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sábado, 26 de enero de 2019

Brujas, sanadoras y parteras


En la Edad Media y aún en el Renacimiento las mujeres que tuvieran conocimientos sobre plantas, animales y minerales eran consideradas brujas. Muchas preparaban ungüentos para curar, eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras, simplemente por estos conocimientos muchas mujeres fueron quemadas vivas, ahogadas o ahorcadas por la ignorancia de sus contemporáneos y el fanatismo de los clérigos de entonces. Recordemos, a guisa de ejemplo, las injustas muertes de las célebres Brujas de Salem o el de las de Zugarramurdi en el norte de España a principios de siglo XVII, y a las que hemos dedicado un artículo en este mismo Blog.
A medida que se fue imponiendo el cristianismo en el mundo antiguo, las arcaicas divinidades y los genios de la Naturaleza fueron reconvertidos en demonios y anatemizados por la Iglesia como malos espíritus, y condenados al fuego eterno del infierno. Un velo oscuro se fue extendiendo sobre el universo mítico, sobre la vieja tradición heredada.
Una de las diosas más antiguas de la magia en la Antigüedad clásica es Hécate. Junto a la diosa lunar Artemisa y a Perséfone, compañera de Hades por la fuerza en el inframundo, las tres diosas conforman una tríada mágica. Se considera a Hécate como la divinidad que preside la magia y los hechizos y está ligada al mundo de las sombras. Se aparece a los magos y a las brujas con una antorcha en la mano o en forma de distintos animales, yegua, perra, loba, etcétera. Le es atribuida la invención de la hechicería. Hécate como maga, preside las encrucijadas, los lugares por excelencia donde reside la magia. En ellas se levantaba su estatua, en forma de una mujer de triple cuerpo o bien tricéfala, señalando sus tres edades: juventud, madurez y ancianidad. Estas estatuas eran muy abundantes en los campos y en los cruces de caminos, y a sus pies se depositaban ofrendas.
Otra maga del mundo antiguo es Circe, que no duda en utilizar su varita mágica para convertir en cerdos a los compañeros de Ulises en la Odisea de Homero, y ahí mismo ya la llaman bruja. Al igual que le pasa a Medea con los brebajes que prepara para Jasón. Los griegos nos regalan también a las Sibilas, eran seres mitológicos que vivían en grutas cerca de corrientes de agua. La primera Sibila es Herófila, que profetizó la Guerra de Troya, y le siguieron diez más siempre llamadas por su lugar de origen.
Durante muchos años la bruja era la única que se encargaba de la salud en los pequeños asentamientos. Es decir, curaba a sus vecinos y además solía ser la comadrona que ayudaba a sus hijos a venir al mundo. Sus conocimientos se trasmitían oralmente de madres a hijas, eran grandes conocedoras de la naturaleza y de lo que ésta podía ofrecerles.
Los antiguos emperadores, reyes, papas, nobles, etcétera, tenían médicos pero la gran masa de la población seguía consultando a estas curanderas o sanadoras, a las que respetaban con una mezcla de temor y reverencia, las llamaban como a las hadas buena mujer o bella dama, pero cuando las cosas se torcían y sus conjuros y pócimas no sanaban se las llamaba despectivamente brujas y hechiceras.
Pero entonces, ¿cuándo empieza a cambiar la situación de las brujas en la sociedad? Frente a lo que se cree popularmente, no fue la Inquisición española la que más hogueras prendió, sino la francesa. Y tampoco fueron los católicos los más encarnizados perseguidores de las brujas, sino los protestantes durante la Reforma de los ss. XVI-XVII, cuando la situación de estas mujeres cambia con respecto a la nueva Iglesia reformada de los protestantes calvinistas y luteranos, sobre todo en Alemania: solo Dios es capaz de curar el cuerpo y el alma, por lo tanto todo aquel que encamine sus prácticas a perseguir este fin será encarcelado, juzgado y ajusticiado. Son muy diversas las personas ajusticiadas en nombre de Dios, niños, niñas, hombres, mujeres, judíos, moriscos, profesionales de distintos ramos, condición, etcétera, pero sobre todo mujeres acusadas de brujería por ejercer como parteras o sanadoras.
Durante siglos se ha hablado de las brujas y de sus pactos con el diablo, de su aspecto desaliñado, de los conjuros y hechizos que lanzaban para hacer daño a otros seres humanos, especialmente a los hombres. Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto? Cuenta una leyenda que la noche en que las brujas se reunían para celebrar su reunión o aquelarre, éstas se transforman en aves negras despojándose de su piel y dejándola en remojo dentro de tinajas. Mientras levantan el vuelo blasfeman contra Dios, sus ángeles y los santos. ¿Es cierta esta afirmación apócrifa? Un cuerpo físico no puede transformarse en otro ser vivo por mucho que la ciencia quiera y ni el alma ni el espíritu pueden abandonar el cuerpo porque son el cuerpo en sí mientras haya un halo de vida.
Las brujas, según el folclore popular, elaboraban pociones que bebían para convertirse en bellas jovencitas y así poder salir de su escondite a seducir y embrujar a los hombres del pueblo para servirse de sus atributos viriles y usarlos en sus conjuros. ¿Esto es cierto? En parte, es imposible transformar lo que es feo en algo hermoso, pero utilizar ciertos fluidos del hombre para hacer conjuros sí que es posible.
Según su propia leyenda negra, las brujas son las esclavas del diablo y los gatos negros son sus mascotas. El diablo entrega a cada bruja un gato negro para que en todo momento la vigile. Ellas podían recibir órdenes de su amo a través del gato ya que éstos podían hablar y comunicarse con ellas. Sin embargo, los gatos fueron venerados hasta la Edad Media. En esta época se pensaban que eran brujas convertidas y se dedicaban a cazarlos, torturarlos, quemarlos y cortarles la cabeza para utilizarla en sus conjuros. Una gran crueldad del ser humano fruto de su ignorancia. Los gatos suelen tener una relación más íntima con las mujeres que con los hombres. A los gatos siempre les ha rodeado un aura de misterio que los hace únicos, por esto son fieles compañeros de las mujeres, misteriosas también.
Fuera como fuese, la brujería siempre ha estado mal vista en las mujeres, no podían tener ningún tipo de conocimiento distinto al de las criadas, esposas y madres, siempre supeditadas a los deseos de sus compañeros masculinos: padres, esposos, hermanos e hijos.
Muchas mujeres jóvenes, cansadas de estar oprimidas y bajo las órdenes del señor feudal, del señor cura y hasta de su esposo, se reunían por las noches en el bosque para beber comer, bailar y usar sus ungüentos. Éstos son los famosos aquelarres de las brujas pasándoselo en grande. Solo necesitaban sentirse vivas, libres, sin ataduras, poder conectar con su propio espíritu y con los elementos (agua, aire, fuego y tierra). Una conexión con la Madre Naturaleza que las dotó de sabiduría. Al igual que hoy en día, en pleno siglo XXI, los jóvenes fuman y toman sustancias tóxicas y alucinógenas (drogas), en el Medievo, estas mujeres utilizaban belladona, beleño, opio, setas y otras plantas alucinógenas que se podían encontrar en el bosque o en campo abierto y manipular con facilidad. Ellas estudiaron de qué manera podían utilizarlas. Si las ingerían sufrían dolor de estómago, vómitos, diarreas y hasta la muerte por sobredosis o envenenamiento. Untarlo en la piel causaba reacciones alérgicas como erupciones, ronchas, quemazón, etc., lo que además las delataba En las únicas zonas que podían utilizar estos ungüentos sin dañarlas era en las axilas y en los genitales. Utilizaban palos de escobas para untar el ungüento y frotarlo por la vagina. A través de las mucosas llegaba con facilidad a la sangre y tenían alucinaciones. Se sentían liberadas por unas horas, ligeras, sin ataduras y la escoba era su medio de liberación. Por eso se relaciona a las brujas con las escobas, un elemento fálico después de todo, pero que cumplía una doble función como consolador para proporcionar placer sexual y, al mismo tiempo, para extender por la vulva la substancia alucinógena.


