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sábado, 28 de abril de 2018

Churruca y la batalla de Trafalgar en 1805


El decisivo choque naval en Trafalgar se hizo inevitable por la obsesión de Napoleón de invadir las islas Británicas, y España se vio arrastrada a la guerra en virtud del III Pacto de Familia. Este acuerdo se firmó en 1761, en el reinado de Carlos III, para defender los intereses coloniales hispano-franceses en América del Norte, frente a las aspiraciones británicas. Después de unos inicios desastrosos, Francia y España apoyaron a los colonos norteamericanos en su lucha contra Inglaterra, que tuvo que reconocer la independencia de los Estados Unidos y devolver Menorca y Florida a España por la Paz de Versalles de 1783. Pero, pese a los éxitos en ultramar, las guerras mermaron enormemente la capacidad de crecimiento de la economía española. Además, España adquirió unos compromisos militares que, a la postre, serían desastrosos para sus intereses.
Aunque la batalla de Trafalgar en 1805 supuso la mayor derrota en la gloriosa y dilatada historia de la Armada española, también grabó a fuego los nombres de varios héroes que, como el de Churruca, lamentablemente han ido cayendo en el olvido con el correr de los años. A pesar de todo, hazañas como seguir en su puesto cuando una bala de cañón le arrancó la pierna o pedir un barril de harina en el que meter el muñón para evitar desangrarse y continuar combatiendo, siguen honrando a don Cosme Damián Churruca y Elorza, un brigadier vasco que, además de ser un reconocido científico y militar que estuvo 30 años al servicio de la Armada, murió como un héroe en Trafalgar combatiendo contra seis navíos ingleses a la vez.
El joven Churruca contaba 15 años cuando se enroló en la Compañía de Guardias Marinas de El Ferrol para completar su formación naval. Allí destacó entre el resto de sus compañeros hasta que se graduó en 1778. Una vez licenciado, recibió un ascenso como premio a su precocidad. A su vez, ese mismo año comenzaría su carrera como marino a bordo del navío San Vicente.
Después de navegar en varios barcos, el joven Churruca llevó a cabo su primera acción de guerra en 1781, cuando se enfrentó a los ingleses cuando, aprovechando la derrota de Inglaterra en la guerra de Independencia de los Estados Unidos, España llevó a cabo varias acciones navales para recuperar Gibraltar, como el asedio de la plaza en diciembre de 1781, y en el que Churruca participó. Pero el brioso ataque de la Armada resultó infructuoso ante la potencia de fuego de las baterías de costa inglesas, bien ubicadas en La Roca.
Varios años después, en 1788, el español inició una expedición científica con los buques Santa Casilda y Santa Eulalia, y se embarcó en el segundo viaje que partía hacia el extremo meridional de Sudamérica para explorar el estrecho de Magallanes a las órdenes del capitán de navío don Antonio de Córdova, y con su amigo Ciriaco Cevallos. Churruca fue el encargado de cartografiar el Estrecho y también de las observaciones astronómicas en esa zona austral.
Infortunadamente, una cruel dolencia atacó al guipuzcoano tras sus primeras misiones. Sufrió de escorbuto, una enfermedad muy frecuente entre los marinos de la época, y le dejó terribles secuelas durante toda su vida. Pero nada podía detener a este marino vasco ni sus ansias de aventuras. Por esto, en 1792 se embarcó como capitán en una expedición dirigida por don José de Mazarredo. El objetivo de la misión era llevar a cabo una serie de estudios hidrográficos para la reforma del atlas marino de América del Norte, que después serían muy utilizados en Europa. Tal fue el reconocimiento, que recibió el título de Capitán de Navío a su regreso en 1794.
Tras haber recorrido medio mundo, el ilustre marino decidió retomar su carrera militar y en 1799 embarcó en el navío de línea Conquistador que puso rumbo a la ciudad francesa de Brest. En aquellos días España era la gran aliada de Francia, cuya obsesión era acabar con el poderío marítimo de Gran Bretaña. Para conseguirlo, Napoleón contaba con la Armada española y sus mejores navíos de guerra para que se uniesen a la Marina francesa para formar una formidable escuadra combinada capaz de neutralizar a la Royal Navy.
La flota combinada franco-española se reunió en Brest y su plan era someter a Inglaterra a un bloqueo naval para luego proceder a la invasión de las islas Británicas. Esto provocó que varios capitanes españoles, entre ellos Churruca, se mantuvieran en Brest hasta el año 1802. A su regreso a España, Churruca solicitó el mando del navío de línea San Juan Nepomuceno, hermano gemelo del Santísima Trinidad, y a bordo del primero viviría sus últimas horas de la forma más heroica que se pueda imaginar.
El verdadero reto de Churruca llegó cuando fue llamado a combatir a la Marina británica cuando cercó a la flota combinada franco-española cerca del cabo Trafalgar, en las costas de Cádiz. Para todos los contendientes, pero especialmente para España, era muy importante el control del estrecho de Gibraltar. Napoleón había decretado el cierre de todos los puertos del continente europeo a los navíos ingleses, que tenían en Gibraltar su gran base naval para sus operaciones en el Mediterráneo. La batalla de Trafalgar se libró por el control del Estrecho y, por tanto, del Mediterráneo.
El 21 de octubre de 1805, frente a las costas gaditanas, se libró una de las batallas navales más importantes de la Historia. La flota combinada franco-española estaba formada por 33 navíos (15 españoles y 18 franceses) y la escuadra inglesa por 27; además de naves de menor porte, como varias fragatas, bergantines y corbetas por ambos bandos.
La victoria se antojaba difícil para la flota aliada, pues la escuadra británica estaba bien pertrechada y la mandaban los vicealmirantes Horatio Nelson (fue ascendido a almirante después de muerto) y Cuthbert Collingwood, como segundo, dos experiementados marinos, aunque Nelson había sido derrotado por los españoles en su asalto a Tenerife en 1797. La flota combinada la mandaba el inexperto almirante francés Villeneuve, y su segundo era el contraalmirante Dumanoir. Los oficiales españoles fueron relegados, a pesar de conocer mucho mejor las aguas del Estrecho.
A bordo del San Juan Nepomuceno, Churruca se preparó para la batalla sabiendo de antemano la ardua tarea que le esperaba, pero sin perder el ánimo en ningún momento. Tal era su determinación que, un día antes de entrar en combate, envió una carta a su hermano en la que se despedía diciendo: «Si llegas a saber que mi navío ha sido capturado por el enemigo, di que he muerto». No había duda, para el marino era la victoria o la muerte.
En medio del fragor del combate, Villeneuve ordenó a su flota una complicada maniobra para formar una extensa hilera para cañonear a los navíos ingleses. La flota combinada formó una línea demasiado alargada, y viró sin sentido; la escuadra inglesa se lanzó en formación de punta de flecha hacia el centro de la formación para romper la línea y partir en dos a la escuadra franco-española, ganando así una enorme ventaja.
Debido a la maniobra ordenada por Villeneuve, que no tuvo en cuenta los cambiantes vientos del Estrecho, que ralentizaron la maniobra, la batalla dio un inesperado vuelco a favor de los ingleses. Los navíos aliados se enfrentaron en clara inferioridad numérica a los británicos, mientras que algunos de sus compañeros todavía no habían entrado en combate. Precisamente esto le sucedió al San Juan Nepomuceno de Churruca, al que la ruptura de la línea le obligó a combatir contra nada menos que seis navíos británicos a los que puso en serios aprietos gracias a la competencia marinera del bravo capitán vasco al que, mientras dirigía el combate desde el puesto de mando, una bala de cañón le arrancó la pierna derecha por debajo de la rodilla. Sin embargo, ni siquiera una herida tan grave pudo inmovilizar a Churruca, que se mantuvo en su puesto e, incluso, arengó a sus hombres para seguir combatiendo con denuedo a pesar de que la derrota era segura. Se dice que al perder la pierna y no poder mantenerse en pie, Churruca ordenó que trajeran un barril de harina y allí metió el muñón para mantener el equilibrio.
Finalmente, y para desgracia de su tripulación, Churruca murió desangrado después de ordenar clavar la bandera de su barco para que no fuera arriada tras el abordaje inglés. A su vez, antes de morir, dio órdenes en el sentido de que nadie se rindiera mientras tuviera un leve soplo de vida. Mas, a pesar del heroísmo derrochado por Churruca y por los demás oficiales, así como por la tropa y marinería españolas, los ingleses vencieron en Trafalgar.
Aun después de muerto, como el Cid, el marino español protagonizó una última anécdota. Ésta se produjo cuando los seis capitanes ingleses pidieron al oficial de mayor rango del San Juan Nepomuceno que entregara, como era costumbre, la espada del capitán vencido a aquel de ellos que hubiera derrotado a Churruca. Entonces, y para sorpresa de todos, el español les dijo que deberían partir la espada en seis trozos pues, de haber atacado uno a uno, jamás habrían vencido al bravo marino de Motrico. Con su muerte, España perdió uno de sus mejores marinos, probablemente el más preparado y el único que tenía conocimientos geográficos comparables a los de los experimentados marinos ingleses.
Para la mayoría de historiadores españoles, y también europeos, la derrota en Trafalgar supuso el fin de la hegemonía y relevancia de la Armada española. Sin embargo no fue una derrota decisiva desde un punto de vista estrictamente militar, pues España pudo rehacer su flota en los años siguientes, pero sí supuso un impacto emocional tremendo en el imaginario popular. El resultado de la batalla, y sobre todo la gestión de la propaganda que hicieron de ella los británicos, provocó una terrible sensación de decadencia nacional y de debilidad por haber perdido el papel de gran potencia internacional para pasar a ser una nación de segunda fila, sobre todo después de la guerra de Independencia que se inició tres años después, y de la emancipación de las colonias españolas de América aprovechando la pérdida de la flota en Trafalgar. La guerra contra los antiguos aliados franceses, que se libró entre 1808-1812, supuso un esfuerzo devastador que arruinó los recursos económicos de España, que tardaría décadas en recuperarse. Desmoralizada y muy mal gobernada, España fue apartada de las negociaciones de paz del Congreso de Viena celebrado en 1815, tras las guerras napoleónicas, y quedó definitivamente fuera del llamado concierto de las naciones.

