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viernes, 6 de abril de 2018

Los ritos sagrados de Samotracia


Situada frente a la tormentosa costa de Tracia, el imponente perfil accidentado de la isla de Samotracia es visible a varios kilómetros de distancia. En la Ilíada, Poseidón, dios del mar, se apostó «en la cumbre más alta de la selvosa Samotracia» para contemplar la guerra de Troya. Poseidón está vinculado a los cultos mistéricos que aquí se celebraban, ya que uno de los favores que los iniciados recibían era la protección frente a los naufragios. Cerca de la costa septentrional se extienden los restos del santuario sobre la ladera rocosa del monte Fengari. Hoy la isla recibe pocas visitas, y en este impresionante escenario, de espaldas al mar y mirando la montaña, percibo una sensación misteriosa y primordial. La palabra misterio nos llega desde el latín mysterium, y ésta del griego mysterion, que significa «ritual secreto» y tiene que ver con el verbo myo, «cerrar» (la boca o los ojos, ante esos ritos). En Samotracia, el recorrido que hacían los iniciados a los ritos sagrados se puede seguir a través de las ruinas de monumentos erigidos a lo largo de los siglos, por los caminos en donde se hacían libaciones (ofrendas líquidas), por un impresionante afloramiento de roca verde (pórfido) que se consideraba sagrada y por estrechos hoyos que servían para soportar antorchas. En la actualidad los visitantes hacen su peregrinación durante el día, pero los antiguos ritos del culto mistérico a los Grandes Dioses en Samotracia se celebraban de noche, y el resplandor de las antorchas desempeñaba un papel fundamental. Los aspirantes a la iniciación podían acudir en cualquier momento, y si no era en la época de la gran fiesta anual, podían recorrer el solemne camino en solitario, bajo el cielo tachonado de estrellas. El fuego de las antorchas, que proyectaba luz y sombras entre las columnas acanaladas, señalaba el camino. Los ritos iniciáticos eran auténticos misterios: secretos que debían guardarse so pena de muerte. Las fuentes escritas de los primeros autores cristianos, que no tenían reparo en romper los códigos de silencio, permiten deducir algunos detalles, aunque tal vez nos den información errónea. A los iniciados los sentaban con los ojos vendados, mientras otros danzaban desenfrenadamente a su alrededor, tañendo címbalos y tambores, tácticas ideadas para intimidar. Desorientados, los iniciados escenificaban entonces una búsqueda, que tal vez representaba la búsqueda de una novia por parte del dios de la fertilidad, y finalizaba (o eso sugieren los autores cristianos) en una teatralización de la consumación del acto sexual. Para nuestra imaginación moderna, saturada de imágenes artificiales, es difícil comprender la sensación de temor y asombro que unos efectos especiales tan simples —antorchas, música y teatro— podían crear en esa atmósfera sagrada. Sobre la experiencia de quien se iniciaba en un culto mistérico, ya fuera en los Misterios eleusinos, órficos, dionisíacos o de Samotracia, Plutarco nos ofrece una vívida descripción. El historiador griego del siglo I a.C. compara el viaje del alma al abandonar el cuerpo con la experiencia de un iniciado: «[...] primero, vagabundeos inciertos y cansinos, caminatas sobresaltadas y sin rumbo fijo; después, antes de su final, todo lo terrible, miedo, temblor, sudor y espanto. Pero, a partir de este momento, irrumpe una luz maravillosa y la acogen lugares puros y praderas con voces, danzas y los sonidos sagrados y las imágenes santas más venerables. [...] Observa desde allí a la multitud de los seres vivientes no iniciada e impura, que patea en medio del barro y se golpea a sí misma en las tinieblas, y que con miedo a la muerte se aferra a sus desgracias por desconfianza en los bienes de este otro lado». Los iniciados abandonaban Samotracia ataviados con fajas de color púrpura y anillos de hierro imantados, pruebas de su iniciación, que probablemente también servían de amuletos que los protegían tanto en la vida como en la muerte. Pero sobre todo partían con la convicción de haber experimentado algo sagrado, de que su relación con el mundo, el terrenal y el de ultratumba, había cambiado.
Historia de un rapto
En el origen de cada uno de los cultos mistéricos hay un relato sagrado, o mito fundacional, que servía de «guion» para las actividades religiosas. En el caso del culto mistérico más antiguo y famoso de Grecia, el que se celebraba en Eleusis, al este de Atenas, esa narración mítica se encuentra en el himno homérico a Deméter. Este poema anónimo del siglo VI a.C. cuenta cómo Hades secuestró a la hermosa Perséfone, hija de Deméter, diosa del cereal y de las cosechas. Deméter perdió la alegría cuando su joven hija le fue arrebatada y, disfrazada de anciana, vagó por la Tierra en su busca hasta que llegó a Eleusis. El rey del lugar y su esposa la invitaron a quedarse como nodriza de su hijo Demofonte, el príncipe recién nacido, a quien quiso otorgar el don de la inmortalidad. Por desgracia, el medio para conseguirlo fue sujetar al niño sobre el fuego, un hecho que horrorizó a la madre cuando lo descubrió por casualidad. Expulsada del palacio, Deméter descubrió su identidad divina ante la aterrorizada familia real. En un arrebato de ira, les exigió que en su honor erigieran un templo en Eleusis, lugar al que la diosa se retiró. La Tierra, abandonada por la diosa del cereal, se resintió y las cosechas se malograron, hasta que su hija le fue devuelta. La Tierra volvió entonces a florecer, para júbilo de todos, hasta que seis meses después Perséfone regresó al inframundo, junto a Hades, que por entonces era ya su marido.
Los Misterios de Eleusis, basados en este mito, eran el regalo de Deméter a la humanidad como prueba de su satisfacción. Y refiriéndose a ellos, así concluye el Himno: «¡Dichoso, entre los hombres que están sobre la tierra, el que ha contemplado los ritos!, pues el no iniciado en estos Misterios, el que no participa en ellos, nunca tendrá un destino semejante, ni siquiera después de muerto, bajo la sombría tiniebla». Este relato literario se centra en Eleusis y en el origen de los famosos Misterios eleusinos, pero la leyenda de Deméter y Perséfone está presente en la mayoría de los cultos mistéricos. Las divinas madre e hija eran las destinatarias obvias de los ritos orientados a la obtención de la inmortalidad. El grano, atributo de Deméter, se planta en la tierra, en donde las raíces penetran hasta la oscuridad subterránea, para renacer sobre la tierra al llegar la cosecha. Perséfone, más conocida como Kore («la doncella»), vivía seis meses del año sobre la tierra, y otros seis debajo de ella. A caballo entre los dos mundos, era idónea para interceder en favor de las almas difuntas. La decisión de formar parte de un culto mistérico era personal, un camino que uno escogía para su perfeccionamiento. No obstante, aquellos ritos secretos e individuales no eran incompatibles con la religión pública. Mucha gente se iniciaba para complementar otras devociones, no para sustituirlas, y participaba con plena fe en las fiestas y ceremonias religiosas con sus vecinos. Pese a su secretismo, los cultos mistéricos gozaban de respeto en la sociedad y compartían aspectos básicos con los demás cultos comunes. Sus sacerdotes oficiaban los ritos en santuarios financiados con dinero público, y los dioses que se presentaban eran tan antiguos como los poemas de Homero. Llegados al siglo IV a.C., los Misterios ya no ofrecían tanto consuelo. El Museo Arqueológico de Salónica, en el norte de Grecia, custodia los restos de un antiguo rollo de papiro considerado uno de los hallazgos más interesantes del siglo pasado. Apareció entre los restos incinerados de un noble acaudalado. Datado hacia el año 340 a.C., el papiro de Derveni es el manuscrito más antiguo de cuantos se han encontrado en Europa. De aquellos restos carbonizados los científicos han recuperado 26 columnas de lo que resultó ser un extenso comentario místico sobre un poema atribuido a un poeta semidivino llamado Orfeo. En la mitología griega, Orfeo, hijo de un rey tracio y de una musa, es el cantor cuyas tonadas apaciguan a las fieras, y de tal modo tocaba la lira que hasta los árboles y las rocas se movían para seguir el sonido de su música. Descendió al Hades para rescatar a Eurídice, su difunta esposa. Así, al igual que Perséfone, estaba a caballo entre los dos mundos. Sus devotos pertenecían al más secreto y desconocido de todos los cultos mistéricos. En la literatura antigua hay referencias dispersas a la poesía órfica, pero ni un solo poema ha llegado hasta nosotros. Las citas de poemas conservadas en el papiro de Derveni son lo mejor que tenemos.
Se creía que Orfeo predicaba las enseñanzas místicas de los cultos báquicos dedicados a Dionisos, dios del vino y la fertilidad. Acompañados de referencias sobre desenfrenadas fiestas en lugares apartados, de una desinhibición total, los ritos báquicos siempre habían causado una mezcla de fascinación y desconfianza. El brutal mito en que se basaban aquellos rituales se alejaba bastante de la mitología tradicional. Según el relato báquico, Zeus violó a su hija Perséfone, y fruto de ello nació Dionisos. Los Titanes, los enemigos divinos de Zeus, se apoderaron entonces del niño-dios, lo descuartizaron, hirvieron sus pedazos y se los comieron. En venganza, Zeus atacó a los Titanes con su rayo. Dionisos fue reconstruido y volvió a la vida, y del humo y las cenizas de los Titanes surgió la humanidad. Los ritos báquicos habían introducido un nuevo elemento en la ya complicada navegación hacia el otro mundo: el concepto de pecado original. El culto a Baco fue difundido por sacerdotes itinerantes que no necesitaban santuarios convencionales como los de Samotracia o Eleusis. Estos aspectos antisociales y contrarios a la tradición suscitaron burlas y desconfianza. Así, Platón se mofa de los «charlatanes y adivinos [que] van llamando a las puertas de los ricos y les convencen de que han recibido de los dioses poder para borrar, por medio de sacrificios o conjuros realizados entre regocijos y fiestas, cualquier falta que haya cometido alguno de ellos o de sus antepasados [...], pues los llamados ritos místicos nos libran de los males de allá abajo, mientras a quienes no los practican les aguarda algo espantoso». Los iniciados en los ritos báquicos llevaban consigo unas pequeñas tablillas de oro inscritas con un texto sagrado que les serviría de guía en el Más Allá. Estas valiosísimas instrucciones se enterraban con ellos, y han aparecido en tumbas desde el norte de Grecia hasta Creta y desde Italia hasta Turquía: «Hay un manantial a la derecha, y al lado, un ciprés blanco. Allí descienden las almas de los muertos para refrescarse. ¡No te acerques siquiera a ese manantial! Más allá encontrarás agua fresca procedente del Lago de la Memoria; unos guardias se interponen. Te preguntarán, con astucia, qué es lo que buscas en las tinieblas del Hades. Diles: “Soy hijo de la Tierra y del Cielo estrellado”».
Las ideas que los griegos tenían de la muerte habían evolucionado sustancialmente desde la descripción homérica de los impotentes difuntos hasta este tranquilizador mapa del inframundo. La época romana trajo consigo más cambios, y los antiguos cultos y santuarios fueron cayendo en desuso. En su diálogo «La desaparición de los oráculos», Plutarco, que había sido sacerdote en Delfos, lugar del oráculo más famoso de la Antigüedad, al hablar sobre aquellos otrora florecientes santuarios, comenta «la total desaparición de todos excepto uno o dos». Sobrevivieron retazos de las antiguas creencias absorbidas y alteradas por el cristianismo, que se estaba extendiendo por todo el mundo antiguo. La creencia en la naturaleza esencialmente corrupta del hombre, en su purificación mediante ritos místicos, en los diferentes destinos que aguardaban a los iniciados y a los no iniciados, en la importancia de los textos sagrados... los ecos adulterados de estas enseñanzas órficas resonaban en el interior del cristianismo. Las creencias —acerca de la vida, la muerte y el viaje al Más Allá— siempre han estado ahí, latentes o manifiestas, evolucionando y cambiando. No así las verdades fundamentales que las inspiran. Una inscripción funeraria del siglo V a.C. probablemente habría sido tan conmovedora para los pobladores neolíticos de Alepotripa como hoy lo es para nosotros. El epitafio reza: «En mi regazo tengo al hijo de mi hija. El niño que tuve en mi regazo cuando vivíamos, cuando veíamos la luz del sol. El niño que todavía tengo conmigo, aunque ya hemos desaparecido».


