Belisario se vio de pronto sitiado dentro de la gran ciudad por una formidable tropa compuesta por más de cien mil guerreros. La resistencia de Belisario, sitiado en la antigua capital imperial con unos pocos soldados bizantinos, fue titánica. Al cabo de un año de ataques desesperados, los ostrogodos levantaron el sitio de Roma y se retiraron al norte de Italia. Desde allí hicieron a Belisario varias propuestas; la última fue que él gobernaría Italia en nombre del emperador de Oriente, con el título de «Rey de los Romanos y de los Godos»… Belisario le hizo saber a Amalasunta que aceptaba, y de este modo entró en Rávena sin encontrar resistencia; pero no tardó en quitarse la máscara y ordenó encarcelar a todos los oficiales ostrogodos. La guerra gótica parecía terminada y Belisario regresó a Constantinopla con los tesoros que habían acumulado Teodorico y su hija. A los patricios del Senado de Constantinopla se les permitió admirar las magníficas joyas bárbaras solo en las grandes solemnidades; nunca se expusieron a la vista del pueblo llano, que oía hablar de estos fabulosos tesoros como cosas fantásticas. Así se daba a entender que la campaña de Italia no solo devolvía provincias al Imperio de Oriente como heredero natural de Roma, sino que pagaba los gastos de las expediciones militares.
Esto explica que, cuando unos años más tarde se hizo necesaria una segunda expedición de Belisario a Italia, el emperador Justiniano exigió que el ejército se financiase por sus propios medios, con el fruto del botín capturado al enemigo. Lo cierto es que, buena parte del tesoro ostrogodo fue a parar a las arcas de la Iglesia oriental, pues Justiniano vivía obsesionado con la religión.
Soldados tardorromanos y bizantinos del siglo VI
Eliminados los descendientes de Teodorico, los ostrogodos habían levantado sobre el pavés a un joven guerrero llamado Totila; éste, por espacio de once años, tenía que asombrar al mundo, tratando de restablecer el predominio de la nación ostrogoda en Italia. Totila reconquistó la mayor parte de la Península y hasta llegó a entrar en Roma tras un segundo sitio, que duró más de un año. Desgraciadamente para los bizantinos, esta vez no tenían a Belisario dentro de Roma; la plaza estaba defendida por un general llamado Besas, que trataba de enriquecerse vendiendo el poco grano de la intendencia militar a precios inauditos. Así no es de extrañar que en el año 546 los propios romanos abrieran las puertas de sus murallas a los ostrogodos.
Totila arengó a sus guerreros desde el Foro; desde la misma tribuna desde donde hablaron Escipión y los Gracos, trató de explicar a los ostrogodos las causas de la desgracia de su nación y el remedio de ellas que, según Totila, consistía en esperar el favor del cielo luchando con justicia y sin atropellar a los italianos. Después Totila pasó al Senado, y allí habló con tal enojo, que hizo enmudecer a los patricios. «Decidme, ingratos, ¿qué daño habéis recibido de los ostrogodos? ¿Qué beneficio os ha llegado de Justiniano el emperador de Oriente, si no son sus recaudadores de impuestos?...» Pero, casi al mismo tiempo, Totila enviaba una embajada a Constantinopla para pedirle a Justiniano que le permitiera continuar el sistema ya probado de gobernar él en Italia como Teodorico, en nombre del emperador. El Imperio, con su delegación de poderes, parecía aún, a mediados del siglo VI, la única forma de gobierno viable y legítima… para los germánicos. No olvidemos que éstos, de facto, eran ya dueños de Occidente.