Navío de línea Santísima Trinidad hundido en 1805

viernes, 27 de abril de 2018

Derrota del filibustero inglés Francis Drake por los españoles


Los bucaneros y corsarios ingleses fracasaron en su propósito de dar caza a todos los barcos españoles que regresaban de Indias, como atestiguan las malogradas expediciones de John Hawkins y Martin Frobisher en 1589 y 1590. De hecho, un galeón contaba, solo como dotación en artillería, con 160 soldados bien adiestrados, o incluso más, frente a las tripulaciones corsarias de 30 a 40 individuos, reclutados entre exconvictos, ladrones y huidos de la justicia en su país. La piratería del siglo XVI en el Caribe español fue muy limitada e ineficaz por estos motivos, prefiriéndose atacar ciudades costeras desguarnecidas. Pero John Hawkins y Francis Drake —los mejores corsarios ingleses de la época— fueron muertos en una desastrosa expedición contra el Caribe español en 1596, al estar ya prevenidas de su llegada las plazas fuertes y ciudades costeras españolas.
El corsario Francis Drake, al servicio de la reina Isabel I de Inglaterra, realizó la segunda circunvalación al globo en 1579, lo que aprovechó para asaltar sobre la marcha las indefensas poblaciones españolas en el Pacífico, que no habían conocido hasta entonces una amenaza como aquella. A su regreso a Inglaterra, el filibustero Drake fue recibido como un héroe nacional y nombrado Sir por la Reina. Para ocultar el hecho de que los españoles ya habían dado la vuelta al mundo 55 años antes con la expedición de Magallanes y Elcano, los ingleses celebraron la supuesta hazaña de Drake como un hito de la navegación mundial, distorsionando una vez más la Historia. Durante años, la suerte acompañó al inglés, que secuestró a pilotos portugueses y españoles para acometer su gran gesta, pero su buena estrella le abandonó en el peor momento. La Armada española le devolvió parte de las afrentas recibidas en 1596, el año de su muerte y de su derrota más humillante.
Francis Drake consiguió su inmerecida fama como audaz marino saqueando los indefensos puertos españoles en el Caribe cuando Inglaterra y España ni siquiera estaban en guerra. Bajo el mando de su primo John Hawkins, aprendió con solo 13 años lo rentable que resultaba atacar los puertos españoles aprovechando sus deficientes defensas y el lucrativo negocio del contrabando de esclavos, prohibido por la Corona en las posesiones españolas de ultramar. Esto no evitó que sufriera en persona una derrota de envergadura en esos años. En 1567, Hawkins realizó su tercera acometida contra las posesiones españolas. Tras hacerse con 450 esclavos en Guinea y Senegal, puso rumbo al Caribe al frente de seis barcos. Una tormenta los obligó a dirigirse a Veracruz, donde, haciéndose pasar por la Armada española, forzaron al virrey, don Martín Enríquez de Almansa, a entregarles suministros. Para su desgracia, a los pocos días arribó a Veracruz la auténtica Armada española. Cuatro buques piratas fueron hundidos, 500 de sus tripulantes muertos y las ganancias del contrabando de esclavos confiscadas en su totalidad. Drake y su chusma lograron escapar milagrosamente, pero estaban resueltos a vengar aquella humillación en el futuro.
La primera actuación individual de Francis Drake lo bastante reseñable para ser mencionada ocurrió en 1572. Un año después de que la mejor generación de marinos españoles se doctorara en la batalla naval de Lepanto, Drake asoló indefensos puertos en el Caribe, entre ellos el de Nombre de Dios, en el istmo de Panamá, y Cartagena de Indias, y capturó un convoy español cargado de oro y plata con la ayuda del pirata francés Guillermo Le Testu. Esta acción reportó una gran fortuna a Drake e hizo que la reina Isabel le designara para la misión de atacar intereses españoles en el Pacífico.
La vuelta al mundo de Drake y sus hombres fue enormemente lucrativa. El botín obtenido fue valorado en unas 250.000 libras, una suma equivalente al presupuesto anual de la paupérrima Corona inglesa. El 4 de abril de 1581, la reina Isabel subió en persona al buque insignia de Drake y le nombró caballero allí mismo. De pronto el pirata se había convertido en un hombre respetable, con su escaño en el Parlamento y con responsabilidades en la Marina inglesa. En este contexto, con la guerra ya declarada entre ambos países, la Reina puso al corsario inglés al frente de una flota compuesta de 21 naves y 2.000 hombres con el objetivo de volver a atacar el Caribe español en 1586. Sin embargo, pese a los éxitos iniciales en Santo Domingo y Cartagena de Indias, el botín final de 200.000 ducados fue insuficiente para cubrir los daños registrados en 18 de los buques y la muerte de la mitad de la tripulación inglesa.
En 1587 Felipe II tomó la decisión de atacar a los ingleses en su casa. Los preparativos a cargo de don Álvaro de Bazán, uno de los héroes de la batalla de Lepanto, sufrieron el sabotaje de Drake, que el 29 de abril de ese año atacó el puerto de Cádiz y hundió una veintena de embarcaciones españolas en fase de construcción. En esa misma expedición, los ingleses capturaron cerca de la isla de San Miguel, en las Azores, una carraca portuguesa procedente de la India con un tesoro valorado en 140.000 libras.
Como parte de la estrategia para defenderse del ataque español en 1588, Drake fue nombrado vicealmirante de la flota inglesa bajo las órdenes del almirante Charles Howard. Una leyenda inglesa cuenta que Francis Drake se encontraba jugando a los bolos en la localidad de Plymouth cuando fue avisado de la llegada de la Armada que Felipe II había mandado contra la reina Isabel I. «Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles», afirmó el corsario antes de arrojar la siguiente bola. Un episodio inverosímil para esconder una verdad vergonzosa: la Armada sorprendió al grueso de la escuadra inglesa en puerto, sin tripulaciones y sin artillería. Drake y sus filibusteros, sin experiencia en guerra naval, se encontraban reparando y aprovisionando sus barcos tras un fracasado intento por emboscar a la Armada tras su partida y la flota de Plymouth estaba acorralada. Así, pues, no es en absoluto creíble que el pirata inglés dijera: «Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles». Se trata de una fanfarronada.
El duque de Medina-Sidonia, el comandante español, decidió seguir de largo en contra de la opinión de la vieja guardia de oficiales que había servido con su predecesor, don Álvaro de Bazán, que había fallecido durante los preparativos de la expedición. La decisión condenó a la Armada a vagar hacia el desastre sin objetivos claros, más allá de la quimera de recoger a las tropas de Flandes, algo en lo que don Alejandro Farnesio –comandante de la infantería de marina– no puso mucho empeño. Evitando el enfrentamiento directo con la escuadra española, aparte de algunos hostigamientos puntuales, Drake tuvo su momento de gloria en los combates de Plymouth, donde el capitán Diego Flores de Valdés rindió el galeón «Nuestra Señora del Rosario» al corsario inglés sin oponer resistencia.
Tras el fracaso de la Armada española en 1588, Isabel de Inglaterra se envalentonó y ordenó a Francis Drake lanzar un contraataque contra España, la conocida como «Contraarmada», que curiosamente tuvo un destino tan trágico como el de su precursora española. A falta de la experiencia española para la organización de una operación de grandes dimensiones, que tampoco había servido de nada a éstos, la aventura de la escuadra inglesa acabó en un irremediable desastre. El primer objetivo fue La Coruña, que albergaba algunos barcos supervivientes de la flotilla inglesa todavía en reparación. Y aunque los ingleses lograron desembarcar y tomaron parte de la ciudad, la actuación heroica de las milicias, entre las que se contaba la popular María Pita, forzaron la huida de los filibusteros sin obtener botín alguno. La derrota de la Contraarmada inglesa conllevó la muerte o deserción de tres cuartas partes de los hombres que componían la expedición
A continuación, Drake y su flota –formada por más de un centenar de barcos de distinto tamaño– se dirigieron a Lisboa con la intención de provocar un levantamiento portugués contra los españoles. El desembarco de cerca de 10.000 hombres para «liberar» Lisboa fue inicialmente un éxito, pese a que las epidemias ya empezaban a causar estragos entre las tropas angloholandesas. Sin embargo, la durísima guerra de desgaste que padeció el ejército de Drake durante su marcha hacia las inmediaciones de Lisboa y la brillante actuación de don Alonso de Bazán –hermano del célebre marino– al frente de una escuadra de galeras hizo imposible que la capital portuguesa fuera rendida. Al contrario, el 16 de junio, siendo ya insostenible la situación de los atacantes ingleses, Drake ordenó la retirada, que fue seguida de una asfixiante persecución a cargo de las fuerzas hispano-lusas. El resto de la campaña, que trasladó la acción a las islas Azores, tan solo sirvió para alargar la agonía de una expedición que, según el historiador británico M. S. Hume, fue un absoluto desastre.
Francis Drake fue condenado al ostracismo tras el fracaso, negándosele el mando de cualquier expedición marítima durante los siguientes seis años. Su oportunidad de resarcirse llegó cuando la reina Isabel, cansada de no haber cosechado nada más que derrotas desde 1588, volvió a depositar su confianza en él en 1595. El objetivo era de nuevo el Caribe. Aun así, la flota de buques corsarios para esta misión –financiada en su mayor parte por particulares– fue puesta bajo un mando compartido, dado que la confianza en el liderazgo de Drake seguía bajo sospecha. John Hawkins –ya muy deteriorado por la edad y enfrentado con Drake desde el fracaso de Veracruz– fue el otro almirante designado para la misión.