lunes, 15 de enero de 2018

Sileno, el fiel compañero de borracheras de Baco

Era éste un ser de la mitología grecorromana de aspecto semejante al de un sátiro, pero con orejas, patas y cola de caballo. Sileno, hijo del fauno Pan y de una ninfa, era una criatura oronda con una nariz achatada muy pequeña y ancha. A veces se le representaba con cola y puntiagudas orejas de caballo, montado en un burro o sobre los hombros de un grupo de sátiros que le auxiliaban en una de sus habituales borracheras. Este viejo obeso era el padre adoptivo, preceptor y leal compañero de Dionisos-Baco, el dios del vino y era descrito como el más sabio y borracho de sus seguidores. A pesar de su amor por la bebida, Sileno era una figura sabia que incluso podía predecir el futuro. Había sido tutor y maestro del joven Dionisos. En Frigia quedó separado del resto del séquito del dios del vino. Entonces unos campesinos frigios lo encontraron y lo llevaron ante el rey Midas, que lo acogió calurosamente, le ofreció su hospitalidad y puso a su disposición su bodega. Después regresó con Dionisos que recompensó a Midas de una manera un tanto desafortunada para el propio soberano. Sileno tuvo muchos hijos con diversas ninfas, aunque se trataba de un personaje de avanzada edad. Los silenos se parecían a su padre y tenían el comportamiento cómico y sensual de los sátiros, apareciendo muy a menudo en las sátiras de los escritores griegos.


miércoles, 16 de agosto de 2017

La venganza de Artemisa

Entonces apareció Artemisa con una risita maliciosa. Se reía de Aura porque caminaba lentamente, con paso pesado, como es propio de las mujeres embarazadas, ya no corría con el paso del viento como antaño. ¿Y qué sería de Aura sin la ligereza de sus pies? Le preguntó también qué regalos le había dejado Dionisos, su esposo. ¿Le había dado tal vez unos sonajeros para que jugaran sus niños? Después desapareció. Aura siguió caminando sin rumbo fijo. Pronto sintió los terribles dolores del parto. Fueron larguísimos. Mientras Aura sufría lo indecible, Artemisa apareció una vez más para burlarse de ella con palabras crueles. Nacieron dos gemelos. Dionisos se sentía orgulloso, pero temía que Aura los matara. Llamó entonces a la cazadora Nicea: también a ella la había engañado con el vino, la había forzado mientras dormía, la había abandonado, y también ella había parido una hija: Teleté, la «iniciación», la «última realización».
Para un dios, la repetición es una señal de grandeza, el sello mismo de la divinidad. Entonces Nicea, aquella doncella resplandeciente que había hecho manar chorros de sangre de la garganta de un pastor bondadoso e inocente, sólo porque se había atrevido a dirigirle unas palabras lisonjeras, vivía como una pobre anciana amarrada a su telar. (¿Tendría que haberle dado a ella el huso de Ariadna?) Pero entonces Nicea podría comprobar que su suerte era compartida por otra infeliz mujer. Podría consolarse, dijo Dionisos, porque se daría cuenta de que ahora pertenecía al canon divino. Pero su papel no había terminado: debía llegar a ser cómplice del dios en sus fechorías, ayudarle a salvar por lo menos uno de los gemelos que Aura estaba por matar. El mundo entero, incluso el que se extendía más allá de los bosques de la Hélade, el que está hecho de templos, de naves que surcan los mares y de ciudades con sus mercados, esperaba dos nuevas criaturas: una era la propia hija de Nicea, Teleté; la otra era uno de esos gemelos en manos de Aura, enloquecida por el dolor y la ira. ¿Por qué no aceptaba su destino sin más?
Aura, mientras tanto, alzó a los dos recién nacidos al cielo, al viento que la había empujado a lo largo de su vida, y los dedicó a las brisas. Quería que se rompieran. Ofreció los dos recién nacidos a una leona famélica para que los devorara. Pero en la cueva entró una pantera negra: lamió con ternura los cuerpos de los dos infantes y los alimentó, mientras dos serpientes protegían la entrada de la cueva. Aura agarró entonces a uno de los dos hijos, lo arrojó al aire y, cuando cayó en el polvo, se le echó encima para despedazarlo. Artemisa, aterrorizada, intervino: agarró al otro hijo y, llevando por primera vez en su vida un niño en brazos, huyó al bosque.
Aura se encontró de nuevo sola. Bajó a las orillas del Sangario, arrojó arco y carcaj al río, y después se zambulló. Las olas cubrieron su cuerpo. De sus senos manaba agua. El recién nacido superviviente fue entregado por Artemisa a Dionisos. El padre tomó en sus brazos a los dos pequeños, nacidos de las dos doncellas estupradas en el suelo, y los llevó a los santos lugares de los Misterios. También Artemisa estrechó al niño entre sus pechos de virgen. Después lo entregó a las Bacantes de Eleusis. Para quien tenía la suerte de verle, la vida se tornaba feliz. Los demás no sabían qué era la felicidad.
Para Dionisos se había acabado el tiempo de los vagabundeos y de las conquistas furtivas. Quedaba la dura ascensión al Olimpo. Ariadna regresaba todavía, de vez en cuando, a sus pensamientos. Depositó en la montaña sagrada una guirnalda en su memoria. Luego se sentó a la mesa de los Doce. Su asiento estaba al lado del de Apolo.