Pero Justiniano, y sobre todo Belisario, no se contentaban con una soberanía nominal y querían restablecer la autoridad del Imperio en Occidente. Año tras año, Belisario, en campañas memorables dignas de Alejandro o del mismísimo Julio César, fue acorralando a los ostrogodos. Sin embargo, no fue él, Belisario, quien les dio el golpe de gracia, sino un general ya octogenario y eunuco, llamado Narsés. Éste acabó con Totila y con su sucesor Teias, y con los dispersos restos de la nación ostrogoda en la península Itálica. Después, la provincia volvió a ser romana, si es que puede aplicarse ese adjetivo dada su condición de provincia bizantina. Igual podría decirse del África y de las islas del Mediterráneo; hasta el sur de Hispania fue reconquistado por los ejércitos de Constantinopla. Es curioso recordar que cuando san Hermenegildo, huyendo de su padre, se refugió en estos territorios de la Península, la antigua Bética romana, que había recobrado el Imperio, las crónicas contemporáneas cuentan que se marchó a tierras de la República. ¡Constantinopla una república a la manera romana! Pero hasta la lejana Constantinopla llegaba la obsesión por Roma y su gran legado. En la capital de Oriente cada año se nombraban cónsules, aunque no sirvieron más que para contar los años… El Senado subsistía como la sombra de un glorioso pasado; había pretores y patricios, pero todo no era más que la cáscara vacía de un huevo podrido
Es cierto que el tiempo no puede retroceder, y que no se podía pretender hacer revivir la Roma clásica; pero el gran escollo no eran los pueblos germánicos asentados en Occidente, sino la Iglesia católica. Los esfuerzos de Roma, y de Constantinopla, estaban focalizados en una labor evangélica que dejaba las cuestiones políticas en un discreto segundo plano. Es evidente que el Imperio de Oriente no podía absorber en su seno a todos los pueblos bárbaros, gentes con una vitalidad muy superior, porque eso hubiese requerido otra organización política y tener mucha manga ancha en el aspecto religioso. Pero, queriendo resucitar la Roma clásica, Justiniano prestó un gran servicio: codificó, o mandó codificar bajo su supervisión, el antiguo Derecho romano. La legislación romana se había ido conformando a través de los siglos por la acumulación de elementos muy diversos. Como núcleo tenía la Ley de las Doce Tablas, arcaica, desfasada, pero aún admirada con singular veneración. A ésta hay que añadir las leyes aprobadas por el Pueblo en los comicios republicanos; las decisiones y leyes promulgadas por el Senado, las ordenanzas municipales o edictos de los pretores y ediles, que cambiaban cada año; las decisiones de jurisconsultos célebres, y, por fin, los rescriptos de los emperadores para resolver una consulta o responder a una petición. Es sorprendente que esta enorme masa de legislación no fuera reorganizada y codificada hasta el tardío siglo VI por Justiniano.
Mientras en materia de Derecho y en la pauta de la organización del gobierno, Justiniano se mantuvo, hasta donde cabía, dentro de la tradición imperial romana o latina, en arte, filosofía y literatura prefirió las novedades que podía recibir de las provincias orientales. Sobre todo en materia religiosa. Para construir sus grandes edificios, el emperador agotó buena partes de los recursos del Imperio trayendo a los mejores arquitectos de Siria y Asia Menor, donde había una escuela de constructores basada en el sistema de cúpulas enteramente opuestas al clásico de columnas y arquitrabes. Para la basílica mayor de Constantinopla hizo venir a dos famosos arquitectos del Asia, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, que levantaron el templo gigantesco que subsiste todavía —reconvertido en mezquita— dedicada a Santa Sofía, o sea, la Divina Sabiduría. Su edificación se comenzó en el año 532; su inmensa cúpula tiene treinta y tres metros de diámetro. De los dos arquitectos, Antemio era, además de constructor, famoso como médico y algo dado a la alquimia. Isidoro fue editor de las obras de Arquímedes y gran matemático.
Nos resulta fácil hacernos una idea de lo que representó el reinado de Justiniano en su época (527–565), no solo para la historia de la cultura y del pensamiento humano, donde es figura de primera magnitud, sino para el propio Imperio Bizantino. La brecha entre Oriente y Occidente era ya tan grande en el siglo VI —sobre todo por motivos religiosos—, que la sola idea de reunificar ambos Imperios constituía ya un anacronismo. No podía existir una unión efectiva entre un Oriente grecoasiático, y un Occidente latino germanizado. Las provincias reconquistadas en Italia, África y España solo podían retenerse por la fuerza, y ya hemos visto que Constantinopla carecía de la fuerza y los recursos necesarios para ello. Arrastrado por sus sueños irrealizables, Justiniano no comprendió la importancia de la frontera y las provincias del Este, donde residían los intereses vitales del Imperio de Oriente. Las expediciones militares para reconquistar Occidente, no podían tener resultados duraderos, mucho menos sin contar con la aquiescencia de los germanos, por ello, el plan de restauración del Imperio Romano único con su capital política en Constantinopla, desapareció con Justiniano, aunque no para siempre. A causa de la política exterior de Justiniano, el Imperio atravesó una crisis económica intensa y profunda. Presionado por las dificultades financieras, recurrió a la alteración de la moneda, depreciándola, lo que provocó disturbios y revueltas en muchas ciudades. Todos los medios y recursos imaginables fueron puestos en marcha para llenar las arcas del Estado. La severidad con que hacía recaudar los impuestos produjo un efecto desastroso en la población, ya extenuada. Un cronista de la época dice que «Una invasión de los bárbaros hubiese parecido menos temible a los contribuyentes que la llegada de los funcionarios del Fisco». Las poblaciones pequeñas se empobrecieron y quedaron desiertas, porque sus habitantes huían para escapar a la opresión del Gobierno. La producción y el producto interior bruto del país descendió a casi nada y estallaron violentas revueltas.
