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jueves, 1 de noviembre de 2018

Fugaz encuentro de Parsifal y el rey Pescador


Bajo la superficie del poema «Parsifal» late el misterio de la Trinidad gnóstica: Hombre, Mujer y Naturaleza como la gran creación de Dios. Todos se hallan sujetos a una condición ineludible: el envejecimiento. Sin embargo, lo mismo que en la Naturaleza lo que envejece para acabar muriendo, da paso a un nuevo ciclo de vida, el hombre y la mujer cuentan con el vehículo del Amor para perpetuarse.
Cuando Parsifal halla a su esposa en el mismo lugar donde la sangre había caído sobre la nieve, su pasión adquiere una renovada fuerza. Más tarde, se reúne con Trevrizent, el cual pronuncia unas palabras de gran trascendencia:
—He lamentado vuestro inútil esfuerzo, porque la historia jamás había supuesto que el hombre pudiera conquistar el Grial. Yo os hubiera retirado la mano rápidamente; pero con vos existía otra oportunidad. No lamentaros de lo sucedido, porque recibiréis otro premio muy elevado.
Lo que pretende decir el ermitaño es que si el héroe ha fracasado en su empeño de conquistar el Grial de una manera física, no debe lamentarlo porque ha sido suyo el triunfo en un sentido espiritual: superó todas las pruebas durante largos años, hasta llegar al momento decisivo. Portaba los valores suficientes: misericordia, tolerancia y amor. Es cierto que le faltaba la pureza absoluta y perfecta, por eso el Grial no terminó de revelarle todos sus secretos; sin embargo, está muy lejos de sentir rencor, continúa siendo el mismo, luego nadie le puede arrebatar, al menos desde una valoración interna, el mérito de seguir considerándose un «héroe» en el sentido estricto de la palabra.
Por otra parte, los múltiples aspectos del Grial, tan distintos en muchas ocasiones, dejan muy claro que nos encontramos ante el enigma más famoso de toda la tradición medieval. Nunca un tema literario ha excitado tanto la imaginación de quienes pretendían saber qué se ocultaba detrás de la cortina de humo de las apariencias. Jamás, desde el Vellocino de Oro, un objeto sagrado ha sido tan buscado y, a la vez, tan temido.
Las preguntas sin respuesta y las dudas asaltan las mentes de los esforzados buscadores del Grial, porque saben que detrás de las aventuras que le dan forma a la leyenda, se esconden misterios mucho más profundos e inalcanzables. La búsqueda del Grial encierra una insondable espiritualidad y encarna muchos de los aspectos más positivos del cristianismo medieval.
Esta leyenda tiene su origen en diversas mitologías, bebe en las fuentes clásicas de la Odisea de Homero y en otras historias paganas. Los trovadores que la difundieron creían en su autenticidad; y al parecer fueron creídos por quienes escucharon sus poemas. También se les imitó, al surgir toda una serie de relatos de similares características a lo largo del siglo XV que obtuvieron una notable aceptación en todas las cortes europeas, sobre todo, tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, lo que dio nuevos bríos al ideal caballeresco.