Definitivo desastre inglés en el Caribe

La expedición no pudo empezar de peor manera. En contra de la opinión de Hawkins, Drake ordenó atacar las islas Canarias y abastecerse allí antes de dirigirse al Caribe. Calculaba el filibustero inglés tomar Las Palmas –defendida por apenas 1.000 hombres, la mayoría milicianos– en cuestión de cuatro horas, pero los defensores rechazaron sin dificultad el primer desembarco. Con 40 muertos y numerosos heridos, la flota inglesa estimó inútil sacrificar más hombres en algo que se suponía iba a ser sencillo pero que resultó no serlo. La captura de un capitán inglés en este tropiezo en las Canarias reveló las intenciones de Drake y los suyos y permitió mandar aviso a las autoridades españolas al otro lado del Océano.
El desembarco inglés en Puerto Rico terminó con 400 hombres muertos. Los defensores españoles los recibieron con una flotilla de cinco fragatas formadas en hilera –de reciente construcción y adaptadas al escenario atlántico– apuntando sus cañones hacia los filibusteros. La flota inglesa tuvo que retirarse cuando las balas de los cañones españoles penetraron en la cámara de Drake justo cuando éste brindaba con sus oficiales por la victoria. El jefe de la flota corsaria salió ileso, pero dos oficiales fallecieron y otros tantos quedaron gravemente heridos. Además, la salud de John Hawkins se consumió por completo poco antes de los primeros combates, dejando a Drake como único comandante de la escuadra.
Pese al furioso recibimiento, los ingleses no desistieron y realizaron un desembarco masivo a la desesperada con barcazas en la noche del día 23. Drake ordenó acercarse en silencio a las fragatas, que se mantenían como celosas guardianas del puerto, para prenderles fuego con brulotes y otros artefactos incendiarios. Lejos de destruir los barcos españoles, solo uno quedó inservible, pero el fuego de los incendios iluminó la noche facilitando que los defensores rechazaran el desembarco enfilando sus piezas de artillería. La jornada acabó con 400 ingleses muertos.
Además de las nuevas fragatas destinadas a luchar contra los piratas, los españoles habían aprendido de sus errores defensivos. Cuando Drake decidió alejarse finalmente de Puerto Rico –previo paso por dos pequeños pueblos, Río del Hacha y Santa Marta, que le reportaron escasísimo botín– tuvo que descartar atacar Cartagena de Indias al ver las imponentes defensas con las que ahora contaba la ciudad. El objetivo, por tanto, se trasladó a Panamá, donde ordenó un doble ataque, por tierra y por mar, que tuvo un destino parecido a lo ocurrido en Lisboa siete años antes. Baskerville, al frente de 900 soldados, se dirigió por tierra hacia las cercanías de Panamá. En el camino se topó con un pequeño fuerte, el San Pablo, guarnecido por 70 hombres al mando de Juan Enríquez, que impidieron por dos veces el avance inglés. Cuando llegaron otros 50 hombres a reforzar la guarnición, Baskerville decidió poner pies en polvorosa. La persecución, entre muertos, heridos y prisioneros, se saldó con otras 400 bajas entre los filibusteros ingleses.
Desmoralizado, agotado y enfermo de disentería sangrante, Francis Drake buscó sin éxito posibles presas. El 27 de enero, estando fondeada la flota inglesa en la entrada de Portobello, Drake pidió que le pusieran su armadura «para morir como un soldado». Pero falleció durante la madrugada siguiente y su cuerpo fue lanzado al mar dentro de un ataúd de plomo, en contra de su voluntad de ser enterrado en tierra firme. Aún sin tiempo de velar su muerte, dos de sus herederos, su hermano Thomas y su sobrino Jonas Bodenham, se enfrentaron en el mismo buque por algunas de las pertenencias del pirata.
La desastrosa expedición de los filibusteros todavía tuvo que hacer frente a otra dura prueba: el viaje de regreso a Inglaterra. Así las cosas, llegaron a puerto solo ocho de los 28 buques iniciales y un tercio de los hombres.
La expedición de la Contraarmada inglesa se saldó con un estruendoso fracaso, y España dominó los mares hasta bien entrado el siglo XVII, pese a lo que siempre ha sostenido la propaganda inglesa. En la segunda mitad del siglo XVII fue Holanda, y no Inglaterra, la que disfrutaba de mayor poderío en los mares, derrotando Holanda a Inglaterra en la guerra que mantuvieron ambas naciones por la hegemonía marítima. Solo bien entrado el siglo XVIII Inglaterra tuvo algunos periodos de dominio marítimo salpicados por derrotas como la de Cartagena de Indias en 1741 o la captura de su doble convoy en 1780. O el fracaso de Nelson en el asalto a Tenerife en 1797. O la reconquista de Menorca, primero por los franceses, y después por los españoles en 1782.
España se declaró en bancarrota en 1598, a pesar de lo cual prosiguió con sus guerras en Flandes y con la reina Isabel de Inglaterra, que acabó endeudada hasta las cejas debido a la guerra con España y a la que libraba en Irlanda contra el rebelde Hugh O’Neil. A esto hay que sumar las plagas y hambrunas que devastaron Inglaterra debido a las malas cosechas y que causaron una gran mortandad entre la población.
A menudo se ha sostenido, incluso en España, que el origen del poderío marítimo inglés comienza con el desastre de la Invencible. Esto es absolutamente falso e inexacto; la guerra con España que se desarrolló entre 1585-1604 impidió a los ingleses mandar expediciones al Nuevo Mundo. Solo tras la paz negociada en 1604 pudo Inglaterra crear un establecimiento permanente en América del Norte. De hecho, fue el envío de la Armada en 1588 lo que provocó el fracaso de la colonia de Roanoke, al no poder recibir ésta suministros desde la metrópoli. También se ha venido enseñando a los escolares británicos que Felipe II de España pretendía conquistar Inglaterra, anexionársela, imponer el español como lengua y devolverla al catolicismo, y que gracias al fracaso de la Invencible en Inglaterra no se habla español. Totalmente falso, los objetivos de Felipe II eran mucho más modestos y realistas.
El propósito era desembarcar un cuerpo expedicionario y ocupar la capital inglesa, Londres, con los Tercios para obligar a los ingleses a negociar la paz según los términos españoles, lo que se consiguió en 1604, ya en tiempos del rey Jacobo. En este acuerdo de paz, España obtuvo el compromiso del Rey de dispensar un trato favorable a los católicos ingleses, y que cesasen las persecuciones, condenas e incautaciones de bienes de éstos. También se forzó a Jacobo I a no intervenir militarmente en el conflicto de Flandes, y se concedió licencia a los buques españoles para recalar en los puertos ingleses.
También se ha dicho que la Invencible fue diezmada por las inclemencias meteorológicas, regresando muy pocas naves a sus puertos en la Península. Tampoco esto es exacto. Se perdieron 20 de los 130 barcos por causas no relacionadas directamente con los combates en alta mar. La mayoría de los 20 barcos que se fueron a pique estaban muy dañados, lo que precipitó su hundimiento frente a las costas irlandesas. La mayoría de los barcos enviados —más de 70, entre ellos los mejores y más sólidos— volvieron a Santander y otros puertos peninsulares entre septiembre y octubre de 1588. Los tripulantes de los barcos a su llegada a puerto recibieron atención médica y tratamiento adecuado, salvándose así cientos de vidas.
Otra inexactitud es la que sostiene que la Armada española fue bautizada la «Invencible» por el rey Felipe II, jactándose éste de que ninguna escuadra extranjera podía derrotarla. Esto también es falso: el nombre que recibió la flota española fue el de «Grande y Felicísima Armada». El adjetivo de «Invencible» es un añadido, una invención de los cronistas y gacetilleros ingleses, que también han venido sosteniendo que los suyos apenas sufrieron bajas en las acciones contra la Armada, y que la victoria fue celebrada con júbilo. Pero lo cierto es que hubo poco que celebrar en Inglaterra.
Muchos marineros ingleses enfermaron a causa de un terrible brote infeccioso en su flota, llegando a sufrir hasta cerca de 10.000 bajas por motivos no relacionadas con los combates. No se celebró con entusiasmo la victoria, pues los marineros ingleses supervivientes protestaron airadamente porque llevaban meses sin recibir sus pagas, y muchos habían sido embarcados mediante levas forzosas o mediante engaños; emborrachándolos en tabernas y secuestrándoles después para embarcarlos.
La leyenda negra antiespañola, la propaganda patriotera inglesa, la literatura y el cine anglosajón, incluido el de Hollywood, han exagerado las gestas inglesas y han distorsionado los episodios históricos de una larga guerra que finalmente ganó España. Entre 1540 y 1650, de los 11.000 buques españoles que hicieron la ruta atlántica entre América y la península Ibérica, solo se perdieron 107 a causa de los ataques piratas.