El primer amor de Dionisos fue un bello efebo. Se llamaba Ámpelo y siempre jugaba con el joven dios y los Sátiros en las orillas del Patolo, en Lidia. Dionisos contemplaba sus largos cabellos sobre el cuello, la luz que emanaba su cuerpo mientras salía del agua. Se ponía celoso cuando le veía luchar con un Sátiro y sus pies se entrelazaban. Entonces quiso ser el único en compartir los juegos de Ámpelo. Fueron dos «atletas eróticos». Se revolcaban por el suelo, y Dionisos se regocijaba cuando Ámpelo le derribaba y se montaba sobre su vientre desnudo. Después se limpiaban el polvo y el sudor de la piel en el río. Inventaban nuevas competiciones y llaves de lucha. Ámpelo vencía siempre. Se coronó con una sarta de serpientes, como veía hacer al amigo. Y también le imitaba cuando vestía una túnica manchada. Aprendía a tratar con familiaridad osos, leones y tigres. Dionisos le animaba, pero una vez le previno: no tienes por qué temer a fiera alguna, guárdate sólo de los cuernos del toro despiadado.
Cierto día, Dionisos estaba a solas cuando vio una escena que le pareció un presagio. Un dragón cornudo apareció entre las rocas. Llevaba en el lomo el cuerpo desnudo de una doncella. Lo arrojó sobre un altar de piedra y hundió un cuerno en el cuerpo inerme. La piedra quedó empapada en medio de un charco de sangre. Dionisos observaba y sufría, pero al sufrimiento se mezclaba una irreprimible risa, como si su corazón estuviera dividido en dos. Después encontró a Ámpelo y siguieron vagando, siempre de caza. Ámpelo se divertía tocando una flauta de caña, y tocaba muy mal. Pero Dionisos no se cansaba de elogiarle, porque mientras tocaba le miraba con lascivia los torneados muslos. A veces, Ámpelo recordaba la advertencia de Dionisos con respecto al toro, y cada vez le era más incomprensible. Ahora conocía todas las fieras, y todas eran sus amigas: ¿por qué debía rehuir al toro? Y un día, mientras se hallaba solo, encontró un toro entre las rocas. Estaba sediento, y le colgaba la lengua. El toro bebió, después miró al muchacho, luego eructó, y una baba viscosa le asomó por la boca. Ámpelo intentó acariciarle los cuernos. Confeccionó una fusta de junco y una especie de brida. Apoyó sobre el lomo del toro una piel coloreada y lo montó. Por unos instantes sintió una ebriedad que ninguna fiera le había producido antes. Pero Selene, celosa, le observaba desde lo alto y le envió un tábano. El toro, nervioso, comenzó a galopar, escapando de aquel aguijón odioso. Ámpelo ya no controlaba a la bestia. Una última sacudida le arrojó al suelo y se oyó el sonido seco de su cuello al romperse. El toro le arrastraba ensartado en uno de sus cuernos, que se hundía cada vez más en la carne.
Dionisos descubrió a Ámpelo ensangrentado en el polvo, pero todavía hermoso. Los Silenos, en círculo, iniciaron sus fúnebres lamentos. Pero Dionisos no podía acompañarles. Su naturaleza no le permitía verter lágrimas. Sin embargo, decidió gozar una última vez del cuerpo aún caliente del bello efebo. Cuando se hubo aliviado, pensó apesadumbrado que no podía seguir a Ámpelo al Hades, porque era un dios inmortal: pero juró sobre el cadáver del muchacho matar con su tirso a la estirpe entera de los toros. Eros, que había adoptado el aspecto de un hirsuto Sileno, se acercó para consolarle. Le dijo que la punzada de un amor sólo podía curarse con la punzada de otro amor, y que mirara a otra parte en adelante. Cuando cortan una flor, el jardinero planta otra en su lugar. Sin embargo, Dionisos lloraba por Ámpelo sin derramar una sola lágrima. Era la señal de un acontecimiento que cambiaría su naturaleza, y la naturaleza del mundo entero. 
En ese momento las Horas se apresuraron hacia la casa de Helios. Se preanunciaba una escena nueva en la rueda celeste y Selene se había vengado de Dionisos por sus muchas afrentas a las mujeres. Afrentas que aún no había cometido, pero que muy pronto cometería. Pues con el bello Ámpelo había muerto también su inocencia.

