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sábado, 6 de noviembre de 2010

¿Quiénes financiaron a Hitler?

Ésta es una de las grandes incógnitas del siglo XX que jamás han sido despejadas. Los mismos banqueros internacionales que habían financiado la Revolución rusa de 1917, jugaron un papel destacado en la financiación del Nacional Socialismo alemán a partir de 1923. Entre estos altruistas benefactores del nazismo cabe destacar el Mendelsohn Bank de Ámsterdam, controlado por la familia Warburg. Paul Warburg era uno de los pesos pesados de Wall Street en los años previos al crack de 1929 y el único que advirtió a sus colegas del peligro que corría el sistema bursátil a causa de la especulación descontrolada que ejercían los propios bancos en los mercados. Estaba también el J. Henry Schröder Bank, cuyos consejeros legales eran los prestigiosos abogados del bufete Sullivan & Cromwell, de la que formaban parte como socios más antiguos John Foster Dulles y su hermano Allen, futuro jefe de la OSS (Office of Strategic Services), fundada por David Rockefeller.

Otra entidad controlada por banqueros holandeses que financió a Hitler fue la Union Banking Corporation, en cuya junta directiva se sentaba un tal Prescott Sheldon Bush (padre y abuelo de dos ex presidentes de los EEUU), quien a su vez era gran amigo de Averell Harriman, hijo del magnate de los ferrocarriles Edward Henry Harriman.

En 1931 el banco holandés Voor Handel Scheepvaart, cuyo socio norteamericano era el Banco de Inversiones W. A. Harriman (controlado por los Harriman) gestionó la concesión de un crédito al Partido Nacional Socialista, facilitado por el magnate del acero Fritz Thyssen Bornemisza, lo que él mismo reconoció en un libro titulado ‘Yo pagué a Hitler’. El magnate del acero rompió sus relaciones con Hitler y los nazis después de la invasión de Polonia en septiembre de 1939. Fritz Thyssen era el padre del barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza de Kászon, notable industrial y coleccionista de arte, casado con la española Carmen Cervera, y que falleció en 2002 en Sant Feliu de Guíxols, España.

Para terminar, un detalle más: el presidente del Banco Central de Alemania, Greeley Schacht, vinculado a la Banca J.P. Morgan norteamericana, fue uno de los principales autores de la terrible recesión económica que sufrió Alemania a principios de los años treinta, continuación de la depresión financiera de la década anterior, y que provocó la sucesiva caída de diversos gobiernos alemanes hasta que Adolf Hitler se hizo definitivamente con el poder en 1933.

Gracias al apoyo de muchos banqueros e industriales de origen judío, y a los propios resortes parlamentarios que le brindó la República de Weimar, Adolf Hitler pudo hacerse con el poder en Alemania. Por su parte, Greeley Schacht se puso al frente de la Banca privada para poner fin a la crisis financiera que había provocado la caída de todos los gobiernos anteriores.

(Continuará...)

jueves, 4 de noviembre de 2010

Los amigos de Hitler en Wall Street

El magnate Fritz Thyssen es el único de todos los banqueros, políticos y hombres de negocios –y fueron muchos–, que mostró un cierto arrepentimiento público por haber colaborado con los nazis. Fritz Thyssen estaba al frente del German Steel Trust, consorcio de la industria del acero, imprescindible para el rearme alemán de entreguerras, fundado en 1926 por Clarence Dillon, uno de los hombres fuertes de Wall Street. Uno de los colaboradores de confianza de Dillon fue Samuel Bush, padre de Prescott, abuelo del ex presidente George Herbert y bisabuelo del también ex presidente George Walker Bush. Por su parte, los Harriman y los Thyssen fundaron en 1926 la Union Banking Corporation y pusieron al frente del banco a George Herbert Walker, suegro de Prescott Bush. Ese mismo año, Prescott Bush fue nombrado vicepresidente de la Brown Brothers Harriman. Los Bush no fueron los únicos que ayudaron a los nazis, sus principales socios en Estados Unidos fueron la Standard Oil y el Chase Manhattan Bank, y ambas empresas eran propiedad de la familia Rockefeller. Todos ellos, Harriman, Thyssen, Bush y Rockefeller, compartían intereses económicos tanto en la industria del petróleo como en el negocio de la banca internacional.

