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sábado, 7 de julio de 2018

Hedy Lamarr, la mujer más bella de la historia del cine


Esta es la increíble historia de Hedy Lamarr, considerada la «mujer más bella de la historia del cine» y que fue, además, la inventora del sistema de comunicaciones denominado «técnica de transmisión en el espectro ensanchado» en el que se basan todas las tecnologías inalámbricas de que disponemos en la actualidad.
Hedy Lamarr nació en Viena el 9 de noviembre de 1914 como Hedwig Eva Maria Kiesler. Fue la única hija de un banquero de Lemberg y una pianista de Budapest que, aún siendo de origen judío, se habían educado en el catolicismo. En el colegio, destacó por su brillantez intelectual siendo considerada por sus profesores como superdotada. En casa, creció escuchando las interpretaciones de su madre al piano y ella misma, desde pequeña, tocó este instrumento a la perfección. Compleja e inquieta, abandonó los estudios de ingeniería, decidida a cumplir el sueño de ser actriz. Su descubridor, el empresario y director de teatro y cine Max Reinhardt, la llevó a Berlín para que se formase en interpretación, tras lo cual, regresaron a Viena para empezar a trabajar en la industria del cine.
La película que la llevó al estrellato en 1932, no pudo ser más polémica. Éxtasis, filmada en Checoslovaquia bajo la dirección de Gustav Machaty, fue el primer film en mostrar el rostro de una actriz, completamente desnuda, durante un orgasmo. Fue tachado de escándalo sexual y se prohibió su proyección en las salas de cine. Le llovieron censuras y condenas, incluida la del Vaticano. Los padres de Hedwig, al ver a su hija desnuda en la pantalla, quedaron horrorizados. Pero no todos los que lograron visionar la película reaccionaron del mismo modo. Fritz Mandel, magnate de la empresa armamentística, quedó embelesado de la belleza de la joven y solicitó permiso a su padre para cortejarla. El matrimonio, todavía avergonzado por el comportamiento de su hija, aceptó encantado la proposición de cortejo del empresario y, más tarde, su petición de mano. Creyeron que siendo éste bastante mayor que Hedwig, la pondría en vereda devolviéndola al buen camino. Ignoraron la voluntad de la muchacha, que deseaba seguir adelante con su carrera artística. La obligaron a casarse con Firtz condenándola a una temporada en el infierno. 
Firtz Mandel era extremadamente celoso y trató de hacerse con todas las copias de Éxtasis. Sólo le permitía desnudarse o bañarse si él estaba presente y la obligaba a acompañarle a todos los actos sociales y cenas de negocios para no perderla de vista. Hedy se vio forzada a transformarse en lo que siempre había detestado, en el trofeo de exhibición de un tirano. Muchos eran los que pensaban que tenía todo lo que uno podía desear, que envidiaban su jaula de oro. Vivía rodeada de lujo en el famoso castillo de Salzburgo pero era una esclava que no podía hacer nada sin la autorización de Mandel. Hastiada del vacío insoportable en el que se había convertido su vida, retomó la carrera de ingeniería. En las reuniones de trabajo de Mandel a las que se la forzó a asistir, aprovechó para aprender y recopilar información sobre las características de la última tecnología armamentística nazi. Su marido era uno de los hombres más influyentes de Europa y, antes de la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a surtir los arsenales de Hitler y Mussolini. Por ello, fue considerado «ario honorario» por el gobiernos nacionalsocialista pese a ser de origen judío. 
La vigilancia continua llegó a resultarle tan insoportable que decidió huir. Estando Mandel en un viaje de negocios, Hedy escapó por la ventana de los servicios de un restaurante y huyó en automóvil hacia París. No llevó más ropa que la puesta. Sólo se llevó sus joyas y alhajas para conseguir el dinero que le permitiese alejarse de allí. La fuga fue angustiosa, los guardaespaldas de su marido la persiguieron durante días. Finalmente, logró llegar a Londres y embarcarse en el trasatlántico Normandie con rumbo a Estados Unidos. Allí coincidió con un viajero muy especial, el productor de películas Louis B. Mayer que le ofreció trabajo antes de llegar a puerto. La única petición era que se cambiase el nombre para que no se la relacionase con la película Éxtasis. De los nombres que le eligieron se quedó con el de Hedy Lamarr en memoria de la actriz del cine mudo Bárbara La Marr. Sobre las aguas del Atlántico, la osada Hedy firmó su contrato con la Metro-Golwyn-Mayer. Habiía nacido una estrella: Hedy Lamarr, la actriz más glamurosa de todos los tiempos. 
Y esa nueva actriz se instaló en Hollywood y trabajó con King Vidor (Camarada X, Cenizas de amor), Jacques Tourneur (Noche en el alma, 1944), Robert Stevenson (Pasión que redime, 1947) y Cecil B. DeMille (Sansón y Dalila, 1949). Protagonizó una treintena de películas pero no tuvo demasiado ojo al elegirlas. Sin ir más lejos, rechazó dos obras de arte como Luz de Gas y Casablanca. Tampoco tuvo oportunidad de interpretar a Escarlata en Lo que el viento se llevó, quedándose a las puertas. Aun así, su imagen deslumbrante la convirtió en la verdadera estrella emergente de la década de 1930.