sábado, 28 de octubre de 2017

Las brujas en la literatura del Siglo de Oro

En el Siglo de Oro continua la poderosa influencia de La Celestina. Es el caso de Lope de Vega con la bruja-hechicera Gerarda de La Dorotea (1632) o con la de Fabia de El caballero de Olmedo. Pero la visión de la brujería no se agota con el personaje de Celestina sino que el mismo Lope de Vega y otros autores dramáticos, como Vélez de Guevara con El diablo está en Cantillana, ofrecen otras versiones. De las obras literarias del siglo XVII, Julio Caro Baroja destaca aquellas que abordaron en tono burlesco y satírico el tema de la brujería difundiendo así el escepticismo sobre la realidad de las brujas, especialmente entre las clases cultas. También las destaca Carmelo Lisión que llega a una conclusión más rotunda: «La literatura en general, y el teatro en particular, narcotizan las notas satánicas de la bruja vasconavarra y la esfuman en simple ironía y diversión placentera en unas pocas décadas. De esta manera el entremés sustituye al auto de fe. [...] De esta forma, y poco a poco, la figura de la bruja quedó reducida a un pelele carnavalesco en un teatro de guiñol, a un espantapájaros hueco en un campo sin fruto». Uno de los primeros en retratar a las brujas con humor fue Cervantes en El coloquio de los perros. Uno de los perros describe los hábitos de una bruja andaluza que había sido su ama, y que le había contado que había estado en un valle de los montes Pirineos, en una gira de la que le decía: «...[vamos] muy lejos de aquí, a un gran campo, donde nos juntamos infinidad de gente, brujos y brujas, y allí nos da de comer [el Diablo] desabridamente, y pasan otras cosas, que, de verdad, y en Dios y en mi ánima, que no me atrevo a contarlas, según son sucias y asquerosas, y no quiero ofender tus castas orejas…».
En el capítulo primero de El Buscón de Francisco de Quevedo, el protagonista alude de forma burlesca a su madre que era alcahueta, bruja y hechicera. Más sarcástico aún se muestra Quevedo en el entremés La endemoniada fingida, en el que un amigo y el marido de la supuesta endemoniada, disfrazados de demonios, apalean a un viejo que pretendía seducirla haciéndose pasar por exorcista, o en El aguacil alguacilado, como lo muestra el siguiente fragmento: «Mas dejando esto, os quiero decir que estamos [los demonios] muy sentidos de los potajes que hacéis de nosotros, pintándonos con garras sin ser averruchos; con colas, habiendo diablos rabones; con cuernos, no siendo casados... Remediad esto, que poco ha que fue Jerónimo Bosco allá, y preguntándole por qué había hecho tantos guisados de nosotros en sueños, dijo que porque no había creído nunca que había demonios de veras». Abundan también las obras teatrales en las que se muestran enredos en los que participan demonios, duendes, brujas, hechiceras, espíritus, astrólogos o endemoniados, como en el Entremés de los diablillos de Francisco de Castro o Duendes son alcahuetes y El espíritu folleto de Antonio de Zamora. En el Entremés famoso de las brujas de Moreto y en el Entremés de las brujas de Francisco de Castro, se llegan a parodiar hasta los aquelarres. Luis Vélez de Guevara en el El diablo cojuelo (1641) hace decir a don Cleofás, en lo alto de la torres de San Salvador de Madrid: «Vuelve allí y mira con atención cómo se está untando una hipócrita a lo moderno para hallarse en una gran junta de brujas que hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver en ella si no temiera el riesgo de ser conocido del diablo que hace de cabrón, porque le di una bofetada a mano abierta en la antecámara de Lucifer sobre unas palabras mayores que tuvimos...».


martes, 22 de agosto de 2017

El gato negro

Ocurría frecuentemente que las brujas se transformaban en animales. Leyendas, rondallas y tradiciones europeas están llenas de semejantes casos. He aquí, por ejemplo, la del gato negro:
«Un matrimonio joven vive con la madre de él. La nuera y la suegra no congenian. Cansado el esposo de los malos tratos que su propia madre ejerce sobre su esposa, deciden separarse. Ahora el joven matrimonio vive en una casa y la suegra en otra. A los escándalos de antes sucede una paz llena de ventura. El marido trabaja de sol a sol. Regresa del campo muy fatigado, cena y se acuesta sin perder tiempo. La esposa queda hilando junto al fuego. Son unas horas hermosas, repletas de dulces e íntimos pensamientos.
Pero, ¿qué hace ahí ese enorme gato negro? ¿De dónde ha venido? ¿Por qué mira con tanta fijeza? La mujer se siente desagradablemente sorprendida. El extraño huésped llega cada noche puntualmente. Ella se lo dice a su esposo y acuerdan que él se disfrazará de mujer y se quedará hilando frente a las llamas del hogar.
Así lo hacen. El gato negro comparece a la hora de siempre. Observa atentamente al hombre disfrazado con las ropas de su esposa y exclama:
—¿Eres hombre y estás hilando?
El hombre no se desconcierta.
—¿Y tú eres el gato… y hablas?
Le arroja una sartén de aceite hirviendo y el gato escapa chillando como una persona. Al día siguiente un vecino de la suegra les comunica que la vieja está gravemente enferma. El hijo acude sin perder tiempo a su lado y le pregunta qué es lo que le pasa.
—¿Qué me pasa? —exclama la madre—. ¡Me pasa el sartenazo de aceite hirviendo que me arrojaste anoche!»