Artemisa es una diestra cazadora



lunes, 14 de agosto de 2017

El maravilloso sueño erótico de Aura

Hay un toma y daca entre los dioses, un rigurosa contabilidad, que se difunde a través del tiempo y de las eras. Artemisa fue un útil sicario para Dionisos cuando se trató de matar a Ariadna. Pero un día también Artemisa, la virgen orgullosa necesitó, con estupor, de aquel dios promiscuo e impuro para calmar sus instintos. También ella tuvo que pedir a otro que matara por su cuenta, y le dejó elegir las armas. Le tocó a Dionisos.
Una mujer mortal se habría reído de ella. Aura, una doncella de las montañas, alta, de brazos enjutos, de piernas rápidas como un soplo de viento. Sólo luchaba con jabalíes y leones, desdeñaba como presa los animales más débiles. No desdeñaba menos a la voluptuosa Afrodita y sus infidelidades. Apreciaba únicamente la virginidad y la fuerza. 
Un día caluroso, mientras dormía sobre unas ramas de laurel, Aura fue turbada por un sueño impúdico: Eros, como un salvaje torbellino, la poseía sobre una colcha de lana, y ofrecía después a Afrodita y Adonis una leona, de la que se había apoderado con el cinturón encantado de la diosa. ¿Acaso el adorno erótico se había convertido en un arma para capturar a las fieras? Aura se veía, en el sueño, junto a la hermosa Afrodita y el bello Adonis, desnuda y con los brazos apoyados en sus hombros. Era un grupo de criaturas hermosas, delicadas y florecientes. Eros aparecía con la leona y presentaba a su presa con estas palabras. «Diosa de las guirnaldas, te traigo a Aura, la doncella que sólo en sueños ha perdido su virginidad. El cinturón de Afrodita ha doblegado su obtusa voluntad de permanecer célibe e invencible. Ahora cualquier hombre podrá domeñarla y doblegar su voluntad». Aura se despertó angustiada. Por primera vez se había visto desdoblada: era la presa, a la vez que la cazadora que contempla a la presa. Se enfureció con el laurel, y por tanto con Dafne: ¿por qué una virgen le había enviado un sueño digno de una prostituta?
Otro día caluroso, Aura conducía el carro de Artemisa a las cascadas del Sangario, donde la diosa quería bañarse y purificarse. Junto al carro, las siervas de la diosa se habían quitado la cinta de la frente, alzaban el borde de la túnica y descubrían las rodillas al correr alegremente. Eran las vírgenes hiperbóreas. Upes le quitó el arco de los hombros a Artemisa y Ecaerge el carcaj y las flechas. Loso le desató las sandalias. Artemisa entró en el agua con cautela. Mantenía las piernas juntas y levantaba la túnica apenas el agua lamía su piel. Aura le dirigió una impía mirada escrutadora. Estudiaba el cuerpo desnudo de su dueña con lascivia. Después nadó a su alrededor, estirándose por completo en el agua. Se paró junto a la diosa, se sacudió unas gotas de los turgentes senos, y dijo: «Artemisa, ¿por qué tus senos están blandos e hinchados? ¿Por qué tus mejillas tienen un rosado esplendor? No eres como Atenea, que tiene el pecho liso como un muchacho. Contempla mi cuerpo, fragante de vigor. Mis pechos son como melones. Mi piel es tersa y se tensa como la cuerda de una lira. Puede que seas más idónea para ser utilizada por los hombres y sufrir las punzantes flechas de Eros. Nadie pensaría, al verte, en la inviolable virginidad que atesoras». Artemisa la escuchó en silencio. «Sus ojos despedían destellos asesinos». Saltó fuera del agua, se calzó las sandalias, se puso la túnica y ciñó el cinturón, luego desapareció sin decir palabra.
Se dirigió en seguida a pedir consejo a Némesis, en las cumbres del Tauro. Como siempre, la encontró sentada ante su rueca. Un grifo estaba encaramado en su trono. Némesis se acordaba de muchos ultrajes hechos a Artemisa. Pero siempre por parte de hombres, o en todo caso de una mujer fecunda, como Niobe, entonces una húmeda roca entre aquellas montañas. ¿O se trataba quizá de la vieja comedia matrimonial? ¿Quizá Zeus la seguía acuciando para que se casara? No, dijo Artemisa, esta vez era una virgen, la hija de Lelanto. No se atrevía a repetir las calumnias que Aura había aventurado acerca de su cuerpo y sus senos. Némesis dijo que no petrificaría a Aura como a Niobe. Entre otras cosas porque eran parientas, aquella muchacha pertenecía a la antigua estirpe de los Titanes, como la misma Némesis. Pero le arrebataría la virginidad, quizá un castigo menos cruel. Esta vez el encargado sería Dionisos. Artemisa asintió. Como para anticiparle el sabor de su destino, Némesis se presentó ante Aura con el carro arrastrado por los espantosos grifos. Para que la altiva cabeza de Aura se doblegara, le azotó el cuello con su fusta de sierpes, y el cuerpo de Aura fue invadido por la rueda de la necesidad.
Dionisos ya podía intervenir. En su última aventura había encontrado otra doncella guerrera: Palene. Con ella le había ocurrido algo sin precedentes en sus numerosas cuitas. Había tenido que librar una lucha cuerpo a cuerpo con Palene delante de cientos de lujuriosos espectadores y, sobre todo, delante de su incestuoso padre. Palene había aparecido en la palestra cubierta de arena; con sus largas trenzas alrededor del cuello y una estrecha franja roja alrededor de los núbiles pechos. Un pedazo de tela blanca en forma triangular apenas le cubría el pubis. Su piel estaba reluciente de aceite. La lucha fue larga. De vez en cuando, Dionisos se descubría estrujando en un lance de la pelea los senos deliciosamente blandos y delicados de su oponente. Y más que doblegarlo, deseaba acariciar aquel cuerpo. Quería retrasar aquella victoria voluptuosa, pero mientras tanto notaba que jadeaba como un mortal cualquiera. Bastó un instante de distracción para que Palene intentara levantar a Dionisos y derribarle con un movimiento de zancadilla. Esto era demasiado humillante. Dionisos se soltó y consiguió levantar a su adversaria. Pero después la depositó en el suelo con delicadeza, pues no quería herir su dignidad mientras sus ojos vagaban furtivos por su cuerpo semidesnudo bañado en sudor, y por su abundante cabellera esparcida en el polvo. Palene, entre tanto, ya estaba de nuevo en pie. Entonces Dionisos quiso derribarla en serio, con una presa en la nuca, mientras intentaba hacerle doblar la rodilla. Pero calculó mal y perdió el equilibrio. Sintió el polvo en la espalda, mientras Palene cabalgaba sobre su vientre. Un instante después, al notar la erección de Dionisos, la casta Palene se soltó horrorizada y dejó a Dionisos tendido en el suelo. Pero al instante siguiente, Dionisos consiguió derribarla. Estaban empatados y Palene, notando la verga enhiesta de Dionisos entre sus nalgas, habría querido poner fin a la lucha. Entonces intervino Sitón, el padre de la brava doncella, para conceder la victoria a Dionisos. El dios, empapado en sudor, levantó la mirada hasta el rey que se acercaba para premiarle y le atravesó con el tirso. Aquel tirano asesino debía morir en cualquier caso. Dionisos ofreció entonces a la hija estuprada por su propio padre el tirso goteante de la sangre del estuprador, como si del más primoroso don amoroso se tratara. Ahora le aguardaban las nupcias.
En el clamor de la fiesta, Palene lloraba al cruel estuprador porque, a pesar de su iniquidad, había sido su progenitor. Con dulzura, para consolarla, Dionisos le mostraba las cabezas roídas hasta el hueso por las aves del cielo de sus anteriores pretendientes secándose a los cuatro vientos, clavadas en estacas ante las puertas del palacio como primicias de la cosecha. Y, para calmarla, le decía que no podía ser hija de aquel hombre horrendo. Quizás un dios, tal vez el hermoso Hermes, quizás el viril Ares, era su verdadero padre. Mientras pronunciaba estas palabras, Dionisos ya sentía una vaga impaciencia por poseerla. Palene era ya una hembra domada y sería una dócil amante. Una vez que la hubiese penetrado, se convertiría en una de sus más devotas fieles, como tantas otras antes que ella. Pero sólo una vez había experimentado Dionisos la emoción de encontrarse abrazado en el polvo con una mujer que deseaba hacer suya. Sintió nostalgia de un cuerpo inasible.
Desapareció a solas en las montañas. Seguía pensando en una mujer fuerte y arisca, capaz de golpearle no menos de lo que él fuera capaz de golpearla a ella. Se estaba acercando el momento en que Eros le hiciera delirar por un cuerpo aún menos inaprehensible. Dionisos olfateó las veloces ráfagas de viento, y al punto supo que en aquel bosque se ocultaba una mujer joven todavía más fuerte, más bella y hostil que la andrógina Palene: la inaccesible doncella Aura. Y ya sabía que escaparía de él, que jamás se rendiría. Por una vez, Dionisos caminaba a solas y en silencio, aliviado por la ausencia de las sumisas y complacientes Bacantes. Escondido detrás de un matorral, vislumbró un muslo blanco de Aura que entraba en el oscuro follaje. Alrededor los perros ladraban. Entonces Dionisos notó una potente erección. Nunca se había sentido tan excitado. La verga se le puso tan dura que pensó que iba a reventar dentro del taparrabos. Hablar con aquella doncella le parecía inútil, igual que hablar con una encina. Pero una Amadríada que habitaba en las raíces de un pino, le dio la respuesta que buscaba: nunca se encontraría con Aura compartiendo un lecho. Sólo en el bosque, y si la ataba de pies y manos, conseguiría hacerla suya y poseerla. Y le recalcó que no debía mostrase amable con ella ni dejarle regalo alguno después de desflorarla.
Mientras Dionisos dormía, exhausto, se le apareció Ariadna una vez más. ¿Por qué abandonaba a todas las mujeres como la había abandonado a ella? ¿Por qué Palene, a la que tanto había deseado mientras rodaban juntos por la arena, se borraba ahora de su mente? En el fondo, Teseo había sido mejor amante que él. Al final, Ariadna tuvo también un gesto irónico. Le dio un huso para tejer y le rogó que se lo regalara a su próxima víctima. Así un día la gente diría: regaló el hijo a Teseo y el huso a Dionisos.
Seguía haciendo un calor sofocante, y Aura buscaba una fuente para refrescarse. Dionisos pensó que de todos sus recursos sólo disponía de uno: el vino. Cuando Aura acercó los labios a la fuente, los mojó con un dulce néctar desconocido y delicioso al paladar. Nunca había probado algo semejante. Estupefacta y torpe, se tendió ebria a la sombra de un gran árbol y se durmió. Descalzo, silencioso, Dionisos se acercó. Le quitó el carcaj con las flechas y el arco y los ocultó detrás de una piedra. El temor no le abandonaba. En aquellos días, sus pensamientos volvían siempre a otra cazadora que había conocido, Nicea. Parecía que su cuerpo hubiera acaparado toda la belleza del Olimpo. También ella rechazaba a los hombres, y cuando el pastor Himno se le había aproximado para hablarle de su devota pasión, Nicea había acallado sus palabras para siempre hundiéndole una flecha en la garganta. Fue entonces cuando los bosques resonaron con palabras que recordaban una cantinela infantil: «El hermoso pastor ha muerto, porque la bella doncella lo ha matado». La cancioncilla resonaba en la mente de Dionisos mientras sus hábiles manos ataban con una cuerda los pies de Aura. Luego le pasó otra cuerda alrededor de las muñecas. Aura seguía durmiendo a causa de su embriaguez, y Dionisos la poseyó atada. Era un cuerpo adormilado sobre la tierra, pero la propia tierra se balanceaba para celebrar la cópula mientras Dionisos embestía con su poderosa verga aquel cuerpo desnudo y abandonado. Sentía un placer inmenso sodomizando el cuerpo de Aura, exaltado por la cobardía de su acto, la cazadora se fue adentrando en un sueño turbio, al que continuaba otro sueño. Sus brazos delicadamente apoyados sobre los de Afrodita y de Adonis se habían cerrado ahora en un solo nudo con aquella carne extraña, y las muñecas se le retorcían en un espasmo horroroso de un placer que no pertenecía a ella, sino que les pertenecía a ellos, aunque se comunicaban con ella a través de las ataduras de sus muñecas que le desollaban la piel produciéndole un placentero dolor. Y, mientras tanto, Aura veía su cabeza doblegada sobre la verga de Dionisos y asentía a su propia humillación chupándosela con fruición, a pesar de la repugnancia que sentía al hacerlo. Después de derramar su semen en la boca de la doncella, Dionisos, exhausto, se separó de ella. Siempre silencioso, de puntillas, fue a recoger el arco y el carcaj y los depositó junto al cuerpo desnudo de Aura. Le desató los pies y las muñecas y regresó al bosque.
Al despertar, Aura vio sus muslos desnudos y el cinturón desceñido sobre sus senos. Notó la cálida humedad en su entrepierna, y un extraño sabor en su boca. Cuando intuyó lo que le había sucedido, pensó que iba a volverse loca. Bajó al valle gritando de dolor a causa del ano desgarrado. De la misma manera que tiempo atrás había matado leones y jabalíes, ahora atravesaba con sus certeras flechas a mayorales y pastores indefensos. Su paso quedó jalonado de cadáveres ensangrentados. Asaetó sin piedad a los cazadores que encontraba. Llegada a una viña, mató a los vendimiadores que estaban laborando, porque sabía que eran devotos de Dionisos, un dios enemigo, aunque Aura jamás lo había visto, salvo en sueños. ¿Porque todo fue un sueño, verdad? Sólo conservaba imágenes borrosas. ¿O tal vez, no? Desde luego, el dolor producido por sus heridas era muy real.
Llegó a un templo de Afrodita y flageló la estatua de la diosa. Después la levantó del pedestal y la arrojó a las aguas del Sangario, con la fusta enrollada en torno a las marmóreas caderas. Luego se ocultó de nuevo en el bosque. Pensaba en cuál de los dioses podía haberla estuprado, y los maldecía uno por uno. Juró que mataría a todos los dioses, y antes que a ninguno a Afrodita y a Dionisos. En cuanto a Artemisa, merecía todo su desprecio: la diosa virgen no había sabido protegerla, de la misma manera que no había sabido responder a sus chanzas sobre sus senos turgentes y pesados. Aura quería abrirse el vientre para extraer de él el semen del desconocido que la había mancillado. Se ofreció a una leona, pero la leona no la aceptó como víctima.
Entretanto, desde el Olimpo, la bella Afrodita había contemplado furiosa el sacrilegio cometido contra ella en su propio templo, y empezó a tramar una terrible venganza.