La leyenda del Grial está trufada de elementos que desafían a la razón, apasionan al corazón y estremecen el alma. Amargo destino el de los héroes que protagonizan los distintos romances griálicos. Sus ascéticas vidas parecen más propias de los anacoretas, que de unos caballeros andantes de brillante armadura. Un viaje iniciático que les llevará a un lugar estéril, donde apenas queda un puñado de mujeres afligidas, sin hombres, a las que gobierna un rey tullido y moribundo, que pescaba en una barca y, a la vez, era capaz de adelantar al héroe, para encontrarse con él en el castillo del Grial y ser así su anfitrión…
¿Acaso no nos recuerda el episodio de Jonathan Harker en el castillo de Drácula? Si repasamos la novela de Bram Stoker, encontraremos muchas similitudes entre el castillo del Grial y la sombría morada del vampiro, convertido en una versión diabólica del bondadoso «Rey Pescador».
Francis Ford Coppola lo supo plasmar magistralmente en su versión cinematográfica: la espada clavada en la cruz de piedra que empieza a manar sangre; el coro de jóvenes; el Grial o cáliz del que bebe Drácula invocando a los poderes de las Tinieblas y renegando de Cristo… A fin de cuentas... ¡un antiguo caballero desencantado con su destino!
El banquete en el solitario salón, la pregunta que Jonathan Harker no llega a formular, el sopor al amanecer y un despertar amargo para encontrarse ante la nada… El castillo de Drácula, como el del Grial, está desierto…
El Grial terminó por reunir infinidad de significados y valores. Para Wolfram von Eschenbach era capaz de brindar longevidad a todo el que lo poseyera y, al mismo tiempo, proporcionar una plenitud espiritual satisfactoria, como la obtenida a través de una transformación iniciática.
De esta manera se fueron introduciendo elementos cabalísticos alrededor de este objeto mítico y del tesoro anhelado por tantos hombres y mujeres. Conviene tener presente que en el siglo XI la Cábala y todo el pensamiento que la rodeaba estaba muy presente en una Europa que apenas empezaba a recuperarse del fanatismo apocalíptico del año 1000. En el Toledo árabe existía una prestigiosa escuela hebrea que estudiaba la Cábala. Algunos historiadores llevan a Kyot hasta este lugar, donde tuvo conocimiento de la historia del Grial. Pero existían otras escuelas parecidas en España: en la Gerona hebrea y en  la Córdoba musulmana, y en la Europa cristiana destacaba la de Montpellier. Tampoco debe asombrarnos que se hubiera creado una en Troyes en 1070, y que estuviese dirigida por un tal Rashid, uno de los más prestigiosos cabalistas de su tiempo.
Casi todos los especialistas admiten que el estudio de la Cábala puede equipararse con una especie de judaísmo esotérico, mediante el cual se provoca una transformación dramática de la conciencia. Algo que podemos encontrar en diferentes religiones orientales. Toda persona que desea introducirse en el mundo de la Cábala, ha de sumergirse en un proceso iniciático que le irá transformando la conciencia y la percepción de la realidad. Entregado a esta metamorfosis permanente, llegará a un estado en el que logrará proyectarse fuera de su cuerpo, como en una especie de reencarnación simbólica o «resurrección» iniciática.
Durante su periplo Parsifal encuentra al «Rey Pescador», que lleva un extraño sombrero forrado con plumas de pavo real. Éste le invita amablemente a pasar la noche en el castillo del Grial, donde los corazones de todos sus ocupantes sólo conocen el dolor y la angustia. No obstante, el joven caballero es recibido con el mayor de los agasajos.