Comprendiendo que el Imperio estaba arruinado y que solo la revitalización de la economía podía salvarlo, Justiniano decidió aplicar recortes donde más peligroso podía resultar hacerlo: en el Ejército. Redujo sus efectivos y, a menudo, retrasó la paga de los soldados, incluso las de los que combatían en puntos tan lejanos como Italia o las fronteras de Partia. Como resultado, el Ejército, compuesto casi en su totalidad por mercenarios extranjeros, se amotinó en muchos acuartelamientos y se desquitó saqueando a las indefensas poblaciones circundantes. La reducción del Ejército —como ya sucediera en Occidente un siglo antes—, tuvo unas consecuencias gravísimas, pues al dejar desguarnecidas las fronteras los bárbaros pudieron penetrar impunemente en territorio bizantino y entregarse al pillaje. Por supuesto, para los padres de la Iglesia ortodoxa, todas estas desgracias y desmanes, terminarían milagrosamente cuando los bárbaros aceptasen convertirse al cristianismo. Las magníficas fortificaciones y fortalezas fronterizas construidas en tiempos de Teodosio el Grande (378–395) no se mantuvieron con la debida guarnición y tampoco se repararon las murallas de Constantinopla. Incapaz de oponerse a los bárbaros por la fuerza, Justiniano hubo de sobornarlos, lo que a la larga resultó ser mucho más oneroso que mantener bien pertrechado y dispuesto para el combate a su propio Ejército. La falta de recursos económicos había motivado una disminución drástica de los efectivos militares, y la insuficiencia de tropas exigió más dinero para pagar a los enemigos de Bizancio que se concentraban en las fronteras del Imperio. Los sobornos y rescates que se tenían que pagar a los bárbaros, llevó al Estado a la recaudación de nuevos impuestos. Los posteriores esfuerzos de Justiniano en la esfera de las reformas administrativas fracasaron completamente. En lo financiero, el Imperio se hallaba al borde de la ruina y la bancarrota.
Una epidemia devastadora conocida como la Plaga de Justiniano a comienzos de la década de los años 540 marcó el final de la época de esplendor de su reinado. Se cree que fue un brote de peste negra, aunque no se sabe a ciencia cierta. El Imperio entró en un período de pérdida de territorios que no sería revertido hasta el siglo IX. El cronista Procopio de Cesarea constituye la principal fuente primaria del reinado de Justiniano y su tiempo. No obstante, el historiador concluyó su obra demostrando un gran desencanto y mucho rencor contra Justiniano y su esposa, la omnipresente emperatriz Teodora.
La política religiosa de Justiniano reflejaba su convicción personal en el sentido de que la unidad del Imperio presuponía, incondicionalmente, una unidad de fe, y que esta fe tan solo podía ser la fe descrita en el credo católico surgido del Concilio de Nicea (325). Aquellos que profesasen una fe cristiana considerada herética —por ejemplo, el arrianismo—, o una religión distinta —los antiguos cultos paganos—, sufrirían las consecuencias contempladas en la legislación que comenzó a aplicarse durante el reinado de Constancio II. El Codex recogía dos leyes que decretaban la destrucción total del paganismo, incluso en la vida privada, y sus draconianas disposiciones serían celosamente puestas en práctica. Las fuentes contemporáneas como Teófanes de Bizancio o Juan de Éfeso, refieren graves persecuciones contra los no cristianos, incluidas las personas de prosapia y alta alcurnia. Quizá el suceso más llamativo tuvo lugar en 529 cuando la Academia Platónica de Atenas, fundada por Platón, y que funcionaba desde el año 362 a.C. pasó a estar bajo control estatal por orden de Justiniano, consiguiendo así la extinción real de esta escuela de pensamiento helenista. El paganismo sería activamente reprimido: solo en Asia Menor, Juan de Éfeso afirma haber convertido a 70.000 paganos. El término «pagano», del latín pagānus, que significa aldeano, y deriva de pagus (aldea), que en el latín eclesiástico adquirió el significado peyorativo de gentil por la resistencia del medio rural a la cristianización. Algunos pueblos bárbaros aceptaron el cristianismo para poder asentarse pacíficamente en las tierras del Imperio: los hérulos, los hunos que habitaban junto al río don, los absagios y los tzani en el Cáucaso.