Galeón español del siglo XVII entrando en Nueva York

miércoles, 18 de abril de 2018

La batalla naval de las Dunas


Esta decisiva batalla naval tuvo lugar el 21 de octubre de 1639 en la rada de las Dunas —o de los Bajíos, the Downs en inglés—, cerca de la costa del condado de Kent, en Inglaterra, y fue un enfrentamiento entre la Armada española y una escuadra holandesa.
En 1639 se formó en Cádiz una flota de 23 barcos y 1.679 hombres de mar para operar contra Francia y Holanda al mando de don Antonio de Oquendo. Zarpó la flota hacia Flandes y se unió en La Coruña a la escuadra de Dunquerque. Acompañaban a la Armada doce buques ingleses que transportaban tropas y dinero a Flandes para pagar a los veteranos de los Tercios que llevaban allí bastante tiempo combatiendo. A finales de agosto llegaron a La Coruña los navíos de don Antonio de Oquendo, fondeando fuera del puerto para permitir la salida del resto de la flota. Se reunieron así las escuadras de don Antonio de Oquendo, de don Martín Ladrón de Guevara, de Nápoles, con el general don Pedro Vélez de Medrano y el almirante don Esteban de Oliste. La de don Jerónimo Masibriadi, con la del almirante don Mateo Esfrondati procedente de Cádiz. Estaban formadas por el sistema mixto de contrata y embargo, llevando barcos de Ragusa, Nápoles, Dinamarca y Alemania, siendo un total de veintidós barcos, entre los que había pocos buques españoles. En La Coruña se unieron las escuadras de don Lope de Hoces, con don Tomás de Echaburu de almirante. La flota de Galicia, con el general don Andrés de Castro y el almirante don Francisco Feijoo. La de Dunquerque con el general don Miguel de Horna y el almirante don Matías Rombau. Éstas eran naves de asiento y embargadas, y provenían de Vizcaya, de la Hermandad de las Cuatro Villas, de Galicia, Portugal y Flandes. Se supone que eran 29 buques. Además, les acompañan 12 navíos ingleses fletados como transporte de tropas. Entre todas llevaban, según las versiones extranjeras, veintisiete mil hombres. Algunas versiones españolas los reducen a seis mil. En realidad debieron ser unos catorce mil, de los que ocho mil serían hombres de mar y de guerra, y el resto infantería.
Para el conde-duque de Olivares, los buques y dotaciones estaban en un estado excelente de preparación y adiestramiento, y no había salido armada como ésta desde la jornada de Inglaterra. Para el almirante Feijoo, de la escuadra de Galicia, estaban faltos de todo, la gente era forzada, no había bastantes artilleros y tenían poca experiencia en combate.
El 31 de agosto se hacen a la mar, dejando a los transportes ingleses navegar libremente, lo que fue un error, ya que los holandeses apresaron al menos a tres, con mil setenta infantes. La vanguardia la formaba la escuadra de Dunquerque, como expertos en aguas del mar del Norte. En el canal de la Mancha les esperaba el almirante holandés Martín Harpertz Tromp, con unas cuantas naves. Se avistaron las escuadras el 15 de septiembre al anochecer y, al amanecer del 16, Oquendo intentó abordar la nao capitana holandesa, no consiguiéndolo y recibiendo a cambio numerosos cañonazos que dejaron su nave casi desaparejada y con cuarenta y tres muertos y otros tantos heridos. A lo largo del día, se entablaron escaramuzas, con el único resultado de la voladura de una nave holandesa. El combate continuó el día 17, entre reyertas esporádicas con duelo artillero, sin permitir los holandeses que los españoles se acercasen a tiro de arcabuz. La dotación de los buques españoles incluía a infantes adiestrados en el abordaje, de ahí el interés de los holandeses en evitar el combate cuerpo a cuerpo. El día 18 se le unen a Tromp dieciséis naves, pero se mantuvo la misma táctica. Cayeron en el combate los almirantes Guadalupe y Ulajani, estando a punto de ser apresado el galeón de éste.
En estos tres días de combate, los contendientes agotaron toda la pólvora y municiones. Tromp entró en Calais, donde el gobernador le facilitó quinientas toneladas de pólvora, reparó sus buques, pudo desembarcar a los heridos y, en veinte horas, estar de nuevo en el mar listo para el combate. Oquendo podría haber hecho lo mismo en los puertos amigos de Mardique —hoy Fort-Mardyck, diez kilómetros al oeste de Dunquerque—, pero, dudando del calado de Mardique, donde pensaba que no podían entrar sus grandes galeones, dada la proximidad de la rada de las Dunas en la costa del condado de Kent, en Inglaterra, y considerando que los ingleses eran neutrales, decidió refugiarse allí, para intentar aprovisionarse y reparar sus barcos.
A los ingleses les disgustó la decisión española de recalar en su puerto, y el enfado se agravó por no haber saludado Oquendo a la bandera inglesa del almirante Pennigton, cuyo buque se encontraba fondeado en la rada. Ante el enfado inglés, y dada su precaria situación, Oquendo cedió. Los ingleses facilitaron el fondeadero interior a los españoles y se colocaron entre la armada española y la flota holandesa.
Oquendo intentó conseguir pertrechos de guerra, informando de su presencia al embajador de España en Londres y al gobernador de los Países Bajos, consiguiendo así refuerzos de marineros y soldados desde Dunquerque. Organizó transportes en buques ligeros para llevar a Flandes el dinero y los soldados que transportaba con ese destino. El 27 de septiembre, aprovechando una espesa niebla, organizó un convoy con trece pataches y fragatas que acompañaron a cincuenta y seis embarcaciones costeras —la mayoría pesqueros venidos de Dunquerque—, que llegó sin novedad a Flandes, pese a estar Tromp bloqueando la salida de la rada.
Éste mantuvo una escuadra fondeada en la salida de la rada y otra navegando por el Canal. Disponía de entre ciento catorce y ciento veinte naves, entre ellas diecisiete brulotes. El 20 de octubre, Oquendo llevaba un mes fondeado en la rada de las Dunas, cuando llegó el primer suministro de pólvora. Resultó escaso y lo repartió entre los galeones mejor artillados. Tromp tuvo noticias de ello y decidió atacar antes de que los españoles se hubiesen rearmado completamente, por lo que expone al almirante inglés que ha sido atacado por los españoles y que, por lo tanto, procede a atacarles. Lanza sus brulotes sobre la escuadra fondeada, pero los españoles pican amarras y se hacen a la mar. Entre la confusión producida por los brulotes y una espesa neblina, solo consiguen salir de la rada veintiún buques para enfrentarse a más de cien holandeses. Los demás varan en los bancos de arena y la costa de los Bajíos. Tromp lanzó tres brulotes contra la nao capitana de Oquendo. Éste consiguió desembarazarse de los tres, pero uno de ellos se enganchó en la proa del galeón Santa Teresa, de Lope de Hoces, que le seguía y que se perdió envuelto en llamas.
La batalla se entabló con los galeones españoles luchando de forma aislada contra fuerzas cinco veces superiores. Al anochecer, aprovechando la oscuridad, algunos navíos españoles consiguieron burlar a sus atacantes y, los que pudieron, se dirigieron a Mardique, a donde llegaron las naves de Oquendo, de Masibriadi y siete buques más de la escuadra de Dunquerque. Del resto de los barcos, nueve se rindieron; estaban en tan mal estado que tres se hundieron cuando eran llevados a puerto holandés. Los demás embarrancaron en las costas francesas o flamencas para no entregarse al enemigo. De los que habían varado en los Bajíos, nueve consiguieron llegar a Dunquerque. Las pérdidas españolas fueron estimadas por los holandeses en cuarenta y tres buques y seis mil hombres, y las holandesas estimadas por los españoles en diez buques y unos mil hombres.
Dicen que Oquendo, que estaba gravemente enfermo, dijo al llegar a Mardique: «Ya no me queda más que morir, pues he traído a puerto con reputación la nave y el estandarte». Hubo quien, desde España, vio la acción de Oquendo como una gran hazaña, puesto que había conseguido llevar los refuerzos y los dineros al ejército de Flandes y salvó la nao capitana y el estandarte real ante fuerzas abrumadoramente superiores.