sábado, 12 de agosto de 2017

Hermes, el heraldo de los dioses

Cuando Hermes nació en el monte Cilene, su madre Maya lo envolvió en pañales y lo acostó en una criba, pero creció con una rapidez asombrosa convirtiéndose enseguida en un niño pequeño, y en cuanto su madre le hubo vuelto la espalda, bajó sin ser visto y fue en busca de aventuras. Cuando llegó a Pieria, donde Apolo cuidaba de un excelente rebaño de vacas, decidió robarlas. Pero como temía que sus huellas le delatarían, se apresuró en confeccionarles unos zapatos con la corteza de un roble caído, y los ató a las patas de las vacas, que se llevó luego por la noche. Apolo se percató de su pérdida, pero se había dejado engañar por el truco de Hermes, y se vio obligado a ofrecer una recompensa por la captura del ladrón. Sileno y sus sátiros se dispersaron en distintas direcciones para lograr dar con él, pero su búsqueda fue infructuosa hasta que un grupo de ellos que pasaba por Arcadia oyó el sonido amortiguado de una música. La ninfa Cilene, desde la entrada de la cueva, les dijo que un niño de extraordinario talento, para quien ella trabajaba como niñera, había construido un juguete musical muy ingenioso con el caparazón de una tortuga y un poco de tripa de vaca, con el cual había arrullado a su madre hasta hacerla dormir.
—¿Y dónde había conseguido la tripa de vaca? –preguntaron los vigilantes sátiros, observando dos pieles extendidas junto a la cueva.
—¿Acaso estáis acusando al pobre niño de robo? –preguntó Cilene.
Intercambiaron duras palabras.
En aquel momento llegó Apolo, entró en la cueva, despertó a Maya y le dijo en un tono severo que Hermes debía devolver las vacas robadas. Maya señaló al niño, todavía envuelto en pañales y simulando estar dormido.
—¡Qué acusación tan absurda! –exclamó.
Pero Apolo ya había reconocido las pieles. Agarró a Hermes, se lo llevó al Olimpo, y una vez allí, le acusó formalmente de robo, presentando las pieles como pruebas. Zeus, a quien le disgustaba tener que creer que su propio hijo recién nacido era un ladrón, le aconsejó que se declarara inocente, pero Apolo no se dejó disuadir y por fin Hermes confesó.
—Bueno, está bien, ven conmigo –dijo–, y podrás tener tu rebaño. Sólo he matado a dos reses, y a éstas las descuarticé en doce partes iguales como sacrificio a los doce dioses.
—¿Doce dioses? –preguntó Apolo–. ¿Cuál es el duodécimo?
—Tu sirviente, señor –respondió Hermes con modestia–. Yo sólo me comí mi parte correspondiente, aunque tenía mucha hambre, y quemé el resto, como es preceptivo.
Éste fue el primer sacrificio de carne que jamás se haya hecho.
Los dos dioses regresaron al monte Cilene y allí Hermes recogió algo que había escondido bajo una piel de oveja.
—¿Qué tienes ahí? –preguntó Apolo.
Como respuesta Hermes le enseñó la lira de concha de tortuga que acababa de inventar, y con ella, utilizando el plectro que también había inventado, tocó una melodía tan cautivadora que fue perdonado de inmediato. Condujo a Apolo hasta Pilos y allí le entregó el resto del ganado, que había ocultado en una cueva.
—¡Te propongo un trueque! –exclamó Apolo–. Tú te quedas con las vacas, y yo me llevo la lira.
—¡Trato hecho! –dijo Hermes, y se estrecharon las manos.
Mientras las vacas hambrientas pacían, Hermes cortó unos juncos, formó con ellos una flauta de pastor, y tocó otra melodía. Apolo, nuevamente encantado, exclamó:
—¡Te propongo un trueque! Si tú me das esa flauta, yo te daré el bastón de oro con el que pastoreo a mi ganado; en adelante serás el dios de todos los ganaderos y pastores.
—Mi flauta vale mucho más que tu bastón –contestó Hermes–. Pero accedo al intercambio si además me enseñas a presagiar.
—Esto es algo que no puedo hacer –dijo Apolo–, pero si vas a ver a mis viejas nodrizas, las Trías, ellas te enseñarán.
Volvieron a darse la mano, y después de acompañar al niño nuevamente al Olimpo, Apolo le contó a Zeus todo lo sucedido. Zeus no pudo menos que reírse.
—Por lo visto eres un diosecito muy ingenioso, elocuente y persuasivo –le dijo.
—Entonces déjame ser tu heraldo, padre –respondió Hermes–, y yo me haré responsable de la seguridad de todas las propiedades divinas, y no mentiré jamás, aunque no puedo prometer que diré siempre toda la verdad.
—No se te exigirá tanto –dijo Zeus con una sonrisa–. Pero entre tus obligaciones estarían la de hacer tratados, la promoción del comercio, y el mantenimiento del libre derecho de paso para los viajeros en todos los caminos del mundo.
Zeus le entregó una vara de heraldo que todo el mundo tenía obligación de respetar; un sombrero redondo para protegerlo de la lluvia, y unas sandalias aladas con las que podía desplazarse de un lado a otro con la velocidad del viento.
Más tarde, las Trías enseñaron a Hermes a predecir el futuro observando el movimiento de unos guijarros en un cuenco de agua; y él mismo inventó el juego de las tabas y el arte de adivinar el porvenir con ellas. Hades, señor del inframundo, también le empleó como heraldo, para llamar a los moribundos con suavidad y elocuencia, colocando su vara de oro sobre sus ojos.
Luego ayudó a las Tres Parcas a componer el alfabeto, inventó la astronomía, la escala musical, las artes del pugilato y de la gimnasia, los pesos, las medidas y el cultivo del olivo.
Hermes tuvo numerosos hijos, incluyendo a Equión, el heraldo de los argonautas, a Autólico el ladrón, y a Dafnis, el inventor de la poesía bucólica venerado en la Arcadia.