El culto de Amón en Áugila, en el desierto libio, fue prohibido, de igual modo que los restos del culto a Isis en la isla de File, junto a la primera catarata del Nilo. El presbítero Julián y el obispo Longino dirigieron una misión a la tierra de los nabateos, y Justiniano trató de reforzar el cristianismo en Yemen, enviando allí a un obispo de Egipto. También los judíos sufrieron estas persecuciones, viendo restringidos sus derechos civiles, y amenazados sus privilegios religiosos. Justiniano interfirió en los asuntos internos de la sinagoga e intentó que los judíos utilizaran la biblia Septuaginta, escrita en griego en lugar de hebreo, en las sinagogas de Constantinopla. A aquellos que se opusiesen a estas medidas se les amenazaba con castigos corporales, mutilaciones, el exilio y la pérdida de sus propiedades. Los judíos de Borium, cerca de la Gran Sirte —Más Allá de Cartago se encontraba un rico territorio costero así llamado—, que habían opuesto resistencia a Belisario durante su campaña contra los vándalos, tuvieron que convertirse al cristianismo y su sinagoga fue transformada en una iglesia. El emperador se encontró con una mayor resistencia entre los samaritanos, que resultaron más refractarios a la imposición del cristianismo y se rebelaron repetidas veces. Justiniano les hizo frente con rigurosos edictos, pero no pudo evitar que a finales de su reinado se produjesen hostilidades contra los cristianos en Samaria. La política de Justiniano también suponía la persecución de los maniqueos, que sufrieron el exilio y la amenaza de pena de muerte. En Constantinopla, en una ocasión, cierto número de maniqueos fueron juzgados y ejecutados en presencia del propio emperador: algunos quemados vivos y otros ahogados.

Justiniano I el Grande falleció en Constantinopla el 13 de noviembre del año 565. Sin lugar a dudas, el fanatismo y la intransigencia religiosa de que hizo gala el emperador, le restaron muchos enteros para que la Historia le reserve un sitio en su panteón de grandes gobernantes. No obstante, la Iglesia ortodoxa lo venera como santo. El emperador favoreció obsesivamente al clero cristiano ortodoxo, aun a costa de sacrificar la prosperidad del Imperio y el bienestar de su pueblo.

viernes, 5 de mayo de 2017

La caída del Imperio Romano de Occidente

Generalmente se ha descrito el hecho histórico de las invasiones bárbaras como una avalancha de los pueblos germanos que, rebasando las fronteras del Rin y del Danubio, invadieron simultáneamente las provincias occidentales del Imperio. Algo de verdad hay en esto, pero la irrupción de los germanos en tierras del Imperio no sobrevino de una vez ni violentamente. Se acostumbra también a decir que las invasiones produjeron un estado de anarquía y retroceso en la civilización, que esto no empezó a remediarse hasta el Renacimiento, mil años después, y con la formación de las modernas Naciones–estado. Esta visión, un tanto exagerada, se fundamenta en textos casi contemporáneos a la época de las invasiones; pero hay que advertir que son de autores latinos y eclesiásticos, que veían en los germanos a un doble enemigo, porque la mayoría profesaban la fe arriana y en muchas ocasiones habían sido un verdadero castigo para la Iglesia católica. En cambio, la causa principal del desplazamiento de los pueblos teutónicos, que es el movimiento de grandes masas de tribus mongolas hacia Europa, se ha considerado como un episodio secundario. Se habla de Atila y de los hunos como de otros bárbaros, acaso los peores, pero sin distinguirlos mucho de los de raza germánica, casi cristianizados y medio romanizados. Y, sin embargo, la ocupación por los hunos de la mayor parte de Europa es uno de los más extraordinarios sucesos de la Historia.

Los hunos eran un pueblo nómada procedente de las estepas asiáticas que asolaron los territorios del Imperio Romano durante los siglos IV y V. Pertenecían a la misma etnia que los tártaros y mongoles que acaudilló Gengis Kan, y aun tal vez que los turcos de Bayaceto y Solimán; pero mientras los mongoles de Gengis Kan se detuvieron al llegar al Mediterráneo y los turcos no lograron pasar de Viena, las feroces hordas que seguían a Atila cruzaron por delante de París, llegaron hasta Orleans, y de Italia se marcharon sin haber sido vencidos, acaso porque la tierra clásica, llena de ciudades y de cultivos, no se prestaba a la vida nómada ni tenía pastos para sus caballos. La historia de los hunos anterior a su entrada en Europa la conocemos sobre todo por los escritos chinos, que hablan de pueblos norteños que tenían que pagar tributos a los hunos para mantenerlos Más Allá de sus fronteras. Cuando, con la construcción de la Gran Muralla y el establecimiento de una Dinastía en China capaz de hacerse respetar, no pudieron continuar sus incursiones de rapiña en el sur, los hunos se dirigieron poco a poco hacia el Pamir; un largo río de Asia Central antiguamente llamado Oxus por los griegos. Nace en la cordillera del Pamir, y sirve de frontera natural entre Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán y desemboca en el mar de Aral, aunque en la época de los hunos desembocaba en el mar Caspio. Por algún tiempo parecieron amenazar a los partos y querer instalarse en las fértiles llanuras de Asia; pero, siguiendo acaso la línea de mínima resistencia, al final del siglo III los hallamos ya entre los ríos Volga y Dniéper. Los primeros que sufrieron en Europa el choque de los hunos fueron los alanos en sus territorios originarios en el Cáucaso septentrional. Este pueblo de origen iranio relacionado con los sármatas, invadiría en el siglo V la península Ibérica. Por entonces, siglo III, los alanos vivían en las tierras que los griegos llamaron Escitia, al norte del mar Negro. Los alanos eran pastores nómadas muy belicosos que habitaban en tiendas; aunque se habían mezclado con sus vecinos turanios, eran originalmente arios —indoeuropeos— como los germanos. Grupos numerosos de alanos se agregaron a las hordas de los mongoles que llegaban de Asia central; otros de ellos, acaso los más civilizados, o germanizados, se acercaron a sus vecinos teutónicos, sin emparentarse con ellos, pero acompañándoles en sus correrías.