Creencias y tradiciones de la brujería medieval

Veamos una relación de los hechos que tuvieron lugar en 1314, apenas siete años después del proceso sumarísimo contra los templarios, hechos cuyo protagonista fue un tal Juan el Rojo, quien murió en la hoguera. En efecto, Juan el Rojo declaró ante los jueces que se servía de las figuritas de cera para hacer morir al individuo que le indicaran. Se trataba, por lo visto, de un antecesor del moderno sicario o asesino a sueldo. ¿Cómo lo lograba? El brujo se procuraba cera virgen, a la que unía partículas de una hostia consagrada y unas gotas de los santos óleos, todo lo cual robaba en las iglesias, según él, protegido por los demonios a los que había conjurado para que le sirvieran. Una noche de martes o sábado, sin luna, y en un lugar alejado de la población, aguardaba a que fuese medianoche y entonces invocaba a las potencias infernales, mientras modelaba la figurita centrándose en la persona que debía morir; luego, le añadía cabellos, pedazos de uñas, etcétera, procedentes de la víctima, y la vestía con fragmentos de tela sin lavar de la misma procedencia. Fabricado así el maleficio, lo guardaba hasta el martes o sábado siguiente. Entonces, lo trasladaba a un lugar sagrado, y lo asperjaba con unas gotas de agua bendita, imponiéndole el nombre de la víctima elegida en una parodia de sacrílego bautismo. Después, entregaba la figura a quien se la había encargado, para que la fundiese a fuego lento invocando a Lucifer y en la muerte de su enemigo.
Indudablemente, el aquelarre o sabbat se remonta a épocas muy antiguas. Hasta el año 1000, en que el pueblo era capaz de crear sus santos y leyendas, la vida diurna tenía cierto interés para el siervo. Las celebraciones del sábado por la noche eran una reliquia del paganismo, aún toleradas por la Iglesia. Desde tiempo inmemorial, los hombres sencillos temían a la Luna porque influía sobre las cosas de la Tierra. Las ancianas adoraban a la Luna desde tiempo remotos, muy anteriores a la aparición del cristianismo. Pero alrededor del año 1000, la Iglesia quedó casi clausurada para los siervos, y apenas un siglo después, los oficios religiosos se habían tornado una ceremonia incomprensible para las gentes sencillas. De cuanto se representaba en los atrios de los templos, lo que mejor recordaban los siervos eran las partes lúdicas, como la escena del buey y la mula en el pesebre del Nacimiento… En los albores del siglo XIII, el poder real y el eclesiástico se hacían sentir cada vez con mayor peso sobre la clase campesina y, en general, sobre los más humildes. ¿Cómo podía liberarse el siervo de esta carga tan ominosa? No podía rebelarse contra el señor feudal, menos aún contra el rey… ¡Imposible pecar mortalmente atacando a la santa madre Iglesia! Entonces… sólo quedaba un recurso, atacar a Dios, a ese Dios que los abandonaba a su suerte, que les entregaba atados de pies y manos al rey, al señor feudal y a los príncipes de la Iglesia…
¿Y cómo atacar a Dios? Sencillamente, adorando a su enemigo, volviendo la mirada hacia Satanás, hacia el mal representado por éste y hacia las artes diabólicas; la hechicería, la magia negra, la brujería, la alquimia, la nigromancia… Era preciso rebelarse contra los poderes establecidos, liberar al siervo de sus pesares y de todas sus angustias con algo que le hiciera sentirse vengado de los que le oprimían, de aquellos que violaban a las hijas de los desdichados campesinos, que robaban sus míseras cosechas, que les negaban todo derecho a una vida digna amparándose en el «derecho» a hacerlo que les reconocía la Iglesia. ¡Y Lucifer estaba al acecho! ¡El diablo daba libertad, daba honores, riquezas… o al menos las prometía, a cambio del alma! El alma, algo que los siervos apenas comprendían qué podía ser o cuál era su naturaleza. Además, el alma no les daba de comer. Y así nació, o mejor dicho renació, la brujería, los aquelarres y orgías satánicas, remedo de las saturnales romanas, de las fiestas dedicadas a la diosa de la fecundidad, Astarté, y de las fiestas dionisíacas del paganismo clásico y también de las antiguas creencias celtas y germánicas. Pero… ¿cómo se celebraba un aquelarre?, ¿en qué consistía? Veamos la narración que hace de éste una bruja: «Ha llegado la hora… Es sábado y mi Señor me llama… ¡Ah, volveré a verle para adorarle! Pero antes debo untar mi cuerpo con el ungüento que tan grato le resulta… Sí, desnuda por completo, me unto todo el cuerpo… Ya está. Ahora, puedo volar hacia Él. Me tumbo en el jergón… Cierro los ojos… Y de pronto, un rayo de luz me anuncia que la Luna ha salido ya en los cielos. ¡Sí, ahora voy hacia ti… hacia el lugar de reunión! Sé que cabalgo, cabalgo, subo hasta la Luna, que me sonríe… ¡La Luna es mi cómplice! Veo por el sendero una procesión, la procesión de los discípulos y de los neófitos, de aquellos que desean ser iniciados en nuestros ritos, en nuestra antirreligión… Ah, he llegado al claro donde se celebrará el aquelarre… donde todas y todos adoraremos al Macho Cabrío, al Gran Cabrón… Sí, ya lo veo, sentado sobre una piedra, relucientes sus cuernos… enhiesta su poderosa verga… Ahora empieza la procesión y la adoración… El Macho Cabrío se vuelve de espaldas… y todos los presentes, uno a uno, le adoramos y besamos su ano... ¡Y empieza la fiesta! ¡Los cánticos se tornan cada vez más excitantes! ¡Todas, todas nos revolcamos por el suelo, buscando un bálsamo para nuestros pesares, a nuestros ardores! Después, llega la hora del sacrificio al Gran Cabrón. Traen a la víctima, una virgen atada de pies y manos y la colocan sobre la hoguera preparada a tal efecto. Arde la leña, se degüella a la doncella y es colocada sobre la pira. La sangre vertida es recogida en cuencos y repartida entre todos los presentes… ¡Ah, cómo vigoriza esta sangre! Volvemos a adorar al Macho Cabrío… ¡y la orgía sigue más frenética que antes! Circulan los manjares más exquisitos y las bebidas más embriagadoras, que nos agitan hasta el fondo de nuestras almas… ¡estas almas que hemos vendido de buen grado a nuestro amo, el Príncipe de los demonios!»
Los primitivos aquelarres no tardaron mucho en transformarse en lúgubres «misas negras». Estas ceremonias, en su origen, simbolizaban la redención de Eva, la hembra maldecida por el cristianismo. La mujer lo era todo en el aquelarre. Era la gran sacerdotisa oficiante, el altar (cuando la sacrificada era una doncella y no un animal), era la hostia con la que comulgaban todos los asistentes… ¡Era la culminación de la sexualidad! Para la misa negra se necesitaba una doncella. Desnuda, era colocada sobre el altar, en el momento en que los circunstantes, tal vez embriagados por bebidas afrodisíacas, empezaban a mostrar sus ansias sexuales. Y entonces empezaba el verdadero sacrificio: la violación de la doncella, con todo lo que este acto tenía de desafío a Dios. Se cometían mil acciones impuras sobre una hostia consagrada, y la víctima podía ser degollada y posteriormente descuartizada para que todos pudieran beber su sangre y comer su carne al tiempo que gozaban de las bendiciones ofrecidas a Satanás por la libación de su sangre. Pero las principales víctimas de la brujería fueron, desde luego, las propias brujas, en muchos casos infelices mujeres acusadas de brujería por maridos celosos, amantes despechados o pretendientes rechazados. Durante la Edad Media, la belleza era una maldición para una mujer del pueblo. Miles de presuntas hechiceras fueron conducidas a las llamas bajo falsos testimonios. En Alemania, por ejemplo, las últimas brujas fueron quemadas en Wurzburgo en 1749, y en Kempten en 1755, en plena Ilustración. Durante más de dos siglos, niños y ancianos, hombres y mujeres, sabios, eruditos y gentes del pueblo, pobres y ricos, feos y hermosos, fueron llevados a las cámaras de tortura y a la hoguera… Dos razones fundamentales explican el extraordinario incremento de los procesos a brujas durante aquel tiempo. Por una parte, la incompetencia y el fanatismo religioso de los jueces. En los procesos de brujería se había incluido además el procedimiento inquisitorial en virtud del cual cualquier juez estaba autorizado, e incluso obligado, a buscar brujas y a detener a las sospechosas, aun sin mediar denuncia contra la persona acusada. La venganza y la codicia —los bienes de los acusados pasaban a poder de los acusadores— hicieron que las denuncias se multiplicasen. Cierto que las personas acusadas de brujería disponían de un defensor, pero ¿qué podían esperar aquellos infelices de un defensor que ni siquiera se atrevía a hacer una defensa demasiado calurosa por miedo a ser acusado también de brujo?
La segunda de las razones fue la tortura. A principios del siglo XIV se estableció el precedente con los templarios; desde entonces fueron consideradas pruebas de convicción todas las confesiones hechas bajo tortura. La brujería era tenida como delito de excepción (delitum exceptum) y cualquier medio que la pudiese demostrar era considerado lícito. A la vista del terrible potro de tortura, ¿quién era el que no se confesaba culpable de los más espantosos delitos? ¿Quién era el que tenía suficiente entereza para resistir los tormentos y negar su culpabilidad hasta el fin? ¿Qué muchacha, ante la perspectiva de tener que dormir sobre montones de huesos —una de las torturas empleadas por los jueces de París— no confesaba haber mantenido relaciones sexuales con el diablo? A su confesión seguía la espantosa muerte en la hoguera, pero la muerte, comparada con la cruel suerte de suplicios que aplicaban los verdugos, era una piadosa liberación. 