Hombres de mar e infantes de marina españoles del siglo XVII

martes, 3 de abril de 2018

Victoria española en la batalla naval de Tenerife en 1797


En 1797 la tentativa británica de apoderarse de las islas Canarias acabó en la humillante derrota del entonces contraalmirante Horatio Nelson a manos del general español Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana. La conquista de las islas Canarias hubiese permitido a los británicos disponer de una base estratégica para asegurar sus intereses en el Atlántico y las rutas comerciales a América y la costa occidental de África. En julio de 1797, la Royal Navy a las órdenes de Nelson, se presentó en Tenerife con 9 navíos de guerra bien artillados y 3.700 infantes de marina prestos para desembarcar. El objetivo de esta fuerza naval era conquistar y ocupar las islas Canarias. Según el Almirantazgo, como cuatro décadas antes en Cartagena de Indias, la invasión iba a ser un paseo militar para la flota británica mandada por Nelson. El general Gutiérrez de Otero logró coordinar eficazmente, y en muy poco tiempo, un heterogéneo grupo de soldados regulares con pescadores, labradores y artesanos que, con la determinación y heroísmo de todo el pueblo tinerfeño, liderado por el general Gutiérrez, acabó con la arrogancia británica y culminó otra gran victoria española sobre los británicos. Nelson perdió su brazo derecho y fue hecho prisionero tras la dura batalla que se libró en la bahía de Santa Cruz de Tenerife el 25 de julio de 1797.


