Powered By Blogger
Mostrando entradas con la etiqueta Vampirismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vampirismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de julio de 2017

Nosferatu y el mito de los no-muertos

Según las antiguas tradiciones precristianas, el vampiro es una criatura maligna que se alimenta de sangre, el fluido que proporciona la vida, para así mantenerse vitalmente activo. En la tradición judeocristiana a menudo se ha asociado el vampirismo con los antiguos cultos paganos del Próximo Oriente, como el del Baal cananeo que se transformó en el demonio Belcebú (Baalcebú). Es probable que el mito del vampiro en el folclore de muchas culturas desde tiempos inmemoriales provenga inicialmente de la necesidad de personificar la encarnación del mal como entidad y una representación del lado salvaje del hombre en su atavismo bestial, latente en su sistema límbico; parte del cerebro implicada en las emociones, el hambre y el deseo sexual, y a menudo en conflicto con las normas sociales y la moral religiosa. Pero el mito del vampiro, tal como es conocido en nuestros días, además del citado temor a los bajos instintos naturales. Algunos estudiosos sugieren que el mito del vampiro, sobre todo el que se popularizó en Europa después del siglo XIV, se debe en parte a la necesidad de explicar, en medio de una atmósfera de pánico colectivo, la terrible epidemia que azotó Europa causando una gran mortandad, conocida como la Peste Negra de 1348.

La palabra vampiro comenzó a ser usada en Europa en el siglo XVIII y fue incluida por primera vez en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, en la IX edición de 1843. Tiene origen en el término vampyre procedente del francés, que asu vez lo incorporó del vocablo polaco wampir, que significa a la vez ser volador, lobo y bebedor de sangre. La definición hace también referencia a cierto tipo de murciélago hematófago: una criatura voladora, con cara de perro o de lobo, y que se alimenta de sangre fresca. Según el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa la primera aparición de la palabra vampiro (en inglés vampire) fue en 1734, en un diario de viaje titulado Travels of three English gentlemen (Viajes de tres caballeros ingleses), publicado posteriormente en el Harleian miscellany en 1745. Según las leyendas de Europa Central, el vampiro o no-muerto regresa a la vida al ingerir la sangre, y a veces también la carne, de sus víctimas. La descripción de estas criaturas fantásticas varía según el folclore de cada país o región europea. Además, la mayoría de atributos del vampiro según cada cultura provienen de la literatura, sobre todo de la novela Drácula de Bram Stoker. Los vampiros fueron humanos, pero ahora están en un estado intermedio entre la vida y la muerte, de ahí que se les llame no-muertos. Esta naturaleza determina su aspecto físico básico: entre los eslavos, griegos y pueblos de Europa del Este, un cadáver desenterrado era considerado vampiro si su cuerpo parecía hinchado y le salía sangre (presuntamente de sus víctimas) de la boca o la nariz. También si notaban que sus uñas, pelo y dientes eran más largos que cuando había sido enterrado e incluso poseía un aspecto más saludable de lo esperado, mostrando piel sonrosada y pocos o ningún signo de descomposición. En Transilvania (Rumanía) se consideraba que los vampiros eran flacos, pálidos y tenían las uñas largas y afiladas, así como unos caninos tan puntiagudos que se asemejaban a los colmillos de los lobos y otras fieras.

En Bulgaria y Polonia se les atribuye a los vampiros tener un solo orificio nasal así como una especie de aguijón en la punta de la lengua para perforar la piel de sus víctimas. Según el folclore rumano, el vampiro puede transformarse en animales como gatos y perros. Incluso de transformarse en niebla u otras formas vaporosas. La forma más mencionada en la ficción popular, además de la del murciélago, es la del lobo, por lo que a veces se confunde al no-muerto con el licántropo u hombre-lobo- Los vampiros se alimentan, sobre todo, con la sangre de sus víctimas, aunque hay descripciones de que también son antropófagos. Su imagen no se refleja en los espejos ni tienen sombra, tal vez como manifestación de su carencia de alma. Este atributo no es universal, pues, por ejemplo, el vampiro griego vrykolakas poseía tanto sombra como reflejo, pero es muy popular gracias a novelistas como Bram Stoker, que lo menciona en su novela DráculaLos vampiros, por su naturaleza demoníaca, no soportan los símbolos cristianos y se les puede alejar usando una cruz o agua bendita, tampoco pueden atravesar lugares consagrados como el recinto de una iglesia, sin embargo merodean los camposantos que también son lugares consagrados. Son indestructibles por medios convencionales y son muy fuertes y rápidos, pero se debilitan junto a las corrientes de agua y bajo exposición a la luz del sol. Algunas tradiciones sostienen que un vampiro no puede entrar en una casa si no es invitado por el dueño; pero que una vez es invitado puede entrar y salir a placer. En Europa del Este, se cree que el vampiro es un ser lujurioso que vuelve al lecho conyugal a fornicar con su esposa, pero también gusta de mantener relaciones sexuales con otras mujeres a  las que seduce y convierte en sus concubinas después de sodomizarlas.