En 1940 medio mundo estaba en guerra y el otro medio estaba a punto de entrar en ella. Con el nuevo planteamiento estratégico de la Blitzkrieg o guerra relámpago, los ejércitos alemanes habían barrido las fuerzas polacas y francesas de forma rotunda y tremendamente rápida. Ahora el peligro de una más que posible invasión se cernía sobre la Gran Bretaña, y después…, ¿quién podría detenerlos? 
Hedy conocía de cerca las prácticas de gobierno de Hitler y alimentaba un profundo rencor hacia los nazis, por lo que decidió aportar su contribución personal al esfuerzo de guerra de los aliados. En primer lugar ofreció su trabajo y su preparación como ingeniera al recientemente creado National Inventors Council pero su oferta fue amablemente rechazada por las autoridades, que le aconsejaron que basase su participación en su físico y en su éxito como actriz, promoviendo la venta de bonos de guerra. Lejos de desanimarse u ofenderse, consultó a su representante artístico e idearon una campaña en la que cualquiera que adquiriese 25.000 o más dólares en bonos, recibiría un beso de la actriz. En una sola noche vendió 7 millones de dólares.
Pero Hedy no estaba satisfecha, deseaba aportar sus conocimientos a fines técnicos que mejorasen las oportunidades de los ejércitos aliados, y examinó qué podría hacerse en las áreas más sensibles a la innovación. El campo de las comunicaciones era especialmente crítico en una guerra de movimiento y la radio resultaba el medio de comunicación más adecuado. Por otra parte, también se estaban experimentando sistemas de guiado de armas por control remoto mediante señales de radio. Y el uso de estas señales radioeléctricas presentaba dos problemas fundamentales: en primer lugar, las transmisiones eran absolutamente vulnerables. Debido a la duración de los mensajes, el enemigo podía realizar un barrido de frecuencia en diferentes bandas y tener tiempo de localizar la emisión. Una vez hallada, era fácil determinar el lugar de origen sintonizando, a la misma longitud de onda, dos o más receptores con antenas direccionales, situándolos en diferentes emplazamientos y localizando la emisora por triangulación. Conseguido esto, podían generarse interferencias que impidiesen la recepción, o atacar directamente el transmisor según conviniese. Es obvio el riesgo que esto representaba para los operadores de las estaciones, especialmente si se trataba de espías situados en territorio enemigo. El segundo aspecto negativo era la propia inseguridad en la recepción de la señal de radio, no solo por las interferencias intencionadas que ya se han apuntado, sino por la afectación de la propagación de las ondas debida a causas meramente naturales, como accidentes geográficos, meteorología, reflexiones en la alta atmósfera, etc.
Hedy Lamarr se interesó por los temas de la defensa nacional a raíz del trágico hundimiento de un barco lleno de refugiados por un submarino alemán en 1940, cuando los Estados Unidos aún permanecían neutrales. El sistema concebido por Hedy partía de una idea tan simple como eficaz. Se trataba de transmitir los mensajes u órdenes de mando fraccionándolos en pequeñas partes, cada una de las cuales se transmitiría secuencialmente cambiando de frecuencia cada vez, siguiendo un patrón pseudoaleatorio. De este modo, los tiempos de transmisión en cada frecuencia eran tan cortos y además estaban espaciados de forma tan irregular, que era prácticamente imposible recomponer el mensaje si no se conocía el código de cambio de canales. 
El mensaje o la orden (en caso de control remoto) utilizaba un sistema binario, modulando la frecuencia portadora con una señal de baja frecuencia fija, de 100 o 500 Hz, lo que permitía añadir filtros sintonizados a estas frecuencias en el receptor para eliminar las señales parásitas mejorando la calidad de la recepción. El receptor estaba sintonizado a las frecuencias elegidas para la emisión y tenía el mismo código de cambio, saltando de frecuencia sincrónicamente con el transmisor. Este procedimiento se conoce ahora como «transmisión en espectro ensanchado por salto de frecuencia», en inglés Frequency Hopping Spread Spectrum (FHSS). Las principales ventajas que presentan las señales de este tipo de sistemas es que son altamente inmunes a ruidos e interferencias y difíciles de reconocer e interceptar. Las transmisiones de este tipo suenan como ruidos de corta duración, o como un incremento en el ruido en el receptor, excepto para el que esté usando la secuencia de salto que se está empleando en el transmisor. Además, estas transmisiones pueden compartir una banda de frecuencia con muchos tipos de transmisiones convencionales con una mínima interferencia. No es necesario que las frecuencias de emisión sean contiguas.