sábado, 3 de marzo de 2018

El mito de la imbatibilidad militar inglesa

El origen del mito de la imbatibilidad militar inglesa, sobre todo naval, está en la sucesión de victorias de la época napoleónica y en el inagotable aporte literario anglosajón, más allá del bulo por el burdo y crédulo montaje propagandístico del cine. Pero sigue incrustado en las mentes a nivel popular, menospreciando a los que fueron adversarios de los marinos ingleses a lo largo de los siglos, especialmente españoles, franceses, holandeses, alemanes, japoneses y, más recientemente, argentinos. Las derrotas inglesas incluyen las exitosas incursiones castellanas en la guerra de los Cien Años; el combate de Veracruz en el que John Hawkins fue derrotado en 1568; las derrotas frente a los holandeses durante el siglo XVII; el desastre en Santo Domingo en 1655; la derrota del almirante Nelson en Santa Cruz de Tenerife de 1797, una acción naval iniciada por el Almirantazgo británico para someter el archipiélago de las Canarias a la Corona británica. En esta acción, Nelson perdió un brazo y fue hecho prisionero. Asimismo, más de 13.000 británicos perdieron la vida por sólo 24 españoles. Hay que destacar también la derrota de Henry Harvey en San Juan de Puerto Rico, ese mismo año de 1797. También en las batallas terrestres los ingleses han embellecido su historia militar: en la decisiva batalla de Waterloo en 1815, fueron los refuerzos prusianos que llegaron en el último y decisivo momento, los que inclinaron el fiel de la balanza. El asedio de Jartum, que fue un episodio bélico que se encuadró dentro de la colonización del Sudán por los británicos, concluyó el 26 de enero de 1885 cuando la guarnición y los civiles fueron pasados a cuchillo, incluido el comandante británico de la plaza, el general Gordon.
La Royal Navy también fue batida en batalla naval de las islas Coronel en 1914 por la Kriegsmarine; fracasó en la campaña de los Dardanelos en 1915, planificada por Winston Churchill en calidad de Primer Lord de Almirantazgo; que también fracasó en el posterior desembarco aliado en Galípoli. Hay que añadir el resultado incierto de la batalla naval de Jutlandia en 1916. Si bien es cierto que la Flota Imperial alemana no logró romper el bloqueo naval británico, las pérdidas británicas fueron importantes. Ese mismo año se produjo la apabullante derrota en el Somme en 1916; sólo el 1º de julio, primer día de la batalla, los ingleses tuvieron más de 20.000 muertos. No les fue mejor en Yprés y Passchendaele en 1917, aunque el peso de la batalla y de las bajas lo soportaron canadienses y australianos, como en Galípoli dos años antes. La segunda Guerra Mundial también registró varios fracasos británicos: Dunkerque, donde los británicos tuvieron que reembarcar perseguidos por los alemanes; Tobruk, donde el mariscal alemán Erwin Rommel reconquistó la ciudad, en poder de los británicos, lo que significó un gravísimo revés. Días antes Rommel ya había vencido los británicos en la batalla de Gazala, el 15 de junio de 1942, que tuvo un saldo de 98.000 bajas británicas y 540 carros de combate destruidos o averiados. El grueso del ejército inglés huyó hacia Tobruk, Rommel avanzó sin darles tiempo a los británicos a reorganizarse. Libia era una colonia italiana y la ciudad había sido fuertemente fortificada debido a su proximidad con la frontera egipcia. Tobruk tenía una ubicación estratégica ya que su puerto se encontraba protegido y permitía recibir suministros. La ciudad había sido tomada por los británicos en 1940 tras expulsar a los italianos y fue sitiada desde el 10 de abril al 27 de noviembre de 1941 por el Afrika Korps. Durante el sitio de Tobruk se desencadenaron cruentos combates entre tropas australianas y las fuerzas del Eje. Después de 240 días, el sitio fue levantado por los alemanes a causa, sobre todo, de la falta de combustible para sus blindados. La retirada alemana sirvió para que ambos bandos se reabastecieran y reorganizaran, ahora Rommel estaba nuevamente a las puertas de Tobruk. En El Alamein, en África del Norte, las brigadas acorazadas británicas fueron derrotadas por Rommel que lanzó un contraataque inmediato y los carros blindados italianos desbordaron a los atacantes australianos antes del mediodía. Los británicos y los australianos sufrieron más de 1.000 bajas sin obtener ninguna ganancia. El famoso VIII Ejército británico estaba agotado, y el 31 de julio de 1942 el general inglés Auchinleck ordenó concluir las operaciones ofensivas y consolidar las defensas para organizar una contraofensiva importante. Pocos días más tarde fue destituido por Winston Churchill.
En el mar hay que destacar el hundimiento de los cruceros de batalla HMS Hood por el legendario acorazado alemán Bismarck, y del HMS Prince of Walles por la aviación naval japonesa. La caída de Singapur en manos niponas y la rendición más grande de los militares británicos en su historia: 80.000 soldados fueron hechos prisioneros cuando Japón invadió la fortaleza británica de Singapur en febrero de 1942. Resaltar los desastres de Montgomery que Patton tuvo que enmendar en África e Italia. La lista sólo contempla unas cuantas derrotas británicas del total. Los ingleses han gozado siempre de la fama con que les gustaba inflar su protagonismo en acciones militares, ocultar derrotas como la acontecida en Cartagena de Indias en 1741 y sostener mitos imposibles a través de una portentosa propaganda. Sus exageraciones van desde afirmar que ninguna fuerza de invasión ha logrado desembarcar en suelo británico, obviando la conquista romana, la de los sajones en el siglo V, las incursiones vikingas del siglo IX y la conquista normanda de 1066. Hay que recordar que tras la batalla de Cornualles, en 1595, don Juan del Águila atacó con éxito varias villas inglesas. Esta acción se llevó a cabo siete años después del desastre de la Invencible que, según los ingleses, supuso el definitivo ocaso de la Armada española. Falso.
Los mitos ingleses tienen distintas formas y se extienden a lo largo de los siglos, pero resultan incapaces de ocultar la obviedad de que todos los países tienen sus desastres y la larga lista de fracasos de Inglaterra es tan extensa como la de cualquier otro país. No obstante, parte del mito asegura que la imbatibilidad y la superioridad de los ejércitos ingleses comenzó más tarde, durante el reinado de Isabel I Tudor, cuando se produjeron los ataques del corsario Francis Drake y el fracaso de la Felicísima Armada, pero también el de la Contraarmada inglesa. Tres décadas antes, en 1558, las tropas francesas dirigidas por Paul de Thermes se enfrentaron a las españolas de Felipe II en una guerra de resultado incierto hasta que una flotilla compuesto por buques corsarios bombardeó por sorpresa la retaguardia francesa. Aquella acción determinó en buena parte la victoria en la batalla de las Gravelinas, si bien quedaron dudas sobre cuál era la bandera de aquellos barcos. Los cronistas ingleses no tardaron en afirmar que se trataba de barcos británicos –entonces aliados de España por el matrimonio de Felipe II y María Tudor–, a pesar de que lo más probable es que se tratara de la flota guipuzcoana. ¿Qué pudo llevar a los ingleses a achacarse una participación que nunca tuvieron?
Dadas las características geográficas de las islas Británicas, los ingleses han podido centrarse a lo largo de su historia en tener la mejor flota, en detrimento de sus fuerzas terrestres, y se han implicado lo mínimo e imprescindible en las guerras continentales. Lo que resulta más complicado es delimitar cuándo se cimentó esta fortaleza naval, que se suele situar de forma imprecisa en aquel duelo entre Felipe II e Isabel I. A decir verdad, Inglaterra ni siquiera salió bien parada del conflicto. Los exitosos ataques al Caribe español, el fracaso de la conquista inglesa y los sucesivos saqueos de Cádiz fueron compensados con la llamada Contraarmada, que devino en un desastre casi de la misma magnitud que el de la Armada de Felipe II y en una serie de victorias españolas a lo largo de la siguiente década. En 1592, el marino Pedro de Zubiaur dispersó en las costas francesas un convoy inglés de 40 buques; en 1596, el pirata Francis Drake y su mentor, John Hawkins, se estrellaron en el Caribe, donde pretendían repetir los lucrativos saqueos de su juventud y hallaron la muerte frente a poblaciones que habían fortificado los españoles tras la experiencia de Cádiz. Por esa época se produjeron las incursiones de don Juan del Águila en Cornualles e Irlanda, donde intentó encabezar una rebelión contra los ocupantes ingleses. El Imperio español perdió a largo plazo su cetro de potencia naval en parte por aquel pulso, pero el tratado que puso fin al conflicto evidenció quién había ganado a corto plazo. Las negociaciones entre ambos países desembocaron en el Tratado de Londres del 28 de agosto de 1604. Los historiadores coinciden en señalar que se trata de un acuerdo de paz muy favorable a España, pues no sólo obligaba a los ingleses a cesar en su apoyo a los rebeldes holandeses, sino que en uno de sus artículos autorizaba a los barcos españoles a emplear los puertos británicos para refugiarse, reabastecerse o repararse, es decir, que ponían a su disposición toda la red portuaria inglesa.
En lo referido al corso que había precipitado la guerra, el artículo sexto obligaba a ambos países a renunciar a la actividad pirata, sin letra pequeña. Muchos creyeron que este punto sólo era papel mojado, entre ellos el último de los grandes corsarios isabelinos, Walter Raleigh, quien se embarcó por entonces en una expedición a América que le reportó un escaso botín. De vuelta a Londres, Raleigh fue detenido y ejecutado por un delito de piratería a instancias del embajador español. Todavía faltaba mucho tiempo para que Inglaterra fuera una potencia marítima realmente temida. Tras el pacífico reinado de Jacobo I, su sucesor Carlos I inició una guerra contra el Imperio español en parte como represalia a lo que él consideraba un humillante trato durante las negociaciones para casarse con una infanta española. Sin embargo, la guerra no dio los resultados esperados y, en 1625, un ataque naval contra Cádiz terminó con una estrepitosa derrota para Carlos Estuardo, causándole el descrédito ante sus súbditos. Varias derrotas más, incluida la Rendición de Breda donde había tropas inglesas desplegadas, llevaron a Inglaterra a firmar la paz en 1630 y a dar por finalizada su participación en la Guerra de los Treinta Años. Los costes del conflicto y la mala gestión se sumaron a las disputas entre la Monarquía y el Parlamento que se alargaban desde el anterior reinado. Todo ello desembocó en la Guerra Civil inglesa de la década de 1640 y en la ejecución del Rey, que fue derrotado por las fuerzas puritanas lideradas por el dictador Oliver Cromwell. Otro episodio sórdido de su historia que los ingleses suelen obviar, o endulzar en el cine con patrióticas versiones que ahora ensalzan la figura del rebelde, cuya calavera acabó colgada del puente de Londres, varios años después de su muerte.
Francia y España no supieron aprovechar el momento de debilidad de Inglaterra, sumida en una guerra civil, para sacar ventaja. Por el contrario, a pesar de ser dos monarquías católicas, se enzarzaron en un conflicto fratricida dentro de la Guerra de los Treinta Años que  culminó con la debacle española en Rocroi 1643, lo que, a pesar de la vitoria de los Tercios españoles en Nördlingen (1634) sobre los protestantes sajones apoyados por la infantería sueca, supuso la derrota de España, que tuvo que firmar la Paz de Westfalia en 1658 que dio fin a la guerra de los Treinta Años que había asolado Europa desde 1618, y creó el primer sistema internacional de tratados abogando por la secularización de la política, lo que de paso acababa con las guerras de Religión que venían arrasando el Continente desde el siglo anterior. El siglo XVIII vivió el ascenso de Inglaterra a gran potencia naval, lo que no evitó que incluso una potencia en declive como España pudiera causarle importantes derrotas. El saldo de éxitos es lo bastante amplio como para hablar de dos rivales con un balance de victorias y derrotas muy equilibrado. La gigantesca flota de Edward Vernon se estrelló en su intento de conquistar Cartagena de Indias en 1741; una flota franco-española venció a otra inglesa en 1744 en Tolón; y durante la guerra de Independencia de las 13 Colonias americanas de Gran Bretaña hubo apoyo francés y español a los rebeldes. Destacan las batallas de Baton Rouge (1779) y Pensacola (1781) donde las fuerzas españolas al mando de Bernardo Gálvez derrotaron a las británicas y recuperaron Florida para España. Los ingleses quisieron devolverle la puñalada a España y enviaron a la Legión británica para apoyar al general rebelde Simón Bolívar en la guerra de Independencia del antiguo Virreinato español de Nueva Granada (1810-1823) y combatieron en las batallas de Boyacá y Carabobo.
Una década después, el propio duque de Wellington calificó como «hez de la tierra» a la British Auxiliary Legion, el contingente militar que los británicos enviaron a España para combatir a los seguidores del infante Carlos María Isidro de Borbón en la primera guerra Carlista. Su misión ha pasado casi desapercibida. La escasa –o nula– experiencia militar que se requería para su ingreso, hizo que la Legión Británica se fuera nutriendo de gente desempleada que encontraba así una solución transitoria a sus problemas económicos. El Annual Register afirmaba que los destacamentos estaban formados por haraganes de Londres, Mánchester y Glasgow, e incluso citaba una anécdota protagonizada por el brigadier Shaw, que recibió una carta de un banquero felicitándole por dejar limpia de truhanes a Escocia. Los periódicos liberales, por el contrario, alababan las virtudes y la heroicidad del cuerpo que se estaba forjando y que pronto combatiría a los carlistas. Exageradas o no estas descripciones, la Legión Auxiliar Británica fue, ciertamente, una tropa de mercenarios y oportunistas que acudía al combate simplemente por el interés económico de la rapiña. Tanto es así, que junto a la soldadesca reclutada en Irlanda, se formó un grupo paralelo con las familias de éstos, unos 250 niños y unas 500 mujeres, que les acompañarían a España.
Los británicos iniciaron su ataque desde San Sebastián el día 10 de marzo de 1837, ocupando Lezo y Ametzagaña. Al día siguiente, ante la nula resistencia ofrecida por la débil fuerza enemiga, dejó descansar a su tropa. El día 12 inició su ataque a Loyola, conquistando la localidad al día siguiente. El 14 marchó con el grueso de sus tropas por Ayete para ocupar Oriamendi, lo que consiguió realizar un día después. Pero ya esa misma noche del día 15 llegaron a Tolosa, tras una dura marcha, las tropas carlistas que habían rechazado a Sarsfield en Navarra y al amanecer el día, sin haber descansado, llegaron a Hernani, iniciando inmediatamente el combate. Las fuerzas isabelinas intentaron un ataque al flanco derecho de los carlistas, pero éste fue rechazado y una dura contraofensiva carlista en el centro del ejército isabelino desbarató la ofensiva enemiga. El ejército isabelino se retiró descalabrado, sin orden y con grandes pérdidas a San Sebastián. Una compañía de infantería de marina británica, cuya flota estaba fondeada en Pasajes, salió desde San Sebastián para cubrir la retirada de sus compatriotas. El que Inglaterra interviniese directamente con fuerzas regulares en esta guerra es un hecho insólito. Los ingleses al mando de Sarsfield partieron de Pamplona con sus importantes fuerzas el día 11 y se dirigieron a Irurzun para penetrar por allí en Guipúzcoa. Los carlistas, que tenían conocimiento del plan isabelino y, además, conocían la importancia de las fuerzas que habían de partir de Pamplona, enviaron contra ellas al grueso de sus tropas al mando del infante Sebastián, rechazándolas y obligándolas a volver a Pamplona el día 12. Los ingleses sufrieron grandes pérdidas y los restos mortales de varios oficiales y combatientes británicos que perecieron en esta batalla descansan en la actualidad en el popular «cementerio de los ingleses» del parque situado en el monte Urgull de San Sebastián. Los carlistas encontraron en entre su botín de guerra las partituras de una marcha inglesa y la adaptaron para convertirla en el himno oficial del carlismo como la Marcha de Oriamendi. Los mitos ingleses tienen distintas formas y se extienden a lo largo de los siglos, pero resultan incapaces de ocultar la obviedad de que todos los países tienen sus desastres y su incontable lista de derrotas pero los ingleses, a diferencia de los españoles, más interesados en promocionar la Leyenda Negra, han creado una alambicada leyenda de imbatibilidad que raya en la ficción épica.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Cuba y la guerra hispano-norteamericana de 1898