Los vampiros tienen una afinidad natural con la magia negra y concretamente con la nigromancia, que dominan con mayor facilidad que el taumaturgo más diestro. En el conjunto de creencias populares se pueden distinguir unas condiciones básicas para que un ser humano se convierta en vampiro; a menudo por predisposición desde el nacimiento. En Rumanía tenía más posibilidades de ser un strigoi el séptimo o el duodécimo hijo cuyos hermanos mayores eran todos del mismo sexo. O tener unas marcas de nacimiento como el hueso sacro pronunciado, abundante vello corporal y haber nacido encapuchado, es decir, con la cabeza envuelta en la membrana placentaria, o haber ingerido parte de la misma. También podían transformarse en vampiros aquellos difuntos con los que no se habían observado adecuadamente los ritos funerarios y las ceremonias religiosas propias de las exequias: en Grecia, Bulgaria y Rumanía también se creía que alguien se convertía en vampiro después de morir si quienes debían ocuparse de preparar y vigilar debidamente el cadáver no realizaban los rituales adecuados o no cumplían bien su tarea, como impedir que un animal, especialmente un perro o un gato, e incluso una persona, pasaran sobre el muerto. Como parte de una maldición por haber cometido acciones criminales graves o sacrílegas: en la antigua China también se creía que se convertían en vampiros ciertos criminales, tradición similar a la existente entre los eslavos y los griegos, que creían que los vampiros eran brujas o personas que se habían rebelado contra la Iglesia mientras estaban vivos, vendiendo su alma al diablo a cambio de determinados conocimientos, y que al morir sus cuerpos podían ser poseídos por demonios. En la Europa cristiana y especialmente entre los griegos bizantinos, esta creencia era reforzada con los conceptos desarrollados por el cristianismo basados en la idea neoplatónica de la vida después de la muerte y la idea de la supervivencia del alma hasta el día del Juicio Final a pesar de la corrupción del cuerpo, de aquellos que murieran arrepentidos de sus pecados y que hubieran recibidos los últimos sacramentos. Por esto los griegos y los eslavos creían que todos aquellos que no fueran enterrados en tierra consagrada (en particular los suicidas y los excomulgados) o los que no hubieran recibido la extremaunción, tenían más posibilidades de convertirse en vampiros. También podían transformarse en vampiros aquellos que habían sido mordidos por uno de ellos más de veces, y con su consentimiento: según casi todas las tradiciones, especialmente entre los eslavos, aquella persona que moría después de ser mordida por un vampiro se convertiría a su vez en uno. Los escritores ocultistas aducen que esta manera sólo es posible si hay aceptación por parte de la víctima. Los creadores de literatura de ficción le han conferido a esta manera de convertirse en vampiro una connotación sexual intensa, ya que se considera la mordedura del vampiro como parte del acto sexual, y proporciona un intenso placer, incluso el orgasmo, a la víctima que se somete a él voluntariamente.

Existían numerosos y variados rituales que se utilizaban para identificar a los vampiros. La comprobación más socorrida consistía en la exhumación del cadáver para verificar si tenía las características tradicionales y destruirlo, práctica que llegó a ocasionar numerosas profanaciones de tumbas. Uno de los métodos descrito por el abate Calumet, citado también por el padre Feijoo, para localizar la tumba de uno consistía en guiar a un muchacho virgen montado en un caballo también virgen a través de un cementerio; el caballo se negaría a avanzar sobre la tumba del vampiro. Otra evidencia de la actividad de un vampiro en la localidad incluía la excesiva lluvia o granizo, así como la enfermedad y muerte de familiares o conocidos, o del ganado, en los tres días siguientes a la muerte y enterramiento del sospechoso. Algunos también se manifestaban mediante actos sobrenaturales inexplicables como mover los muebles de la casa, producir ruidos y dar golpes. Para evitar que un muerto se convirtiera en vampiro, entre los celtas una de las prácticas más extendidas era enterrar el cuerpo cabeza abajo, así como también colocar hoces o guadañas cerca de la tumba, para evitar que los demonios poseyeran el cuerpo o para apaciguar al muerto y que no se levantara de su tumba. Con igual propósito los tracios y los búlgaros antiguos solían amputar las extremidades, cortar los talones y los tendones de las rodillas o perforar otras partes del cuerpo. En Rodas y en la isla griega de Quíos se ponía una cruz de cera entre los labios del cadáver, así como una pieza de cerámica con la imagen de Jesucristo para evitar que se convirtiera en vrykolakas.

En Europa Oriental era frecuente introducir un diente de ajo en la boca del difunto, y a veces en cada uno de los nueve orificios corporales, así como atravesarles el corazón con un objeto corto punzante, antes de inhumarlos. En Sajonia se colocaba un limón en la boca del sospechoso de ser un vampiro. Los gitanos clavaban agujas de hierro y acero en el corazón del cadáver y colocaban pequeños fragmentos de acero dentro de la boca, sobre los ojos, en las orejas y entre los dedos de los pies durante el entierro. También introducían espino en un calcetín del muerto, le clavaban una estaca de espino en la entrepierna o rodeaban la tumba con una barrera de plantas espinosas. En Bulgaria, los arqueólogos han encontrado varios esqueletos de origen medieval cuyo tórax había sido apuntillado con estacas de hierro, una práctica común hasta principios del siglo XX realizada para evitar que individuos considerados malvados regresaran de la tumba convertidos en vampiros. En Polonia se han hallado enterramientos en los que los sospechosos de vampirismo eran decapitados y la cabeza colocada entre las piernas. Numerosos objetos y sustancias, que varían según cada región, son mencionados en las leyendas sobre vampiros por su efecto apotropaico: dicho de un rito, de un sacrificio, de una fórmula, etcétera, que, por su carácter mágico, se cree que aleja el mal o propicia el bien. En Europa Oriental se cree que una rama de rosa silvestre o de espino pueden dañar al vampiro, así como el ajo o el azufre y objetos sagrados como un crucifijo, un rosario o el agua bendita. Otros métodos comunes en Europa del Este incluían esparcir semillas de mostaza o arena sobre el tejado de la casa a proteger a los que moraban en ella, o en la tierra de una tumba sospechosa de contener a un vampiro para mantenerlo ocupado durante toda la noche contando los granos caídos.

Aunque no se los considera como un objeto de protección, el que los vampiros no se reflejen en ellos ha hecho que los espejos fueran utilizados para mantenerlos alejados: eso se conseguía situándolos en una puerta, orientados hacia fuera. En los Balcanes, existía el cazador de vampiros que podía ser un religioso o alguien que según la tradición gitana era el hijo o descendiente de un vampiro con el poder de detectarlos —aunque fueran invisibles— y destruirlos. Hasta principios del siglo XX, unos estuches o kits con las herramientas tradicionales para destruir vampiros eran ofrecidos a los viajeros que iban a visitar Europa del Este en particular. Actualmente, estos equipos son propiedad de museos o de coleccionistas particulares aficionados a lo esotérico. Otra manera de acabar con los vampiros era clavar una estaca en el pecho de los cadáveres, como tantas veces hemos visto hacerlo en las películas. Es el método más usado, y procede de las culturas eslavas del sur. Se usaban estacas y punzones hechos de madera o de hierro forjado. El fresno era la madera preferida en Rusia y en los países bálticos, el espino en Serbia y en Bulgaria, y el roble en la región de Silesia. La estaca solía clavarse dirigida hacia la boca en Rusia y el norte de Alemania, o hacia el estómago en el noreste de Serbia. La decapitación era el método preferido en los países germánicos y eslavos del oeste de Europa. La cabeza se enterraba junto a los pies, tras las nalgas o alejada del cuerpo. Este acto se veía como un modo de acelerar la marcha del alma, debido a que —en algunas culturas— se creía que esta permanecía en el cuerpo incorrupto del vampiro. La incineración completa del cadáver o del corazón y rociar la tumba con agua hirviendo eran las medidas más habituales en Grecia. También, sobre todo en casos recalcitrantes, se desmembraba el cuerpo y se quemaban las partes o se hervían en vino. Los rumanos, eslavos y gitanos utilizaban las cenizas para preparar bebidas que suministraban a los familiares o víctimas a modo de antídoto. Repetir el funeral, cambiando de lugar la tumba, rociando agua bendita sobre el cadáver, o con un exorcismo, era una medida propugnada en los Balcanes y especialmente recomendada por la Iglesia ortodoxa en Grecia para evitar la incineración, pues esta disminuía la posibilidad de salvación del alma inmortal.