El transmisor y el receptor eran asequibles a la tecnología de la época, basada en componentes electromecánicos y válvulas de vacío, aunque resultaban voluminosos, y frágiles. Hedy no tenía ningún problema en diseñar y construir ambos aparatos, pero quedaba pendiente el delicado problema de la sincronización. Necesitaba la colaboración de alguien muy experto y la casualidad vino en su ayuda. En una cena conoció a George Antheil, pianista y compositor norteamericano, admirador de Stravinski e inmerso en los movimientos dadaísta y futurista. Años atrás, había protagonizado un escándalo mayúsculo el 4 de octubre de 1923, en el Teatro de los Campos Elíseos de París, con el estreno de su obra Ballet Mécanique. La orquesta de este ballet estuvo compuesta por dos pianos, dieciséis pianolas sincronizadas, tres xilofones, siete campanas eléctricas, tres hélices de avión y una sirena. A pesar del apoyo de figuras como Erik Satie, Jean Cocteau, Man Ray y James Joyce, la reacción mayoritaria del público fue de un rechazo tan violento, que numerosas butacas fueron arrancadas y echadas al foso de la orquesta. El estreno, un año después, en el Carnegie Hall de Nueva York constituyó otro rotundo fracaso, tras el cual el compositor desistió de seguir representándola y se dedicó a componer y arreglar bandas sonoras.
Sin embargo, George Antheil había logrado sincronizar sin cables 16 pianolas que formaban parte de la orquesta mecánica, y esta precisión es justamente lo que Hedy estaba buscando. Ambos trabajaron intensamente durante algo más de seis meses para encontrar la solución. Emplearían dos pianolas, una en la estación emisora y otra en la receptora y codificarían los saltos de frecuencia de acuerdo con los taladros longitudinales efectuados en la banda de papel, como en una pianola común. La secuencia de los saltos solo la conocería quien tuviese la clave, la melodía, lo que aseguraba el secreto de la comunicación. Los motores de arrastre de ambos dispositivos estaban sincronizados por sendos mecanismos de relojería de precisión y además el transmisor emitía periódicamente una señal de sincronismo para compensar cualquier desviación. El 10 de junio de 1941 presentaron al registro la solicitud de patente, que les fue concedida el 11 de agosto de 1942, cuando EEUU ya estaba en guerra con Japón y Alemania.
En los años que siguieron a la guerra, Hedy Lamarr fundó su propia compañía cinematográfica con la que hizo y protagonizó algunas películas mediocres. Durante los descansos de los rodajes aprovechaba para seguir explorando su faceta de inventora que se mantuvo en secreto mientras fue una estrella de la Metro. Al parecer, se creía que podía perjudicar su imagen de diva. Cuando dejó la compañía, ya nadie la asociaba a ningún invento. El hecho de que el nombre que figuraba en la patente fuese Markey, que sólo usó un par de años, tampoco ayudó a que la recordasen. Su vida personal no fue afortunada. Sus seis fracasos matrimoniales (con Fritz Mandel, Gene Markey, sir John Loder, Ted Stauffer, W. Howard Lee y Lewis J. Boles) junto al declive de su carrera cinematográfica la llevaron a un consumo masivo de pastillas y a una obsesión enfermiza por la cirugía estética. Se volvió cleptómana y protagonizó sonados escándalos al ser detenida en diversas ocasiones. Finalmente, se recluyó en su mansión de Miami para pasar los últimos años de su vida aislada de un mundo que la había marginado, que celebraba las nuevas aplicaciones de su invención sin siquiera nombrarla. Cuando llegaron al fin los reconocimientos como inventora, ya era demasiado tarde. Su amargura había crecido hasta el punto que cuando le comunicaron la concesión del Pioner Award se quedó imperturbable y comentó escuetamente. «Ya era hora» (it’s about time). La ceremonia de entrega tuvo lugar en San Francisco el 12 de Marzo de 1997 y asistió en su representación, su hijo Antony Loder. Ese mismo año, junto a Antheil, recibió el Bulbie Gnass Spirit of Achievement Award, así como una distinción honorífica concedida por el proyecto Milstar. En octubre de 1998, la Asociación Austriaca de Inventores y Titulares de Patentes le concedió la medalla Viktor Kaplan y, como colofón, en el verano de 1999, el Kunsthalle de Viena organizó un proyecto multimediático de homenaje a la actriz e inventora más singular del siglo XX. 
Su historia acabó el 19 de enero de 2000 en Caselberry. Como última voluntad pidió que parte de sus cenizas se esparcieran por los bosques de Viena, cerca de su casa natal. La herencia, valorada en 3 millones de dólares, fue repartida entre sus dos hijos menores, su secretaria personal y un policía local que la acompañó y ayudó durante su última etapa. Después de su muerte, su hijo cumplió con sus deseos. La mitad de las cenizas cubrió los bosques vieneses mientras que la otra fue entregada al consistorio vienés para que las enterrasen en un memorial. En Austria, el Día del Inventor se celebra el 9 de noviembre en su honor.