Aquelarre u orgía satánica

viernes, 16 de junio de 2017

La temible hechicera Circe

Según la mitología griega, los padres de Circe fueron el titán Helios y la oceánide Periseis, y ella fue una poderosa hechicera que vivió en la isla de Eea y que, por medio de pociones mágicas, transformaba en animales a los que la ofendían. Circe era famosa por sus conocimientos de herbología, aplicándose en el estudio de las propiedades medicinales de las hierbas. El resto del tiempo lo pasaba trabajando en un gran telar. En la Odisea de Homero, el palacio de Circe es descrito como una tenebrosa mansión de piedra que se alzaba en el centro de la isla, en medio de un claro en un espeso bosque. Alrededor del palacio merodeaban leones y lobos, que en realidad eran las víctimas de su magia transformadas en fieras. Cuando Ulises, el sagaz héroe que urdió la estratagema del caballo de madera que permitió a los griegos introducirse en la ciudad de Troya y destruirla, arribó con sus hombres a la isla de Eea donde moraba Circe, ordenó que sólo desembarcara la mitad de la tripulación, y él se quedó en una de las naves con el resto de los hombres. Circe invitó a los compañeros de Ulises a un banquete, emponzoñó la comida y la bebida con un narcótico, y cuando los desdichados comensales se quedaron dormidos, empleó su vara mágica para convertirlos en cerdos. Sólo logró escapar Euríloco, que permaneció sobrio porque barruntó la traición de la hechicera, y no probó el vino ni los manjares que se sirvieron en el festín. Llegó corriendo hasta las naves y comunicó a Ulises y a los otros lo que les había sucedido a sus compañeros.