En la antigua Mesopotamia se invocaba a los dioses protectores para que acabaran con los Utku, seres culpables de las enfermedades y de las pestes, que pueden considerarse como precursores de los vampiros.En Egipto la diosa de la guerra con cabeza de leona, Sejmet, hija de Ra, asoló la tierra para castigar a los hombres y sólo pudo ser apaciguada embriagándola con sangre. Por esto los egipcios sacrificaban a cautivos de guerra para calmar su sed. En el folclore árabe y africano se menciona la existencia de unos demonios necrófagos y bebedores de sangre, que cambian de forma a su antojo, llamados efrit  —en árabe genio o demonio—, que se convertían en tales por haber tenido una muerte violenta. En uno de los relatos de Las mil y una noches titulado El honor de un vampiro el protagonista es un efrit.

En el judaísmo uno de sus arquetipos del vampiro bebedor de sangre y semen es Lilit, la primera mujer de Adán, de quien se decía que se alimentaba de la sangre de los niños no circundados y que es inspiradora de muchos personajes de vampiresas seductoras en la ficción por su acentuada voluptuosidad. En Europa, la mitología griega incluye la leyenda de Lamia, hija de Belo, rey de Libia, quien por sostener un romance con Zeus sufrió la ira de la diosa Hera, que asesinó a sus hijos y la convirtió en un monstruo despiadado que mataba niños y seducía a viajeros extraviados para devorarlos y alimentarse con su sangre. Otro mito griego es Lampedusa, un ser monstruoso con pies de bronce que podía transformarse en una bella mujer para seducir a los hombres y beber su sangre o devorarlos vivos. En las leyendas rumanas se habla de los strigoi, deidades con rostro de mujer y cuerpo de pájaro que absorbían la sangre de los humanos mientras éstos dormían. Los romanos tenían a los larvae, no-muertos que no habían pagado sus crímenes en vida, y se vengaban de su estado esquelético y fantasmal absorbiendo la vida de los vivos. Entre los francos la Ley Sálica, promulgada en el siglo V, preveía multas a quienes practicasen el vampirismo: «...La mujer vampiro que devore a un hombre, comprobándose su culpabilidad, deberá pagar una multa de 8000 dineros, o sea, 200 sueldos».​ Lo cual no deja de ser curioso, sobre todo teniendo en cuenta que en otras culturas a las brujas y hechiceras se las quemaba vivas, no digamos, pues, lo que les harían a las vampiresas. 

En el Medievo los vampiros empiezan a ser parte de consejas y leyendas relacionadas con personajes reales, sobre todo de la nobleza, o con fábulas y patrañas con un poso de realidad. En la Saga Eyrbygja que data del siglo XIII, y relata la colonización de Islandia con esclavos por los nórdicos, se cuenta cómo un jefe normando, Thorolf, regresa de su tumba para aterrorizar a la población hasta que su cadáver es incinerado. En Rusia las creencias sobre vampiros, ligadas al culto a los antepasados como parte del paganismo eslavo persistente, eran motivo de preocupación entre los evangelizadores cristianos en el siglo XI, según se desprende de los comentarios del traductor al ruso de una homilía de San Gregorio Magno. En España, en la región catalana del Alto Ampurdán (Gerona), se originó en el siglo XII una leyenda un poco olvidada pero que quizá sea la más importante sobre vampiros en la península Ibérica, y es la del Conde Estruga, un anciano caballero feudal defensor de la cristiandad, que vivió en el Castillo de Lleras, destruido durante la Guerra Civil de 1936-1939, y de quien se decía que murió asesinado y, como consecuencia de una maldición por su represión de las costumbres paganas que persistían en la comarca, se convirtió en vampiro, aterrorizando durante mucho tiempo a los habitantes de la región, seduciendo a jóvenes mujeres que quedaban preñadas para dar a luz engendros monstruosos que morían al nacer. En la población catalana de Pratdip en Tarragona, existen aún las ruinas de un castillo que la tradición oral asegura que fue la morada de Onofre de Dip, un señor feudal presuntamente convertido en vampiro.

Cataluña es una de las regiones de Europa Occidental donde más extendida está la tradición del vampiro, y fue allí también donde el sistema feudal estuvo vigente durante más tiempo y donde más abusos cometieron los señores feudales sobre el campesinado. Ejemplo de ello fueron las guerras de los remenses que devastaron Cataluña en el siglo XV, obligando a intervenir al rey de Aragón. En Escocia existe una leyenda que se remonta al reinado de Jacobo VI en el siglo XVI, sobre Sawney Beane, quien fundó una incestuosa familia de caníbales salvajes y vampiros que asoló la comarca de East Lothian durante muchos años, hasta que fueron descubiertos en la cueva en que vivían y ajusticiados en Leith Walk. El escritor esloveno Janez Vajkard Valvasor escribió a fines del siglo XVI sobre un vampiro de Istría llamado Jure Grandor Alilovich (1579-1656), al que se considera el primer vampiro documentado. Y desde el siglo XVIII las menciones del vampiro pasaron de las tradiciones populares a las publicaciones eruditas en Europa, apareciendo descripciones y relatos exhaustivos de casos específicos, de los cuales el más emblemático es el de un hajduk serbio llamado Arnoldo Paoli que motivó la inquietud de las autoridades del Imperio Austrohúngaro a tal punto, que la Policía comisionó sucesivas investigaciones conducidas por médicos militares austriacos que incluyeron la exhumación y examen de varios cadáveres. a principios de 1731, el padre de uno de los investigadores, el doctor vienés Johann Friedrich Glasee, corresponsal del diario Commercium Litterarium de Núremberg, remitió al periódico una carta describiendo el caso tal y como se lo relató su hijo mediante una misiva fechada el 18 de enero. Más tarde el médico Johannes Flückinger, que dirigió la segunda investigación, publicó en Belgrado la obra Visum et Repertum (1732). Este libro, que circuló con profusión por Europa, popularizó el vocablo latino vampirus que no se había empleado con normalidad hasta entonces y junto con la carta de Glasee fueron difundidos, citados y reproducidos en numerosos tratados y artículos, contribuyendo así a la propagación de la creencia en los vampiros entre los europeos más cultos y sofisticados. Los errores en estos informes médicos que dieron origen a la leyenda, se explican hoy en día por la poca comprensión que se tenía en la época sobre el proceso de descomposición de los cadáveres.