Hermes calzándose sus sandalias aladas

martes, 1 de agosto de 2017

El fatal destino de Fedra

Fedra era hija del rey Minos de Creta y de Pasífae, y hermana de Ariadna. Fue raptada por Teseo, tras abandonar éste a su hermana Ariadna, para casarse con ella. De esta unión nacieron dos hijos: Adamante y Demofonte. Fedra se enamoró locamente del que era su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y de Antíope, reina de las Amazonas, pero el bello Hipólito rechazó sus insinuaciones, por lo que Fedra, despechada, lo acusó ante su padre de haber intentado violarla y se suicidó. Irritado, Teseo entregó a su hijo a la furia de Poseidón, dios del Mar, que envió a un monstruo marino que espantó a los caballos de Hipólito, que fue arrastrado resultando gravemente herido. Artemisa reveló entonces que la lasciva Afrodita les había tendido una trampa, y padre e hijo se reconciliaron antes de que Hipólito muriese a consecuencia de sus heridas. 

Fedra por Alexandre Cabanel

Ariadna y el toro sagrado de Knossos

…Mientras Ariadna contemplaba, desnuda, la vacía lejanía, y pensaba que le habría gustado estar en Atenas, como esposa de Teseo, y prepararle el lecho donde ni siquiera entraría, y ayudar a la otra que, por el contrario, entraría en aquel tálamo, y ofrecer a Teseo una jofaina de agua en la que lavarse las manos después del banquete, mientras Ariadna aún enumeraba en su mente las más insignificantes muestras de servidumbre que le habría gustado ofrecer al amante desvanecido, un nuevo pensamiento rozó su mente; quizás otras mujer había vivido sentimientos semejantes a los suyos, su entrega y su abyección no eran únicas, como al comienzo le había gustado decirse. ¿Y quién era esa otra? La reina, la resplandeciente, la desvergonzada, su madre, Pasífae. En el fondo, también ella, encerrada en la ternera de madera con ruedas, tosco y pesado juguete coloreado, había aceptado servir de criada a un mayoral cualquiera. Había agachado el cuello para que la uncieran, había balbucido palabras de amor a un obtuso toro que mordisqueaba la hierba. Oculta en la oscuridad sofocante y en el olor de la madera, le estorbaba la flauta del mayoral porque aspiraba a oír un único sonido: el mugido del sagrado toro blanco. Después asaltó a Ariadna otra idea, consecuencia de la primera: si ella, Ariadna, no hacía más que repetir la pasión de la madre Pasífae, si ella era Pasífae, entonces Teseo era el toro. Pero Teseo había matado a su hermano el toro, y precisamente con la ayuda de ella, Ariadna. ¿Había entonces ayudado a Teseo a matarse? ¿O las únicas muertas en esta historia, eran siempre ellas, Pasífae ahorcada y la propia Ariadna, que se disponía a ahorcarse, y su hermana Fedra, que un día se ahorcaría? Los toros, en cambio, y sus matadores parecían revelarse perennemente, como si para ellos matar y ser muertos fuera una alternancia como desvestirse y vestirse. El toro no conocía la muerte perpendicular y última, arrancada a la tierra, de la ahorcada…
Toda la historia de Ariadna está tramada en torno a una corona. «Viene mi primo», pensó la joven princesa de Knossos cuando le dijeron que el lascivo Dionisos había desembarcado en la isla. Jamás había visto a ese pariente suyo —hermosísimo, según decían las damas de la corte—, que había nacido de la pira de la madre. Dionisos, cuando se le apareció, no quiso hospedarse en el palacio, ni siquiera detenerse en él. La tomó de la muñeca y la llevó consigo a una de las muchas grutas de Creta donde la oscuridad había sido penetrada por una corona deslumbrante. Oro como fuego y gemas indias. Dionisos ofreció la corona a Ariadna como regalo por aquellas primeras nupcias furtivas. La corona, señal de lo que es perfecto, «heraldo del silencio propicio», había sido una seducción instintiva y salvaje. Pero, según la antigua lengua griega, «seducir» quiere decir «destruir». La corona circular es la perfección del engaño, es el engaño que se encierra en sí mismo, es la perfección que incluye el engaño. Cuando Ariadna fijó la mirada en la belleza de Teseo, ya no era una doncella que juega con sus hermanas en el palacio de Knossos. Era la esposa de un dios, aunque nadie hubiese sido testigo de las nupcias. El único testigo había sido aquella corona resplandeciente. Pero también Teseo surgió del palacio subacuático del padre Poseidón llevando en la mano una corona hecha de goteantes florecillas de manzano, que irradiaban una luz verdosa. La regaló a Ariadna, de igual modo que Dionisos le había regalado su corona. Y al mismo tiempo Ariadna regalaba la corona de Dionisos a Teseo. Por una parte Teseo repetía un gesto del dios, por otra Ariadna traicionaba al dios para que el extranjero pudiera matar al Minotauro, que pertenecía al dios-toro. Teseo se adentró por los oscuros meandros del laberinto guiado por la luz de la corona resplandeciente. Bajo aquella luz destelló su espada antes de hundirse en el cuerpo del mancebo con cabeza de toro. Así Ariadna exaltaba el engaño: traicionaba al divino esposo y además ofrecía su regalo nupcial al hombre que estaba ocupando su lugar.
Ariadna es engañada en el mismo momento que perpetra su engaño: cree que Teseo es contrario al dios, le ve como el hombre que la rescatará para llevarla a Atenas, como esposa, lejos del círculo mágico del toro. En Naxos, cuando reapareció, Dionisos lucía una corona radiante. Ariadna la contemplaba y pensaba en las restantes coronas que habían sido para ella el origen de todos los engaños. En ese momento sabía que aquella corona había sido siempre la misma y que su destino sería acabar prisionera de aquella corona radiante. Solitaria en el cielo: Corona Boreal. En las historias cretenses, al comienzo hay un toro; al final también hay un toro. Al inicio Minos evoca de las aguas el toro blanco de Poseidón, prometiendo sacrificarlo al dios cuando aparezca. El toro aparece y Minos no cumple su promesa. Aquel toro es demasiado bello, no quiere matarlo, quiere que sea suyo. Será el toro por el que desarrollará una pasión funesta la mujer de Minos, Pasífae. Al final, Teseo captura al toro de Maratón, que sigue siendo el toro cretense surgido del mar. Después de los amores con Pasífae, el toro se había vuelto salvaje, y Minos había llamado a Heracles para capturarlo. El héroe lo había apresado y llevado al continente. Durante largo tiempo, el toro había vagado por el Peloponeso, antes de llegar al Ática. Y allí nadie había conseguido vencerle, ni siquiera Androgeo, hijo de Minos, que, sin embargo, vencía a todos los atletas atenienses en los Juegos. Le venció Teseo, en Maratón. Y lo ofrenda a su padre, Egeo, que lo sacrifica a Apolo. Todo lo que transcurre entre ese inicio y ese final, el destino de Ariadna, está incluido en el desplazamiento de un sacrificio: de Poseidón a Apolo, de Creta a Atenas. Este paso está constelado de víctimas, las que caen alrededor del lugar del sacrificio; limaduras de hierro en el campo magnético. Del sacrificio, junto con la sangre, manan las historias. Así afloran los personajes de la tragedia. En las historias cretenses, son Pasífae, el Minotauro, Ariadna, Fedra, Minos, Hipólito, y el propio Egeo. Teseo se olvida de arriar las velas negras, al regreso de Creta, y Egeo se mata arrojándose de la acrópolis. Era una última apostilla al desplazamiento sacrificial.
El destino de Ariadna estaba doblemente sellado desde el principio, y los ritos de Naxos celebran su duplicidad, sin mitigarla con una sucesión de muerte y resurrección. Aquella que es la «esposa» de Dionisos, la única seleccionada en el cortejo de mujeres que le rodean, aquella a la que el dios dará incluso su nombre, llamándola Libera, es también la mujer que Dionisos hace matar. El dios se dirigió a Artemisa, siempre dispuesta a tensar su arco. Le pidió que traspasara a Ariadna con una flecha. Quiso también ser testigo del vil asesinato. Después, el tiempo lo embellece todo y en las paredes de Pompeya aún se conservan las imágenes de las nupcias celestiales, como si la dicha no hubiese sido sustituida por la tragedia. Ninguna mujer, ninguna diosa tuvo tantas muertes como Ariadna. La piedra en la Argólida, la constelación en el cielo, la ahorcada, la muerta de parto, la doncella con el seno traspasado por una saeta: todo eso es Ariadna. 