La bellísima actriz Hedy Lamarr


sábado, 2 de diciembre de 2017

La leyenda urbana de Nosferatu

El genial director de cine alemán Friedrich Wilhelm Murnau (†1931) alcanzó la fama en 1921 con el estreno de Nosferatu, protagonizada por Max Schreck. En la Alemania de entreguerras dirigió más de una docena de películas y después trabajó en Hollywood. En 1926, ganó tres Oscar con la cinta SunriseCuando murió Murnau en 1931 contaba 42 años. Halló la muerte en un accidente de coche en Santa Bárbara, California. Conducía el coche un menor de edad. Tenía 14 años y se rumoreó que el cineasta mantenía una relación sentimental con el muchacho. Al sepelio acudieron sólo 11 personas, entre ellas la legendaria actriz sueca Greta Garbo. El actor protagonista de la cinta Nosferatu, Max Schreck, que interpreta al longevo vampiro, murió repentinamente con tan sólo 56 años. Sufrió un infarto. Otra de las leyendas sobre el intérprete del conde Orlok es que realmente era un vampiro y que Murnau le pagó por morder de verdad el cuello de la protagonista en la escena final, Greta Schroeder. Uno de los operadores de cámara de la película, Fritz Arno Wagner, también sufrió un fatal accidente laboral en el que se rompió el cuello. El guionista que realizó la adaptación de la novela Drácula de Bram Stoker era admirador del célebre ocultista británico Aleister Crowley. Se vio obligado a abandonar el cine y murió al poco tiempo a causa de un cáncer. La viuda de Stoker, Florence Balcombe, denunció a Murnau por plagio y el director perdió el litigio y fue condenado a destruir todas las copias de Nosferatu. Afortunadamente para los cinéfilos, Murnau no cumplió la resolución judicial y Nosferatu ha quedado como una de las mejores cintas del expresionismo alemán que tanto influyó en los primeros años del cine mudo.