En el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces, cuando se propugna el triunfo de la razón y el desprestigio de las supersticiones y la superchería judeocristiana fomentadas por la Iglesia católica durante siglos, se intenta, asimismo, desvirtuar las leyendas sobre vampiros. En 1746 el fraile benedictino de la abadía de Xenones y exégeta de la Biblia, Dom Agustín Calumet, publicó su obra Dissertations sur les apparitions des anges, des démons & des esprits et sur les revenans et vampires de Hongrie, de Boheme, de Moravie & de Silesie... (Más conocido como Tratado sobre los Vampiros y traducido al español por Lorenzo Martín del Burgo) con la intención de desacreditar el mito mediante argumentos fundamentados en los principios cristianos; pero tanto ésta como otras obras piadosas que nacieron a la sombra de la Ilustración en contra del mito de los vampiros, como la Dissertatione sopra i vampiri (1774) de Giuseppe Davanzati, arzobispo de Florencia, sólo consiguieron incrementar aún más la creencia popular en ellos. La Iglesia había perdido definitivamente su monopolio sobre el Saber y la Ciencia y ya no volvería a recuperarlos. Los europeos del siglo XVIII preferían creer en vampiros, duendes y trasgos, antes que en santos, mártires y milagros. ¡Estaban hartos de las engañifas de los frailes después de haber tenido que soportarlas durante siglos!

Del mismo modo, el español Benito Jerónimo Feijoo, que siempre escribe en cursiva y con mayúsculas la palabra vampiro, pues en el siglo XVIII, a pesar de estar generalizado su uso apenas comenzaba a ser un término aceptado por la Academia, en su ensayo comentando la obra de Agustino Calumet desecha la existencia de los vampiros afirmando lo siguiente: «Por otra parte, pretender que, por verdadero milagro, los vampiros se conservan vivos en los sepulcros y resucitan, es una extravagancia, indigna de que aún se piense en ella. ¿Qué fin se puede imaginar para esos milagros? ¿Se han visto estas estas resurrecciones milagrosas? Sólo se deben creer las que constan en los Evangelios, ya que en estas resurrecciones se ha manifestado el espíritu de Dios para obrarlas. En las de los vampiros ninguna voluntad divina se descubre, sino, más bien, la del diablo». Resulta irónico que sea un clérigo católico quien ponga en duda la realidad del vampirismo tratándola de superchería. ¿Acaso religión y superchería no han caminado siempre de la mano? ¿No se fundamenta la religión cristiana en la resurrección de Cristo, que regresó de entre los muertos al tercer día de haber sido inhumado en un sepulcro nuevo excavado en la roca? ¿Dónde termina la religión y empieza la superchería?



lunes, 5 de junio de 2017

¿Quién robó la calavera de Murnau?

Friedrich Wilhelm Murnau fue uno de los directores más importantes del cine mudo expresionista alemán, y alcanzó la fama en 1921 con el estreno de Nosferatu, protagonizada por Max Schreck. En Alemania dirigió más de una docena de películas y después trabajó en Hollywood. En 1926, ganó tres Oscar de la Academia por la cinta SunriseMurnau falleció en 1931 a la edad de 42 años a causa de un accidente de tráfico en Santa Bárbara, California. Conducía el automóvil un menor amigo suyo de 14 años. Al sepelio acudieron sólo once personas, entre ellas la legendaria actriz de origen sueco, Greta Garbo.
En el verano de 2015 la calavera de Murnau fue robada de su ataúd en el panteón familiar del cementerio Stahndorf de Berlín. Olaf Ihlefeldt, responsable de la necrópolis, declaró que los ladrones forzaron la cripta con una ganzúa, pero que no perpetraron actos vandálicos. Según la leyenda del nosferatu, el no-muerto, cortar de un tajo la cabeza es el último paso del protocolo para destruir al vampiro. Las investigaciones desvelaron que la tumba no fue expoliada y que los ladrones sólo se llevaron el cráneo del director de cine, fallecido 84 años antes. En la misma cripta familiar, junto al féretro del cineasta, reposaban los restos de sus hermanos, abiertos también pero intactos, según informaron en su día las autoridades. El resto del esqueleto de Murnau no fue objeto de profanación alguna, aunque el hallazgo de residuos de cera sugiere que los hechos entrañaron prácticas de ocultismo.
La maldición del Nosferatu cinematográfico había comenzado durante su rodaje. El inquietante protagonista del filme, Max Schreck, sufrió un ataque al corazón y murió súbitamente con tan sólo 56 años de edad. Una de las leyendas negras que han circulado desde entonces acerca del intérprete del conde Orlok, es que realmente era un vampiro y que Murnau le animó a morder en el cuello a la coprotagonista, Greta Schröder, en la escena final. Se decía, además, que Schreck estaba obsesionado con la bella actriz. Para colmo de desgracias, un operador de cámara, Fritz Arno Wagner, sufrió un fatal accidente durante la filmación y se rompió el cuello, muriendo en el acto. Asimismo, el guionista de la película, que era admirador del célebre ocultista y satanista británico Aleister Crowley, falleció también poco tiempo después de haber concluido el rodaje a causa de un cáncer. 
Florence Balcombe, la viuda de Bram Stoker, el autor de la celebérrima novela Drácula en la que se basaba el personaje del conde Orlok, denunció a Murnau por plagio. El director perdió el pleito en los tribunales y fue condenado a destruir todas las copias de Nosferatu, cosa que el genial director de cine no hizo, afortunadamente. El Nosferatu de Murnau sigue siendo una película de culto, casi un siglo después de su accidentado estreno. En 1979 fue versionada por el director Werner Herzog y Klaus Kinski interpretó al mítico vampiro.