Los hunos avanzaban en hordas disgregadas, llevando gran impedimenta de carros, mujeres y rebaños, y obedeciendo solo, en sus expediciones militares, a un jefe o caudillo. Cuando la presión de las nuevas tribus recién llegadas se hizo irresistible, las avanzadillas de los hunos empezaron a hostigar a los más orientales de los pueblos germánicos, instalados en las llanuras del norte del Danubio; éstos eran los godos, divididos desde hacía mucho tiempo en tres grandes grupos: visigodos, ostrogodos y vándalos. Los hérulos —cuyo rey Odoacro depuso al último emperador de Occidente—, pertenecían al grupo de los vándalos. Y aún podría unirse un quinto grupo: el de los gépidos, una antigua nación germánica que se unió a los hunos bajo Atila, y que, vencida después por los ostrogodos, se fusionó con ellos. Los ostrogodos trataron de frenar a los hunos, pero la avalancha de asiáticos fue tan grande, que la tarea resultó imposible. Algunas tribus de ostrogodos aceptaron pagar tributo a los hunos, y algunos de sus jefes se convirtieron en consejeros y mercenarios al servicio de los hunos. Los gépidos, que estaban más al norte y habían tenido menos contacto con el Imperio, pactó también una alianza con los hunos y los acompañaron en sus campañas posteriores. Pero al llegar los hunos a las tierras de los visigodos, y al ver éstos que la resistencia era imposible, en vez de aceptar pagarles tributo a los invasores, como sus parientes los gépidos y los ostrogodos, prefirieron cruzar el Danubio y se pusieron al servicio del Imperio a cambio de protección. Así pues, Valente, que era entonces emperador, aceptó la oferta que le hicieron los visigodos y les permitió establecerse en una región inculta de Tracia y vivir allí como aliados y súbditos del Imperio; pero les impuso dos condiciones que no podían ser más onerosas: la primera, que los guerreros tenían que hacer entrega de sus armas, y solo así desarmados cruzarían la frontera, y la segunda, que debían entregar a sus hijos para que fuesen repartidos por las ciudades de Asia y aprendiesen allí la lengua y las costumbres grecorromanas, incluida la nueva religión: el cristianismo. La primera condición exasperó a los visigodos, quienes, sin embargo, por el soborno y el contrabando lograron conservar muchas de sus armas, y el cumplimiento de la segunda condición les dejó todavía más libertad de movimientos para poder atacar al Imperio si no se les indemnizaba, con tierras y subsidios, por la pérdida de sus familias.
El número de visigodos que cruzaron el Danubio está fijado en un millón de personas, de las cuales doscientos mil eran guerreros. Los funcionarios de Constantinopla se encontraron de repente con el problema de realojar y abastecer a los recién llegados en los territorios asignados. La explotación indigna a que fueron sometidos los visigodos les llevó a rebelarse. Las primeras escaramuzas fueron favorables a los germanos; esto alarmó al emperador Valente, quien trató de aniquilarlos en una batalla campal delante de Adrianópolis.