El pianista de Hitler

Ernst Sedgwick Hanfstaengl, hijo de un adinerado editor alemán, fue otro de los amigos y patrocinadores de Hitler en sus inicios. Hanfstaengl pasó sus primeros años en Alemania y más tarde se trasladó a Nueva York, donde se hizo cargo del negocio familiar, la editorial Franz Hanfstaengl especializada en libros de arte. Cada mañana practicaba al piano en el Harvard Club de Nueva York, donde conoció a Franklin Delano Roosevelt, futuro presidente de los Estados Unidos, que también era aficionado al piano, y entablaron amistad. Entre el selecto círculo de amigos de Hanfstaengl en aquellos días estuvieron el ex presidente Theodor Roosevelt, el magnate de la prensa William Randolph Hearst, el banquero de John Pierpont Morgan, la escritora Djuna Barnes, el director de orquesta Toscanini y el famoso actor Charles Chaplin.

Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, Hanfstaengl intentó regresar a Alemania para enrolarse en el ejército, pero no lo consiguió y tuvo que permanecer en los Estados Unidos. La parte del negocio familiar que él dirigía en Nueva York fue confiscada como propiedad del enemigo, cuando Estados Unidos declaró la guerra a Alemania en abril de 1917.

Terminada la contienda, Ernst se casó con Helene Adelheid Niemeyer, una distinguida dama de la mejor sociedad de Long Island, y el matrimonio se instaló en Múnich en 1922. Allí fue donde Hanfstaengl escuchó hablar de Hitler por primera vez en una cervecería. A partir de este momento, la biografía de Hanfstaengl es un tanto ambigua, posiblemente porque ha sido ampliamente retocada para ocultar su pasado nazi. Según esta biografía oficial, Hanfstaengl habría contactado con Hitler y los suyos a petición de Truman Smith, agregado militar de la Embajada de los Estados Unidos en Berlín. Éste sugirió a Hanfstaengl que acudiese a uno de los mítines nazis que tenían lugar en la cervecería donde se reunían Hitler y los suyos. En otras versiones de la biografía de Hanfstaengl, fue el propio Smith quien le presentó a Hitler.

Hanfstaengl quedó tan fascinado por el discurso de Hitler, que inmediatamente después se convirtió en uno de sus más fervientes seguidores. Inicialmente, su estrecha relación personal con Hitler se debió a que a éste le gustaba escucharle tocar el piano mientras gesticulaba y ensayaba sus apasionados discursos ante un espejo.

Durante el fallido golpe de Estado (Putsch de Múnich) del 8 y 9 de noviembre de 1923, Hitler resultó herido en uno de los enfrentamientos con el Ejército. Cuando buscó refugio en casa de Hanfstaengl en Uffing, en las afueras de Múnich, se encontró con que Ernst había huido a Austria abandonando a su esposa, Helene, que al parecer evitó que Hitler se suicidara cuando la policía llegó para detenerle. Hitler interpretó la huida de Hanfstaengl como una traición personal y, aunque siguió utilizándole, le apartó de su círculo íntimo de colaboradores.

Su esposa Helene, sin embargo, fue la que disuadió a Hitler para que abandonase su huelga de hambre cuando estaba preso en la cárcel de Lansberg. A partir de ese momento, tal vez sintiéndose atraído por Helene, Hitler reunió nuevos bríos y empezó a escribir Mein Kampf ayudado por Rudolph Hess, que vivía cerca de la prisión. De hecho, Hess pasó tantas horas con Hitler ayudándole como secretario mientras duró su encierro, que fue como si también él estuviese encarcelado. Una ironía del destino haría que Hess muriera en la cárcel muchos años después.