domingo, 4 de junio de 2017

La célebre vampiresa húngara Elizabeth Bathory

Fue el de la condesa Elizabeth Bathory otro caso terrible de vampirismo que iguala, si no supera, al de Gilles de Rais, al que se asemeja mucho, a pesar de que los motivos que impulsaron a cada uno de ellos a cometer sus crímenes, fuesen distintos. La condesa Elizabeth Bathory se casó a los quince años con el conde Ferencz Nadasdy, gran terrateniente del condado de Nyitra, Hungría. Y bueno será añadir que todos los antepasados del conde se habían mostrado especialmente crueles, casi sádicos, en su trato con los campesinos que les tenían arrendadas las tierras de labranza. Tanto el conde como la condesa parecían haber nacido el uno para el otro, pues ambos compartían los mismos gustos lascivos, la misma crueldad, y el mismo interés por la brujería, el satanismo y los sortilegios. Es por esto, sin duda, que su amor duró muchos años. La condesa Elizabeth Bathory, además, estaba perversamente influida por su nodriza, una tal Ilona Joo, mujer dedicada la magia negra y al satanismo. Y fue la perniciosa influencia de Ilona Joo la que perdió realmente a la condesa. La malvada nodriza fue quemada viva por un tribunal húngaro, en tanto que otras brujas como ella eran decapitadas.
La lujuriosa condesa Bathory pasaba largas temporadas sola en su castillo, ya que su esposo partía frecuentemente a la guerra. Aburrida por aquella vida solitaria, la condesa se entregó cada vez más a las prácticas de Ilona, y poco a poco comenzó a rodearse de hechiceros, alquimistas y magos. Naturalmente, todos estos siniestros personajes distaban mucho de ser modelos de conducta, pues sólo deseaban alentar los enfermizos deseos de la condesa en su propio beneficio, lo que además les servía de excusa para dar rienda suelta a su propia depravación, particularmente, en lo tocante a las relaciones sexuales más abyectas que puedan imaginarse. En cierta ocasión la condesa invitó a su castillo a cierto joven de extraordinaria belleza, lucía una negra cabellera y tenía unos hermosos y relucientes ojos azules. Resultaba irresistible para cualquier dama, no obstante, se rumoreaba de él que era un vampiro. Y tal vez fue esa perspectiva la que realmente sedujo a la condesa, hasta el punto de fugarse con él. Sin embargo, pronto se cansó de la aventura… o tal vez, a decir de los rumores que circularon entonces, el propio vampiro comprendió que ella era aún más malvada que él, y la condesa regresó a su castillo para seguir dedicándose a sus conjuros diabólicos y a sus abominables hechizos. Abandonada por su esposo, siempre guerreando en defensa de la patria o recorriendo sus vastas propiedades, la condesa, para aliviar sus apetitos sexuales, empezó a entregarse a diversas prácticas sexuales. En compañía de dos de sus doncellas de más confianza, Elizabeth recurrió a los placeres orgiásticos con todo el ardor de su impetuosa naturaleza de ninfómana.
Pero esto no bastó para saciar su ansia de placeres prohibidos y, cediendo a las insinuaciones de Ilona, que le hablaba sin cesar de nuevas prácticas sexuales todavía más retorcidas, la condesa, tras perder a su esposo, cedió a las perversas insinuaciones de su malvada nodriza. A partir de entonces, comenzaron a circular por los alrededores del castillo los más inquietantes rumores. En efecto, apenas transcurría una semana sin que desapareciese un niño de pecho, alguna adolescente o, incluso, alguna mujer casada. A ninguna de las desaparecidas se la volvía a ver. Luego empezaron a desaparecer viajeros y caminantes de paso por la región con el mismo resultado: jamás se volvía a saber de ellos. Los amantes de la condesa, a los que ella había corrompido, eran quienes perpetraban los secuestros. Cuando no podían llevarse a las mujeres al castillo mediante sobornos y deslumbrantes promesas, las drogaban o se las llevaban por la fuerza. Estas desapariciones duraron más de once años, durante los cuales, los campesinos y aldeanos vivieron presa de un temor constante, atrancando puertas y ventanas cuando oían el paso de un carruaje; lo que para ellos era siempre el inevitable prólogo a una tragedia. Pese a lo que se pueda imaginar, la condesa no necesitaba de aquellas muchachas para realizar con ellas actos abyectos, sino para otro menester mucho más horrendo, pues lo cierto es que del castillo de la condesa Bathory jamás volvió a salir con vida ninguna de las secuestradas. 
Un día, poco después de fallecer su esposo, acaeció un hecho que determinó todos los horrores posteriores. Después de azotar con saña a una doncella que por lo visto exasperó a la condesa con su pertinaz resistencia a someterse a sus deseos, la condesa vio brotar sangre del maltratado cuerpo de la muchacha, y allí donde resbalaba la sangre, la piel parecía más blanca y apetecible, más tersa y juvenil que antes. O eso le pareció a la condesa. El caso fue que Elizabeth llegó a la conclusión de que la sangre de las doncellas servía para rejuvenecer los órganos y tejidos del cuerpo humano, especialmente la epidermis, y decidió que los baños en sangre humana la rejuvenecerían por completo, haciendo desaparecer las arrugas de su piel, arrugas debidas en gran parte, más que a la edad, a sus excesos báquicos. Y así, para colmar sus ansias sádicas y sus instintos lésbicos, al mismo tiempo que llevaba a cabo este nuevo tratamiento de rejuvenecimiento, encargó a sus sirvientes que secuestrasen a las muchachas más bellas de la comarca, y aun de otras provincias si era necesario. Ilona Joo, por su parte, y los demás brujos que se habían instalado en el castillo Bathory, acosaban a la condesa desde hacía tiempo, asegurándole que para que sus hechizos surtiesen los efectos esperados, requerían ser complementados con sacrificios rituales de seres humanos.
Según las costumbres y creencias de aquella tenebrosa época, para los experimentos de alquimia y para la ejecución de determinados hechizos se requerían calaveras, huesos, corazones, ojos, hígados y otros órganos humanos, especialmente de niños de pecho y de mujeres que todavía fuesen vírgenes. Cuantos moraban en el castillo gozaban con los actos sádicos y las relaciones sexuales, consentidas o no, y con el suplicio y la muerte más dolorosa dada a las desdichadas víctimas que caían en su poder. Los calabozos del castillo llegaron a albergar a decenas de prisioneras a la espera de que la condesa decidiese emplearlas en sus orgías, antes de sacrificarlas en sus macabros experimentos de regeneración y estética.
El sacrificio de las víctimas se celebraba en medio de complicados rituales mágicos, seguidos de orgías y crueles prácticas de sadismo, en las que manaba la sangre que después usaba la condesa en sus baños. Con el tiempo, aquellas orgías fueron evolucionando, y la condesa llegó a la conclusión de que para regenerar sus órganos internos era necesario beber la sangre de sus víctimas. Pero para que ésta proporcionase el efecto que se buscaba, era condición indispensable que fuese consumida directamente de la herida de la víctima, y antes de que ésta expirase. Todos estos excesos, como es fácil de suponer, desencadenaron una serie de rumores que, finalmente, llegaron a oídos del rey Matías. No obstante, se tardaron varios años en emprender una acción legal contra la condesa. Al final, se ordenó una investigación que se llevó a cabo bajo la dirección del primer ministro Thurzo y el gobernador de la provincia donde la condesa tenía sus dominios. Los aterrorizados aldeanos y los campesinos del entorno hablaban de vampiros en el castillo de la condesa y, la víspera de Año Nuevo, los alguaciles del rey se presentaron súbitamente en el castillo. Ya en el vestíbulo hallaron el cadáver de una joven degollada, sin una sola gota de sangre en su cuerpo. Cerca de ella había otra; horriblemente mutilada. En los calabozos los alguaciles hallaron un grupo de niños y niñas, hombres y mujeres jóvenes, que habían sido sangrados en repetidas ocasiones para satisfacer los abominables apetitos de la condesa y sus secuaces. Luego subieron al piso, donde sorprendieron a la condesa y a sus cómplices en plena orgía de sangre y sexo desenfrenado. Todos fueron apresados, y la condesa quedó recluida en sus aposentos, custodiada por guardias armados. El proceso contra ellos se celebró inmediatamente, y las pruebas se acumularon, no sólo contra la condesa, sino contra sus cómplices, y sobre todo, contra Ilona Joo, como instigadora, las dos damas de compañía de la condesa, y cuantos hechiceros, brujas y nigromantes habían tomado parte en aquellos viles rituales satánicos.
Dando cumplimiento a la sentencia, a Ilona Joo le fueron arrancados con tenazas todos los dedos de las manos, luego fue azotada hasta arrancarle la carne de los huesos y, finalmente, fue quemada viva. Los demás sufrieron diversas penas, casi todas de muerte, siendo sometidos a diversos y dolorosos tormentos antes de ser ejecutados. La condesa, en consideración a su condición de aristócrata, fue recluida en sus aposentos y se levantó una pared con una pequeña abertura por donde se le hacían llegar los alimentos. Allí vivió, emparedada en sus aposentos, durante varios años. Jamás se la oyó proferir una sola queja. Falleció, según se cree, sin haber salido de su entierro en vida, a mediados de 1614, a los cincuenta y cuatro años de edad. La condesa Elizabeth Bathory pasó a la Historia como uno de los más infames vampiros.