Un escudero atraviesa de pronto el umbral, llevando una lanza de cuya hoja brota sangre, que resbala a lo largo del asta hasta la mano de su portador, para perderse luego en la manga del mismo. Entonces el salón se ve inundado de gemidos y súplicas… El criado sigue portando la lanza con aspecto lúgubre, pero se va girando hacia las cuatro paredes de la gran estancia y llega hasta la entrada, por la que sale súbitamente… Al fondo se abre otra puerta tachonada de acero, de la que surgen dos doncellas de noble porte… Son unas blanquísimas vírgenes… Cada una de ellas lleva en la mano un candelabro de oro, en el que arde un cirio… Detrás de ellas, avanza una distinguida duquesa con su pareja, que porta dos pedestales de marfil. Sin querer perder más tiempo, aparecen otras ocho damas realizando las siguientes funciones: cuatro llevan grandes antorchas, y las demás sujetan, sin apenas esfuerzo, una piedra preciosa que los rayos del sol atraviesan, y que recibe el nombre de su resplandor… A su vez surgen dos princesas, que van ricamente ataviadas. Sostienen dos cuchillos afilados… cuyas hojas están hechas de una plata de blancura extraordinaria… Abren paso a la reina. Es tanto el resplandor que se desprende del rostro de ésta, que parece estar amaneciendo… En un cojín de color verde esmeralda porta la esencia de lo que se espera encontrar en el Paraíso: el Santo Grial, siempre muy superior a todo lo que pueda llegar a imaginar cualquier ser humano. Dispensadora de Goces es el nombre de la hermosa doncella a la que se ha concedido el honor de portar el Grial…
Perceval se encuentra tan aturdido por las maravillas que tiene la suerte de contemplar, que comete un fatal error de omisión al no preguntar. Poco más tarde, cuando el fastuoso ceremonial ha concluido, le llevan a un dormitorio. Continúan tratándole con grandes miramientos, lo que no evita que se sienta muy intranquilo. Por eso duerme mal.
A la mañana siguiente, descubre que el castillo se encuentra vacío. Después de cruzar el puente levadizo, halla su caballo ensillado. Antes de llegar a montarlo, la voz de un escudero invisible le grita esta maldición:
—¡El odio del Sol recaiga sobre ti! ¡Eres un gusano! ¡Ni te molestaste en abrir la boca para preguntar a tu noble y bondadoso anfitrión… Esto te habría proporcionado la inmensa gloria de salvarnos a todos!
El joven caballero prosigue su camino descorazonado y muy abatido, porque no ha entendido el significado de las palabras que acaba de escuchar. Pocas horas más tarde, se encuentra con una joven que está arrodillada junto al cadáver de un muchacho. Resulta ser Sigurne, una prima suya a la que no conocía, la cual le revela el misterio que envuelve el castillo del Grial: si él hubiese preguntado durante la ceremonia…
—Tu abuelo, el rey Alarico, al que también se conoce con el nombre de «Rey Pescador», se habría curado de todas sus heridas y, luego, habría vuelto la prosperidad a estas tierras. Pero te quedaste absurdamente callado, lo que todos lamentamos —sigue reprochándole la doncella—. No olvides que tu abuelo te entregó una espada única, que terminará por romperse. Como la seguirás necesitando, deberás ir en busca del herrero Trebuchet, que vive en las proximidades de la Fuente del Lago, muy cerca de Karmant. Sólo él podrá volver a forjarla… ¡Pero ya no conseguirás regresar a Montsalvat, el castillo del Grial!