Ulises partió al punto para rescatar a sus hombres, pero en el camino fue interceptado por Hermes, que le mostró una planta que le serviría de amuleto para protegerse de la magia de la hechicera, y también de antídoto en caso de ingerir alguna poción. La magia de Hermes dio resultado, y Circe no pudo someter a Ulises ni convertirlo en animal. Entonces el astuto aqueo la obligó a devolver la apariencia humana a sus hombres. Circe acabó enamorándose de él y lo ayudó a preparar su viaje de regreso a Ítaca, después de que Ulises y su tripulación pasaran un año con ella haciéndole compañía en su solitaria isla. Circe sugirió a Ulises dos rutas posibles para volver a Ítaca bordeando la peligrosa isla de las Sirenas: dirigiéndose hacia las rocas errantes; o bien pasando entre la peligrosa Escila y el remolino de Caribdis, atravesando el estrecho de Mesina. Al final de su Teogonía, Hesíodo cuenta que Circe tuvo tres hijos de Ulises: Agrio, Latino y Telégono, que gobernó a los etruscos, ancestros de los romanos. Poetas clásicos posteriores sólo mencionan a Telégono como hijo de Ulises y Circe, y refieren que cuando el muchacho alcanzó la edad adulta, su madre lo envió a buscar a su padre, que había regresado a su hogar mucho tiempo atrás; pero al llegar a Ítaca, el joven Telégono mató a Ulises por accidente, y llevó su cuerpo de vuelta a la isla de Eea con su viuda Penélope y su hijo Telémaco. Circe los hizo inmortales y desposó a Telémaco, y Telégono se casó con Penélope. Según la tradición apócrifa, Circe también purificó a los argonautas de Jasón tras la muerte de Apsirto, y en versiones tardías del mito, la hechicera transformaba a Pico en un pájaro carpintero por haber rechazado su amor, y a la bella Escila en una criatura monstruosa con seis cabezas de serpiente cuando el hermoso Glauco le declaró su amor, ignorando así los sentimientos de la maga hacia él. Como todas las diosas de la mitología clásica, ¡Circe era terriblemente celosa! 