martes, 2 de noviembre de 2010

La nobleza y el vampirismo

Mucho se ha escrito sobre los vampiros y el vampirismo, muchas películas se han apoyado en este tema, recurriendo especialmente al conde Drácula, cuya fama hizo imperecedera el genio del escritor Bram Stoker, utilizando a un personaje histórico para pergeñar una sugestiva teoría sobre el vampirismo. Pero antes de seguir, cabe preguntarse: ¿existieron realmente los vampiros? A continuación veremos una serie de casos de vampirismo, algunos de ellos relacionados con la necrofilia y la necrofagia. Es posible que de entre los monstruos de cuya memoria la Historia relata los hechos, no haya habido ninguno tan ignominioso, malvado y perverso, como el tristemente famoso Gilles de Rais mariscal de Francia y asesino de más de setecientos jóvenes.

Se llamaba Gilles de Laval, y era barón de Rais. Fue éste el peor de todos los vampiros conocidos, y seguramente, y con razón, el más execrado por la Humanidad en su tiempo. A los veinte años de edad, y considerándose, por su familia, como una de las mayores fortunas de Francia, entró en el ejército como primer teniente, al lado de Juana de Arco, plaza cedida a Gilles de Rais por el rey, entonces delfín, Carlos VII, gran amigo suyo. Antes de alcanzar el grado de teniente y convertirse en caballero protector de Juana de Arco, Gilles jamás había presentado ningún indicio alarmante en su carácter, ni se le conocían inclinaciones sexuales aberrantes. Nació en 1404 y a los dieciséis años contrajo matrimonio con Catalina de Thouars, también de familia noble y acaudalada. Por otra parte, según quienes le conocieron bien, jamás mostró hacia Juana de Arco ninguna inclinación sexual, aunque tal vez ello sea comprensible si tenemos en cuenta que en el proceso seguido contra él, varios compañeros de armas de Juana declararon que la andrógina Doncella carecía de cualquier atractivo físico. No obstante, cuando los borgoñones, aliados de los ingleses, prendieron a Juana, Gilles cambió de carácter, se enfureció como un demente y peor fue aún, cuando tras un intento infructuoso de salvar a Juana, ésta pereció en la hoguera. Más adelante, Gilles se separó de Catalina y nunca más tuvo contactos sexuales con otras mujeres. Al menos, conocidos. Fue entonces cuando Gilles emprendió su carrera de crímenes e infamias, cuando se convirtió en un depredador sediento de sangre… en vampiro. Al regresar a su castillo, Gilles organizó fiestas y torneos, y éstos tuvieron cada vez un carácter más sangriento, en tanto que las primeras se transformaron en verdaderas orgías y bacanales. La prodigalidad del barón le puso al borde de la quiebra y se vio obligado a vender sus bienes. Fue en estas circunstancias cuando tuvieron lugar dos sucesos trascendentales en la vida del mariscal. El primero fue que Carlos VII, para salvarle de la ruina, prohibió a todos sus súbditos que adquiriesen las propiedades de Gilles. El segundo fue la llegada a La Vendée de un joven italiano llamado Francesco Prelatti, que había adquirido fama de ser ducho en las artes demoníacas.


Ambos hombres, Gilles y Prelatti, se entrevistaron.

—Excelencia, me he enterado de que estáis falto de dinero.

—En efecto, Francesco. Mi bolsa está agotada por completo. ¿Sabes de alguien que pueda prestarme algún dinero?

—No, pero vengo a ofreceros algo asombroso. ¡Oro! ¡Oro en abundancia! ¡Todo el que podáis desear! ¡Más del que podréis dilapidar jamás!