miércoles, 31 de mayo de 2017

Perceval: el caballero del Grial

...Pocas horas más tarde, en un calvero del bosque, el joven aspirante a caballero se encuentra ante una muchacha que permanece arrodillada, llorando junto al cadáver de un hombre decapitado. Desciende de su montura y, cuando se dispone a socorrer a la afligida dama, ésta se vuelve y… ¡Su rostro se llena de asombro!
—Tú debes ser mi primo Perceval —musita, casi sin fuerzas para sostenerse en pie.
—No os entiendo, señora —dice el joven—. A mí siempre me han llamado el chico, el joven, o el hijo de la «Dama Viuda»…
—Te enseñaron a no preguntar —prosigue la dama—. Por eso te olvidaste, cuando estabas dentro del castillo, de formular la pregunta correcta: «¿A quién sirve el Grial?» Si lo hubieras hecho, en este momento se habría curado el rey Pescador y estas tierras hubiesen vuelto a ser prósperas. Has fracasado porque hiciste morir de pena a tu madre… ¡Tendrás que cuidarte de algo más: que esa espada que ahora ciñes no se rompa mientras combates! No obstante, puedes evitar que tal cosa suceda si te diriges al «Lago», donde vive el «Herrero». Nunca olvides que él la forjó, ¡y sólo sus manos y su fragua podrán recomponerla!
El joven ha escuchado en silencio; mientras, un tropel de emociones muy diferentes le embarga. Por un lado, le gusta, por fin, tener un nombre; y por otro, la razón de su fracaso le oprime el corazón con tal virulencia, que cree que va a morir allí mismo. Por unos instantes le falta la respiración. Sin embargo, al oír todo lo relacionado con la maravillosa espada, comprende que para él sigue habiendo futuro. Se despide de su bella prima, después de ayudarla a dar sepultura al cadáver descabezado de su amigo. Luego continúa su viaje sin rumbo cierto, hasta que vuelve a encontrarse delante de la joven, a la que él robó el anillo, el pastel de carne y un beso. La pérdida del anillo ha supuesto para esta infeliz doncella un gran disgusto y un grave perjuicio que Perceval procura reparar. Más tarde, prosigue la marcha, que le lleva a las inmediaciones de Camelot, el impresionante recinto amurallado donde moran el rey Arturo, la reina Ginebra, y los Caballeros de la Tabla Redonda, los más esforzados paladines de la Cristiandad.
Unas gotas de sangre en la nieve
Ha estado nevando copiosamente y el suelo aparece cubierto de un espeso manto blanco. Precisamente en una pradera contempla Perceval una oca herida por un halcón, la cual ha dejado caer tres gotas de sangre en la nieve. El hijo de la «Dama Viuda» descabalga y se acerca donde están las rojas manchas, que le recuerdan los colores vivos de la gentil dama Blancaflor. Piensa de tan buen grado en ello que se olvida de dónde se encuentra. Como resalta el bermejo sobre el blanco en el rostro de ella, así lo hacen las tres gotas de sangre en el blanco e impoluto manto de nieve que cubre el suelo…
Hasta tal punto llega el arrobamiento de Perceval, que permanece allí inmóvil durante varios días. Este suceso llega a oídos del rey Arturo, el cual ordena a algunos de sus mejores caballeros que vayan a disuadir a quien no ha dejado de enviarle cautivos. Pero éste ha decidido mantener la actitud de una estatua, mientras su cerebro evoca a su amada. Por esto se limita a empujar a todos los que llegan. Claro que al tener cerca a Kay, el empujón se hace más violento. Por último, es Gawain quien consigue que abandone el lugar, por algo es el mejor orador de Camelot y, al mismo tiempo, el más fiel amigo, de quien se decía, con justicia, que era capaz de dar la vida por los demás.
Perceval es nombrado caballero y vive, durante unos meses, sometido a duras pruebas propias de su nueva condición y a otras actividades, que le obligan a caer por la noche en el lecho completamente agotado. Esto le lleva a olvidarse de su madre, de Blancaflor y del castillo del Grial.
La horrible anciana de la mula
Hasta que una mañana llega a Camelot una vieja montada en una mula. Es imposible que logre pasar desapercibida… No contemplasteis nunca metal más grisáceo que su roñoso cuello, y sus manos no lo eran menos. Sus ojos resultaban simples cavidades, no mayores que los de una rata; su nariz tenía algo de gato y de mono, sus labios, de asno y de buey, unos dientes que se mostraban tan rojizos como yemas de huevo, y una barba de chivo. Una joroba apunta en medio de su pecho, la espalda se veía retorcida, los riñones y los hombros a pedir de boca para llevar el baile, joroba en la espalda y piernas torcidas, como vara de mimbre, admirables para la danza…
La feísima mujer empieza a insultar a Perceval delante de todos, por no haber formulado la pregunta en el castillo del Grial. Le recuerda que por culpa de su error, en aquellas tierras las esposas terminarán perdiendo a sus maridos, cientos de caballeros perecerán y todo será devastado para siempre. Sin embargo, cuando se calma, habla de otro objetivo: rescatar a una joven prisionera en el castillo de Montclar, para lo cual resulta imprescindible derrotar a los caballeros que defienden el castillo Orgulloso.
Todos los componentes de la Tabla Redonda se ofrecen para desempeñar tan peligrosa misión; pero será Gawain quien marche hacia allí. Entretanto, Perceval decide cabalgar en busca del castillo donde fracasó por no haber hecho la pregunta correcta para saber a quién sirve el Grial y encontrar la ensangrentada Lanza del Destino…
Perceval permanece inmóvil varios días en el bosque encantado

domingo, 9 de enero de 2011

¿Fue el rey Arturo un gobernador romano de Britania?