Circe con una de sus criaturas

sábado, 10 de junio de 2017

La brujería en la España de la Contrarreforma

La brujería en España vivió su momento estelar con el caso de las brujas de Zugarramurdi (1610), que los inquisidores recondujeron hábilmente. A pesar de estar muy presente incluso en la corte (Carlos II el Hechizado), en España la persecución de la brujería no alcanzó ni de lejos el furor del centro y el norte de Europa, especialmente en los países donde se impuso el protestantismo. Se estima que en Alemania fueron ajusticiadas unas 40.000 mujeres acusadas de brujería durante la guerra de los Treinta Años (1618–1648). En cualquier caso, hubo tanto autores partidarios de que las brujas existían como entes malignos, y que sus rituales eran de inspiración diabólica; como otros que interpretaban la brujería como una alucinación colectiva que servía de justificación a mujeres impías para la realización de determinadas práctica sexuales obscenas y contra natura. Tal era la opinión del inquisidor Salazar Frías. La Inquisición española tardó bastante tiempo en ocuparse de la brujería. En el tribunal de Valencia entre 1478 y 1530 solo hay registrados seis casos. El primero fue el de un canónigo de Teruel relajado al brazo seglar en 1482, y el segundo el de una mujer, también en Teruel, entregada al brazo secular dos años después. La primera sentencia de muerte que pronunció la Inquisición en relación con este tema data de 1498 cuando el tribunal de Zaragoza quemó a una bruja —siguiendo la costumbre medieval de que las brujas debían arder en la hoguera— a la que siguió otra en 1499 y tres en 1500. Los dos casos siguientes tuvieron lugar en Toledo en 1513 y en Cuenca en 1515. En esta última ciudad el miedo fue alimentado con historias de niños «que fueron heridos o muertos por los xorguinos y xorguinas [brujos y brujas]». A partir de 1520 es cuando comienza a ser frecuente la aparición en los autos de fe de casos de magia, sortilegio y brujería, aunque se mantenía cierta incredulidad sobre lo que se decía de las brujas. Como afirmó un teólogo en 1521: «…el Sabbat era una ilusión y no podía haber ocurrido, así que la herejía no venía al caso».
En 1525, en el reino de Navarra, un magistrado civil acusó a unos hechiceros de la zona de Roncesvalles de haber provocado la muerte de varios niños, de envenenar a las personas con una sopa hecha de sapos y de corazones de niños, de untarse el cuerpo con un ungüento para sus reuniones nocturnas, en las que besaban a un gato negro. «Para identificar a los brujos, se recurre a los servicios de un experto que examina el ojo izquierdo de los sospechosos: al parecer, es ahí donde el diablo imprime su marca». Hubo decenas de detenciones, pero no hay constancia de que hubiera condenas a muerte. Los inquisidores locales protestaron porque consideraban que la Inquisición era la instancia competente para juzgar las cuestiones de brujería ya que, según ellos, adorar e invocar al demonio era atentar contra la fe. A raíz de este conflicto el inquisidor general, don Alonso Manrique de Lara, convocó una junta en Granada para que dictaminara sobre el tema. La junta nombrada por Manrique estaba integrada por diez miembros —seis teólogos y cuatro juristas, entre los que se encontraba el futuro inquisidor general Fernando de Valdés—, que tenían que decidir concretamente sobre si las brujas realmente asistían al Sabbat. Seis votaron afirmativamente —«convencidos de que el demonio realmente tiene poder para realizar lo que explican las brujas»—, y cuatro que «van imaginariamente». Así pues, la junta decidió que si las autoridades probaban que el homicidio confesado por una bruja se había cometido realmente, entonces la jurisdicción correspondía a los tribunales civiles. Pero en general la junta, que estaba reunida en Granada para tratar un asunto más importante —la conversión de los moriscos—, se preocupó más de educar a las brujas que de castigarlas. Así, por ejemplo, acordó por unanimidad, al referirse a Vasconia, que «ha de haber mucho cuidado de hacerles algunos sermones en su lengua…», o sea, en vascuence. En esta misma línea se expresó el teólogo Alfonso de Castro en su Adversus haereses (1534) en la que se refería a «Navarra, Vizcaya, Asturias, Galicia y otras partes donde la palabra de Dios pocas veces ha sido predicada. Entre estas gentes hay muchas supersticiones y ritos paganos, solamente por causa de la falta de predicadores». Ciertamente, aquellas regiones de la península Ibérica habían sido escasamente romanizadas, por lo que la expansión del cristianismo fue tardía y no llegó a todos los rincones de la compleja orografía del norte peninsular con la misma intensidad. «En la región de Cantabria, en Vizcaya y en Navarra, se descubrió entre los rudos y semisalvajes montañeses muchas supersticiones e idolatrías, en tan gran intensidad que el diablo en forma de macho cabrío era abiertamente adorado por ellos. Se descubrió que esto había sido practicado en secreto por ellos durante muchos años… Lo mismo, pero no con tanta intensidad, fue descubierto en otras montañas de España, en Asturias y en Galicia, y en otras, donde la palabra de Dios raramente había sido predicada. Entre ellos, hay muchas supersticiones y ritos paganos, por la única razón de la falta de predicación…».
La primera consecuencia de la junta de Granada de 1526 fue una carta del 14 de diciembre de ese mismo año que la Suprema envió a los tribunales de distrito con instrucciones para abordar «el negocio de la secta de brujos», en las que, según Carmelo Lisión, «la Suprema desmonta de un golpe el andamiaje mítico brujesco y coloca el “negocio de la secta” en registro razonable y demostrable: hay que hacer diligencias para cerciorarse, basarse en hechos concretos, no en fantasías, buscar la veracidad, no conformarse con lo que puede ser un engaño ilusorio». En las instrucciones también se decía: «…que por el dicho y confesión de algunas de estas personas no se deben [subrayado en el original] prender ni condenar otras personas contra quien digan sus dichos, hasta que se hagan diligencias y averiguaciones, acerca de estos errores que se mandaron [por el Consejo] y las que ahora parece que se deben hacer… Con todo cuidado los inquisidores hagan las diligencias y averiguaciones que sean necesarias de estas personas que han ido o van a juntarse con las otras... Si van realmente, como ellas lo confiesan, o si en aquellas mismas noches, que confiesan que van a aquel lugar, y están con el macho Cabrón, si se quedan en sus casas sin salir de ellas, lo cual se podrá saber de otras personas de las mismas casas…». Sin embargo, hubo muchos inquisidores que estaban convencidos de la realidad de la brujería, como un tal Avellaneda que investigó un nuevo brote en Navarra en 1528, y que tuvo parte muy activa en la represión llevada a cabo por el Consejo Real de Navarra que ordenó la ejecución de cincuenta personas por brujería. Para probar la realidad de las brujas, Avellaneda contó que había realizado un experimento con una ante veinte testigos. En la medianoche de un viernes le pidió que se untara con los ungüentos que utilizaba para acudir al aquelarre e invocara al demonio. Según Avellaneda el diablo apareció y la condujo por el aire desde una ventana muy alta hasta el suelo, a la vista de todos, y cuando uno de los testigos al ver lo que estaba pasando se santiguó y pronunció el nombre de Jesús, la mujer desapareció. Fue capturada por el inquisidor tres días después a varias leguas de distancia. En una carta de Avellaneda dirigida al Condestable de Castilla, don Íñigo de Velasco, le explica cuáles son los signos que indican la existencia de brujas: «Vuestra Señoría ha de creer que este mal es general, por todo el mundo, y para conocer si hay brujo o bruja en esas partes mandará Vuestra Señoría recibir información de si algunos panes se pierden al tiempo que están en flor, y si quedan algunas cabezas si tienen un grano como de pimienta, y si en tocándole se hace polvo, y si donde esto se halla hay algunas criaturas ahogadas o cuerpos de sapos. Tenga Vuestra Señoría por cierto y averiguado que donde esto se halla hay brujos y brujas».