La propuesta caía en terreno abonado. Los acreedores estaban acosando al mariscal, a pesar de las órdenes del monarca. Y Gilles de Rais necesitaba dinero para continuar con su vida de orgías y torneos. Por eso le preguntó a Prelatti:

—Dime qué debo hacer y te juro que no retrocederé ante nada.

—Os advierto que existe un grave peligro.

—No será mayor que los que ya he corrido.

—Me refiero a un peligro de naturaleza muy distinta, señor.

—¡Explícate de una vez!

Francesco Prelatti expuso el asunto. Se trataba de metamorfosear los metales, convirtiendo el hierro y el plomo en oro y plata. Aunque para ello era necesario algo esencial… ¡algo muy especial!

—¿Qué es? ¡Pide lo que necesites y será tuyo!

—Hay que inmolar a niños —susurró Prelatti, casi asustado de su propia voz—, y mezclar su sangre con los metales fundidos. Y ahora, señor barón, ¿qué decís? ¿Podría tener esa sangre?

El mariscal, justo es reconocerlo, meditó en silencio unos instantes, pero al fin, con ademán resuelto exclamó:

—¡Tendrás todos los niños que necesites para llevar a cabo tu experimento!


El mariscal De Rais no tardó en dar las órdenes a sus criados, los cuales se dedicaron a dar caza a los niños de seis a doce años. Pero las pobres criaturas, antes de ser inmoladas para obtener su sangre, fueron siempre objeto de abusos sexuales por parte de Gilles de Rais, así como de Prelatti, que era homosexual.

Luego, Gilles de Rais apartaba parte de la sangre obtenida con el degollamiento de las infelices víctimas, y la bebía con fruición. ¡En el proceso que se siguió contra él se denunció que había llegado al extremo de beber la sangre directamente de las gargantas seccionadas de las doncellas!

Fueron degollados de esta manera un número incontable de niños y niñas, aunque en el proceso se habló de unos setecientos. Sin embargo, Prelatti, jamás consiguió el oro ni la plata prometidos.

Gilles de Rais era un personaje encumbrado, ocupaba una posición importante en la corte, por lo que, como tantos otros nobles de toda Europa, creía que podía actuar impunemente y dar rienda suelta sus abominables crímenes.

Sin embargo, el clamor de los padres y demás familiares de las víctimas fue tan grande, y tantas las indiscreciones y abusos de algunos de los servidores del barón, así como las columnas de humo negro que surgían de las chimeneas del castillo después de desaparecer los niños, que permitieron que los rumores llegasen a oídos del obispo de Nantes, quien emplazó a Gilles de Rais ante un tribunal eclesiástico, donde fue procesado, excomulgado y ahorcado, para ser luego su cuerpo reducido a cenizas.

Gilles de Rais confesó todas sus culpas, con gran alarde de horrorosos detalles, de tal modo que al oírle se desmayaron algunas mujeres, en tanto los jueces ordenaban que se tapara el crucifijo que presidía el tribunal. Tras la ejecución el cuerpo no pudo ser quemado, puesto que unas distinguidas damas de la aristocracia se apresuraron a recoger el cadáver para darle sepultura en el cementerio de Nantes.

Gilles de Rais murió, pero no su recuerdo y, durante varios siglos después de su ejecución, los temerosos habitantes de La Vendée susurraron en las frías noches de invierno que Gilles de Rais, convertido en vampiro, solía abandonar su tumba para alimentarse con la sangre de las doncellas.


Fue la condesa Elizabeth Bathory otro caso terrible de vampirismo que iguala, si no supera, al de Gilles de Rais, al que se asemeja mucho, a pesar de que los motivos que impulsaron a cada uno de ellos a cometer sus crímenes, fuesen distintos.

La condesa Elizabeth Bathory se casó a los quince años con el conde Ferencz Nadasdy, gran terrateniente del condado de Nyitra, Hungría. Y bueno será añadir que todos los antepasados del conde se habían mostrado especialmente crueles, casi sádicos, en su trato con los campesinos que les tenían arrendadas las tierras de labranza.

Tanto el conde como la condesa parecían haber nacido el uno para el otro, pues ambos compartían los mismos gustos lascivos, la misma crueldad, y el mismo interés por la brujería, el satanismo y los sortilegios. Es por esto, sin duda, que su amor duró muchos años.

La condesa Elizabeth Bathory, además, estaba perversamente influida por su nodriza, una tal Ilona Joo, mujer dedicada la magia negra y al satanismo. Y fue la perniciosa influencia de Ilona Joo la que perdió realmente a la condesa. Por supuesto, la malvada nodriza fue quemada viva por un tribunal húngaro, en tanto que otras brujas como ella eran decapitadas.

Por su parte, la lujuriosa condesa Elizabeth Bathory, pasaba largas temporadas sola en su castillo, ya que su esposo partía frecuentemente a la guerra. Aburrida por aquella vida solitaria, la condesa se entregó cada vez más a las prácticas de Ilona, y poco a poco comenzó a rodearse de hechiceros, alquimistas y magos. Naturalmente, todos estos siniestros personajes distaban mucho de ser modelos de conducta, pues sólo deseaban alentar los enfermizos deseos de la condesa en su propio beneficio, lo que además les servía de excusa para dar rienda suelta a su propia depravación, particularmente, en lo tocante a las relaciones sexuales más abyectas que puedan imaginarse.

En cierta ocasión la condesa invitó a su castillo a cierto joven de extraordinaria belleza, lucía una negra cabellera y tenía unos hermosos y relucientes ojos azules. Resultaba irresistible para cualquier dama, no obstante, se rumoreaba de él que era un vampiro. Y tal vez fue esa perspectiva la que realmente sedujo a la condesa, hasta el punto de fugarse con él. Sin embargo, pronto se cansó de la aventura… o tal vez, a decir de los rumores que circularon entonces, el propio vampiro comprendió que ella era aun más malvada que él, y la condesa regresó a su castillo para seguir dedicándose a sus conjuros diabólicos y a sus abominables hechizos.

Lentamente, abandonada por su esposo, siempre guerreando en defensa de la patria o recorriendo sus vastas propiedades, la condesa, para aliviar sus apetitos sexuales, empezó a entregarse a las más diversas prácticas sexuales. En compañía de dos de sus doncellas de más confianza, Elizabeth recurrió a los placeres orgiásticos con todo el ardor de su impetuosa naturaleza de ninfómana.