El hundimiento del Maine en el puerto de La Habana en 1898 fue el desencadenante de un conflicto armado entre España y Estados Unidos que culminó en la pérdida de las últimas colonias españolas en ultramar. La isla caribeña de Cuba era la joya de España en las Antillas por su valor comercial, agrícola y estratégico. Esta circunstancia ya había despertado el interés de Estados Unidos y los presidentes John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses S. Grant, ya habían hecho sendas ofertas a España para que cediese la soberanía de sus islas antillanas. Pero el Gobierno español siempre rechazó estas ofertas ya que, prestigio aparte, Cuba era uno de sus territorios más ricos y el tráfico comercial de su capital, La Habana, era comparable al que registraba en la misma época Barcelona. Con la excusa de asegurar los intereses de los residentes estadounidenses en la isla, el Gobierno estadounidense envió a La Habana el acorazado de segunda clase Maine. El viaje era más bien una maniobra intimidatoria y de provocación hacia España, que se mantenía firme en el rechazo de la propuesta de compra realizada por los Estados Unidos sobre Cuba y Puerto Rico. El 25 de enero de 1898, el Maine hacía su entrada en La Habana sin haber avisado de su llegada a las autoridades españolas, lo que era contrario a los usos diplomáticos de entonces. El Gobierno de Madrid no se amedrentó y reaccionó enviando al crucero Vizcaya al puerto de Nueva York.
El 15 de febrero de 1898, a las 21:40 horas una terrible explosión hizo saltar por los aires al Maine. De los 355 tripulantes, murieron 254 hombres y dos oficiales. El resto de la oficialidad disfrutaba, a esas horas, de un baile ofrecido en su honor por las autoridades españolas de La Habana. Sin esperar el resultado de una investigación, la prensa sensacionalista de William Randolph Hearst publicaba al día siguiente el siguiente titular: «El barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo». Otro reportero del diario The World en La Habana, Silvestre Scovell, trató de enviar el siguiente cable: «Un individuo desde un bote arrojó una bomba sobre el acorazado Maine que produjo la explosión…». El censor le dijo que eso era falso a lo que respondió el gacetillero: «Sí, pero es sensacional». Como el parte fue rechazado, lo envió clandestinamente por barco a Cayo Hueso y de allí lo transmitieron al diario neoyorquino donde fue publicada la información junto con un gran dibujo de la explosión. A fin de determinar las causas del hundimiento se crearon dos comisiones de investigación, una española y otra estadounidense, puesto que estos últimos se negaron a una comisión conjunta. Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada desde el exterior. La conclusión de la comisión española fue que la explosión era debida a causas internas. Los españoles argumentaron que no podía ser una mina como pretendían los norteamericanos, pues no se vio ninguna columna de agua y, además, si la causa de la explosión hubiera sido una mina, no habrían estallado los pañoles de munición. En el mismo sentido, también hicieron notar los técnicos españoles que tampoco había peces muertos en el puerto alrededor del buque de guerra siniestrado, lo que sería de esperar en caso de una explosión externa.
España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada por los periódicos de William Randolph Hearst, convencieron a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España. Los tabloides de Hearst pintaron una realidad paralela describiendo a los españoles como auténticos bárbaros que reprimían violentamente a los insurrectos cubanos, y airearon la historia de Evangelina Cisneros, una joven cubana que, supuestamente, habría sido torturada y violada por los españoles mientras se encontraba en prisión. Estados Unidos acusó a España del hundimiento y lanzó un ultimátum en el que se exigía la retirada de las fuerzas españolas de Cuba, además de empezar a movilizar voluntarios antes de recibir respuesta. Por su parte, el Gobierno español rechazó cualquier vinculación con el hundimiento del Maine y se negó a plegarse al ultimátum estadounidense, declarándole la guerra en caso de invasión de sus territorios, aunque, sin ningún aviso previo, Cuba ya estaba bloqueada por la flota estadounidense. En cuanto al hundimiento del Maine, varios estudios posteriores han llegado a la conclusión de que lo más probable es que la explosión fuese provocada desde dentro del buque, debido a una ignición espontánea o provocada de la santabárbara, común en los buques estadounidenses de la época a causa del cambio del tipo de carbón utilizado, ya que hasta la época de la construcción del Maine se usaban mamparos comunes para separar las carboneras de los almacenes de munición, pues utilizaban como combustible la antracita para alimentar sus calderas. Con el incremento de la construcción de buques de acero, la USS Navy, Marina de Guerra de los Estados Unidos, comenzó a utilizar carbón bituminoso que arde a una mayor temperatura, permitiendo por tanto alcanzar una mayor velocidad, pero mientras que la antracita no está sujeta a la combustión espontánea, el carbón bituminoso es considerablemente más volátil. De hecho, se había informado de incendios en las carboneras de buques de la Navy antes del hundimiento del Maine, varios de los cuales estuvieron a punto de provocar explosiones.
Consecuencias de la derrota española en ultramar
Mediante los tratados de París firmados el 10 de diciembre de 1898, se acuerda la independencia de Cuba, que se concretará en 1902, y España cede también Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam. Las restantes posesiones españolas en Oceanía (las islas Marianas, las Carolinas y Palaos), difíciles de ser defendidas debido a su lejanía y a la destrucción de buena parte de la Armada española, fueron vendidas a Alemania en 1899 por 25 millones de pesetas. No obstante, al terminar la guerra surgió una polémica interna en los Estados Unidos sobre el destino de las colonias españolas recientemente anexionadas. Hubo quien sostuvo el argumento de preparar a las nuevas naciones independientes para la democracia y quienes defendían el principio de autodeterminación nacional que figura en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En Filipinas, los insurgentes que habían peleado contra el colonialismo español pronto empezaron a luchar contra las tropas de Estados Unidos en una guerra que duró tres años y provocó la muerte de casi un millón de filipinos. Muchos intelectuales, como el filósofo William James y el presidente de la Universidad de Harvard, Charles Eliot, denunciaron estas acciones como una traición de los valores estadounidenses. Pero, pese a las críticas de los antiimperialistas, Estados Unidos comenzó a gravitar cada vez con más fuerza en toda el área del Caribe. El presidente Theodor Roosevelt propuso construir un canal interoceánico en Centroamérica, y en 1903 ofreció al Gobierno colombiano comprar una franja de tierra de lo que hoy es Panamá. Casi un millón de filipinos perdieron la vida en la guerra filipino-estadounidense (1899-1902) que surgió inmediatamente, cuando éstos lucharon contra los ocupantes estadounidenses, que se habían convertido en sus nuevos dueños. El millón de muertos (la gran mayoría civiles) representaban el 10 % de la población filipina. Fue la primera guerra de liberación nacional del siglo XX y algunos historiadores revisionistas hablan sin tapujos de un auténtico genocidio filipino, pues Estados Unidos ordenó a sus tropas no tomar prisioneros y matar a todos los mayores de diez años. Entretanto, al mismo tiempo que Colombia rechazaba la oferta de Roosevelt, se desató una rebelión en el área designada para la ubicación del futuro Canal de Panamá. Roosevelt apoyó la revuelta y rápidamente reconoció la emancipación de Panamá de Colombia. Unos días después, el francés Philippe-Jean Bunau-Varilla, que viajó a Washington como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la naciente República de Panamá, vendió a Estados Unidos la zona del Canal de Panamá que fue inaugurado en 1914.
Las tropas estadounidenses abandonaron Cuba en 1902, pero se exigió a la nueva república caribeña que otorgara la base naval de Guantánamo, y otras, a Estados Unidos. Asimismo se prohibió a Cuba suscribir tratados que pudieran atraer a otras potencias extranjeras. También se garantizó la capacidad de intervención de Estados Unidos en el nuevo estado a través de la Enmienda Platt, vigente hasta 1934. A Filipinas se le concedió un autogobierno limitado en 1907 e independencia absoluta en 1946. En 1952 el Congreso de los Estados Unidos aprobó para el territorio no incorporado de Puerto Rico un gobierno propio limitado. A pesar del dramatismo que la prensa española de la época atribuyó a la derrota militar de 1898, lo cierto fue que la emancipación de Cuba benefició económicamente a España porque después de la guerra grandes sumas de capital en poder de los españoles residentes en Cuba y en los Estados Unidos fueron repatriados y reinvertidos en España. Este flujo masivo de capital (equivalente al 25% del producto interior bruto español de un año) ayudó a desarrollar las grandes industrias en España en los sectores del acero, químico, financiero, mecánico, textil, astilleros y energías eléctricas. Sin embargo, las consecuencias políticas fueron serias. La derrota en la guerra comenzó el debilitamiento de la frágil estabilidad política conocida como la Restauración que había sido establecida por el gobierno de Alfonso XII. No obstante, este régimen aguantaría 30 años más y España mantuvo su neutralidad en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), lo que también la benefició económicamente de forma notable. La Restauración terminó con la proclamación de la II República en 1931. Pocos años después de la Guerra de Cuba, durante el reinado de Alfonso XIII, España mejoró su posición comercial y mantuvo estrechas relaciones con Estados Unidos, lo que provocó la firma de tratados comerciales entre ambos países en 1902, 1906 y 1910. España giraría su punto de atención hacia sus posesiones en África (especialmente el norte de Marruecos) y se rehabilitaría internacionalmente en la Conferencia de Algeciras de 1906.