Este mítico monarca forma parte de los personajes de la leyenda griálica y aunque tradicionalmente se le ha situado en la Edad Media, pudo tratarse del gobernador romano de Britania, Magno Clemente Máximo, de origen español. En la primavera del año 383, tras una aplastante victoria contra los pictos del norte, sus soldados lo nombraron emperador y Máximo y sus tropas desembarcaron poco después en la Galia para atacar a Graciano, emperador de Occidente. Tras derrotarle, Máximo y Teodosio, emperador de Oriente pactaron en Verona un reparto del Imperio; Máximo se quedó con Britania, la Galia e Hispania, estableciendo su capital en Tréveris; Teodosio con Oriente y Valentiniano II con Italia, Iliria y África. La política religiosa de Máximo se vio empañada por el proceso contra los priscilianistas, que acabó con la ejecución del obispo Prisciliano de Ávila en Tréveris. Luego sus discípulos trasladaron su cadáver decapitado a Compostela, por lo que muchos opinan que son sus restos los que se veneran en la tumba del Apóstol Santiago. A pesar de estar en ya en guerra con Teodosio, el emperador de Oriente, Máximo reunió a su ejército en Colonia, cruzó el Rin y derrotó a los francos. A Máximo se le atribuye también la iniciativa de colonizar la Armórica (Bretaña) y Galicia (Bretoña) con los soldados que le acompañaron desde Britania. En 387, aprovechando una invasión de los alamanes en Retia, y respondiendo a una petición de ayuda por parte de la corte imperial y del obispo Ambrosio de Milán, Máximo ocupó lo territorios pertenecientes a Valentiniano II apropiándose así de toda la parte occidental del Imperio Romano, tras lo cual nombró césar a su joven hijo Flavio Víctor e intentó obtener el pleno reconocimiento de Teodosio como único emperador de Occidente, pero éste le declaró usurpador y atacó por sorpresa a sus tropas en Iliria. Máximo fue derrotado y tuvo que refugiarse en Aquilea, donde fue traicionado y muerto por sus soldados en el 388. Su cabeza fue entregada a Teodosio y paseada por todas las provincias del Imperio. Su hijo Flavio Víctor también fue asesinado por orden del emperador. En 391 un decreto de Teodosio acabó con los últimos restos del paganismo grecorromano. El Fuego Eterno, que ardía desde tiempo inmemorial en el templo de Vesta, fue extinguido, las vírgenes vestales fueron disueltas y se prohibió celebrar los auspicios bajo pena de muerte. Varios senadores paganos apelaron a Teodosio para restaurar el Altar de la Victoria en la sede del Senado; pero el emperador se negó. Después de los últimos juegos olímpicos celebrados en 393, Teodosio los canceló definitivamente tildándolos de paganos. No obstante, y a pesar de su cristianísimo fervor, Ambrosio, obispo de Milán, excomulgó a Teodosio temporalmente en 390 y el emperador tuvo que observar varios meses de una vergonzosa penitencia pública. Ambrosio demostró así la autoridad de la Iglesia frente al emperador. El mundo antiguo había muerto.

Magno Clemente Máximo, emperador romano de Occidente, pudo haber sido el «Arturo» histórico, o al menos, uno de los personajes que pudieron inspirar la leyenda. Pero la incompleta información biográfica e histórica sobre el mítico rey de Camelot no debe alejarnos del núcleo principal del ideal griálico: un tipo de realeza sagrada y universal. Esta idea fue compartida por muchos pueblos en la Antigüedad, incluidos los celtas, que consideraban dioses a sus reyes, porque en sus manos ponían sus vidas y las de sus familias, sus haciendas y su lealtad. Les obedecían ciegamente, siempre que esta sumisión les proporcionase prosperidad y un buen gobierno. Sin embargo, ante una derrota militar, o un desastre natural, o una serie de años de malas cosechas o terribles plagas, se esperaba de estos reyes sagrados que se inmolaran o, al menos, se entregaran al enemigo para salvar a los supervivientes, en especial a los ancianos, mujeres y niños. Desde el momento en que el rey Arturo se convirtió en el eje central de las novelas y poemas del Grial, dejó de pertenecer a Bretaña, para convertirse durante la Edad Media en un mito supranacional: representaba al monarca ideal de la Cristiandad y era el patrón de la Caballería Andante. Puede afirmarse que el sueño de cualquier joven noble europeo era convertirse en cruzado y en miembro de la mítica Orden de la Tabla Redonda. Asimismo, el nombre de Arturo ofrece diferentes interpretaciones, la más autorizada de las cuales es la que se fija en los términos celtas “arthos” (oso). Este significado nos presenta a un ser humano excepcional, dotado de una virilidad y una fuerza física que infunde temor a sus adversarios, sin dejar de reunir una condición casi sagrada. Como el Sansón bíblico, o el Heracles griego, por citar un par de conocidos ejemplos. Dentro del antiguo culto solar céltico, lo mismo que en la astronomía más primitiva, se mencionaba la «Osa Mayor» o la constelación polar. Símbolos celestes muy relacionados con las mitologías precristianas de Europa y Oriente Próximo desde tiempo inmemorial.
Caballero de brillante armadura y su dama