Pero esto no bastó para saciar su ansia de placeres prohibidos y, cediendo a las insinuaciones de Ilona, que le hablaba sin cesar de nuevas prácticas sexuales todavía más retorcidas, Elizabeth, tras perder a su esposo, cedió completamente a las insinuaciones más perversas de su malvada nodriza.

A partir de entonces, comenzaron a circular por los alrededores del castillo los más inquietantes rumores. En efecto, apenas transcurría una semana sin que desapareciese un niño de pecho, alguna adolescente o, incluso, alguna mujer casada. A ninguna de las desaparecidas se la volvía a ver. Luego empezaron a desaparecer viajeros y caminantes de paso por la región con el mismo resultado: jamás se volvía a saber de ellos.

Los amantes de la condesa, a los que ella había corrompido, eran quienes realizaban los secuestros. Cuando no podían llevarse a las mujeres al castillo mediante sobornos y deslumbrantes promesas, las drogaban o se las llevaban por la fuerza.

Estas desapariciones duraron más de once años, durante los cuales, los campesinos y aldeanos vivieron presa de un temor constante, atrancando puertas y ventanas cuando oían el paso de un carruaje, lo que para ellos era el inevitable prólogo a una tragedia.

Pese a lo que se pueda imaginar, la condesa no necesitaba a aquellas muchachas para realizar con ellas actos abyectos, sino para otro menester mucho más horrendo, pues lo cierto es que del castillo de la condesa Bathory jamás volvió a salir con vida ninguna de las secuestradas. Luego, un día, poco después de fallecer su esposo, acaeció un hecho que determinó todos los horrores posteriores.

Después de azotar a una doncella que por lo visto exasperó a la condesa con su pertinaz resistencia a someterse a sus deseos, la condesa vio brotar sangre del maltratado cuerpo, y allí donde resbalaba la sangre, la piel parecía más blanca y apetecible, más tersa y juvenil que antes. O eso le pareció a la condesa. El caso fue que Elizabeth llegó a la conclusión de que la sangre de las doncellas servía para rejuvenecer los órganos y tejidos del cuerpo humano, especialmente la epidermis, y decidió que los baños en sangre humana la rejuvenecerían por completo, haciendo desaparecer las arrugas de su piel, arrugas debidas en gran parte, más que a la edad, a sus excesos báquicos. Y así, para colmar sus ansias sádicas y sus instintos lésbicos, al mismo tiempo que llevar a cabo este nuevo “tratamiento” de rejuvenecimiento, encargó a sus sirvientes que secuestrasen a las muchachas más bellas de la comarca, y aun de otras provincias si era necesario.

Ilona Joo, por su parte, y los demás brujos que se habían instalado en su castillo, acosaban a la condesa desde hacía tiempo, asegurándole que para que sus hechizos surtiesen los efectos esperados, requerían ser complementados con sacrificios rituales de seres humanos.

Según las costumbres y creencias de aquella tenebrosa época, para los experimentos de alquimia y para la ejecución de determinados hechizos se requerían calaveras, huesos, corazones, ojos, hígados y otros órganos humanos, especialmente de niños de pecho y de mujeres que todavía fuesen vírgenes.

Cuantos habitaban en el castillo gozaban con los actos sádicos y sexuales, con el suplicio y la muerte más dolorosa dada a las desdichadas que caían en su poder. Los calabozos del castillo llegaron a albergar a decenas de prisioneras a la espera de que la condesa decidiese emplearlas en sus orgías, antes de sacrificarlas en sus macabros experimentos de regeneración y estética.

El sacrificio de las víctimas se celebraba en medio de complicados rituales mágicos, seguidos de orgías y crueles prácticas de sadismo, en las que manaba la sangre que después empleaba la condesa en sus baños. Con el tiempo, aquellas orgías fueron evolucionando, y la condesa llegó a la conclusión de que para regenerar sus órganos internos era necesario beber la sangre de sus víctimas. Pero para que ésta proporcionase el efecto que se buscaba, era condición indispensable que fuese consumida directamente de la herida de la víctima, y antes de que ésta expirase.

Todos estos excesos, como es fácil de suponer, desencadenaron una serie de rumores que, finalmente, llegaron a oídos del rey Matías.

No obstante, se tardaron varios años en emprender una acción legal contra la condesa. Al final, se ordenó una investigación que se llevó a cabo bajo la dirección del primer ministro Thurzo y el gobernador de la provincia donde la condesa tenía sus dominios.

Los aterrorizados aldeanos y los campesinos del entorno hablaban de vampiros en el castillo de la condesa y, la víspera de Año Nuevo, los alguaciles del rey se presentaron súbitamente en el castillo. Ya en el vestíbulo hallaron el cadáver de una joven degollada, sin una sola gota de sangre en su cuerpo. Cerca de ella había otra; horriblemente mutilada. En los calabozos los alguaciles hallaron un grupo de niños y niñas, hombres y mujeres jóvenes, que habían sido sangrados en repetidas ocasiones para satisfacer los abominables apetitos de la condesa y sus secuaces.

Luego, subieron al piso, donde sorprendieron a la condesa y a sus cómplices en plena orgía de sangre y sexo desenfrenado. Todos fueron apresados, y la condesa quedó recluida en sus aposentos, custodiada por guardias armados. El proceso contra ellos se celebró inmediatamente, y las pruebas se acumularon, no sólo contra la condesa, sino contra sus cómplices, y sobre todo, contra Ilona Joo, como instigadora, las dos damas de compañía de la condesa, y cuantos hechiceros, brujas y nigromantes habían tomado parte en aquellos viles rituales satánicos.

Dando cumplimiento a la sentencia, a Ilona Joo le fueron arrancados con tenazas todos los dedos de las manos, luego fue azotada hasta arrancarle la carne de los huesos y, finalmente, fue quemada viva. Los demás sufrieron diversas penas, casi todas de muerte, siendo sometidos a diversos y dolorosos tormentos antes de ser ejecutados.

La condesa, en consideración a su condición de aristócrata, fue recluida en sus aposentos y se levantó una pared con una pequeña abertura por donde se le hacían llegar los alimentos. Allí vivió, emparedada en sus propias habitaciones, durante varios años. Jamás se la oyó proferir una sola queja. Falleció, según se cree, sin haber salido de su emparedamiento, a mediados de 1614, a los cincuenta y cuatro años de edad. La condesa Elizabeth Bathory pasó a la Historia como uno de los más infames vampiros.