El combate tuvo lugar el 9 de agosto del año 378. Bajo un sol infernal, las tropas de Fritigerno y las de Valente esperaban inmóviles el momento de entrar en combate. Una calma tensa presidía la antesala de la que sería una de las derrotas más dolorosas del Imperio Romano. Era la culminación de un conflicto que había empezado dos años atrás. Expulsados de sus territorios por los hunos, los godos pidieron auxilio a un Imperio que les prometió tierras y un hogar a cambio de su fidelidad. Pero el augusto de Oriente, Valente I, no cumplió su promesa. Su traición sembraría la semilla de la destrucción de un coloso que empezaba a mostrar claros signos de agotamiento. Hartos de esperar, una horda de bárbaros hambrientos y enrabietados, encabezados por su caudillo Fritigerno, se lanzó sin piedad a saquear pueblos, granjas y cosechas buscando una solución a su manera. Cuando Roma quiso reaccionar, lo hizo del peor modo posible: menospreciando al rival. En los áridos valles que circundan Adrianópolis, Roma no solo tuvo que llorar la muerte de su emperador, sino la de varios condes palatinos, treinta y cinco tribunos y cuarenta mil soldados irremplazables. El desastre de Adrianópolis fue comparado al de Cannas, tanto por la magnitud de la catástrofe como porque no supo aprovecharse de ella el vencedor. Roma tuvo que reconocer que su Imperio era demasiado grande para ser defendido con solvencia y que cualquier rebelión bien organizada podía hacerle caer de su pedestal. Los visigodos llegaron a Constantinopla; pero, completamente desorientados en los suburbios de la capital, regresaron a Tracia, país más favorable al género de vida nómada al que estaban acostumbrados. Los visigodos permanecieron tranquilos en Tracia hasta la muerte del emperador Teodosio, el año 395. Durante este tiempo, aproximadamente una generación, aprendieron muchas de las ventajas que comportaba la vida sedentaria; pero, por otro lado, los caudillos godos se dieron cuenta de la descomposición del Imperio y de su debilidad militar.
Ese mismo año 395, los visigodos liderados por Alarico —que se había educado en Roma—, abandonaron las áridas e inclementes llanuras de Tracia y con la promesa de hacerse con tierras ricas en viñedos y olivares, los visigodos emprendieron el itinerario que habría de llevarles a Grecia. Llegaron a las inmediaciones de Atenas y admiraron la ciudad sin llegar a saquearla, luego pasaron el istmo de Corinto para hacerse fuertes en el Peloponeso. Allí trató de acorralarles un magnífico general de origen vándalo, antiguo favorito de Teodosio y ahora tutor de sus hijos llamado Estilicón; sin embargo, los visigodos pudieron escapar de aquel callejón sin salida que era el sur de Grecia. Un nuevo arreglo con Arcadio, el hijo mayor de Teodosio, que gobernaba entonces las prefecturas de Oriente, cedió a los visigodos nuevas tierras en el Epiro, en la región que hoy conocemos como Dalmacia, con acceso al mar Adriático. En esa época Dalmacia era una magnífica posición estratégica. Al servicio del Imperio de Oriente, desde allí podían los visigodos acudir al sitio de mayor peligro; pero podían también atacar a sus aliados si éstos les traicionaban. Y así fue; los godos permanecieron pacíficamente instalados en el Epiro entre los años 397–401. El Epiro era una región agrícola muy fértil y con ubérrimos viñedos, rica en trigo y otros cereales, y donde se cultivaban, además, toda clase de verduras, frutas y abundantes olivos. Pero en 401 Alarico decidió iniciar una nueva campaña militar e invadir la península Itálica.
La campaña fue larga y estuvo llena de desagradables sorpresas. Alarico, no obstante, se reveló como un caudillo consumado y un magnífico estratega; a pesar de ello, los romanos lograron sorprenderle en un lugar del Piamonte llamado Pollentia. Como consecuencia inmediata de esta derrota, los visigodos tuvieron que retroceder a sus tierras en Grecia, y Estilicón y Honorio celebraron su triunfo en 404 con toda la magnificencia de los antiguos tiempos de la República, como lo hubiesen hecho Cneo Pompeyo Magno o el mismísimo Cayo Julio César. Este triunfo —uno de los últimos que celebrarían los romanos— tuvo consecuencias funestas; presagio inequívoco de que el fin del Imperio no estaba lejos en el tiempo.