Juegos cretenses en honor del toro sagrado

viernes, 28 de julio de 2017

La maldición de Príapo

Son muchas las leyendas que se cuentan sobre Príapo. Una de las más populares en la Antigüedad fue la que relataba Ovidio en Los Fastos, donde la ninfa Lotis se desvaneció ebria durante un banquete y Príapo aprovechó la oportunidad para intentar violarla. Con sigilo se acercó a ella y justo cuando iba a montarla, uno de los asnos de Sileno, anfitrión del banquete, alertó al resto de convidados con sus estridentes rebuznos. Lotis se despertó y rechazó a Príapo, pero su auténtica salvación fue ser transformada en flor de loto. Príapo mató al burro por haber desbaratado sus lúbricos planes y no poder gozar de la ninfa a su antojo. Esta leyenda era la base del culto que se rendía a Príapo en la ciudad de Lámpsaco, donde se sacrificaban burros y se ofrecían libaciones en honor del dios. Según otra versión de la leyenda, Príapo no pudo consumar el acto sexual con la ninfa dormida debido a que, por el tamaño descomunal de su verga, no logró penetrarla. Además de éstas, existen otras versiones de la leyenda. Una de ellas asegura que fue Hestia la víctima escogida por el libidinoso Príapo, y que fue advertida por el asno cuando éste se disponía a violarla, y por esta razón durante la festividad de Hestia se coronaba a los pollinos con flores. Otra leyenda cuenta que el origen de la inquina de Príapo hacia los asnos se halla en una discusión que el dios mantuvo con un asno al que Dionisos había concedido el don de la palabra. Ambos discutían para ver quién tenía el falo más grande. Príapo mató al pobre animal para imponerse en la disputa. Después se apiadó de él y lo elevó a los cielos.

Príapo suele ser considerado hijo de Dionisos y Afrodita. Se dice que ésta había cedido a las caricias de Dionisos, pero durante la expedición de éste a la India, también le fue infiel y vivió en concubinato con Adonis. De hecho, Afrodita era la esposa de Hefestos, el herrero cojo. A la vuelta de Dionisos, la adúltera Afrodita regresó a su lado, pero pronto le abandonó de nuevo y marchó a Lámpsaco para dar a luz al hijo del dios. Hera, disgustada por la indecorosa conducta de Afrodita, la maldijo tocándola e hizo que alumbrase un hijo feo y contrahecho, pero dotado de un gran falo y un apetito sexual insaciable. Según otras fuentes, Príapo era hijo de Dionisos y de una náyade, mientras otras le describen como el hijo del hermoso Adonis con Afrodita, de Hermes, o de un fauno de largas orejas, que bien pudo ser Pan u otro sátiro. Príapo se solía representar con un enorme falo en perpetua erección; símbolo de la potencia sexual masculina y de la fuerza fecundadora de la Naturaleza. Los romanos solían colocar en sus jardines estatuas de Príapo, normalmente con la forma de toscas hermas hechas de madera de higuera, manchadas de bermellón (de ahí que el dios fuese llamado rubicundo), con un enorme falo erecto, llevando fruta en una cornucopia, y una hoz en la otra mano. Su función era la de garantizar una abundante cosecha. Príapo alejaba el mal de ojo y su estatua protegía las huertas de los ladrones. Como otras divinidades protectoras de las artes agrícolas, se le creía poseedor de poderes proféticos. Los poetas latinos inventaron situaciones cómicas y obscenas para Príapo, otorgándole una prominencia literaria superior a la que tuvo en los ritos agrícolas y en la religión popular, si bien las figuras fálicas enmascaradas destacaban en muchas ocasiones festivas, tanto en la Grecia del periodo helenístico como en el mundo romano en los dos últimos siglos de la era republicana.

Según los mitógrafos, sus lugares primitivos de culto eran las ciudades de Asia Menor (Anatolia) situadas en el Helesponto, particularmente Lámpsaco. Por esto a veces era llamado Príapo Helespóntico. Más tarde, su culto se difundiría por Grecia e Italia. Los poetas griegos más antiguos, como Homero o Hesíodo, no mencionan a Príapo, y Estrabón​ afirma expresamente que sólo tardíamente fue objeto de adoración divina; lo que nos lleva a la época helenística. Príapo tenía tantos rasgos en común con otros dioses de la fertilidad, que los órficos le identificaban con sus místicos Dionisos, Hermes y Helios. Las leyendas áticas también le relacionan con otros seres sensuales y licenciosos. No obstante, su equivalente en la mitología romana, Mutino, fue mucho más popular que Príapo en la griega. Luciano cuenta en su obra Sobre la Danza que Príapo era considerado en Bitinia un dios guerrero, y que fue el tutor del joven Ares, dios de la Guerra. 

Príapo según un fresco descubierto en Pompeya

jueves, 27 de julio de 2017

Arión de Lesbos y Safo de Mitilene

Arión era hijo del poderoso dios del mar, Poseidón, y de la ninfa Onee, y era un virtuoso en el arte de tocar la lira. Un día su patrocinador Periandro, el tirano de Corinto, le concedió permiso a regañadientes para ir a Ténaro, en Sicilia, para tomar parte en un certamen de música que allí se celebraba con motivo de las fiestas de la primavera. El buen Arión obtuvo el primer premio, y recibió tantos obsequios valiosos que éstos despertaron la codicia de los marineros encargados de llevarlo de vuelta a Corinto.

—Lo lamento, Arión –sentenció el capitán–, pero tendrás que morir.

—¿Qué crimen he cometido? –preguntó el músico.

—Eres demasiado rico –respondió el pérfido capitán.

—Si me perdonas la vida, te daré todos mis premios –suplicó Arión.

—En cuanto llegaras a Corinto faltarías a tu promesa –dijo el capitán–, y yo haría lo mismo en tu lugar. Una donación forzada, no es un regalo.

—Muy bien –dijo Arión con resignación–. Pero te ruego que me permitas cantar una última canción, a modo de despedida.

Cuando el capitán le hubo concedido el permiso, Arión, vestido con su más rica túnica, subió a la proa y allí invocó a los dioses con melodías apasionadas, y después se arrojó por la borda. El barco siguió navegando. Sin embargo, su canción había atraído a un grupo de delfines, uno de los cuales hizo que Arión montase en su lomo, y aquella noche adelantó a la nave y arribó a Corinto varios días antes de que lo hiciera el barco de los rufianes que le habían expoliado. Periandro se alegró mucho al enterarse de la milagrosa huida de su pupilo, y cuando el barco atracó, mandó que el capitán y toda la tripulación compareciesen ante él, y les exigió noticias de Arión con fingida preocupación.

—Se ha entretenido en Ténaro –respondió el capitán– debido a la pródiga hospitalidad de los ciudadanos.

Periandro les hizo jurar a todos que ésa era la verdad, y entonces les puso cara a cara con Arión. Incapaces de negar su culpa, allí mismo fueron ejecutados. Más adelante, Apolo colocó las imágenes de Arión y de su lira entre las estrellas, a modo de homenaje.

La isla de Lesbos, patria de Arión, lo fue también de Safo, la poetisa cuyos apasionados poemas describían su amor por otras mujeres, lo que dio origen al término lesbianismo. La poetisa Safo escribía en el dialecto eólico del griego. La isla de Lesbos ya es mencionada por Homero en la Ilíada, donde se refiere también a Macar, su rey. Mitilene, nombre dado a menudo a la isla de Lesbos, fue fundada en el siglo XI a.C. por colonos o invasores llegados de Tesalia, cuyos reyes o tiranos gobernaron la Isla hasta que fueron expulsados tras una revuelta a comienzos del siglo VI a.C., y las principales ciudades de la isla de Lesbos se convirtieron en tributarias del rey Creso de Lidia, pero cuando éste fue vencido por los persas en 546 a.C., la Isla tuvo que pagar un tributo anual de vasallaje a sus nuevos conquistadores.