sábado, 6 de noviembre de 2010

La leyenda del Santo Grial de Valencia

El Santo Grial o Cáliz Sagrado puede ser una copa, un cáliz, un simple vaso o una piedra preciosa. La leyenda cristiana sostiene que es el recipiente —lo llamaremos así, sin ánimo peyorativo al desconocer su forma real— utilizado por Jesús en la Última Cena, y del cual se sirvió después José de Arimatea para recoger la sangre de Cristo crucificado. En realidad constituye un misterio, una meta que debe ser alcanzada, como Ponce de León persiguió la Fuente de la Eterna Juventud en Florida, o los alquimistas soñaban con obtener la Piedra Filosofal mientras trabajaban con sus alambiques y retortas. Varios historiadores anglosajones sitúan el Grial en las tierras de los celtas en Britania, debido a que éstos representaban la soberanía con una caldero, un plato o bandeja, o una copa llegados del «más allá». Pero los celtas no habitaron sólo en las islas británicas, sino en buena parte de España y Francia, además de otras partes de Europa. La leyenda del Santo Cáliz se construyó, posiblemente, entre los siglos III y IV, coincidiendo con las persecuciones a las que fueron sometidos los cristianos por varios emperadores romanos, y cualquier objeto o reliquia que pudiera delatarlos, debía ser ocultada.

San Lorenzo fue uno de los siete diáconos de Roma, ciudad donde fue martirizado en una parrilla en 258. La tradición sitúa el nacimiento de San Lorenzo en Huesca. Cuando en 257 Sixto fue nombrado papa, Lorenzo fue ordenado diácono, y encargado de administrar los bienes de la Iglesia para el cuidado de los pobres. Por esta labor, es considerado uno de los primeros archivistas y tesoreros de la Iglesia, y es el patrón de los bibliotecarios.

El emperador Valeriano proclamó un edicto de persecución el que prohibía el culto cristiano y las reuniones en los cementerios. Muchos sacerdotes y obispos fueron condenados a muerte, mientras que los cristianos que pertenecían a la nobleza o al senado eran privados de sus bienes y enviados al exilio. Una leyenda citada por san Ambrosio de Milán dice que Lorenzo se encontró con Sixto en su camino al martirio, y que le preguntó: «¿Adónde vas, querido padre, sin tu hijo? ¿Adónde te apresuras, santo padre, sin tu diácono? Nunca antes montaste el altar de sacrificios sin tu sirviente, ¿y ahora deseas hacerlo sin mí?», a lo que el papa profetizó: «En tres días tú me seguirás».

Tras la muerte del papa, el prefecto de Roma ordenó a Lorenzo que entregara las riquezas de la Iglesia. Lorenzo entonces pidió tres días para poder recolectarlas, pero trabajó para distribuir la mayor cantidad posible de propiedades a los pobres, para prevenir que fueran arrebatadas por el prefecto. La leyenda dice que entre los tesoros de la Iglesia confiados a Lorenzo se encontraba el Santo Grial (la copa usada por Jesús y los Apóstoles en la Última Cena) y que consiguió enviarlo a Huesca a través de un soldado cristiano, junto a una carta y un inventario, allí fue escondido y olvidado durante siglos.

Hechos esto, al tercer día Lorenzo compareció ante el prefecto, y le presentó a éste los pobres, los discapacitados, los ciegos, a los leprosos, y a los menesterosos, y le dijo que ésos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia. El prefecto entonces le dijo: «Osas burlarte de Roma y del emperador, y perecerás. Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida».

Según la tradición, Lorenzo fue quemado vivo en una hoguera, concretamente en una parrilla en Roma y sus restos calcinados fueron enterrados en la Vía Tiburtina, en las catacumbas de Ciriaca, por Hipólito de Roma y el presbítero Justino. Se dice que Constantino I el Grande mandó construir un pequeño oratorio en honor del mártir, que se convirtió en punto de parada en los itinerarios de peregrinación a las tumbas de los mártires romanos y, un siglo más tarde, el papa Dámaso I reconstruyó la Basílica de San Lorenzo en Panspermia que se alza sobre el lugar de su martirio.