En Roma se celebraron juegos y combates de gladiadores, como en la Antigüedad, para agradecer la victoria a los dioses. Los cristianos protestaron airadamente, y un monje fanático llamado Telémaco, murió apedreado por la turba cuando trataba de separar a los contendientes en la arena. La muerte de este rufián acabó de decidir a Honorio, emperador de Occidente, y publicó un edicto en el que prohibía a perpetuidad los juegos circenses a la antigua usanza y las luchas de gladiadores. En mundo clásico agonizaba bajo la presión del cristianismo, no de los bárbaros. Por otra parte, Honorio no tardó en sentir celos de la popularidad que la victoria sobre los godos había proporcionado a Estilicón. Entre tanto, los hunos y sus aliados habían avanzado hasta el mar Báltico. Su presión sobre los pueblos germánicos del Imperio se hizo cada vez más fuerte; ante su avance arrollador, algunas tribus germánicas cedían, y mediante el pago de un tributo sellaban su vasallaje, a cambio del cual podían seguir en sus tierras. Otros pueblos germanos combatieron a los asiáticos ferozmente en la orilla derecha del Rin. Finalmente, el último día del año 406, incapaces de resistir por más tiempo el empuje de los hunos, grandes grupos de pueblos germánicos atravesaron el río que durante siglos había sido la frontera natural del Imperio Romano con Germania Superior. Sin embargo, no se trataba de una invasión organizada con el objetivo de conquistar provincias, sino de cantidades ingentes de refugiados que huían del avance de los hunos.
Cómo pudieron estos grupos de individuos desarmados atravesar la frontera o limes del Imperio, es aún motivo de controversia. Muy probablemente, la guerra con los visigodos en Oriente obligó a desguarnecer las principales fortalezas del Rin: Maguncia, Colonia y Tréveris. El vado se realizó por tantos puntos a la vez, que las guarniciones romanas prefirieron permanecer en sus cuarteles de invierno antes que salir a campo abierto y exponerse a una derrota segura. La multitud, sin la dirección de un jefe único, pasó por delante de las ciudades romanas y destruyó algunas propiedades para conseguir sustento. Pero no se trató de la destrucción despiadada que los autores latinos posteriores pretendieron hacernos creer. Podría hablarse de daños colaterales, por utilizar una expresión de nuestros días. Estos guerreros germánicos, a los que acompañaban sus esposas e hijos, avanzaron a través de la Galia, sin atacar ni ser atacados, hasta que hallaron territorios en los que establecerse. Los francos llegaron al ángulo nordeste de las actuales Francia y Bélgica. Otros, los burgundios, se internaron en los repliegues montañosos que separan Francia de Suiza (Helvecia) y desde allí hicieron más tarde famoso su nombre. Otros, los más fuertes, cruzaron los Pirineos y siguieron su camino hacia el sur de la península Ibérica siguiendo la costa mediterránea. Tal fue el caso de los formidables guerreros vándalos, que llegaron hasta la Bética (Andalucía), la provincia más rica y poblada de Hispania. Los suevos, otro pueblo germánico, penetraron en la península Ibérica en 409 y se instalaron en Galicia fundando un Reino del que Isidoro de Sevilla deja constancia en sus obras «Regnum Sueborum» e «Historia Sueborum». El último rey suevo, Andeca, fue derrotado por el rey visigodo Leovigildo en el año 585.
Las provincias occidentales experimentaron escasos daños como consecuencia de las invasiones. Los bárbaros se consideraban más huéspedes que enemigos de Roma. Cabe suponer que si el Imperio hubiese estado en su apogeo, como en tiempos de Marco Aurelio —segunda mitad del siglo II—, estos pueblos germánicos hubiesen sido absorbidos y romanizados gradualmente. En cambio, llegaron en el peor momento; cuando el Imperio atravesaba una crisis económica y social de la que ya no se recuperaría. Esto hizo que los recién llegados cayesen en manos de patricios y terratenientes sin escrúpulos, o de funcionarios corruptos que se valieron de los bárbaros a menudo para imponer un candidato a la púrpura, o para atacar a los que eran sus enemigos en la vida pública, o sus competidores en los negocios. En el 410 los visigodos entraron en Roma y la saquearon. El asombro que esto produjo en los demás pueblos bárbaros fue enorme. Roma, l ciudad inconquistable desde hacía siglos, había sido tomada por un germano llamado Alarico, y ahora mandaba en ella a su antojo. Otros bárbaros, establecidos en las inmediaciones de ciudades romanas amuralladas, podían hacer lo mismo sin temer la reacción del Ejército imperial. La superstición de la invencibilidad romana se iba desvaneciendo. Solo una idea se mantenía: la idea del Imperio. El concepto de las nacionalidades no se había forjado aún; hasta ese momento, bárbaros y romanos se habían sentido sujetos al Imperio por igual. El Imperio Romano se había cristianizado y dividido a la muerte de Teodosio (395). Arcadio gobernaba en Constantinopla y Honorio en Occidente. Además, la corte imperial ya no se encontraba en Roma, sino repartida entre Rávena y Milán.