A lo largo de la década de 1920, Hanfstaengl presentó a Hitler a la alta sociedad de Múnich y ayudó a promocionar su imagen. También financió la publicación de Mein Kampf y colaboró estrechamente en la edición del periódico oficial del NSDAP, el Völkischer Beobachter.

Asimismo, Hanfstaengl escribió la marcha de los Camisas Pardas y varios de los himnos de las Juventudes Hitlerianas inspirándose en los estribillos de los populares cánticos deportivos de Harvard. También se cree que fue Hanfstaengl quien ideó y popularizó el característico saludo nazi «Sieg Heil!».

Su perfecto dominio del idioma inglés, y sus muchos contactos con la alta sociedad, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, le valieron el puesto de jefe de la Oficina de Prensa Extranjera en Berlín. La llegada de Ernst Hanfstaengl a Nueva York en 1934 fue apoteósica, y su presencia en la Universidad de Harvard para asistir a los actos que conmemoraban el 25 aniversario de su graduación, causó furor entre los estudiantes y el claustro de profesores.

No obstante, algunos meses después de su visita a Harvard, el decano de la universidad, James Conant, presionado por los estudiantes judíos, rechazó una donación de 1000 dólares hecha por Hanfstaengl. Mientras el NSDAP consolidaba su poder, surgieron varios conflictos entre Hanfstaengl y el nuevo ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, y Hanfstaengl fue apartado definitivamente de la cúpula del Partido cuando Hitler ganó las elecciones y formó su primer gobierno a principios de 1933. El ocaso político de Hanfstaengl coincidió con el distanciamiento de su esposa Helene. La pareja se divorció en 1936.

Al año siguiente, en 1937, Hanfstaengl recibió órdenes de lanzarse en paracaídas sobre una zona donde supuestamente se estaban librando encarnizados combates durante la Guerra Civil española. Según escribió Albert Speer en sus memorias: “la misión de Hanfstaengl en España no fue más que una broma pesada concebida por Hitler y Goebbels para ridiculizarle. El avión estuvo todo el tiempo sobrevolando Alemania para desconcertar a Hanfstaengl con los falsos informes sobre la ruta de vuelo que le fue facilitando el piloto. Finalmente, el avión aterrizó en el aeropuerto de Leipzig sin contratiempos”.

En cualquier caso, Hanfstaengl quedó tan amedrentado que huyó a Suiza y desde allí se trasladó a Inglaterra, donde fue encarcelado acusado de espionaje al poco tiempo de haber estallado la guerra en septiembre de 1939. Más tarde fue trasladado a un campo de prisioneros en Canadá (como Trotsky en su día) y en 1942, por mediación del presidente Roosevelt, fue deportado a los Estados Unidos. Allí trabajó para la inteligencia militar revelando información acerca de Hitler y otros líderes del Partido Nazi que entonces ocupaban puestos destacados en el gobierno. En 1943 colaboró con el profesor Henry A. Murray, director del departamento de Psicología de Harvard, y con el eminente psicoanalista Walter C. Langer y otros expertos, en la elaboración de un informe para la OSS (Office of Strategic Services) denominado «Análisis de la personalidad de Adolf Hitler».

Hanfstaengl fue devuelto a los británicos en 1944 y éstos le repatriaron a Alemania al finalizar la guerra al año siguiente. Hanfstaengl escribió Unheard witness (1957) sobre sus experiencias personales. En 1974 regresó a Harvard para conmemorar el 65 aniversario de su graduación. Fue recibido cortésmente y su antigua relación con Adolf Hitler fue cubierta con un prudente manto de silencio.