El Cáliz Sagrado de San Lorenzo permaneció oculto en Huesca hasta que la invasión musulmana del 711, llevó al obispo Auduberto decidiera trasladarlo. En su precipitada huida, con la morisma pisándole los talones, no encontró mejor escondite que el recóndito monasterio de San Juan de la Peña, lo que ha quedado demostrado por diversos escritos. A mediados del siglo XIV, el rey Martín el Humano lo hizo suyo y decidió trasladarlo a la Aljafería de Zaragoza. Y desde este lugar, como última etapa de su periplo, llegó a Valencia por deseo del monarca Alfonso el Magnánimo.

¿Era el Grial parte del tesoro cátaro?

Los arqueólogos han buscado alguna prueba de la presencia del Grial en infinidad de montañas, ya fuese en Oriente Medio como en Europa. Una leyenda cristiana del siglo XIII lo sitúa en un monumento pagano, situado en un lugar inaccesible y que fue destruido en el siglo VII. En la base de esta idea se llegó a la conclusión de que el punto de referencia era un viejo templo mazdeísta. También podemos aceptar, como hipótesis, que los cruzados franceses que exterminaron a los herejes cátaros del Rosellón y Languedoc tenían la convicción, acaso apoyada en pruebas palpables de que los «bons homes» poseían el Grial, el cual habrían incluido en su tesoro. Pero este objeto en particular lo habrían sacado del castillo de Montsègur antes del asalto definitivo de los cruzados católicos. Sería entonces, según otra tradición, cuando el Grial habría sido llevado a algún punto del reino de Aragón, aliado de los cátaros, para preservarlo. Esto nos sitúa a mediados del siglo XIII, casi mil años después del martirio de San Lorenzo. Desde luego, cabe la posibilidad de que los cátaros llevaran el Grial a algún punto del Pirineo español, donde lo escondieron de un modo tan secreto, que sólo unos pocos conocían el sitio exacto. Que muy bien pudo ser el monasterio de San Juan de la Peña en Huesca. No obstante, al morir los custodios del secreto, se habría perdido el rastro del Grial, hasta que un siglo después, como ya hemos apuntado, el rey aragonés Martín el Humano decidió llevarlo a Zaragoza. Las primeras rutas que siguieron los portadores del Cáliz Sagrado en el siglo III pasan por Huesca, Jaca, Yebra, San Pedro de Siresa y San Juan de la Peña. Sin embargo, es en esta última donde se conserva la documentación más detallada. En un santuario visigótico se halla condensada toda la importancia cultural de muchos siglos de arte y religión. Juan García Atienza destaca que en la capilla del monasterio de San Juan de la Peña uno de los elementos arquitectónicos más importantes lo constituyen sus enterramientos, lo que invita a pensar que si los personajes más poderosos de su época desearon contar con una sepultura en tan santo lugar se debió a que allí se custodiaba el Santo Grial. Los célebres Caballeros de San Juan fundaron su Orden en este monasterio aragonés. Sobre sus pechos llevaban una cruz muy parecida a la de los templarios. Una prueba más —para muchos— de que en el edificio religioso se debió conservar el Grial en algún momento, por eso fue tomado como centro de una variada gama de acontecimientos políticos, militares y religiosos. Uno de los mayores defensores de San Juan de la Peña como sede del Grial, es José Luis Solano. Algo que debemos considerar lógico, dado su trabajo como guía y vigilante del monasterio. Gracias a él sabemos que han sido muchos los especialistas que visitaron el lugar, como lo prueban algunos libros que allí se guardan. En uno de éstos, titulado «Le roman du Graal originaire», de André de Mandach, se intenta demostrar que los personajes que aparecen en los poemas del francés Chrétien de Troyes y del alemán Wólfram von Eschenbach se basaron, precisamente, en las gestas de los reyes aragoneses, a pesar de que posteriormente les confirieron entidades inglesas o bretonas. Eschenbach cuenta en su obra que consiguió el manuscrito original de su «Parsifal» en la ciudad española de Toledo. Especialmente relevante fue la figura del rey aragonés Pedro II el Católico que moriría defendiendo a los cátaros en la batalla de Muret en 1213, y que un año antes se había distinguido en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa contra los almohades que habían invadido España desde África. Este autor francés llega todavía más lejos, pues cree que el «Rey Pescador», guardián del Grial, fue en realidad Alfonso I el Batallador. Este bravo monarca aragonés destacó en la lucha con los musulmanes, llegando a duplicar la extensión del reino de Aragón tras obtener la conquista clave de Zaragoza. Temporalmente, y gracias a su matrimonio con doña Urraca gobernó sobre Castilla, haciéndose llamar entre 1109—1114 «Rey y Emperador de Castilla, Toledo, Aragón, Pamplona, Sobrarbe y Ribagorza», lo que duró hasta que la oposición nobiliaria forzó la anulación del matrimonio. Los ecos de sus victorias traspasaron fronteras; en la Crónica de San Juan de la Peña, del siglo XIV, podemos leer: «clamabanlo don Alfonso el Batallador porque en España non ovo tan buen caballero que veinte nueve batallas venció». Sus campañas lo llevaron hasta las mismísimas puertas de Córdoba, Granada y Valencia y a infligir a los musulmanes severas derrotas en Valtierra, Cutanda, Cullera y otros sitios. Tanto Alfonso I, como Pedro II después, fueron considerados auténticos paladines de la Cristiandad por sus decisivas victorias sobre los mahometanos que ocupaban parte de España y amenazan Europa en los siglos XII y XIII, mientras se desarrollaban las cruzadas en Tierra Santa.