En el año 408, el emperador Honorio, convencido de la veracidad del rumor que acusaba al vándalo Estilicón de querer entronizar a su hijo, consentía en Rávena el asesinato de su mejor general. La desaparición del viejo militar no solo significaba para los visigodos que ya no había en Occidente nadie capaz de detenerles, sino que los pagos que venían haciéndoles los romanos a cambio de su inacción, podían hacerse más irregulares o extinguirse definitivamente. Esta consideración le bastó a Alarico para que convenciese a los suyos de que debían lanzarse sobre Italia y convertirla en su propia provincia. Con un contingente de 70.000 hombres —recordemos que eran doscientos mil individuos al cruzar el Danubio—, los visigodos saquearon a conciencia las ciudades italianas de Aquilea y Cremona, pasaron sin detenerse frente a la ciudad de Rávena, defendida por sus pantanos y canales, cruzaron los Apeninos y se presentaron a las puertas de Roma. Después de un primer asedio que los germanos levantaron tras el pago de un rescate, en el 410 entraron en la ciudad. Lo primero que hizo Alarico al entrar en Roma fue exigir al Senado que nombrara otro emperador que sustituyese a Honorio, refugiado en Rávena. Desafortunadamente para los romanos, la elección recayó en un patricio llamado Atalo, más aficionado a la música y al teatro que a la política. No obstante, los visigodos guardaron fidelidad a Honorio durante algún tiempo, y las negociaciones entre el emperador y Alarico prosiguieron con resultado incierto. En 412, los visigodos iniciaron una campaña en el sur de Italia en el transcurso de la cual murió Alarico. Le sucedió Ataúlfo, con el que estaba emparentado. Los visigodos se trasladaron a Provenza y reanudaron las negociaciones con Rávena. Para asegurar la paz con los romanos, los visigodos conservaron como rehenes a Atalo y a la hermana de Honorio, la hermosa Gala Placidia, la presa más valiosa tras el saqueo de Roma.
Para sellar la paz, Ataúlfo se casó en Narbona con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio. La boda se celebró a la manera romana y parece ser que los cónyuges estaban realmente enamorados. Ataúlfo, aunque de baja estatura, era un hombre apuesto e inteligente, y tenía cierta espiritualidad natural que daba gracia a sus palabras. Era también un gran guerrero, como lo demostró al dar cumplimiento al encargo que le diera Honorio de expulsar de Hispania a los suevos y vándalos, que habían invadido la Península pocos años antes. Desgraciadamente, los visigodos eran arrianos, y esto les perjudicaba a ojos del influyente clero católico. Por otra parte, estaban perfectamente capacitados militarmente para defender al Imperio, y eran el más romanizado de todos los pueblos germánicos ya que llevaban más de treinta años vagando por tierras del Imperio y muchos ya habían nacido en suelo romano. Además, los visigodos se mostraron tolerantes con los católicos, situación que no fue de reciprocidad. La incipiente Iglesia romana no estaba interesada en otra cosa que no fuese la aceptación de la fe ortodoxa instaurada en Nicea, y poco le importaba la salvación del Imperio. Ataúlfo no logró derrotar a los vándalos de forma concluyente, pero consiguió que se mantuviesen en la Bética sin amenazar otras provincias hispanas. Ataúlfo fijó su cuartel general en Barcelona, donde nació su hijo Teodosio, que podría haber sido un rey hispanogodo de no haber muerto a los pocos meses. También en Barcelona hallaría la muerte el propio Ataúlfo asesinado por uno de sus capitanes. Gala Placidia enterró a su esposo en un gran sepulcro en forma de templo romano. Ataúlfo está considerado como el primer monarca hispánico.

Muerto Ataúlfo y acabada su misión en la península Ibérica, los visigodos pactaron por última vez con el Imperio Romano bajo estas condiciones: permitieron que Gala Placidia viajase a Rávena para reunirse con su hermano, a cambio se les concedieron tierras en Aquitania, desde el río Loira hasta los Pirineos, y se confirmó su carácter de «federati» o aliados de Roma. De hecho, la corte de los visigodos en Tolosa (Toulouse) era la capital de un reino independiente; precursor de los reinos germánicos que emergerían en toda Europa tras la desaparición del Imperio de Occidente. En Carcasona construyeron su primera plaza fuerte; una fortaleza casi inexpugnable. Curiosamente, los visigodos fueron leales en todo momento al emperador, y aun se vanagloriaban de ser únicamente los ejecutores de sus órdenes. Tal era el prestigio que Roma conservaba todavía a ojos de los germanos, y es de suponer que de no haberse producido la deposición del último emperador de Occidente del modo que se produjo, los germanos hubieran acabado por insuflar nuevos aires al Imperio sin romper los viejos moldes; pero el empuje incesante de los hunos, por un lado, y el cristianismo por otro, desbarataron definitivamente lo que aún quedaba en pie del mundo grecorromano y helenístico.

Jinete e infante tardorromanos (siglo V)