En 2004 el escritor Peter Conradi publicó un libro basado en su vida titulado «El pianista de Hitler. El ascenso y caída de Ernst Hanfstaengl, confidente de Hitler, aliado del FDR». A pesar de su larguísimo título, la biografía de Hanfstaengl estaba plagada de lagunas, contradicciones y ambigüedades. No ya para edulcorar la figura de Hanfstaengl, sino la de muchos de sus antiguos amigos; políticos y personajes destacados de la época que, al igual que Hanfstaengl, sintieron una fascinación hipnótica por Hitler y su movimiento.

Otro hecho poco conocido es que Ernst Hanfstaengl pertenecía a una distinguida familia de rancio abolengo nobiliario. Su madre era Katherine Heine Guillermina, hija de William Heine y su padrino fue el duque Ernst II de Sajonia-Coburgo-Gotha. La casa de Windsor, previamente llamada de Sajonia-Coburgo-Gotha (Sachsen-Coburg und Gotha), es la casa real del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte desde la muerte de la reina Victoria en 1901 hasta nuestros días. Fue renombrada el 17 de julio de 1917 por el rey Jorge V durante la Primera Guerra Mundial, dado el origen germánico del anterior título y a que el Reino Unido estaba en guerra con Alemania en ese momento. De hecho, el rey de Inglaterra, el káiser de Alemania y el zar de Rusia eran primos segundos.

Quizá por ese motivo, para preservar el anonimato de varios apellidos ilustres, todavía célebres en la actualidad, Hanfstaengl rara vez ha sido mencionado en la historia oficial del ascenso del nazismo, y se ha ocultado deliberadamente la buena acogida que tuvieron los postulados nazis entre muchos intelectuales, políticos, artistas y hombres de negocios de entonces, dentro y fuera de Alemania. Incluso entre la nobleza.


viernes, 29 de octubre de 2010

¿Era Hitler judío?


Moisés Amschel Meyer Bauer, fue uno de tantos orfebres judíos que alternaban su oficio con la lucrativa actividad de prestamista en el barrio judío de Fráncfort donde estableció su negocio hacia 1750. El origen del célebre apellido “Rothschild” hay que buscarlo en el sobrenombre por el que todo el mundo le conocía en Fráncfort. Esto era debido a que en la fachada del edificio donde tenía instalado su negocio colgaba un escudo de color rojo (en alemán, “rot” es rojo y “schild” significa escudo), y a partir de la época del primer Rothschild, el distintivo rojo de estos banqueros judíos se convirtió en la bandera de todas las revoluciones de los siglos XIX y XX. Pero el auténtico patriarca de la familia fue su hijo, Amschel Meyer Rothschild (1744-1812), quien al principio se limitó a continuar el negocio familiar pero que, pocos años después de la muerte de su padre, comenzó a trabajar en la Casa de Moneda Openheimer en Hanover, donde después de algún tiempo le hicieron socio. Amschel Meyer adoptó el sobrenombre Rothschild como propio después de regresar a Fráncfort y hacerse cargo del antiguo negocio de su padre.

Alrededor de 1765, Amschel Meyer comenzó a hacer negocios con la corte de Hanau, gracias a su buena relación con el general Von Estorff, y en 1769 le fue otorgada la placa con el escudo de armas de los Hessen-Hanau con la inscripción “M. A. Rothschild, Proveedor de la Corte de su Ilustre Alteza, el Príncipe Guillermo de Hessen, Conde de Hanau”.

En 1770 Amschel Meyer se casó con Guelte Schnaper con la que tuvo cinco hijas y cinco hijos: Amschel, Salomón, Natán, Kalman y Jacob, y en 1780 compró la que sería casa familiar en el Callejón de los Judíos (Judengasse). En 1801 se hizo con el cargo de gerente de la corte (Hoffaktor), y al año siguiente realizó su primer préstamo estatal a la Corte de Dinamarca por más de 10 millones de florines. Entre 1802 y 1804, Meyer mantuvo un estrecho contacto con el influyente consejero de Finanzas del príncipe, Carl Buderus, y durante la ocupación francesa, Buderus sobornó al general francés LaGrange para poder asegurar valores en papel por más de 15 millones de escudos para el príncipe. Durante las guerras napoleónicas, los Rothschild negociaron préstamos y valores tanto con el Ejército francés que ocupaba zonas de Alemania, como con los británicos, austríacos y prusianos que estaban en guerra con Napoleón.