Hacia 1530 hubo dos nuevos brotes de brujería; uno en Cuenca y otro en Toledo. En la primera ciudad los encausados por la Inquisición confesaron acudir a aquelarres volando tras invocar a Belcebú y untarse con ungüentos. Allí el demonio, con ojos bermejos y encendidos, les ordena el robo y la matanza de criaturas y les promete todo tipo de placeres y riquezas a cambio de renegar de su fe cristiana. Los encarcelados por el tribunal de Toledo también confesaron que acudían a aquelarres presididos por Belcebú en forma de macho cabrío, de otro animal, o de mozo vestido de negro o encarnado. La consideración de las brujas más como víctimas que como criminales fue desarrollada también por don Pedro Ciruelo en su libro Reprobación de las supersticiones y hechicerías publicado en 1530, y que conocerá muchas reediciones. «El autor —según Joseph Pérez—, pretende ofrecer explicaciones naturales para las historias extraordinarias. Admite que algunas prácticas tienen un origen sobrenatural e implican un pacto con el diablo. No obstante, Ciruelo recomienda a los magistrados que sean indulgentes con las supersticiones del pueblo». Una posición similar es la que defiende el dominico y profesor de la Universidad de Salamanca, fray Francisco de Vitoria, quien afirmó por esas mismas fechas que «apenas se puede creer, en verdad, que esas mujeres sean transportadas por los aires a parajes solitarios para reunirse con los demonios. Lo que sucede a las brujas es que al quedarse sin sentido e inmóviles, creen que han sido llevadas por los aires y que han visto, obrado y experimentado, cosas que nunca sucedieron en realidad». Los acuerdos adoptados por la junta de Granada en 1526 marcaron la política de la Inquisición respecto de la brujería durante los decenios siguientes, por lo que el Santo Oficio tuvo una participación muy limitada en la caza de brujas. Además reclamó a los tribunales civiles, mucho más duros en el castigo de las supuestas brujas —por ejemplo en 1527 y 1528 el Consejo Real de Navarra ordenó la ejecución de 50 brujas— que la jurisdicción sobre los casos de brujería, y cuando no lo consiguió, los amonestó para que comprobaran con exactitud las acusaciones con la misma «diligencia, atención y celo de saber la verdad», que la Suprema recomendaba a sus propios tribunales. Así, después de que el tribunal de la Inquisición de Zaragoza quemara a una bruja en 1535, la Suprema protestó y ya no hubo ninguna otra ejecución en toda su historia. Poco después, en 1537, la Suprema envió a los tribunales unas instrucciones precisas sobre cómo actuar en los casos de brujería. Recomendaba asegurarse bien de que los hechos estaban cabalmente establecidos y de que no existían explicaciones naturales a los mismos; desconfiar de las denuncias imprecisas; no basar la acusación exclusivamente en lo que hubieran declarado los presuntos culpables, especialmente en el caso de las mujeres; que no se enviara a la cárcel a los débiles mentales; y, finalmente, si a pesar de todas estas precauciones, se decidiera iniciar el proceso, se debería actuar con indulgencia. Para asegurarse que esto último se cumplía, ordenó a los tribunales que todos los casos que merecieran la pena de muerte, fueran trasladados a la Suprema, para que ésta los juzgara. En 1550 el inquisidor de Barcelona fue destituido por haber ejecutado a siete brujas el año anterior sin el consentimiento de la Suprema, y eso a pesar de que había reunido una junta especial de eclesiásticos y juristas para que resolvieran la misma cuestión que había sido debatida en Granada —«si las dichas brujas podía ir corporalmente y parecer figuras de animales, como algunas lo dicen y confiesan»— a lo que la junta respondió que sus miembros «eran de voto y parecer que estas brujas podían ir corporalmente llevándolas el demonio y podían hacer los males y muertes que confesaban, y debían ser muy bien castigadas». El caso había empezado cuando un valenciano de nombre Juan Mallet, por orden de un tribunal civil fue llevado por varios pueblos de la zona de Tarragona para que identificara brujas —en el informe de la Inquisición se decía: «Le traían por los lugares, haciendo salir a la gente de sus casas para que las viese y dijese cuáles eran brujas, y las que él nombraba sin otra probanza ni información han sido apresadas»—. Tras la destitución del inquisidor de Barcelona ya no hubo más procesos contra brujas durante el resto de la historia de la Inquisición en Cataluña.
En 1556 el Consejo de la Suprema Inquisición anula la sentencia dictada por el tribunal de Logroño sobre el caso de unas supuestas brujas de Guipúzcoa porque han sido condenadas sin pruebas suficientes. A mediados del siglo XVI, la fiebre por la caza de brujas, procedente del Pirineo vasco–navarro llega a Galicia, aunque allí no alcanza la virulencia vasca. Como todavía no se había instalado la Inquisición, la persecución de las brujas inicialmente corrió a cargo de las autoridades y tribunales civiles que encarcelaron a muchas. Aunque hay que tener en cuenta que, según Carmelo Lisión Tolosana «la bruja gallega reviste características regionales propias, pues, se trata más bien de hechiceras o curanderas y adivinas que se sirven de fórmulas, conjuros e invocaciones (a veces al demonio) para adivinar o sanar a sus clientes. El mito de la bruja satánica no aparece conformado todavía en la brujería gallega del siglo XVI. [...] La bruja gallega arranca poder al demonio, al que fuerza a aparecer, a cambio de un pacto no solo voluntario sino iniciado por ella. Quiere saber, pronosticar el futuro, curar, adquirir riqueza, es bruja fáustica, individualista, no de aquelarre». La creencia en las brujas satánicas también llega a Cantabria en la segunda mitad del siglo XVI, como lo atestigua una orden de 1575 del Consejo de la Suprema Inquisición al tribunal de Logroño para que actúe allí. Según Carmelo Lisión, estas brujas cántabras «están más cerca de las pirenaicas que de las gallegas en imaginación y comportamiento». Al año siguiente la Suprema envió a dos inquisidores a investigar una «complicidad» de brujas en las montañas de Burgos, colindantes con Cantabria. Cuarenta y ocho mujeres confesaron mediante tortura que eran brujas, pero después se retractaron. La Suprema ordenó que fueran puestas en libertad. Lo mismo ocurrió en un proceso abierto ese mismo año en Navarra contra treinta y cuatro supuestas brujas que también quedaron libres. En conclusión, del análisis de los procesos inquisitoriales se deduce que la Inquisición española se ocupó relativamente poco de los asuntos de brujería y que aplicó sentencias benignas. Por ejemplo, en el tribunal de Santiago de Compostela no llega al siete por ciento el número de causas relacionadas con la brujería, y de ellas todas, excepto dos, fueron sancionadas con una simple abjuración. Los tribunales de Toledo y de Cuenca no pronunciaron ninguna sentencia de muerte por brujería en los 307 procesos que iniciaron por ese tema, y en muy pocos se aplicó la tortura. En 1591 el tribunal de Toledo no condenó a muerte a una mujer que confesó el asesinato ritual de varios niños, sino que recibió doscientos azotes tras abjurar de Leví. Un caso muy conocido, porque fue mencionado por Cervantes en el Coloquio de los perros, fue el de Leonor Rodríguez (Camacha de Montilla), que fue condenada por el tribunal de Córdoba en un auto de fe celebrado el 8 de diciembre de 1572. Había sido acusada de haber hecho un pacto con el diablo y de «unir y separar corazones», pero fue condenada a penas menores: abjuración, doscientos latigazos y una fuerte multa. También en Córdoba cuatro mujeres son condenadas en 1665 a ser azotadas públicamente por practicar la magia, después de haber sido paseadas en mulos con el torso desnudo y un gorro infamante en la cabeza, mientras la gente les lanzaba cebollas. En cambio los tribunales civiles aplicaron penas mucho más severas, como el de Vic que entre 1618 y 1620 condenó a 45 brujas. En Cataluña decenas de brujas fueron ahorcadas en varios pueblos por orden de los tribunales civiles locales. En 1595 del caso de los brujos del valle de Araiz se encargó el Consejo Real de Navarra, pues como informó un licenciado «en los negocios de los brujos y brujas… a parecido no tratar por ahora de estas causas en el Santo Oficio».