Safo de Mitilene

Narciso, el efebo que se enamoró de sí mismo

Narciso era hijo de la ninfa azul Liríope, a quien en una ocasión había seducido el dios fluvial Cefiso. El adivino ciego Tiresias le auguró a Liríope: "Narciso llegará a ser muy longevo, siempre y cuando no se conozca a sí mismo." Cualquiera podría haberse enamorado del hermoso Narciso, incluso cuando sólo era un mozalbete, y al alcanzar los dieciséis años de edad, su camino estaba cubierto de amantes de ambos sexos que habían sido cruelmente rechazados, pues el efebo se sentía obstinadamente orgulloso de su propia belleza. Entre sus despechadas amantes se encontraba la ninfa Eco, que ya no podía utilizar su voz, excepto para repetir neciamente la de otra persona: un castigo por haber entretenido a Hera con largas historias mientras Zeus, su esposo, se divertía gozando de otras mujeres. Un día en que Narciso salió a cazar ciervos con una red, la bella Eco le siguió a hurtadillas, anhelando poder llamar su atención, pero fue incapaz de ser la primera en hablar. Al fin, Narciso, al descubrir que se había alejado de sus compañeros de batida, gritó:
—¿Hay alguien ahí?
—Aquí –respondió Eco, lo que sorprendió a Narciso, pues no se veía a nadie en los alrededores.
—¡Ven!
—¡Ven!
—¿Por qué huyes de mí?
—¿Por qué huyes de mí?
—¡Reunámonos aquí!
—¡Reunámonos aquí! –repitió Eco, y, saliendo de su escondite, corrió a abrazar a Narciso. Pero él la apartó bruscamente y se fue corriendo.
—¡Moriré antes que yacer contigo! –exclamó mientras se alejaba.
—¡Comparte mi lecho! –suplicó Eco. Pero Narciso se había ido, y ella, humillada, pasó el resto de su vida languideciendo de amor, hasta que sólo quedó su voz.
Un día Narciso envió una espada a Aminas, su más porfiado pretendiente. Aminas la usó para quitarse la vida en el umbral de la casa de Narciso, invocando a las terribles deidades del inframundo para que vengaran su muerte y Narciso conociera un día el profundo dolor que causa el amor no correspondido. Némesis escuchó la lúgubre plegaria, y atrajo a Narciso hasta cierta fuente encantada de la que salía una agua cristalina y clara como la plata. Narciso se dejó caer, extenuado, sobre la hierba del borde para saciar su sed sorbiendo el agua derramada; al ver su hermoso rostro reflejado, se quedó embelesado mirando el agua y se enamoró de sí mismo.
Aunque Eco no había perdonado a Narciso, sintió lástima por él y su corazón se enterneció por el desdichado joven cuando hundió la daga en su pecho mientras contemplaba su reflejo en el agua y exclamaba amargamente: «¡Ay de mí, ay de mí!», y sus últimas palabras dirigidas al joven que se reflejaba en el agua: «¡Oh hermoso efebo, amado en vano, adiós para siempre!», pronunciadas mientras Narciso, herido de muerte por su propia mano, exhalaba su último aliento contemplando su bello rostro. La sangre del hermoso muchacho bañó la tierra y de ella brotó la flor blanca del narciso con su corola roja. 

miércoles, 26 de julio de 2017

¡El rey Midas tiene orejas de asno!

Midas, hijo de la gran diosa de Ida y de un sátiro, era un rey amante del placer que gobernaba a los brigios en Brosmio, ciudad de Macedonia, donde plantó sus célebres jardines de rosas. En su infancia, se había visto cómo una procesión de hormigas que transportaba granos de trigo subía por el lado de su cuna, colocando los granos entre sus labios mientras dormía, prodigio que los adivinos interpretaron como augurio de la gran riqueza que llegaría a poseer. Un día, dio la casualidad de que el viejo y disoluto sátiro Sileno, famoso por haber ensartado a cientos de ninfas con su enorme verga, se separó del grueso del tumultuoso séquito dionisíaco mientras marchaba desde Tracia para adentrarse en Beocia, y fue hallado durmiendo la borrachera sobre sus propios vómitos en los jardines del rey. Los jardineros lo ataron con guirnaldas de flores y lo llevaron ante Midas, a quien contó maravillosas historias. Midas, encantado con las fábulas de Sileno, lo agasajó durante cinco días y cinco noches, y luego ordenó a un guía que lo escoltara hasta el palacio de Dionisos, de quien Sileno había sido pedagogo. Dionisos, que había estado muy preocupado por la suerte de Sileno, mandó preguntar a Midas cómo quería que le recompensara. Éste respondió sin vacilar:
—Te ruego que me otorgues el don de convertir en oro todo lo que toque.
Sin embargo, no sólo se convirtieron en oro las piedras, las flores y los muebles de su casa, sino también los alimentos que comía y el agua y el vino que bebía. Pronto Midas suplicó que le liberaran de su deseo, porque se estaba muriendo de hambre y de sed; en vista de lo cual Dionisos le dijo que visitara el nacimiento del río Páctalo, cerca del monte Tolmo, y se lavara allí. Midas obedeció, y quedo inmediatamente libre del tacto de oro, pero las arenas del río Páctalo siguen siendo doradas y brillantes aún en nuestros días.
Habiendo entrado de este modo en Asia, el buen Midas fue adoptado por el rey frigio Gordias, que no tenía hijos. Cuando todavía era un pobre campesino, Gordias se había sorprendido un día al ver un águila real posarse sobre el timón de su carro de bueyes. Condujo su tiro a Telmito, en Frigia, donde había un oráculo digno de confianza; pero en las puertas de la ciudad se encontró con una joven profetisa la cual, al ver el águila real todavía posada sobre el timón, insistió en que el rey debía ofrecer sacrificios a Zeus de inmediato.
—Déjame venir contigo, campesino –dijo–, para asegurarme de que elijas las víctimas propiciatorias idóneas.
—No faltaba más –respondió Gordias–. Pareces una joven sabia y considerada. ¿Estarías dispuesta a casarte conmigo?
—En efecto. Pero después de que hayas ofrecido los sacrificios –respondió ella.
Entretanto, había muerto súbitamente el rey de Frigia sin dejar descendencia, y un oráculo anunció: «¡Frigios, vuestro nuevo rey se está acercando con su prometida, sentado en un carro tirado por bueyes!»
Cuando el carro entró en la plaza del mercado del Telmito, el joven Gordias fue aclamado unánimemente como rey. En agradecimiento, dedicó el carro a Zeus, junto con su yunta, que había atado al timón de una forma peculiar. Entonces un oráculo declaró que quien descubriese la manera de deshacer el nudo se convertiría en rey y señor de toda Asia. Por consiguiente, la yunta y el timón fueron depositados en el templo de la Acrópolis, donde los sacerdotes de Zeus lo guardarían celosamente durante siglos hasta que Alejandro el Grande, rey de Macedonia, cortó el nudo con un tajo de su espada. Después de la muerte de Gordias, el avaricioso Midas heredó el trono, fomentó el culto de Dionisos y fundó la ciudad de Ancara.
Un aciago día, Midas asistió al célebre concurso musical entre Apolo y Marsas, arbitrado por Tolmo, quien otorgó el premio a Apolo y éste, al ver que Midas discrepaba del veredicto, le castigó con un par de orejas de asno. Durante mucho tiempo, Midas logró ocultarlas bajo el gorro frigio; pero su barbero, habiéndose percatado de la deformidad, vio que le resultaba imposible guardar para sí el vergonzante secreto, tal como se lo había ordenado Midas so pena de muerte. Por ello cavó un agujero a orillas del río, y, después de haberse asegurado de que no había nadie en las cercanías, metió la cabeza en el hoyo y susurró:
—¡El rey Midas tiene orejas de asno!
Acto seguido, rellenó el agujero y se marchó muy satisfecho consigo mismo, hasta que brotó un junco en la orilla del río que susurraba el secreto a todo aquel que pasaba por allí. Cuando Midas descubrió que su desgracia era ya del dominio público, condenó a muerte al barbero, bebió sangre de toro y murió miserablemente, rodeado por las riquezas que había acumulado.
Midas y su tesoro