martes, 25 de julio de 2017

Con faldas y a lo loco (1959)

Some Like It Hot, estrenada en España bajo el título Con faldas y a lo loco, es una magnífica comedia de 1959 dirigida y producida por Billy Wilder y protagonizada por Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon. Ambientado en 1929, el argumento gira en torno a dos músicos que son testigos de la masacre de San Valentín y se disfrazan de mujer con el fin de escapar de la mafia. Some Like It Hot es la versión estadounidense, adaptada por el propio Wilder y I.A.L. Diamond, de la película francesa Fanfare d’amour (1935) con guion de Peter Thoeren y Michael Logan. La famosa última frase de la película la escribió Diamond la noche antes de terminar el rodaje, e insistió en que era divertida por lo inesperada; la última reacción que el público esperaría a la revelación de Jerry «¡Soy un hombre!» es el filosófico encogimiento de hombros de Osgood acompañado del célebre «Nadie es perfecto». Otro de los momentos que se recuerdan con más cariño es el anuncio de compromiso de Daphne. Lemmon toca las maracas en un absurdo éxtasis que constituye una obra maestra del timing cómico. Wilder insistía en los estallidos de júbilo de las calabazas repiqueteando con la intención de dejar tiempo al público para que se riera a placer entre las divertidas frases. También hizo caso omiso de las objeciones a filmar en blanco y negro para subrayar la ambientación en la época y, de paso, disimular el maquillaje de los dos protagonistas masculinos. Su transformación es muy divertida, pero en tecnicolor hubiera resultado grotesca. Los expertos de la industria del cine pronosticaron que la película sería un fracaso de público y de recaudación en taquilla porque rompía varias de las reglas tradicionales del cine cómico: a saber; la historia nace del truculento asesinato de varios hampones por otros gánsteres rivales, y el guión sólo estaba escrito a medias cuando se inició el rodaje del filme, que dura unas dos horas, metraje que sus detractores consideraron excesivo. Pero al público le encantó la película y aún se sigue visionándose, cincuenta y siete años después de su estreno, cuando la proyectan en las televisiones, lo mismo en las públicas que en las de pago. El American Film Institute la eligió como «la mejor comedia de todos los tiempos». Ciertamente, esta legendaria comedia de travestismo es tremendamente divertida y chispeante de principio a fin, con situaciones geniales, gags inteligentes, ritmo vertiginoso y unas actuaciones sensacionales, en especial la del gran icono sexual de los años 1950: Marilyn Monroe en estado de gracia. Aunque los cambios de humor de la actriz durante el rodaje llegaron a exasperar a sus compañeros de reparto, sobre todo a Tony Curtis y al director. La afectación de Curtis en su disfraz de mujer implica un control distante que contrasta de manera soberbia con el desinhibido Jack Lemmon, en una de las mejores actuaciones de su dilatada carrera artística.


miércoles, 7 de junio de 2017

Drácula de Bram Stoker (1992)