jueves, 8 de junio de 2017

Las brujas de Zugarramurdi

El proceso inquisitorial más grave y de mayor trascendencia contra la brujería en España fue el que instruyó el tribunal de la Inquisición de Logroño y que culminó en un auto de fe celebrado el domingo 7 de noviembre de 1610 en el que se aplicaron penas muy duras: de los 29 acusados de brujería seis fueron quemados vivos y cinco en efigie porque habían muerto en prisión. Según Joseph Pérez, «si lo comparamos con los centenares de ejecuciones que se producen al mismo tiempo en territorio francés, al otro lado de los Pirineos, este veredicto puede parecer clemente. En España resulta escandaloso». Según Henry Kamen, esta excepción en la relativamente benigna trayectoria de la Inquisición española en relación con el tema de la brujería, se explica por la influencia que tuvo la caza de brujas llevada a cabo en 1609 al otro lado de la frontera por el juez Pierre de Lancre que mandó quemar a 80 supuestas brujas del país de Labourd (Laburdi, en vascuence) en Gascuña. De Lancre relató su experiencia en dos libros famosos: Traité de l'inconstance des mauvais anges et demons (1612) y L'incrédulité et mescréance du sortilege plainement convaincue (1622). El pánico hacia las brujas se trasladó a los valles del norte de Navarra y a los inquisidores del tribunal de Logroño. El caso que nos ocupa comenzó el 12 de enero de 1609 cuando los inquisidores de Logroño reciben noticias de reuniones de brujas y de brujos en la localidad de Zugarramurdi, situada en las montañas de Navarra, que junto con Vasconia, desde tiempos medievales, tenía fama de ser un territorio lleno de brujas. Concretamente el vicario de la localidad había recibido la confesión de una mujer llamada Graciana de Iriarte y de sus dos hijas y yernos reconociendo que eran brujos, y éstos habían acudido a Logroño donde estaba la sede del tribunal que detentaba la jurisdicción sobre Navarra. Cuando llegaron allí afirmaron que acudían a pedir justicia porque no eran brujos y si lo habían confesado al vicario «era porque los apretaron y amenazaron mucho si no lo decían». El problema fue que el hombre que los había acompañado a Logroño testificó que sí eran brujos, y la Inquisición decidió encarcelarlos e inmediatamente remitió un informe al Consejo de la Suprema Inquisición el 13 de febrero de 1609. La Suprema contestó el 11 de marzo con un cuestionario compuesto de catorce preguntas para que los inquisidores se aseguraran de la veracidad de los hechos que se les imputaban. Pero los dos inquisidores creían en la realidad de la brujería, sobre todo cuando se presentaron ante el tribunal otras seis personas más quienes, según informaron los inquisidores a Madrid el 22 de mayo, eran «las más principales cabeza y caudillo de todos aquellos brujos según que suficientemente les está probado». Poco después, uno de los inquisidores viajó a las montañas de Navarra y desde allí fue enviando presos a Logroño a los supuestos cómplices de los brujos y las brujas.
Durante el proceso se realizó un pormenorizado relato del aquelarre. Así lo resume Joseph Pérez: «Se va a buscar al nuevo brujo, se le frotan las manos, el rostro, el pecho, las partes pudendas y la planta de los pies con agua verdosa y fétida, y luego se le hace volar por los aires hasta el lugar del aquelarre; allí aparece el diablo sentado en una especie de trono; tiene el aspecto de un hombre negro, con cuernos que iluminan la escena; el recién llegado reniega de la fe de Cristo, reconoce al demonio como dios y señor y le adora besándole la mano izquierda, la boca, el pecho y las partes pudendas; el demonio se da la vuelta y muestra su trasero, que el brujo ha de besar también». La Suprema le pidió al tercer inquisidor, que se había mostrado contrario a la sentencia condenatoria de sus dos compañeros, que visitara las comarcas del norte de Navarra, llevando un edicto de gracia en el que se invitaba a sus habitantes a arrepentirse de sus errores sin que fueran castigados por ellos, y que le enviara un informe completo. En el mismo, su autor, don Alonso de Salazar y Frías, arremete contra los que, como sus dos colegas, creían en la veracidad de las brujas, afirmando que los fenómenos de brujería son historias inverosímiles y ridículas. Además, asegura que son los libros o los sermones sobre la brujería los que hacen que ésta se extienda, por lo que recomienda que no se le dé publicidad, convencido de que la brujería acabará por desaparecer si se deja de hablar de ella. Salazar presentó a la Suprema el 24 de marzo de 1612 su informe en forma de un largo memorial. En el mismo afirmaba que había reconciliado a más de mil ochocientas personas, la mayoría niños y adolescentes, y del examen de todas las confesiones que hablaban de aquelarres y asesinatos rituales, Salazar llegaba a la siguiente conclusión: «No he hallado certidumbre ni aun indicios de que [se pueda] colegir algún acto de brujería que real y corporalmente haya pasado. […] Y así también tengo por cierto que en el estado presente, no sólo no les conviene nuevos edictos y prorrogaciones de los concedidos, sino que cualquier modo de ventilar en público estas cosas, con el estado achacoso que tiene, es nocivo y les podría ser de tanto y de mayor daño como el que ya padecen. No hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos».
Este memorial de Salazar confirmaba un informe anterior de abril de 1611, encargado por el inquisidor general a don Pedro de Valencia, en el que éste afirmaba que en los hechos de Navarra había un fuerte componente de enfermedad mental: «Se debe examinar lo primero si los reos están en su juicio o si por demoníacos o melancólicos o desesperados; su conducta parece más de locos que de herejes, y que se debe curar con azotes y palos más que infamias ni sambenitos». Finalmente Valencia aconsejaba: «Búsquese siempre en los hechos cuerpo manifiesto de delito conforme a derecho, y no se vaya a probar caso de muerte ni daño que no ha acontecido». El informe de don Alfonso de Salazar fue asumido por la Suprema que dio nuevas instrucciones a los tribunales el 29 de agosto de 1614, en las que se recogían casi todas las ideas del inquisidor, quien, como destacó don Julio Caro Baroja «se adelantó de modo considerable a los que difundieron en Europa ideas concebidas en el mismo sentido», como el famoso jesuita alemán Friedrich Spee. Un resultado concreto de las nuevas instrucciones fue que se intentó reparar a las víctimas del auto de fe de Logroño ordenando que sus sambenitos no quedaran expuestos en ninguna iglesia, y de esta forma, como señala Henry Kamen «no cayó ningún estigma sobre ellas o sus descendientes».
Las instrucciones de la Suprema del 29 de agosto de 1614, debidas en gran parte a Salazar, según el antropólogo español don Carmelo Lisión Tolosana, marcan el fin de la brujería satánica en España. Pero no en Europa... Curiosa paradoja: la flexibilidad y moderación que, en conjunto y comparativamente, caracterizó la actuación de la Suprema frente a las brujas poco tuvo que ver con el trato brutal al que las sometieron las autoridades —civiles, católicas y protestantes— en Europa occidental y, sin embargo, la Inquisición española ha pasado a ser en esa misma Europa el símbolo del terror, de la maldad sin límites y de la perversidad suprema. Una prueba más de que la Leyenda Negra lanzada contra España no fue sino una serie de calumnias e infundios urdidos por razones políticas e intereses muy concretos, sobre todo de Inglaterra y los Países Bajos. La estrategia es tan sencilla y burda como eficaz: mientras se ponían los ojos en España, pasaban desapercibidos los crímenes cometidos en los países protestantes contra las supuestas brujas, y los católicos que no estaban dispuestos a renunciar a su fe. Un ejemplo de la relativa benignidad de la Inquisición española, impensable en otros países europeos, fueron dos casos sentenciados por el tribunal de Barcelona. En el primero un grupo de personas que realizaban cultos satánicos —celebraban misas negras y sacrificaban un macho cabrío en una de sus ceremonias— fueron condenados a azotes y al destierro, y no a la pena de muerte. En el segundo, una mujer acusada de haber echado mal de ojo a unos pastores, ocasionado la muerte de parte de su ganado, fue puesta en libertad sin cargos.
Aquelarre