USS Maine en 1898


martes, 19 de diciembre de 2017

Combate naval de El Callao el 2 de mayo de 1866

La escuadra española llegó a la isla San Lorenzo, frente a las costas de El Callao, el 26 de abril de 1866. Al día siguiente, Méndez Núñez, anunció al cuerpo diplomático acreditado en Lima, que daría un plazo de cuatro días para la evacuación de la ciudad antes del bombardeo. Nuevamente, la trasnochada caballerosidad española acabaría conjurándose en su contra. Este excesivo lapso de tiempo fue aprovechado por las autoridades peruanas para ultimar la organización de la defensa de la ciudad, y de los cuerpos auxiliares, como las brigadas de bomberos formadas por extranjeros residentes en El Callao. Desde luego, si el ataque hubiese sido llevado a cabo por británicos, norteamericanos o alemanes, no habrían otorgado ningún plazo de gracia a los peruanos para que evacuasen la ciudad; habrían iniciado el bombardeo y, luego, sobre las ruinas de El Callao habrían exigido, sin más, la rendición incondicional de la plaza. La Escuadra española del Pacífico estaba compuesta, el día del combate, por la fragata blindada Numancia, las cinco fragatas de hélice Blanca, Resolución, Berenguela, Villa de Madrid y Almansa, esta última enviada para reforzar la flotilla de Méndez Núñez junto con el transporte artillado Consuelo arribando al teatro de operaciones el 15 de marzo; la corbeta de hélice Vencedora y siete buques auxiliares: los vapores de transporte Marqués de la Victoria, Paquete del Maule, Uncle Sam y Matías Cousiño y los transportes a vela Mataura, María y Lotta and Mary. La escuadra española contaba en total con 272 cañones: 270 montados en los navíos de guerra y en sus embarcaciones menores, y 2 en el Marqués de la Victoria.

En el combate participaron únicamente los buques de guerra, quedando el resto de unidades como naves auxiliares en tareas de socorro o de alojamiento para los refugiados españoles procedentes de El Callao. De los 270 cañones de la Escuadra, hay que descontar la mayor parte de los cañones de las embarcaciones menores, que no participaron, y los 2 inservibles de la Villa de Madrid, que habían implosionado en el transcurso del combate de Abtao. En la otra parte, la defensa de El Callao consistía en una serie de baterías de costa que se habían emplazado al norte y al sur de la ciudad y en el muelle, en tanto que buques de guerra —los monitores Loa y Victoria y los vapores Tumbes, Sachaca y Colón— se situaron en el centro, a las órdenes del capitán de navío Lizardo Montero Flores. La comandancia general de baterías del norte la tenía el coronel José Joaquín Inclán; en las defensas de este sector sobresalía Torre Junín, y el fuerte Ayacucho cerca de la estación del ferrocarril. En el sector sur, al mando del general Manuel González de la Cotera, las principales defensas eran el fuerte Santa Rosa y Torre La Merced. Contabilizaban un total de 69 cañones, 56 en las baterías y 13 en los buques de guerra. De este total, pueden obviarse los 6 cañones de la batería Zepita, pues no participaron en el combate por estar orientados a la Mar Brava. De estas 63 piezas de artillería cabe destacar los llamados «cañones monstruosos»: 4 piezas Armstrong de 300 libras y 5 Blakely de 500 libras. También se colocaron una serie de torpedos fijos (minas) delante de las baterías de la zona sur, seis canoas-torpedo en la zona norte, y un torpedo de botalón sujeto al vapor Tumbes, atracado en el muelle. El general Juan Buendía estaba al mando de los batallones de infantería y caballería situados a lo largo de la línea del frente, detrás de las baterías que tenían la misión de repeler el ataque en caso de que se produjera un desembarco, lo que, sin embargo, nunca estuvo en los planes de la Flota expedicionaria española. A las 11:30 la fragata española Numancia largó la señal de zafarrancho de combate. La escuadra se dividió en dos grupos. El primero (I División), compuesto por la propia Numancia, la Blanca y la Resolución se dirigió hacia las defensas de la zona sur. El segundo, compuesto por la Berenguela y la Villa de Madrid (II División) y por la Almansa y la Vencedora (III División), se dirigió hacia el norte. La II División debía atacar las defensas de la zona norte y la III tenía que enfrentarse a la flotilla peruana y bombardear el muelle. A las 11:50 la Numancia inició el bombardeo; a continuación lo hicieron la Blanca y la Resolución. Al tercer disparo del buque-insignia español, los cañones de la Torre de La Merced respondieron al ataque. Afortunadamente para los buques españoles, al poco de comenzar el combate, el Cañón del Pueblo, un Blakely de 500 libras, tras realizar su primer disparo descarriló por el retroceso, quedando inservible durante el resto del combate. A las 12:30 la Berenguela llegó a su posición, abrió fuego contra las defensas del norte y fue respondida desde las baterías peruanas. Algo más tarde de las 12:30, un disparo probablemente procedente del monitor Loa fue a parar a la barandilla del puente de la Numancia, donde se encontraban el capitán de navío don Juan Bautista Antequera y Bobadilla y don Casto Méndez Núñez, comandante general de la Flota española. La bala produjo heridas de cierta gravedad a Méndez Núñez, negándose a abandonar su puesto de mando hasta que se desvaneció a causa de la abundante pérdida de sangre.

Entre las 12:45 y las 13:00, la Villa de Madrid llegó a su destino, siendo alcanzada poco después por un cañón de la Torre Junín, que la dejó inmovilizada. La Vencedora tuvo que remolcarla para alejarla del frente. Pasadas las 12:45 la Torre Junín cesó el fuego. A las 13:00 una granada, muy probablemente disparada desde la Blanca, cayó sobre los saquetes de pólvora de uno de los cañones de la Torre de La Merced, provocando una gran explosión que destruyó la Torre matando a la mayor parte de los defensores que allí se encontraban. Algo más tarde de las 13:00, la Berenguela recibió una bala de 500 libras proveniente del fuerte Ayacucho; el impacto se produjo bajo la línea de flotación y produjo un incendio. Sofocado el fuego, y contenida la vía de agua, el buque se retiró. A las 14:30 una enorme granada explotó en la batería de la Almansa, provocando un incendio que impidió al barco continuar el bombardeo hasta las 15:00. A las 16:00 únicamente tres cañones del fuerte Santa Rosa responden desde tierra al fuego español. Según fuentes españolas eran los únicos que lo hacían en aquellos momentos. A las 16:45 la Flota española decide dar por finalizado el combate. A las 17:00 se da la orden de finalizar el bombardeo. A las 17:30 la Almansa detiene el cañoneo. Después de dar gracias a Dios y tres «vivas» a la Reina, la Numancia, la Blanca, la Resolución, la Almansa y la Vencedora salieron de la rada de El Callao y se dirigieron al fondeadero, donde esperaban el resto de barcos españoles. Sobre las 17:50, cuando la escuadra atacante ya estaba cerca de la isla de San Lorenzo, los tres cañones del fuerte Santa Rosa que aún respondían al fuego español, efectuaron sus últimos disparos. Según el parte dado por Méndez Núñez estos se realizaron sin munición. El último disparo lo efectuó el monitor peruano Victoria. A las 18:00 la escuadra española llegó al fondeadero.

El resultado del combate ha sido materia de controversia. Según la versión difundía por el almirante don Casto Méndez Núñez y los demás combatientes españoles, la casi totalidad de las baterías del puerto de El Callao fueron silenciadas antes de retirarse los barcos españoles, solo tres cañones del fuerte Santa Rosa continuaron disparando. Esta versión está respaldada por el capitán de la corbeta francesa Venus, presente durante el combate. También se sustenta la victoria española en el hecho de no haber sido hundida una sola de sus naves y que, si bien dos de ellas (la Berenguela y la Villa de Madrid) sufrieron daños de consideración, y fueron puestas temporalmente fuera de combate, esto no les impidió realizar el viaje de regreso a España. Las fuentes peruanas, por su parte, afirman que las baterías mantuvieron el fuego durante todo el combate y, a excepción de la ubicada en la Torre La Merced (que implosionó), no sufrieron daños que les impidieran continuar disparando; por otra parte, en lo que se refiere a la población y el puerto los daños materiales fueron escasos, de igual manera en los buques defensores; respalda esta versión el testimonio del comodoro estadounidense John Rogers, que presenció el combate desde la cubierta del Powhatan. Hay que señalar que los «escasos» daños sufridos por la población civil y la ciudad se deben a la humanidad de los españoles. No olvidemos que se concedieron, absurdamente, cuatro días para evacuar la ciudad, y que los artilleros españoles centraron el fuego en las fortificaciones del puerto, no en el casco urbano. Lo que los peruanos se atribuyen como mérito, se debió, una vez más, a la mal pagada generosidad de los españoles.

La fragata acorazada Numancia en 1866