El Grial pudo estar en Montserrat

Entre los siglos XIII y XIX los autores alemanes y austríacos, como Schiller, Humboldt, Goethe y otros, fueron construyendo una leyenda tan impresionante, que pudo adquirir tintes de realidad. Y esta leyenda se refería a la montaña de Montserrat, centro neurálgico de la religiosidad catalana desde tiempo inmemorial. Richard Wagner introdujo esta idea en sus célebres óperas «Parsifal» y «Lohengrín». Hasta tal punto llegó a calar la creencia en la autenticidad de tales afirmaciones, que a finales de 1940, Heinrich Himmler, uno de los hombres más influyentes del partido Nazi, se presentó en la abadía benedictina de Montserrat y exigió que le fuese entregado el Santo Grial. Muchos años más tarde se supo que los monjes guardaban en su biblioteca un libro muy singular titulado «Montserrat, ganga del Grial», escrito por Ramón Ramonet Riu, en el que se afirmaba que la montaña de Montserrat proporcionó la ganga mineral que acompaña a la incomparable gema espiritual del Santo Grial. Puestos a describir audacias, que no podemos considerar inexactas al carecer de la prueba científica definitiva que dé autenticidad a las otras, Ramonet expone que el mago Merlín fue el conde Arnau, que Lohengrín era el seudónimo de Ramón Berenguer II y que en el mítico rey Arturo ha de verse a Wilfredo el Velloso, el primer conde independiente de Barcelona. Como veremos a lo largo de este libro, la relación entre el Grial y Cataluña, no se limita sólo a este episodio. Los historiadores calculan que desde que se escribió el primer poema sobre el Grial hasta la última novela, dentro de la Baja Edad Media, transcurrieron unos ciento cincuenta años (ss. XIV—XV). Un tiempo relativamente corto para aquella época turbulenta, en la que los autores utilizaron infinidad de símbolos, todos ellos tomados de otras culturas mucho más antiguas, anteriores incluso al cristianismo, pero a los que dieron unas envolturas de lo más sugerente. Como el Grial también estuvo unido al catarismo, una forma herética de cristianismo, la Iglesia de Roma no se atrevió a reconocerlo abiertamente. De hecho, el Sagrado Cáliz de Valencia no fue reconocido como tal hasta el pontificado de Juan Pablo II. Pocos sacerdotes católicos lo citaron en sus escritos, y se ignora si lo hicieron los obispos, cardenales y papas, aunque fuese en privado. Se cree que éstos temían que si lo apoyaban abiertamente podían crear un cisma, al conceder demasiada importancia a una leyenda cargada de elementos paganos y esotéricos. Sin embargo, bajo cuerda, dejaron que el Grial terminara siendo asociado al Cáliz de la Última Cena, no prohibieron la novela «José de Arimatea» de Robert Boron, en la que directamente se introducía el cristianismo en el argumento griálico, y casi aplaudieron la aparición del «Parsifal» de Wólfram von Eschenbach, por ser su obra la más cristiana de todas.