Por esa misma época, Guillermo I de Hessen-Kassel, era uno de los gobernantes más ricos de Europa y era también uno de los más importantes prestamistas del continente. Su padre, Federico II, conde de Hessen-Kassel, había sentado las bases de su fortuna a través del arriendo de sus súbditos para que sirviesen como soldados en los ejércitos de varios reyes europeos.

Gracias a los vaivenes de la guerra y a sus buenos contactos con Buderus y el príncipe, que compartieron su exilio en Dinamarca (1806-1813), además de sus contactos con otros políticos que, mediante sobornos, le facilitaban información privilegiada acerca de la marcha de la guerra y de la diplomacia en Europa, Amschel Meyer forjó una poderosa banca privada y obtuvo el control absoluto sobre los valores y bonos canjeables de la deuda del príncipe, que en definitiva era una deuda de Estado, no la de un particular. En colaboración con los también banqueros, Lennap y Lawatz, Rothschild hizo préstamos a otras cortes europeas necesitadas de liquidez financiera en una época de guerra intermitente.

Con los sustanciosos dividendos obtenidos por los réditos, Rothschild pudo otorgar nuevos créditos y seguir especulando a un nivel desconocido hasta entonces, negociando con ambos bandos en conflicto: Francia por un lado, y Gran Bretaña, Austria y Prusia por el otro. Para asegurar la supervivencia de la banca que él mismo había creado a partir del modesto negocio familiar, Rothschild diseminó a sus hijos varones por los diferentes países europeos en guerra. De este modo, fuese cual fuese la potencia que resultase vencedora en el conflicto, el futuro de sus inversiones estaba asegurado. En 1807 envió a Londres a su hijo Natán y en poco tiempo, los Rothschild invertían libremente en Inglaterra, incluso en bonos de guerra, los más rentables entonces.

Como tantos otros, el príncipe de Thurn und Taxis que tenía el monopolio sobre el servicio estatal de correos, se dejó sobornar por Rothschild y le informó puntualmente del contenido de varias cartas importantes. Gracias a esta práctica, la violación del correo estatal, el príncipe facilitaba al banquero información privilegiada para que éste pudiese realizar sus operaciones financieras sobre seguro. Era como apostar por el resultado de una carrera de caballos una vez terminada, o rellenar una quiniela de fútbol el lunes, cuando ya se conocen todos los resultados de los partidos disputados el domingo. Gracias a la violación del correo estatal (un delito), Rothschild amasó una inmensa fortuna durante la guerra. Pero su mejor jugada, su obra maestra, estaba aún por llegar. Rothschild llegó a manejar tal cantidad de información que para mantenerse en contacto de forma eficaz con sus agentes repartidos por media Europa, tuvo que poner en marcha su propio servicio de correos.

Al producirse la derrota de Napoleón en Waterloo, aquel servicio privado de correos informó de la noticia a Natán Rothschild con varias horas de antelación, mucho antes que los conductos oficiales avisasen al propio Gobierno británico de la noticia. Lo que hizo el avieso banquero fue hacer correr el rumor de que los británicos habían sido derrotados. Cundió el pánico en la Bolsa de Londres y la gente empezó a desprenderse de sus valores y bonos de guerra a cualquier precio. Los testaferros de Rothschild estaban allí para comprarlos a precio de saldo. Cuando se supo la verdad, que los aliados habían vencido, Rothschild ya era multimillonario.