La versión cinematográfica de Francis Ford Coppola de la novela de Stoker, que añadió el nombre del autor al título porque otro estudio poseía los derechos de la palabra Drácula, es más una historia de amor propia del Romanticismo, que una película de terror. Cuenta la historia de un heroico guerrero que, víctima de una terrible maldición, busca el amor perdido muchos siglos atrás. Pero lejos de ser un anodino y lloroso amante despechado, este noble boyardo es un monstruo sediento de sangre. El filme de Coppola comienza con el regreso del cruzado Vlad Tepes, el personaje histórico en el que se inspiró Stoker, de la guerra contra los turcos que amenazaban Hungría, Valaquia y Transilvania después de haber tomado Constantinopla, la capital del Imperio de Oriente en 1453. Nada más llegar a su castillo, el conde descubre que su amada Elisabeta se ha suicidado a causa de un ardid de los otomanos. Cuando los sacerdotes se niegan a darle cristiana sepultura a su esposa por ser una suicida, Drácula monta en cólera y reniega de Dios. La escena, que no aparece en la novela, es sencillamente genial porque permite establecer la relación entre el personaje original, un noble medieval, y la monstruosa criatura en la que acabará convirtiéndose: un nosferatu; un no-muerto que jamás gozará del descanso eterno que conlleva la muerte.
La película avanza hasta 1898 para mostrarnos a un joven abogado inglés, Jonathan Harker (Keanu Reeves) que es enviado a los Cárpatos por su despacho para tramitar la compra de unas propiedades en Londres que desea realizar un acaudalado aristócrata transilvano, que resulta ser el malvado conde Drácula. Jonathan viaja hasta el remoto castillo en ruinas del conde para entregarle las escrituras de propiedad. Allí descubrirá a un anciano decrépito que se interesa sobremanera por el retrato que le muestra imprudentemente el joven Jonathan de su bella prometida Mina (Winona Ryder). Convencido de que Mina es la reencarnación de su difunta esposa Elisabeta, el conde se encamina a Londres para reunirse con ella, dejando a Jonathan cautivo en el castillo a cargo de unas libidinosas vampiresas, entre las que destaca Monica Bellucci en uno de sus primeros papeles para la gran pantalla. Francis Ford Coppola trufó la cinta de imágenes de aire marcadamente wagneriano: el arruinado castillo con la forma de un trono; el manto rojo del conde sobre las vetustas baldosas; la terrorífica imagen del vampiro recortándose contra un cielo de color rojo sangre… Gary Oldman, por su parte, interpreta magistralmente al vampiro hastiado de su interminable y solitaria existencia. A los que no hayan visto la película, se la recomendamos. Y también la lectura de la magnífica novela Drácula de Bran Stoker porque ya no se escriben libros como éste.


martes, 9 de mayo de 2017

¿Qué fue de baby Jane? (1962)

En «What ever happened to baby Jane?» Bette Davis es coprotagonista junto a Joan Crawford. Bette estuvo a punto de conseguir su tercer Oscar por su magistral interpretación en este gran guiñol de Hollywood con carácter épico que logra superar en lo grotesco a «El ocaso de los dioses» (1950). Dos ancianas, estrellas de cine venidas a menos, se tiran de los pelos y se hacen la vida imposible en la decadente mansión de una de ellas.
El filme se basa en la novela homónima de Henry Farrell y está dirigida con muchas dosis de humor negro por Robert Aldrich. Joan Crawford borda su papel como antigua estrella inválida y atrapada en su silla de ruedas, a merced de su hermana loca, Bette Davis, que encarna a la antigua y repelente niña prodigio que da título a la película. Ésta alcanza su clímax cuando Bette le sirve a Joan para almorzar una rata cocida dentro de una bandeja. 

Además de la Davis también estuvo nominado Victor Buono como actor de reparto, Ernest Haller (fotografía) y Joseph D. Kelly en la categoría técnica de sonido. Pero 1962 fue el año de la superproducción «Lawrence de Arabia» que arrasó acaparando casi todos los Oscar importantes. No obstante, «What ever happened to baby Jane?», sigue encandilando y es uno de los clásicos indiscutibles del mejor cine de Hollywood de todos los tiempos.
Fotograma de la película con Bette Davis y Joan Crawford