Klemens von Metternich fue el gran artífice del Congreso de Viena en 1815, y uno de los diplomáticos más destacados de su época, pero era también uno de los agentes de Rothschild, y estaba al corriente de los expeditivos métodos que había utilizado el banquero para enriquecerse con la guerra. A lo largo del siglo XIX los Rothschild, convertidos ya en nobles, financiaron las revoluciones de 1830 y 1848, pero también extendieron sus tentáculos a diversos sectores económicos en lo que vino en llamarse la segunda revolución industrial, que aún les haría más ricos. Los Rothschild financiaron diversas industrias manufactureras, al tiempo que entraban en el negocio de los ferrocarriles continentales y en el de la construcción del Canal de Suez, entre otras obras faraónicas de entonces. Mediante un sistema especial de préstamos al Estado, convirtieron al Gobierno francés de entonces en su cliente, y éste dictaba su política fiscal en función del aumento de los intereses de la deuda contraída con los Rothschild.

Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la que los Rothschild también jugaron un papel destacado apostando por ambos equipos, se produjo una reestructuración de la banca internacional. Así que, el entramado de negocios de los Rothschild tuvo que ceder parte de los mismos a otros poderosos clanes: parte de su holding industrial a los Rockefeller, buena parte del negocio de los ferrocarriles a los Harriman, y parte de su participación en la banca especializada en la Bolsa de Valores a los Morgan, pero los Rothschild, a cambio, obtuvieron el control del mercado internacional del oro, cuyo monopolio aún dirigen desde su sede en Londres.


Los herederos de Amschel Meyer Rothschild (la primera generación) mantuvieron la oficina principal de la banca familiar fundada por su padre en Fráncfort, pero abrieron sucursales en Viena, Londres, París y Nápoles. Uno de sus hijos, Salomón (1774-1855), abrió un banco en Viena en 1821, que existió hasta 1938, cuando Alemania se anexionó Austria. Entonces, el servicio secreto alemán se apoderó durante el Anschluss de una curiosa documentación elaborada por la policía austríaca por encargo del antiguo canciller de ese país, Engelbert Dollfuss, según la cual, en 1836 Salomón Rothschild, residente en Viena, tomó a su servicio a una joven doncella de provincias llamada María Anna Schicklgruber.

El banquero, que a la sazón contaría unos 62 años, sedujo a la muchacha, quien por las mañanas le hacía la cama y por las noches se la deshacía. El caso fue que la muchacha quedó embarazada y al descubrirse su estado de gestación fue devuelta a la ciudad de Spital, su localidad natal, donde se arregló un matrimonio de conveniencia con un tal Johan Georg Hiedler. En 1837 nació un niño al que pusieron por nombre Alois, que jamás fue reconocido por Georg Hiedler, el esposo de Anna. Durante más de cuarenta años, Alois llevó el apellido de su madre, hasta que decidió cambiar el apellido original de Hiedler por el de Hitler.

Este Alois Hitler, a su vez, tuvo varios hijos. Entre ellos, Adolf. Nunca han aparecido todos los documentos necesarios que probarían los hechos de forma concluyente, pero se dice que cuando el Führer tuvo conocimiento del asunto, ordenó una investigación exhaustiva sobre su ascendencia paterna para comprobarlo y, si era cierto, eliminar todas las pistas y cualquier rastro de su ascendencia judía.

Adolf Hitler participó en la guerra de 1914-1918 como cabo, encuadrado dentro del Primer Regimiento de Infantería bávaro. Según sus biógrafos, se comportó con valentía en el frente, casi con temeridad, por lo que fue promovido a cabo y condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase, la más alta condecoración para un militar de su rango.

Uno de los grandes enigmas del siglo XX sigue siendo el de saber quiénes financiaron a Hitler para poner en marcha el Partido Nazi o Nacionalsocialista. No han faltado quienes han acusado a los Rothschild de haberle ‘apadrinado’, incluso los que consideran que Hitler, sin proponérselo, fue el mayor colaborador que tuvo jamás el sionismo, pues de no haber sido por él y las persecuciones y deportaciones que ordenó, es muy posible que jamás se hubiese producido el fenomenal éxodo de judíos europeos a Palestina para fundar el moderno estado de Israel. Paradojas de la Historia.